Antártida de supermercado

Curiosidades: El arquitecto François Delfosse descubrió el continente blanco… ¡adentro de  una bolsa plástica!


Cómo armar un altar para el Día de Muertos (I)

Este año no podré estar en México para la celebración del Día de Muertos, así que he decido armar un pequeño altar en mi casa, para que las ánimas que hagan el viaje a este mundo encuentren sus esencias y platos preferidos, y una casa fresca y limpia donde descansar.

Se cuenta que, cada año, en noviembre, el alma de los difuntos tiene permiso para regresar a al mundo de los vivos y disfrutar de los manjares que le ofrendaron.

Si bien no soy creyente, me atraen las tradiciones populares y, particularmente, la manera alegre en que recuerdan a los muertos en México, tan diferente al drama implantado en el Cono Sur.

He visto varios altares cuando estuve en Mixquic un 1° de noviembre, hace un par de años. Pero no recuerdo todos los elementos que había y me gustaría hacerlo lo más fiel posible.

Entonces, les pregunté a varios amigos y amigos de amigos, por teléfono y por email: ¿Qué debería incluir un altar de muertos?

 Mientras me llegan las respuestas y encuentro en mi departamento la esquina para representar esta tradición, va una poesía de Nezahualcoyotl, rey de Texcoco, que vivió entre 1402 y 1472.   

 ¿A dónde iremos?

¿A dónde iremos
donde la muerte no existe?
Mas, ¿por esto viviré llorando?
Que tu corazón se enderece:

Aquí nadie vivirá por siempre.
Aún los príncipes a morir vinieron,
Los bultos funerarios se queman.
Que tu corazón se enderece:
Aquí nadie vivirá para siempre.

 


Vacaciones en la Patagonia

La última revista Lugares trae un especial de la Patagonia, ideal para los que piensan viajar en las próximas vacaciones. (A continuación, un poco de autobombo).

¿Qué se puede leer? Una nota sobre Villa Pehuenia, que escribí después de un extenso recorrido por la zona.

Cerca del límite con Chile y a orillas del lago Aluminé, el pueblito cumplió 20 años en enero y sigue creciendo. Cada año suma nuevos hoteles y mantiene muy buenos restaurantes, como La Cantina del Pescador, donde Sebastián Mazzuchelli prepara truchas grilladas, con papas y tomates asados, en risotto, en rolls con piñones y milhojas de papas. También, cocina ciervo y cordero relleno de hongos. Los platos rondan los 45 pesos y son una delicia.

El Circuito Pehuenia, con una parada en Moquehue, para comer un alfajor en la Hostería La Bella Durmiente y conocer el camping de montaña Trenel, con parcelas bien separadas y un canopy sobre altos coihues, frente al lago.

También hay un artículo sobre el Parque Nacional Lanín: el Huechulafquen, el Paimún, los nuevos restaurantes de San Martín de los Andes y el rafting en el río Hua Hum. Otro sobre la ventosa Patagonia austral, un viaje desde El Calafate hasta Río Gallegos por la Ruta 40, entre estancias, lagos turquesas y caballos salvajes.

Por último, un recorrido por La ciudad del Fin del Mundo, a orillas del Beagle, con rincones poco explorados en los alrededores. Hasta fin de mes, en los kioscos.


Recuerdos del 11-S, ocho años después

Luis Ini es un periodista argentino que vive hace algunos años en Madrid.

Antes vivió en Las Palmas de Gran Canaria y antes de eso en Buenos Aires, pero el 11 de septiembre de 2001 estaba en Miami, y una semana después en Nueva York.

A continuación, dos recuerdos suyos sobre aquellos días turbulentos, días en los que todos recordamos dónde estábamos y qué hacíamos.

“El martes 11, por la mañana, estaba en Miami, visitando a un amigo que no veía hacía mucho. Nos subimos a su coche y fuimos para una tienda que él tenía en las afueras. “Pero antes -me dice-, tenemos que pasar a buscar a mi empleada”. Resultó ser la hermana de un famosísimo, e insuperable ex futbolista que hoy dirige una selección que antes, en algún momento, estuvo entre las mejores del mundo.
La chica, callada, se subió al asiento de atrás del coche. Callada estuvo durante el trayecto, unos veinte minutos en el que mi amigo y yo nos pusimos al día con nuestras respectivas vidas. Callada entró junto con nosotros al local, en el mismo instante en que sonaba el teléfono.
Era uno de los hermanos de mi amigo que llamaba desde Buenos Aires. “¿Qué? –oigo que le dice- ¿que un avión chocó contra una de las Torres Gemelas? ¿Y que después otro chocó contra la otra?”
A medida que lo escuchaba, mi sorpresa y consternación iban en aumento, pero de un modo incomparable cuando la silenciosa empleada suelta: “Ah, sí, antes de salir de mi casa lo estaba viendo por la tele”.
 

 ***

Llegué a Nueva York justo una semana después del 11-S. Mientras el avión se aproximaba a Manhattan, los pasajeros llenamos nuestra memoria con una imagen que apretaba el corazón. Allí, donde alguna vez hubo dos edificios considerados en su momento los más altos del mundo, estaba la fragua de una maciza, inmensa nube de humo.

Ese mismo día, después de dejar las valijas, fui con dos amigas al  ground zero. El gentío era considerable; la congoja, un secreto compartido.

Había algunos que portaban barbijo, recuerdo de la tromba de polvillo no se iba de los barrios cercanos. Bastaba mirar los alfeizares de vidrieras y ventanas, para ver los restos, y, aunque parezca morboso, era inevitable pensar que no eran sólo del edificio, de su estructura o del mobiliario, volatilizados por el derrumbe.

Empire State Building baja[1]En algunas esquinas de las inmediaciones había zapatos apilados, que algunas manos, al verlos desperdigados, espontáneamente habían ido acumulando en un mismo lugar. También espontáneos eran unos pequeños altares alzados en distintos puntos de la ciudad, con mensajes de solidaridad con víctimas y familias, velas, y fotos. La gente se paraba a mirar, a leer esos mensajes, a escribir los suyos, o simplemente se quedaba en silencio, como una muestra de respeto.

El año anterior había estado en la ciudad por primera vez, y me había fascinado la vitalidad. Otro era el ambiente ahora, claro, sin embargo, también se respiraba orgullo. Eso era fácil de descubrir por la gran cantidad de banderas nacionales, de todos los tamaños, que flameaban en cada esquina.

Tal vez el mejor símbolo de ese orgullo fueran las luces rojas, azules y blancas que coronaban el Empire State Building, edificio que otra vez, pero seguramente sin la misma jactancia, volvía a ser el más alto de la ciudad.


El Dios de los caminantes

- ¿Cuál es su religión? -me preguntó Ali-. ¿Cristiana?

- Esta mañana no tengo ninguna religión en particular. Mi Dios es el Dios de los caminantes. Si uno camina lo suficiente creo que no debe hacer falta ningún otro Dios.

 

 

 

“En la Patagonia”, de Bruce Chatwin, Editorial Sudamericana.
(Este año se celebra el 20° aniversario del autor, a los 48 años.)


La triste historia del último árbol de Ténéré

tenere1La historia del pobre árbol de Ténéré, en Níger, es triste pero me gusta.

Resulta que esta acacia que se ve en la foto era el único árbol en 400 kilómetros a la redonda. Sus raíces habían logrado atravesar 40 metros de arena para seguir viviendo. 

Tan extraño era el árbol de Ténéré que cuando en 1939 Michel Lesourd, un funcionario del Servicio Central de los Asuntos del Sahara, exploró la zona escribió lo siguiente: “Uno debe ver el árbol para creer que existe. ¿Cuál es el secreto? ¿Cómo puede seguir viviendo a pesar de las multitudes de camellos que lo pisotean? ¿Cómo en cada azalai -nombre de la caravana semianual de sal de los tuaregs- un camello no se come sus hojas y espinas? ¿Por qué los numerosos tuaregs que pasan por aquí guiando las caravanas de sal no usan sus ramas para encender fuegos y preparar el área? La única respuesta es que el árbol es tabú y así está considerado por los hombres del desierto. Hay una especie de superstición, una orden tribal que siempre es respetada. Cada año los azalai se reúnen alrededor del árbol antes de encarar el cruce del desierto de Ténéré. El árbol de acacia se convirtió en un faro viviente; es el primer signo visible para los azalai que parten de Agadez hacia Bilma, o regresan“.

Así fue durante muchos, muchísimos años. Hasta que en 1973 llegó un camionero borracho y se tragó el árbol. Con tal mala suerte que lo noqueó y cayó instantáneamente. En su lugar, una fría placa de metal lo recuerda. Lo que quedó del árbol que alguna vez fue un faro viviente está en el Museo Nacional de Níger, en Niamey, la capital. Las caravanas, dicen, ya no paran ahí.

La triste historia del árbol de Ténéré la encontré en una página que me mandó un amigo hace un par de días. Se llama Atlas Obscura y se presenta como un compendio de maravillas, curiosidades y esoterismo del mundo. Hay pueblos fantasmas, laberintos, ruinas increíbles y un árbol que ya no está.


La certeza de los viajes

Si no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay sol, calor y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.

Algunos tienen la certeza de los hijos, un marido, la casa propia, el mejor trabajo, un sueldazo. La mía, mi única certerza es que mañana volaré a Aruba, que pasado mañana estaré hospedada en un hotel con vista al mar turquesa y enseguida alguien me contará una historia sobre su vida en Aruba que más tarde escribiré.

¿Movimiento infinito? ¿Sueño del viaje interminable? ¿Paisajes acumulados? ¿Historias? ¿Horas de vuelo? No lo sé, pero el viaje es mi certeza. La que me permite acostarme medianamente inspirada a pesar del bueno de Charly, que habló toda la noche y era tan estructurado que en un momento me dijo, como preguntándome, si yo era ¿moderna?

Una vez leí un libro de Boris Vian, La Hierba Roja. En un momento dice algo así como que el recuerdo nunca es puro porque está afectado por los pensamientos, que lo custumizan como quieren (Boris Vian fue más poético, seguro). No voy a decir que me lo imaginaba más alto, sería un detalle. Además, no era petiso para nada. Tampoco comentaré que usaba zapatos náuticos. Ni siquiera mencionaré sus patillas cuidadosamente afeitadas como triángulo isósceles.
Vamos a comer a un bolichito en Colegiales. Estoy famélica, así que mientras lo escucho me devoro la panera. Cuando la moza me sirve el vino a mí primero, él comenta: “Mirá, te lo dio a probar a vos”. Más tarde, cuando yo sirvo más vino porque las copas están vacías, me dice: “Uy, disculpá”.
No pasa nada, Charly.

Rewind. A Charly lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta en un piso 25. Después un par de veces, en el civil y en la fiesta de casamiento de una amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de estar con su novia, me miró. También lo miré, cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.

De alguna manera, siento que la mirada lleva toda la información de una persona: aventuras, tristezas, perversiones, esperanzas, odios. La mirada es una etiqueta, en otro orden, un nombre. Durante mucho tiempo entendí a la gente sólo mirándola. Eso fue hasta hoy: los modelos están cambiando o las miradas vienen vacías.

Todo esto de la mirada es por Charly, que me llama desde abajo a las 23.30. Cuando bajo y abro la puerta, me asusto (aunque sonrío, claro) porque no encuentro esa mirada que recordaba. Ya vendrá, pensé. Estará escondida, será tímida, va a aparecer. Espero. En lugar de la mirada, viene la comida y él me pregunta si no uso un cordón rojo contra la envidia por los viajes, creo, cómo explicarle que son mis certezas, se complica. Él me muestra el suyo, entre otros varios collares y cintas que me hacen acordar más al cuello de un perro que al de Charly, el de la mirada inquietante de cuando fuimos testigos del casamiento de Ali. Una amiga me dijo que el traje engaña, quizás sea eso.

Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
- A mí siempre me fue el dulce de leche, dice él.
- A mí me gusta el coco y la naranja, digo.
Él pone cara de no. Entonces yo cedo porque dicen que en la pareja hay que ceder, así que practico a ver si encuentro pareja.

- ¿Chocolate te va?
Compartimos el postre. Me cuenta que los amigos le enseñaron a hacer patis al horno y que yo le parezco “de mundo” porque sé qué es el marquise.

- ¿Más vino, Charly?
- Uy, de nuevo, disculpá

La noche terminó en el auto. Ninguna ilusión, puras palabras. Hoy, el día después, puedo decir que sé batante sobre Charly. Sé sobre sus andanzas en moto, una choper, por la Patagonia porque en la época de Menem, cuando todos viajaban por el mundo, él gastó su dinero en conocer Argentina, ché. Sé que le gusta navegar, pero que vendió su barco y como no tuvo trabajo durante un tiempo, al final “se lo comió”. Sé que tiene una madre y tres hermanos, que es peronista, “pero de Perón, eh”. Que estudió imagen y sonido, pero que también le gusta la producción, “puedo estar adelante y atrás de cámara, en las artes visuales, quiero probarlo todo”. Sé que fue coordinador de viajes a Bariloche y que tiene un perro que se llama Rosca “que es un hincha pelotas”. Sé sobre su ex novia y sé que el tiempo pasa y no veo tus ojos, Charly, no encuentro tu mirada. ¿Es que no hay buenos faroles en mi cuadra?

También sé que en un rato me llamará la madre de Ali, mi amiga. Ayer, cuando le conté que saldría con Charly me dijo: “¡Taradita, yo te hice gancho! ¿No te das cuenta que le hablé a Damián (el marido de mi amiga Ali) de Charly y vos?” Antes de cortar el teléfono, me susurró: “Vos no le cuentes a nadie que vas a salir porque hay mucha envidia y dejáme a mí que le rezo a San Expedito para que se te dé”. De… Demás está decir que gracias, Blanquita, mejor rezá por vos que yo me voy a Aruba.


Desde México, con dolor

Copio una carta que me hizo llegar un amigo desde el DF, una ciudad que por estos días vive momentos de tristeza, incertidumbre y psicosis colectiva.

Queridos amigos,

Les escribo desde la ciudad en donde, según la OMS, se está en la antesala de la pandemia. Lo que puedo contarles es que jamás había visto yo así a mi ciudad, las personas andan todas con tapabocas y con miedo en los ojos. Nadie se saluda de mano, no se diga de beso. Estornudar se ha convertido en algo muy mal visto, haciendo que el protagonista del “achu”, se vuelva sospechoso en cuestión de segundos.

En mi trabajo nos han dado la orden de realizar actividades con el mínimo de las personas posibles. Las mujeres que tienen hijos menores de 10 años tienen prohibido ir a la oficina, la gente usa las escaleras en lugar del elevador. Nadie quiere estar cerca de nadie. No cabe duda, el miedo se ha desatado.La misma situación es la que se vive en el gimnasio, al cual fui ayer. Lunes a las siete y media de la mañana, lo normal hubiera sido encontrarme con varios deportistas tempraneros. ¿Mi sorpresa? Nadie. Era yo el único que sudaba y sudaba.

Pero lo más impresionante de todo, por lejos. El supermercado. Anaqueles vacíos, gente con carritos repletos, todos usando el tapabocas, todos con miedo en los ojos, todos con la interrogante de qué sigue, todos sufriendo. Un horror.

Hasta el momento no se ha detenido la actividad económica, pero los restaurantes ya no pueden abrir después de las cinco de la tarde. Igual, nadie va a éstos. Hoy en día, la Ciudad de México es lo más parecido a las imágenes de la película de “Soy Leyenda”. Ojala y todo esto termine pronto.

Ya sé de dos personas que han fallecido por esto. El primo de un amigo del colegio y un sobrino de una mujer del trabajo. Ambos se fueron unos días antes de que se desatara la psicosis y la alarma. Lo que significa que seguramente nos falta mucho por ver, esperemos que el gobierno esté preparado para lo que viene. Como me dijo ayer una compañera del trabajo, “Juan Carlos, sólo nos queda rezar. El planeta se está limpiando”, frase que repetía y repetía, como un mantra, mientras bajábamos ordenadamente las escaleras de emergencia, dirigiéndonos a una zona de fuera de riesgo, había temblado. Como si no fuera suficiente con el virus.

Los saluda cariñosamente,

Juan Carlos Melgar


Sueños de seda

Seis días después Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabrik. De ahí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Bajkal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia.

El primer domingo de abril -a tiempo para la Misa Mayor- llegó a las puertas de Lavilledieu. Se detuvo, le dio gracias a Dios y entró en el pueblo a pie, contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre, y para no olvidarlos nunca más.

- ¿Y cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou
- Invisible.

A su mujer, Helene le llevó de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, no se puso jamás. Si la sostenías entre los dedos, era como apretar la nada.

Seda, de Alessandro Baricco.


Una hora a oscuras

Algunos buenos viajes se pueden hacer en una hora y con la luz apagada.

Esta noche, a las 20.30 (hora local), apaguemos las luces por la Tierra. Se espera que mil millones de personas en más de mil ciudades hagan lo mismo. El objetivo es lanzar un mensaje a los líderes mundiales de cara a la Conferencia sobre Cambio Climático de Copenhague de 2009, recordándoles que el mundo necesita un compromiso de acción decidida para reducir la emisión de gases invernadero.




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