Recuerdos del muro de la vergüenza

Hace 22 años, el 3 de octubre de 1990, la República Democrática Alemana se incorporó a la República Federal y Alemania volvió a ser una sola.

Un año antes, el día de la caída del muro, un 9 de noviembre de 1989 por la noche, Claus R. estaba filmando y le avisaron que el secretario de la RD había dicho que los alemanes del Este podían cruzar al Oeste. Se caía el muro. Ya. Claus dejó todo y salió corriendo a Checkpoint Charlie. Había mucha gente, casi no podía avanzar. Brindaban, reían, lloraban, tomaban cerveza gratis. En esa época él salía con una chica de Berlín del Este. La había conocido en un viaje al Este –previo pago de un permiso, los occidentales podían cruzar– y cada tanto la visitaba. Ese día, ella cruzó y se reencontró con él. No se casaron ni comieron perdices pero ese encuentro en la calle, rodeados de Trabis y miles de personas, fue inolvidable.

El Muro de Berlín dividió Alemania durante 28 años. Medía 155 kilómetros (43 km pasaban por la ciudad), tenía 3,60 metros de altura, 302 torres de vigilancia, más de 800 perros y 127 kilómetros de vallas eléctricas y alambres de púa con alarma. A pesar de todas esas defensas, entre 1961 y 1988, más de 100.000 personas intentaron huir. Algunas tuvieron éxito, otras murieron en el intento.

Frente a la estación Kochstrasse está el Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie, justo atrás de una de las fronteras más famosas entre el Este y el Oeste. Charlie es por la letra C del alfabeto de la OTAN. El director y alma de la exhibición desde que abrió, en 1962, fue Rainer Hildebrandt, que murió en 2004. Definió al museo como una “isla de libertad”, como una forma de comprender la injusticia y luchar por los derechos del hombre.

La muestra es larga y hay mucho material para leer (en inglés). Lo que más me gustó fueron los ingeniosos métodos de escape: desde un vuelo en globo aerostático hasta increíbles túneles (se conocen 25), niños escondidos en valijas y hombres en los motores de los autos. Sin olvidar a ese par que hizo tirolesa por los cables de luz ni al hombre que construyó un minisubmarino, mucho menos al artista que escapó adentro de un parlante.


Turistas en acción vs. turistas en receso


Estrujados en Tokio

Tokyo Compression, el nuevo libro de Michel Wolf, un fotógrafo alemán con base en Tokio. Espeluznante.


Muerte y nacimiento en México

Juan Carlos Melgar es economista pero esa actividad sería un detalle en esta presentación. Es un amigo mexicano que siente su país y lo recorre cada semana por trabajo. Viaja a pueblos alejados de la ciudad, en estados pobres, donde hay niños migrantes que trabajan desde temprana edad como jornaleros. En sus viajes observa su tierra, se mezcla con la gente, toma fotos, prueba los platillos que le convidan, escribe. A continuación su texto para el Día de Muertos, Especial desde el DF.

Muerte es lo opuesto al nacimiento. Pero en México está definición es inexacta. Desde hace un par de años, mejor dicho, desde que nos gobierna un presidente en guerra, todos los días, todos los mexicanos, somos testigos del nacimiento de algo nuevo. Un país que se preciaba de ser pacífico y receptor de todos los perseguidos, de la noche a la mañana, cambió.
Hoy es lugar común decir que aparecieron varias cabezas en un terreno. Nacen formas nuevas de asesinar. Descubren cuerpos en una fosa, nadie los reclama, nadie sabe de quién son. Una nueva manera de investigar e informar nace. Hombres colgados de postes con mensajes que sólo otros narcos pueden descifrar. Una nueva manera de comunicarse nace. Niños muertos por balas perdidas. Una nueva manera de mentirnos aplican las autoridades. Los niños eran adultos, ya no usaban juguetes, nos dicen. Los números de las víctimas aumentan, pero a los que tienen el poder de tomar las decisiones, pareciera que poco les importa.
Somos el país vecino del gran consumidor. Ese imperio en donde se consume la mayoría de las drogas. Ahí se venden las armas con las que los mexicanos nos matamos unos contra otros. Es ahí, cruzando el río, donde nos dicen que apliquemos cero tolerancia al narcotráfico. Mano dura. Pero, eso sí, ellos están a punto de legalizar la droga en su estado más importante. Y así, pasan los días y crecen las víctimas. Muerte. Muerte por todos lados.
En el barrio más bravo de la Ciudad de México, Tepito, miles de personas van a rezar a la Santa Muerte. La mujer que hace favores y milagros a los sicarios, a los asaltantes, a los hombres que requieren de una manita extra. Un empujón para cumplir con su objetivo. Estos días, dicen, ningún santo tiene más trabajo que ella. Y, a pesar de tanta muerte, seguimos teniendo espacio para la fiesta. Para juntarnos y reírnos. Para celebrar y ofrecer una cara amable al extranjero. Para sacar chistes nuevos y lucir ese humor negro. Ese rasgo tan característico que nos une. Los muertos esperan. Los vivos también. Existe un epitafio que resume muy bien lo que pensamos de la muerte. Es un chiste. Así dice la tumba: “Disculpe que no me ponga de pie, para saludarlo”.


Ofrenda para los 72 migrantes

Mi ofrenda de este Día de Muertos está dedicada a los 72 migrantes asesinados por los narcos en Tamaulipas. Es una muestra terrorífica de los alcances del narco en México. Hoy leía en la Revista Proceso que ya van más de 20.000 muertos desde que comenzó la guerra contra el narco, 32.000 huérfanos y 18.000 viudas.

A los 72 los mataron por la espalda, el último 23 de agosto. Venían de Ecuador, Honduras, El Salvador, Brasil. Desde México cruzarían a Estados Unidos. El viaje hacia una vida mejor terminó por matarlos, quedaron enterrados en una fosa común. Muchos todavía no fueron identificados.

Como comentaba en el post anterior, en la página 72migrantes se les rinde un homenaje virtual, con fotos y textos. Escriben Alma Gillermoprieto, Juan Villoro, Alberto Chimal, Alejandro Almazán, Marcela Turati, Elia Baltazar, Cecilia González. Alfonso López Collada eligió 72 palabras para recordar al Migrante N°7.

72 palabras: Miseria. Desempleo. Decisión. Migración. Familia. Miedo. Ahorritos. Llantos. Escribes. Caminata. Enganchador. Dinero. Rebaja. Más. Acuerdo. Veredas. Escondites. Sumisión. Esperanza. Selva. Frontera. Quietos. Peligro. Uniformados. Pásenle. ¿Cómo? Suerte. Gracias. Risas. Atención. Inmovilidad. Tren. Córrele. Bríncale. Tropezón. ¡Pendejo! Caída. Mutilación. Sangre. ¡Ayúdenme! Nadie. Vías. Soledad. Viento. Lento. Pájaros. Sol. Luna. Desmayo. Muerte. Bájense. Síganme. Bodega. Esperen. Extraños. Armas. Acostar. Acomodar. Maniatar. Preparar. Apuntar. Pavor. Gritar. Disparar. Matar. Abandonar. Encontrados. Ordenados. Inertes. Espanto. Destino: México”.


A propósito de los viajes al espacio

Cada vez que leo una noticia relacionada con los viajes espaciales me acuerdo de una historia mínima que le pasó a una amiga cercana.

En estos días volvió el tema. Virgin Galactic está en su fase de pruebas. Vi un video sobre el despegue exitoso de una nave que a fines de 2011 llevaría los primeros turistas al espacio. Entonces, una vez más, lo recordé.

Resulta que mi amiga tenía un novio que escribía para revistas de viajes de varios países. Un tarde de noviembre, hace unos dos años, ellos caminaban por una playa del Pacífico. Iban de la mano. El sol, naranja como una mandarina, estaba a punto de entrar en el mar. La brisa salada los acompañaba, la playa casi vacía.

Se sentaron un momento en la arena húmeda, entonces él se lo dijo: “Me preguntaron si me puedo ir al espacio”.

Absorta en el atardecer, ella tardó en procesar la frase que todavía rebotaba en el aire. Hasta que reaccionó:

-¿Qué? ¿Adónde? ¿Cómo?
-Eso. Una revista colombiana quiere que empiece a escribir columnas en las que me vaya preparando para el gran momento. Ellos van a conseguir un viaje y quieren que yo vaya… al espacio.
-¿Espacio? Más despacio, por favor
-Es-pa-cio.

No le habían explicado demasiado, ni siquiera los editores que se lo preguntaron sabrían mucho. Pero tenía que dar una respuesta: ¿Podía o no podía ser un candidato para irse al espacio?

Hablaron un rato del tema. Mientras él le contaba lo que sabía de los viajes al espacio, ella se imaginaba a Ménem en esa famosa inauguración de un ciclo lectivo en Salta: “…Esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera..”. Pensó en V Invasión extraterrestre, en George Lucas y en su chico vestido de astronauta, durmiendo en una remota estación espacial. No dijo mucho, pero incluso el atardecer le pareció insignificante comparado con el esapacio.

El día siguió, hablaron de trivialidades, cenaron, pero cada uno, en lo profundo de su ser, pensaba en el espacio. Tarde,  ya en la cama, haciendo cucharita, ella lo abrazó muy fuerte y le susurró al oído: “No te vayas al espacio”. El también la abrazó y le respondió: “Pídemelo otra vez”.

***

Tiempo después, mi amiga se separó de su novio. Los viajes al espacio no tuvieron nada que ver. Finalmente, él no salió de la atmósfera ni remontó la estratósfera. Quizás algún día lo haga. Quizás ese día le mande un mensajito desde su Blackberry. Seguramente se reirán de este recuerdo mínimo.


La mamá de Ángel

Ángel C. fue mi chofer patagónico. Parco, atento, alrededor de 60 años; gorra de beisbolista, fanático de las piedras de Santa Cruz, al punto de cargarse un baúl de ellas para hacer futuras decoraciones.

Hubo una jornada muy larga. Era medianoche y todavía andábamos por caminos de ripio. El fotógrafo iba dormido en el asiento de atrás. Después de varios días, quizás abrigado por el clima de intimidad y la noche oscura, por primera, vez Ángel me contó una historia. Esta historia.

Su madre, chilena de origen, llegó de pequeña a la patagonia argentina, tendría unos quince años. Hizo toda su vida allí, le tocó una vida dura, se quedó viuda de joven y nunca volvió a estar con otro hombre. Después de 50 años sin regresar a su país, la madre de Ángel un día volvío a Chile.

En el barco que la llevaba a Chiloé se puso a conversar con una mujer toda elegante, vestida con pieles, sombrero y botas altas. Las señoras se contaron sus vidas. La mujer elegante era una chilena que vivía hacía 50 años en Suiza. Palabra va, coincidencia viene, que cómo es su apellido, no me diga, el mío también. Resultó que las mujeres ¡eran hermanas! Sí, de película. Después de abrazarse y llorar y todo eso, la suiza la invitó a visitarla alguna vez en el país del chocolate y los bancos.
A la madre de Ángel no le gustaba dejar su casa más de dos o tres horas, pero le prometió que iría. Pasaron los años y un día, a los ochenta y pocos, se levantó entusiasmada y decidió que viajaría a Suiza.

Entonces, Ángel la llevó a sacarse el pasaporte por primera vez. Hicieron la fila larguísima y completaron el formulario; la señora se sacó la foto y llegó, finalmente, a la instancia de las huellas digitales (a esto Ángel le llamó tocar el pianito). Le pintaron los diez dedos de negro y cuando los estampó en el papel, la funcionaria levantó la vista y la miró a la señora y después a Ángel. No dijo nada, lo volvieron a pasar, una vez más y otra.

- Cinco veces le hicieron tocar el pianito y no se lo dieron, me dijo su hijo angustiado, sin soltar el volante, con la mirada fija en el ripio.
- ¿Por qué, Ángel, qué pasó?, le pregunté.
- Se le habían borrado las huellas digitales.

(Lo sé, este post debería venir con pañuelos descartables. Como los que hay en consultorios de psicólogos que la mamá de Angel nunca visitó. Aquí tienen, pues.)


Supercholitas ¡al ataque!

“Llegó la hora de Yolanda La Amorosa. La luchadora, de menos de treinta años, camina hacia el ring con la elegancia de una actriz que llega al Festival de Cannes.

Levanta la mano para saludar a su público, que la aplaude, le grita, la alienta, le chifla, le exige. Ella camina lento, con estirpe real. Bambolea su faldón rosa, inflado como un merengue.

No parece una luchadora ruda sino más bien una princesa inca. Tiene los ojos achinados, la nariz fina –a pesar del puñetazo que más tarde supe que le pegó su padre–, los labios grandes y el pelo azabache. Lleva una mantilla tejida a crochet y aretes que parecen de oro, y que se quitará antes de luchar. Yolanda La Amorosa sube al ring y le muestra a sus seguidores lo que ellos quieren ver: puños cerrados y cara de mala. [...]

Escribí esta nota para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile. Se puede leer completa acá.


La ley de la vergüenza (SB1070)

“La hija de Hitler. Ella clasifica a la gente según donde nació. La historia se repite. Si no sos rubio de ojos celestes, cuidate.”

Esto se lee en el montaje que circula en Internet en contra de la gobernadora de Arizona, Jan Brewer que promulgó la Ley SB 1070, en contra de los inmigrantes, que entrará en vigor dentro de tres meses.

Para leer más sobre esta ley, que autoriza a la policía a detener a cualquier sospechoso de estar en el país en forma ilegal, ha inspirado a otros siete estados, la nota de Pablo Ordaz en El País de hoy.

Obama la condenó y el secretario de justicia de Estados Unidos Eric Holder expresó su preoucpación. Mientras tanto, en Facebook ya hay un grupo en su contra con más de un millón de miembros, y se planea un boicot a Arizona para el próximo 23 de mayo.


Guerra a la altura, en La Paz

Pensé en arrancarme los ojos, pero enseguida lo descarté. No sería suficiente. Tendría que cortarme la cabeza entera para acabar con este dolor infernal.

La Paz está a 3600 metros de altura y Santa Cruz de la Sierra, desde donde vengo, al nivel de mar. En avión se demora apenas una hora. Perfecto para ahorrar tiempo y malísimo para el cuerpo, que a veces no alcanza a procesar el cambio. Entonces, se instala el famoso mal de altura o soroche.

Cuando me bajé en el aeropuerto de El Alto festejé el día despejado y el aire puro me recordó a la Patagonia. Mientras el taxi descendía a la ciudad, las ventanillas mostraban una olla enorme, construida hasta los bordes.

No hacía frío y las cholitas caminaban apuradas con sus faldas espesas y un sombrero tan pequeño que todavía no entiendo cómo no se les cae. Imposible entenderlo en ese estado de confusión posterior al aterrizaje. Había tomado bastante agua en el avión porque me dijeron que era lo mejor.

Sabía de la existencia de las Sorojchi Pills, unas pastillitas que supuestamente alejan el dolor de cabeza, pero no las tomé. Un poco por rebelde y otro poco porque las últimas veces que estuve en la altura no fueron necesarias. Pero hubo una diferncia entre esas veces y ésta: antes el acercamiento fue gradual, en auto, a paso de tortuga, con tiempo para acostumbrarse. Ahora fue veloz.

No voy a contar los detalles del caso porque son muy poco elegantes. Sólo agregar que la noche de anoche fue peor que una mañana de resaca. Cuando logré ponerme de pie, tomé un té de coca y le comenté mi malestar a la chica de la cafetería. Ella se rió con esos dientes blancos que tienen los collas y me dijo: “Por lo menos usted está de pie. Otros no se pueden mover de la cama, si hasta oxígeno les dan, pues. Tendría que tomar un poco de oxígeno, en la recepción tienen un tubo, vaya”.

Cada uno de los que hablo tiene su propio remedio para la altura. “No tienes que taparte con colchas pesadas proque no podrás respirar”; “come liviano”; “toma té de coca”; “duerme 6 horas seguidas”; “toma 2 litros de agua”.

Después de una siesta fuera de hora desperté hace un rato, con más ánimo. A ver cómo sigue el día. Si no pasa solo, tocará una tarde de Sorocjhi Pills y más reposo. La buena noticia: este hostal es acogedor, lleno de luz, helechos colgantes y gente amable que a cada ratito me pregunta cómo estoy.




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