Mediodía de códigos argentos en el DF

En el asteroide de los argentos que viven en el DF, un alfajor Cachafaz vale más de lo que cuesta. Cuando alguien llega de afuera con una caja, es visto como un mesías. Al menos por unos segundos. Eso sentí el otro día, cuando me aparecí en la casa de mi amiga con los Cachafaz de chocolate.

No hay cifras oficiales de los argentinos que viven el DF, pero dicen que son más de 100.000. Y existen algunos grupos, como Argentos o Argen Mex, que fomentan el intercambio entre compatriotas. Martín encontró una cama y vendió su camioneta por esta red de argentinos; Patricia buscó clientes para sus masajes; Laura, compradores para sus empanadas y Paul para sus alfajores santafesinos. También sirvió para que hace algunos años los estafaran a todos, con pasajes a Argentina de una agencia que desapareció.

A propósito del 9 de julio, los Argentos se reunieron ayer, para comer empanadas, choripanes y matambrito a la pizza en una casa de Coyoacán. La invitación circuló por Internet, había que confirmarle la asistencia a Laura, de Ahijuna! que desde hace algunos años años prepara comida artesanal argentina.

Llegué con unos amigos. Nos recibió Paul, con un beso en la mejilla a las mujeres. Cuando le tocó saludar a Diego, primero le dio la mano y después un abrazo sonoro con apretón de manos en los omóplatos y beso. «Aprovechemos que acá nadie nos ve, no nos van a acusar de trolos«, le dijo. Después se rieron y arrancó el show de códigos, mientras desfilaban bandejas de empanadas de carne  y choripanes enchilados.

Había globos blancos y celestes, una bandera y alrededor de 50 personas con historias de desarraigos, adaptaciones forzadas, contradicciones y un extraño sentimiento de pertenencia.

Virginia y Manuel se conocieron por chat, hace unos cinco años. Ella es de Entre Ríos y el de Satélite, en los alrededores del DF. A ella le gustó su nic: «consejero». Empezaron a hablar, primero unos minutos, después una hora y al final toda la noche. «Mi papá se levantaba a trabajar a las 6, entonces un rato antes yo apagaba la máquina», me dice Virginia, que puede ni ver las tortillas de maíz, pero habla como mexicana. Manuel, su marido toma mate como argentino y Samuel, el hijo de 9 meses todavía no habla pero se comenta que con esos ojazos que tiene será el próximo galán de Televisa.

Pablo vino hace algunos años, después de la crisis del 2001 a buscar trabajo.

Se quedó un tiempo en la casa de un amigo en Cuernavaca y luego aterrizó en el DF y montó una empresa de desarrollos informáticos con Pamela, su novia peruana que vino a estudiar y estudió… hasta que se conocieron. Ahora trabajan y viven juntos. Pablo todavía juega al fútbol con un equipo argentino pero ya habla de tú.

«Cuántos más años pasan, la brecha es más grande», «Yo me siento sin bandera», «La tierra es la tierra», «Durante cinco meses no estuve ni acá ni allá», «Volver, ¿a qué?», «Trabajo no hay, la última vez que fui había carteles de se cierra, se alquila, se vende», «En Argentina te quedás sin trabajo y te condenan a robar», «¿A quién pusieron de minsitro de Economía? Es un desconocido total, ¿no?», «Hace siete años que vivo acá y leo todos los días el Clarín. Lo leo y me amargo. Entonces digo, mañana no lo leo. Pero al día siguiente, otra vez lo estoy leyendo«.  Mientras Laura servía el matambrito a la pizza, en las mesas circulaban estos comentarios.

Algunos se conocían, otros no. Hubo intercambio de correos y celulares. Se pasaron la receta de la pizza casera («…te ponés a chamuyar y la vas amasando») y jugaron al truco. Organizaron partidos de fútbol y reuniones, que quizás se concreten y quizás no. Pero me dio la impresión de que en el fondo eso no importaba.

Lo importante fue estar ahí, en ese momento, y sentirse cerca de algo, a pesar de que sea inasible y de que tal vez ya no exista.


El otro lado de las fronteras

«No hay viaje sin que se crucen fronteras -políticas, lingüísticas, sociales, psicológicas- , también las invisibles que separan un barrio de otro en una misma ciudad, las existentes entre las personas, las tortuosas que en nuestros infiernos nos cierran el paso.

Traspasar esas fronteras; también amarlas -por cuanto definen  una individualidad, le dan cuerpo salvándola así de lo indistinto- pero sin idolatrarlas, sin hacer de ellas ídolos que exigen sacrificios de sangre.

Saberlas flexibles, provisionales, perecederas como un cuerpo humano, y por ello dignas de ser amadas; mortales en el sentido de que, al igual que los viajeros, están sujetas a la muerte, y no ocasión y causa de muerte como lo han sido y son tantas veces.

Viajar no quiere decir solamente ir al otro lado de la frontera, sino también descubrir que siempre se está en el otro lado».

El infinito viajar, Claudio Magris, Anagrama 2008.


Evocación de Ignacia, por su hijo Alex Aldama

A veces me preguntan por qué escribo Viajes Libres. Hay muchas razones, pero este post y esta historia que llegó hace unos días a mi correo es una de ellas.

A Alex Aldama lo conocí en su negocio en Nueva York, el último día de la madre. Hablamos un rato largo ese día y luego tomé algunos apuntes sobre la charla. Pero olvidé el nombre de su madre, y la quería nombrar: Alex me contó que era la mujer más maravillosa que había conocido. Entonces, le escribí preguntándole el nombre de la señora. Y el catalán me respondió la historia que sigue, y al rato me envió esta foto, donde se lo ve con su madre y su hermana Pilar:

«Ignacia, es el nombre de mi madre. Ignacia Anglada Hernández, hija de Ernestina y Alejandro.

Tras la caída de Barcelona, mi abuelo Alejandro fue enviado a un campo de concentración en Francia. Todo fue confiscado. Ignacia con 9 años quedó al cuidado de sus dos hermanos menores, Roque y Carmen.
Amigos de mi abuelo, que habían conseguido evitar la deportación, le daban a Ernestina los sacos de arpillera de la carne congelada argentina, que tantas vidas salvó. Mi abuela hacia alpargatas con ellos.
Empezaron a dedicarse al estraperlo (comercio prohibido): dejaban a Roque y a Carmen al cuidado de unas prostitutas de la calle Robadors, unas mujeres increíbles, auténticas y fuertes. Se escondían en los trenes y en las cercanías de Barcelona, en poblaciones del campo y hacían el trueque: volvían a casa sin alpargatas y con un montón de garbanzos, patatas y, a veces, hasta aceite de oliva.

Pasaron los años y Alejandro volvió con vida, esquelético, enfermo y piojoso hasta la médula. Lo sanaron y los amigos de mi abuelo consiguieron meterle a trabajar de Mozo de Carretilla en el mercado de abastos de Barcelona, El Born. ¿Mozo de carretilla? La gente iba al Born a comprar las frutas y verduras, luego apilaban las cajas en la carretilla y el mozo tiraba de ella hasta el camión que las transportaria a los mercados. De lunes a sabado, sin pausa, veranos e inviernos, desayunándose aún de noche las barretxas (conyac con anis) o carajillos (conayc con café), trabajó y trabajó, y dejó crecer un odio inmenso en su interior por toda la injusticia vivida y murió. Claro está, de cirrosis y profiriendo terribles insultos al sacerdote que intentaba darle la extramaución antes de morir. Un hombre muy guapo y alto que jamás consiguió ver de nuevo la belleza que le rodeaba.

Ignacia, mi madre, conoció a Ángel y tras tontear un poco se acabó. Ella rompió en pedazos una foto de él y se la tiró en la cara. Unos años despues, en el tranvía mi madre notó que le tocaban el culo. Era mi padre que le enseñó la foto rota todita recompuesta y pegadita, y la invito a bailar. A mi madre le encantaba bailar.

Ángel entonces trabajaba de electricista para General Eléctrica Española. Mi abuelo se opuso rotundamente al matrimonio. No obstante se casaron, de gris no de blanco. Con un traje chaqueta y un bouquet de flores. ¡Muy guapos los dos!  (Es un extremo jamás confirmado pero yo siempre he creído que mi madre se quedó embarazada a posta para forzar el matrimonio, de ahí el gris.)

Y nació mi hermana Pilar. No fue fácil, vivían con mis abuelos. Aún embarazada mi abuelo les echó de casa y bueno, un montón de barbaridades que de nada sirve ya recordar.
Entonces mi madre vendía fruta y verduras en un puesto calljero en el mercado de Badalona. Mi hermana nació muy chiquita y débil, sin ganas de comer. Mis padres compraban penicilina en el mercado negro para ella y seguían trabajando.

Confiados en que mi madre no podía tener más hijos, la sorpresa llego cinco años mas tarde cuando nací yo: con una cabeza apepinada impresionante y mas de 4 kilos. La comadrona me puso los zapatos de inmediato y le dijo a Ignacia, ¡pero que feo es!

bornDe las fotografías en blanco y negro de aquel entonces lo que más me impresiona es cómo mi madre apilaba en verano las sandías y los melones. Se las tiraban una a una del camión y ella las apilaba en la calle formando una hermosísima piramide. Me acuerdo también de sus delantales, siempre de un blanco inmaculado y con puntillas.

Ángel dejó el trabajo de electricista y empezó como contable en un almacén de El Born (mi padre escribía tan lindo como unas pinceladas de Dalí); mi madre cambió de mercado y no sé como pero tuvo su primer puesto de mercado fijo creo que en Santa Catarina, al otro lado de la Catedral, y luego más tarde otro en el Clot, éste ya con baldosas y todo.

Pilar y yo íbamos a la escuela y seguíamos comiendo, ellos dieron un depósito para la compra de un piso con todos los ahorros que tenían pero resultó ser un fraude y lo perdieron todo. Siguieron trabajando.
Volvimos a vivir en la Barceloneta, en la casa de mis abuelos. En verano, los sábados cuando no teníamos escuela, mi madre nos llamaba aún no amanecido el día y nos llevaba a El Born donde ella compraba las frutas y las verduras. Nos metía en diferentes taxis, cargados hasta donde no se podía más de cestos de mimbre llenos de rojos fresones y nos enviaba al mercado del Clot. El taxista nos descargaba allí y ella llegaba más tarde en otro taxi con con lo que fuera y ahí empezaba el día.

A mí me encantaba meterme bajo la parada (el puesto de mercado se llama así en catalán) y desgranaba guisantes o jugaba con las orugas verdes que encontraba en las lechugas aún mojadas. Oh Dios! cuántos recuerdos se acumulan en la piel con el paso del tiempo.
Pilar se casó con un hombre, de corazón noble con el que aún sigue, Miguel. Tuvo dos hermosas hijas, ahora ya mujeres.
Mis padres se trasladaron (yo con ellos al principio) a Cerdanyola del Valles, una ciudad dormitorio cerca de Barcelona. Esa fue ya la última residencia de ambos. Un piso comprado y pagado a plazos de 250 pesetas mensuales enfrente de una pineda. Mi madre siguió trabajando en el mercado de Cerdanyola con sus frutas y verduras. Yo cumplí el obligado servicio militar en la marina y despues de ello me emancipé.

Aquella noche yo casi había acabado de preparar la cena, celebrabamos el aniversario de mi amiga Pilar. Alguien contesto el telefono y me llamó: mi hermana estaba al otro lado, descompuesta con voz asustada. No hubo celebracion aquella noche. Mi pobre amiga Pilar se quedó sin cena.

Ignacia tuvo un ataque al corazón despues de ducharse. Cayó al suelo y su cuerpo atrancó la puerta. Angel intentó e intentó abrir la puerta. La ambulancia gritaba con sus sirenas de camino a casa. Es curioso, al mismo tiempo que el cuerpo de mi madre permanecía inmóvil en el suelo todos los demás corríamos: la ambulancia, mi padre de un lugar a otro pidiendo ayuda a los vecinos, yo dejando mi casa en Barcelona, mi hermana haciendo lo mismo…
Se negó a morir de inmediato, la conectaron a un monton de tubos y máquinas. Era la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Sabadell. Mi madre estuvo cuidada por unas gentes maravillosas esos cuatro dias. Fue demasiado fuerte e intenso para mi padre y mi hermana. Yo me pasaba horas con ella y le pedía, le suplicaba, le grité que volviera. Le dije una y otra vez lo mucho que la queria (las lagrimas asoman ahora de nuevo en mis ojos). Recuerdo que sus párpados se abrían una y otra vez (me explicaron que era «sencillamente» fruto de espasmos), le pusieron una cinta adhesiva en los ojos para que no se abrieran y fue entonces cuando el médico, lo recuerdo jovencísimo y muy delicado al hablar me dijo la verdad. Sí, le pedi que desconectara a mi madre de aquellos infernales tubos y maquinas innecesarias.

LLovía a mares, de verdad, ¡cómo llovia! cuando dejé el hospital.
La Iglesia se llenó hasta los topes, yo ni tan siquiera sé quiénes eran más de la mitad de esas gentes,
Y en silenciosa ceremonia, la llevamos a su ultima morada.

Esto sucedió hace ya mucho, mucho tiempo. Mi madre murió joven. Yo la «deje ir» recientemente. Al final la deje ir: desde entonces sólo recuerdo lo hermoso, sólo recuerdo la belleza de tantos y tantos momentos: su risa, su generosidad con los demás, su fuerza ante la adversidad cotidiana, sus abrazos y besos a mi hermana y a mí, cuando se adormilaba en el sofá cansada del trabajo de la semana y de repente se despertaba, su alegría inmesurable con el nacimiento de Olaya su primera nieta, su orgullo de madre, las conversaciones que tuvimos los dos cuando ella tuvo la menopausia -cómo de repente se abrió como mujer a mí y se convirtió en una amiga además de madre, compartiendo secretos y privacidades conmigo-, y recuerdo su piel, fresca y brillante, sin arrugas, con una luminosidad muy particular.

Ese es el nombre de mi madre, Ignacia. El de mi padre es Angel. El de mi hermana Pilar y el mio Alex.
Podrían ser otros completamente distintos, que más da. No son más que nombres.
Es el corazón, no el nombre, quien nos da una personalidad propia y única, es el corazón quien nos diferencia, nos distingue los unos de los otros, nos agrupa en sólo dos categorias reconocibles, las buenas y las malas gentes… y el corazón de Ignacia era grande, grandísimo, lleno de sangre y rayos de sol, con latidos fuertes, sonoros, musicales, era un corazón donde anidaba un jardín de dalias y amapolas y rosas con espinas, y un rio grande de aguas claras… a veces aun me parece oirlo.


Llevar y traer

 

 

¿Qué quieres que te traiga si voy a Madrid?

¿Qué quieres que te traiga si voy a Madrid?

No quiero que me traigas. (bis)

Que me lleves, sí. (bis)

 

 

  A pasar el trébole. Canción popular española.

 

 


Links, temas y noticias

Guía cool de las grandes capitales
¿Planes de viajar a Nueva York, Tokio, París? Entonces, Super Future es un buen dato. Un sitio con mapas, barrio por barrio, que destacan museos, galerías, restaurantes, tiendas y más. Todo eso, gratis. Por 20 dólares es posible descargar guías, según aseguran en la página, todavía más completas. Para agendar.

 

San Fermín, en fotos antiguas
En unos días comienza la corrida de toros más famosa del mundo, condenada y adorada por muchos. Este año, se reeditó el libro de fotografía «Sanfermines», de Ramón Masats, que reúne imágenes tomadas por el fotógrafo con una Leica y una Pentax, entre 1957 y 1960. La reedición fue revisada por el autor y el editor gráfico Chema Conesa, quienes luego de volver a ver archivos de ese trabajo decidieron incluir 50 fotos inéditas Acompañan las imágenes, textos de Hemingway, el escritor que declaró: «En Pamplona se celebra todos los años una final mundial de toreo«.

   

Bruselas joven
Nuevo sitio en español, con info útil sobre la capital de Bélgica. Qué hacer, de día y de noche; el Museo Magritte, dónde escuchar jazz en vivo y qué bar es bueno para probar las cervezas belgas. También, eventos, como el Festival de Verano de Bruselas, del 14 al 23 de agosto, o el Off Screen, donde se proyectan películas curiosas e insólitas. Todo esto y más, para que cuando tengan que decidir entre todas las capitales europeas, se tienten por Bruselas.




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