Al fin una de amor: la historia de Manuel y Cécile

Porque me gustan las historias de amor, escuché con atención la de Manuel y Cécile. Primero me la contaron otros. Más tarde, la supe por ellos.

Cuando una historia es buena anda sola, la lleva la gente o el viento, no sé, pero se propaga con velocidad de contagio. ¿Fuiste a la estancia del amor? me preguntaron en alguna parada de la Ruta 40.

Manuel P. es un gaucho duro, de más de cincuenta, con pocos dientes y muchos inviernos crudos en el pellejo. Es un hombre patagónico, peón de estancia, de mirada intensa, cazador de pumas. Dicen que era un hombre duro, capaz de sacar un cuchillo en una pelea. No podría afirmarlo. Lo vi usar el cuchillo, pero para cortar milanesas en la cocina de su casa… porque Cécile no cocina.

Cécile D. es una francesa de treintipico, con sonrisa de niña, independiente y muy viajera. Cuando tenía 23 se fue con una amiga a recorrer Mongolia a caballo. Es fotógrafa y en Francia se dedica a llevar grupos de fotógrafos a viajar por distintas partes del mundo, desde Mongolia hasta la Patagonia.

Así fue que llegó un día a esta estancia de Santa Cruz. Sin perder tiempo se fue a recorrer el campo, de 40.000 hectáreas, con Manuel P. A ver si merecía la pena traer a su grupo de europeos. Dicho por él, ella lo buscó. La cosa fue rápida. A los cuatro días estaban juntos y al año siguiente había nacido Laure, una nena preciosa, salvaje, patagónica que hoy tiene cuatro años. Un detalle: ella le dice Laure y él la Laura.

¿Que cómo siguió la relación? Manuel no se fue a París -exagero porque ella no vive a la vuelta de la Torre Eiffel, sino en un pueblo que se llama Sommiers, sí, como los colchones- y Cécile no se vino del todo a la Patagonia áspera, como me gusta llamar a esta zona.

Ella regresó a Francia con Laure y trabaja allá entre siete y ocho meses. El resto del año, durante el verano, viene a la Patagonia y vive con Manuel. Los meses que se queda en el campo, ella recibe grupos de fotógrafos o escribe. El año pasado se dedicó a escribir un libro sobre técnicas y ejemplos y composición fotográfica.

Me contaron su historia al principio a regañadientes. Después se relajaron y la conversación fluía entre mates y bizcochos en una cocina pintada de celeste. Yo anotaba en mi libreta y miraba bastante para abajo porque todos teníamos algo de pudor, de preguntar y de contar. Ellos se acostumbraron a que mirara hacia abajo, pero en un momento -juro que fue sin querer- levanté la cabeza y justo se estaban haciendo una carita que, traducida, decía algo así: cuando te agarre…preparáte.

Fue un segundo, pero alcanzó para ver que la historia de Cécile y Manuel estaba viva.

Publicado por Carolina Reymúndez | 8 de Octubre de 2010

Archivado en Anécdotas, Argentina, Check in, Compañeros de viaje, Costumbres, Pasajeras, Viajeros | 5 comentarios



5 comentarios

  1. hernan dijo:

    ¿no sabía que era tan buena traductora?

  2. Carolina Reymúndez dijo:

    Así es. Alegría, alegría, alegría leerte por acá.

  3. ale dijo:

    A mi tambien me encantan la historias de amor. Con esta primero me reí y despues me emocioné. Gracias!!

  4. armando dijo:

    deliciosa..!

  5. Maria de los Angeles dijo:

    Hermosa historia!!!!

Comentarios



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