La ruta del híkuri en el desierto potosino

El relato que sigue fue escrito por la viajera y amiga de la casa, Pritama Molinari, en base a su experiencia de iniciación al híkuri en el desierto mexicano.

Cuando llegué a Estación Catorce sabía lo que buscaba. Viajaba sola, siguiendo las huellas de los libros de Carlos Castaneda y los consejos de otros viajeros.

Me habían dicho que tendría que saltar de un tren en movimiento a medianoche, que debería dar con Doña Margarita, la última jefa huichol y que con suerte podría dormir en su caserón en ruinas.
Allí mismo, instalada detrás de la barra de una antigua recepción de hotel, Doña Margarita pasaba los días y las noches. Una bruja vieja y sabia. Estaba ciega y rodeada por docenas de pájaros enjaulados con quienes hablaba en voz alta. Apenas entré a pedir alojamiento, me dijo con voz rasposa:
– Vienes a conocerlo, ¿no?
– Bueno, no sé a quién se refiere –respondí dudosa- vengo a iniciarme en el peyote.

No me dejó terminar la frase y arremetió con un largo “shhhhhhh”, abriendo sus blancos ojos al cielo.

-No le digas así, su verdadero nombre es híkuri, y es un espíritu muy poderoso. Mis pájaros me dicen que eres buena, güerita, así que puedes quedarte y yo te ayudaré a encontrarlo.

Tres días más tarde estaba subida a un jeep con Mempo, un guerrero espiritual de su confianza, y con un chileno y un sudafricano que se habían sumado a la excursión. Luego de unas cuantas horas de viaje, continuamos a pie. Caminamos muchísimo, abrazados por el calor del profundo desierto mexicano. Hasta que Mempo anunció que por fin el híkuri nos había encontrado:

– Estamos de suerte, miren, ¡hay una familia completa!

En el suelo, los sagrados botones verdes sobresalían de la tierra. Nuetro padrino nos indicó cómo recolectar y limpiar los frutos con cuidado y respeto. Cuando todo estuvo listo, nos sentamos a la sombra de un cactus.

– Antes de comerlo, deben pedirle permiso a los cuatro puntos cardinales y a todo lo que en ellos vean. Nunca nada volverá a ser como antes después de hoy, dijo Mempo con solemnidad.

Cuando le di el primer mordisco, una explosión de saliva inundó mi boca. Fue un amargo jamás experimentado. Tuve que respirar profundo para aguantar las naúseas.
Me había alejado unos metros del grupo, y una media hora después, al hacer un gesto con la mano, descubrí que todos mis movimientos quedaban suspendidos como si escribiera sobre un pizarrón invisible. Impactada por esta experiencia, me senté en el piso y apoyé mis manos.

Entonces sentí que la tierra vibraba, que respiraba, ¡que tenía vida! Lloré con emoción, amando cada partícula de polvo que acariciaba mi piel… Girando sobre mí misma, me fundí en un abrazo con la Pachamama, y sentí que estaba envuelta por su dulce calidez. Cada cosa que veía contenía un espíritu particular, un lugar irreemplazable en el universo. “Todos somos uno”, se me reveló con claridad.
No sé cuánto tiempo habré estado en éste éxtasis, pero cuando me vieron llegar, los chicos me recibieron con abrazos y risas explosivas: no sólo había tardado muchísimo en volver, sino que además estaba toda sucia: la cara, el pelo y la ropa llenos de barro y espinas.

Mempo anunció que deberíamos ponernos en marcha, la noche estaba cayendo y teníamos por delante más de doce horas de caminata. También me dijo que yo tenía que guíar la vuelta. Protesté, pero él me dijo que confiase, que el híkuri estaba conmigo. Todavía no me lo explico, pero un par de kilómetros más tarde, encontré un sendero estrecho, en perfecta línea recta. Y supe con toda seguridad que era el correcto.
Durante el regreso a Estación Catorce no bebí ni comí nada, y mi cuerpo se sentía ágil y enérgico. Mis sentidos se habían agudizados a tal extremo, que podía escuchar la respiración de los coyotes que nos seguían de lejos. En el misterioso silencio de la noche del desierto comprendí por qué los huicholes consideran sagrada a esta planta, y sagrada cada cosa que esté viva, sagrada la tierra, unida al cielo, unida al Todo.

Había ido a buscar a Mexico la experiencia mística, la puerta hacia el otro lado de la realidad ordinaria. Y ahí estaban escritas, brillantes como las estrellas de esa madrugada, todas las respuestas, incluso, a preguntas que nunca me había hecho.
Llegamos al pueblo justo antes de que amaneciera, y a paso decido entramos al caserón por la parte de atrás, atravesando un huerto.
Fui directo a ver a Doña Margarita. Cuando llegué, la encontré despierta.

– Sabía que estabas volviendo -me dijo cuando abrí la puerta- Me lo avisaron los pájaros.

Publicado por Carolina Reymúndez | 15 de Julio de 2008

Archivado en Anécdotas, Autores invitados, Check in, Compañeros de viaje, Costumbres, Destinos, Especial México, Gastronomí­a, Herramientas, México, Naturismo, Paisajes, Sala de espera, Turismo rural, Turismo salvaje | 11 comentarios



11 comentarios

  1. Gastón dijo:

    Hola Carolina! Hacia mucho que no leia tu blog. Genial la nota! Ahoar estoy devorando todo lo que me perdí…Un gran saludo!

  2. Fritz dijo:

    parece un video de Peter Capusotto!

  3. Pritama dijo:

    Fritz, lo tomo como un cumplido, pero no estoy segura de que lo sea!! Por las dudas, gracias!!!

  4. aleja dijo:

    Genial Priti!! Aún recuerdo cuando lo contaste la primera vez. ¿no te habias quedado largo rato abrazada a un arbol o algo así?? besos!! se te extraña.

  5. Marto dijo:

    Intensión y presencia. Es eso lo que se nota, lo que de muchas maneras marca tu manera de estar en los momentos y tiempos en los que estas.
    Precioso lo de la mujer ciega guiada por los ojos de los pájaros.
    Conocí a esa mujer y es una experiencia en sí. Gracias por recordarla.
    abrazos
    Grande Carol por habilitar y mantener vivo este espacio.
    M.

  6. Ricardo dijo:

    Que notable!!! Que místico!Una experiencia brillante.Priti, felicito tu espíritu y tu valentia.
    Caro, me encanta tu página. Es atrapante. Un beso para ambas.

  7. Ixmucanné dijo:

    Hermosa historia =)

    Recuerdo esa línea recta yo también. No tuve la fortuna de conocer a Doña Margarita, en su lugar conocí al Jefe del Desierto, un personaje igual de admirable.

    Me trae buenas imágenes a mi cabeza el leer historias así, tan parecidas a lo que yo viví en aquel desierto.

    Gracias por compartir esto.
    Namasté

  8. Gianfranco dijo:

    Hola. Me encanto tu historia, y ahora te cuento mi problema , quiero tener un viaje asi pero tengo 18 años y trabajo medio tiempo, no puedo ni pagar un viaje en avion a mexico (soy de buenos aires, argentina). Quiero saber si conoces algun grupo que valla este año a mexico, al desierto, supongo que sera mas barato y mi ota opcion es ir como mochilero, crees que lo podre hacer en menos de un mes todo el viaje? si es asi me podrias dar algunos datos sobre adonde tengo que ir?
    Desde ya gracias y me disculpo por la ignorancia sobre el tema.

  9. rene hernandez dijo:

    me pueden informar cuando van al hikuri en excursion mi cel es 044 33 1215 3716 /01 33 1202 4848

  10. oscar dijo:

    tsssssss que chido, cuando puedas invitame!
    a.c_ler@live.com.mx

  11. SOJA dijo:

    ME ENCANTO TU RELATO, YO VIVO EN MATEHUALA UNA CD. PEQUEÑA MUY CERCA A REAL DE CATORCE, ES UN HONOR ESTAR CERCA DE UN LUGAR TAN MAGICO COMO LO ES WIRIKUTA.

Comentarios



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