París en blanco y negro

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Es marzo y hace frío en París. En el viaje del aeropuerto Charles de Gaulle a la estación Denfert Rochereau miro la lluvia mínima que se escurre por la ventana. Los pasajeros llegan al tren con gorro y bufanda, y los árboles son esqueletos oscuros que si pudieran, temblarían. Es difícil imaginar que alguna vez volverán a tener hojas y a ser verdes. En esta mañana gris se me hace extraño pensar que en París pueda haber sol y verano.  No entiendo cómo se atreven a poner sandalias y mangas cortas en las vidrieras. Hoy creo que París es una ciudad tristemente bella, donde siempre debería hacer frío. Y también lo pensaré mañana, mientras recorra los senderos del cementerio Montparnasse buscando a Julio Cortázar. Y el día después, caminando por la Ile Saint Louis me parecerá que París podría existir en blanco y negro. Que su belleza no necesita color.

Muchos me dirán que cómo puedo decir semejante pavada, que tendría que venir en primavera para verla florecida, con sus parques deliciosos y la gente tomando sol en los cafes y bistros de veredas amplias. Que debería hacer este post después del sol, que me estoy apresurando, que no hay nada más lindo que un picnic estival en el Bois de Vincennes, con paté, camembert y vin rouge. Sé que dirán eso y tal vez cosas peores. Pero no me importa. Por esta vez seré imprudente. No sólo lo digo, también lo repito. París es una ciudad tristemente bella, donde siempre debería hacer frío. Y donde el color es lo de menos.

Publicado por Carolina Reymúndez | 15 de Marzo de 2008

Archivado en Destinos, Especial París, La foto de hoy, Paisajes, Parí­s, Pasajeras, Sala de espera | 2 comentarios



2 comentarios

  1. Claudio Carpio dijo:

    De acuerdo, es la ciudad más bella donde he estado (nunca digo que “he conocido”, porque eso es imposible). El color allí es un plus pero no es imprescindible. París es como una mujer hermosa que no necesita maquillarse para ser más atractiva.

  2. Ed dijo:

    Coincido con vos, Carol. Personalmente no puedo visitar París sin recordar las imágenes de Atget, Brassai, Doisneau y Cartier-Bresson, pero también las canciones de Trenet, Greco y Brassens, y las poesías de Prevert, que “son” todas en blanco y negro.

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