Mundo graffiti, en París

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Desde ayer hasta el 26 de abril, 150 graffiteros de varios países muestran su trabajo por primera vez en el marco de una institución cultural, el Grand Palais, el museo de Champs Elysées, en París. Son más de 300 obras reunidas por el arquitecto y coleccionista de graffitis, Alain Dominique Gallizia. Todos los días, de 11 a 19 y los jueves, hasta las 23. Entrada: 5 euros.

 


Ciudades personales: el amor incondicional

Hace unos meses escribí un artículo sobre París para la revista Lugares. Antes de viajar decidí hablar con algunos amigos que habían vivido allí o viajado con frecuencia. Les pedí que me contaran sobre sus “parises personales”.

Así supe que la rue Mouftard era una de las preferidas de I. También me enteré que cuando P. vivía allí le gustaba vagar por el cementerio de Passy y sus alrededores. Y supe que E. prefiere viajar solo a París. Siente una especie de loca posesión, de esas que uno siente a veces por la persona amada. Hasta le molesta que le hablen cuando camina por la rue de Buci. Si alguien elogia la ciudad delante suyo íntimamente pensará que esa persona no sabe qué es querer a París.

Así como existen “parises personales”, también hay Buenos Aires y Pragas y Budapest y Bogotás personales. Como los seres amados, las ciudades personales tienen algunos barrios reales y otros construidos. Son ciudades que les pertenecen a una especie de viajeros capaz de quererlas más que los propios habitantes, más que a su ciudad de nacimiento. Más.

El amor entre las personas y las ciudades puede comenzar con un recuerdo, una conversación casual, un edificio, una luz, un momento. Algunas veces es tan radical que comienza incluso antes de conocerse. En general, son relaciones que se cultivan durante toda la vida: uno la visita y la ciudad responde con nuevos recuerdos, amistades, luces, edificios, momentos. En épocas sin viajes, la televisión, Internet, los libros y el cine acortan la distancia. En esta clase de amor, la poligamia está bien vista, no existe el divorcio y la distancia no es un problema. Bueno, a menos que después de treinta años sin París, el corazón se muera de emoción ante una vuelta.  Después de todo, hay amores que matan.


Un africano en París

Después de aquél Englishman in New York de Sting llega Un africano en París, de la estrella del reggae de Costa de Marfil Tiken Jah Fakoly, que anoche tocó en un festival de Irlanda.


Zine, un taxista argelino en París

El taxista que me lleva al aeropuerto podría ser español o colombiano. Pero es argelino y se llama Zine.

Un domingo a la tarde hay poco tránsito. Dobla aquí y allá y enseguida estamos en los banlieu o periferia de París, camino al aeropuerto.

Celebra que hable español, es el idioma que más le gusta. Me cuenta que cuando vivía en Argel, hace más de 20 años, veía el famoso progrma de concursos que llegaba de España ¡EL precio justo! Era una imitación de The price is right!, el show que creó en 1956 Bob Stewart en Estados Unidos y que se exportó a más de 20 países.

Zine Entendía poco, pero le encantaba el acento. Se sentaban los dos, él y su mujer, y lo miraban y se reían. “Total, al final siempre se sabía quién ganaba”, me dijo.

El argelino está vestido de marrón, el mismo color de su piel. Y tiene anteojos de vidrio grueso. Su look es retro, el mismo que se usa hoy en París. Me imagino que ese suéter de abuelo se podría conseguir una tienda vintage del Marais. Calculo que tendrá 60 años, aunque parece más.

Vamos por una autopista cuanto le pregunto por la relación entre Francia y Argelia. “Francia le hizo muy mal a Argelia”, me dice y después me cuenta recuerdos de la guerra que duró ocho años, entre 1954 y 1962. Pero la dominación fue más larga, los franceses estuvieron en Argelia desde 1830.

“Una vez entró un soldado a la casa de mi padre y le mostraron una foto de un hombre joven. Le preguntaron si lo conocía. El dijo que no. El soldado le dijo: Sé que es su hijo y yo estuve presente cuando lo mataron. Algeria no ganó por las armas, pero ganó por la diplomacia”, me cuenta con tristeza y orgullo.

Vive en París por el trabajo y vuelve a su país todos los años. Me dice que los franceses son muy racistas y que ahora están peor que nunca.

“¿Usted sabía que la mayoría de los extranjeros de Francia son argelinos?”, me pregunta y sigue: “Hace poco se hizo un estudio sobre la composición de la población de inmigrantes en París y según el resultado, en los 20 barrios que tiene la ciudad, la mayoría es argelina. En todos”, enfatiza.

El día está gris, como la mayoría de los días en París. Parece que en cualquier momento lloverá. Zine me pregunta el significado de algunas palabras en español y vuelve a recordar ¡El precio justo! “Después de un tiempo de verlo me compré un pequeño diccionario y empecé a estudiar, solo. ¡Y entendía muchas palabras!”, sonríe y se da vuelta.

Después, nos quedamos un rato callados.

Cuando me deja en la Terminal 2 de Charles De Gaulle, me da la mano y antes de subirse otra vez al auto me dice que quiere estudiar español. Sus hijos ya están criados y tiene tiempo libre. “Si, voy a aprender español, la semana que viene empiezo”.


Crónicas parisinas, 70 años de vida cotidiana

Me gustan las exposiciones de fotos antiguas. Reconocer lugares y costumbres, ver qué se usaba en otra época, imaginar los colores que no se ven.

Esta moto biplaza está en Champs de Mars y es de 1922. La foto fue tomada por Jacques Boyer, un fotógrafo de la agencia fotos Roger Viollet, que por estos días festeja sus 70 años con una muestra sobre la vida cotidiana en París entre 1880 y 1950.

Se exhiben más de 70 fotos y la muestra es en el primer piso de la Torre Eiffel, que abre todos los días, de 9.30 a 23.45 (entre el 13 de junio y el 31 de agosto, una hora más). El acceso al primer piso cuesta € 4,80 y € 4 por escalera.

Se puede ver hasta el 1° de junio.


Safari necrófilo en París

cem1a.JPGEs extraño pensar en un cementerio como un lugar de paso, cuando la mayoría de los que está ahí no saldrá nunca. Igualmente, aquella mañana gris me empujó a caminar por el cementerio de Montparnasse, que casualmente estaba cerca del hotel.

Los cementerios en París, se sabe, son una atracción turística más. Además de Montparnasse, Montmartre, Passy y Montrouge y otros, está Père Lachaise , el más grande y posiblemente, el que concentra más muertos célebres por metro cuadrado del mundo. Entre otros están: Balzac, Modigliani, Champollion, Yves Montand, Isadora Duncan, Edith Piaf y Jim Morrison, el Rey Lagarto, uno de los que recibe visitas más polémicas. Son polémicas porque los fans le rinden homenaje tomando alcohol y fumando hasta quedar knock out. Entonces, pusieron un guardia de seguridad solamente para cuidar esa tumba. A pesar de la medida, siempre hay escándalo. Hace un par de días, Kate Moss convenció al guardia para entrar después del horario de cierre y bailó sobre su tumba… hasta que la echaron.

Tan integrado está Père Lachaise dentro del circuito turístico, que existen expertos en necrofilia que plantean recorridos desde el humor negro hasta el erotismo o la Belle Epoque. Uno de los más famosos es Bertrand Beyern, autor de varios libros y creador de la “necrosofía”, según él una filosofía inspirada en la muerte. Beyern hace recorridos guiados por Père Lachaise todos los domingos a las 14 (horario de invierno). Otro experto en cementerios es Philippe Landru, que mantiene una página con noticias necrológicas y de cementerios de Francia y del mundo.

cem2.JPGAquella mañana gris, entonces, caminé hacia Montparnasse. En la entrada me dieron un plano, uno de los más complicados que haya visto. No encontré ninguna tumba siguiendo sus indicaciones imposibles. Ni a Ionesco ni a Jean Paul Sartre, que está enterrado con Simone de Beauvoir, ni a Julio Cortázar ni al poeta peruano César Vallejo. Es decir, los encontré sí, pero después de vagar a la sombra de los esqueletos de los árboles muertos de frío.

Había poca gente, casi nadie, a decir verdad. Las primeras dos personas que ví parecían haber salido de un cuadro de Paul Delvaux, surrealismo puro. Un hombre y una mujer con tapados largos caminaban por la avenida principal del cementerio, cada uno arrastrando una valija con rueditas de tamaño cabina, de esas que son aceptadas como equipaje de mano. Ellla rubia y el pelado. Como si hubieran traído todo para quedarse juntos hasta siempre. Como se quedaron Julio Cortázar y Carol Dunlop.

Tardé poco más de una hora, pero al final los encontré, gracias a la ayuda de esa mujer rubia con ojos azules y cara sin tiempo. Ella me miró unos segundos y luego me preguntó desde lejos: ¿A quién buscas, a Jules Cortazar?
Me quedé pasmada. No sé si porque estaba en el cementerio o por su extraña expresión.

– Sí, ¿como lo supo?, mientras retrocedía sin darme cuenta… tanto que me tropecé con una tumba y de repente una corriente ártica me atravesó entera. La mujer me miró en silencio y después dijo:
– Conozco el lugar y él recibe muchas visitas, es famoso. Le pregunté si trabajaba en el cementerio y me dijo que no.

– Vengo siempre a ver a mi hermana, dijo, y bajó la vista. Entendí que tenía que irme.

cem3.JPGEl frío de la mañana era oscuro y la humedad de los caminos embarrados llegaba de los pies a la garganta. Volví a mirarla. La mujer, muy concentrada, removía la tierra que rodeaba la tumba de su hermana para plantar flores. Eran violetas de los Alpes, si mal no recuerdo.

Seguí sus indicaciones, me perdí –quizás fue por la emoción- y un rato más tarde, sobre un sendero perpendicular a la avenida central, los encontré. La tumba de Cortázar es austera. La de su mujer, Carol Dunlop, está más arriba. Las dos de mármol blanco, inmaculado. Las dos iguales, pero la de Cortázar tiene rastros de sus seguidores: cigarrillos, cartas, besos con rouge, una rayuela dibujada y monedas de Argentina y Chile. Me gustó un papelito arrugado y firmado por una mexicana que decía: ¿Por qué queremos tanto a Julio?

También encontré a Simone de Beauvoir y a Sartre llenos de ofrendas, y un callejón estaba el gran poeta César Vallejo, con cartas y flores y piedras y un maíz. El cementerio seguía con sus bóvedas y mármoles tallados y leyendas cargadas de tristeza. Como ese epitafio en la tumba de Jane Henriot en el cementerio de Passy: “Ella vino, ella sonrió, ella partió”.


Tres favoritos de París, según Pablo Krantz

El músico y escritor argentino Pablo Krantz vivió varios años en París y hace algunos meses volvió a Buenos Aires, donde nació y donde tocará próximamente los temas en francés de su último disco Les chansons d’amour ont ruiné ma vie, grabado en 2007 en París.

Estos son los tres lugares preferidos del artista, que también cuenta -en especial para Viajes Libres!- cuál es la anécdota que está detrás de su elección. Más abajo se puede ver el video del hit y la agenda de sus próximos conciertos.

lyco1.jpgLa rue de la Manutention . Se trata de una calle medianamente perdida que queda a la vuelta del Palais de Tokyo y del Museo de Arte Moderno, en uno de los barrios más ricos de París. Mide unos 150 metros, desemboca en el Sena y nace con la forma de una gran escalera de piedra que desciende. A uno de los lados hay una huerta colectiva muy bizarra, en la que diversos personajes más o menos relacionados con el Palais de Tokyo cultivan tomates o quién sabe qué, en medio de adornos (muñequitos de superhéroes, gnomos de jardín colgados boca abajo, vinilos viejos por todas partes) y de cartelitos esotéricos. También hay una suerte de baldío gigante y hermoso (a la vuelta de la huerta), un restaurant con especialidades del Sur de Francia, unas cosas que se parecen a anclas colgadas a unos treinta metros de altura (donde empieza la escalera de piedra) y unas cuantas casas bajas y simpáticas. Parece una calle de un pueblo mediterráneo perfecto, y hasta parece soplar una brisa marina. De vez en cuando, la gente de la huerta hace un gran pic-nic público donde regala todos sus productos. Alguna vez pasé por ahí con auriculares y anteojos negros y me puse a comer espléndidas zanahorias y grandiosos apios en medio del gentío, haciéndome el distraído, pensando estar ejercitando mis dotes de colado típicamente argentinas. Tardé un buen rato en darme cuenta de que todo el mundo estaba igual de colado o de invitado que yo.

flyer-krantz1.jpgEl restaurant/bar/sala de conciertos Au Connétable Queda en el barrio 4, es decir el Marais, en el 55 de la rue des Archives. Es un viejo hôtel particulier de algún siglo lejano. En el sótano hay un lugar de conciertos pequeño pero maravilloso donde toqué un montón de veces. En la planta baja funciona un bar en cuya barra siempre hay una decena de cincuentones franceses con bigotes gigantes que hablan sobre Brassens y/o sobre negocios millonarios. En el primer piso funciona un restaurant muy tradicional francés donde se come a la luz de las velas. En todos los pisos hay pianos. A partir de la una de la mañana, cuando los vecinos irascibles no hacen denuncias a la policía, se vuelve un lugar como nunca he visto otro: en el sótano, todo aquel que trae un instrumento se pone a tocar con quien sea (una vez hice una suerte de improvisación a la guitarra con cuatro percusionistas africanos, un pianista clásico italiano y un bajista desquiciado al que daban ganas de matarlo) y la gente escucha y/o baila y siempre bebe. El lugar está atestado de personajes que hablan hasta por los codos con todo el mundo, es como el paraíso del francés sociable (una raza en extinción, al parecer). El que quiere saca una guitarra y se pone a cantar flamenco o alguna canción marroquí, ante la indiferencia o el entusiasmo de los que lo rodean. Para recorrerlo de un punto al otro (y eso que es pequeño) se tardan a veces 15 minutos, tan repleto está de gente que te empieza a hablar de cualquier cosa y en cualquier idioma. Es una versión simpática y acogedora de la torre de Babel.

111-museo-guimet.JPGEl Musée Guimet, el museo de arte oriental. Colecciones formidables, un jardín japonés en el último piso y entrada gratis. Alguna vez me quedé mirando fijo una estatua de Buda camboyana durante media hora, y creí absurda pero confiadamente haber alcanzado algo parecido al Nirvana.

Dónde y cuándo ver a Krantz. Abril. Viernes 4, 21 hs., concierto acústico en el Centro Cultural Islas Malvinas (19 y 51, La Plata, pcia. de Bs. As.) Fecha compartida con Manuel Moretti (de Estelares); Jueves 10, 21:30 hs: concierto en Thelonious (Salguero 1884, Cap. Fed.); Jueves 17, 21:30 hs: concierto en Thelonious (Salguero 1884,
Cap. Fed.); sábado 26: Auditorio de Biblioteca de Salto, Pcia de Bs As. Mayo. viernes 9, 21 hs, en el Ciclo Nuevo, Sala Muiño, Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1551); martes 27 de mayo: Ciclo Confesionario, CC Rojas (Corrientes 2038); viernes 6 de junio: Alianza Francesa, Montevideo, Uruguay.

 

 


A propósito de Jean Nouvel

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Jean Nouvel es uno de los arquitectos más destacados del mundo y ayer tuvo el reconocimiento más importante de su carrera: le otorgaron el Premio Pritzker de arquitectura, un premio que entrega cada año la Fundación Hyatt, también conocido como el Nobel de arquitectura.

¿Qué hizo o está haciendo Nouvel? Entre otros edificios, el Instituto del Mundo Arabe de París, en 1997, que le dio renombre internacional, el Museo Quai Branly, el Teatro Guthrie de Mineápolis, la ópera y el hotel W de Dubai y mucho más. Actualmente tiene a su cargo el  el Guggenheim que tendrá Río de Janeiro y el nuevo Louvre que se construye en Abu Dhabi y tantos otros que en su página, Nouvel puso directamente un mapa del mundo para situar sus trabajos que se ubican por ahora en cuatro continentes.

jeannouvelo.jpgAl elegirlo, el jurado tuvo en cuenta “la coherencia, la imaginación y sobre todo su necesidad insaciable de experimentaciones creativas”. El premio, 100.000 dólares y una medalla de bronce, se entregará en Washington el próximo 2 de junio.

La sala que se ve en la foto es un render del futuro auditorio de la Filarmónica de París que proyectó Jean Nouvel. Estará lista en 2012, tendrá capacidad para 3500 personas, y según afirmó el arquitecto -¿o debería decir el mago?- nadie estará a más de ¡35 metros! del director de orquesta.

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A propósito de Jean Nouvel, me gustaría recomendar del último gran museo de París, diseñado por este arquitecto, el Musée du Quai Branly, abierto hace un año y poco.

Queda muy cerca de la Torre Eiffel, exactamente en el Quai Branly, a orillas del Sena. Posiblemente por eso tiene forma de barco, un barco anclado en un jardín lleno de helechos y magnolias japonesas y que, a pesar de estar quieto, es capaz de llevar al visitante muy lejos.

En algunos países de Asia se dice que el milagro no es caminar sobre el agua, sino caminar sobre la tierra. Y eso es lo que documenta este museo: la marcha de los hombres sobre la tierra.

La exposición de los objetos escapa al etnocentrismo y aborda una dimensión artística y estética. Uno podría quedarse varias horas -todo el día, tal vez- sin cansarse. Además de ver la máscaras y tótems de  podés activar un video y escuchar las historias que la rodean contadas por los pobladores de ese pueblo mínimos de Indonesia. Quiénes la usaban, para qué, cuándo.

En el Quai Branly no hay cuadros. El museo acerca el patrimonio cultural no occidental: objetos de civilizaciones de Africa, Asia, Oceanía y América. Es un museo para ir varias veces. Por eso, para los que viven en París se vende un pase anual más barato que se puede comprar en Fnac.


Doisneau, el fotógrafo callejero de París

El fotógrafo francés Robert Doisneau (Gentilly 1912-París 1994) fue un gran documentalista de la vida cotidiana de los franceses y de los parisinos en especial. Si bien trabajó en la revista Vogue, lo que más le gustaba era el fotoperiodismo, salir a la calle y mostrar lo que veía.  Publicó más de veinte libros de fotos, entre otros: Los parisinos tal como son, Instantáneas de París y Perros de París, los tres a mediados de la década del 50. 

doisneau0.jpgEste beso fue parte de una serie sobre los amantes de París que le encargó la revista Life en 1950. El beso es la imagen que encabeza la doisneaumanía que tomó bríos después de la muerte del fotógrafo: hay libros, carteles, pósters, calendarios, agendas y hasta un rompecabezas con esta imagen.

Sus obras se venden entre seis y diez mil euros, menos El Beso, que ya superó los 30.000 y es mucho más que un beso. Aunque la mayoría de las fotos de Doisneau fueron espontáneas “maravillas de la vida diaria”, como él mismo expresó, El Beso no. Sólo que eso Doisneau nunca lo había dicho. Hasta que en 1993 varias parejas reclamaban ser las protagonistas de la foto y querían una compensación monetaria por eso. En ese momento, el fotógrafo debió admitir que le había pedido a unos jóvenes actores que posaran para él. Ellos lo hicieron y Doisneau les regaló una foto que la protagonista guardó con celo. Después del escándalo y de más de cincuenta años, la vendió en 155.000 euros a un coleccionista suizo.

“En mis imágenes procuro encontrar en los personajes un espacio interior por donde corra el aire; es lo que en definitiva le da la vida a una fotografía”, dijo alguna vez el fotógrafo.

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También dijo: “No puedo recordar quién dijo que «describir es matar, sugerir es dar vida». Esa, creo, es la clave”.

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Y: “Para tomar fotos de este tipo, uno no puede quedarse al margen de la multitud, hay que beber tanto “Beaujolais” como los demás para sentirse partícipe de lo que ocurre y para que ellos ya no se den cuenta de que uno es fotógrafo”.

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Y: “Fotografiar es un acto que no tiene sentido si no se le hace un seguimiento al tema retratado.”


La guía del ocio más completa de París

pariscope1.JPGPariscope es una solución y un problema.

Una solución porque es la guía del ocio más completa de París. Ahí uno encuentra de todo para hacer en la ciudad. De día y de noche. Restaurantes, cines, ciclos de jazz, museos y mercados de pulgas. Todos los estrenos, las novedades de cada semana, quién viene a tocar o a dar una conferencia. Qué hacer, día por día, con direcciones, teléfono y precios… Ahí viene el problema.  

Pariscope encubre un problema porque si bien la guía es muy barata, casi regalada, cualquier salida en París cuesta de diez euros para arriba… Eso sin contar la cena, que si es en un restaurante cuesta desde 30 euros. Superado el detalle, Pariscope es una herramienta utilísima.

Se consigue en kioscos de diarios y revistas. Aparece los miércoles y cuesta 0,40 euro.




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