Con ánimo de mar

¿Qué te parece?, le preguntaron una vez a Domenico Modugno mostrándole el horizonte desde Pocitos. El cantante de Volaré, que recién llegaba a Montevideo, respondió: Bonito, pero nunca he visto un mar marrón. Nadie le aclaró que era un río porque los montevideanos lo consideran el mar. Y punto.

“¿Cómo no le vas a llamar mar a esto?”, me dice Pelayo Arocena y señala la inmensidad, que hoy se ve azul, con olas y ánimo de mar.

Con ustedes, el Mar de la Plata.


Boniato glaseado

Abajo del fuego hay un boniato, como le dicen en Uruguay a la batata. Al plomo, cocida sobre la parrilla, cortada a la mitad. Una vez lista, le echan unas cucharadas de azúcar y después la sellan con el quemador al rojo vivo, como se ve en la foto. Deliciosa costumbre que me propongo imitar en alguna parrilla campestre.


Lustrabotas con buen marketing

Marito Walter Barneche Ruiz trabaja en el Mercado del Puerto de Montevideo hace 30 años. Es lustrabotas pero se siente embajador. Usa camisa celeste de lycra, pañuelo con traba, saco y zapatos de cuero gris.

– A mí me va bien, es el único secreto. Miráme, nena, yo tengo buena presencia, no soy cualquier cosa. No. Yo tengo, cómo es, márchesindain. Uso relojes, anillos, mirá, no soy un loco. Yo acá le lustro a famosos, a turistas de todo el mundo, tengo los emails, me mandan fotos. Hasta actué en una película, mirá lo que te digo. En la Puta Vida, ¿la viste? No. Yo no soy cualquier cosa. Miráme, ¿cuántos años me das?

– …

– ¿Sabés cuántos tengo? 62. No parezco, ¿no? Además de trabajar en el mercado, camino 40 minutos 3 veces por semana. Pero si querés que te diga la verdad, siempre tuve mucho sexo, por eso me mantengo así. ¿Sabés cuántos años tiene mi novia? 32. No, yo no soy un loco. Yo tengo markentig o como se dice, márchesindain. ¿Dónde me dices que va salir esta nota?

(La lustrada cuesta 3 dólares, la charla viene de regalo.)


El Palacio Salvo: adefesio o belleza

En Montevideo, frente a la Plaza Independencia, el Palacio Salvo es un gigante estrambótico parado ahí desde hace más de 80 años. Como un misil. O, en términos más uruguayos, como un termo descomunal alzándose al cielo, implorando quizás que nunca falte el agua para el mate.

El Salvo es hermano mayor del Barolo de Avenida de Mayo. Los construyó el mismo arquitecto, el italiano Mario Palanti, fanático de la Divina Comedia.

Un hermano más alto, de 95 metros. Durante algunos años, fue el edificio más alto de América del Sur. Como el Barolo, también lleva el nombre del empresario que lo mandó a construir, en este caso, los hermanos Salvo.

Se inauguró en 1928, unos años después que el Palacio Legislativo y algunos antes que el Estadio Centenario.

Su estilo ecléctico y no definido provocó polémicas. Hasta hoy, para algunos es un adefesio y para otros, una belleza.

Fue pensado como complejo hotelero, nunca llegó a serlo. Hubo un famoso salón de baile, casas de masajes, club de billar, departamentos usados por adivinadores del futuro y hasta por una comunidad que criaba hamsters. Actualmente, hay oficinas, viviendas, y en el entrepiso, el estudio de grabación La Batuta, por donde pasaron Alfredo Zitarrosa y Jaime Roos. Tip para apreciarlo mejor: desde el restaurante Arcadia, en el piso 25 del Radisson.


El Bar Arocena

Al Bar Arocena alguien se lo olvidó abierto en Carrasco. Quedó ahí, como una foto ajada, como un trasto viejo entre los restaurantes chic, las tiendas y heladerías de Carrasco, el barrio más tradicional de Montevideo. Quedó la luz prendida desde 1923 y apenas unos pocos la ven.

Está a una cuadra del Hotel Casino Carrasco, el famoso hotel que abrió en 1921 y celebró grandes banquetes y bailes, que cerró en 1997 empujado por el abandono, y que el año próximo será un cinco estrellas, después de varios años de recuperación y algunos millones.

El Bar Arocena tiene mesas en la vereda. Por la mañana y por la tarde los vitalicios del barrio las usan de oficina, para leer el diario, comentar noticias, arreglar el mundo.

Pelayo Arocena, nieto del fundador de Carrasco, es uno de ellos: tiene 81 años, manda cartas de lectores al diario El País, anda en bicicleta y vive en un garaje frente al mar.”No tengo ni una hectárea pero me considero el dueño de estas tierras, mi abuelo las fundó”. Pelayo no sabe qué es wifi, pero recuerda los detalles de cada baile del Hotel Casino Carrasco. “En las noches de verano, yo bailaba con D’ Arienzo”, cuenta.

Peter, “el alemán”, es otro cliente fijo. De ojos celestes y edad indefinida, el alemán vive en Montevideo desde que se jubiló, hace un par de años. Conoce boliches, trata de hablar español y recibe una semana más tarde el Argentinisches Tageblatt. Probablemente sepa qué es wifi pero no lo usa seguro. Ni tiene correo electrónico. Algunas tardes viene con su mamá, que tiene el pelo largo y gris, y toma Bailey’s.

El Arocena abrió en 1923 y tuvo varios dueños hasta que lo compró Roberto Mallón Orols, hace más de treinta años. Gallego de La Coruña, llegó en barco después de ver hambre en la España de postguerra. Su destino era Cuba, pero al final lo mandaron a Uruguay. Tenía 18 años.

Fue colectivero, panadero, taxista, mozo en Punta del Este y finalmente, dueño del bar que según revistas y locales, prepara el mejor chivito de Montevideo. “Para hacer un buen chivito hay que usar el pan tortuga tostado, lechuga, tomate, huevo duro, morrón, panceta, muzzarella, mayonesa, el único secreto: que la carne sea lomo”, revela todavía con acento gallego. Le gusta contar su historia, pero más le gusta contar monedas. Hace montoncitos, las envuelve en papel, las guarda.

Al final de la barra de mármol hay una foto de los años cuarenta, donde posan cinco Amigos del Bar Arocena, satisfechos, con mulitas y perdices recién cazadas. En el Arocena (Arocena 1534), la vida todavía transcurre en blanco y negro, pero, ojo, que el bar no se quedó en el tiempo: abre 24 horas.


A la deriva con Mario Levrero

“El ómnibus llegó pasado el mediodía. La ciudad parecía un pueblo fantasma del Far West, unas casuchas amontonadas junto a la carretera; pero luego el ómnibus dobló a la izquierda, se internó por distintas callecitas y nos depositó junto a la agencia, en el aparente centro de la ciudad, bastante más extensa de lo que parecía desde la carretera.

Llegábamos hora y media atrasados, algo estadísticamente normal. En la agencia pregunté por un hotel, y me dijeron que el hotel estaba a pocos metros, desde luego sobre la avenida principal. Vi partir nuevamente el ómnibus, llevándose a Roxana dormida en su asiento junto a otras víctimas rumbo a Miserias, Desgracias y otras populosas localidades del interior.

Algo en la cima del lugar que rezumaba aridez -física y espiritual- me hizo bautizarlo primariamente Poisonville; unas horas después encontré más adecuado el castizo “Penurias”. Un aire caliente resecaba las fosas nasales y dejaba una impresión irritante, venenosa. Estábamos a fines del verano, y no quise imaginar cómo sería enero.”


Drexler, relator por una noche

Mientras en el Mercado del Puerto de Montevideo se escuchaban cada vez más fuerte los gritos de aliento a la Celeste, en Vigo el músico uruguayo Jorge Drexler estaba nervioso. Ya era la hora de comenzar su show y el partido por el tercer puesto entre Uruguay y Alemania, no terminaba. Entonces, el músico tomó una decisión: subir al escenario con su laptop y relatar el final del partido… cantando y sufriendo.


Y después de la boda, ¡luna de miel para todos!


Arte y símbolos

[…] “El artista es un creador de símbolos porque la forma simbólica es, no solamente algo dentro de la estructura racional, sino aun del alma y de la materia, y surge formada como de una pieza; y de ahí el que tenga, en cierto modo, como un valor mágico, y obre sobre nuestra sensibilidad espiritual, directamente, sin necesidad de interpretación ni lectura; y por todas estas razones, en cuanto a forma, tiene un valor en sí. […]

[…] Nuestro símbolo es aquel que viene de la intuición y es sólo interpretado por ella. Algo, pues, ininteligible al pensamiento, y así es que vemos el gran arte. Por esto, un artista, jamás tendrá que poder dar razón del porqué de tal forma.”

Universalismo constructivo, Joaquín Torres García, 1934.


Después del Pulpo Paul, vuelve el pulpo a la gallega

Mediodía de sábado en la barra de Palenque, en el Mercado del Puerto de Montevideo, donde desde hace 52 años la familia Portela sirve pulpo como en Galicia. Con sal, pimentón y aceite de oliva. Nada más y nada menos.




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