El sueño

El sueño, Henry Rousseau.


Buenos Aires graffiti V


¡Viajes Libres en Ñ!

La mención del blog salió hace cerca de un mes, en el suplemento cultural Ñ. Me enteré por un amigo, que lo guardó y me avisó. Aunque no tengo la certeza, sospecho quién pudo haberlo reseñado y se lo agradezco.


Nubes en la Cordillera de Los Andes

San Juan, Parque Nacional San Guillermo, Refugio La Brea.


En marcha

El otro día me contó una amiga que su papá camina de Belgrano a Once dos veces por semana. No tiene que hacer ninguna diligencia. Camina por caminar.

También suelo caminar sin motivo. En lugar de ir en metro o en auto o en ómnibus camino cuarenta, sesenta y más cuadras también. Quizás para hacer ejercicio y también porque me hace bien comprobar que mis piernas son capaces de llevarme. Para estar en marcha.

Trato de andar con la espalda erguida, pero más de una vez me pesco medio inclinada, en una postura parecida a la de El hombre que marcha, la escultura de Alberto Giacometti.

La postura tiene algo de reflexiva; de abatimiento y al mismo tiempo de perseverancia en el paso, en la actitud del cuerpo hacia adelante, la mirada en el horizonte. Leo por ahí que Giacometti vio en su obra el “equilibrio natural de la caminata” como un símbolo de la “propia fuerza vital del hombre”. No sabemos de dónde viene ni adónde va, solo que está en marcha hacia el futuro.

Vi la obra en la Fundación Proa. Hay dos versiones, ambas de bronce: una es un poco más grande que un fosforo, y otra a escala humana (1,83 m). La más grande, una de sus esculturas más famosas, tuvo varias fundiciones. Hace un par de años se vendió una  en Sothebys de Londres a 65 millones de libras. Comprador anónimo, por teléfono.

Giacometti en Proa, una retrospectiva imperdible. Hay tiempo hasta el 9 de enero y se puede llegar caminando.


El Delta, Butler y un cumpleaños

Me invitaron a un cumpleaños en el Delta. Lejos, en una isla a más de una hora en lancha de Tigre. A pesar de los mosquitos de patas largas, me gusta mucho el Delta. Lo veo lleno de nostalgia de Conti, de letanía de sauce llorón y muelles despintados. Casas altas, quietud de siesta, ceibos y río piel de león. Destellos de otra época, azaleas dobles y Butler. Desde que conocí la pintura de Horacio Butler, el Delta también me recuerda a él.

El Delta es una D gigante, verde y llena de islas, arroyos, canales y ríos que drenan la cuenca del Paraná, después de la del Amazonas, la segunda más importante de América del Sur. Al caminar por las islas uno tiene la sensación de hacer pie sobre tierra en movimiento. Y también de estar en un lugar medio secreto.

Escribió Borges: “Ninguna otra ciudad, que yo sepa, linda con un secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil“.

Hace tiempo que está de moda alquilarse una casa en el Delta para los fines de semana. Algunos, los más extremos se mudan y usan lancha y compran en el almacén flotante y cambian de vida. Pero son los menos.

Horacio Butler, el pintor de los cuadros de este post, era un entusiasta del Delta. Después de una gira por Europa se alquiló una casa-taller sobre el río Carapachay. Corría 1934.

Una vez, una periodista le preguntó por qué el Delta, por qué ese tema, y él le respondió: “Explicar el porqué de los temas resulta tan difícil como aclarar por qué nos enamoramos de una persona y no de otra”.

Como en esta pintura expresionista, el Delta también puede ser salvaje. Una tarde de tormenta, una noche de viento y marea alta. Hace algunos años hice un recorrido largo para escribir una nota. Era un día destemplado y frío. Recuerdo que estuve en la casa de un poblador en la Segunda Sección de Islas, un hombre ermitaño que apenas había pisado la ciudad. Se llamaba Segundo y cada tanto me aparece su imagen extendiendo la mando para despedirse mientras mi lancha se alejaba. De lejos se veía como un náufrago que había decidido quedarse en la isla desierta. Será porque esa geografía tiene algo de madre protectora.

Sí, que Ng me perdone, creo que partiré un rato antes del cumpleaños. Me dieron ganas de pasar por el MAT a saludar a Butler.


Siesta zen en Medellín

Después de almuerzo, dos empleados toman una siesta bajo la sombra de unas guaduas, en un banco circular del jardín zen del Área de Convenciones de Medellín.


Transportes de Nepal

Maricel Orellana es una periodista chilena que aunque trabaja en “otra cosa”, no deja de escribir y tiene muy a mano el plan de “cambiar de vida”.

De su viaje a Nepal rescató para Viajes Libres las formas de transporte. Se movió en avión, micro, carreta, lomo de elefante, rickshaw y bote. Todo sirvió para conocer la tierra de las montañas más altas del mundo.

Para llegar a Katmandú tomé un vuelo en Delhi que tardó más de ocho horas y me dejó ese sabor a jengibre y cardamomo de la comida India.

Podría viajar dentro de Nepal en avión, pero perderme el recorrido de los viejos buses por esos estrechos caminos y peligrosas curvas sentada al lado de un nepalí, sería como mirar un templo de Shiva desde afuera.

Tomé cuatro polvorientos buses que me llevaron por diversos pueblos, buses que pueden tardar 10 horas, como el que me llevó de Lumbini a Pokhara, tiempo que incluye desayuno, almuerzo y paradas en un centenar de pueblos sin nombres que pueda entender. Comercio ambulante que ofrece pepinos con especias y frambuesas con azúcar.

Me bajé del autobus para esperar el jeep que me llevaría al resort, pero en vez de motor mi transporte tenía una larga cola y un cajón de madera donde me tocó subirme. No andaba en una carreta desde que tenía unos 12 años y ni siquiera recordaba el movimiento ondulante que produce la mezcla de dos ruedas y cuatro patas.

Siento un poco de vergüenza haber recorrido el Parque Nacional Chitwan a lomo de elefante junto. En ningún momento pude dejar de pensar que el animal sufría cada vez que el conductor golpeaba su cuerpo obligándolo a avanzar.

Pero lo hice igual, quizás animada porque el tour anunciaba que veríamos un tigre, que al final nunca apareció. En cambio, un par de chanchos, cinco gallinas y dos hipopótamos.

El sol quemaba y después de caminar dos kilómetros me informaron que para poder visitar el lugar exacto donde había nacido Buda, en Lumbini, tenía que comprar el ticket en la entrada. En ese instante se acercó este hombre y  me ofreció llevarme en rickshaw por 150 rupias, unos 2 dólares (foto incluida). Y me fui con él.

Mi transporte favorito fue un bote en Pokhara, en el Lago Phewa con este pescador. Cuando me preguntó la edad no quise decirle que tenía 35, igual que él, que parecía unos cuantos más.


Buenos Aires graffiti (II)

Arte urbano, cosecha 2012. De mis últimas salidas en bici y caminando por Abasto, Palermo, Villa Crespo y La Boca. Para los que no hayan visto el anterior: http://tiny.cc/4znggw


Buenos Aires graffiti (I)

Los muros largos que rodean la terminal de la línea 76 de colectivo, tomados por el arte urbano, anónimo. Y en estas cuadras, también atroz. Los había visto hace algunos meses, pero ayer salí en bici y les saqué fotos. Muy pronto, más graffitis de otros barrios porteños.




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