Pequeña poesía galesa (con lluvia)

Ayer me contó una camarera galesa que una vez por año se va una semana a España, a las Canarias. Bastó que nombrara las islas para que por un segundo dejara de llevar pintas del bar a la mesa y de la mesa a la cocina. Por un segundo se imaginó en traje de baño con los pies hundidos en la arena africana y le brillaron más los ojos. “A veces me miro en el espejo y estoy así”, dice y muestra una servilleta blanca como un documento nuevo de Word.
Hoy amaneció lloviendo otra vez y me acordé de ella. Hace media hora que espero el ómnibus. A pesar de las telas tecnológicas, tengo los pies húmedos y los pantalones también. El transporte público es puntual salvo en los feriados que enmudece el sistema. Finalmente llega, ploteado con el dragón galés en un costado. El chofer cuenta las monedas con dedos largos, parece músico. Desde mi lugar en el primer asiento lo veo de cerca. Es alto, tiene una argolla dorada en la oreja, dientes de fumador y el pelo apenas largo. Le doy cincuenta y pocos. También podría ser poeta, como Patterson, pero este chofer es más viejo que el de Jarmusch. Tiene más vida vivida y está más cansado. Conduce con paciencia, atento a las curvas y a la lluvia. Afuera, el paisaje está mojado, como mis pies. La ruta atraviesa un pueblo chico y sigue entre bosques y otra vez un pueblo y así. El conductor, que se podría llamar Frank, tiene la vista fija en el camino. Allá viene un pueblo y en la parada distingo a una mujer arrugada, de pelo muy blanco como la servilleta que me señaló la galesa que soñaba con las Canarias. Con una mano sostiene un paraguas y con la otra, un paquete de papel madera. Tiene botas de lluvia y un saco oscuro. Sonríe desde lejos y cuando el bus se detiene, saluda al chofer que abre la puerta y le devuelve el saludo. En lugar de subir, la mujer que podría llamarse Gwen, estira el brazo para entregarle el paquete. Frank, hace un movimiento para recibirlo y agradece con pudor. Si pudiera verlo de frente lo vería colorado. Los pasajeros de atrás quizás no se enteran, los movimientos de ambos son pequeños y rápidos. La forma del paquete deja ver que adentro hay un huevo de pascua. Happy Easter, dice Gwen mientras él cierra la puerta y ella sigue saludando con el brazo en alto hasta que el ómnibus se aleja. Será la tía, la hermana mayor, una amiga, la suegra, una antigua vecina, una pasajera, quién sabe. El huevo tendrá confites o un autito o un chupete, es lo de menos. Ni siquiera importa la Pascua. El gesto es todo. A Frank le dura la sonrisa -que no es blanca- hasta la última parada. Lo compruebo por el espejito.


Nuevo taller de crónicas de viajes


Pronto comenzaré un nuevo taller online de crónicas de viajes. A través de clases, lecturas, chat grupales y ejercicios veremos herramientas útiles para bajar al documento en blanco paisajes, impresiones, personajes, aromas, sabores y sinsabores del lugar que visitamos. El alma de las palabras y el arte de escribir frases concisas. Cómo estructurar la historia para que no se desmorone en la mitad y, sobre, todo cómo contarla. Qué elegir y qué dejar afuera, cómo escapar de las playas paradisícas y otros clichés.
“Los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad. Estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse”, declaró el intelectual francés Buffon en su discurso sobre el estilo, en 1753. Muchas cosas cambiaron desde esa época, pero la cita sigue vigente.
Encontrar y pulir nuestro estilo, eso intentaremos hacer en el curso.
El primer taller de 2018 arrancará el 12 de abril y durará 6 semanas. Este año daré los talleres por mi cuenta, así que los que estén interesados pueden pedir detalles, información y precios a través del correo: ensiberiatambienhacecalor@gmail

¡Los espero!


La vida de las anécdotas

Hay anécdotas que uno cree muertas y al final tienen más vidas que un gato. Inesperadamente, algo las detona y vuelven a sonar. Me recuerdan a las semillas del desierto florido que permanecen años enterradas el banco de la tierra y cuando la lluvia alcanza el nivel suficiente despuntan hermosas y desaforadas, como si toda la vida hubieran esperado ese momento.
Eso pasó con esta anécdota hasta que mi hermano presentó a su nueva novia y lo que antes resultaba aburrido de tantas veces que se había contado, volvió a asombrar.
Cuando el otro día lo llevaba al aeropuerto, la anécdota empezó a rodar. Sus recuerdos estimulaban a los míos y la reconstruimos con los beneficios de matices de la memoria colectiva.
Hace años viajamos juntos al Amazonas durante cuatro meses. Se andaba más lento en aquella época y quizás porque éramos más jóvenes el tiempo era manso. Fuimos por tierra, a dedo, en micro y el 1º de enero de 1995, teníamos que tomar un avión para cruzar Perú de punta a punta. Festejamos la noche del 31 en algún lugar que no recordamos y volvimos a la pensión pintada de celeste cielo seguramente en un intento de t apar el rojo infierno.
En general dormíamos en pensiones feas, no había hostels con onda en América latina. Eran cuartos con olor a cigarrillo, mezcla de telo y hotel de viajantes. Me acuerdo de otra noche interminable, también en Perú, donde una pareja de amantes había discutido un par de cuartos más allá. Entendimos que ella lo echó y él no lo aceptó y durante toda la noche golpeó los nudillos en la puerta de madera mientras decía: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” A los diez minutos regresaba y otra vez los nudillos y la voz rasposa: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” Pensiones descascaradas que se pagaban una parte en soles y el resto en malas sensaciones. Era la forma de estirar el viaje.
El caso es que en algún momento de esa noche de año nuevo volvimos a la pensión porque el vuelo era temprano. La recepción había mutado en antro de venta de cervezas donde tomaban y festejaban y festejaban y tomaban cada vez más amigos.

Pasamos de largo hasta el cuarto. Le dimos cuerda al reloj despertador y nos dormimos con cumbia de fondo. A las cinco sonó la alarma y unos minutos después estábamos abajo. La recepción parecía el campo de batalla de los vencidos: media docena de hombres desplomados y ningún recepcionista a la vista. Golpeamos las manos y nada. Bajamos la escalera y al llegar a la puerta vimos el enorme candado que la trababa. Estábamos atrapados. Lo que siguió pasó en cámara rápida: dejamos las mochilas abajo y subimos a buscar al recepcionista, para eso reavivamos los cuerpos vencidos hasta que uno vociferó que sí que tenía las llaves. Abrió en modo robot, nos fuimos, encontramos un taxi, llegamos al aeropuerto. Mmm no, el vuelo está cerrado, dijo la empleada. Con todo lo que nos pasó, no puede ser, por favor, lo pueden abrir, necesitamos viajar hoy, seabuenita. El tiempo todavía era manso en 1995. Si les caías bien te reabrían el vuelo. Entonces, corrimos por la pista hasta alcanzar el avión que volvió a abrir la puerta y ese día los pasajeros escucharon dos veces cross check y reportar.
El cuento terminó justo cuando llegamos a Ezeiza y a la novia de mi hermano le brillaban los ojos de alegría por el final feliz. El primer tiempo del amor también es manso hahaha (esta risa debería tener el sonido de James Franco en The disaster artist).


De Nada a Todo en 200 páginas

Cuando termino un libro que me gusta quedo llena. El que terminé hace un rato se llama Nada y yo siento Todo. Me parece que tengo el cuerpo escrito, los brazos, la panza, los pies empapelados de letras. La historia de Blanca palpita adentro mío y reviso sus pasos y decisiones y amores y amistades. Me imagino su traje arratonado, la delgadez de un año a sopa, cómo le cae el pelo sobre los hombros.
Cuando termino un libro que me gusta pido silencio. Déjenme sola porque todavía estoy ahí, aunque el Kindle diga que llegué al cien por ciento de la lectura.
Nada, de Carmen Laforet, se publicó en 1944 y fue un éxito temprano, cuando la escritora catalana tenía 23 años. Los críticos hablaron de “la maldición de hacerlo bien a la primera” porque las novelas que vinieron después no fueron éxitos.
Nada transcurre en la posguerra española, en un departamento venido a menos de la calle Aribau, en Barcelona. La sensación de encierro, los parientes desquiciados y la escasez dan ganas de abrir las ventanas de par en par. Menos mal que estoy en la Patagonia y hay viento de sobra. El ambiente opresivo golpea a la chica virgen que viene del interior con su valija medio vacía y ganas de estudiar. Los golpes llegaron hasta mis ojos más de sesenta años después. Qué ridículo contar los años en los libros eternos.
En la calle Aribau vive su abuela, una tía-sargento, un par de tíos perdidos, una ama de llaves macabra y una mujer de melena roja muy salidora. Las peleas y gritos se agravan por el hambre de los años 40. Y la joven-virgen-huérfana busca luz en esa oscuridad que se hace llamar familia.
Cuando termino un libro quiero ser vaca y rumiar o ser oso para hibernar. Masticar la doble faz de Román, caminar con Blanca desde esa fiesta careta hasta la calle Aribau, revivir el momento en que la madre de Ena se corta la trenza gorda y rubia dizque por amor. Y cuando el amado recibe la caja llena de pelo le pregunta extrañado por qué hizo eso. Pensar el tiempo de la abuela que protege a los hijos varones, recordar la belleza triste de las ciudades, desmenuzar el alma de cada personaje.
Cuando termino un libro me quiero hacer bicho bolita y esperar así hasta que las letras traspasen la piel y se diluyan en la sangre. De Nada a Todo en 200 páginas.


Mi tía cheta

Tengo una tía que se parece a la cheta de Nordelta. Me acuerdo cuando una vez, hace años, le contamos a qué playa habíamos ido y ella respondió espantada: ”¡Pero ahí hay mucho mate!”. Mi tía es rubia de peluquería y siempre que la veo parece que recién llegó de unas vacaciones en la playa y sin protector. Está negra, pero ojo: es blanca.
Me imagino que mi tía cheta nunca tomó mate. No lo sé a ciencia cierta porque la veo poco. Hoy pensaba en ella y en la gente que se siente a salvo en la uniformidad. Como si las situaciones “visual y moralmente acordes” fueran un traje de neopren contra el mundo real.


Pensé en ella por el mate y porque se acercan las fiestas y es probable que nos veamos. Más allá del saludo de bienvenida y un par de frases hechas, no solemos hablar. Tampoco nos hacemos regalo, pero creo que este año va a ser excepcional. Se puede considerar una tipa suertuda. Quiero regalarle un equipo de mate: termo, bombilla y calabaza (porongo no, sería demasiado). Después de entregárselo, en algún momento entre el vitel toné y el turrón de Jijona, le voy a contar sobre la Ruta de la Yerba Mate, en Corrientes y Misiones. Le voy a hablar de esa tierra roja y ardiente donde se da tan bien la planta de yerba, que hoy es arbusto pero en tiempos de la colonia era un árbol, y llegaba a medir entre veinte y treinta metros de altura. Crecía en lo profundo del monte y cuando los guaraníes se internaban a buscarla los peligros eran tan inmensos que a veces no regresaban. Se los tragaba la selva. Los jesuitas, ordenados y previsores, la domesticaron y podaron hasta convertirla en cultivo. Caa se dice en guaraní. Según la leyenda, es un regalo de la luna al hombre porque una vez, convertida en una mujer hermosa, la luna bajó a pasear por los bosques y un yaguareté se la quiso comer. En ese momento, el animal cayó atravesado por la flecha de un cazador guaraní. En agradecimiento por haberla salvado, la luna le mandó la planta de yerba mate.

Recuerdo el viaje que hice unos años atrás y me vienen lugares y personas y monumentos y pastelitos y, sobre todo, mates. Una tarde a la hora de la siesta en la estancia Santa Cecilia hacía mucho calor, de ese calor misionero húmedo. Se acercó una mujer a la galería y me trajo un mate –ese sí que era un porongo, tía– con dos hielos sobre la yerba y en lugar de una pava caliente, una jarra con pomelada natural. Algo parecido al tereré paraguayo. Pasaron varios años de aquella siesta y todavía recuerdo la sensación de frescura.
Me pregunto si mi tía no debería ir a conocer el Museo Juan Szychowski de Apóstoles. Ahí le contarían la historia del mate, que forma parte de nuestra cultura y tradición histórica. De esa patria que, como dijo Borges, no es nadie y somos todos.
Hoy a la mañana recibí un correo del Instituto Nacional de Yerba Mate. Decía que el mate está presente en el 90% de los hogares argentinos sin importar el nivel socioeconómico. Se consumen 110 litros de mate por persona. Se toma más que el té o el café. Hasta existe un Día Nacional del Mate, el 30 de noviembre, mañana.
Ya hay yerbas orgánicas, estacionadas, saborizadas con hierbas serranas o cascaritas de naranja. El mate es bueno para la salud, para soltar las charlas con desconocidos y suavizar las tardes. Es energizante y antioxidante. Tía, ¿sabías que existen tratamientos de belleza a base de yerba mate? Aceites corporales, cremas hidratantes, jabones para exfoliar y champús que te dejan el pelo brilloso.
Guardo la última carta para el final. Si veo que mi tía cheta no se encariña con el mate le voy a contar que se exporta. Que en Siria y otros países árabes es un producto caro y muy apreciado. Como lo extranjero y lo caro le gusta, le encanta en realidad, me imagino que vamos a terminar la Navidad tomando mate. Aunque haya pasado medianoche y queden botellas de champán sin abrir.


Segunda mano

Una vez vi una película holandesa sobre un vestido de verano que se vuela del jardín donde se seca al sol. Así empieza la historia. Va pasando por distintos cuerpos, roperos, lavaderos, mujeres. Hay paradas llenas de gloria y perfume y otras tristes, y hasta alguna peligrosa. En el viaje, el vestido floreado acumula capas de vida.
Quizás porque se intuyen esas capas, me gustan las cosas usadas. Porque cuando encuentro algo especial en una feria, en un cachureo, en un cotolengo me parece que lo rescato. Que entre mil, es ese. La palabra rescatar tiene un sentido heroico aunque sea el rescate de una jarra de cerámica con una flor rosa que alguien que no conozco modeló, pintó y horneó. La compré en una feria improvisada de un templo de Siracusa. Había percheros con ropa, collares viejos, una mesa de noche estilo Luis XV y la jarra antigua. Tiene una rusticidad campestre, me imagino que se usó en almuerzos al sol, con mantel a cuadros en una terraza rodeada de glicinas. Es una jarra de agua, aunque también podrían haber decantado un Chianti para recordar.

Las cosas del templo de Siracusa las vendía una mujer rubia que recaudaba euros para comprarles bicicletas a unos niños pobres de Zanzíbar. Había fotos de su proyecto y de los niños. Cada visitante se llevaba los objetos que le interesaban y dejaba el dinero que quería en una lata. La jarra era de ella, la había comprado hacía años en una feria de antigüedades.
Rescatar es editar. Y para eso se necesita buen ojo y criterio. En un rescate hay solidaridad con el medio ambiente y con el pasado. Con el rescate se interrumpe la marcha hacia el olvido, las polillas y el olor a viejo. Es un volantazo en el destino de esa jarra que hoy está llena de astromelias en mi living, del otro lado del Atlántico.

Los negocios de cosas usadas se llaman de segunda mano, y también me gusta esa expresión. Creo que los de primera mano están incompletos. Les falta la segunda. Me pregunto si está bien que lo usado sea más barato, con toda la historia que lleva, ¿no debería venderse al doble?
Qué asco, me dijo una amiga, ¿te vas a poner esa camisa? ¿Y si fue de una muerta o de una asesina? Me la voy a poner, sí. Antes la lavaré con jabón suave para ropa fina, después la secaré al sol y mañana la usaré. No importa de quién fue, mi súper lavado la deja nueva. Usada nueva, lo voy a agregar a la lista de oximorons.
El rescate es un punto de partida para investigar. Cuando en la feria de garaje que está cerca de casa encuentro un plato que me gusta lo doy vuelta para ver el origen. Muchos tienen el sello Made in England, como ese de cerámica blanca gastada con finas grietas, elegante craquelé, en un costado. Lo rodea una línea de un azul sólido. Se llama bleu du roi, el nombre del color viene de la época medieval, era el azul que usaba la guardia real. El platito de la feria, una línea directa a Francia.
Entonces cuando viajo, me doy una vuelta por los charity shops, thrifts, ejércitos de salvación y op shops, como los llaman en Australia, en alusión a oportunidad. Eso son: minas de oportunidades. Cuando voy a Santiago, reservo un par de horas para revisar percheros de la calle Bandera. La última vez encontré un suéter verde de cuello bote. Un suéter que cada vez que lo veo pienso que fue hecho a mi medida. Es tan mío que resulta absurdo que alguien lo haya usado antes. Aunque sea de segunda mano.

En la película holandesa, el vestido que pasa de cuerpo en cuerpo no es portador de buena suerte porque vuela hacia un destino y necesita llegar cueste lo que cueste. En mi película, el destino es el tránsito. Y ya es mañana, así que llevo puesta la camisa que horroriza a mi amiga.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile, en noviembre 2017.


Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.


Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.


La doble ventana

A los 19 viajaba para ver más. Para explorar los límites y cruzar fronteras.

Para tratar de entender, para encontrarme con la mirada del famoso “otro”. Para saber qué comía, qué leía, de qué se reía, qué comía y si tenía dios. Viajaba para ver el horizonte y la noche en otra tierra. Viajaba para ir a los mercados y para conocer gente.

Ahora viajo por otras razones pero en el fondo viajo por las mismas. El viaje es dos puntos: la gente y el paisaje. Pero esos dos sustantivos se potencian y amplifican y de sustantivos comunes se potencian y amplifican y se transforman en propios después del viaje.

Hace unos días volví de Cachi, en los Valles Calchaquíes, y hoy también Cachi es Silvita, la coplera de la plaza que canta para turistas con la voz más desafinada que escuché en toda mi vida. Esta caja que toco y sabe hablar, sólo le faltan ojos para acompañarme a llorar. Silvita tiene 60 pero parece de 120, sin dientes y con la aridez de los cerros en la cara. Cuando terminó de cantar fue y se compró un helado de palito de chocolate y siguió a la casa a darle de comer a los nietos. El viaje es entender y aceptar.

Cuando vuelvo de viaje estoy cansada porque durante el viaje el cuerpo es una hondura abierta que recibe información: olores, texturas, silencios, frío o calor, música, publicidades, kilómetros, infamias y bellezas y plantas y gustos. El viaje es la ilusión de planificarlo y los matices de la memoria que lo renuevan y modifican cada vez que lo recuerdan.

Unos meses atrás viajé en tren por Rusia. Era un viaje largo y pasé horas y horas mirando por la ventanilla. Miraba para afuera: los detalles y colores del paisaje de Siberia. Y también miraba hacia adentro. Viajar es una doble ventana.

Tenía un novio que decía que me ponía más linda cuando estábamos por salir de viaje y se lo creí: viajar nos hace más lindos.


Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.




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