“El paisaje sin hombres me revienta” (Roberto Arlt)

[…] Las iglesias antiguas no me llaman la atención. Las casas roñosas del siglo pasado tampoco. Hemos protestado de la estúpida arquitectura colonial, que en nuestro país se ha difundido entre los nuevos ricos, ¿y vamos a empezar a abrir la boca frente a estas casonas oscuras porque están hechas de piedra? Haga el favor. Todas estas casas me parecen muy lindas… para convertirlas en pedregullo.

-¿Sabe que usted es un tipo muy agresivo?

- Soy sincero. No he ido al Museo Histórico ni pienso ir. No me interesa. No interesa a nadie saber de qué color eran las polleras de las señoras de laño cuatrocientos, o si los soldados andaban en patas o con abarcas. Esto es lo que me ha desilusionado de viajar. No daría un cobre por todos los paisajes de la India. Prefiero ver una buena fotografía que ver el natural. El natural, a veces, está en un mal momento y la fotografía se saca cuando el natural está en su mejor momento.

Mi interlocutor tiene ganas de indignarse pero yo insisto:

- Una de dos; o nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a los demás, o confesamos que el pasado no nos interesa. Y eso es lo que me ocurre a mí. Otro señor podrá hacer de las iglesias de Río un capítulo de novela interesante. A mí no me parece tema ni para una mala nota. ¿Estamos? Otro señor podría hacer de las callejuelas retorcidas de Río un poema maravilloso. A mí, el poema y la callejuela me fastidian. Y me fastidian porque falta el elemento humano en su estado de evolución. El paisaje sin hombres me revienta. Las ciudades sin problemas, sin afanes y los hombres sin un asunto psicológico, sin preocupaciones, me achatan.

Aguafuertes cariocas, Roberto Arlt, Adriana Hidalgo editora 2013.


El mito de la Pincoya

Todavía hay pescadores chilotes que en las noches de luna llena o en las madrugadas de verano ven a bailando a la Pincoya sobre las rocas.

Desnuda, envuelta en sus cabellos larguísimos. Es una mujer de extraordinaria belleza, princesa de los mares que simboliza la fertilidad de las costas de la isla.  Baila frente su hombre, el Pincoy, que no puede dejar de mirarla y le canta para que ella nunca termine de bailar.

Según el mito, si la Pincoya baila vuelta hacia la costa será un tiempo de escasez y falta. En cambio, si mira hacia el mar habrá abundancia de peces y mariscos.


Amarillos de Atacama

Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes.
El correo quedó archivado en elementos enviados y pasaron los días y las tareas. Me pidieron una nota de la selva y unos días después, el desierto estaba lejos.

Pero una tarde llegó la respuesta de Pau J. Me hablaba de paisajes surrealistas, inmensos, sagrados. Paisajes en mutación, escribió. También dijo que recibió la poesía de Watanabe una noche estrellada en la que casualmente escribía en verso.

Y adjuntó estas fotos de un amanecer en Atacama, en un viaje de vuelta de Bolivia a Chile. De un amarillo tan potente que no parece un amanecer más, sino el único amanecer, el amanecer de los amaneceres.

El mail era corto, pero bastó para abrir una ventana en la tarde nublada. Pensé en cuánto me gusta recibir -y enviar- correos durante un viaje.


Chiloé, la isla grande

Los podría llamar continentes. No los del mapa, otros. Más íntimos, de una geografía personal. Son lugares a los que llego y ya quiero volver. Aún sin haberme ido.

Eso me pasó en Chiloé, la isla grande de Chile. La del curanto, los mitos, las supersticiones, los campos verdes y las iglesias de madera.

En este número de la revista Lugares escribo y saco fotos de la isla. Esta de la tapa es de los palafitos de Castro.

Los palfitos son casas edificadas sobre pilares, altas y con dos entradas: una que da al mar y otra a una calle. Hasta hace algunos años fueron viviendas sociales para pescadores. Había más de mil en la isla, pero el terremoto del 60 destruyó varios.

Con la llegada de las salmoneras, a mediados de los noventa, se produjo un cambio cultural fuerte. Ya no hay tantos pescadores artesanales y sí muchos empleados en los criaderos de salmón y mariscos, y en la extracción de algas.
Cambiaron los trabajos, el paisaje, las costumbres. Los pescadores dejaron los palafitos, que enseguida entraron en la mira de artesanos, chefs y hoteleros con ánimo de rescatar el patrimonio chilote y mostrarlo al turismo.

En la foto se ven también las tejuelas, la piel de las casas de Chiloé. Todo esto y mucho más en la revista de mayo.


Turismo zen en pueblos mínimos

Vengo de un viaje por pueblos chicos. Donde la siesta es sagrada, no hay café expresso y el único museo puede pasar varios días cerrado porque a la mujer que lo atiende le duele la garganta y solo ella tiene la llave. Pueblos a los que se llega por caminos de ripio, y donde los habitantes pueden no tener agua pero ven el noticiero de las ocho y saben cómo está el tráfico en los accesos principales a la Capital Federal. Aunque les quede a más de mil kilómetros, aunque no hayan ido nunca.

Los pueblos de los que vengo quedan en el oeste de San Juan, en Argentina. Pero se repiten en muchas partes. Con otro marco natural y otras gentes vi lugares así en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, la India. Los pueblos mínimos no tienen un atractivo contundente. No hay cataratas ni playas increíbles ni un parque nacional. Apenas aparecen en las guías y nunca llegan al 99% de ocupación. Como las fotos que saca un amigo, son lugares de belleza difícil.

Me acuerdo de la tarde que llegué a Huaco. De no haber sido por una mosca que revoloteaba insistente en el parabrisas hubiera pensado que avanzaba sobre un pueblo embalsamado. Cuatro de la tarde y en Huaco todo estaba quieto. Las persianas bajas y el perro dormido a la sombra de un molle. No había brisa ni gente en la calle. Los timbres sonaban pero nadie salía a ver quién llegaba. Mal pronóstico para encontrar un lugar donde comer. Ni restaurante, ni comedor ni despensa abierta, solo un kiosco con una heladera sin helados y dos computadoras donde un par de adolescentes jugaban a la guerra. Terminé comiendo unas galletas de animales parecidas a las que se venden en los zoológicos, y un yogur.

No, a los pueblitos alejados no hay que pedirles nada. En el menú se lee pasta, pero no llegaron a amasarla y hasta el jueves no habrá; el centro de artesanías no abre los sábados; el hotel cerró porque los dueños son suizos y no vuelven hasta octubre y el último temporal rompió un tramo de ruta y hay que tomar el desvío largo.
En un viaje por los pueblos mínimos lo más sano es aceptar. Las faltas, lo diferente, la lentitud. Aceptar, como dicen que hay que hacer en la pareja y en la vida en general. Nada de recurrir a la queja, de poner el grito en el cielo y enojarse porque la comida tardó casi una hora en llegar. Y mucho menos pedir que cambien. Aceptar lo que hay y lo que no.
Y recibir. El verde vivo de los oasis, las maravillosas vistas de la Cuesta de Huaco, con el río Jáchal que serpentea junto a la ruta 40, los cerros oxidados camino al Paso Internacional Agua Negra, inmensos cielos estrellados, los encuentros con gente que tiene ganas de conversar, y tiempo.

Aceptar y recibir, recuperar lo simple, rescatar el valor de una sonrisa, disfrutar de la naturaleza, se podría hablar de turismo zen.

En Iglesia, uno de los pueblos chicos, encontré a una pareja de viejos que caminaba por la vereda. Las únicas personas a la vista y ya eran más de las cinco de la tarde. La siesta implica cinco horas de limbo y ausencia. Luis Messina era grande, estaba arrugado y tenía los ojos brillantes. En la mano llevaba una honda que no era para matar pájaros, sino para darle unos tiros cortos a su perro cuando se acercaba a la calle.

Le pregunté para dónde iban. Entonces, me contó la historia del reloj.
Una vez hace muchos años acompañó en una cabalgata a la cordillera a alguien muy importante de la embajada de Alemania. Y él se comportó bien y fue un guía notable, eso dijo. Al final de la cabalgata el hombre muy importante se sacó el reloj de la muñeca y se lo regaló. “Viera ese reloj, tenía la hora, el día, la fecha, el año, todo tenía!”. Ayer, trabajando en el campo con el maíz se me perdió. “Culpa mía fue no le ajusté una perillita que andaba floja”. Y ahora vamos con mi señora y si Dios quiere lo encontramos.

Por el pasado, la geografía y el clima estos pueblos son lugares de soledades, vegetación espinosa, historias mínimas y días luminosos. Donde son comunes la fe, las tapias, las imágenes de nostalgia y esfuerzo. Una mañana, en un camino de tierra, vi que se acercaban una mujer, un niño y un hombre que llevaba una bici. Cuando llegaron a la ruta se subieron los tres: él manejaba, ella en el caño con el nene a upa. Seguro que iban a la próxima ciudad, a unos 15 kilómetros.

Vengo de un viaje por pueblos chicos, donde una bici es un tesoro para compartir. Donde las casas son de adobe y las cebollas deliciosas. Donde lo más sano es viajar sin expectativas, abierto a lo que se encuentre en el camino. Pueblos chicos, donde en cualquier momento se abre una agencia de turismo zen. Omm.

(Esta columna se publicó en el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile)


De José Watanabe

 

El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

 

Del libro Cosas del cuerpo, del gran poeta peruano José Watanabe.

(La foto la saqué en Lago Posadas, Santa Cruz. Esa luz, el reflejo, ese momento duraron más o menos lo mismo que el hielo cuando se derrite)


Noticias del retortuño

A tardes de caramelo en la cocina de la casa de mi infancia, a eso me hace acordar el aroma del retortuño. Apenas se tostaba y era la base del flan. La mejor parte venía cuando nos daban una cucharita y cada hermano se buscaba un rincón para disfrutarla. Como perros con su hueso.

Si no hubiera sido por Víctor Abel Montesino, guardián de la capilla de Achango, no sabría qué es el retortuño. Cuando nos estábamos yendo del templo más antiguo de San Juan, el tipo se agachó, cortó una ramita y al abrir la mano tenía este resortito amarillo.

Montesino vive solo en Achango, quizás por eso cada vez que llega un turista quiere conversar. Muestra frutos, cuenta historias, nos hace subir al campanario. Todas maneras de estirar la compañía o acortar la soledad.

La planta del retortuño es bajita, achaparrada y, como muchas en esta tierra árida, tiene espinas largas, blancas y pinchudas. Me pareció tan curioso el fruto -la forma, el color, el nombre- que junté varios para mis amigos. Hasta ese momento no había sentido el olor. Ya en Buenos Aires, la primera vez que sentí el aroma a caramelo, a vainilla suave no lo creí natural. Pensé que seguramente lo habría guardado cerca de una crema de manos y tomó el perfume. Pero no, busqué otro y después uno más y todos olían a caramelo y me llevaban a esas tardes de flan casero.

Contó Montesino que los antiguos lo usaban para teñir las alfombras y que ahora lo buscan las gitanas para diseñar sus amuletos.

Leí que la planta pertenece al género Prosopis strombulifera y a partir de un mismo pie crecen muchas plantas. El resortito es el fruto, adentro están las semillas que al parecer son verdes. No, todavía no lo comprobé porque es demasiado lindo para romperlo. Además, ya integra la galería de talismanes que uso para escribir.


Hacia

Todavía no hace frío y Juan de los Pasos avanza por la carretera vacía. El viento de otoño le acaricia las mejillas con cuidado, como si avalara su decisión de partir. Dentro de unos minutos, quizás cuando termine de cruzar el marco de la foto, seguramente refrescará y dudará de lo que está haciendo. Pero el sol no se escondió detrás de las montañas. Todavía entibia el andar, lo acompaña y lo hace sentirse fuerte.

Hizo el bolso ayer a la noche: puso dos pantalones -el de jersey y otro jeans- y la camisa que más le gusta, la roja que le regaló su mamá hace años. Está algo gastada pero es la que mejor le queda con el chaleco marrón.

Cuando trató de levantar el bolso se dio cuenta de que era demasiado pesado. Ya no tiene el físico de antes. Entonces buscó un carrito en el galpón y ató el bolso. Así no le pesa caminar, le quedan varias cuadras hasta la estación de ómnibus.

Las cuadras de campo son largas, ni siquiera son cuadras es campo. Tierra seca, donde crecen algarrobos y molles. Tierra yerma en la superficie y fértil en las entrañas, llena de minerales que atraen a las compañías mineras. Tierra que inspira a los cantores, tierra desnuda.

Atrás de esos cerros hay otros y después otros más. Salir de su pueblo es como salir del fondo del mar. Pero está decidido. Hoy se va. Tiene oxígeno y ánimo de viajar.


Cuesta del Viento

Lo del fondo es polvo que vuela arrastrado por un viento furioso. Y el windsurfer, uno de los fanáticos que cree que estos son los mejores días para navegar.

El Dique Cuesta del Viento está en Rodeo, en el oeste de San Juan. Se construyó en 1999 y se llenó con aguas de deshielo. Abajo quedó sepultado un pueblo. Enseguida se convirtió en un lugar de culto para el windsurf y, desde hace algún tiempo, también kitesurf.

Casi todas las tardes del año, entre las 14 y las 19, el viento sopla fuerte, muy. Si el día anterior hubo zonda lo más probable es que sea arrachado, con ráfagas de más de cien kilómetros por hora.

Ahí los windsurfers sacan sus trajes de neoprene, dejan lo que estén haciendo y se van a Puerto de Palos, Lamaral y Fincas del Lago, los tres paradores. Este viento loco se hizo famoso y ya hay gente de varias partes del país y del mundo que pasa varios meses por acá. O que se vino a vivir.

Durante los días que estuve en Rodeo conocí a varios de esos fanáticos. Como Patrick, el suizo de las cabañas Clandestino que navega con un garfio porque le falta una mano.  Y Arturo, un hombre de 82 años con parkinson avanzado, que mientras está en Cuesta del Viento, todas las mañanas, se calza el traje de neoprene y sale en busca de la libertad.

Más historias sobre el dique y los pueblitos del oeste de San Juan, en este número de la Revista Lugares.


Malimán de Abajo

Malimán de Abajo está antes que Malimán de Arriba y después que Angualasto. Oeste de San Juan, cerca de la cordillera. Por acá la tierra es tan seca que se agrieta y parece que se empezara a descascarar. Como la piel muerta.

Hoy es un día de semana de febrero y hace calor. La iglesia está cerrada, igual que la escuela y las dos únicas casas. Cuatro y media de la tarde, no hay sonido de humanos. Allá atrás duerme un perro.

Golpeo las manos en una casa a ver si sale alguien. La excusa es pedirles la llave de la iglesia, pero me gustaría conversar un rato, saber qué hacen, cómo se vive en un caserío mínimo.

Golpeo las manos pero no sale nadie. Espanto unas moscas que revolotean cerca de mi boca y vuelvo a aplaudir con ganas, como si terminara de ver una obra de teatro buenísima. Nada. Abro la tranquera de la iglesia, me trepo a un tapial, veo el lecho de un río seco en el horizonte y vuelvo a la casa donde golpée las manos a ver si alguien se levantó. Qué cosa seria que es la siesta.

Estaba a punto de atravesar el patio y probar con un “Hola” cuando se acerca una pareja por la calle de tierra. Él es alto corpulento y trae una oveja. La lleva con una cadena, como si fuera un perro. Ella es bajita, regordeta y tiene un balde de hierro en la mano. Los dos usan sombreros de ala ancha.

Se llaman Martín Marinero y Mercedes Paredes, y donde estaba golpeando es su casa. Y no dormían, qué va, para nada, se habían ido a buscar agua a un pozo para darle a unas vacas porque hace dos meses que se rompió la toma y no tienen agua para riego ni para los animales.

Su casa está pegada a la escuela rural, donde vienen 22 chicos de toda la zona y se quedan toda la jornada. Hablamos a la sombra de un molle, ese árbol alto que da la falsa pimienta. Me cuenta Mercedes que trabajó durante veinte años en la cocina de la escuela hasta que al final logró que la nombraran en la planta permanente y hoy tiene un cargo.

También hace dulces, seca duraznos, tiene zapallos, granadas y manzanas. En un momento le pido la llave de la iglesia y me dice que no la tiene, que quizás el vecino de enfrente, su vecino más cercano, pero que no está segura. ¿Nunca le preguntó? Me dice que no, que ella no habla con nadie (?), que va de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Es decir que en el día no llega a dar ni una vuelta a la manzana. Nos reímos.

Su marido que nació y vivió toda su vida no solo en Malimán de Abajo, sino en la misma casa donde estamos ahora -pegada a la escuela- agrega que cuando era chico ¡llegaba tarde a clase!

Antes de despedirnos le pregunto cómo se llama ese chivo que tiene de mascota y que ahora pasta entre la alfalfa. Entonces responde, muy serio: Cuchillo. ¿Y quiere saber el apellido? Parrilla.

Y después se ríe con ganas y cinco o seis dientes, medio escondido abajo de su sombrero made in China. Debe andar cerca de los sesenta pero lo veo como el chico que llegaba tarde a clase.




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