Las 9 piscinas de Ed Ruscha

Edward Ruscha es un artista pop de la Costa Oeste de Estados Unidos. La obra 9 swmming pools es de 1968.


En el río piel de león

Cada vez que navegue por el Río de la Plata me va a resonar esta historia que me contó Michel N., buzo táctico y bombero entre otras ocupaciones de riesgo.

Resulta que un día, haciendo un trabajo de buceo en la dársena de inflamables en el Puerto de Buenos Aires, me tocó efectuar la inmersión de la mañana. La misión era a 12 metros de profundidad , tenía que ingresar a tientas unos diez metros en en una cañería de unos 60 cm de diámetro
Al llegar al final de esa tubería me llamaron por el intercomunicador y escuché el mensaje: “¡Ya superficie, ya superficie!”
Evidentemente, las cosas arriba no estaban bien. Rápidamente aborté la maniobra e inicié el escape para después subir. Pero no fue tan sencillo como la teoría indicaba; había tanto verdín en la superficie del tubo que no podía salir con velocidad… se patinaban los dedos.
Al llegar a la boca de salida no pude subir: el peso de los lastres y equipo me mandaron al fondo. De 12 a 14 metros. Como vio que no llegaba el jefe me ordenó: “Al fondo y sin moverse: un buque entró a dique sin aviso”. Estamos hablando de un buque propanero de 200 metros de eslora que al ingresar a los diques del puerto, es tanta el agua de desplazan que el río sube temporariamente unos metros.
Recuerdo que sentí la diferencia de presión y también que me acoste en el fondo del río tratando de cubrirme de limo así la succión de las hélices no me llevaba. Me quedé más que quieto, aguantando la respiración, atento
. Cuando me dieron la señal subí a la superficie.


A propósito de los 33

Hace unos días se festejó el segundo aniversario del rescate de los 33. Con monumento en la boca de la Mina San José -una cruz de 5 metros de altura en honor a la Virgen de la Candelaria-, distinción a los geólogos que participaron de la hazaña, presidente y todo el cuento.

Mientras tanto, y cuando las cámaras se apagan, dicen las noticias que esos hombres que estuvieron dos meses bajo tierra, andan más o menos. Varios siguen tratamientos psicológicos, medicación incluida, y se acercan al islamismo; uno buscó contención emocional en un grupo de tendencia sufi; el imitador de Elvis estuvo internado en una clínica de rehabilitación; otros volvieron a trabajar en minas.

Mario Sepúlveda vino hace poco a la Argentina, lo escuché una mañana en la radio. Viaja por el mundo dando charlas sobre su experiencia. Como Páez Vilaró, con quien me encontré hace un par de años en el aeropuerto del DF. Tenía menos de 20 años cuando el avión en el que viajaba se cayó en la cordillera de los Andes; hoy, con más de 50 pasa buena parte de su vida en los aviones. Viaja para dar conferencias motivacionales a empleados de grandes empresas.

Con los homenajes a los mineros me acordé que el año pasado estuve en Copiapó, una de las ciudades cabecera del desierto de Atacama. Desde donde se accede a muchas minas, entre ellas la San José.

Pregunté si había un tour de los mineros o algo así, pero no. Por lo menos nada formal. Ahora me entero que varios de los 33 firmarán contrato con una empresa que fabricará merchandising -tazas, camisetas, medallas- para el turismo. Y que noviembre comenzará el rodaje de una película sobre el episodio. Seguramente después de eso habrá tour.

Mientras tanto, hay cápsula. Está en el Museo Regional de Atacama, a pocas cuadras de la plaza llena de molles retorcidos y añosos. Fui a verla, claro, igual que todos los turistas que llegan a Copiapó. En la oficina de turismo ahora se pregunta menos por el Dakar y más por la cápsula.

Después del rescate se exhibió durante un tiempo en la Plaza de la Constitución de Santiago, en otras ciudades del país, y también en Tecnópolis, Argentina. Cuando volvió, casi se queda en Santiago pero el gobierno de Copiapó la peleó y hoy está allá.

La Fénix 2 está en el patio de la antigua casona donde funciona el museo, que según me contó la secretaria del director ahora recibe muchísimos más visitantes. No se quedan demasiado, eso sí. El tiempo que les lleva sacarse una con la cápsula y ver la esquela de los 33, que como señaló la secretaria “por supuesto que no es la original. Ésa esta bajo llave”.

La cápsula me pareció mínima. Tiene 54 cm de diámetro, fue diseñada por la Armada de Chile y ya se había usado en rescates anteriores. La celda por donde cada minero subió los 720 metros hasta la superficie no es mucho más grande que la de un pájaro que la pasa más o menos bien. Adentro están los arneses que usaban para atarse, oxígeno y los parlantes por donde se comunicaban con los rescatistas.

Salí del museo y de camino al centro paré a comprar nueces, orejones que en el desierto se dan tan bien. Antes de llegar a la plaza pasé por la oficina de turismo y estaba llena. Me imaginé que todas las consultas estarían relacionadas con la Fénix 2. Si a Copiapó le faltaba un hit turístico, con la cápsula ese punto esta solucionado.


Venecia, 1960

En una tarde de orden de cajones mi mamá encontró esta foto hecha postal, donde está ella con sus padres en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Fue su primer viaje a Europa, en 1960.

Me contó que para el avión la madre le mandó a hacer un vestido con saco al tono. Llevaba ramito de flores en la solapa, tacos altos, medias largas y cartera. Parece que en la nave de Swiss Air había una sala de estar donde se iba a conversar y a fumar y a “conocer gente”. Ahora entiendo por qué hoy, más de cincuenta años después, todavía le parece raro verme subir a un avión en jeans y zapatillas.


Buenos Aires graffiti (II)

Arte urbano, cosecha 2012. De mis últimas salidas en bici y caminando por Abasto, Palermo, Villa Crespo y La Boca. Para los que no hayan visto el anterior: http://tiny.cc/4znggw


Insólita y lejana Socotra

A veces la agenda de los próximos viajes se arma en el camino, con anécdotas de otros viajeros. Unos meses atrás, cuando recorrí el desierto florido de Chile con un grupo de botánicos estadounidenses, supe que existe Socotra.

Ese día había arrancado temprano, los naturalistas son de madrugar. Durante un rato largo avanzamos por llanuras, valles transversales y arenales que cruzan la Panamericana. En la camioneta circulaban libros con inventarios de las plantas que después veríamos en el campo.

Dylan H. iba sentado a mi lado. Trabaja en Huntington Botanical Gardens. Se ocupa de las colecciones de plantas tropicales. Charlábamos, me contaba sobre su trabajo, yo le preguntaba. Ni bien pudo coló un nombre: Socotra. Vos que viajás, no te olvides de ese nombre, me dijo. Tendrías que ir a ese lugar, insistió.

Después me contó que es un archipiélago yemení en el Océano Índico, frente al cuerno de África donde hay 700 especies únicas en la tierra. Sólo Hawaii y Galápagos la superan. No dijo mucho más porque la camioneta se detuvo y bajamos a ver flores. No estábamos en Socotra sino en el desierto más árido del mundo que una vez al año florece.

Recordé el nombre y de vuelta en casa googlee Socotra y encontré estas imágenes surrealistas que me recordaron al Mundo perdido de Connan Doyle, con árboles obesos y paisajes de ciencia ficción.

Este árbol se llama drago o sangre del dragón. Si se hace un tajo en la corteza brota savia roja. Durante el Renacimiento se utilizó como pintura; llegaba a Europa a través del comercio de la Ruta del Incienso. También hay baobabs altos y macizos con copas mínimas, árboles de incienso y mirra. La foto de los dragos se publicó en esta nota del NYT. Más fotos de Socotra, acá.

La ubicación de Socotra es estratégica. Cuando Yemen estuvo dividida, Socotra perteneció al estado marxista de Yemen del Sur y hubo una base naval rusa. Ahora leo que Estados Unidos intensifica su presencia en la región con base en la isla.  De Patrimonio de la Humanidad y sitio de unicidad botánica a futuro de miedo.

No sé si algún día iré, pero sé que me gustaría conocer Socotra. Y que si voy me acordaré de Dylan, de que comía galletitas de animalitos y de su extensa familia. De plantas.


La chiquitanía, el lejano oriente boliviano


Buenos Aires graffiti (I)

Los muros largos que rodean la terminal de la línea 76 de colectivo, tomados por el arte urbano, anónimo. Y en estas cuadras, también atroz. Los había visto hace algunos meses, pero ayer salí en bici y les saqué fotos. Muy pronto, más graffitis de otros barrios porteños.


Habitación nublada

Después de pasar poco más de nueve horas en el aire, me parece tan fuera de contexto una nube encerrada. Como ver salir una bandeja de avión de una canasta de picnic.

La obra es parte de la instalación Nimbus II del artista holandés Berndnaut Smilde y se pudo ver en un hotel de Amsterdam hace unos días. Fue fugaz, como las nubes cuando hay viento y pasan en un abrir y cerrar de ojos.


Misteriosas criaturas del campo

“¿Por qué me atrae tanto lo incierto? ¿Será que hay dimensiones que no percibimos? ¿Y si hay otros mundos posibles?”. Esas preguntas rondaban la cabeza de la fotógrafa Cecilia Lutufyan antes de salir a al campo y sacar las fotos que hoy integran la muestra Criaturas, que se puede ver en la Fotogalería del Teatro San Martín hasta el 11 de marzo.

La primera foto fue por error: la cámara tenía una falla y los fotogramas salían superpuestos. Por esa grieta entró a una dimensión salvaje y logró estas imágenes inquietantes, ambiguas, descampadas, poderosas.

“Ahora veo las fotos y no sé cómo las saqué. Siempre hubo una conexión fuerte con los animales pero también con el silencio, con el secreto. Hay algo fantasmagórico que me atrae mucho, algo que en el momento es una descarga de adrenalina y después queda en esa zona de miedo que puede leerse en las fotos”, contó hace poco en una entrevista en Las 12.

Para encontrar animales, Cecilia necesitaba salir al campo. Decidida como es ella, tomó un mapa, lo estudió, marcó algunos lugares cercanos a Buenos Aires -porque le gustó el nombre, por instinto- y durante los días de Pascua del año pasado viajó por el día a Río Luján, Reserva Otamendi, Ing Maschwitz, Capilla del Señor.

Cuando llegaba a cada lugar merodeaba, olía, preguntaba, sin forzar (“Vas buscándolas, pero en realidad son ellas las que te encuentran y te hacen vibrar el cuerpo”). Los perros y los caballos se encontraban más fácilmente. Pero costaba más conseguir chanchos, gansos y ovejas. Una vez le pasó que se bajó a  preguntar algo en una casa y mientras la señora le respondía vio que en el fondo había un chancho. Pidió permiso, entró y encontró no uno sino doce chanchos, varios gansos y un ternero. “En el campo son tan ambles que hasta se van de la casa y te dejan sola, ahí en el fondo, sacando fotos “.

Algunas de las fotos que integran la muestra las hizo en un pueblito de Córdoba que se llama Agua de Oro. Le habían pasado el dato de una familia que tenía ovejas, gallinas, conejos. Y viajó varias horas en colectivo para pasar dos horas en la casa de alguien que le abrió las puertas generosamente. Y otras, las de las cabras las encontró cerca de Rocamadur, en Francia, en un viaje de trabajo. Sacaba fotos en una granja donde hacían quesos cuando vio un corral lleno de cabras. Se metió, claro. “¡No lo podía creer! Las cabras súper curiosas, agarrándose de mi ropa, tirando de cuanta tirita encontraban y yo intentando cambiar rollos (con la cámara Holga no es tan sencillo).

En la inauguración de la muestra del San Martín vi cómo una pareja discutía a ver de qué perro era esa pata. Es un misterio, señores. Las imágenes nos asoman a otra realidad, a un tiempo y espacio secretos donde los perros pueden tener más de cuatro patas, las ovejas ser largas como una serpiente y los gatos llevar piel de hojas secas.

La dualidad de estas fotos encantó a Patti Smith, que escribió un texto especialmente para esta muestra:” Una naturaleza. Primero debo hablar de los caballos, blancos e inmaculados. La primera imagen que vi fue la de un potrillo, de pelaje húmedo color tiza, anidando en el pasto oscuro. La humilde espiritualidad que emana el potrillo, bañado por una luz exquisita, me recuerda la cinematografía de Robert Bresson, específicamente en Au Hazard Balthazar.
El conjunto de imágenes que he visto posee la misma cualidad: una comprensión de la dualidad del mundo natural, con su mezcla continua de crueldad e inocencia. Para mí, estas bellas fotografías sugieren el milagro del nacimiento, el misterio de la muerte y lo salvaje de la naturaleza.”

La insólita historia de cómo la artista estadounidense llegó a las fotos de Cecilia Lutufyan, muy bien contada aquí.

[Actualización 27/03/12. El último fin de semana, en la Feria de Libros de Autor de Lima, Criaturas, el libro presentado por Cecilia, obtuvo el Premio Publicación.  ¡Felicitaciones!]




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