Desde mañana, medias rotas para volar

En los últimos viajes en avión usé medias viejas, pero en los próximos probaré con unas rotas. Los aviones se parecen cada vez más a un ómnibus lleno y los baños no llegan a destino en las mejores condiciones.

Hace un par de días aterricé en París y como tenía un vuelo en conexión me topé nuevamente con controles estrictos y malhumorados. Esta vez me tocó sacarme el cinturón, las zapatillas y caminar por un pasillo que será del primer mundo, si, pero se parecía bastante al baño del avión.

Entonces, desde mañana, voy a separar las medias con agujero a la vista en una bolsita que diga: medias espantacontroles o medias para volar, algo así. Después del viaje, claro, chau medias.


Azafatas… ¿eran las de antes?

Veo en Wired el glamour de las azafatas de antes y recuerdo mi último viaje a Bariloche, hace unos pocos días. El refrigerio fue suspendido por posibles turbulencias. Pero el cielo estaba despejado y el avión iba tan quieto que parecía que inmóvil. Igual, no hubo comida y los pasajeros morían por un sándwich y una Coca. Cuchichearon con ganas de una fila a otra. Estaban a punto del motín, lo juro.

Media hora antes de aterrizar tuve mucha sed y pedí un vaso de agua. Me lo dieron, sí, pero debo confesar que sentí que casi me lo dan por la cabeza. En ciertos vuelos da la impresión de que los cielos ya no son amigables. Incluso hay quienes creen que las azafatas de hoy se verían mejor con trajes de guardiacárceles.


De California a Nueva York en un inodoro

Así están las cosas en el universo del turismo económico. Esperas abajo del avión y esperas arriba del avión; cambios imprevistos, comida mala y ahora lo último: ¡viajar en el inodoro!

Una aerolínea estadounidense de bajo costo no sólo sobrevendió el vuelo, sino que subió a un pasajero demás.

Gokhan Mutlu tenía un pasaje con descuento, de esos que les dan a los empleados de las compañías aéreas y ellos venden o regalan a sus amigos. Son pasajes de lista de espera. A veces toca ir varias veces al aeropuerto hasta poder viajar. En Jet Blue, esos pasajes se llaman Buddy Pass (pasaje de amigo). Aunque en este caso, se parece más a un pasaje de enemigo.

El tema es que a último momento, Mutlu subió al avión. Primero, lo acomodaron en el asiento de una azafata (jump seat). Probablemente él creyó que viajaría ahí hasta Nueva York. Sin embargo, luego de una hora y media de viaje, el piloto le anunció una decisión irreversible. Debía dejar el asiento a al azafata porque sólo la tripulación ocupa esos lugares. En ese momento, Mutlu habrá imaginado que sacaron un asiento de la galera, que contaron mal y quedaba uno libre. Nada que ver. Inmediatamente, el piloto le comunicó a Mutlu que tendría que viajar adentro del baño, sentado en el inodoro, el único asiento disponible del vuelo.

Cuando aterrizaron en Nueva York, el piloto fue a despedirlo en la escalerilla. Le hizo un guiño y le dijo: “Lo traje a casa, eh”.

Mutlu salió horrorizado y demandó a Jet Blue por dos millones de dólares. Declaró que sufrió un trauma psicológico y emocional. “Fui humillado y deshonrado públicamente”, dijo muy enojado.

Gokhan Mutlu la pasó mal, seguramente. Tal vez lloró sentado en la tapa del inodoro y vio sus lágrimas en el espejo que tenía enfrente y se lavó las manos histéricamente varias veces seguidas.

Eso sí, si acaso Mutlu gana el juicio podrá pagar una terapia de alto impacto, volar en cuanta primera clase se le ocurra y terminar riéndose del suceso bizarro. Quizás hasta escriba un libro y sea invitado a shows televisivos, donde siga ganando dinero. Quizás el toilet de Jet Blue haya sido el verdadero y único despegue Gokhan Mutlu.



¿Te embarcarías un martes 13?

Todavía recuerdo la cara del ese hotelero de Miami cuando me tomó los datos, un martes 13 de hace algunos años.

Era un español viejo y malhumorado. Si bien estaba ya afincado en Estados Unidos, su superstición -entre otros detalles- no se había modificado: los viernes 13 no significaban nada para él. En cambio los martes…

Lo recuerdo bajo, con nariz grande y pelos que florecían en las comisuras de sus orejas alargadas. Los ojos parecían dos agujeros negros con salida a una cloaca oscura.

No se podía mirarlo mucho porque uno tenía la sensación de resbalarse en un tobogán infinito. Cuando le preguntaba algo, lo hacía mirando hacia el enorme ramo de estrilicias que había sobre el mármol de la recepción, sólo para no cruzarme con sus botones negros. Gracias a Dios ese día que le pedí más toallas, lo hice por teléfono.

El caso es que ese martes 13, cuando tomó mis datos, me miró a los ojos con su cara de muerte y dijo:

- ¿No podía viajar mañana?

Le respondí que no. Viajar es parte de mi trabajo y lo hago en la fecha que indica el pasaje. El tipo me escupió un débil “Usted sabe” y extendió la planilla para firmar, con manos huesudas y blancas.

Me fui al cuarto con miedo y ese día preferí no volver a salir. Sentí que había estado en peligro pero pude burlar a la mala suerte. El viejo de pelos en las orejas había sido una señal. No pisé la calle en lo que quedaba del día. South Beach podía esperar.

¿Te embarcarías un martes 13?


Evacuados, el viaje de emergencia

En este momento, más de cuatro mil chilenos viajan en busca de un refugio. Los evacuados por la erupción del volcán Chaitén son expulsados de los pueblos cercanos urgente, con la rapidez que el cráter despide las cenizas.

“No me quiero ir, no quiero dejar mi tierra”, gritaron los pobladores. Pero el éxodo es obligatorio y debieron partir en un viaje sin destino.

Algunos se fueron en buques por mar y otros cruzaron la frontera en auto, hacia Argentina. De ésta última manera habían pasado los jóvenes que encontré el domingo en una estación de gasolina, a unos cincuenta kilómetros de Bariloche.

Ya era de noche y estaba oscuro, pero alcancé a distinguir a ocho personas: cuatro abajo y cuatro arriba de un camión destartalado. Al principio me dieron miedo. No sé por qué. Quizás porque ellos irradiaban su propio miedo. Iban con gorros y bufandas que les tapaban la boca y media nariz. Uno, el de ojos grandes y negros, se acercó a la camioneta que me transportaba y le habló al conductor, que bajó la ventanilla sólo hasta la mitad posiblemente también por miedo, aunque otra clase de miedo.

Dijo que su camión estaba averiado y le preguntó si conocía una grúa en la zona. La situación era extraña. La zona estaba vacía, silenciosa y fría. Para encontrar un taller mecánico había que llegar hasta Bariloche. La conversación tenía poco sentido hasta que, tímidamente, el hombre de unos veintipico lo soltó: “Venimos de Chaitén”. Señaló hacia la cordillera y se dieron vuelta los que estaban con él. Todos miramos a su pueblo, que hoy es un pueblo fantasma.

En el camión averiado había una mujer, dos niños y más gente. Cuando entendió la situación, el conductor se ofreció a llevar a uno -sólo había un lugar disponible- hasta Bariloche para buscar un remolque.

Pero ellos no querían separarse y prefirieron no subir. Habían abandonado su casa, sus bienes, sus mascotas. Entonces, el hombre joven de ojos grandes y negros dio las gracias, y la camioneta que me transportaba arrancó de una vez. Afuera se quedaron ellos atravesados por su incertimbre. Adentro, cuatro turistas en silencio, confundidos por no haber hecho nada.

El Tsunami en Tailandia, el huracán en Nueva Orleans, el ciclón en Myamnar, los viaje de emergencia parecen cada vez más frecuentes en esta época. Han pasado unos días desde el domingo y la actividad del volcán Chaitén es más intensa. Dicen que las cenizas podrían llegar hasta Buenos Aires. Leo en las noticias historias mínimas de evacuados y me pregunto si habrán encontrado refugio, dónde estarán, cómo habrá sido el viaje de los chicos que vi ese domingo en la ruta.


Paraíso Travel, el viaje ilegal

Dentro de poco llegará a los cines la esperada película Paraíso Travel, del director colombiano Simón Brand, basada en el libro del escritor también colombiano, Jorge Franco, que justamente este sábado estará firmando ejemplares en la 21° Feria del Libro de Bogotá.

La película se acaba de presentar con éxito en el Festival de Cine de Tribeca que se realiza por estos días en el East Village de Manhattan y ha sido seleccionada para ir a Cannes 2008, que comienza el 14 de este mes.

Hace unos años devoré el libro Paraíso Travel. Cuenta la historia del viaje de Reina y Marlon, una joven pareja de novios de Manizales, Colombia, visto por ellos como el inframundo, hacia Estados Unidos, pensado como el paraíso. Es un viaje ilegal que tiene distintos formatos -desde atravesar el desierto caminando hasta ir metido adentro de un falso tronco de leña en un camión y al punto de la asfixia. Un viaje que mueve y mata a muchos latinos que no suelen aparecer en los diarios. Un viaje de aventura y peligro que sucede todos los días en América Latina.

Acá se puede ver el trailer, la película. Welcome.


La caída interminable de Zimbawe

Leyendo las últimas noticias de Zimbawe, parece que el país está a punto de caer por las Victoria Falls. Que se ahogará en su propia agua, el agua que tanta falta le hace.

Unos días atrás cumplió 28 años la independencia de este país africano de 13 millones de habitantes. Exactamente 28 años lleva en el poder el presidente, Robert Mugabe. Mugabe fue el héroe de la independencia, pero hoy a los 84 años hace tiempo que dejó de ser un héroe. “Su problema es que se cree dios”, me dijo hace menos de tres años Lovemore Sibindi mientras cruzábamos el paisaje amarillo del interior del país.

Zimbawe atraviesa una grave crisis política y económica, que si bien comenzó hace tiempo –el año pasado la inflación alcanzó el 8000 % –, se desató con más fuerza y violencia después de las últimas elecciones en las que Mugabe proclamó el triunfo y la oposición, el fraude.

Falta poco para que se cumpla un mes de las últimas elecciones y el gobierno de Mugabe todavía no entrega los resultados del recuento de votos. Tampoco entrega comida en las zonas del país conocidas como opositoras y hay más de 400 activistas del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC) el partido opositor, detenidos y privados de los derechos básicos. Además de los detenidos y torturados ilegalmente por militares entrenados por la armada norcoreana en los años 80. Mugabe ha sido acusado recientemente de matar para seguir en el poder.

Leo que la situación en Zimbawe empeora cada día y me acuerdo de Lovemore, el chofer del camión en el que crucé algo del sur de Africa durante dos semanas. Lovemore Sibindi, así se llamaba. Era un negro alto y flaco, que siempre estaba de buen humor. Aunque hubiera manejado diez horas.

Lovemore no era un nombre de fantasía. “Mis padres estaban en un momento de mucho amor cuando me lo pusieron”, me dijo sonriendo.

Cada vez que sonreía se le achinaban los ojos y sus pestañas enruladas ganaban un primer plano. Durante esos viajes largos en camión muchas veces fui adelante y conversé horas con Lovemore, escuchando la música de Oliver “Tuku” Mtukudzi, la voz de Zimabawe. Una tarde, Lovemore habló poco. Tenía la mirada fija en la ruta y parecía enojado. Después supe que estaba pensando en Mugabe. “Debería estar muerto”, me dijo cuando caía la noche.

Lovemore era hincha de la selección argentina, se ve en la foto. Pertenecía a la tribu de los ndebele, que está peleada a muerte con los shona, a la que pertenecía Sawa Kurima, el guía del safari. Si ellos no hubieran compartido ese trabajo con extranjeros posiblemente serían enemigos, como otros shonas y ndebeles, que ni se miran y si lo hacen es para agredirse.

No sé donde estarán Lovemore y Shona hoy. Tal vez sean parte de los dos millones de refugiados zimbawenses en Sudáfrica. O quizás sigan guiando un safari a pesar del caos. Porque si bien hay un Zimbawe que está a punto del estallido, hay otro país que vive en otro mundo. Ese segundo país es Vic Falls, la Capital de la Aventura de Africa, un lugar en el que el turista cumple su sueño de aventura a la carta pase lo que pase.

Las advertencias de la Lonely Planet se publican, pero a Vic Falls los turistas llegan igual. A saltar en el segundo bungee más alto del mundo (111 metros), a hacer rafting grado 6 en el diabólico río Zambezi, a sobrevolar las Cataratas Victoria en helicóptero, a recocorrer un par de kilómetros sobre el lomo de un elefante. Si no fuera porque todas las noches, los cortes de luz son largos y oscurecen el ghetto turístico y perfecto, y recuerdan que algo no anda bien, se podría creer que está en un país tranquilo, donde el peligro más grave está en la selva.


Pájaros de mal agüero

birdsatairports.jpgEn un aeropuerto de Florida hay un collie que se llama Radar y tiene la misión de evitar que los pájaros mecánicos y los naturales se mezclen. Hace poco salió publicada su historia. Radar no es el primer perro en el métier de espantar pájaros en ese aeropuerto. También existió Jet, pero se retiró enseguida por problemas cardíacos.

El tema de los pájaros en los aeropuertos tiene historia. El primer choque de un ave con un avión ocurrió en 1905 y el primer muerto fue en 1912. En la actualidad, los choques con aves cuestan 600 millones de dólares por año a la industria aeronáutica. Tanto, que los ingenieros de esta época se preocupan por diseñar nuevas tecnologías que  más resistentes al impacto de las aves, y hasta existen manuales de seguridad para que los pilotos eviten las aves y simuladores del impacto que producen las aves en el avión.

El 90% de los choques ocurren durante el despegue y aterrizaje de aviones. Al choque del ave con el avión -generalmente con la turbina- se lo conoce en inglés como bird strike o BASH (Bird Aircraft Strike Hazard). Los ingenieros japoneses le dicen yakitori por la popular brochette. El tema es que este choque causa severos daños a la nave, básicamente porque el impacto del pájaro a gran velocidad es muy fuerte.

10.jpgEn el día del despegue que siguió al día del pájaro en la turbina supe que volaríamos en un avión distinto. Y no es que creí un rumor de pasillo: vi la turbina triste y desguazada en un hangar. Estaba cerca de un Hercules última generación de Estados Unidos que nadie supo explicarme por qué estaba en el aeropuerto.

Leo por ahí que varios aeropuertos están situados en rutas migratorias y muchas aves los usan como un alto en su largo camino. Porque allí encuentran alimento: semillas y frutos y a veces, también basura abandonada.

pajaros.jpgEl tema de los pájaros en los aeropuertos es grave. En algunos lugares, como Nueva Zelanda, electrifican las matas que lo rodean para repeler a los gusanos que sirven de alimento a las gaviotas. En JFK, por ejemplo, compraron halcones para reducir drásticamente la población de palomas. También, se usan luces, pirotecnia, bombas de estruendo y armas de fuego para ahuyentar a las aves.

Cansadas de los pájaros de mal agüero, las autoridades del aeropuerto de Pekín compraron una máquina estadounidense que reproducía cantos de algunos enemigos naturales de esos pájaros. Pero, según afirmó el diario local Evening News, los pájaros no entendían los cantos de los ahuyentadores estadounidenses. Entonces, expertos chinos grabaron cantos made in China.

Las especies involucradas en esta actividad de riesgo son gaviotas, palomas, buitres -como en el caso del aeropuerto de Dakar-, zopilotes, halcones y otras aves de rapiña. En Estados Unidos, por supuesto, existe un comité llamado Bird Strike que se reúne todos los años. En 2008 la cumbre será en agosto.

El día del segundo despegue con destino a Addis Abeba, también había aves de rapiña en el horizonte. Pero alguien les habrá tirado un pedazo de carne porque cuando el avión estaba en la pista se fueron volando y por fin, el avión tocó el cielo de Africa.  


Esperas y encuentros

motoqueros.JPGEl día del pájaro en la turbina fue tan largo como la pausa entre el último post y éste. El tiempo se portó de manera extraña y para comer nos daban vales que había que gastar en un restaurante del hotel donde la comida siempre estaba fría. Había sol y piscina y una sensación, casi un deseo, de estar en otro lugar.

Quise mandar mails para avisar que estaba viva, pero sabía que faltaba otro vuelo, el vuelo definitivo, así que preferí esperar. Entonces decidí dar una vuelta por el barrio. Era una zona residencial en las afueras de Dakar, de mansiones con guardia en la puerta y hoteles estilo todo incluido. En uno de ellos, donde había una conferencia sobre los “métodos de monitoreo del avance del desierto”, conocí a unos ticos -costarricenses- que venían de hacer la ruta del París - Dakar en moto, la que a partir del año que viene se correrá en Argentina y Chile.

thierry.JPGEn Dakar quizás no fue tan grave la pérdida, porque era la llegada. Pero en Mauritania, sí: el rally atravesaba todo el país y representaba el 20 % del PBI de uno de los países más pobres del mundo. “Nos encontramos con gente que tenía el combustible comprado, con hoteles a estrenar, con los televisores todavía en las cajas… y probablemente muy pocos vuelvan a pasar por ahí”, me dijo Rodolfo Carboni, uno de los motoqueros, farmacéutico de profesión.

Los tipos, 14 ticos que ya anduvieron en moto por otras partes del mundo, tenían el viaje pensado desde hacía muchos meses y cuando se suspendió lo dudaron. ¿Vamos o mejor no?

Las mujeres de algunos les pidieron por favor que no fueran, igual que las madres de otros. Pero ellos lo hicieron de todas maneras. Compraron las motos en Italia, donde también rentaron los servicios de un ex mecánico del París Dakar, que conocía la ruta y los problemas que pueden surgir, y emprendieron el viaje que duró un mes y terminó aquí en Ngor, donde paraba la mayoría de los corredores del París Dakar.

Incluso fundador del rally más famoso del mundo, Thierry Sabine, que murió en 1986, cuando el helicóptero en el que viajaba se estrelló en Mali. Hoy tiene un monumento que lo recuerda en una esquina olvidada de Ngor.

Me contaron los ticos que la ruta es muy cambiante. Si bien la mayor parte es desierto, uno no se puede relajar porque de repente hay piedras grandes, en otro tramo, piedras chicas, después arena. “Es increíble pero aún en los desiertos más largos, siempre, cuando uno siente que atraviesa un paisaje solitario, sale una persona caminando de la nada”, me comentó Konrad Starke, otro de los aventureros.

p1120815.JPGEn todo el mes no sintieron el “peligro” que esgrimieron los organizadores del rally para cambiar de lugar. Al contrario, la gente los saludaba, los recibía, casi les agradecía por pasar por allí. A Carboni le pasó de todo: un día, andando en moto por una ciudad se cayó y quedó medio dolorido del brazo por varios días. Otra vez, en pleno desierto, se quedó atrás, muy atrás, incluso más atrás de la camioneta que debía ir atrás de todo. En ese momento, cuando se quedó tan solo, se le rompió una parte de la moto. Y se terminó plantado en la arena. Imaginó que vendrían pronto a buscarlo, que alguien se daría cuenta. Pero eso tardó en suceder. Y se hizo de noche. Y prendió un gran fuego para que lo vieran. Era el único del grupo que fuma y el único que tenía un encendedor en el bolsillo. Pasó varias horas en el silencio del desierto hasta que lo vieron.

Starke me habló de la vez que contrataron a una señora que andaba por ahí para que los guiara en la ruta. El italiano ex mecánico del París Dakar se había perdido. Dice que no sabe cómo porque el terreno se veía todo igual, no había árboles, sólo algunas piedras, pero ella los mandaba a derecha y a izquierda y podía ver la salida dentro de un mar de arena. Toda su vida había vivido ahí.

El día del pájaro en la turbina fue largo y los ticos con sus historias de viaje le pusieron color. Cuando volví al hotel, había un cartel en la recepción que decía: “el avión de Ethiopian Airlines sale mañana. Los pasarán a buscar a las 15.30″.

El cartel me alegró, aunque enfrentarme a un nuevo despegue me amigaba con el tiempo limbo y empezaba a querer que dure para siempre. 


El día del pájaro en la turbina

bkaddis.JPGEl día del pájaro en la turbina empezó temprano. Eran las cuatro de la mañana y ya tenía los ojos abiertos y eran las siete y el avión de Ethiopian Airlines con destino a Addis Ababa carreteaba por la pista del aeropuerto de Dakar. Hasta ahí, un despegue más.

El avión carreteaba más rápido, más y más. Cuando había alcanzado la velocidad de despegue, en lugar de levantar vuelo pegó una frenada que dejó tiesos a los cinturones de seguridad. Y a los 50 pasajeros que por un segundo dejamos de respirar. Quizás hasta fueron dos segundos.

La nave: un 767 300 con asientos para 300 pasajeros. Al ser tan pocos, apenas nos veíamos. Cada uno se había ubicado filas de varios asientos preparándose para el viaje de siete horas que se avecinaba antes de la frenada profunda.

turbina.JPGDespués de detenerse completamente, el avión siguió carreteando suavemente. El aire estaba enrarecido. Las azafatas pasaban rápido, como patinando, de una punta a la otra.  De repente el piloto habló: dijo algo incomprensible en etíope y lo mismo en inglés, igualmente incomprensible.

En un momento paré a una azafata vestida de verde, flaca, con cara de pánico y le pregunté qué había pasado.

-Entró un pájaro en la turbina… y la rompió-me dijo y siguió caminando rápido, como si estuviera a punto de despegar. Pero abrió la puerta y esperó a que bajara la escalerilla mientras el comandante explicaba lo sucedido sin mucho detalle y nos invitaba a bajar.

Me lo crucé en la puerta y le volví a preguntar qué había pasado. Repitió lo que ya había escuchado tres veces: “Entró un pájaro en la turbina”.

En ese momento recordé que todas las tardes -y probablemente todas las mañanas- el cielo de Dakar se cubre de enormes y oscuros pájaros carroñeros. Ni bien los vi, un atardecer rosado, me parecieron bellos. Pero enseguida los vi volar bajo, buscando comida, la misma que buscan y no encuentran muchos habitantes de Dakar.

turbina1.JPGEn el próximo acto, el comandante estaba pegado a la turbina del avión rodeado de la tripulación y poco a poco de todos los pasajeros. Explicaba como explican los profesores, que el pájaro había impactado en un aspa de la turbina y después en otra y también en una tercera. Cuando las cabezas se corrieron logré ver la turbina, que es la de esta foto. El profesor no necesitó puntero: la turbina rota estaba al alcance de su índice.

Los del aeropuerto eran los mismos pájaros hambrientos y desesperados que volaban en la ciudad. Uno de ellos o quizás fueron dos terminaron degutidos por la turbina del 767. Ni siquiera quedaron las plumas.

Pregunté la hora: las 8.15. Según las palabras del capitán cuando me lo crucé en la escalerilla, “hoy ya no salimos”.

El avión tenía planificada una escala en Bamako, la capital de Mali, y la mayoría de los pasajeros se bajaba allí. Entonces, ya en el aeropuerto, una responsable de Ethiopian, una negra ejecutiva y de piernas largas nos dividió en dos grupos: Bamako y Addis.

p1120886.JPGLa cinta trajo otra vez las valijas despachadas hacía un rato. Parecía un rewind de las últimas dos horas: migraciones, la cinta, mucho sueño. Cuando los dos grupos estuvieron listos pasó lo peor: nos separaron y nunca más volvimos a vernos. Me acuerdo todavía de la mirada asustada de un mochilero australiano que me saludó de lejos. Bamako abordaría un avión de Kenya Airways por la tarde. Se lo llevaban a un hotel del aeropuerto. Pero, ¿y Addis? De Addis, todavía no se sabía.

El aeropuerto olía a incertidumbre y productos de limpieza. Era de mañana y un par de negros lo baldeaban entero: con lampazo y baldes.

Después de una hora -¿o fueron dos?- de espera, la negra ejecutiva de piernas largas nos habló a los de Addis: “Ahora se van a ir a un hotel. Todavía no se sabe cuándo será el vuelo. Hay que esperar un repuesto, o que manden otro avión. Nos comunicaremos con ustedes”, dijo y se fue caminando ligero dejándonos el sonido de sus tacos en el piso cerámico.

En el grupo de Addis ya se compartían miradas, cada tanto alguna risa y un sueño común: volar cuanto a antes. El grupo Addis a esa altura era el Addis Team.

Antes del mediodía estábamos en un hotel en las afueras de Dakar. Un hotel frente a la isla de Ngor donde se quedan muchos europeos que viajan en busca del sol de Africa. Antes de mediodía supe que el día del pájaro en la turbina sería largo. Que sería un día de ésos en los que el tiempo se suspende. Un día que no dura 24 horas. Un día que muchos viajeron catalogarían como “perdido”. Un día -limbo. Un día como una mala gripe que hay que pasar. Antes de mediodía supe que el día del pájaro en la turbina duraría mucho más que un día.

(continuará…)