La tarde de Caspar David Friedrich

Fue hace quince días, una tarde de luz irresistible. Más temprano había llovido bastante y seguía la humedad. Salí a caminar, caminé y caminé. No quería dar la vuelta. Volver era darle la espalda a esa luz.

No había nadie en la playa. Hasta que apareció uno. Uno rubio, a simple vista, forastero. Nos pusimos a conversar, y juntos fue menos triste darse vuelta. Volvimos.

Caminamos descalzos por la arena dura. Casi a oscuras, el rubio -que resultó ser húngaro- abrió una ventana a otras luces.

Me preguntó: ¿Conoces a Caspar David Friedrich ? Contó que era un pintor alemán del movimiento romántico, y que muchos de sus cuadros tenían la misma luz que estábamos viendo. ¿Sería un atardecer repetido?

La luz de Friedich es una luz excitada, por momentos parece enferma. En este cuadro se contempla la salida de la luna. Una luna que podría llegar del infierno.

Tenía razón Peter, el húngaro. El atardecer que compartimos se parecía demasiado a los de Friedrich. Con los días llegué a pensar que él estuvo entre nosotros. En luz y espíritu.


Momentos en vías de extinción

Antes de llegar a la estancia Finca Piedra donde nos quedamos la última noche del viaje uruguayo pasamos por San José, la capital del departamento, que tiene un bello teatro de cien años.

A pocas cuadras de la plaza dos viejos muy viejos toman sol en la vereda. Uno sentado y el otro parado, los dos con gorra. Los árboles abrigan algunas hojas amarillas y, aunque hace frío, el sol es amigable esta tarde. Me acerco a conversar. Uno de los dos no ve bien, el otro no escucha, pero parece que disfrutan. El que está sentado tiene 94, el otro 82.

–Pase, entre, yo era peluquero, ahí están las cosas.

Entro sola a la casa, las ventanas abiertas dejan pasar la luz a un cuarto pintado de celeste. El sillón de peluquero frente al espejo, varias tijeras, brochas, todo está más o menos como si hubiera cortado el pelo ayer aunque hará veinte años que ya no lo hace.

Leí que en una reunión de empresarios, en España, Mujica dijo que los uruguayos son medio atorrantes y que no se van a morir por trabajar mucho. Y que es un país decente. Recorriéndolo da esa sensación. La gente tiene algo del Pepe, de su llaneza y espontaneidad. Y también tienen algo de los cantares de Zitarrosa, una cierta sabiduría de vida.

Acá son así, uno habla dos o tres palabras y se abren de par en par. Con la franqueza de la gente sana. Te invitan a su casa, te cuentan su historia, no te invitan mate pero saben compartir. En este viaje varias veces me parece estar ante situaciones en vías de extinción.


El Zoo de Durazno

No me simpatizan los zoológicos, pero voy al de Durazno porque antes de viajar me contaron que varios departamentos tienen su propio Zoo y que suelen existir rivalidades, a ver quién consiguió el hipopótamo y cuál el león. Esa pica me motiva a conocerlo.

Me presentan al subdirector, Enrique Arrúa, frente a la jaula de los leones. Es un hombre de espalda grande y eso me tranquiliza porque estamos muy cerca de los leones, en un pasillo finito y oscuro como los que se ven en las películas de las cárceles. Ahí los meten cuando comen, como ahora que despedazan un trozo de potranca.
En el Zoo de Durazno hay nueve felinos. Quisieron canjearlos a otros zoológicos, pero nadie los acepta porque consumen mucha carne. Mientras Arrúa habla el tigre da vueltas en círculo y pasa pegadito al alambrado, como midiendo quién lo mira y qué pasa.

Los felinos son su animal preferido. Hace unos años él mismo crió un tigre. Lo llevó para las casa porque el intendente de ese entonces le pidió que se lo amansara para poder llevarlo a pasear, sí, como a un perro. Parece que era buenísimo, andaba adentro, hasta dormía en la cama con su gurisa (hija chica).

–¿Qué?
– Sí, era mansito como un gato, aunque los peluches se los destrozaba todos. El intendente lo venía a buscar, lo paseaba con correa y me lo devolvía.
–¿Y tenés fotos?
–¡Pa! Es que cambié de patrona y esas quedaron en la otra casa.

A Arrúa tampoco le gustan los zoos, pero cree que es la única forma de que las nuevas generaciones conozcan los animales. Da un vistazo a las jaulas y dice, como si hablara de su hija, de su hijo, de su familia: “Doy mi vida por ellos”.


Uruguay, gira interior


En este número de la Revista Lugares hicimos -con el fotógrafo Nicolás Janowski– una gira interior por Uruguay. Atravesamos la cuchilla de Haedo, que cruza el país de Norte a Sur, vimos extensas plantaciones de eucaliptos y camiones cargados con los troncos que serán pasta de celulosa. Probamos el mate con yerba sin palo, nos cruzamos con seis gauchos que arreaban 2800 ovejas, visitamos una planta que producirá caviar de esturión en el río Negro y hablamos portuñol en Masoller, frontera con Brasil.

Es un recorrido arbitrario que cruza siete departamentos, cada uno con sus paisajes, gentes, plaza Rivera y calle Artigas (y viceversa), nostalgias de trenes que ya no pasan, parrillas donde el entrecot es la estrella y confiterías que venden postre chajá. Salvo algunas excepciones no hay restaurantes que quiten el sueño, pero sí buenos hoteles y posadas.

Un viaje exploratorio en el que tomamos rutas principales –la 5 que va de Rivera a Montevideo–, y otras secundarias como la 30 que pasa por Tranqueras, el pueblito del verso que canta Zitarrosa. De Corrales a Tranqueras, ¿cuántas leguas quedarán? Dicen que son once leguas, nunca las pude contar. Las hice con agua y viento, escarcha de luna y sol, pero entonces no contaba porque iba rumbo al amor.

Es probable que quede algo afuera y es seguro que el viajero atento lo encontrará.
La revista se consigue hasta fin de mes en el kiosco amigo. Y para los que viven lejos, en estos días publicaré algunas perlitas de nuestra cosecha interior.


Monumento a Perpetuidad

La niebla de esta mañana es perfecta para visitar el Monumento a Perpetuidad, antiguo cementerio de Paysandú. Funcionó poco tiempo, el suficiente para que se hicieran panteones monumentales. Como el de la familia Stirling, que pesa 50 toneladas de mármol de Carrara y costó 48.000 pesos oro cuando un peón ganaba 25 pesos oro al mes.
A fines de 1880 algunas familias de fortuna encargaron su mausoleo a escuelas de arquitectura de Roma. Los artistas venían con un muestrario bajo el brazo y se elegía el panteón por catálogo. Luego regresaban a Italia para hacerlo y lo traían desarmado en el barco. Los árboles exóticos y las diagonales de este pequeño cementerio completan el paisaje artístico y mortuorio.


El cazador de jabalíes

Andando por la Bajada del Minuano y otros caminos de tierra del Lunarejo, en el interior de Uruguay, da la sensación de estar en la intimidad del paisito. Dónde si no se podría uno encontrar un cazador de jabalíes con cinco cabezas colgadas en la pared de su casita de madera.

Dagoberto Moraes Valiente, Beto Valiente para los amigos, sale ni bien nos ve. Tiene los ojos hundidos, boina de gaucho y la nariz gorda como una empanada. “Dígame si no me parezco al Pepe”, me pregunta y sí, se parece a Mujica. Moraes cumplió 64 y parece veinte más. No puedo dejar de mirar las cabezas de los puercos que tengo a mis espaldas: los colmillos largos como un dedo índice y la lengua seca como charqui.

Enseguida trae la carabina, posa para las fotos con la soltura de un actor en la Isla de Caras y cuenta con detalles y ceño fruncido una cacería nocturna donde su bala mató al chancho de un solo tiro:

–El animal estaba furioso, entonces lo torié, él se empacó y ahí nomá le pegué el tiro que le entró por el pescuezo, le atravesó el corazón y le salió por la paleta. Pesaba 78 kilos. ¡Pá!

Cuando llego a la Posada Lunarejo todavía conmovida por el personaje conozco a un profesor de historia de Tranqueras y cuando le cuento de Beto Valiente suelta una carcajada con ganas.

– Hace años que Valiente se dedica a plantar boniatos (batatas). Los jabalíes los caza el hijo.


De Corrales a Tranqueras

De Corrales a Tranqueras,
cuántas leguas quedarán,
dicen que son once leguas,
nunca las pude contar.

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna y sol,
pero entonces no contaba,
porque iba rumbo al amor.

Entonces todo cantaba,
agua, tierra, viento y sol;
entonces todo era canto,
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero,
mis años, de domador,
y los caminos cortitos
pa’l trote del corazón.

Camino de mis recuerdos,
tierra roja y pedregal,
bordea’o de cerros parejos
que se inclinan al pasar.

Vigilante, Miriñaque,
cerros de mi soledad,
repecha’os por mis cantares,
sombras de toro y chilcal.

Hoy, que me duele la vida,
cansa’o de tanto changar,
balda’o por los redomones
ya no las puedo contar.

Y quebra’o por una pena,
pregunto en mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

Del disco de Alfredo Zitarrosa Pal que se va.


Noticias de Eudocia Furtado

Amanece con niebla otra vez. Una niebla que le da todavía más nostalgia a Uruguay, un país que ya es nostálgico a pleno sol. Me pregunto si a Eudocia Furtado le preocupará la niebla y me imagino que no, que la correrá de un bastonazo y seguirá caminando.

La veo así, de lejos, entre sus vacas, en San Gregorio de Polanco, el corazón del paisito. Camina encorvada, pero ligero. Deben ser las 9 de la mañana. Está destemplado y todavía hay rocío. Pastorea tres vacas cerca del cementerio. Me dan ganas de correr a saludarla, de mirarla, de cruzar algunas palabras. Me bajo del auto y voy hacia ella. Pienso encontrame a una pastorcita tierna y en cambio ahí está ella, Eudocia Furtado, ¡pá! qué mujer… jodida.

Tiene la falda hasta el tobillo, suéter rosado, dos vueltas de collar dorado, aros dorados, sombrero, uñas pintadas de rojo, 74 años. Camina mal por algunas operaciones, pero se la ve entera y fuerte.

Aunque es la primera vez que la veo me saluda como si nos conociéramos. Me cuenta de sus vacas, dice que ella las cuida y nadie más, y que ahora no es como antes, ahora hay que estar muy atento, vio? Dice que su hija la quería llevar para Montevideo pero que ella de ahí no se mueve. En un momento le pregunto si tiene marido.

– Tengo sí, está en la casa porque no anda muy bien, cocina pero lo que prepara no se puede comer de lo malo que es. Tengo marido sí, pero la verdad le digo es que el marido no sirve ni para perro.

Sigue hablando unos minutos más, qué importa si ya dijo todo.


Tres librerías de Montevideo

La Licorne (Montero 2884) es la librería más joven en dos sentidos: fue la última en abrir y sus ideólogos, escritores y poetas tienen veintipocos.

Está en una casona antigua de Punta Carretas y es una “librería viva”. ¿Qué quiere decir esto? Que los libros que se ven fueron elegidos uno por uno, que por estos días se hospedan, en el segundo piso, dos poetas ingleses; que además de las charlas y ciclos culturales, basta entrar para que arranque un happening poético del que uno, obviamente, es parte.

El nombre La Licorne hace referencia a una mítica revista literaria fundada en París, a fines de los años 40, por la poetisa Susana Soca y donde escribieron, desde Borges y T. S. Elliot hasta Rafael Alberti.

Otro argumento para considerar viva a una librería podría ser que, adentro, uno se encuentre con un escritor y aunque no compre un libro salga con una conversación que lo deja pensando. Eso me pasó en La Lupa (Bacacay 1318), de interior pequeño y nutrido con buen ojo, un buen lugar para encontrar escritores uruguayos menos tradicionales que Benedetti y Galeano, desde Mario Levrero y Felisberto Hernández hasta Dani Umpi y la poeteisa Marosa di Giorgio. Muy cerca, frente al Teatro Solís, un rico café en el Bacacay.
En la peatonal, Más Puro Verso, en Sarandí 675, vale por librería completa (50.000 títulos) y por el monumental edificio donde está, el de la antigua Óptica Ferrando, construido en 1917.
Para libros usados, se sabe: Tristán Narvaja, los domingos bien temprano.


Tango y uvita en el Fun Fun

“En este mostrador de estaño se acodó Gardel y cantó a capella”, me cuenta orgulloso Gonzalo López, bisnieto de don Augusto, el fundador de Fun Fun que arrancó vendiendo bebidas alcohólicas en un carro ambulante y ni bien pudo, en 1895, se alquiló dos piezas en el viejo mercado central y abrió el primer bar. El hombre era tartamudo y tenía dudas sobre la marcha de su negocio. Solía preguntarles a sus amigos: “¿fun-fun cionará?”. Ahí nació el nombre de este boliche, que se mudó varias veces pero nunca perdió su alma: el tango y la uvita, un trago inventado por don Augusto. Es una mezcla secreta de vino garnacha y oporto, bien dulce, servida vaso pequeño. También inventó el pegulo, otra bebida que no llegó hasta hoy.
Gardel, Pedernera, Labruna, Julio Sosa, D ‘Arienzo, Piazzolla, Canaro, muchos hombres del tango pasaron por aquí. También, hace unos años, Michelle Bachelet en un descanso de su visita oficial, vino a escuchar tango al Fun Fun, que está a la vuelta del Teatro Solís.
Es cierto. Carlos Gardel cantó a capella en 1933 y antes de irse le obsequió a Agusto López, fundador y bisabuelo del actual dueño, una foto dedicada “al campeón de la uvita y el pegulo”. Se la puede ver en el boliche pero no es la original. “Ésa está en una caja fuerte”, me dice el bisnieto mientras anota los pedidos para la mesa del fondo.
Ya comienza el show: primero baila una pareja en un escenario más chico que una mesa de ping pong. Después llegan los cantores, y a eso de la 1 de la madrugada, candombe.




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

Otros sitios

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (1)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)