Homenaje al Poste Restante

cartasLa anécdota de Portimão me recordó los viajes con intercambio epistolar y Poste Restante.

Sevilla, Katmandú, Tánger o Nueva Delhi, no importaba dónde fuera, si había planificado pasar por allí sabía que en el Poste Restante tendría una carta con noticias de mi familia.

Cuando el mundo quedaba más lejos y las llamadas daban ocupado o equivocado y salían carísimas, y no había Internet ni Blackberry, el Poste Restante era una solución lenta, gratis, eficaz.

El Poste Restante es un servicio del correo, de todos los correos del mundo, por el que se conserva una carta hasta que la persona a quien está dirigida va a retirarla. En algunos países sólo se guarda un mes y después se devuelve al remitente. Es un servicio pensado para la gente que está en tránsito, sin una dirección postal. Me imagino que ahora se usará mucho menos, pero en un momento, no hace tanto, era fundamental para los viajeros.

La anécdota de Portimão ocurrió en tiempos de Poste Restante, 1986, año más año menos. Me la contó Fernando Luna en un asado, una de estas noches porteñas y calurosas del invierno.

El viajaba con un amigo por Europa y por medio de cartas al Poste Restante de Madrid combinó un encuentro con dos amigos más en Portimão, una playa del sur de Portugal. Desde ahí, los cuatro tenían planeado ir a la isla de Madeira, su meta. Pero se quedaron en una playa de Portimão. Hicieron un pozo amplio en la arena, lo rodearon de cañas, extendieron unos pareos y lo llamaron Guamerú, como el campamento de Daktari.

Vivieron en Guamerú más de diez días. Una tarde conocieron a una señora amable y generosa, doña Zulmira se llamaba. Fernando dice que nunca se olvidará de ese nombre. “Fue nuestra abuela portuguesa. La señora nos daba sandías que nosotros trozábamos y vendíamos en la playa. La plata que ganábamos nos alcanzaba para unas sardinas asadas con papas. Cada tanto incorporámbamos algunas turistas al campamento Guamerú. Me acuerdo de unas alemanas de Berlín. Nos entendimos lo más bien sin hablar una palabra”, recuerda con la voz, con la mirada.

A la isla de Madeira nunca llegaron. Una noche, en Guamerú, hicieron una canción. El estribillo decía algo así: Ibamos a Madeira y ficamos en Portimão, lara lala.

Cuando Fernando y sus amigos dejaron Portimão no miraron para atrás porque si no quizás no se hubieran ido. Su viaje por Europa duró varios meses más. Cuando llegaban a una ciudad, lo primero que hacían era ir al Poste Restante. Para buscar noticias, para estar conectados. (También, para ver si algún amigo o amiga les había escrito ofreciéndoles su casa.)


Paisajes de la nouvelle chanson française

 

C’est La vie, del álbum Toystore (2008) de Coralie Clement.


Tu Refugio Petit Hotel

swan

Cuando los chicos se fueron, yo le dije a mi marido: ¿Y si nos ponemos una posada? No me vas creer, pero lo más difícil fue el nombre. Entonces pensé: hostería es más para la cordillera y acá estamos en la ciudad, así que esto debe ser una posada urbana, del concepto te hablo, ¿me entendés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?

Tengo tres cuartos con su baño, todos bien decoraditos, los decoré yo, eh? Los podés ver, si querés. Uno tiene un deck, como le llaman ahora, y le puse unas plantas para que no sea la terraza y nada más, porque es eso el deck, la terraza ¿no?

 Abajo, mirá, hice hacer un desayunador, ahí les doy un desayuno bien completito y a veces me siento con ellos a charlar. Me preguntan, quieren saber qué hay para hacer y yo me conseguí toda la folletería de la ciudad. Tengo de lo quieras, lleváte si necesitás.

petalEl cuarto que era de mi nena lo uso para cuando viene alguna novia. ¿Te conté que ya tuve noches de boda? Yo les lleno el cuarto con pétalos de rosas, por todas partes les pongo, y les dejo una botella de champán de regalo, no sabés cómo les gusta, se vuelven locos.

Y sí, nos está yendo bien, ya tenemos clientes que vuelven, ¿viste?

Mi marido me ayuda, a él siempre le gustó la cocina, así que prepara panes caseros o va a comprar medialunas bien tempranito. La pasamos bien, digo yo, los dos solos y jubilados, sin esto nos aburriríamos ¿no?

petalLa nena se fue a vivir con una amiga pero todavía no estudia nada, yo no sé qué voy a hacer. El otro día se lo dije: Patricia, ¿Por qué no te hacés la tecnicatura en turismo? Hacéte la carrerita esa, nena. ¿No te das cuenta que ya tenemos la posada? Pero los chicos son así, hay que esperarlos.

Yo mientras tanto algo estoy aprendiendo, la otra vez compré esos libros que ves ahí, “La Gobernanta” y “Todo huésped es VIP”, y algunas cosas saco, no te voy a decir que no. Por ejemplo, lo de las toallas. Les hago cisnes y se los dejo en la cama, como una escultura de toalla. Me contaron que es algo común en los cruceros, ¿sabías? Vieras vos cómo les encanta el detalle. Cuando se acuerdan me dicen, ¡qué hermoso! ¿dónde aprendió a hacer eso, Mirta? Me salen lindos, será que tengo mano, qué se yo.

Y sí, la verdad es que no me puedo quejar, con lo de la crisis y todo, nos va bien, ¿viste?

petalEl tema del nombre, bueno, lo que te contaba, fue lo más difícil. Al final le quedó Tu Refugio Petit Hotel. Yo lo quería inscribir como Bed & Breakfast, por lo del inglés, y claro, como damos desayuno era justo el caso. Pero no me dejaron y eso me quedó acá, no me lo puedo sacar, ¿sabés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?


Peleas en viaje: el caso del Cif

cifcremaAyer almorcé con una pareja de amigos que el último verano viajó por la Patagonia y pasó por Villa Pehuenia. Como casualmente estoy preparando una nota sobre ese lugar, les pregunté cómo lo recordaban, qué les había llamado la atención del pueblito neuquino. Se miraron y después de soltar una carcajada, respondieron: “el Cif”.

¿El Cif?

Sí, se referían al producto de limpieza. Lo que más recordaban de Villa Pehuenia era una pelea, que con el tiempo tuvo nombre propio: el Cif.

Este post no es sobre su pelea, sino sobre los lugares que a pesar de ser maravillosos se opacan por el velo de un mal recuerdo. No el mal recuerdo que producen un robo, un accidente o un clima lluvioso. El mal recuerdo causado por una pelea.

Una pelea en viaje es capaz de lograr que la mirada se malhumore y vacíe de sentido de lo que tiene ante sus ojos. No importa si es un lago increíble que por las mañanas se cubre de una bruma misteriosa. No interesa si es playa o selva o una ciudad o un pueblo o un desierto o un volcán. El lugar puede ocupar el primer puesto en la lista de las Siete Maravillas, pero una pelea lo destroza en segundos. Con la fuerza de un huracán. Después, el recuerdo del lugar es imposible sin el manto del mal recuerdo.

Podría desaconsejar las peleas en viaje, pero sería una caradura.  Tal vez recomendar una revancha. No de la pelea, claro, de la visita.

Aunque quizás lo mejor es que deje la autoayuda y cuente qué pasó con el Cif. Resulta que después de pasar unos días en casa de unos amigos en San Martín de Los Andes, ella le pidió a él que por favor  limpiara la bañadera con Cif porque después de ellos llegaban otros invitados a la casa. Mientras tanto, ella cambiaría a los chicos. El se quedó charlando y se olvidó completamente de la bañadera y del Cif. De eso se dieron cuenta cuando ya se habían ido.

¡Cómo que no la limpiaste! ¿Y por qué no la limpiaste vos? Iban camino a Villa Pehuenia, lugar al que llegaron peleados. La discusión, como muchas, fue tonta pero una vez armada rodó descontrolada por las calles de tierra de la villa andina. Y no hubo trucha a la manteca ni Batea Mahuida que pudieran detenerla.

Hoy, cuando mis amigos quieren ver en su cabeza la diapositiva de Villa Pehuenia no pueden enfocar. Intentan recordar pero enseguida aparece el Cif, parado entre los pehuenes y el Lago Aluminé como un gnomo maldito.


Muy pronto, más capítulos mexicanos

 


Hasta el último trago… corazón!

velacha

Ya se puede ver en los cines del Distrito Federal un documental sobre Chavela Vargas, la dueña de la voz desgarrada que es leyenda en México y en Latinoamérica, y que hace unos meses cumplió 90 años.

El documental Hasta el último trago… corazón! lleva el nombre de una canción del compositor José Alfredo Jiménez y está dirigido por Beto Gómez. Se terminó en 2006 y si bien se ha proyectado en varios festivales de cine del mundo se estrenó comercialmente en México este mes.

Chavela Vargas, Eugenia León y Lila Downs actúan y son entrevistadas en el film donde también aparecen la cabaretera Astrid Hadad, la Negra Graciana, Chayito Valdez e Iraida Noriega, todas referentes de la canción tradicional mexicana.

Escribió Chavela: “Cuando me preguntaron por mi vida, amores e historias, siempre respondí con otra pregunta: Díganme la dirección porque tuve vida, amores e historias por país, por lugar, por calle“.


Viajeras ilegales de largo aliento

globoDesde 2006 hasta la fecha se incautaron en México 78,4 toneladas de cocaína.

Según una creativa comparación de la Procuraduría General de la República (PGR), si se colocara en una línea de un milímetro de grosor toda la cocaína daría nueve vueltas al mundo.

La marihuana no se queda atrás y las comparaciones tampoco. Las cifras de la PGR informan que se decomisaron en el mismo período 4390 toneladas. Si se pusiera toda la marihuana en un tren se podrían llenar 198 furgones y se convertiría así en un convoy de casi cuatro kilómetros de largo.

Me pregunto quién hará estas comparaciones andariegas para la PGR. Y me respondo. Es un fanático de Travel Channel o es alguien que se quiere pegar un viaje o fue mochilero o ¡lee Viajes Libres!


Guanajuato: de paseo por la muerte

Después de ver la portada de uno de los últimos números de la revista Proceso, donde aparece una pila de cadáveres decapitados por la guerra narca en Michoacán, paso por delante de las famosas momias de Guanajuato sin escalofríos.

La romántica ciudad de Guanajuato, sede del Festival Internacional Cervantino y de muchas historias de amor que tarde o temprano atraviesan el estrecho Callejón del Beso, tiene una extraña relación con la muerte.

México entero tiene una relación particular con la muerte. La celebra, se la come en pan y le rinde pleitesía a la Santa Muerte. Pero en Guanajuato, además, la exhiben como un trofeo.

En el Museo de las Momias hasta se siente olor a muerte. Los turistas acatan la propuesta con diferentes comportamientos. Los extranjeros, en general, recorren el museo con cara de espanto, paso rápidos y actitud nauseosa. Los mexicanos, que son los visitantes más numerosos, intentan tocar las momias a través de los cristales, ponen a sus hijos pequeños delante y les sacan una foto, hacen bromas y avanzan tan despacio que suele acercarse un guardia para invitarlos a seguir el recorrido.

La historia de las momias viene de lejos. En 1865 se exhumaron del nicho 214 del Panteón de Santa Paula los restos del médico francés Remigio Leroy. Para asombro de los presentes, su cuerpo estaba momificado.

Nadie lo había vendado ni embalsamado, la momificación en Guanajuato es natural y misteriosa. Hay varias teorías al respecto, al parecer sería por la falta de humedad y el exceso de calor en las criptas, que evita que larvas e insectos ataquen el cuerpo. Así los tejidos se deshidratan. Esto sin entrar en el terreno de las leyendas.  

¿Por qué lo exhumaron? Porque en el cementerio de Guanajuato hay problemas de espacio y quien no pague el impuesto al “derecho de perpetuidad” será exhumado para dejar lugar a los nuevos muertos.

Las momias estuvieron en el cine. Las Momias de Guanajuato (1972) fue una de sus películas más famosas de El Santo, que debe luchar contra los muertos vivos. Hasta Wener Herzog las utilizó para comenzar su film Nosferatu, el vampiro de la noche (1979).

Hay varios hits en este museo, pero podría decir que La Chinala enterrada viva, El feto de 19 cm, el ahogado y el apuñalado son las más vistas. Pero ni todas las momias juntas, con sus bocas abiertas, dientes sueltos y expresiones de angustia se acercan al horror que produce ver en un kiosco del DF una portada de Proceso o de La Prensa, con cabezas sueltas, susangrientas y abandonadas en un descampado.

A partir de Leroy, todos los cadáveres en buen estado de conservación se exhibieron. Primero, secretamente, después en un museo precario donde las momias estaban al alcance de la mano, y desde 2007 en el museo actual, que es todo un éxito y por la cantidad de turistas presumo que será la atracción que más dinero recauda de toda la ciudad.

Quizás por eso, casi 40 momias andan de gira nada menos que en ¡Estados Unidos! En vida, esos hombres y mujeres nunca salieron de Guanajuato, muchos apenas conseguían mantener a sus familias. Como momias no sólo salen de paseo, sino que regresarán millonarios. Será una gira de tres años, mucho más larga que una de los Rolling Stones.


Llamadas de Amsterdam

“Una noche cedió al azar y la facilidad de las correspondencias. Nuria vivía en la calle de Amsterdam, el óvalo que recorría la colonia Condesa siguiendo el trazo del antiguo hipódromo. Encontró un teléfono público, justo frente al edificio de ella. Vio los matorrales bajos del camellón, donde los caballos decidieron la fortuna, y sacó el papel con el número de teléfono. La hoja había adquirido una consistencia extraña, rugosa, de tanto estar guardada. Marcó y casi fue un alivio saber que Nuria había salido. Escuchó su voz en la contestadora, el tono fresco y optimista con que la conoció. No dejó mensaje. Fumó un cigarrillo viendo el edificio de los años treinta donde ella vivía, el vestíbulo renovado con alto presupuesto (pequeños reflectores de halógeno bañaban una escultura tubular, más un pájaro que un proyectil).

Trató de recordar otra calle circular. Tal vez en el Pedragal o en Ciudad Satélite hubiera circuitos que volvían sobre sí mismos, pero sólo ése evocaba a los apostadores que triunfaron o se arruinaron en las carreras de caballos. Volvió a marcar, un poco para concederse un derby personal, la posibilidad de que ella sí estuviera en casa y decidiera tomar el auricular, otro poco para oír la voz entusiasta de quien regala sus palabras.

No había terminado de oír el mensaje cuando la vio llegar al edificio. Llevaba un ramo de flores moradas, los iris que le gustaban tanto”.

Llamadas de Amsterdam, Juan Villoro, Almadía.


Me late la Roma (y el 24)

Si viviera una temporada en el DF me quedaría en la Colonia Roma.

En una casa antigua, cerca del Parque Río de Janeiro o del otro, del Cabrera, que también tiene vegetación tropical y una fuente que a veces estás encendida y otras no, y nadie sabe bien cuándo si o no, ni por qué.

Si viviera una temporada en la Roma, tomaría por las mañanas un café cargado especial (con leche clavel, canela y miel de maple) en el clásico Gabi.s, que no está en la Roma sino en la Juárez, pero es cerca.

Si viviera una temporada en la Roma llevaría a mis sobrinos mexicanos Mateo y Nahuel a correr a la plaza, sacaría fotos de los pasajes y vecindades guardadas, jugaría pool con Martín H., volvería a tomar café en Bistró 61, pasearía con Thomas cuando viniera de visita, comería pulpo con D. Jayo y Laura Santos en el Covadonga un jueves por la noche y, cualquier día, tostadas de jaiba y camarón con Alberto Nájar en Peces, “el único restaurante de que no es de Carlos Slim“. Los viernes a la noche seguro que saldría a bailar salsa con Marcela Turati al Salón San Luis: orquesta en vivo y buenos bailarines.

Si viviera una temporada en el DF me quedaría en la Roma y rogaría que la ciudad no volviera a temblar. En el terremoto 1985, la Colonia Roma se devastó. Pero la gente que vive allí es tan fanática que ni aún con una sacudida memorable se cambia de barrio.

“Pues no, me quedé aquí, ya no me voy de la Roma”, me dijo María Esther, una señora que pasó el terremoto y quedó cubierta de polvo pero viva y no podría vivir en otro lugar. Marcela T. es periodista y desde que se mudó a la Roma entendió a los fans de los barrios. “Es la primera vez que me enamoro de un barrio. Podría mudarme de casa, pero no de la Roma“, me comentó el otro día en Bistro 61, uno de sus cafés preferidos.

“Sí, definitivamente viviría en la Roma y no en la Condesa. Me late este barrio viejo”, eso le comenté a mi amiga E. mientras tomábamos una michelada en el Travazares, un restaurante con librería que reabrió hace unos días después de cuatro meses cerrado. E. es argentina pero reside en DF hace varios años, y me respondió: “Viví donde quieras, pero ya que hablamos de latir, decíme qué números te laten“. Le pregunté de qué hablaba.

Entonces, mi amiga me dio cátedra sobre el Melate, un sorteo que según ella juegan todos. “Juega el gerente, el chofer de pesero, los periodistas, los vendedores, los camareros, todos. Es una esperanza, 20 pesos más o menos en la billetera no te joden y después de todo es una cuestión de suerte“. Me explicó sobre lo conveniente que es jugar con revancha y dijo que los pozos son tremendos, cuando quedan vacantes un par de semanas suben a veinte o treinta ¡millones de dólares! 

Hasta ahora mi amiga E. nunca ganó el pozo, sólo unos pesitos cada tanto. Pero tiene fe en los números que le voy a decir. “Sólo te pido que no los pienses, decíme los primeros que se te vengan a la mente”, aclaró. Entonces, mientras pienso que me late la Roma, le canto mis números, que son menores a 56 e incluyen un 24.




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