El icónico mapa del “tube” de Londres, ¿en peligro?

Tengo un colega que cada vez que viajo a una ciudad con subterráneo, me pide que le traiga un mapa.

No le interesa tanto usar el transporte como coleccionar los mapas con la información, el color y el diseño de las líneas de tren y sus recorridos. Dando un repaso a los diarios del domingo, encontré una noticia que le interesaría. Lo voy a llamar.

Es una columna en la que el periodista Jonathan Glancey, del periódico The Guardian, se pregunta con preocupación sentimental, qué pasará con el icónico mapa del tube de Londres en enero próximo, cuando la Oyster Card, una tarjeta electrónica prepaga, integre finalmente todos los servicios de trasnporte de la ciudad: desde los subtes céntricos hasta los trenes suburbanos, el Docklands Light Railway y los barcos del Támesis. Todo.

Conscientes de la pérdida, los diseñadores han trabajado para que la nueva información entrara en el mapa, pero es demasiado, y no sería legible. El mapa orginal fue diseñado por el ingeniero Harry Beck en 1931 y forma parte de la vida diaria de los londineses -¡y de los turistas!- pero con los cambios que vienen será insuficiente. Al parecer, habrá que barajar nuevas propuestas.

Los mapas actuales, que combinan la información del transporte terrestre con el subterráneo y las distintas zonas tarifarias son cada vez más difíciles de leer. ¿Qué hubiera hecho Beck? se pregunta Glancey y enseguida se responde que tal vez el ingeniero hubiera tomado una decisión drástica, hasta romper su propio diseño y volver a empezar.

Los nostálgicos, mi colega incluido, no pierdan tiempo y asómense a la edición online de The Guardian, donde se puede ver una galería de fotos de los mapas del underground según pasan los años.

(Post dedicado a E.R.)


Sonidos de Guinea Ecuatorial

Hoy es día de “elecciones” en Guinea Ecuatorial, ex colonia española y uno de los países más pequeños de Africa continental. Las comillas son porque a pesar de la presencia de veedores internacionales, lo que está pasando hoy en Guinea es una farsa: el dictador Teodoro Obiang (67) tiene la victoria asegurada. Está en el poder desde que derrocó a su tío, en 1979, y mantiene atemorizada a la oposición, con persecusiones y violanciones de los derechos humanos.

El panorama es negro, como el petróleo que se descubrió hace algunos años y que lo convirtió en un país rico, y a Obiang en un personaje recibido y aceptado en ciertos círculos de poder.  Mientras el presidente digita la reelección por siete años, su hijo y probable sucesor, Teodorín, va y viene a Malibú en su jet privado, donde se compró una mansión de 35 millones de dólares y vive como una estrella de Hollywood.

El turismo en Guinea es escaso pero existe, aunque son pocos los que tienen ganas de ir a un lugar en estas condiciones políticas. En Malabo, la capital, los habitantes conviven con la falta de libertad, sin dejar de cantar.


El camino no elegido, por Robert Frost

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
Alto en el bosque en una noche de invierno

Me imagino de quién son estos bosques.
Pero en el pueblo su casa se encuentra;
no me verá parada en este sitio,
ante sus bosques cubiertos de nieve.

Mi pequeño caballo encuentra insólito
parar aquí, sin ninguna alquería
entre el halado lago y estos bosques,
en la noche más lóbrega del año.

Las campanillas del arnés sacude
como si presintiera que ocurre algo…
Sólo se oye otro son: el sigiloso
paso del viento entre los copos blandos.

¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
Pero tengo promesas que cumplir,
y andar mucho camino sin dormir,
y andar mucho camino sin dormir.

 Robert Frost

(Foto: Flickr:El Señor De La Baraja)


Boom turístico en Forks, el pueblo vampiro

Me los imagino sedientos, caminando por un pueblo oscuro, de bosques y lluvia espesa en el noroeste de Estados Unidos. Los veo rubios y desesperados, con la lengua afuera, colgando; locos en busca de la emoción -y la memorabilia- de Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer, la saga de novelas que vendió más de 70 millones de copias y se convirtió en serie y películas.

Hasta el estreno de Twilight (Crepúsculo), menos de 20 mil turistas habían visitado el pueblo de Forks, en el estado de Washington, cerca de Seattle. De 2007 a 2008, el turismo se incrementó un 20 por ciento, y después del lanzamiento de la película, las visitas rompieron todos los records. En lo que va de este año, ya pasaron 64 mil adolescentes. Con el impulso del reciente estreno de Luna Nueva, se espera otra inyección turística.

Stephenie Meyers, la autora de 30 años, no conocía este pueblo alejado donde viven unas tres mil personas. Pero se le ocurrió que su protagonista, la adolescente Bella Swan, se mudaría allí con su padre. Y allí conocería a Edward Cullen, el vampiro que se enamoró perdidamente de ella.

Tan sedientos como los fans están los miembros de la Cámara de Turismo de Forks, que han creado un circuito especial con los puntos de interés de Twilight, que junto con la palabra vampire deben ser las más populares de los letreros. Como la serie fue filmada en el pueblo, se puede ver la casa de Swan mientras vivía con su padre Charly y comprar en el mall donde ella compraba y comer un menú Twilight. ¿Para dormir? Un bed & breakfast que alguna vez se llamó Miller Tree Inn pero ahora es The Cullens House, que sería ni más ni menos que la casa de Cullen, el vampiro.

El hospital, le colegio, el bosque, la playa de La Push y todas las locaciones de la película se podrían recorrer por cuenta propia, pero quizás motivados por el terror muchos fans prefieren hacerlo en compañía de un guía, que cobra 39 dólares y conoce todos los detalles y bonus tracks de la película. También sabe sobre la historia de Forks, que es un pueblo de campo, ligado a la producción agropecuaria y uno de los lugares del país donde más llueve. Pero nadie escucha esa parte. En este recorrido, los pasajeros piden sangre y amor.

La foto en el bosque penumbroso, el buzo con la leyenda “Forks muerde”, dientes de vampiro, hebillas con la cara de Eduard, postales rojo sangre donde se lee la frase del libro: ” Y es así como el león se enamoró de la oveja” son souvenirs populares. El llaverito con el tenedor es historia o fue adaptado al concepto vampiros. (Fork en inglés quiere decir tenedor).

En Forks, los pobladores hablan inglés, pero la mayoría también maneja el dialecto Twilight y se acostumbró a desayunar con jóvenes que sueñan con vampiros hambrientos. Y no me extrañaría nada que hayan cambiado de dios y ahora le recen a una estampita con la cara de Stephenie Meyers.


Chita: la tela mais alegre do mundo

País alegre, ¿tela alegre? Eso se podría inferir al conocer la chita, que se pronuncia shita y es el género más popular de Brasil. Lo usaba Gabriela, la de clavo y canela, la novela de Jorge Amado. Y la usan muchos de los 200 millones de habitantes, desde Oiapoque hasta el Chui (eso quiere decir, de punta a punta). 
La chita es una tela estampada con flores de colores fuertes, como los que se ven en las fotos. La chita nunca tiene un mal día, si fuera una persona, esta tela estaría siempre sonriendo.
Para detallistas: si las flores son como las de la primera foto, el tejido se llama chita. Si las flores son más grandes, como en la segunda foto, se dice chitão, y si son minis, como en la tercera, se usa el diminutivo: chitinha.

La chita es una tela barata (desde 3 dólares el metro), confeccionada con algodón de segunda calidad y a veces, también con mezcla de polyester y algodón. Cuenta la historia que llegó a Brasil con los conquistadores portugueses, que a su vez la habían traído de sus viajes a la India. En aquél tiempo la chita no se llamaba así y quizás no era floreada sino con dibujos arabescos. Pero tenía el espíritu de esconder bajo un estampado simple un género de calidad dudosa. Pasó por Inglaterra y Francia y en cada lugar le dieron su toque. Hasta que llegó a Brasil y se encantó de alegría.
Quizás por eso, porque es una tela viajera, la chita se adapta. Y puede ser falda de una campesina del sertão y cortina de un hotel pop y tapizado de una silla cool diseñada por Phippe Stark hace unos años.

En la historia de la chita hay tela para cortar. Eso habrán pensado Renata Mellão, Renato Imbroisi que hace unos años publicaron el libro Que chita bacana, que presenta una mirada al género a partir de la historia de Brasil.
Por tratarse de una tela popular, muy distintinta del preciado algodón mercerizado, durante mucho tiempo fue mirada en menos. Pero hace algunos años, la chita se reivindicó y famosos diseñadores presentaron creaciones con chita en el San Pablo Fashion Week, y en el último Carnaval fue el tema de la una escola carioca de samba.
Una tela estampada con flores que parece que bailan y se ríen sólo podía ser brasilera, ¿no?


Música para andar

Like a call, de la banda australiana Architecture in Helsinki, que este mes y el próximo tocará en festivales de Australia y Gales.


Día de la Conciencia Negra, en Brasil

Hoy es un buen día para contar algo sobre los quilombos y sobre el negro Zumbi. Es feriado en Brasil, no hay bancos y el transporte y los comercios tienen un servicio reducido. Hoy se celebra el 314 aniversario de la muerte de Zumbi dos Palmares, el negro que asumió el mando del histórico Quilombo dos Palmares, la primera ciudad de esclavos fugitivos organizada en el siglo XVI en lo que actualmente es el Estado de Pernambuco.

Recuerdo cuando estuve el año pasado en Gorée, una islita que está frente a Dakar. De allí partían los barcos con los esclavos físicamente más fuertes, los que se suponía que resistirían el viaje en barco en pésimas condiciones. Los que sobrevivían eran subastados y trasladados a las plantaciones de caña de azúcar y algodón.

Se calcula que más de veinte millones de esclavos viajaron de Africa a América y el Caribe. Muchos países africanos se quedaron sin hombres y con consecuencias desastrozas en el terreno psicológico.

Los quilombos eran núcleos de resistencia, reductos de esclavos que se escapaban de las fazendas en busca de libertad. Hace unas semanas estuve el barrio de Santa Teresa, en Río de Janeiro, y me enteré que en sus orígenes fue un quilombo, el primero del estado. Como está en un morro selvático era un buen lugar para esconderse y hacia allí corrían los valientes que lograban escapar de la esclavitud. Si el amo los llegaba a atrapar, les cortaba los tendones, las orejas. O los mataba.

 La palabra quilombo es de origen kimbundú, uno de los idiomas más hablado en Africa central antes de la colonia. Actualmente se habla en gran parte de Angola, incluyendo Luanda, la capital. La lengua portuguesa ha incorporado varias palabras kimbundús, como quilombo.

El Quilombo dos Palmares creció y se convirtió en el más grande del país. Ocupaba una zona de palmas, de ahí su nombre. Estaba formado por varias aldeas que habían conseguido eficaces métodos de defensa y una cierta prosperidad económica. Un 20 de noviembre de 1695 el negro Zumbí lideró una resistencia que terminó con su muerte y la destrucción del quilombo en 1710.

Brasil fue el último país de Occidente en abolir la esclavitud, el 13 de mayo de 1888, hace apenas 121 años.


El lujo de soñar la lluvia

Hay órdenes que no me molesta escuchar. “Te vas a un safari de lujo en Africa”, por ejemplo. Enseguida me imaginé durmiendo en lodges de pocas habitaciones y muchas estrellas, rodeada de millonarios excéntricos, que pagan mil euros por día (y veinte mil más si quieren matar un elefante) y empleados que se inclinan apenas uno pestañea.

Fantaseé con una selva cercana, con leones y leopardos y esos animales de zoológico o película de Disney. Decidí poner en la mochila una muda elegante para alguna cena de gala. Hasta llevé sandalias. Fui bien preparada… para otro viaje.

El primer hotel, en Windhoek, capital de Namibia, alcanzaba raspando las dos estrellas. El lujo empezará mañana, pensé. Al día siguiente, en vez del lujo vino un camión con mochileros europeos, bastante tierra y ventanas amplias. Tampoco llegaron los leopardos ni los leones, pero los escuché rugir, una noche de luna llena. Tan cerca que tuve que darme vuelta para ver si no estaban en el colchón de al lado.

Durante diez días, pasaron Namibia, Botswana y una esquina de Zimbawe por las ventanas amplias del camión. Chozas redondas y con techos de paja; jirafas, elefantes y avestruces; negros grandes y negros chicos, siempre flacos y con dientes blancos caminando a los lados de las rutas. En el interior de Africa casi no hay autos y la gente vive caminando.

Pasaron planicies inmensas y secas. No era un desierto de arena, pero aquellas tierras no conocen la lluvia. Pasó, también la angustia de Louis Motlaleselo, un chico de 24 años parecido a Samuel Jackson. Louis es de la tribu bayei del delta del Okavango. Un día me contó que debía comprar seis vacas para pagarle la dote a la familia de la mujer que amaba. “Seis vacas es mucho dinero. Quizás no las pueda comprar en toda la vida”, dijo y bajó la cabeza.

Pasaron baobabs, tours de jubilados que sí iban a lodges de muchas estrellas y pocas habitaciones, atardeceres sin brisa y un par de motoqueros solitarios. Pasaron tres mujeres con tres bidones vacíos sobre sus cabezas. Después de un rato volvieron a pasar con una mano en la cintura para equilibrar los cinco litros de agua que llevaban sobre sus cabezas. En Africa el agua es un deseo que a veces se cumple y otras no.

Y pasó la mirada humillada de Lovemore Sibindi, cuando me contó sobre la vez que no lo dejaron entrar a un restaurante de Sudáfrica porque era negro. Hace un año.
Durante diez noches –todas en carpa- hubo horas de insomnio, de risas y de comida de campamento. Hubo cuentos de fútbol, linternas sin pilas, historias de vidas europeas y africanas, dos mundos separados por un oceáno profundo. Nunca la geografía fue tan literal.
El calor no pasó nunca. Se instaló, como un pasajero aplicado. Ocupó un asiento en este safari sin cena de gala, pero con el lujo de soñar la lluvia.


Hasta que los ojos cambien de color

Não me deixe só, de Vanessa da Mata, del CD Vanessa da Mata (2002). Después de tocar hace unos días en Río de Janeiro, la artista dará un show en Fortaleza ,y para Reveillon, se presentará en Salvador.


Laurinda, Tarsila y el huevo cabeza abajo

Laurinda Santos Lobo fue una brasileña de mucho dinero, gran promotora de la cultura en Río de Janeiro desde 1920 hasta 1946, cuando murió.

Tenía un palacete en el barrio de Santa Teresa, donde celebraba veladas culturales con intelectuales, poetas y músicos de la época.

Una vez se encontró con Tarsila do Amaral frente a su cuadro El huevo. Entonces, le dijo a la genial pintora brasileña: “Quiero que usted me explique, me gusta entender y soy un queso en questiones de pintura moderna. Yo sólo entiendo aquello que es obvio. ¿Qué quiere decir ese palito, esa vivorita, el huevo cabeza abajo?”.

Tarsila le respondió: “Ah! Doña Laurinda… Primero, pinté el palito, pero el cuadro estaba muy vacío. Entonces, pinté la vivorita subiendo por el palo, pero el cuadro seguía vacío. Ahí pinté el huevo…”

“Pero ¿qué quiere decir?”, insistió Laurinda.

“Nada”, respondió la pintora.




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