La cerradura misteriosa

Era de noche, tarde, pero el romano insistió en ir. No podés dejar Roma sin verlo. Hablaba así, en porteño porque había vivido en Buenos Aires. Vino a estudiar y se fue, dice, cuando una argentina le rompió el corazón.

El centro de Trastevere no estaba lejos, pero todo parecía lejos a esa hora, cuando los turistas ya dormían y Roma olía a flor de azahar. Es que por acá está el Jardín de los naranjos, comentó mi guía, un amigo de una amiga, esa gente que uno no conoce y probablemente no vuelva a ver pero durante un viaje se transforma en mejor amigo.

A pesar del calor que había hecho durante el día, la noche estaba fresca. Caminábamos despacio hacia una puerta cerrada. Adónde me llevará, pensé al ver que esa puerta no tenía pinta de abrirse fácilmente. Al acercarnos, Stefano me contó que estábamos en el Monte Aventino, frente a la sede de la antigua Orden de Malta, formada por caballeros hospitalarios que atendían a los peregrinos que viajaban a Jerusalén.

Cuando estuvimos frente a la cerradura, me animó a espiar. Y se reía. Le hice caso, metí el ojo con desconfianza y me encontré con la cúpula iluminada de San Pedro. Se veía perfecta. Después supe que por esa cerradura se ven tres Estados: El Vaticano, Italia y Malta, que aquí es un Estado soberano sin territorio.

Cuando saqué el ojo, Stefano me miraba satisfecho. Sabía que era un anfitrión de lujo. Antes de irme, volví a mirar una vez más y otra. Traté de ver si no era una lámina o una proyección. Quería cerciorarme de que no era magia.

Al pensar en esa noche todavía siento el perfume intenso de los naranjos, que le da al recuerdo un tono onírico.


Verdadero mar

22 de mayo

El mar aquí es verdadero mar. Se eleva y cae con un gran estrépito; lo rodea una espiral sedosa y ronroneante; parece a veces trepar hacia la mitad del cielo y se ven entonces los veleros colgando de las nubes como querubines voladores.

¡Hola! Se acercan dos amantes. Ella tiene el talle fino y un sombrero como una salsera al revés; él un falso panamá, un protege sombreros, bastón, etc.; su brazo envolviéndola. Caminando entre el mar y el cielo. Su voz flota hasta mí: “Claro que tomar carne enlatada alguna vez no importa, pero una dieta constante de carne enlatada no puede sino producir…”

No me cabe duda de que el Señor los quiere y de que ellos y su semilla prosperarán y se multiplicarán por los siglos de los siglos…

Diario, Katherine Mansfield, Debolsillo


¿A Finlandia?

Además de ser periodista, Melanie Senestrari es melómana. Desde chica, su curiosidad por el mundo empezaba en el país de origen de su cantante favorito. Por ejemplo, el fanatismo por Gran Bretaña lo vinculaba con Queen y Robbie Williams. Y el de Finlandia con The Rasmus, la banda de rock gótico que la llevó a tener una colección de libros de Escandinavia, hacer un curso de finés online y viajar a Finlandia. En la columna que sigue cuenta por qué.

Mi fascinación por Finlandia empezó cuando cumplí once años y escuché The Rasmus, una banda de rock gótico considerada una de las más importantes de la historia musical del país. Me llamaba la atención que en cada entrevista que les hacían, los integrantes nombraban con mucho orgullo su origen y fue ahí cuando no dudé en investigar sobre Escandinavia hasta que formé mi propia colección de libros, revistas y folletos finlandeses.

Muchos sólo la conocen por ser la tierra natal de Santa Claus o porque allí se creó el sauna o porque saben que de ahí viene su teléfono Nokia. Pero hay mucho más para explorar en este país escandinavo, un tercio ubicado dentro del Círculo Polar Ártico.

Elegí Finlandia porque el clima y las estaciones no son parecidos a ningún otro lugar. En invierno el sol no sale durante 50 días y en verano brilla durante dos meses, celebrándose la llegada de esta etapa con una tradicional fiesta en la que los finlandeses, caracterizados por su simpatía y amabilidad, bailan y beben vodka sin límites.

No es un país frío y deshabitado como muchos suponen. Bueno, frío sí. Existen intensas heladas donde los lagos congelados, enormes rompehielos y montañas de nieve ocupan las ciudades, pero los veranos son templados, alcanzando máximas de 30 grados, y ahí es cuando los finlandeses disfrutan de un chapuzón en los lagos, aunque también lo hacen bajo cero luego de unos minutos en el sauna, gran tradición.

Finlandia es el país más lacustre del mundo: tiene 190 mil lagos y un 70 por ciento de bosques repletos de abedules y osos. ¿En qué otro lugar podría dar un paseo en trineo con renos, considerados un medio de vida? Como el esquí, utilizado como medio de transporte, además de ser uno de los deportes más comunes.

Antes de viajar conocí la aurora boreal a través de las composiciones de The Rasmus. Es un fenómeno natural que se observa con claridad sólo en el hemisferio norte, y Finlandia es el país más visitado para poder apreciar ese show de luces de colores y rayos solares en elcielo nocturno. Existen iglúes climatizados y con ventanales para poder contemplar esto, pero alquilarlos es muy costoso.

Elegí Finlandia porque, a pesar de ser un Estado con una modernidad avanzada, carece de rascacielos y predominan las estructuras antiguas, como la Catedral de Helsinki y la Catedral ortodoxa Uspenski, la más grande de Europa Occidental, caracterizada por su estilo ruso bizantino, con más de diez cúpulas doradas y ladrillos rojos en el exterior.

“¿Se sale de noche en Finlandia?”, me preguntaron también. Sí, claro que hay vida nocturna. Los pubs se llenan de finlandeses y turistas fanáticos del vodka y la cerveza y, curiosamente, el tango y folclore es uno de sus géneros favoritos a la hora de bailar. Por supuesto, además del rock y heavy metal.

Suomi –así se dice en finés-, único por ser el país más democrático y menos corrupto, por tener la palabra más larga del mundo (lentokonesuihku-turbiinimoottoriapumekaanikkoaliupseerioppilas, que significa una graduación en las fuerzas aéreas finlandesas) y por festejar el día del dormilón el 27 de julio (cuando la última persona de la familia en despertar es lanzada al río).

En mi viaje no vi a The Rasmus en vivo, pero entendí por qué su país está tan presente en su música.


A propósito de los 33

Hace unos días se festejó el segundo aniversario del rescate de los 33. Con monumento en la boca de la Mina San José -una cruz de 5 metros de altura en honor a la Virgen de la Candelaria-, distinción a los geólogos que participaron de la hazaña, presidente y todo el cuento.

Mientras tanto, y cuando las cámaras se apagan, dicen las noticias que esos hombres que estuvieron dos meses bajo tierra, andan más o menos. Varios siguen tratamientos psicológicos, medicación incluida, y se acercan al islamismo; uno buscó contención emocional en un grupo de tendencia sufi; el imitador de Elvis estuvo internado en una clínica de rehabilitación; otros volvieron a trabajar en minas.

Mario Sepúlveda vino hace poco a la Argentina, lo escuché una mañana en la radio. Viaja por el mundo dando charlas sobre su experiencia. Como Páez Vilaró, con quien me encontré hace un par de años en el aeropuerto del DF. Tenía menos de 20 años cuando el avión en el que viajaba se cayó en la cordillera de los Andes; hoy, con más de 50 pasa buena parte de su vida en los aviones. Viaja para dar conferencias motivacionales a empleados de grandes empresas.

Con los homenajes a los mineros me acordé que el año pasado estuve en Copiapó, una de las ciudades cabecera del desierto de Atacama. Desde donde se accede a muchas minas, entre ellas la San José.

Pregunté si había un tour de los mineros o algo así, pero no. Por lo menos nada formal. Ahora me entero que varios de los 33 firmarán contrato con una empresa que fabricará merchandising -tazas, camisetas, medallas- para el turismo. Y que noviembre comenzará el rodaje de una película sobre el episodio. Seguramente después de eso habrá tour.

Mientras tanto, hay cápsula. Está en el Museo Regional de Atacama, a pocas cuadras de la plaza llena de molles retorcidos y añosos. Fui a verla, claro, igual que todos los turistas que llegan a Copiapó. En la oficina de turismo ahora se pregunta menos por el Dakar y más por la cápsula.

Después del rescate se exhibió durante un tiempo en la Plaza de la Constitución de Santiago, en otras ciudades del país, y también en Tecnópolis, Argentina. Cuando volvió, casi se queda en Santiago pero el gobierno de Copiapó la peleó y hoy está allá.

La Fénix 2 está en el patio de la antigua casona donde funciona el museo, que según me contó la secretaria del director ahora recibe muchísimos más visitantes. No se quedan demasiado, eso sí. El tiempo que les lleva sacarse una con la cápsula y ver la esquela de los 33, que como señaló la secretaria “por supuesto que no es la original. Ésa esta bajo llave”.

La cápsula me pareció mínima. Tiene 54 cm de diámetro, fue diseñada por la Armada de Chile y ya se había usado en rescates anteriores. La celda por donde cada minero subió los 720 metros hasta la superficie no es mucho más grande que la de un pájaro que la pasa más o menos bien. Adentro están los arneses que usaban para atarse, oxígeno y los parlantes por donde se comunicaban con los rescatistas.

Salí del museo y de camino al centro paré a comprar nueces, orejones que en el desierto se dan tan bien. Antes de llegar a la plaza pasé por la oficina de turismo y estaba llena. Me imaginé que todas las consultas estarían relacionadas con la Fénix 2. Si a Copiapó le faltaba un hit turístico, con la cápsula ese punto esta solucionado.


Desde de tierra adentro

Me gusta la historia de Tomás Astelarra porque me gustan las historias de la gente que un día decide cambiar de vida.

Y cambia.

Economista de la Di Tella, máster de Periodismo en Bilbao. Más o menos ahí, su educación formal se interrumpe y comienza otra educación, la de los caminos.

Cuando volvió de Bilbao se fue con tres amigos en una Trafic al Sur y de ahí a La Paz. Tocaban música en los bares para seguir viajando. La banda tenía nombres distintos en cada ciudad. Parece que cuando llegaron a Ushuaia el pan era tan caro que esa noche se llamaron Zarpado el pan.

Vivió en La Paz, donde fundó la Domingo Quispe Ensamble de música callejera; y en Ibagué, Colombia, para entender -y escribir- sobre la realidad de los desplazados en el país de las Farc.

Viajó varios años hasta que un día paró. Probablemente la escritura tenga bastante que ver. Ya publicó un libro sobre sus andanzas y algunos de aforismos. Los edita en forma independiente y los vende él mismo en la zona del Abasto; quizás se lo cruzaron.

Uno días atrás fui a la presentación del último, Por los caminos del Che, en el que además de escribir compila las crónicas que aparecen. Son 17 historias de América latina.

Los autores, periodistas y viajeros que tomaron los caminos menos transitados. En las páginas de este libro nada de comodidades ni buenos hoteles. Aquí uno se zarandea con los pozos de las rutas del interior de Bolivia, llega hasta el pueblito donde se teje el ñandutí, en Paraguay; se estremece con los fantasmas de Humberstone, en el desierto de Atacama, en Chile; pasa y no pasa por las fronteras ecuatorianas, se asoma a La Rioja, Cali y más. El libro, editado por Continente y la revista Sudestada, ya se consigue en librerías. Y también se le puede comprar a él por tastelarra@gmail.com

Por ahora Tomás Astelarra vive en Buenos Aires, pero después de charlar un rato con él me quedó claro que mañana puede estar en Perú, Colombia y, sobre todo, en Bolivia. El viaje como forma de vida: una interpretación.




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