En el río piel de león

Cada vez que navegue por el Río de la Plata me va a resonar esta historia que me contó Michel N., buzo táctico y bombero entre otras ocupaciones de riesgo.

Resulta que un día, haciendo un trabajo de buceo en la dársena de inflamables en el Puerto de Buenos Aires, me tocó efectuar la inmersión de la mañana. La misión era a 12 metros de profundidad , tenía que ingresar a tientas unos diez metros en en una cañería de unos 60 cm de diámetro
Al llegar al final de esa tubería me llamaron por el intercomunicador y escuché el mensaje: “¡Ya superficie, ya superficie!”
Evidentemente, las cosas arriba no estaban bien. Rápidamente aborté la maniobra e inicié el escape para después subir. Pero no fue tan sencillo como la teoría indicaba; había tanto verdín en la superficie del tubo que no podía salir con velocidad… se patinaban los dedos.
Al llegar a la boca de salida no pude subir: el peso de los lastres y equipo me mandaron al fondo. De 12 a 14 metros. Como vio que no llegaba el jefe me ordenó: “Al fondo y sin moverse: un buque entró a dique sin aviso”. Estamos hablando de un buque propanero de 200 metros de eslora que al ingresar a los diques del puerto, es tanta el agua de desplazan que el río sube temporariamente unos metros.
Recuerdo que sentí la diferencia de presión y también que me acoste en el fondo del río tratando de cubrirme de limo así la succión de las hélices no me llevaba. Me quedé más que quieto, aguantando la respiración, atento
. Cuando me dieron la señal subí a la superficie.


Caral, ciudad sagrada

Pasó el mediodía hace un rato, pero el calor todavía es intenso. Tendríamos que haber traído un paraguas a manera de sombrilla, como hizo Mario Vargas Llosa cuando recorrió por primera vez las ruinas, después de haber ganado el Nóbel.

Unos 180 kilómetros al norte de Lima, Caral es la ciudad sagrada más antigua de América, Patrimonio de la Humanidad desde 2009.

Por un camino de tierra seca, casi blanca, casi polvo, avanzo hacia las ruinas de la ciudad edificada por los caralinos, 4400 años antes de que existieran los incas. Caral ocupa un área de 66 hectáreas en el Valle del Supe. En esta zona hay otros asentamientos, algunos explorados, como el Áspero y Vichama, y otros por explorar.

Si bien Caral fue nombrada por arqueólogos como Paul Kosok y Carlos Williams mucho tiempo antes, sólo en 1997 la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, que estudia esta zona hace casi veinte años, probó la antigüedad de Caral, comparable a la de las primeras civilizaciones del mundo: Egipto, China, India y Mesopotamia. En ese momento, la cultura Chavín, de los Andes centrales, dejó de ser considerada la más antigua de Perú.
En las ruinas de Caral, como en muchas, es necesario aplicar la imaginación para lograr ver lo que ya no está: una ciudad organizada, con pirámides altas, rituales sagrados y más de tres mil habitantes en acción.

Igor Vela, arqueólogo que trabaja en Caral, me cuenta las herramientas que usan acá: pinceles, badilejo, brochas, carretillas, cucharas, cucharillas, latas. “Lo primero que hacemos es imaginarnos una cebolla”, dice. A través de las mediciones y posteriores excavaciones desvelan las capas que les permiten comprender la distribución espacial de la arquitectura, documentarla y recuperar material, como cuencos de mate, figurines de arcilla sin cocer, instrumentos musicales, restos alimenticios, como hojas de achira, vértebras de anchoveta (pez de la familia de la anchoa), choros y machas; y también restos óseos. Nada de cerámica, esta civilización vivió durante el período precerámico.

Se cree que Caral fue una ciudad-estado, con un sistema social organizado y jerarquizado, y una compleja administración. Los caralinos no fueron guerreros, sí observadores del cielo y los astros, conocedores de arquitectura, ingeniera y música. La mujer ocupaba un rol destacado en la vida social.

Después del Templo del Anfiteatro, donde se encontraron 32 flautas traversas talladas con huesos de pelícano; siguen varios edificios, altares, conjuntos habitacionales, grandes plazas y el sitio de los fogones para uso ceremonial. Allí quemaban achupalla (cardo), textiles y moluscos que traían del Pacífico a la vuelta de las ferias de intercambio. Se cree que Caral era el centro de una red de intercambio que incluía costa, Andes y selva. En sus tierras, regadas por el río Supe, cultivaron algodón, frijoles, zapallo y camote.

A lo largo de los siglos, hubo varios sismos, vientos muy fuertes y huaycos (aluviones) que afectaron el lugar. Sin embargo, los restos de la ciudad siguen en pie. En el recorrido se ven siete pirámides, una de las cuales tiene casi 30 metros de altura. Para la construcción se utilizaban piedras de canteras cercanas unidas con barro.

Antes de irme de Caral conocí a Aldemar Crispín, el arqueólogo jefe. Estaba emocionado, inquieto, sudado. Después de unos minutos, cuando se relajó, habló. Acababa de desenterrar 93 cuentas de concha Spondylus, una ostra marina de color coral. Las encontró adentro de un mate. Las excavaciones en Caral comenzaron en 1996 y continúan hasta hoy, un día de suerte para Aldemar. En realidad, el hallazgo comenzó la semana pasada pero hoy terminó de retirar la “arquitectura” que había arriba, lo limpió “todititito” y pudo ver y tocar las cuentas. Lo vi alejarse a su residencia. Estaba iluminado por la luz ámbar de la tarde y seguramente también por la satisfacción interior.


Camas de viaje (III)

El verde es mi color preferido, así que en este cuarto de Cracovia me sentí muy a gusto. En las paredes había posters de palmeras y edificios art deco de Miami; era luminoso y gracias al wifi en las noches encontraba los correos que por esos días tanto esperaba. Al lugar lo descubrí de casualidad. Queda afuera de la muralla, en la ciudad nueva. Disfruté cada día de ese trayecto, donde se pasaba desde la Edad Media hasta hoy en apenas unos minutos. Indalo Rooms.

Ay. Cómo me molesta el recuerdo de esta habitación con olor a cenicero. Era en Copiapó, norte de Chile, tierra de mineros donde los hoteles son malos y cuestan carísimos. El lugar estaba casi vacío porque era 18 de septiembre, fiesta patria, y lógicamente la gente se va a la playa. Tanto que esa noche Copiapó era una ciudad fantasma; hasta fue difícil conseguir algo para comer. Volví temprano al cuarto, me acostumbré al olor a pucho y leí un rato largo del libro que está en la mesita de luz: Memorias del desierto, de Ariel Dorfman. Hostería Las Pircas.

Casablanca, este hotel con nombre de película queda en Victoria, Entre Ríos. Llegué con una amiga que tenía otra amiga que trabaja en cine y casualmente había filmado una película ahí. Lo más lindo fue esa luz de la mañana que entró por el ventanal. Y el parque, con piscina, palmeras y plantas tropicales. Hotel Casablanca.

Qué noche. Las almohadas en el piso son un testimonio de la furia. Nada de amor, qué va. Noche de Puna, de soroche. Este muy buen hostal de La Paz no tuvo nada que ver con mi decisión de salir a caminar ni bien llegué a la ciudad, después de aterrizar en el aeropuerto del Alto, a 4000 metros sobre el nivel del mar. Las soroche pills pueden ayudar y mascar coca también, pero una vez que te toma la cabeza solo dan ganas de arrancársela. El personal del hostal fue tan gentil. Hostal Naira.

No dormí en este cuarto de Berlín, aunque me hubiera encantado. Cada habitación es distinta y todas están intervenidas por artistas. Arte Luise Kunst Hotel.


El cardo ruso

Una vez viajé por La Pampa durante una noche de tormenta. Rutas interiores, de ripio, donde todo es campo y cualquier ciudad queda lejos. Llovía fuerte y caían rayos en medio de los trigales. Daba susto el paisaje, la negrura, los pensamientos.

Así estaban las cosas cuando, de repente, una enorme bola de yuyos irrumpió en la escenografía de David Lynch y se quedó quieta frente a la camioneta. No tenía ojos, pero parecía que nos estaba viendo. Vino rodando, la trajo el viento del medio del campo.

Me explicaron que era un cardo ruso –Salsola kali– también llamado yuyo volador. Es una maleza que crece pequeña pero el viento le suelta las raíces y la arrastra y se va uniendo con otras y crece. Como una bola de nieve en una avalancha. El cardo ruso puede medir más de un metro de alto. A veces se choca con los alambrados como en el caso de la foto de arriba. Otras veces los salta y viaja por los campos de La Pampa.

Para los campesinos de la zona que es una maleza pésima y muy difícil de combatir porque tiene alto poder germinativo y se propaga con facilidad.

Después de la frenada y la sorpresa hubo que parar y bajarse a correrlo. Ojo: el cardo ruso tiene espinas, por eso lo mejor es apartarlo del camino con los pies y no con las manos. Aquella noche le pegué una patada con fuerza. Era enorme y liviano como debe ser una montaña de plumas. Y sí, como viene pasando desde que tengamos memoria, esa vez la tormenta también paró. La mañana siguiente fue radiante y continuó el viaje por el campo pampeano, sin ombúes y lleno de cardos rusos.


Bellavista, barrio de artistas

Bellavista, Santiago de Chile. El barrio tiene dos límites naturales: el río y el cerro San Cristóbal. Del otro lado del Mapocho baja el promedio de edad -hay por lo menos tres universidades- y también baja el ritmo. La gente parece más tranquila en Bellavista, como de provincia. Y circula una brisa bohemia. Será el espíritu de Pablo Neruda que pasó largas temporadas en La Chascona, una de sus casas, vecina del barrio desde los años 50, cuando el poeta y Premio Nobel de Literatura la construyó para Matilde Urrutia, primero su amante y luego su esposa. Como Isla Negra y La Sebastiana, esta casa de Neruda también se puede visitar y está llena desniveles, recovecos fantásticos y objetos con nostalgia del mar.

Hoy, como hace sesenta años, Bellavista es un barrio de artistas. Pero antes, hace mucho, quedaba lejos del centro de Santiago. Estaba en las afueras y era un lugar marginal, la chimba, que en quechua significa “en la otra orilla”. En el siglo XIX, la construcción del puente Cal y Canto lo acercó y las familias de la aristocracia hicieron palacetes y casas de campo para descansar en un entorno natural. Porque en Bellavista, el cerro San Cristóbal está ahí nomás.

Después del Golpe del 73, el barrio, como el país, pasó años negros. La Chascona fue atacada y la bohemia, silenciada. Con la vuelta de la democracia, el Bellavista renació. Poco a poco se instalaron teatros (hay más de diez), centros culturales (El Mori, de Benjamín Vicuña y Gonzalo Valenzuela es el más famoso), tiendas de autor (Vaga, Bautista Santiago), restaurantes (en Ciudad Vieja, 22 variedades de sándwiches gourmet), galerías de arte (Cian, Bomb, La Galería), negocios para comprar lapislázuli, la piedra nacional chilena, el Patio Bellavista, un centro comercial al aire libre con restaurantes y tiendas de souvenirs (por las noches, Le Fournil, con jazz en vivo), y hoteles boutique. Bellavista también es barrio para el carrete, como le llaman los chilenos a la diversión nocturna. Hay muchos bares, muchísimos, pero hay que pasar por el Constitución.

La calle Constitución lleva al San Cristóbal. Se puede subir en teleférico o en un funicular como los de Valparaíso. Si escucha un grito, seguro que es algún mono. El Zoo de Santiago está ahí. Desde arriba, si no hay smog, excelentes vistas de la ciudad. En general, vienen días claros como el de la foto después de una buena lluvia.


En marcha

El otro día me contó una amiga que su papá camina de Belgrano a Once dos veces por semana. No tiene que hacer ninguna diligencia. Camina por caminar.

También suelo caminar sin motivo. En lugar de ir en metro o en auto o en ómnibus camino cuarenta, sesenta y más cuadras también. Quizás para hacer ejercicio y también porque me hace bien comprobar que mis piernas son capaces de llevarme. Para estar en marcha.

Trato de andar con la espalda erguida, pero más de una vez me pesco medio inclinada, en una postura parecida a la de El hombre que marcha, la escultura de Alberto Giacometti.

La postura tiene algo de reflexiva; de abatimiento y al mismo tiempo de perseverancia en el paso, en la actitud del cuerpo hacia adelante, la mirada en el horizonte. Leo por ahí que Giacometti vio en su obra el “equilibrio natural de la caminata” como un símbolo de la “propia fuerza vital del hombre”. No sabemos de dónde viene ni adónde va, solo que está en marcha hacia el futuro.

Vi la obra en la Fundación Proa. Hay dos versiones, ambas de bronce: una es un poco más grande que un fosforo, y otra a escala humana (1,83 m). La más grande, una de sus esculturas más famosas, tuvo varias fundiciones. Hace un par de años se vendió una  en Sothebys de Londres a 65 millones de libras. Comprador anónimo, por teléfono.

Giacometti en Proa, una retrospectiva imperdible. Hay tiempo hasta el 9 de enero y se puede llegar caminando.


El Delta, Butler y un cumpleaños

Me invitaron a un cumpleaños en el Delta. Lejos, en una isla a más de una hora en lancha de Tigre. A pesar de los mosquitos de patas largas, me gusta mucho el Delta. Lo veo lleno de nostalgia de Conti, de letanía de sauce llorón y muelles despintados. Casas altas, quietud de siesta, ceibos y río piel de león. Destellos de otra época, azaleas dobles y Butler. Desde que conocí la pintura de Horacio Butler, el Delta también me recuerda a él.

El Delta es una D gigante, verde y llena de islas, arroyos, canales y ríos que drenan la cuenca del Paraná, después de la del Amazonas, la segunda más importante de América del Sur. Al caminar por las islas uno tiene la sensación de hacer pie sobre tierra en movimiento. Y también de estar en un lugar medio secreto.

Escribió Borges: “Ninguna otra ciudad, que yo sepa, linda con un secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil“.

Hace tiempo que está de moda alquilarse una casa en el Delta para los fines de semana. Algunos, los más extremos se mudan y usan lancha y compran en el almacén flotante y cambian de vida. Pero son los menos.

Horacio Butler, el pintor de los cuadros de este post, era un entusiasta del Delta. Después de una gira por Europa se alquiló una casa-taller sobre el río Carapachay. Corría 1934.

Una vez, una periodista le preguntó por qué el Delta, por qué ese tema, y él le respondió: “Explicar el porqué de los temas resulta tan difícil como aclarar por qué nos enamoramos de una persona y no de otra”.

Como en esta pintura expresionista, el Delta también puede ser salvaje. Una tarde de tormenta, una noche de viento y marea alta. Hace algunos años hice un recorrido largo para escribir una nota. Era un día destemplado y frío. Recuerdo que estuve en la casa de un poblador en la Segunda Sección de Islas, un hombre ermitaño que apenas había pisado la ciudad. Se llamaba Segundo y cada tanto me aparece su imagen extendiendo la mando para despedirse mientras mi lancha se alejaba. De lejos se veía como un náufrago que había decidido quedarse en la isla desierta. Será porque esa geografía tiene algo de madre protectora.

Sí, que Ng me perdone, creo que partiré un rato antes del cumpleaños. Me dieron ganas de pasar por el MAT a saludar a Butler.


Acordeón, guitarras y amor del Litoral

Además de tereré -mate helado- tierra roja y calor, el litoral es chamamé. Así se llama este género musical del folclore argentino. Y se baila, sí, claro. Y miren cómo.
Este video fue grabado en Coronel Du Graty, un pueblo del Chaco. Y el pedazo de tierra donde bailan era la Pista Colón, un antiguo salón de los años 60, hoy abandonado.

El tema Tus Recuerdos es un clásico de Ernesto Montiel y Julio Montes, y aquí lo interpreta la cantante correntina de hermosa voz, Gicela Méndez Ribeiro.

Marcel Czombos, pareja de la cantante, dirigió el video, y juntos filmaron la serie documental de 11 capítulos “El chamamé y sus mujeres”, que se estrenó recientemente.


Tips infalibles para pasear con niños

María Eugenia Ludueña es periodista, madre, viajera, y en este libro -que se suma a las Guías del Club de la Upa– comparte sus experiencias en el camino y da información práctica y útil.

Cuando estaba embarazada se preguntó si con el bebé viajaría tanto como cuando eran solo ella y el marido. La respuesta la encontró en Machu Picchu con una panza de cinco meses.

Desde que Ian se sumó a los viajes hubo cambios -más planificación, confort, tiempos- pero no dejaron de moverse. Fueron a la Puna y al Sur; a Brasil en auto, las cataratas, las playas uruguayas y más.

La planificación -hacer el viaje a medida de la familia y de las demandas de cada edad-,  los preparativos, consejos de seguridad -electricidad, balcones y ventanas, cuidados a orillas del mar-, traslados en el destino, qué hacer ante una demora o imprevisto, cómo vestirse para viajar, los mejores juguetes para llevar en el viaje, cómo preparar una valija inteligente y 5 tips para hacer el bolso de mano, el libro es una herramienta útil y también incluye columnas con experiencias, consejos y anécdotas de viaje. Imperdible.

Ya está en las librerías y cuesta $65.


Islas Caimán: el Caribe británico

El mar está a dos metros de donde aterrizó el helicóptero. Turquesa y calmo. Las aspas del vuelo anterior todavía giran y no se escucha nada. Entiendo que en unos minutos vamos a sobrevolar los hits de Gran Caimán, la mayor de las tres islas de este país caribeño.

A pesar del adjetivo, Gran Caimán mide apenas 35 kilómetros de largo por 12 en la parte más ancha. La más angosta es la que sobrevolamos ahora, Seven Mile Beach, una franja de casi nueve kilómetros de arena clara. Ahí están los hoteles, las mejores playas y, muy cerca, el centro.

En este número de la Revista Lugares escribí -y saqué fotos- sobre las Islas Caimán, exclusivo destino de playas a una hora de Miami, con excelente gastronomía, un jardín botánico de donde será difícil irse y la posibilidad de interactuar con tortugas marinas, iguanas azules, rayas y delfines.

En esta edición, también, notas de la Polinesia, Punta del Este y Caraíva, una aldea al sur de Bahía, con calles de arena y un ritmo pausado. Un lugar para no llevar tacos altos ni notebook. Y una guía de hoteles de la costa argentina, uruguaya y de Florianópolis.




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