El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Selva

Ayer me contó una amiga que uno de los nombres posibles para su hija que está por nacer es Selva. Lo escuché y me dieron ganas de volver al Amazonas.


Conquista de lo inútil

Con la descabellada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y sacude y tironea al venado caído de modo que el cazador abandona la tarea de calmarlo, se prendió de mí una visión, la imagen de un gran barco de vapor sobre una montaña: el barco bajo el vapor serpenteando hacia arriba por su propia fuerza una pendiente pronunciada en la jungla, y encima una naturaleza que aniquila por igual a los quejosos y a los fuertes, la voz de Caruso que hace enmudecer todo dolor y todo grito de los animales de la selva y que extingue el canto de los pájaros. Mejor: los gritos de los pájaros, porque en este paisaje, inacabado y abandonado por Dios en un rapto de ira, los pájaros no cantan; gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean el uno contra el otro con sus garras como gigantes, de horizonte a horizonte, en el vapor de una creación que aquí no fue acabada. Jadeantes de niebla y agotados se yerguen en este mundo irreal en una miseria irreal, y yo, como en una stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, me encuentro allí profundamente asustado.

Prólogo escrito por Werner Herzog para el libro, Conquista de lo inútil, su diario de filmación de Fitzcarraldo.


En el camino

Querido Marlon:

Estoy rezando por que compres On The Road y hagas una película con el libro. No te preocupes por la estructura, sé cómo reordenar y comprimir la trama un poco para darle una estructura cinematográfica perfectamente aceptable: convertirla en un viaje largo, con todo incluido; en vez de los cortos viajes costa a costa del libro, un recorrido circular de Nueva York a Denver, de Frisco a México, de New Orleáns a Nueva York otra vez. Visualizo las hermosas tomas que podrían hacerse con la cámara en el asiento de adelante del auto, mostrando la ruta (noche y día) que se desenreda frente al parabrisas, mientras Dean y Sal parlotean. Quiero que hagas el papel de Dean porque, como sabés, no es un pistero tonto sino un irlandés muy inteligente (de hecho, jesuita). Vos serás Dean y yo seré Sal (Warner Bros. mencionó que yo podría ser Sal), y yo te mostraré cómo actúa Dean en la vida real, no podrías imaginártelo sin una imitación. De hecho, podemos ir a visitarlo a Frisco o pedirle que nos venga a ver a Los Angeles, todavía es un tipo frenético pero está más asentado con su última esposa y los chicos, rezando antes de ir a la cama…, como verás cuando leas Beat Generation.

Lo único que quiero con todo esto es juntar un dinero para mantenernos a mí y a mi madre para toda la vida, y así poder irme de viaje alrededor del mundo y escribir sobre Japón, India, Francia, etcétera… Quiero ser libre para escribir lo que se me venga a la cabeza, libre para alimentar a mis amigos cuando tengan hambre y no quiero tener que preocuparme por mi madre.

Incidentalmente mi nueva novela es Los subterráneos, sale en Nueva York en marzo y es una historia de amor entre un chico blanco y una chica de color. A algunos de los personajes que aparecen los conocés del Village (Stanley Gould, etc.). Se podría transformar con facilidad en una obra de teatro, mucho más que En el camino.

Lo que quiero es rehacer el teatro y el cine en Estados Unidos, darle un golpe de espontaneidad, remover los preconceptos de “situación” y dejar que la gente se explaye y divague, como lo hace en la vida real. Así es la obra: no tiene una trama particular, no tiene un significado en particular, sencillamente es como es la gente. Todo lo que escribo lo hago bajo el espíritu de imaginarme como un ángel que retornó a la Tierra y la mira como es, con ojos tristes. Sé que aprobás estas ideas e incidentalmente el nuevo show de Frank Sinatra está basado en la “espontaneidad”, que es la única manera de ser, sea en el show business o en la vida. Las películas francesas de los años ’30 todavía son superiores a las nuestras porque los franceses dejan que los actores sean libres y los guionistas no eran quisquillosos con una noción preconcebida de cuán inteligente es el público, hablaban de alma a alma y todo el mundo entendía todo de inmediato. Quiero hacer grandes películas francesas en Estados Unidos, finalmente, cuando sea rico. El cine y el teatro norteamericanos son dinosaurios que no mutaron con lo mejor de la literatura de Estados Unidos.

Si querés ponerte al frente de esto, podemos arreglar para encontrarnos en Nueva York cuando vayas para allá, o si vas a Florida allí estaré. Pero lo que tenemos que hacer es reunirnos para hablar sobre esto, porque anticipo que será el comienzo de algo realmente grandioso. Estoy aburrido por estos días y busco algo que hacer con este vacío –escribir novelas se volvió muy fácil, lo mismo las obras de teatro, las escribo en 24 horas–.

Vamos Marlon, ¡ponete los pantalones y escribime!

Hasta pronto

Jack Kerouac

Esta carta  de 1957 que Jack Kerouak le envió a Marlon Brando pidiéndole que comprara los derechos de En el camino fue hallada por un especialista en memorabilia en 2005 y se vendió en Christie’s hace unas semanas. Brando, finalmente, declinó la oferta. Después de muchos años de intentos fallidos (el caso más notorio fue el de Coppola), la semana pasada finalmente se estrenó en Cannes la primera versión cinematográfica (con Coppola como productor) de la novela beat fundacional, dirigida por el brasileño Walter Salles (quien ya había filmado otro viaje rutero: el del Che Guevara en Diarios de motocicleta) y con Garret Hedlund, Sam Riley, Kirsten Stewart y Viggo Mortensen. A fin de año se estrenará en Argentina.

(Este artículo se publicó el domingo 27 de mayo en Radar)


La oscuridad de África

Ils ont partagé Africa, sans nous consulter, sans nous aviser  (Se repartieron  África sin consultarnos, sin avisarnos). Tiken Jah Fakoli.

El mal del sueño (tripanosomiasis humana africana) es una enfermedad transmitida por la picadura de la mosca africana tsé tsé. Inflama el cerebro y entre otros síntomas da mucho, muchísimo sueño. Si no se trata puede ser fatal. Se registra en el África subsahariana o África negra: República Democrática de Congo, Sudán del Sur, Angola y donde transcurre esta película: Camerún.

La enfermedad le sirve de excusa al director Ulrich Köhler para meterse en lo que quedó de África. Adentrarse en un continente que visto desde afuera parece herido de muerte.

En esta película hay una selva densa sin turistas vestidos con pantalones y sombreros de explorador. No es el África de lodges cinco estrellas arriba de un baobab ni la de los safaris donde el que ve a los Big Five se gana un aplauso.

A través de las contradicciones internas de un médico alemán que administra un plan de erradicación del mal del sueño en una aldea donde esta enfermedad ya no representa una amenaza, queda claro lo inútil que puede ser a veces la ayuda humanitaria.

Pero sobre todo, El mal del sueño muestra la voracidad africana que se devora al europeo, sea blanco o negro. La naturaleza salvaje toma una dimensión más que inquietante, monstruosa, imposible de dominar.

El otro día en una reunión mencioné tres países del este africano (Eritrea, Djibuti y Etiopía) y me miraron como si supiera algo. ¡Tres! De los 54 que existen en el continente. Qué poco se sabe de África. Salí del cine con ganas de releer Ébano.

En la película hay oscuridad, metafórica y literal. Estuve dos veces en Zimbawe; la segunda, a fines de 2005 el país atravesaba un caos político y había constantes cortes de luz. Acampé en Vic Falls, donde están las famosas cataratas. Comprar, comer o ir al baño, todo sin luz eléctrica. Y la noche se parecía a una cueva oscura. Dakar tampoco tiene demasiada luz por la noche y después de cierta hora, Adis Abeba es como Blindekuh, el restaurante donde comí a oscuras.

Días antes de ver la peli, me contaron de la nueva guerra de África, que se suma guerras tribales, el hambre y las epidemias. Una guerra más o menos silenciosa por el tantalio, un metal duro (se extrae del coltán) que se usa en medicina (implantes, marcapasos, prótesis) y para capacitores de baterías de celulares, netbooks. También, en la industria aeroespacial. Lo llaman el oro azul porque es carísismo y existen grupos armados que esclavizan a aldeas enteras para extraerlo.

Me acuerdo de esto porque la reserva más grande del mundo de tantalio está en la República Democrática de Congo, donde también existe el mal del sueño. Y porque pensé en la pesadilla que vive África desde hace varios siglos. África, donde empezó todo. Donde empezamos todos.


Santiago trendy: Lastarria

Durante los días que estuve en Santiago de Chile para escribir la nota que sale este mes en la revista Lugares me llamaron la atención la agenda cultural, las tiendas de diseño, un cierto impulso creativo y los nuevos museos y centros culturales. El Centro Cultural Gabriela Mistral, conocido como GAM, en Lastarria, es el más impactante.

Inaugurado el año pasado, el GAM –mole reciclada, de acero y vidrio– se construyó durante el gobierno de Salvador Allende con el nombre de la poetisa. Durante la dictadura se cambiaron el nombre y el destino: se llamó Edificio Diego Portales y fue un espacio donde la Junta de Gobierno tomaba decisiones. En el año 2006 se incendió y durante el gobierno de Bachelet comenzó la recuperación que terminó hace menos de un año. Además de muestras, talleres, cursos, wifi gratis, un patio amplio, un bar y la librería Lea +, con material sobre Chile, en el GAM hay diez salas de conciertos danza, música, artes visuales y teatro, donde suelen darse obras destacadas, con elenco de primera línea.

Atrás del GAM se despliega Lastarria a pleno, un barrio que enseguida se junta con Bellas Artes, toda la zona que rodea al museo. Cafecitos (es el sector con más cafeterías de Santiago), restaurantes recomendados,  tiendas de diseñadores, feria de antigüedades y libros usados en la calle Lastarria, El Emporio de la Rosa, una heladería donde para muchos se encuentran las mejores cremas de Santiago, el excelente MAVI (Museo de Artes Visuales), tiendas de ropa vintage, teatros, galerías de arte y dos espacios verdes: el Parque Forestal, algo así como el Central Park chileno, y el Cerro Santa Lucía, con un mirador en la cima. Es una zona que recuerda en espíritu a las primeras épocas de Palermo. Y algo que no es fácil de encontrar en Santiago: es una zona peatonal.

Lastarria, que debe su nombre al escritor y pensador José Victorino Lastarria, fue un barrio acomodado a principios de siglo pasado, donde vivió Pedro A. Cerda, presidente entre 1938 y 1941, el arquitecto Nemesio Antúnez y el pintor Camilo Mori. Todavía quedan casonas de estilo, proyectadas por reconocidos arquitectos. Algunas se convirtieron en tiendas, otras en hoteles y otras tienen destino reservado. A propósito de hoteles, hace un mes se inauguró el Lastarria Boutique Hotel y el año próximo llega The Singular, uno que ya da que hablar. Y un hostel premiado: Andes Hostel.
Lastarria es un barrio de novedades y nostalgia. Una muestra: el Biógrafo, un cine arte inaugurado en los 80 donde la programación tiene una condición: que sea cine independiente. Por la noche, buena música, comida y tragos en el Ópera Catedral.


El cine de Nanni Moretti

El cine de Nanni Moretti queda en Trastevere, en la parte menos turística del barrio romano, atrás de los bares y del ruido.

Se llama Cinema Nuovo Sacher. La primera parte del nombre es un homenaje al antiguo Cinema Teatro Nuovo, inaugurado en ese lugar en 1922. La arquitectura fascista está intacta. La segunda parte del nombre es un homenaje a la torta Sacher, que tanto le gusta al director, y que da nombre también a su productora.

El cine de Nanni Moretti es un cine arte. Tiene una sola sala amplia, un café y un pequeño negocio donde se venden sus películas y algunos libros. Desde el 15 de abril, día del estreno, está en cartel Habemus Papam, su última película que cuenta la historia de un papa inseguro. Un papa que no se siente preparado para la misión que le toca. Entonces, después de descartar enfermedades físicas, los cardenales y obispos deciden que debe ir al psicólogo. Ahí es cuando Moretti se mete en el Vaticano y la película adquiere una dimensión fantástica.

Me cuenta Lucca, el que proyecta las películas en el Sacher, que los primeros veinte días vinieron alrededor de 1200 personas por día, incluidos curas y monjas, que salieron con una sonrisa. La película es divertida y respetuosa.

No es raro cruzárselo a Nanni en el cine. Le pasó a una amiga hace un mes. Suele ir alguna vez en el día, en su Vespa de los años 70, tal como uno lo recuerda en Caro Diario.

Después del cine comí en la Trattoria da Paolo, en la Plaza San Francisco, una buena recomendación de Lucca. Y me quedé pensando que es perfecto ver esta película en Roma, una ciudad atravesada por el contenido religioso y papal.


Los hipopótamos de Pablo Escobar

Adentro de de esa jaula que el helicóptero de la fuerza aérea colombiana depositó en la tierra hay un hipopótamo dormido que se llama Napolitano. Aclaro el nombre porque tiene que ver con la historia. Y la historia tiene que ver con Pablo Escobar, el capo narco muerto en el 93 en Medellín.

Se sabe: don Pablo tenía gustos excéntricos. Como a otros narcos y millonarios coleccionaba animales exóticos en la Hacienda Nápoles, (por si alguien no lo pescó, de ahí el nombre del hipopótamo) su finca a 165 kilómetros de Medellín, del interior de Antioquia, un lugar de clima caliente y vegetación tropical.

A pesar de ser asesino, el tipo tenía una veta generosa y, además de repartir montañas de dinero entre los pobres, dejaba que los colombianos recorrieran gratis su Zoo privado que llegó a tener 1500 animales.

Dicen que una vez la policía obligó a un avión de Escobar a aterrizar pensando que estaba lleno de droga. Cuando se abrieron las puertas, la nave estaba llena… de animales. La ley los mandó a un zoológico, pero don Pablo sobornó al cuidador pagándole el sueldo de ¡cinco años! y así recuperó los animales.

Cuando la policía mató al capo, mucha gente saqueó la finca en busca de dinero y armas escondidas. Destruyeron la mansión que en algún momento fue lujosa y tuvo 20 habitaciones. No encontraron nada y la Hacienda Nápoles entró en un largo período de abandono. Los animales fueron a parar a diferentes zoológicos, pero de los hipopotámos nadie se acordó.

Olvidados en lagos interiores, se reprodujeron. Ya no hay una pareja como en los primeros años, hoy son alrededor de treinta. Muchos se escaparon de la finca y comenzaron a cruzar los campos antioqueños: arrasaron cultivos y amedrentaron a pescadores y campesinos. El enorme mamífero africano, pariente lejano de las ballenas, es uno de los animales más pesados y agresivos del mundo. Puede ser muy peligroso si está suelto.

Hace dos años, Pepe, mascota de Escobar, y su pareja Matilda huyeron del parque. Al parecer se fueron con la cola entre las patas porque Pepe resultó el macho derrotado en una lucha territorial. En la huída nació Hip. Los tres hipopótamos vivieron en la clandestinidad hasta que el ejército los atrapó y mató a Pepe de cuatro balazos. El hecho de violencia contra el animal provocó la furia de los ecologistas, animó la formación de un grupo de defensa de los hipopótamos colombianos con página en Facebook y desató una polémica en el país.

¿Qué se debería hacer con los hipopótamos de Pablo? Hasta se pensó en devolverlos a África. Entonces, vinieron expertos a recorrer el lugar y llegaron a la conclusión de que el hábitat es perfecto, incluso tienen más agua en Antioquia que en muchos países africanos.

La polémica fue larga, pero la decisión se hizo efectiva hoy. La trajo el helicóptero. Después de buscarlo durante 15 días los veterinarios del parque lo encontraron y durmieron con un dardo tranquilizante. Mañana por la mañana, Napolitano estará otra vez chapoteando en el lago, castrado eso sí.

La historia es fantástica, y ya tiene su documental, Pablos Hippos, estrenado este año en el Festival de Cartagena. Y la antigua finca abandonada se ha convertido en un parque temático inspirado en los de Miami. Hay dinosaurios de latón, cebras, flamencos, juegos de agua. Y muchos hipopótamos que más temprano que tarde serán castrados. No quise preguntarlo, pero al final lo hice, y sí, los veterinarios y el equipo que trabajó en la captura del hipopótamo probó las criadillas asadas. (Más sobre esta historia, en la revista Lugares de este mes).


El extraordinario viaje de Miguel B.

Ignacia Uribe es una periodista y directora audiovisual chilena. Viajera incansable, intenta cumplir la meta de conocer 50 países a los 25 años, y ya va en el número 45. Me escribió hace unos días para contarme que tenía un texto para Viajes Libres: la tremenda historia de Miguel, que pueden leer debajo de la foto.

A Miguel lo conoció el 16 de julio de 2009, día de la Virgen del Carmen, cuando tomó su servicio “puerta a puerta” desde Barranquilla a Santa Marta. Se volvieron a ver el año pasado, cuando Ignacia lo grabó para hacer un cortometraje documental. Actualmente, él sigue manejando por la costa colombiana mientras ella prepara un viaje al sudeste asiático.

Miguel se contagió la poliomielitis cuando tenía pocos años de vida. Su padre siempre le tuvo rencor, lo encontraba inútil. Hasta que un día, cuando Miguel tenía 5 años, lo metió dentro de un saco y lo tiró lejos, dejándolo a la suerte de los lobos, en un pueblo del sur de Colombia. Contra todo pronóstico, el niño logró escapar y se puso a caminar. Anduvo largamente, hasta que encontró una casa donde lo recibieron y lo cuidaron. Pero al poco tiempo lo echaron, debido a su enfermedad. Así pasó un par de años, vagando por Colombia de hogar en hogar: al principio todos sentían pena por él y lo acogían, pero luego lo dejaban en la calle otra vez. La poliomielitis avanzaba implacable.

A los 7 años llegó a Barranquilla. Unos marineros se compadecieron de él y lo subieron al barco, pero cuando estaban en Panamá el niño ya era un estorbo y lo dejaron ahí. Miguel vagó un tiempo por el puerto, hasta que conoció a los tripulantes de un crucero inglés. El capitán se encariñó con él, le prometió ayudarlo, y lo llevó a una isla europea donde se recuperaban ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Dijo que volvería a buscarlo dentro de ocho meses.

En la isla lo operaron y le pusieron unos aparatos en las piernas y brazos, los que debió usar y ajustar durante años. Cuando pasaron los meses y el capitán no volvió, los doctores decidieron dar a Miguel en adopción. El problema era que nadie quería a un niño con rasgos indígenas. Entonces, la solución fue la cirugía plástica: le cambiaron la nariz, los pómulos, las orejas. Justo cuando una pareja húngara se interesó en él, el capitán volvió. Habían pasado dos años, Miguel estaba curado y se fue con él.
Ahí empezó a trabajar en la empresa de cruceros inglesa, que más adelante se convertiría en la Royal Caribbean. El capitán fue su segundo padre. Miguel creció en los barcos, donde aprendió todos los oficios imaginables –a cocinar, a utilizar los instrumentos de navegación, etc.-, y también a hablar otros idiomas. Pero nadie le enseñó a leer. En ese mundo vivió cerca de 30 años. Cuando era un veinteañero, tuvo un hijo con una chilena. “Me bajo en el próximo puerto”, le dijo ella al entregarle el bebé. Y Miguel lo cuidó como nadie lo hizo con él.

Después de que sus viajes en barco lo hicieran dar la vuelta al mundo innumerables veces, volvió a Colombia. Enfrentó a su padre y descubrió que su madre se había separado de él por lo que le había hecho. Hoy tiene poco más de cincuenta años, camina lo más bien y vive en Barranquilla junto a su hijo. Ambos manejan un servicio “puerta a puerta” que van desde esa ciudad hasta Santa Marta. Miguel hace el viaje diariamente ida y vuelta, por un camino que bordea el océano. A veces extraña la vida en el mar, pero cree que Colombia es el mejor país del mundo para vivir y que manejar es como navegar a menor a escala. Y aunque se pone triste cuando cuenta su historia, se siente un hombre afortunado. Un hombre afortunado que está aprendiendo a leer“.




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