La niña de muchos ojos, de Tim Burton

Por poco me da un ataque
paseando un día en el parque
porque me encontré una niña
que muchos ojos tenía

Era en verdad muy hermosa
(¡y me tenía impresionado!)
pero vi que tenía boca
y acabamos conversando

Hablamos del mar, los peces
y sus cursos de poesía,
y del lío que tendría
si necesitara lentes.

Es estupenda esa chica
que con tantos ojos mira,
mas te deja hecho sopa
cuando se quiebra y llora.

La melancólica muerte del Chico Ostra, Tim Burton, Anagrama.

Para los que pueden disfrutar la versión en inglés: The girl with many eyes: I met a girl/who had many eyes. She was really quite pretty/(and also quite shocking!)/and I noticed she had a mouth,/so we ended up talking./We talked about flowers,/and her poetry classes,/and the problems she’d have/ if she ever wore glasses./It’s great to know a girl/who has so many eyes,/but you really get wet/when she breaks down and cries./


Misteriosas criaturas del campo

“¿Por qué me atrae tanto lo incierto? ¿Será que hay dimensiones que no percibimos? ¿Y si hay otros mundos posibles?”. Esas preguntas rondaban la cabeza de la fotógrafa Cecilia Lutufyan antes de salir a al campo y sacar las fotos que hoy integran la muestra Criaturas, que se puede ver en la Fotogalería del Teatro San Martín hasta el 11 de marzo.

La primera foto fue por error: la cámara tenía una falla y los fotogramas salían superpuestos. Por esa grieta entró a una dimensión salvaje y logró estas imágenes inquietantes, ambiguas, descampadas, poderosas.

“Ahora veo las fotos y no sé cómo las saqué. Siempre hubo una conexión fuerte con los animales pero también con el silencio, con el secreto. Hay algo fantasmagórico que me atrae mucho, algo que en el momento es una descarga de adrenalina y después queda en esa zona de miedo que puede leerse en las fotos”, contó hace poco en una entrevista en Las 12.

Para encontrar animales, Cecilia necesitaba salir al campo. Decidida como es ella, tomó un mapa, lo estudió, marcó algunos lugares cercanos a Buenos Aires -porque le gustó el nombre, por instinto- y durante los días de Pascua del año pasado viajó por el día a Río Luján, Reserva Otamendi, Ing Maschwitz, Capilla del Señor.

Cuando llegaba a cada lugar merodeaba, olía, preguntaba, sin forzar (“Vas buscándolas, pero en realidad son ellas las que te encuentran y te hacen vibrar el cuerpo”). Los perros y los caballos se encontraban más fácilmente. Pero costaba más conseguir chanchos, gansos y ovejas. Una vez le pasó que se bajó a  preguntar algo en una casa y mientras la señora le respondía vio que en el fondo había un chancho. Pidió permiso, entró y encontró no uno sino doce chanchos, varios gansos y un ternero. “En el campo son tan ambles que hasta se van de la casa y te dejan sola, ahí en el fondo, sacando fotos “.

Algunas de las fotos que integran la muestra las hizo en un pueblito de Córdoba que se llama Agua de Oro. Le habían pasado el dato de una familia que tenía ovejas, gallinas, conejos. Y viajó varias horas en colectivo para pasar dos horas en la casa de alguien que le abrió las puertas generosamente. Y otras, las de las cabras las encontró cerca de Rocamadur, en Francia, en un viaje de trabajo. Sacaba fotos en una granja donde hacían quesos cuando vio un corral lleno de cabras. Se metió, claro. “¡No lo podía creer! Las cabras súper curiosas, agarrándose de mi ropa, tirando de cuanta tirita encontraban y yo intentando cambiar rollos (con la cámara Holga no es tan sencillo).

En la inauguración de la muestra del San Martín vi cómo una pareja discutía a ver de qué perro era esa pata. Es un misterio, señores. Las imágenes nos asoman a otra realidad, a un tiempo y espacio secretos donde los perros pueden tener más de cuatro patas, las ovejas ser largas como una serpiente y los gatos llevar piel de hojas secas.

La dualidad de estas fotos encantó a Patti Smith, que escribió un texto especialmente para esta muestra:” Una naturaleza. Primero debo hablar de los caballos, blancos e inmaculados. La primera imagen que vi fue la de un potrillo, de pelaje húmedo color tiza, anidando en el pasto oscuro. La humilde espiritualidad que emana el potrillo, bañado por una luz exquisita, me recuerda la cinematografía de Robert Bresson, específicamente en Au Hazard Balthazar.
El conjunto de imágenes que he visto posee la misma cualidad: una comprensión de la dualidad del mundo natural, con su mezcla continua de crueldad e inocencia. Para mí, estas bellas fotografías sugieren el milagro del nacimiento, el misterio de la muerte y lo salvaje de la naturaleza.”

La insólita historia de cómo la artista estadounidense llegó a las fotos de Cecilia Lutufyan, muy bien contada aquí.

[Actualización 27/03/12. El último fin de semana, en la Feria de Libros de Autor de Lima, Criaturas, el libro presentado por Cecilia, obtuvo el Premio Publicación.  ¡Felicitaciones!]


Por qué escribimos, según Anaïs Nin

[...] Yo creo que escribimos porque tenemos que crear un mundo en el que podamos vivir [...] Tuve que crear un mundo mío, como un clima, un país, una atmósfera en la que yo pudiera respirar, reinar y re-crear lo que la vida destruía.

[...] También escribimos para aumentar nuestra conciencia de la vida, escribimos para atraer y encantar y consolar a otros, escribimos para llevar una serenata a nuestros amantes. Escribimos para paladear la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva. Escribimos como Proust, para que todo sea eterno y para persuadirnos a nosotros mismos de que lo es… Escribimos para poder trascender nuestra vida, para llegar más allá de ella. Escribimos para aprender a hablar con los otros, para registrar el viaje a través del laberinto, escribimos para ensanchar nuestro mundo cuando nos sentimos asfixiados, constreñidos, solos. Escribimos como los pájaros cantan, como los primitivos realizan sus danzas rituales. Si no respiramos escribiendo, si no lloramos escribiendo o cantamos escribiendo, entonces no escribamos.

Porque nuestra cultura no necesita nada de eso. Cuando no escribo siento que mi mundo se encoge. Siento que estoy en la cárcel, que pierdo mi fuego, mi color. Debería ser una necesidad como el mar necesita la marea. Yo lo llamo respiración. [...]

Diarios de Anaïs Nin, Tomo V, Editorial Brugera.


Las verdades

No hace mucho escribí un artículo sobre el carácter musulmán del norte de África. Un amigo marroquí que es analfabeto quiso conocer su contenido, así que traduciéndole al mogrebí sobre la marcha, le fui leyendo algunos pasajes.

Su respuesta fue concisa:

- Eso es una vergüenza.

- ¿Por qué? -pregunté.

- Porque usted ha escrito sobre las personas tal y como son.

- Para nosotros eso no es ninguna vergüenza.

- Para nosotros sí. Usted nos ha convertido en animales. Ha dicho que sólo unos pocos de nosotros sabemos leer o escribir.

- ¿Y eso no es cierto?

- ¡Por supuesto que no! Todos somos capaces de leer y escribir, igual que usted. Y lo haríamos, si nos hubiesen enseñado.

Esto me pareció interesante, se lo conté a un abogado musulmán, creyendo que lo encontraría divertido. Pero no fue así. “Él tiene razón”, dijo. “La verdad no es lo que se percibe con los sentidos, sino lo que sentimos con el corazón”.

“¡Pero también existe algo que es la verdad objetiva!”, exclamé. “¿O es que ésa no tiene importancia para usted?”.

Sonrió con aire tolerante. “No de igual manera que para usted. Ésa es la verdad oficial. Nos interesa, sí, pero únicamente como un medio de llegar a la verdad real que se oculta debajo. Para nosotros hay muy poca verdad visible en el mundo estos días“.


Bowles en Marrakech

El escritor y compositor Paul Bowles prepara un té a la menta en un cuarto del zoco de Marrakech, en 1961. Viajó con Allen Gingsberg, que sacó la foto.

Autor de la novela El cielo protector, Bowles es un faro para los viajeros independientes. Vivió en París, México, Guatemala. No era un hombre de planificar, más bien se movía con el viento. Cuando conoció Tánger se emocionó y al poco tiempo volvió y se quedó hasta su muerte, 52 años más tarde.


El pareo, útil como la Victorinox

A simple vista, un pareo es un pedazo de tela suave y rectangular, de aproximadamente 1,80 m x 1 metro. Muchos le dan únicamente el uso para el que fue creado: envolver la cintura y usarlo como falda o vestido.

Pero a veces, en viaje, es necesario resolver situaciones inesperadas y el pareo -en su rubro- es versátil y tan útil como la Victorinox. ¡Y se puede llevar en el bolso de mano si viajás en avión!

El otro día con unos amigos nos imaginamos algunos usos posibles. Como la mayoría son usos de emergencia, el pareo produce además una sensación de bienestar por haber aguzado el ingenio. La lista, creo, es interminable. Apenas un comienzo:

* turbante
* chal
* lona
* biombo portátil
* mantel
* servilleta
* sábana
* capa
* soga
* trapo (seco y húmedo)
* para jugar al gallito ciego
* para jugar al fantasma
* para jugar al torero
* mosquitero
* kepina para el bebé
* pañuelo para el dolor de garganta
* pañuelo de nariz
* pañuelo para lágrimas
* corpiño de bikini
* bufanda
* para atar el cabello
* cobertor para almohadas/asientos sucios
* telón


Parada chancha en Karnataka

Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.

El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.

Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.

Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.

Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.

Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.

Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.

Aceptan. Y esperan sin esperar.

El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.

Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.

(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)

La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.

Dije lo primero que me salió: “¿Hay alguien ahí?”  Nadie respondió. Después: “Está ocupado”. Y también: “¿Quién es?” Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.

Y sí, había alguien ahí.

Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.

El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.


De curvas y mal de altura

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.

El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.

Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).

El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.

¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien”, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.

Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.

La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.

El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.

De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: “Somos médicos”.

A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.

Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de Saw, más nauseas y vómitos.

“Tomen estas pastillas, pero no abusen”, nos recomendaron.

Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.


Evita en los muros de Barracas


Guía mínima para viajar a Marruecos

Tardes atrás me contó Aniko Villalba que pronto se irá de viaje. Esta vez conocerá España, visitará parientes y después, seguramente cuando haga más frío, cruzará a Marruecos.

Si se te ocurre algún dato, ¿me escribís?, me pidió antes de despedirnos. Pensé entonces en mis recuerdos marroquíes. Y pensé también que no quiero darle imperdibles (“Lee El cielo protector antes de viajar”) ni nombrar lugares (“No dejes de ir a Marrakech”) porque creo que ella los encontrará en el camino y en la Lonely Planet o similar.

En cambio, se me ocurrió una lista de palabras clave. Una guía mínima, básica, una síntesis de la síntesis, palabras que serán una pista para explorar. Algunas remiten a lugares, otras llevan a una plaza, a un mercado, a la historia, a las montañas, a un plato de verduras y cordero o a un sonido que se repite en Marruecos: el llamado del muezzin para el rezo diario. No es una guía definitiva, todo lo contario, es una lista abierta con muchas páginas libres.

Atlas
Azul añil (Chefchaouen)
Babouche
Bereber
Bowles
Caravana
Ceuta y Melilla
Corne de gazelle (Kaab Ghzal)
Couscous
Chilaba
Dátil
Desierto
El Rif
Fuentes/agua/aguatero
Hassan II
Jemma el Fna
Kasbah
Ketama
Naranjas
Magreb
M’ Hamid
Medina
Mosaico
Muezzin
Oasis
Salamalecom
Souk
Tajine
Teñideros de cuero
Thé à la menthe
Zagora
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