El Síndrome de Stendhal

Lo calculé de antemano y compré el libro en Madrid. En el viaje en bus de Siena a Florencia leo El síndrome del viajero (Gadir, Madrid, 2011), de Stendhal, el autor de Rojo y Negro, el escritor francés del siglo XIX. Es un libro finito que contiene un extracto de su obra Roma, Nápoles y Florencia, publicada originalmente en 1817.

El trayecto es por autopista, pero igual se asoma la Toscana verde por la orilla de la ruta. El día está espléndido, dentro de unas horas va a hacer calor. Debo admitir que estoy algo preocupada: tengo varias visitas para hacer en la ciudad y, como suele pasar en esta época, poco tiempo. La Santa Croce, Santa María del Fiore, el Palazzo Vecchio, L’Uffizi, El David.
Stendhal llegó a Florencia un 22 de enero de 1817, haría seguramente más frío que esta mañana de julio.

“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. ‘Aquí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci –me decía–, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre esos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar’. En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama”.
El autor la conocía por fotos, así que caminó sin guía, en dos ocasiones preguntó la dirección a transeúntes y por fin llegó a la Santa Croce y vio las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo. Aprovechó el momento para recordar a otros toscanos célebres: Dante, Boccaccio, Petrarca. Stendhal estaba tan emocionado que dice que hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia que se encontrara. Sus oraciones contienen signos de exclamación y palabras como: intensidad, alma, perfecto, necesidad, corazón, felicidad, emoción, éxtasis.

Continúa en un párrafo famoso:

“[…]Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

La reacción corporal ante la belleza del arte que sintió Stendhal fue descrita mucho tiempo después, en los años setenta, por la psiquiatra italiana Graziella Margherini como el Síndrome Stendhal o Síndrome del Viajero, una especie de enfermedad turística ante la grandeza del arte. La psiquiatra trabajó sobre más de cien casos de visitantes a Florencia que habían sufrido un estrés similar.
Confieso con vergüenza que en mi experiencia florentina, casi doscientos años después, siento nervios y miedo de caerme aunque por otras razones. La masa turística es lo primero que se ve al bajar del ómnibus; lo segundo, las tiendas de lujo. No hay necesidad de preguntar el camino porque la masa te arrastra hacia donde todos van que es donde uno quiere ir. Después de tomar un café en Gilli (¡ existe desde 1733!) llego al Duomo. Con el sombrero de una coreana a un centímetro de mi ojo y las bromas de un grupo de mexicanos cerca de el oído admiro la arquitectura renacentista, la cúpula de Brunelleschi. Me rodean pantallas de celulares en modo red social. Contactos que en este momento ven lo mismo que tengo enfrente. El arte se comparte. El lugar es un griterío, y si esto pasara después el último Oscar, al tupido panorama habría que agregarle las selfies.

Posiblemente en la época de Stendhal también habría distracciones, pero en la actualidad la contemplación de la belleza parece fragmentada como nunca. También, ruidosa y, por eso, fatigada.
Mis visitas programadas se devaluaron casi tanto como la moneda de mi país. Para alcanzar a ver El David hago dos horas y media de fila. Dos horas y media, más que un partido de fútbol. Conozco a una pareja de Australia y le pido a unos españoles que me cuiden el lugar para comprar un sándwich. Entro en La Academia de mal humor, pero cuando estoy frente la presencia desmesurada de ese hombre de mármol me quedo callada. Busco un asiento cerca y lo miro. El hombre que venció a Goliat, que encarna la fuerza y la calma. El hombre de cinco metros de altura. El hombre de mármol y de muslos suaves.

Los asientos que lo rodean están ocupados. Vuelvo a esperar hasta que consigo sentarme. Hay un sonido bajo, cercano al silencio. Se percibe una situación parecida a la de una iglesia, pero el hombre que tenemos enfrente no resucitó y está desnudo.
No se puede sacar fotos, recuerda un empleado de seguridad.

En este tiempo la contemplación está intervenida por una multitud de turistas en desplazamiento, la publicidad y la necesidad de mostrar el viaje inmediatamente. A veces tan fuerte que da la impresión de que se viaja para subirlo al Facebook. Pero hay un momento en que si uno es sensible a la belleza y está dispuesto, todavía es posible experimentar esa conexión artística de la que habla Stendhal. Ahí, sí, cuidado. Mejor tener la tarjeta del seguro médico a mano.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


Simone Carlotti: anfitrión de La Toscana

 

Mi amigo italiano Simone Carlotti vive en Monticiano, un pueblo de seiscientos habitantes en La Toscana, noroeste de Italia. Es una de la regiones más turísticas de ese país, sin embargo a su pueblo no llegan los turistas. Monticiano tiene una puerta medieval (Porta Maremmana) que Simone cruza casi todos los días cuando vuelve a la casa. Hay un pub, el único pub del pueblo, y dos bares. Uno al que van los viejos a tomar café y a jugar a las cartas. El otro, el bar de Mircko, adonde fuimos nosotros a tomar un Spritz.

Monticiano queda cerca de Siena. A la salida del pueblo hay una pista hípica con la misma inclinación de la que se usa en el Palio. Ahí van a entrenar los jinetes, rodeados por un antiguo bosque de robles y más allá, San Galgano, una abadía medieval.

Simone es músico y, desde hace un tiempo, encargado de la enoteca Laticastelli, un pequeño hotel con encanto en las afueras de Siena. Todos los días durante la temporada va a trabajar al hotel y maneja por paisajes con vistas como la de esta foto. En La Toscana la tierra forma suaves ondulaciones y está muy dividida y cultivada con vides, olivares y plantaciones de trigo. Hay antiguos castillos y pueblos con señoras que van a comprar a la feria y hombres que cultivan su parcela.

Simone había trabajado como manager de una agencia de viajes, y desde hace un par de años estudia para convertirse en sommelier. Hoy descubre el vino y sus misterios con los huéspedes de Laticastelli. En el hotel, organiza degustaciones guiadas con los productos locales, desde el Brunello de Montalcino hasta el delicioso queso Peccorino de Pienza.

Para él, el vino es una forma de conocer más profundamente un lugar. Su propuesta de degustación tiene dos opciones. La primera incluye: Chianti Classico, Nobile de Montepulciano y Brunello di Montalcino. La segunda, Chianti Classico, Noblile de Montepulciano Brunello y Supertuscan. La degustación dura alrededor de una hora y los precios varían entre 16€ y 30€ por persona. Además de probar los vinos se charla sobre la historia y el terruño. A veces también llegan productores locales a contar su experiencia.

Cuando los huéspedes le preguntan qué visitar desde “Lati”, Simone enumera sus imperdibles: Val d’Orcia, Pienza y Montepulciano. También: el magnífico jardín de La Foce, Siena, Monteriggioni y San Giminiano. Hay más, hay mucho y siempre va a faltar tiempo.

Cuando termina de trabajar maneja otra vez hasta su pueblo, donde organiza un festival de jazz. Porque cuando no trabaja, Simone toca la guitarra, da clases, canta bossa nova y cuida los olivos, el romero, la salvia y las demás plantas de la entrada de su casa.


Platos bandera

Para anunciar el principal festival gastronómico de Australia (Sydney International Food Festival) una agencia de publicidad local tuvo la idea de recrear las banderas de los diecisiete países que participan según frutas, verduras y platos tradicionales de cada uno. A continuación, una selección de los que más me gustaron. El resto, acá.

Hoja de plátano, limón sutil, ananá y fruta de la pasión para Brasil.

 

Un delicado niguiri para Japón.

 

Pasta con albaca fresca y tomates cherry para Italia.

 

Curry de pollo con mucha pinta para la India.

 

Aceitunas y queso feta para Grecia.

 

Chorizo y arroz con azafrán para España.

 

Jamón crudo y queso Emmental para Suiza.

 

Y tristes hot dogs con mostaza y ketchup para Estados Unidos.

 


El Palio II


Hoy se jugó el segundo -y último- Palio de 2013. Ganó la Onda (Ola). Gianluca debe estar llorando en alguna esquina de Siena. Posiblemente con amigos porque es un tipo popular. Ellos y él, todos llorando. Así me los imagino.

El día que Gianluca Nannini me acompañó al Palio la plaza estaba repleta. Entramos caminando por el barrio de la Onda, que tiene un delfín y olas en su bandera celeste y blanca.

La Plaza del Campo es el espacio público más importante de Siena. Durante siglos se usó para ferias y mercados. Cuando no hay Palio, se cubre con las sillas y mesas de los bares, cervecerías, restaurantes donde los turistas comen con vista al Palacio Público y a la Torre del Mangia, una torre gótica de ladrillo que tengo enfrente.

Los vecinos que viven frente a la plaza alquilan su balcón por 200, 300, 800 euros según la ubicación. También los bares alquilan balcones. El día que fui no había espacios libres. En los balcones la gente está elegante como si fuera a una velada de gala en el teatro. Llevan binoculares y les sirven Proseco (espumante). Hay turistas, sí, pero en la plaza se ven más italianos. Hablan en voz baja, secretean sobre posibles ganadores. También se hacen apuestas ilegales, pero eso no se ve.

–El Palio es complejo, muy complejo –dijo Gianluca en medio de sus propias explicaciones.

La pista por donde corren los caballos se llama Anelo de Tufo (anillo de polvo). Tiene una curva muy peligrosa, la Curva de San Martín, donde los caballos suelen caerse. La Sociedad Protectora de Animales elevó informes y quejas. Los organizadores del Palio no se preocuparon demasiado, pero pusieron unos colchones para evitar que se lastimaran. Una curiosidad del Palio, entre muchas: si el jinete se cae y el caballo sigue corriendo y llega a la meta gana el caballo y la contrada. Todo vale en el Palio.

Los caballos se sortean el día anterior a la carrera y solo ahí se sabe qué jinete los correrá. Y un dato insólito del Palio: antes de la carrera los caballos son bendecidos por el cura en la iglesia de su contrada. No, no en la entrada. Cruzan la puerta, ingresan como si fueran un fiel más y cerca del altar el cura los bendice y les apoya una estampita en la frente.

Los días previos al Palio y el día después la ciudad late distinto. Está envuelta en banderas medievales y se nota que hay gente de otras partes de Italia y del mundo. Las contrade desfilan por las calles angostas, entre vidrieras de marcas de lujo, gelaterias y el Duomo. Durante la semana del Palio Siena brilla.

Cuando termina el desfile llega el momento de mayor tensión. En ese momento, la plaza con 60.000 personas parece una iglesia vacía. No vuela una mosca y si dos turistas hablan fuerte los seneses los miran torcido. Quieren que se respete su tensión.
Se está sorteando cómo será la formación de los diez caballos para la largada. El último jinete sorteado, que entra desde atrás y al galope, y da comienzo al Palio. Pero para que eso suceda los caballos tienen que estar perfectamente alineados de lo contrario la carrera no empieza. Y no se alinean porque están negociando. Es la parte más loca del Palio. Los jinetes se venden a la vista de todos. Si creen que tienen una posición poco ventajosa para la carrera, entorpecen la llegada de otros, se cambian de bando, negocian. Y esas negociaciones pueden durar mucho, más de una hora.

–Si no se ponen de acuerdo y esto se estira mucho, me dice Gianluca, se correrá mañana.

De repente, se pusieron de acuerdo y arrancó el Palio. Diez guerreros montan a pelo diez caballos árabes, largos, feroces. La carrera dura un minuto y medio. O quizás menos. Al lado mío dos chicas de la Loba que gritaban desquiciadas. Alentaban al jinete con rabia, le pedían explicaciones en cada grito. Pero como todo es tan corto, enseguida se apagó el grito. Lo miré a Gianluca, no entiendo qué pasó. Iba ganando la Lupa pero en un momento la Oca lo pasó. Y en el medio la Pantera se cayó sobre los colchones.

–Momento, por favor, momento.

Gianluca no podía hablar, se llevó la mano a la frente, respiró profundo. Ganar la Oca, su segundo rival y esto lo desencajó completamente. No se lo esperaba. Parecía que tendría un ataque de nervios o rompería a llorar como niño. Unos metros más allá una nena rubia llora sobre los hombros de su padre y hacia el otro lado, dos simpatizantes de la Oca ríen y celebran el triunfo. Una metáfora de la vida.
Después se le pasó y a la salida nos encontramos con su amigo de la Oca, que no entra a la plaza por miedo al infarto. A pesar de ser de bandos contrarios hablaron lo más bien, discutieron y Gianluca lo felicitó a pesar de tener un nudo en el pecho.

A la salida de la plaza hubo estampidos, gritos y peleas que la policía enseguida separó. Los ristorantes y las osterías (tabernas) sacaron las mesas a la calle y daba la impresión de que la ciudad entera era un solo barrio de fiesta. La ciudad estaba iluminada a giorno y hubo fiesta hasta tarde. Antes de entrar a la Plaza del Campo Gianluca me había prometido llevarme al barrio de la contrada ganadora porque exhiben el Palio y festejan. Pero mientras caminábamos en la ciudad amurallada se puso serio, medio pálido y dijo:

–No puedo ir al barrio de la Oca, de verdad no me haría bien. Si quieres te puedo llevar y dejarte en la entrada, pero no me pidas que vaya.

***

Me perdí los festejos en la Oca, pero comimos y nos reímos en una ostería pequeña, familiar, con los platos de la nona. En el fondo de del salón la pintura del rostro de un alazán recortado sobre el cielo celeste, con las banderas de cada contrada. En la mitad de la cena llegó un amigo de Gianluca para hablar de la carrera, lamentar el resultado, preguntarse ma per che? Come? (pero ¿por qué? ¿cómo?). Los días posteriores y durante meses el Palio, como el clima, salpica la mayoría de las conversaciones.

Así fue el útlimo 2 de julio. Así de inquieto estaba Gianluca sin que jugara su contrada. Por eso pienso que hoy estará llorando. Le voy a escribir.


El Palio de Siena

Me imagino cómo estará Gianluca en este minuto: moviendo los ojos saltones de un lado a otro, caminando tenso por su casa en Siena, transpirado, loco. Mañana compite en el Palio su contrada: il Bruco (la oruga).

El 2 de julio y 16 de agosto (cada fecha, en honor a una virgen) se celebra en la Plaza del Campo en Siena una de las fiestas más tradicionales de Italia. Visto de afuera, el Palio es una carrera de caballos que se practica, salvo contadas interrupciones (las dos guerras mundiales), desde la Edad Media. Visto de adentro, el Palio es confrontación, fanatismo, camaradería, furia y también un poco de locura.
En la carrera se enfrentan diez caballos de los distintos barrios de la ciudad medieval. Cada barrio es una contrada (contrade, en plural).

Hoy la palabra se usa como sinónimo de barrio, pero una contrada es mucho más. “Primero estaba la familia y después la contrada. Lo que necesitaras, desde trabajo hasta dinero, podías pedírselo. Era una contención, una segunda familia”, me dice una mujer con su pañuelo al cuello mientras caminamos. Ella pertenece a la contrada de la Oca (sí, la misma del juego de niños), de color verde, rojo y blanco.

Actualmente existen 17 contrade (llegó a haber 42) y cada una tiene un emblema y colores que la identifican: Áquila (águila), Bruco (oruga), Chiocciola (caracol), Istrice (puercoespín), Giraffa (jirafa), Onda (una ola de mar con un delfín), Lupa (loba), Civetta (lechuza), Drago (dragón), Lecorno (unicornio), Valdimontone (carnero), Nicchio (concha rodeada de corales), Pantera, Selva (con rinoceronte), Oca, Tartuca (tortuga) y Torre (un elefante que carga sobre su lomo una enorme torre).

Los jinetes o fantinos son famosos como las modelos, salen en las revistas y ganan buen dinero. Según su performance, pueden ser odiados y amados. Usan sobrenombre y casi siempre tienen menos de treinta años.
En el Palio no se gana dinero, se gana prestigio. El premio es un estandarte pintado a mano que se llama Palio, y la contrada ganadora lo exhibirá en su iglesia con orgullo, como un trofeo de guerra.

Sí, ahora Gianluca debe estar loco. Hace dos días me escribió diciendo que ojalá ganaran. El último 2 de julio me acompañó a la plaza. “Solo voy porque no juega mi contrada, si no no podría estar aquí contigo. Si compitiera il Bruco estaría con mis amigos, sufriendo”, me aclaró.

Ese día, el último 2 de julio en la plaza de Siena, temí que se cayera de un infarto a mi lado. Mucho más nervioso que un hincha de fútbol. Y los nervios eran por una contrada rival. No quiero pensar cómo estará hoy.

En estos días subiré algunos apuntes de esa tarde en la Plaza del Campo, entre 60.000 personas, la mayoría vecinos fanáticos de su contrada.




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (5)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)