Claude Levi-Strauss (1908-2009)

“Odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones. Pero, ¡cuánto tiempo para decidirme!… Hace quince años que dejé el Brasil por última vez, y desde entonces muchas veces me propuse comenzar este libro; una especie de vergüenza y aversión siempre me lo impedía. Y bien, ¿hay que narrar minuciosamente tantos detalles insípidos, tantos acontecimientos insignificantes? La aventura no cabe en la profesión del etnógrafo; no es más que una carga; entorpece el trabajo eficaz con el peso de las semanas o de los meses perdidos en el camino; horas ociosas mientras el informante se escabulle; hambre, fatiga y hasta enfermedad; y siempre, esas mil tareas ingratas que van consumiendo los días inútilmente y reducen la peligrosa vida en el corazón de la selva virgen a una imitación del servicio militar…
No confiere ningún galardón el que se necesiten tantos esfuerzos y vanos dispendios para alcanzar el objeto de nuestros estudios, sino que ello constituye, más bien, el aspecto negativo de nuestro oficio. Las verdades que tan lejos vamos a buscar sólo tienen valor cuando se las despoja de esta ganga. Ciertamente, se pueden consagrar seis meses de viaje, de privaciones y de insoportable hastío para recoger un mito inédito, una nueva regla de matrimonio, una lista completa de nombres ciánicos, tarea que insumirá solamente algunos días, y, a veces, algunas horas. Pero este desecho de la memoria: «A las 5 y 30 entramos en la rada de Recife mientras gritaban las gaviotas y una flotilla de vendedores de frutas exóticas se apretujaba contra el casco». Un recuerdo tan insignificante, ¿merece ser fijado en el papel?”
Así comienza Tristes trópicos, el libro que el gran antropólogo francés escribió después de sus viajes a Brasil. Se publicó en 1955.
En el
Seis días después Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabrik. De ahí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Bajkal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia.
Leo por ahí que el año próximo
Esta no es la primera vez que el Grand Véfour pierde una estrella. Cuando Guy Martin tomó a su cargo la cocina del restaurante, en 1991, hacía tiempo que tenía dos. Y en 2000, Martin conquistó la tercera estrella Michelin. Como si una tempestad hubiera arrasado con todo lo construido, tiene que volver a empezar.
Los japoneses dieron las gracias por la atención y el reconocimiento. Pero también cuestionaron a la incuestionable Guía Michelin. En distintas entrevistas, algunos de los chefs más destacados de Tokio expresaron frases como éstas: “La comida japonesa fue creada aquí y sólo los japoneses la conocen”, “Cómo es posible que un grupo de extranjeros nos muestre y nos diga qué está bien y qué está mal”.
Los hombres han terminado de trabajar. Desde hace unas horas la revista peruana que se jugó por la crónica periodística tiene nueva página en Internet.
Hace unos meses escribí un artículo sobre París para la revista Lugares. Antes de viajar decidí hablar con algunos amigos que habían vivido allí o viajado con frecuencia. Les pedí que me contaran sobre sus “parises personales”.






