El Año Cortázar

Este es el Año Cortázar. Se cumplen cien años del nacimiento y treinta de la muerte del gran escritor argentino. El cronopio mayor. Tan porteño para escribir, tan amante de Buenos Aires, a pesar de no haber vivido demasiado en ella.

Cómo vería la ciudad desde su metro noventa y tres de altura. Si hoy paseara por la Plazoleta Cortázar, en Serrano y Honduras, Palermo, seguramente su cabeza pasaría el techo de los puestos de artesanos que la llenan cada fin de semana. Y ya no podría jugar a la rayuela pintada en la inauguración porque se fue borrando con el tiempo.

El escritor nació en Bruselas el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Su padre era agregado de la embajada argentina así que el lugar de nacimiento fue, como él mismo dijo, accidental. Cuando tenía cuatro años su familia se trasladó a Banfield, hoy una localidad en el sur del conurbano, en aquella época, años veinte, un pueblo con calles de tierra por donde todavía pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Banfield, un lugar con apellido de ingeniero inglés de ferrocarril, desde donde Cortázar viajaba todos los días a Buenos Aires para cursar sus estudios en la Escuela Normal Superior Mariano Acosta (Urquiza al 200). Ahí se recibió de maestro y después dio clases en Chivilcoy y Bolívar, dos ciudades bonaerenses donde pasó algunos años en la década del cuarenta.

Salvo durante ciertos períodos, no vivió en Buenos Aires, sí en París, donde fijó su residencia en 1951 y murió en 1984. Sin embargo, volvía Buenos Aires con frecuencia. A ver a sus amigos y a su gran amiga, la ciudad. “Las ciudades son como las mujeres, esas ciudades de las que te enamoras y son el amor de tu vida, y no soy excesivamente monógamo porque pienso que se pueden tener muchas ciudades que se aman al mismo tiempo”. Eso le dijo al periodista Joaquín Soler Serrano en una entrevista para la televisión española en 1976.

París y Buenos Aires fueron sus amores más grandes. Allá tenía el misterio de las galerías cubiertas, los pasajes, la arquitectura monumental, el metro, el Sena. Acá, el puerto, el bajo, Barracas, los cafés, sus largas caminatas por Avenida de Mayo, Plaza San Martín y Plaza de Mayo. Dos ciudades presentes a lo largo de su obra, y tanto en una como en otra hay homenajes durante este año. Mejor estar atentos.


Una en un billón

Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla:

– Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años.

– Ah… ¿Y?

– Un par de veces los llamamos y no logramos comunicarnos. Ahora se nos ocurrió que como vos estás con interné y la social capaz que los ubicás. ¿Te podrás fijar un minuto? […] Mirá, la cosa es así: nosotros veníamos de Galicia, habíamos visitado a Moncho, un tío cura que nos regaló una vianda con quesos, jamón, chorizo y frutas como para cuatro días y manejábamos por Asturias hacia la frontera con Francia cuando nos hizo dedo una parejita de unos veinte años. Parecían unos pibes divinos así que paramos, los subimos y seguimos viaje.

– Pa, te llamo más tarde que estoy terminando una nota…

– Perá, perá que te cuento rápido: al principio, no hablaban nada. Mamá practicaba lo que sabía de francés con ella, el pibe no decía ni mu y yo manejaba. Me acuerdo que ahí nomás del puente romano de Cangas de Onís hicimos un picnic con todos los manjares que nos habían llegado de arriba. ¡Hasta teníamos molete!

– ¿Qué es molete?
– Un pan de Galicia, ¡el pan que comía tu abuelo!

– Nos fuimos enterando de que la parejita se había conocido hacía pocos días atrás, haciendo el Camino de Santiago. Recorrimos la costa verde española, pasamos por pueblitos cercanos al mar donde, en aquella época, la gente hablaba asturiano muy cerrado. Me acuerdo cuando llegamos a Cudillero, ¡qué barbaridad ese lugar! Un puertido todo pintado de blanco. Era la primera noche y…

– Pa… te corto y en un rato te llamo, ¿dale?
– Ya termino, che.

– Era la primera noche y teníamos que encontrar lugar para dormir. Las mujeres del pueblo se gritaban de casa a casa: Oye, ¿tienes habitación pa unos argentinos? Así hasta que nos consiguieron una señora que alquilaba dos habitaciones. Estaba limpio y era barato, los francesitos chochos. A la mañana siguiente, la chica se esforzaba en explicarle a mamá que el chico era su amigo, que no pasó nada entre ellos, imagináte ahora…

– Listo, los busco, ¿cómo se llaman?

– Así seguimos viajando cuatro días. Yo no hablaba nada de francés y él ni una palabra de español, y al final nos entendíamos lo más bien. Cuando nos separamos quedamos en vernos en París, donde ellos vivían. Nos invitaron a la casa de los padres de ella, qué casa por Dios. Tomamos un tren, me acuerdo que antes de ir yo me afeité porque tenía barba de diez días, y me compré una camisa… Nos recibieron muy bien, con pastis y una carne tipo pesceto, tan crudo que mugía.

(Si mi viejo vivera en Chile ya lo hubieran medicado para hacer el famoso “cuento corto”)

– Te lo resumo…
– ¡Por favor!

– Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, recibimos una invitación formal a su casamiento. Sería el año 72. ¡La puta, cómo pasa el tiempo!

– Eso digo yo… Entonces, ¿los nombres?

– Sí, te leo del papelito que encontré en el cajón que ordenamos esta mañana. ¿Estás anotando? El pibe se llama Jacques Satre y ella, Mireille Billon. Como un billón de dólares.

(O como una historia en un billón, de amigos que se conocen en el camino y no se vuelven a ver nunca más. Antes y después de interné.)


El olvido y el recuerdo

“El olvido es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que no se olvida. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo, simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.

Un pensamiento de Marc Augé en esta entrevista, donde también habló del ciclismo, el “tiempo puro” y su hit ochentoso: los no lugares.


¿Viajes a medias?


Claude Levi-Strauss (1908-2009)

“Odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones. Pero, ¡cuánto tiempo para decidirme!… Hace quince años que dejé el Brasil por última vez, y desde entonces muchas veces me propuse comenzar este libro; una especie de vergüenza y aversión siempre me lo impedía. Y bien, ¿hay que narrar minuciosamente tantos detalles insípidos, tantos acontecimientos insignificantes? La aventura no cabe en la profesión del etnógrafo; no es más que una carga; entorpece el trabajo eficaz con el peso de las semanas o de los meses perdidos en el camino; horas ociosas mientras el informante se escabulle; hambre, fatiga y hasta enfermedad; y siempre, esas mil tareas ingratas que van consumiendo los días inútilmente y reducen la peligrosa vida en el corazón de la selva virgen a una imitación del servicio militar…
No confiere ningún galardón el que se necesiten tantos esfuerzos y vanos dispendios para alcanzar el objeto de nuestros estudios, sino que ello constituye, más bien, el aspecto negativo de nuestro oficio. Las verdades que tan lejos vamos a buscar sólo tienen valor cuando se las despoja de esta ganga. Ciertamente, se pueden consagrar seis meses de viaje, de privaciones y de insoportable hastío para recoger un mito inédito, una nueva regla de matrimonio, una lista completa de nombres ciánicos, tarea que insumirá solamente algunos días, y, a veces, algunas horas. Pero este desecho de la memoria: «A las 5 y 30 entramos en la rada de Recife mientras gritaban las gaviotas y una flotilla de vendedores de frutas exóticas se apretujaba contra el casco». Un recuerdo tan insignificante, ¿merece ser fijado en el papel?”

Así comienza Tristes trópicos, el libro que el gran antropólogo francés escribió después de sus viajes a Brasil. Se publicó en 1955.


Carla Bruni, Río y Woody Allen, un trío soñado

En el Año Internacional de Francia en Brasil, muchos cariocas hablan de Carla Bruni, la brasilera. ¿Brasilera? Si tiene sangre brasileña, ¡ela é brasileira! Eso creen muchos fans de la primera dama francesa, que en Brasil no deja de aparecer en las revistas.

La ex modelo, que unos días atrás lanzó su sitio oficial parece corresponder el cariño. En el abecedario que incluye en su página dedica una de las diez palabras que aparecen en la letra BBrasil. No dice nada sobre su sangre brasileña pero cuenta sobre su viaje oficial en diciembre del año pasado, cuando celebró su cumpleaños en la favela Pavao-Pavaozinho, en las colinas de Copacabana.

Los cariocas hablan de ella y esperan que sea la elegida de Woody Allen para su próxima película, que ojalá se filme en Río. Al parecer la próxima se filmaría en París, pero a los cariocas no les importa: ellos hablan de Carla en Río.

Saben que el publicista de Curitiba Cláudio Loureiro está en tratativas con los productores de Allen que en estos días están evaluando locaciones en Río. Visitaron el hotel Copacabana Palace, la antigua Confitería Colombo, el Tortoni brasileño, recorrieron el Jardín Botánico y viajaron en helicóptero a Angra dos Reis. Todavía no se confirmó, pero con la buena racha del país vecino es probable que se concrete. Si eso sucede sería la primera vez que el director pisara América del Sur. Río, Carla Bruni y Woody Allen, un trío que enciende la imaginación brasileña.


Paisajes de la nouvelle chanson française

 

C’est La vie, del álbum Toystore (2008) de Coralie Clement.


Sueños de seda

Seis días después Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabrik. De ahí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Bajkal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia.

El primer domingo de abril -a tiempo para la Misa Mayor- llegó a las puertas de Lavilledieu. Se detuvo, le dio gracias a Dios y entró en el pueblo a pie, contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre, y para no olvidarlos nunca más.

¿Y cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou
Invisible.

A su mujer, Helene le llevó de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, no se puso jamás. Si la sostenías entre los dedos, era como apretar la nada.

Seda, de Alessandro Baricco.


Mundo graffiti, en París

jayonedroiteweb

 

Desde ayer hasta el 26 de abril, 150 graffiteros de varios países muestran su trabajo por primera vez en el marco de una institución cultural, el Grand Palais, el museo de Champs Elysées, en París. Son más de 300 obras reunidas por el arquitecto y coleccionista de graffitis, Alain Dominique Gallizia. Todos los días, de 11 a 19 y los jueves, hasta las 23. Entrada: 5 euros.

 


En el puerto de Camille

Au Port, del disco “Le fil” (el hilo), de Camille Dalmais.




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