Japonerías personales

Aquí el ojo trabaja mucho y sin pausa. No queda nada más para los sesos. Todo lo que respecta al dominio gráfico, los japoneses podrían hacerlo de maravillas, casi durmiendo. Pero no podrían explicárselo. Nicolas Bouvier.

En la Feria de Libros de Fotos de Autor vi muchos trabajos originales, bellos, tristes, divertidos, misteriosos, estimulantes.

Me gustaría destacar Japon (ia), de Sophie Spandonis. Es un libro de imágenes y palabras, resultado de varios viajes a Japón que permiten a la autora mostrar, contar y reflexionar sobre la cultura japonesa. Para establecer una distancia y abrir una ventana a la imaginación, el libro no se llama Japón sino Japon (ia), y es un muestrario de costumbres, sorpresas, ritos, japonianos, japonidades y japonerías. En la foto, tomada por Sophie Spandonis, se ven cadenas de tsurus (grullas).

- ¿Has visto el Fuji?
- No, el Fuji nunca es visible; el Fuji no existe, es una invención de los poetas del Manyôshu, con la complicidad de la Japan National Tourist Organization.
Jaques Roubaud.

(Para G. D. que hoy cumple años en Tokio, y por estos días descubre su propia Japonia. Kanpaï!)


La piel del mar

- ¿Y cómo es que te gustan tanto las medusas?

-Pues, no lo sé. Las encuentro bonitas. Antes, mientras las miraba, he pensado una cosa. Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos. ¿No te parece? Dos terceras partes del planeta son océanos y lo que nosotros podemos ver con nuestros ojos no pasa de ser la superficie del mar, la piel. De lo que verdaderamente hay debajo, no sabemos nada.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haurki Murakami.


Rollo de intimidad femenina

Hoy se inaugura en Buenos Aires la IX edición de la Feria del Libro de Fotos de Autor, en Espacio Ecléctico. De los 400 trabajos presentados, se seleccionó poco más de la mitad.

Verano es uno de ellos, dentro de la categoría Biografía. Pertenece a Andrea Marra, guionista de unitarios para televisión y, desde ahora, también autora de un ejemplar único, artesanal y de inspiración japonesa.

El fin de un affair amoroso y el incentivo de su profesora de fotografía, Marcela Valero Narvaez, fueron el motor de este libro poco convencional: un rollo que indaga en lo íntimo, en lo femenino, a través de fotos y textos eróticos.

El rollo es un fluido de poco más de un metro y medio de largo. “Tiene algo de flipbook, de las estampas japonesas, perfectamente podría ser la secuencia de una película”, me cuenta Andrea que, a propósito, parece medio japonesa.

Impreso en papel traslúcido y bien guardado dentro de una cajita oriental. Como un tesoro, que retiene movimiento, fragilidad, imágenes borrosas, recuerdos de un momento explosivo.

En la feria, algunos libros se venden, éste no. Es único. Pero hasta el 22 de este mes se lo puede conocer, descubrir. Sentarse en un sillón y desenrrollarlo. “Las mujeres van a entender de qué estoy hablando”, dice Andrea.


A la deriva con Mario Levrero

“El ómnibus llegó pasado el mediodía. La ciudad parecía un pueblo fantasma del Far West, unas casuchas amontonadas junto a la carretera; pero luego el ómnibus dobló a la izquierda, se internó por distintas callecitas y nos depositó junto a la agencia, en el aparente centro de la ciudad, bastante más extensa de lo que parecía desde la carretera.

Llegábamos hora y media atrasados, algo estadísticamente normal. En la agencia pregunté por un hotel, y me dijeron que el hotel estaba a pocos metros, desde luego sobre la avenida principal. Vi partir nuevamente el ómnibus, llevándose a Roxana dormida en su asiento junto a otras víctimas rumbo a Miserias, Desgracias y otras populosas localidades del interior.

Algo en la cima del lugar que rezumaba aridez -física y espiritual- me hizo bautizarlo primariamente Poisonville; unas horas después encontré más adecuado el castizo “Penurias”. Un aire caliente resecaba las fosas nasales y dejaba una impresión irritante, venenosa. Estábamos a fines del verano, y no quise imaginar cómo sería enero.”


Las cartas de Cortázar a los Jonquières

Me gustó el adelanto de las Cartas a los Jonquières (Alfaguara) que leí ayer en ADN Cultura.

Más Cortázar inédito. Después de Papeles Inesperados, estas cartas que Julio escribió a su amigo Eduardo Jonquières y su familia, entre 1951 y 1983.

Mientras espero que llegue el libro, rescato la mirada de París que el autor de Rayuela muestra en esta misiva, una de las 127 que se podrán leer dentro de unos días:

París, 24 de febrero de 1952

Mi querido Eduardo:

[...] Es la noche del domingo, y descanso un poco, solo en mi cuarto, después de una semana llena de cosas, idas y venidas, curiosas experiencias, “peladas de frente” y grandes maravillas. Hay un gran silencio en la Cité porque es medianoche, los últimos grupos de estudiantes se han disuelto, y callan los aparatos de radio -uno o dos- de mi piso. Tengo conmigo a un gatito, que me toca alimentar y guardar esta noche, pues es el hijo colectivo de los habitantes del tercer piso. (Hace una semana lo salvé de morirse helado en la nieve, y como recompensa el tipo me chupó de tal modo un pulóver que había a los pies de la cama, que me lo dejó arruinado para siempre.) Pienso que hace dos años justos yo estaba en Venecia, disponiéndome a venir al misterioso París. Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias. Me aterraría (¡no me ha sucedido, por suerte!) pasar un día apurado frente a Notre-Dame y echarle apenas la ojeada sin intencionalidad que se dedica a los bancos o a las casas de renta. Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada. Puedo darme el lujo de pasar cerca del Museo de Cluny y decirme: “Entraré otro día”. Pero entrar ahí tiene que seguir siendo una cosa grave, última, la verdadera razón de mi presencia en París. Nos reímos de los turistas, pero te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París, el hombre que anota en su agenda: Jueves, ir a ver el San Sebastián de Mantegna… Es tan horrible advertir a cada minuto cómo las facultades intelectuales empiétent [desbordan] sobre las intuiciones puras, tratando de esquematizarte el mundo… Lo atroz de B.A. es que es materia mucho más intelectual que estética, y apresura ese horrendo proceso de cristalización de un hombre. Por eso los argentinos son gente de tanto “carácter” (!), de tanta “personalidad” -repertorios de ideas definitivamente fijas, cuajadas, sin movimiento posible. Todo el mundo tiene allí su opinión sobre las cosas, pero coincidirás conmigo en que basta opinar sobre una cosa para, en el mismo acto, dejar de verla. La idea de Wilde en su “Retrato de Mr. W. H.” es realmente profunda: si en el acto de probar que una cosa es A o B, ocurre que de golpe se siente una angustia terrible y la sensación del descreimiento total en lo afirmado, ello se debe a que todo hombre inteligente y sensible sabe que una prueba es siempre otra cosa, que no toca para nada la realidad esencial de eso de que se habla. Yo quisiera que París se me diera siempre como la ciudad del primer día. Llevo aquí 4 meses: pero llegué anoche, llegaré otra vez esta noche. Mañana es mi primer día de París. [...]

Un muy gran abrazo, y que ésta te encuentre bien.

Julio


Un verdadero gaucho

“Un verdadero gaucho no puede retroceder ante un desafío, que puede serle lanzado directamente, con una invitación para salir afuera o, echándole insultos que, de ignorarse, significarían una victoria casi tan definitiva del desafiante como si ganara una pelea.

Un gaucho considera que su ley está por encima de la ley del Estado y a menudo tiene que huir de la policía hasta que el problema se calma.

Dicen que un verdadero gaucho debe ser capaz de montar en pelo cualquier animal, usar su cuchillo, un lazo y las boleadoras, tocar la guitarra y caer sobre sus pies cuando lo tira un caballo. Es un nómade solitario, que nunca se queda mucho tiempo en un lugar, que duerme con mas frecuencia al raso que bajo techo y cuya única compañía en buena parte del tiempo son sus caballos”.

El Jimmy, fugitivo de la Patagonia“, de Herbert Childs, editoria Zagier & Urruty


A propósito de Cineclub

El otro día necesitaba una segunda opinión. Le mostré dos fotos a un amigo y le pregunté cuál le parecía mejor. “Me gustan las dos… ¿Por qué siempre hay que elegir?”, dijo después, como si lanzara la pregunta al Universo.

No aclaró mucho más y eligió una foto. En el momento su pregunta me desconcertó. Pero esa noche, después de ver una película en donde alguien tuvo que elegir entre la vida y la muerte, se abrió otra dimensión de las decisiones y recordé la pregunta de mi amigo.

Estoy leyendo un libro muy bueno que se llama Cineclub, de David Gilmour. El argumento es más o menos el que sigue. Un padre preocupado por su hijo adolescente que es pésimo en la escuela, y harto de perseguirlo para que haga la tarea le propone asumiendo el riesgo del caso, que deje el instituto. Las condiciones son dos: 1) que no se meta en drogas 2) que tiene que ver tres películas por semana con él. Durante más de un año, padre (crítico de cine desempleado) e hijo ven películas sin parar. Además de mostrar la relación entre los dos y las mil puertas en la cabeza que construye el cine, la película es un viaje alucinante por las mejores películas.

En todos los capítulos uno tiene ganas de volver a ver una y otra, ésa y aquélla. Uy, ¿te acordás? La cuestión es que ayer quise volver a ver Crímenes y pecados, una vieja de Woody Allen. La vi hace más de diez años. Recuerdo que me había encantado y casi nada más. La alquilé y me volvió a encantar. ¿A qué viene el cuento?
A esto: en un momento de la película responden en algún sentido la pregunta universal sobre las elecciones con este texto, que le mandaré ahora mismo a mi amigo:

Todos nos enfrentamos en nuestras vidas con decisiones agonizantes, elecciones morales. Algunas son a gran escala. La mayoría de las decisiones son menores. Pero nos definimos según las decisiones que tomamos. De hecho, somos la suma de nuestras decisiones. Los eventos se desarrollan tan impredeciblemente, injustamente. La felicidad humana no parece haber sido incluida en el diseño de la creación. Sólo nosotros, con nuestra capacidad para amar le damos sentido al Universo indiferente. Y sin embargo, la mayoría de los seres humanos parece tener la habilidad de seguir intentando e incluso encontrar placer en las cosas simples, como su familia, su trabajo, y en la esperanza de que las próximas generaciones quizás entiendan más“.


Hotel España, en Argentina

Este fin de semana, Hotel España, el nuevo libro de Juan Pablo Meneses, sale a la venta en Argentina.

En sus páginas, el autor recorre distintos hoteles España del continente y en el camino se cruza con controles policiales, fiestas inolvidables, un pueblo andino con wifi, contrabandistas ballenas y la pista de hielo más grande del mundo. Un libro que redescubre la América Latina del Bicentenario.

Hotel España tiene una particularidad: se presenta en giras. JPM ya dio vueltas por media Latinoamérica y en estos días, cuando logre salir de Chile, llega a Buenos Aires para nuevas presentaciones. Durante abril, el tour sigue en Córdoba, Rosario y La Plata.

A continuación, un adelanto exclusivo del libro.

Podemos intentar escribir el mejor libro de viajes. Contar nuestras experiencias, relatar aventuras, mostrar nuevos paisajes y relatar tierras nuevas. O podemos querer contar todo un continente, la tierra de Los España a doscientos años de su independencia, sin embargo, sigo creyendo que el más noble de los libros de viajes es el pasaporte.

Aunque la Real Academia Española lo defina burocráticamente como la licencia o despacho por escrito que se da para poder pasar libre y seguramente de un pueblo o país a otro, el pasaporte sigue siendo, de lejos, el más sencillo y efectivo diario de viaje. Un libro de tapas gruesas que lleva tu foto y tu nombre, dándole a la publicación la importancia que te mereces. Una bitácora íntima e intransferible que va resumiendo, certeramente, el rumbo que ha corrido tu vida en los últimos años.

La paranoia de los escritores frente a la hoja en blanco, los viajeros la viven con el pasaporte vacío. Pocos, salvo a los que les gusta andar de un lado a otro, pueden entender el encanto que produce el timbre aduanero de un país exótico. Intercambiar pasaporte con alguien, mientras se espera la conexión retrasada, pesa más que compartir toneladas de novelas de aeropuerto.

Aplicando la moral de Augusto Monterroso, defensor de la literatura breve y autor del cuento más corto de la historia, el pasaporte es el libro de viajes perfecto: apenas el nombre de un país, timbrado en tinta lila, te lanza a recorrer largos arrozales asiáticos; una visa en un alfabeto indescifrable es suficiente para que, al tocarla, casi huelas otra cultura; una simple fecha en rojo sirve, y basta, para recordar interminables caminatas por un viejo continente. Literatura directa. Concisa. Al grano, como para ridiculizar a los novelistas debutantes.

Ir llenando el pasaporte es ir escribiendo tu propio Moby Dick. Una novela donde la aventura viajera va atravesando todo el relato. Y en la que, por cierto, cada uno se encariña con distintos capítulos. En mi caso, suelo preferir dos. Uno por lo extraño, como cuando salí de Chile en barco y en el pasaporte quedó registrado un timbre con la palabra Valparaíso. Y otro, por lo ausente, cuando estuve en la Triple Frontera: quedó el timbre de salida de Argentina y, dos días más tarde, el de ingreso a Paraguay. Pasé dos días en Brasil sin ningún tipo de registro, lo que algún crítico podría traducir en un salto de tiempo que puede llegar a ser interesante.

Pero, claro, en el mundo de los pasaportes, como en el de los libros, la apariencia de las portadas influye mucho. Más de lo que un autor quisiera. Una tapa que diga United States y adentro lleve tu foto puede abrirte las puertas de nuestro mundo, pero llenarte de sospechas si visitas al enemigo. He visto ecuatorianos y peruanos teniendo que desnudarse en España por la tapa de sus pasaportes, y no quiero ni pensar lo que debe ser llenar un libro de viajes personal cuya cubierta tiene escrita las palabras Irak o Palestina. Aunque ahora el pasaporte chileno esté en alza, nadie parece recordar que por años fue un lastre que pesaba más que un piano, y que te negaran la visa era tan común como un estornudo.

La importancia de las portadas lleva a casos increíbles. Conozco santiaguinos de toda la vida, que crecieron yendo a las reuniones dobles en el Estadio Nacional, que se pasean por Sudamérica con pasaporte italiano. Una amiga recorre el mundo con documento austriaco, aunque nunca estuvo allí. Y he visto latinoamericanos malgastar cinco años de su vida en España sólo para conseguir una cubierta europea para su libro. ¿Vale la pena tanto sacrificio?

Seguramente, vale la pena. Eso lo sabe cada uno. Tal como cada uno sabe lo que significan los diferentes timbres que van llenando el pasaporte. Hace poco, hablando con un viejo periodista deportivo argentino, me dijo que en todos sus años de carrera nunca escribió un libro: sólo llenó pasaportes.

Y me lo dijo sereno, con la tranquilidad de un autor que se sabe respaldado por una gran obra.


Larga distancia, en ómnibus

“[...] Clemente, nuestro azafato de a bordo, se ocupa de darnos la bienvenida, nos explica que servirán cena caliente, cafecito con opción a whisky para la película y desayuno llegando a Bariloche. Clemente está muy contento con su trabajo y con el micrófono, está muy contento de poder contarnos todo lo que nos cuenta, y hacerlo a través de un micrófono. Clemente se mueve con celeridad por entre los asientos y nos prohíbe ir sólido al baño. Lo repite. Dice: repetimos, nada sólido. La sola prohibición me da retorcijones. El asiento es amplio, no tengo compañero, el bus no va lleno, ofrecen vino para la cena y whisky para después pero todo lo que en un principio parece tan auspicioso rápidamente se convierte en una pesadilla. Clemente entiende que tiene que entretener al pasaje todo el tiempo, como si no fuera suficiente mirar por la ventanilla. Cuando no habla por el micrófono, camina entre los asientos entregando, retirando u ofreciendo refill de cosas, pregunta si tenemos calor, si tenemos frío, si está bien el aire. Yo intento mirar por la ventanilla para que no me hable, y me resulta hasta que me invita a cerrar la cortina por las piedras. ¿Piedras? Afuera no hay más que llanura, ni siquiera rancherío queda. Ahora ya ni paisaje queda.

Intento, entonces, interesarme por la película, entradísima ya, en la que un señor musculoso tiene que hacer de niñera de un grupo de niños rubísimos que se le resisten. Él lleva biberones en su cinto como granadas. No funciona. No me interesa y no puedo dormir. Clemente va y viene. Basta Clemente, basta por favor. Algunos señores ya roncan. Me doy cuenta con frustración de que aquel viaje que había imaginado y soñado no va a suceder. Que aquella cosa de mirar por la ventana y dejarse ir y que los pensamientos pasen ya no va a ser posible. Estoy encerrada en una habitación en movimiento con olor a mono y Clemente revoloteando. Y estoy cansada pero no tengo sueño.

[...] Nos despierta Clemente a la mañana, no sin violencia, haciendo sonar un DVD de latinos. Abro los ojos y aparte de la Patagonia veo a Ricardo Montaner de blanco en unas terrazas griegas, muy blancas, cantándole a una morocha, de vestido de bambula que se hace la linda en alguna playa. Ricardo canta entre barcos, atardeceres e interiores color terracota. Clemente va y viene, diligente. Está peinado, hay producción ahí. Me incrusta una bandeja sobre las piernas mientras intento que el surco que el marco de la ventana dejó en mi mejilla se desdibuje. Tengo la frente húmeda y el pelo aplastado. El sudor de la ventana se hizo agua en mi frente. Afuera, la montaña. En una hora más o menos, estamos en Bariloche. yo soñé algo extraño, no sé muy bien qué pero algo me acecha. Alguna sensación familiar, algo recobrado. [...]”

Agosto, una novela de Romina Paula. Editorial Entropía.


Ritos americanos, según Diane Arbus

Chica emergiendo del océano en ruleros, Coney Island, NY

El otro día fui a la casa de una amiga fotógrafa. De su extensa y variada biblioteca me llamó especialmente la atención Revelations, el libraco de otra fotógrafa, la estadounidense Diane Arbus (1923-1971).

Dentro del extraño mundo que abre ese libro, editado postmortem por su hija y su editor, reparé en una carta mecanografiada en 1963 que Arbus mandó como proyecto personal para aplicar a la beca Guggenheim, que luego ganó.

Esta es la traducción de esa carta de presentación.

 Ritos americanos, modales y trajes

Quiero fotografiar las ceremonias importantes de nuestro presente porque viviendo aquí y ahora tendemos a percibir sólo lo que es azaroso, estéril, sin forma. Mientras lamentamos que el presente no es como el pasado y abandonamos la esperanza de que se convierta en algún futuro, sus hábitos innumerables, inescrutables yacen en espera de su significado. Los quiero recolectar como la abuela de alguien que guarda conservas porque van a haber sido tan hermosos.

Hay ceremonias de celebración (Los Shows, los Festivales, las Fiestas, las Convenciones) y las ceremonias de competencia (Concursos, Juegos deportivos), las ceremonias de comprar y vender, de apostar, de la ley y el show; las ceremonias de fama en las que los ganadores ganan y los suertudos son elegidos o las ceremonias de familia o encuentros (las Escuelas, los Clubs, los Encuentros).

Después están los Lugares Ceremoniales (el salón de la peluquería, el salón de la funeraria o simpelemente, el salón) y los trajes ceremoniales (lo que usa una camarera, o los luchadores), ceremonias de los ricos, como un show de perros y de la clase media, como el juego de bridge. O por ejemplo: la lección de baile, la graduación, la cena de compromiso, la sesión de espiritismo, el gimnasio, el picnic. Y quizás, la sala de espera, la fábrica, el baile de máscaras, el ensayo, la iniciación, el lobby del hotel y la fiesta de cumpleaños. Etcétera.

Escribiré lo que sea necesario para una mayor descripción y dilucidación de estos ritos, iré hasta donde pueda para encontrarlos. Estos son nuestros síntomas y nuestros monumentos. Quiero simplemente guardarlos, porque lo que es ceremonioso y curioso y lugar común será legendario.”

Diane Arbus

Este año el SFMOMA cumple 75 años y lo celebra con distintas muestras, entre ellas, una de fotografía que focaliza en los artistas contemporáneos, a partir de 1960. Diane Arbus, la mujer que mostró a los invisibles y a los marginados, integra la muestra, que se podrá ver hasta fin de mayo.




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