Camas de hotel

Desde hace años viajo por trabajo y duermo en hoteles. Una mañana que todavía recuerdo entró al cuarto una luz de primavera. Suave, poética. Se coló por una hendija para expresarse en un pliegue de la sábana.

Desde ese día desarrollé un ritual íntimo: registrar las camas donde duermo. Camas de hotel.
A veces me tocan habitaciones de princesa con sábanas de siete mil hilos de algodón egipcio y también pueden ser cuartos oscuros, con colchones duros como un tablón.

En este libro repaso mis camas de hotel en un intento de explorar la noche. El sueño y el deseo, la anécdota, la pesadilla y el insomnio.

De Río de Janeiro a Dakar y de Cracovia a Iguazú, cambia el lugar, pero el tránsito por la noche es universal. Desesperada o calma, indiferente, corta, larga, cobarde o audaz, la noche de noche se llena y cría.

Entre los próximos 7 y 17 de este mes el libro se mostrará en el marco de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en Central Newbery (Jorge Newbery 3599, esquina Charlone), de 14 a 20. Habrá más de doscientos libros para ver. ¡Los espero!


El deseo de ser piel roja

Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta,
cabalgando sobre un caballo veloz,
a través del viento,
constantemente sacudido sobre la tierra estremecida,
hasta arrojar las espuelas,
porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas,
porque no hacen falta riendas,
y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa,
habrían desaparecido
las crines y la cabeza del caballo.

Contemplación, Franz Kafka.

(Tomado de un papelito pegado en el baño de la casa de unas amigas)


El Año Cortázar

Este es el Año Cortázar. Se cumplen cien años del nacimiento y treinta de la muerte del gran escritor argentino. El cronopio mayor. Tan porteño para escribir, tan amante de Buenos Aires, a pesar de no haber vivido demasiado en ella.

Cómo vería la ciudad desde su metro noventa y tres de altura. Si hoy paseara por la Plazoleta Cortázar, en Serrano y Honduras, Palermo, seguramente su cabeza pasaría el techo de los puestos de artesanos que la llenan cada fin de semana. Y ya no podría jugar a la rayuela pintada en la inauguración porque se fue borrando con el tiempo.

El escritor nació en Bruselas el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Su padre era agregado de la embajada argentina así que el lugar de nacimiento fue, como él mismo dijo, accidental. Cuando tenía cuatro años su familia se trasladó a Banfield, hoy una localidad en el sur del conurbano, en aquella época, años veinte, un pueblo con calles de tierra por donde todavía pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Banfield, un lugar con apellido de ingeniero inglés de ferrocarril, desde donde Cortázar viajaba todos los días a Buenos Aires para cursar sus estudios en la Escuela Normal Superior Mariano Acosta (Urquiza al 200). Ahí se recibió de maestro y después dio clases en Chivilcoy y Bolívar, dos ciudades bonaerenses donde pasó algunos años en la década del cuarenta.

Salvo durante ciertos períodos, no vivió en Buenos Aires, sí en París, donde fijó su residencia en 1951 y murió en 1984. Sin embargo, volvía Buenos Aires con frecuencia. A ver a sus amigos y a su gran amiga, la ciudad. “Las ciudades son como las mujeres, esas ciudades de las que te enamoras y son el amor de tu vida, y no soy excesivamente monógamo porque pienso que se pueden tener muchas ciudades que se aman al mismo tiempo”. Eso le dijo al periodista Joaquín Soler Serrano en una entrevista para la televisión española en 1976.

París y Buenos Aires fueron sus amores más grandes. Allá tenía el misterio de las galerías cubiertas, los pasajes, la arquitectura monumental, el metro, el Sena. Acá, el puerto, el bajo, Barracas, los cafés, sus largas caminatas por Avenida de Mayo, Plaza San Martín y Plaza de Mayo. Dos ciudades presentes a lo largo de su obra, y tanto en una como en otra hay homenajes durante este año. Mejor estar atentos.


Vagabundas

Estudio básico preliminar del comportamiento nómade, sin atender al género

1. Por qué. La pobreza, el hambre, la codicia, los problemas judiciales, las desavenencias conyugales, la curiosidad insasiable o el incorformismo atroz encienden los motivos de la huida.
Sin embargo, lo circunstancial es una mera excusa.
Habría que considerar el factor genético. El nomadismo sería hereditario. O contagioso.

2. Quiénes. Los primeros exploradores, conquistadores o cruzados fueron principalmente traficantes, aristócratas, hidalgos, criminales, rufianes y bribones. De ese material humano excrable descendemos. La suma de carroñas foráneas dio como resultado esta humanidad, aparentemente seria y responsable. Sin embargo, varios siglos después se ha invertido el asunto. El sujeto que parte pertenece a otra especie: un desacomodado económica, espiritual o políticamente. Un buscador de cielos, un fanático de lo imposible. Los rufianes operan sin moverse de su condominio.

3. Cómo. En la Antigüedad se viajaba tan lentamente que la gente con tendencia al descanso y el confort desistía y desconocía el mundo. El conocimiento es agotador. Los que sí atravesaban el océano en precarios cascarones confiaban en obtener fortuna. A cambio, padecían infecciones, olían a pis, tenían liendres, tifus, peste y sufrían accidentes de todo tipo: por herida cortante, naufragio, traición, caída, hurto del compañero o asalto del pirata de turno. Con el advenimiento del progreso, los traslados se hicieron más tibios, en aparatos desodorizados. En la actualidad, hay un ejército de serviciales mucamos que hacen cómodo el periplo, a un costo razonable. El viajero ha perdido independencia en el trayecto. Es un condenado al tour, a la visita guiada, a la memoria acotada de estudiante de turismo. El viajero es castigado al recorte histórico y a la generalidad vana.

4. Progresión. Tras los vándalos transpirados y sin escrúpulos, llegaban los colonos y sus mujeres. Los primeros saqueaban y los segundos comerciaban lo saqueado. Ellos pasaban el trapo. Así crecieron las naciones. Las industrias más desarrolladas durante el siglo XX han sido la armamentística y la desinfectante. Un muerto requiere mucha higiene. La sangre deja huellas.

5. Salvedad. Las viajeras de mi interés son las que parten sin razón. Su disfrute es el viaje en sí. Tienen un individualismo muy superior al de sus pares varones. No van en grupo. No esperan elevar su status, sino perderlo. Viajar para ellas es sinónimo de liberación, siginifica desprenderse del destino de pastoreo para el que han sido criadas. Las viajeras son ovejas descarriadas, incluso antes de hacer la valija.

Vagabundas, Fernanda García Lao, Editorial El Ateneo.


El libro

En El mejor trabajo del mundo cuento la búsqueda de un cassette con una entrevista al escritor Paul Bowles. Necesito encontrarlo para seguir escribiendo. Lo busco como se busca una llave que te hará libre. Y también cuento viajes, muchos de mis mejores y peores viajes. Los que lo lean van a encontrar un recorrido por el desierto chileno con una banda de naturalistas estadounidenses, groupies de las flores, y un viaje a La Prairie, una clínica suiza donde algunos van a inyectarse una pócima que se cree que estira la vida. Hay una cabalgata por la Cordillera de los Andes para buscar unas vacas antes de la llegada del invierno, un pantallazo del México millonario de Carlos Slim y un recuerdo chancho de la India.

El libro ya está disponible. Por ahora se puede conseguir en las siguientes librerías:

Eterna Cadencia – Honduras 5574.
El Libro de la Arena – Aráoz 594.
Alberto Casares Libros – Suipacha 521.
Librería del Avila – Adolfo Alsina 500.
Libros La Cueva – Av. De Mayo 1127.
Librería Lorraine – Av. Corrientes 1513.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1436.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1311.
La Comarca Libros – Av. Cnel Díaz 1492.
Del Sol Libros – Superí 1413.
R y R Libros – Freire 1536.
La Barca Libros – Av. S. Ortiz 3048.
Capítulo 2 SA. – Cabello 3615.
Librería Antigona – Av. Corrientes 1555. Bodega Liberarte.
Librería Antigona – Cerrito 1128.
Libreria Antigona – Av. Corrientes 1543 – C.C. Cooperación.
Librería Antígona – Av. Las Heras 2597.
Librería Norte SA. Av. Las Heras 2255.
Paradigma Libros – Maure 1786.
Libros de Viaje – Paraguay 2457.
Librería Rodriguez SA. – Av. Cabildo 1849 – Loc. 4 y 6.
Tiempos Modernos – Cuba 1921.
Equis Libros – Av. Diagonal Norte 1122.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Autoria Bs. As. – Suipacha 1025.
Librería Juncal – Talcahuano 1288.
La Porteña Libros – Juramento 1705
El Aleph – Av. Rivadavia 3972.
Librería Patria Grande. Av. Rivadavia 6369.
Librería Macondo –Jerónimo Salguero 1833.
Penelope Libros – Av. Santa Fe 3673 – Loc. 10.
Vuelvo al Sur Libros – La Rioja 2127.
Rincón 9 Srl. – Rincón 9.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Librería Beca – Av. Saenz 1040.
Librería Yenny – Suc. Caballito.
Librería Yenny – Suc. Villa del Parque.
Librería Yenny – Suc. Palermo Portal.
Librería Yenny – Suc. Florida 629.
Librería Yenny – Suc. Flores.

Gran Buenos Aires

Boutique del Libro – Suc. Unicenter.
Boutique del lIbro – Arenales 2048 – Martinez.
Bohemia Libros – Mitre 212 – Dolores.
Lugar del Libro – Showcenter – Haedo.
Librería Guardia SRL. Alsina 61 – Ramos Mejía.
Librería La Cueva – Av. I. Arias 2354 – Castelar.
Librería La Recova – Martín Yrigoyen 430 – Castelar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte. Perón 1308 – San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte Perón 1540 -San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. 25 de mayo 1326 Escobar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. H. Yrigoyen 15 – Martinez.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Ituzaingó 633 – Pilar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Pacífico Rodriguez 4617 – Villa Ballester.
Librería Rodriguez – Av. A. Jauretche 1441 – Hurlingham.
Librería Rodriguez – Av. De los Jacarandaes 6144 – El Palomar.
Librería del Norte – Roque S. Peña 1519 – Olivos.
Pehuen Libros – Ricardo Gutierrez 1418 – Olivos.
Librería Trampolín – Bvad. San Martín 3130 – El Palomar.
Librería Betania SA. – Obispo Terrero 3072 – San Isidro.
El Río Libros – Acassuso 215 – San Isidro.
La Huella Libros – Obispo Terrero 3057 – San Isidro.
El Enebro Libros – Juan S. Fernandez 1247/51 – San Isidro.
Hermano William tienda de Libros – Av. La Plata 3875 – Stos. Lugares.
Librería La Cueva – Av. San Martín 2771 – Caseros.
Librería Libros – J. Hernandez 2411 – Villa Ballester.
Garabombo Libros de Sherke Srl. – Ayacucho 2136 – San Martín.
Librería Dante Alighieri – San Martín 1972 – Galería Plaza Loc. 4 – San Martín.
Boutique del Libro de San Isidro – Chacabuco 459 – San Isidro.
Babilonia Libros – Rivadavia 889 – Luján.
Librería García SA. – Joly 2874 – Moreno.
Oscar Libros – Av. Gaona 2448/50 – Ramos Mejía.
La U de Morón – Cabildo 181 – Morón.


El olor de la tormenta

Este fin de semana estuve en la previa de una tormenta en el medio del campo. El cielo se puso negro y después azul dudoso. El viento golpeaba las ramas y asustaba a los pájaros que buscaban refugio en el monte de eucaliptus. Había olor, olores que se mezclaban y producían un olor único, el olor de la tormenta.

Antes de seguir con posts del Caribe, con Panamá y Honduras, un homenaje al olor de la tormenta a través de una descripción de Selva Almada en El viento que arrasa.

 

“Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.

Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bodas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono,junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo que encuentren.

El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.

Saliendo del monte, ya en la planicie, el olor de los tacurúes.

El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan qeu usan las mujeres para lavar la ropa. El olor a ropa mojada secándose en el tendedero.

El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.

Y más acá el olor del pueblo mas cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, uqe llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.

El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con una pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.

Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en una postal turística.

El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.

Se venía la tormenta”.

***

En la novela de Selva Almada y en mi foto, se vino la tormenta.

 


Nenúfares

claude_monet_-_nenufares

De vuelta a casa notó que el pantano vacío, antes cubierto de nieve y de graves sombras de troncos, estaba ahora encendido de nenúfares. Las hojas frescas, de aspecto comestible, eran grandes como bandejas. Las flores se alzaban como llamas de vela y había tantas, y de un amarillo tan puro, que irradiaban luz a aquel día nublado. Fiona le había dicho que también generaban un calor propio. Hurgando en una de sus bolsas de información oculta, había agregado que, supuestamente, si uno metía la mano en la corola podía sentir el calor. Ella había hecho la prueba, pero no estaba segura de si había sentido el calor o lo había imaginado. El calor atraía a los insectos.

 

Ver las orejas al lobo, en Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro


El viento que arrasa

“[…] Tapioca tampoco se acuerda bien de su madre. Cuando ella lo dejó, tuvo que acostumbrarse a su nuevo hogar. Lo que más le llamó la atención fue ese montón de autos viejos. El cementerio de coches y los perros fueron un consuelo. Esas primeras semanas hasta que se fue haciendo a la idea. Se pasaba el día entero metido en las carcasas: jugaba a conducir aquellos vehículos y siempre tenía tres o cuatro perros de copilotos. El gringo lo dejaba. Se fue acercando de a poquito como si el niño fuera un animalito de monte que había que amansar. Empezó contándole la historia de cada uno de esos autos que alguna vez habían transitado calles y hasta rutas larguísimas. Muchos no solo habían ido hasta Rosario, como su madre, sino también a Buenos Aires y a la Patagonia. Brauer había buscado una pila de mapas de rutas del Automóvil Club y, por las noches, después de cenar, le mostraba los puntos por los que, según él, habían andado aquellos vehículos. Con su dedo grueso, manchado de grasa y nicotina, iba siguiendo las líneas y le explicaba que el color y grosor de cada trazo daba cuenta de la importancia de la ruta que ilustraba. A veces el dedo de Brauer torcía bruscamente el rumbo, se salía de una carretera principal para tomar un camino apenas insinuado, una línea más fina que una pestaña que terminaba en un puntito. El gringo decía que en ese sitio el conductor había pasado la noche y que ellos debían irse a dormir.

Otras veces la punta del dedo del mecánico pasaba los saltitos por una línea punteada, un puente levantado sobre un río. Tapioca no sabia lo que era un río, ni lo que era un puente así que Brauer se lo explicaba.

Y otras veces el dedo se movía sinuoso por un camino de montaña. En una ocasión el dedo llegó a donde se terminaba el mapa y el Gringo le habó del frío que jamás conocerían en el Chaco, un frío que lo ponía todo blanco. Allí la carretera, en invierno, se cubría de hielo y el hielo propiciaba la patinada de los neumáticos y los accidentes fatales. A tapioca le dio miedo un sitio así y pensó qué suerte que ellos estaban bien arriba en el mapa y no ahí donde se terminaba el mundo.

El viento que arrasa, Selva Almada, Mardulce, 2012, Buenos Aires
Página 49

(La foto es Paysandú, Urugay, en un descampado donde venden cachilas)


Río como medicina

“No hay medicina segura para los dolores del alma. Esta señora languidece porque le parece que no la quiero; le doy Río de Janeiro y se consuela”.

El Alienista, Machado de Assis, Tusquets Editores.


“El paisaje sin hombres me revienta” (Roberto Arlt)

[…] Las iglesias antiguas no me llaman la atención. Las casas roñosas del siglo pasado tampoco. Hemos protestado de la estúpida arquitectura colonial, que en nuestro país se ha difundido entre los nuevos ricos, ¿y vamos a empezar a abrir la boca frente a estas casonas oscuras porque están hechas de piedra? Haga el favor. Todas estas casas me parecen muy lindas… para convertirlas en pedregullo.

-¿Sabe que usted es un tipo muy agresivo?

– Soy sincero. No he ido al Museo Histórico ni pienso ir. No me interesa. No interesa a nadie saber de qué color eran las polleras de las señoras de laño cuatrocientos, o si los soldados andaban en patas o con abarcas. Esto es lo que me ha desilusionado de viajar. No daría un cobre por todos los paisajes de la India. Prefiero ver una buena fotografía que ver el natural. El natural, a veces, está en un mal momento y la fotografía se saca cuando el natural está en su mejor momento.

Mi interlocutor tiene ganas de indignarse pero yo insisto:

– Una de dos; o nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a los demás, o confesamos que el pasado no nos interesa. Y eso es lo que me ocurre a mí. Otro señor podrá hacer de las iglesias de Río un capítulo de novela interesante. A mí no me parece tema ni para una mala nota. ¿Estamos? Otro señor podría hacer de las callejuelas retorcidas de Río un poema maravilloso. A mí, el poema y la callejuela me fastidian. Y me fastidian porque falta el elemento humano en su estado de evolución. El paisaje sin hombres me revienta. Las ciudades sin problemas, sin afanes y los hombres sin un asunto psicológico, sin preocupaciones, me achatan.

Aguafuertes cariocas, Roberto Arlt, Adriana Hidalgo editora 2013.




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