Aquí

Antes de salir de viaje

Se llama: espacio.
Es fácil definirlo con esa sola palabra,
mucho más difícil con varias.

¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,
ya que
nada puede escapar de él?
¿Dilatado hasta el infinito?
¿Por que si es finito,
con qué diablos limita?

Vale, vale. Pero ahora duérmete.
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:
tocar objetos que se encuentran cerca,
poner la mirada a la distancia deseada,
escuchar voces al alcance del oído.

Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.
Salida a las 12.40 hora de aquí,
sobrevolando esta madeja de nubes locales
a través de una franja de cielo tenue,
una entre las infinitas.

Wislawa Szymborska

Del libro Aquí, Bartleby Editores.


Guía mínima para viajar a Marruecos

Tardes atrás me contó Aniko Villalba que pronto se irá de viaje. Esta vez conocerá España, visitará parientes y después, seguramente cuando haga más frío, cruzará a Marruecos.

Si se te ocurre algún dato, ¿me escribís?, me pidió antes de despedirnos. Pensé entonces en mis recuerdos marroquíes. Y pensé también que no quiero darle imperdibles (“Lee El cielo protector antes de viajar”) ni nombrar lugares (“No dejes de ir a Marrakech”) porque creo que ella los encontrará en el camino y en la Lonely Planet o similar.

En cambio, se me ocurrió una lista de palabras clave. Una guía mínima, básica, una síntesis de la síntesis, palabras que serán una pista para explorar. Algunas remiten a lugares, otras llevan a una plaza, a un mercado, a la historia, a las montañas, a un plato de verduras y cordero o a un sonido que se repite en Marruecos: el llamado del muezzin para el rezo diario. No es una guía definitiva, todo lo contario, es una lista abierta con muchas páginas libres.

Atlas
Azul añil (Chefchaouen)
Babouche
Bereber
Bowles
Caravana
Ceuta y Melilla
Corne de gazelle (Kaab Ghzal)
Couscous
Chilaba
Dátil
Desierto
El Rif
Fuentes/agua/aguatero
Hassan II
Jemma el Fna
Kasbah
Ketama
Naranjas
Magreb
M’ Hamid
Medina
Mosaico
Muezzin
Oasis
Salamalecom
Souk
Tajine
Teñideros de cuero
Thé à la menthe
Zagora
Zona Internacional


Tres diarios

Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.

Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.

También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, Lolita Editores, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.

En Tres viajes el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.

El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas Hibye (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.

Sábado 17 de junio
Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos “esclavos” arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: “Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces”.

El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.

Lunes 11 de mayo
Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más.

Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso.

El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.

Sábado 25 de febrero
Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas.

Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.


Paisaje como rostro

“[...] Nosotros somos tiempo cuajado, dijo en cierta ocasión Marisa Madieri. Y no sólo cada individuo, también cada lugar es tiempo cuajado, tiempo múltiple. Un lugar no es sólo su presente, sino también ese laberinto de tiempos y épocas diferentes que se entrecruzan en un paisaje y lo constituyen; así como pliegues, arrugas, expresiones excavadas por la felicidad o la melancolía, no sólo marcan un rostro sin que son el rostro de esa persona, que nunca tiene sólo la edad o el estado de ánimo de aquel momento, sino el conjunto de todas las edades y todos los estados de ánimo de su vida. Paisaje como rostro, el hombre en el paisaje como la ola en el mar. [...]”

El infinito viajar, Claudio Magris.


Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


La leyenda del pianista en el océano

“Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos porbres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros.

Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, quer si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.

Con la que Dios bailaría si fuera negro”.

Novecento. La leyenda del pianista en el océano. Alessandro Baricco.


Bregovic, Sábato y la música de los balcanes

En homenaje al maestro, una crónica del emocionante encuentro entre Goran Bregovic y Ernesto Sábato ocurrido hace algunos años en el Teatro Gran Rex, y escrito por la periodista mexicana y amiga de la casa, Cecilia González.

En noviembre de 2004, Goran Bregovic vino a presentar su versión de la ópera Carmen al Gran Rex. Yo fui a verlo con un amigo que quería mucho y con el que compartía el disfrute de las películas de Kusturica, así que ahí estábamos, con toda la ilusión de escuchar en vivo esos acordes tan contradictoriamente alegres y melancólicos que tiene la música de los Balcanes.

En algún momento del concierto, Bregovic hizo una pausa y preguntó si entre el público había alguien que pudiera ser por un rato su traductor del inglés al español porque quería decir algo, y quería que todo mundo lo entendiera. Subió una muchacha, entre tímida y animada. El músico, en medio del respetuoso silencioso del público, empezó a contar que siempre tuvo una conexión especial con Argentina porque cuando hizo el servicio militar en la ex Yugoslavia, en las durísimas condiciones que imponía el régimen comunista, pudo calmar su espíritu leyendo Sobre héroes y tumbas, uno de los pocos libros de literatura que pudo encontrar en la biblioteca del centro especial donde miles de jovencitos se preparaban para futuras guerras. Se lo robó. Fue su único recuerdo de esa época y se convirtió en uno de sus libros favoritos entre los miles que, años después, formaban la biblioteca que pudo armar en su casa de Sarajevo.

Cuando estalló la guerra, a fines de los 90, su casa desapareció bajo los bombardeos, perdió todos sus libros y entró en un fuerte estado de depresión.

La historia era larga. Bregovic abundaba en detalles, pero los que habíamos colmado el Gran Rex escuchábamos atentos y expectantes. El músico bosnio siguió recordando que continuaba muy triste por la guerra, su biblioteca y la vida cuando, en 2001, vino por primera vez a tocar en Buenos Aires. En una de sus idas y venidas del hotel, la recepcionista le dio un sobre cerrado que le habían dejado y que abrió ahí mismo. Era una edición especial de Sobre héroes y tumbas enviada, con dedicatoria personal, por el propio Sábato. Sin conocerlo personalmente ni saber mucho más de su vida, el escritor le agradecía su música porque lo había sacado varias veces de las depresiones que solían aquejarlo, en particular por la muerte de uno de sus hijos.

Mi amigo y yo, y todos, calculo, estábamos muy emocionados. Se había formado un clima muy especial en el teatro. Bregovic decía que esa coincidencia, que sabemos que nunca es tal, le ayudó a superar su propia tristeza. Lo entendió como una señal y dejó de sufrir por su biblioteca; total, siempre podría reconstruirla, pero era más importante reconstruir su propia vida. Todo, gracias al libro de Sábato, al encuentro no programado por ellos. Por primera vez durante su relato, comenzaron a escucharse voces para interrumpirlo. En principio no entendíamos, pero de a poco los gritos comenzaron a hacerse más nítidos.

“He is here”, “he is here”, decían las voces en la oscuridad. Una sombra ahí por la fila 20 comenzó a levantarse, lenta, temblorosa. Era Sábato. Las luces se encendieron de a poco y, cuando finalmente se dio cuenta de lo que pasaba, Bregovic se puso las manos en el corazón e hizo una reverencia. No sabía que, con sus 93 años encima, el escritor había ido a verlo y se mantenía en pie apoyado en Elvira, su novia o secretaria, o las dos cosas. El público los aplaudió durante un largo rato, mientras músico y autor, admiradores mutuos, se encontraban, personalmente, por primera vez, después de haberse acompañado y consolado con sus respectivas obras, en tiempos y espacios lejanos, diferentes.

Fue un momento mágico, muy conmovedor. Para mí fue inevitable pensar, con gratitud, en todas las veces que algún libro, una película o una canción me han acompañado y consolado. Era más que suficiente. Había ido a un concierto y volvía con todo esto. Pero la historia tuvo todavía un apéndice.

Dos semanas después de ver la ópera, fui a cubrir el Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario, ése en el que Fontanarrosa hizo su famosa, graciosa y ya legendaria defensa de las malas palabras. La segunda noche, estaba cenando sola en mi hotel cuando me dí cuenta de que, unas mesas más allá, estaban Sábato y Elvira. Como no quería molestar, arranqué una hoja de mi agenda de Mafalda y le escribí unas palabras, algo así como “Gracias, don Ernesto, por su encuentro con Bregovic”. Me acerqué a la mesa, dejé el papel y les aclaré que no quería interrumpir, que sólo iba a dejarles ese mensaje. “¿Quién sos?”, me preguntó Sábato. “Soy periodista, pero no quiero molestarlo, sólo quería decirle que fui al concierto de Bregovic y que fue muy lindo que usted estuviera y todo lo que pasó”, le dije de corrido.

Elvira, muy amable, me invitó a sentarme con ellos, pero me dio vergüenza y me quedé de pie.

“Me gusta mucho la música balcánica, me pone alegre”, me dijo Sábato con una voz bajita, y luego me preguntó con quién había ido al concierto. “Con un amigo”, sonreí; pícaro, también sonriendo y tomándome la mano, Sábato me preguntó: “¿te gusta?, ¿va a ser tu novio?”. Los tres nos reímos. Al despedirme, Elvira me dio su teléfono para que la llamara por si algún día quería ir a Santos Lugares.

En los años siguientes llamé algunas veces pero nunca pudimos quedar para vernos. A mi amigo lo perdí, por una de esas cosas raras y tristes que pasan en la vida; y no cumplí mi promesa de leer Sobre héroes y tumbas hasta que el año pasado mi amiga Margarita me mandó una crónica sobre Sábato y me acordé de que tenía una cita pendiente con la historia de Alejandra y Martín. La leí, y entonces pude saber, sentir, por qué le había gustado tanto a Bregovic.”


Gonzalo Rojas (1917-2011)

Los Cómplices

Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso no necesita escribirse.


La mirada de 25 mujeres extranjeras

Como se lee en la portada del libro, ellas son 25 mujeres de 16 países tan diversos y distantes como Bolivia, Rusia, Bélgica, Australia, Egipto, Italia, Lituania, Grecia, Holanda, Turquía, Francia, Japón y Estados Unidos.

Todas viven en Argentina. Algunas llegaron con sus familias hace mucho tiempo, otras vinieron hace menos y están solas. Algunas se irán y otras planean quedarse a vivir.

Ellas saben que ya existen muchos libros de fotos sobre Argentina y no les interesa competir con los que se dejan en la mesa ratona. La idea de este libro fue mostrar su mirada que se ve que pasó por distintos estados, desde la sorpresa hasta la ternura pasando quizás por la indignación, la tristeza y alguna carcajada. Sin duda, un país que las estimula. Eso cuentan las fotos y también ellas en breves textos.

Las imágenes no sólo son de Buenos Aires, el libro abre una ventana al Norte y al Sur: los viñedos de Yacochuya, en Salta; el Glaciar Upsala, en Santa Cruz, el Faro Les Éclaireurs, en Ushuaia y otros rincones del país. No faltan las tradiciones, como el tango, el mate, asado y santos populares, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, paneos por las extensas planicies del campo argentino y personajes hermosos, bizarros, coloridos, antiguos, modernos, gente que no sería extraño ver en el teatro o en la televisión, pero están en la calle, sin actuar. Son así y forman parte del paisaje humano de esta ciudad.

El libro fue realizado con fines benéficos, para dos fundaciones que ayudan a mujeres y niños en riesgo.


Lecturas de verano

El verano es una estación triste en la que nada crece. Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena; incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante. La canción de verano es siempre la peor canción del año. El amor de verano es un subgénero del amor, del gran amor que nunca podrá tener lugar en verano. Hablan de lecturas de verano, noches de verano, viajes de verano, bebidas de verano y con ello queda implícito un sutil desprecio. Nuestro amor no está hecho para el verano. Nuestro amor no conoce vacaciones.

(De Escrito en servilletas)

Cuatro amigos. David Trueba, Anagrama.




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