Los perfumes de la tierra

“¿Ya hablé del perfume del jazmín? Ya hablé del olor a mar. La tierra es perfumada. Y yo me perfumo para intensificar lo que soy. Por eso, no puedo usar perfumes que me contraríen. Perfumarse es una sabiduría instintiva. Y como todo arte exige algún conocimiento de sí misma. Uso un perfume cuyo nombre no digo: es mío, soy yo. Dos amigas ya me preguntaron el nombre, se los dije, lo compraron. Y me lo trajeron: simplemente no eran ellas. No digo el nombre también por secreto: es bueno perfumarse en secreto”.

Clarice Lispector. Revelación de un mundo.


La conciencia y el paisaje

“A veces, cuando avanzas en silencio por paisajes tan desolados, pierdes la cohesión como ser humano y te sobreviene la alucinación de que te vas disgregando progresivamente. El espacio que te rodea es tan vasto que es difícil mantener el sentido de la proporción con respecto a la propia existencia. ¿Me comprende usted? Mi conciencia se iba dilatando junto con el paisaje y acababa por ser tan difusa que no podía mantenerme aferrado a mi cuerpo. Ésta fue la sensación que experimenté en medio de las estepas de Mongolia. “¡Qué inmensidad!”, pensaba. Más que la estepa parecía el mar. El sol ascendía por la línea del horizonte del oeste. Ante mis ojos, esto era lo único que cambiaba. Y hacia este desplazamiento del sol yo sentía algo que cabía definir como un enorme amor cósmico.”

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami.

(En la estepa patagónica, esta apreciación del teniente Mamiya al Sr. Okada se siente cercana a pesar de que Mongolia quede tan lejos.)


La Patagonia intensa

En este número de la Revista Lugares escribí sobre el oeste de Santa Cruz, sobre la Patagonia áspera, zona de estepas profundas, vacías, solitarias y ventosas cerca de la cordillera.

Un viaje por la Ruta 40, con paradas en estancias y una vuelta por el Parque Nacional Perito Moreno, uno de los menos visitados del país. Un viaje por lugares que parece los más indicado del mundo para decir que están en el medio de la nada.

Las fotos de Xavier Martin muestran la intensidad de esta Patagonia y dan ganas de poner un par de cosas en el auto y salir de viaje ya.

En el mismo número, notas sobre Pampa Linda, un valle dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi y a 77 kilómetros de Bariloche, ideal para unos días de trekking. También, la Comarca Andina: El Bolsón, Lago Puelo, Epuyén y Cholila, entre frutas finas, hongos silvestres y lagos azules.

Finalmente, Chubut junto al mar: desde Comodoro Rivadavia hasta Puerto Pirámides, con historias, paisajes, dos museos nuevos y las ballenas ahí nomás. Un número para planificar en un verano al Sur.


Los gendarmes perdidos

Otra cortita de Ángel, el chofer patagónico. La escuché también de noche, en viaje por una ruta de ripio, mientras las liebres encandiladas por la luz de la camioneta cruzaban desesperadas a uno y otro lado del camino. La mayoría se salvó la vida, algunas, las más pequeñas, no.

Quizás porque me ve angustiada por las liebres, Ángel me pregunta si conozco la historia de los gendarmes. Le respondo que no y empieza el cuento. Dice que en una ruta del sur de Santa Cruz hay unos gendarmes que una vez, hace muchos años, ponéle treinta, salieron a recorrer y se perdieron en la estepa. Nunca regresaron al sitio donde estaban destinados.

Desde esa época están perdidos y hacen dedo en las rutas de la provincia. Lo escuchaba atenta, mientras pensaba ya llega el remate. Pero no. Ya era de noche, una noche sin luna.

Así como hoy estaba la noche, oscura, muy oscura, yo manejaba y veo que adelante hay dos gendarmes haciendo dedo, dice Ángel. Paró. Se subieron atrás, y hablaban entre ellos. Eran jóvenes, tenían la edad de cuando se perdieron. Ángel iba concentrado en la ruta y no conversaba con ellos. En un momento, se dio vuelta para pedirles que le indicaran dónde se bajaban. Y qué creen. Los gendarmes no estaban. Habían desaparecido. O se habían vuelto a perder.

- Ángel, ¿no lo soñaste?
- Te lo juro que los llevé en la camioneta, dice. Y lo jura con el índice, dibujando una cruz sobre sus labios.


La mamá de Ángel

Ángel C. fue mi chofer patagónico. Parco, atento, alrededor de 60 años; gorra de beisbolista, fanático de las piedras de Santa Cruz, al punto de cargarse un baúl de ellas para hacer futuras decoraciones.

Hubo una jornada muy larga. Era medianoche y todavía andábamos por caminos de ripio. El fotógrafo iba dormido en el asiento de atrás. Después de varios días, quizás abrigado por el clima de intimidad y la noche oscura, por primera, vez Ángel me contó una historia. Esta historia.

Su madre, chilena de origen, llegó de pequeña a la patagonia argentina, tendría unos quince años. Hizo toda su vida allí, le tocó una vida dura, se quedó viuda de joven y nunca volvió a estar con otro hombre. Después de 50 años sin regresar a su país, la madre de Ángel un día volvío a Chile.

En el barco que la llevaba a Chiloé se puso a conversar con una mujer toda elegante, vestida con pieles, sombrero y botas altas. Las señoras se contaron sus vidas. La mujer elegante era una chilena que vivía hacía 50 años en Suiza. Palabra va, coincidencia viene, que cómo es su apellido, no me diga, el mío también. Resultó que las mujeres ¡eran hermanas! Sí, de película. Después de abrazarse y llorar y todo eso, la suiza la invitó a visitarla alguna vez en el país del chocolate y los bancos.
A la madre de Ángel no le gustaba dejar su casa más de dos o tres horas, pero le prometió que iría. Pasaron los años y un día, a los ochenta y pocos, se levantó entusiasmada y decidió que viajaría a Suiza.

Entonces, Ángel la llevó a sacarse el pasaporte por primera vez. Hicieron la fila larguísima y completaron el formulario; la señora se sacó la foto y llegó, finalmente, a la instancia de las huellas digitales (a esto Ángel le llamó tocar el pianito). Le pintaron los diez dedos de negro y cuando los estampó en el papel, la funcionaria levantó la vista y la miró a la señora y después a Ángel. No dijo nada, lo volvieron a pasar, una vez más y otra.

- Cinco veces le hicieron tocar el pianito y no se lo dieron, me dijo su hijo angustiado, sin soltar el volante, con la mirada fija en el ripio.
- ¿Por qué, Ángel, qué pasó?, le pregunté.
- Se le habían borrado las huellas digitales.

(Lo sé, este post debería venir con pañuelos descartables. Como los que hay en consultorios de psicólogos que la mamá de Angel nunca visitó. Aquí tienen, pues.)


¡Cien trillones de dólares!

En la última Patagonia, en la Patagonia lejana, solitaria y de rutas de tierra, las estaciones de servicio son más que un lugar para cargar combustible.

Son un psicólogo en viaje. Porque después de varias horas en el auto, uno necesita hablar, escuchar, mirar a alguien. Por eso las paradas no duran lo que tarda en llenarse el tanque. Duran, por lo menos, cuarenta minutos, una sesión.

Claudia y el Ruso atienden desde hace algunos meses la gasolinera de Tres Lagos. Aunque nadie aguanta mucho en un sitio tan remoto, la pareja está  entusiasmada. Paran viajeros de muchos lugares del mundo que recorren la ruta 40, y aunque la mayoría no habla español y ellos no saben otro idioma, se comunican bien.

Quizás para fomentar el intercambio, Claudia y el Ruso empezaron a coleccionar billetes extranjeros. Los guardan en una caja de zapatos y ya tienen una buena muestra de los cinco continentes.

Una noche oscura, paramos tarde a cargar combustible en Tres Lagos. Todavía faltaban 100 kilómetros de tierra y piedras, y nadie tenía muchas ganas de hablar. Por eso, los primeros minutos transcurrieron en silencio. Hasta que alguien preguntó por los billetes que se veían debajo del vidrio del mostrador. Entonces, Claudia se encendió, hizo un recorrido por China, Sudáfrica, Australia, Myanmar y señaló su pequeño tesoro: “¿Ven ese del medio, el azul? ¡Vale cien trillones de dólares!”, y agregó que era el billete con la denominación más alta que existe.

Un dólar de Zimbawe, el país con más inflación del mundo, gobernado hace casi 40 años por Robert Mugabe, un hombre que convirtió a los habitantes en millonarios con hambre. Mientras él es millonario en Suiza. Me recordó a cuando viajé por allá, con mucho calor y cortes de energía todos los días. Recuerdo la vez que cambié 100 dólares, me dieron tantos billetes que no sabía dónde guardarlos. No entraban en la billera ni en la riñonera. Uno se sentía que había robado un banco.

El billete de 100 trillones apareció hace un año y en ese momento era equivalente a 31 dólares. Hace un rato traté de usar un conversor de divisas pero no aceptaba los 14 ceros. Pero probablemente, hoy cien trillones de dólares apenas alcancen para comprar el pan del día.

Volviendo a la Patagonia, a Tres Lagos, a la estepa,  mientras el viajero descansa de la ruta, toma un café (de máquina de oficina) y compra alguna galletita (de paquete) puede cambiar billetes con los encargados de la gasolinera. Como se cambiaban  las figuritas en época escolar. Muchos se exponen en el mostrador, los que no entran van a la caja de zapatos.


Un verdadero gaucho

“Un verdadero gaucho no puede retroceder ante un desafío, que puede serle lanzado directamente, con una invitación para salir afuera o, echándole insultos que, de ignorarse, significarían una victoria casi tan definitiva del desafiante como si ganara una pelea.

Un gaucho considera que su ley está por encima de la ley del Estado y a menudo tiene que huir de la policía hasta que el problema se calma.

Dicen que un verdadero gaucho debe ser capaz de montar en pelo cualquier animal, usar su cuchillo, un lazo y las boleadoras, tocar la guitarra y caer sobre sus pies cuando lo tira un caballo. Es un nómade solitario, que nunca se queda mucho tiempo en un lugar, que duerme con mas frecuencia al raso que bajo techo y cuya única compañía en buena parte del tiempo son sus caballos”.

El Jimmy, fugitivo de la Patagonia“, de Herbert Childs, editoria Zagier & Urruty


Te regalo una punta de flecha, mi vida

En varias zonas del campo de Santa Cruz se encuentran puntas de flecha. Sí, todavía hoy.

Suelen estar en picaderos, como se les llama a los lugares donde los tehuelches picaban y daban forma a las piedras hasta convertirlas en armas.

Las que se ven en la foto están expuestas en La Posada del Posadas, el hotel de Pedro Fortuny y Susana Ventura, en Lago Posadas, al norte de la provincia.

Como en el pueblo, de unos 300 habitantes, no hay museo les pregunté por qué no las prestaban para armar un posible museo. Entonces, Susana frunció el ceño y dijo, muy segura, que no.

A continuación, me explicó una tendencia patagónica: llevar un colgante con punta de flecha. Después comentó que se ha visto a mujeres relacionadas con políticos llevar alegremente un tiento con una obsidiana filosa, tallada por algún tehuelche. Una punta de flecha que se encontró en un picadero, llegó a un museo y después se las llevaron del museo. Total, hay tantas. Por eso, las de Fortuny no salen de la impecable vitrina, en el hall del hotel. Pase a verlas, aún no cobran entrada.


Al ver verás

Esta roca está en el centro del Lago Posadas, en Santa Cruz, Argentina. Para llegar hay que desviarse un par de kilómetros de la ruta provincial 95. El cartel que lo indica dice El Arco, el nombre oficial. Pero desde que Pedro Fortuny me contó qué ve, ya no distingo un arco. Si siguen leyendo es posible que les suceda lo mismo. Lo que Fortuny ve es… un dinosaurio que fue a tomar agua al lago y se quedó petrificado. ¿Lo ven?


Los 148 cóndores de Peto Rivera

Había una vez, hace no mucho, un gaucho libre que se llamaba Peto Rivera.

Entre los años 70 y 2000 vivió en el oeste de Santa Cruz. Hasta que se degolló de un navajazo. Tenía 52 años.

Su abuelo era hijo de tehuelches, había llegado de Chile y se casó con una rusa en Argentina. Peto se crió en el campo y de joven fue a estudiar a Río Grande. Un día cualquiera lo dejó todo y volvió al campo, a la estepa inmensa de cielos nublados. Cada vez más adentro, cada vez más solo. Into the wild. Vivía en toritos, como se les llama en el sur a los refugios hechos de palos, en la zona del Parque Nacional Perito Moreno. Tenía caballos, cuidaba vacas, fumaba el cigarrillo hasta quemarse los dedos.

En el último tiempo casi no hablaba con nadie, aislado en su mundo. Pero antes de caer en la soledad, Peto Rivera era un gran contador de historias. La gente que lo conoció todavía recuerda algunos cuentos alucinantes que para él no eran cuentos sino parte de sus aventuras reales. Esas historias fueron pasando de boca en boca, y hoy circulan y mantienen vivo el mito de Peto Rivera. De todas las que escuché, ésta es la que más me gusta. No me dijeron un título así que le voy a poner uno: Los 148 cóndores de Peto Rivera. Y dice más o menos así:

“El día que me fui a caballo por el bosque había empezado a nevar. Nevó todo el día y toda la noche. En un momento, había nevado tanto que no se veían las copas de los árboles. Fue imposible seguir avanzando: el caballo estaba ciego, yo también. Cuando estuve en el suelo, agarré el cuchillo y con todo el dolor del alma maté a mi caballo, lo abrí y me metí adentro. Hice un fuego entre las vísceras y cociné la carne del matungo.

A medida que pasaban los meses de aquél invierno, la fui comiendo. Casi no salí del interior del alazán y logré sobrevivir. Un día, dejó de nevar, al día siguiente salió el sol y poco a poco los cóndores se acercaron a comer la carroña del caballo muerto. Yo me escondí atrás de un árbol y cuando ellos bajaban a picotear los cazaba y los ataba a un árbol. Con el cuero del caballo hice tientos y cada cóndor tenía uno colgando en la pata.

Cuando junté 148 cóndores, me agarré de los tientos y salí volando con ellos. Desde el aire observé el campo, el bosque, los cerros, los lagos, la hermosa estepa infinita. Después de volar más de una hora, los cóndores me dejaron en el pueblo. Necesitaba comprar harina y grasa para las tortas fritas. Mientras caminaba al almacén vi cómo se alejaba la bandada como una columna negra y poderosa en el cielo azul. Todos tenían el tiento colgando. Por eso, si vas por la Patagonia y ves un cóndor con un cuero colgando, ojo que es uno de los míos”.

Dicen que cuando Peto terminó de contar esta historia, los paisanos le preguntaron si no tuvo frío. Entonces él repitió una frase que siempre decía: “Escuché hablar del frío, pero nunca lo conocí”.




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