Puerto Deseado, ¿un secreto patagónico?

A veces, en un almuerzo de prensa, uno queda sentado al lado de otro periodista y termina hablando de la comida, de la crisis mundial o de las próximas vacaciones. Es probable que cuando llegue a la oficina sepa poco más que lo que dirán las gacetillas que se reparten a la salida. Eso pasa a veces.

Otras, como me sucedió el viernes último, uno queda sentado entre “las partes implicadas” y cuando termina el almuerzo casi podría dar clase sobre un destino.

En el almuerzo del viernes, un evento de promoción de Puerto Deseado a propósito de la ExpoPatagonia que termina hoy, me senté entre Alexis Simunovic, Secretario de Turismo de Santa Cruz, la provincia presidencial, y Jessica Gómez, Directora de Turismo de Puerto Deseado. En dosis similares pero distintas, los dos eran fanáticos de su tierra y me contaron historias y detalles de esa ciudad de 20.000 habitantes, a orillas del Atlántico.

El menú del almuerzo de prensa se preparó con productos traídos de Puerto Deseado: kanikama ahumado -me enteré que el argentino se produce en esa ciudad- abadejo y merluza negra, de las pesqueras que funcionan en la zona, que al parecer pronto abrirán una boca de expendio en la ciudad, para abastecerla con pescado de exportación.

“A Puerto Deseado la dejaron afuera del trazado de la ruta 3. Fue una decisión terrible. Si no hubiera sido así, no digo que seríamos como Península Valdés, pero casi. Que no se nos meta una ballena porque ni te digo”, dice Simunovic, con la camiseta puesta. Lo cierto es que Deseado está en la Patagonia remota. En Jaramillo, al sur de Caleta Olivia, es preciso desviarse de la ruta 3 y tomar la 281 por 127 kilómetros hasta Deseado.

En Deseado todavía no hay hoteles que tengan más de dos estrellas ni restaurantes gourmet ni resorts con campos de golf. La infraestructura todavía es básica pero está en planes de expansión.

Deseado tiene la Ría Deseado, una lengua de agua que entra 45 kilómetros en el continente y es el principal atractivo del lugar, que según dicen no ha cambiado desde que Charles Darwin la recorrió en su navío Beagle en 1833.

En ese viaje, el naturalista se subió a un mirador natural que hoy lleva su nombre. En su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, Darwin escribió durante la exploración de la ría: Todo era silencio y desolación. Sin embargo, al pasar por regiones tan yermas y solitarias, sin ningún objeto brillante que llame la atención, se apodera del ánimo un sentimiento mal definido pero de íntimo gozo espiritual. El espectador se pregunta por cuántas edades ha permanecido así aquella soledad, y por cuántas perdurará en ese estado. [...] No creo haber visto nunca un lugar más apartado del mundo que esta grieta rocosa en la extensa llanura”.

Jessica Gómez parece una directora de turismo distinta. No habla con eufemismos y conoce datos y detalles turísticos de su ciudad. Me cuenta que hace unos meses estuvo en Pto. Deseado un equipo del National Geographic filmando la ruta de Darwin para un documental. ”Es que el año que viene, exactamente el 12 de febrero, se celebra el natalicio del naturalista”, me dice, contenta como si se tratara del aniversario de un familiar. Y agrega que tienen pensado organizar algo para la fecha. Ni bien lo sepa, me contará.

En términos de márketing, Darwin es un buen gancho turístico. Como son los pingüinos de penacho amarillo que se ven en la entrada de este post. Con look punkie y apenas 50 centímetros de largo, esta especie no es fácil de ver. En la Isla de los Pingüinos -a 11 millas náuticas de Pto. Deseado- hay una colonia de 500 parejas y se pueden ver entre septiembre y abril. Otros sitios para verlos: las islas Malvinas y la Antártida. Únicamente.

“Puerto Deseado no es El Calafate. Es posible que los turistas que llegan no sepan sobre el hundimiento de la corbeta Swift en 1770 ni de las exploraciones submarinas en el camarote del capitán ni de la porcelana china encontrada. Pero en el Museo Mario Brozoski hay fotos, objetos y datos”, cuenta la directora de turismo. Y después, le hacen una broma porque con tantos datos y charla no ha tocado su comida.

Sé que todo se trató de un almuerzo de prensa. Pero igual, desde que salí de ahí me da curiosidad Puerto Deseado.


Vértigo y naturaleza en el cine

Desde hace dos años se desarrolla en el marketinero Fin del Mundo, el Festival Internacional de Cine de Montaña: Ushuaia SHH.

La segunda edición terminó hace unos días en Ushuaia, y los próximos 4 y 5 se podrán ver las películas y cortos ganadores -y algunos más también- en la Sala Espacio Incaa Km 1 (Moreno 1199, T. 4383. 6432), en Buenos Aires.

El largometraje ganador no tiene nada que ver con el frío. Es una película del francés Ervard Wendenbaum que se llama Amazonian Vertigo y cuenta el ascenso al muro del Salto Angel, en la sabana venezolana. Con 970 metros, es el salto más alto del mundo. Una expedición internacional encabezada por Arnaud Petit, campeón del mundo de escalada, remonta el río Carrao hasta llegar al pie del salto, donde comienza la subida por la pared resbaladiza y peligrosa.

También se podrá ver El Camino del Cóndor, la película dirigida por Christian Holler, que recibió el Premio a la Mejor Fotografía. Este film, rodado en la Patagonia argentina, cuenta la historia de Lorenzo Sympson, un ornitólogo que se dedicó a estudiar los hábitos del cóndor y ahora está abocado a analizar la forma en que el cóndor se desplaza en el aire. Martín Vallmitjana, un piloto de parapente lo ayuda para aprender los secretos del cóndor y mejorar así su forma de volar.

El corto ganador es argentino. Se llama La Caja y lo dirigió Manuel Lo Bianco. Es una animación en plastilina, y cuenta la historia de dos hombres que discuten sobre la posibilidad de un mundo mejor. Un tema tan escabroso como el ascenso a la montaña más alta.



Otras montañas

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Siestas patagónicas

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Vamos de lo general a lo particular. En San Martín, como en muchas ciudades patagónicas, uno puede hacer base y salir a recorrer lagos y bosques. Uno de esos lagos con bosque de coihues viejos es el Curruhué Grande, que viene después del Curruhué Chico.

A propósito, curruhué es un vocablo mapuche que quiere decir lugar oscuro. Y así se ve por las tardes, cuando a pesar de la luz inmensa que cae sobre el lago, el bosquecito es un rincón de penumbra.

Exactamente la penumbra que uno busca después de nadar en el lago fresco, después de comer un asado -hay parrillas-, cuando el cuerpo husmea el terreno a la pesca de un lugar para reclinarse.

 Como los catadores de vino y también de agua, existen catadores de lugares para dormir la siesta. Y el camping del Curruhué Grande parece que tiene un alto puntaje en el ránking mundial. Porque es lejos, en marketinero fin del mundo p1110894.JPG-unos 70 kilómetros desde San Martín- por lo tanto no se llena de veraneantes ni siquiera en verano, es fresco y tiene sombra. Por eso, en el Curruhué Grande vi a tantos dormir una siesta.

Siestas largas, siestas profundas, siestas voluptouosas, siestas con sueños, siestas que despiertan con incertidumbre (¿dónde estoy, qué hora es, quién soy yo?), siestas valiosas.

Siestas sobre acolchados y hasta sobre un pedazo de cartón corrugado. Siestas sin gritos en los alrededores, siestas en carpas, pero sobre todo siestas como las de las fotos: abajo de un coihue, con la brisa que llega el lago y a pata suelta.

(Se recomienda untarse antes con off porque los tábanos también tienen el dato del lugar).


Detalles del paisaje: el sorbus

p1110951.JPGEn esta época todos los colores brillan en la Patagonia: los lagos azules y verdes y celestes, los álamos plateados, las nieves eternas de algunas montañas y la madera barnizada de las casas.

Pero el color naranja del fruto del sorbus brilla como ninguno en las calles céntricas de la turística San Martín de los Andes.

El sorbus es un árbol de zonas frías, tan frías como la China lejana y los Himalayas. Llegó a Argentina con los inmigrantes del centro de europa por los inmigrantes que se adaptó muy bien a la Patagonia.

Es un árbol de uso ornamental y las veredas de la principal -San Martín, claro- está llena de sorbus verdes y frondosos con sus racimos anaranjados colgando. Parece que en Rusia las usan para hacer un vodka fuerte. “También allá destilan cualquier cosa…”, eso me comentó un parroquiano venido de Buenos Aires después de intercambiar algunos comentarios sobre el sorbus.


Volcán Lanín

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Así se ve desde la ruta, pasando Junín de los Andes, provincia de Neuquén. Tiene 3776 mts. En verano salen expediciones hacia la cumbre.


De Buenos Aires a la Patagonia, en auto

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Buenos Aires-San Martín de los Andes, en un Gol. Tenía poco tiempo así que no hice demasiadas paradas para conocer los alrededores. Fueron dos días de ruta, de atravesar paisajes y ver cómo en un momento llega la Patagonia, con sus extensiones inmensas y vacías.

De Buenos Aires a San Martín de los Andes hay 1600 kilómetros de una ruta angosta, como todas las rutas argentinas. Hay momentos de campos llenos de vacas, rectas infinitas sin estaciones de servicio y curvas de montaña en donde para pasar un camión hay que esperar un buen rato.

Creo que el viaje se podría dividir en cuatro momentos (la división es caprichosa y tiene que ver con el paisaje).

1) Buenos Aires a Doblas. De Buenos Aires a Cañuelas, por autopista, una de las pocas que existen en el país, uno de los que tiene más muertes por accidentes en la ruta. Después, 205 hacia el Sur. Como es un día de semana, la ruta está liviana. Pasamos algunos camiones de hacienda que van a Liniers, autos cargados que vuelven de vacaciones y no mucho más. A medida que avanzamos hacia el interior de la provincia de Buenos Aires, aparecen campos verdes de maíz que está escudodelapampa1.jpgcreciendo bien, hectáreas de girasol amarillo como en los cuadros de Van Gogh y vacas. En el país de la carne, hay cincuenta millones de vacas que no están en establos ni en feed lots todas apretujadas. Si bien en todos los casos suelen terminar en el matadero, aquí tienen una vida despreocupada en el medio del campo, pastando prados de alfalfa o rollos de avena. Por eso se las ve en el camino. Llegando a Carhué, donde hay termas y por estos días, también recitales, la ruta se ondula suavemente. Pasando Macachín, ya en la provincia de La Pampa y en la RP 18, aparecen los montes de caldenes y se quedan hasta que comienza en desierto.

Los caldenes de La Pampa son centenarios, y si bien durante un tiempo se talaban para usar la madera como combustible, hace rato que están protegidos y hasta figuran en el escudo de la provincia (foto). Muchas veces están solos, como árboles únicos. El camino por esta parte se avanza despacio: el camino tiene colinas que tuercen la ruta.

Música consumida en el trayecto: Radio Continental AM 590, Music (Madonna), Aterciopelados, Sumo.

findeldesierto.JPG2) Gral. Acha a 25 de Mayo. Este tramo -rutas 152, 143, 20- es perfecto para el atardecer. La ruta suele estar semivacía, igual que el paisaje. En general no llueve y el atardecer trae luces de película. No hay estaciones de servicio ni bares de ruta ni gente. Cada tanto, en las amplias banquinas pampeanas, hay un esqueleto de auto blanco, totalmente destruido por un choque. Está exhibido en la altura, oxidado por el tiempo y baleado por cazadores.

p1110742.JPGLos que tengan tiempo, una buena parada: la Pulpería de Chacharramendi, donde se podrán enterar de la historia de un famoso bandido rural, el pistolero Juan Bautista Bairoletto.

Música: Bryan Ferry, Cabo Verde (Cesarea Evora)

3) Neuquén a Zapala. Poco a poco, en la ruta 151, al desierto le llega agua. El agua de riego que más adelante logra valles verdes, de altas cortinas de álamos, campos de duraznos, vides. En este tramo empiezan las curvas que seguirán hasta el final del viaje.
En este tramo también empieza el petróleo, los pozos, los pueblos que viven de él. Catriel, pasando 25 Mayo, es un pueblo petrolero. Y Neuquén, una capital petrolera, con sueldos altos, hoteles caros y gente que se va desde otras partes del país, a hacerse la Patagonia. En una estación de servicio hablé con unos camioneros que se habían venido de Buenos Aires porque acá ganan tres veces más. Desde Neuquén se puede seguir por la 22 o por la 7,  una buena opción -aunque algo más larga- porque atraviesa la zona de San Patricio del Chañar, con las nuevas bodegas donde se produce vino con el sello de Patagonia. Todas se pueden visitar y tienen buenos restaurantes. Sigue la 22 y sigue otro desierto, con subidas y bajadas por cerros bajos. A los lados, apenas hay vegetación achaparrada y amarilla.

Música consumida: el viento que entró por las ventanillas abiertas.

llegandoasanmartin.JPG4) Zapala a San Martín de los Andes. Aquí aparece la mítica RN 40, la ruta con más prensa del país, que llega desde Las Lajas. En este tramo la 40 sube y baja y está llena de curvas. Se hace difícil pasar a los camiones largos que llevan petróleo que acá para allá.

También aparecen nuevamente, después del desierto, los valles de álamos verdes, las vistas largas y quebradas, los ríos, como el Chimehuín, que se ve en la foto. Y hay que estar atento porque en un momento, a mano derecha lejos pero contundente se ve la silueta perfecta del volcán Lanín. El final del camino está lleno de flores a los lados de la ruta y construcciones de piedra y madera y turistas que circulan entre Junín y San Martín para hacer sus excursiones (cabalgatas, raftings, trekkings). El final llegó con imágenes de la temporada alta.

Ni bien uno pisa San Martín en esta época también deberá pisar el freno y avanzar casi a paso de hombre porque la ocupación está al cien por ciento y los turistas pasan y cruzan y son los reyes de la ciudad, que hoy cumple 110 años.


Los NYC, VYQ y TAF de la Patagonia

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Hace unos días hablé con un conocido que vive en Ushuaia. Como la mayoría de habitantes de Ushuaia, no nació ahí. Muchos llegaron durante los años 70 y 80, atraídos por la ley de promoción industrial (19.640), que hizo que muchas industrias se radicaran aquí. Había trabajo. Hoy, hace tiempo que la mayoría de esas empresas rumbeó para China y el sudeste asiático; sin embargo, todavía llega gente en busca de trabajo. Y lo encuentra, especialmente en la industria del turismo (llegan 400 cruceros en temporada alta).

No me quiero dispersar. El caso es que mi conocido llegó a Ushuaia desde Buenos Aires hace un par de años, en busca de mejores oportunidades. Además de trabajo, encontró una mujer, así que está lo más bien.

Sin embargo, su destino está sellado dentro de la población patagónica: es y será un VYQ (venido y quedado), para muchos un estrato inferior que el de los NYC (nacidos y criados), que supuestamente tendrían más derechos, serían de otra estirpe. ¡Por lo menos no soy un TAF (traído a la fuerza), me dijo con una sonrisa antes de despedirse. Los TAF suelen ser los hijos adolescentes de los VYQ. O las esposas, o los maridos, que quizás vivían en Corrientes y odiaban el frío y ahora caminan por la Av Maipú con gorro, guantes y bufanda.
Esta clasificación informal se usa en toda la Patagonia, y con otros nombres seguramente en tantos otros lugares. Si bien en este caso tiene un dejo de simpatía, también ampara algunas gotas de desprecio al distinto.

Me pregunto en qué clasificación entarían las aves migratorias…


El gusto de los Finisterre

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Hace unos díaas, mientras hací­a una torsión imposible en mi clase de yoga pensé en la atracción que provocan los extremos geográficos: el punto más meridional, el extremo oriente, el más occidental, el último norte.

Saber que uno está en el último lugar de algún lado genera una sensación de bienestar. De haber alcanzado una meta. Como una metáfora del fin. O del comienzo. Por eso, son tan pedidas las fotos tocando el cartel indicador. Para mostar que estuvimos ahí­. Para reafirmar que llegamos. Este bienestar es distinto al de escalar un ochomil. No tiene que ver con un esfuerzo fí­sico. No importa si uno llega en auto, como al final de la Ruta Nacional 3, en medio del Parque Nacional Tierra del Fuego. Lo importante es saber que después de ese pedazo de tierra, no hay nada. Con otras certezas, claro, pero algo en sintonía con esas antiguas creencias, cuando faltaba para los descubrimientos y nadie sabí­a qué habí­a más allá de Finisterre.

Muchos de estos extremos tienen un faro, que serví­a en tiempos sin GPS para orientar a los navegantes. Hoy todaví­a funcionan pero antes que nada son una atracción turística.

Brasil tiene el punto más oriental de América. Se llama Ponta do Seixas y queda en Joao Pessoa, estado de Paraiba. En Sudáfrica, el Cabo de Buena Esperanza, es el punto más sudoeste del contintente africano; En Estados Unidos, Key West; Point Udall; Point Barrow y más.

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En Galicia, el Cabo Fisterra (el fin de la tierra, en gallego), es uno de los fines del mundo más famosos, aunque Cabo da Roca, en Portugal, sea el extremo más occidental de Europa. Tal vez tuvieron algo que ver las historias de piratas, los naufragios en esa costa terrible, llamada la Costa de la Muerte. O que muchos consideran a Finisterre el fin del Camino de Santiago.

En Argentina, el Fin del Mundo, en Ushuaia, es el mejor ejemplo, que además se vende muy bien. Hasta es posible sellar el pasaporte -gratis- en la Oficina de Turismo de Ushuaia. Gran parte de los extranjeros que visita Argentina incluye en su itinerario un viaje a Ushuaia.

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El último punto del subcontinente indio es el cabo Kanyakumari, en el Estado de Tamil Nadu. Hace varios años, en un viaje por la India desvié especialmente el recorrido para llegar hasta allá­. No me importó el ferry moribundo ni las olas bravas. Quería ver ese final. Cuando llegué, claro, encontré más “obligaciones turísticas”. Habí­a un templo dedicado a la diosa Parvati, otro para Vivekananda, un religioso y reformador social indio, el Memorial de Gandhi, donde se guardan parte de sus cenizas, un mirador y, como casi siempre en la India, mucha gente. Igual, antes o después de las fotos y las visitas, la mayoríaencontraba un lugar y se olvidaba por un buen rato su mirada en el horizonte, más allá del fin de la tierra.

¿Por qué nos atraen los extremos geográficos?


Nuevos destinos turí­sticos

bodegas-28.JPGEn el turismo pasa lo mismo que en las empresas de tecnologí­a, lácteos o condones: hay que lanzar productos nuevos todo el tiempo. Con ese objetivo, se ordeñan ciudades, pueblos y hasta paisajes desolados y únicos para obtener un producto turístico y ofrecerlo calentito al mercado voraz. Este último es el caso de San Patricio del Chañar, un pueblo de unos 5000 habitantes a 45 kilómetros de Neuquén, alrededor del cual se ha formado una incipiente Ruta del Vino. Una más que se suma a las de Mendoza, San Juan y Salta. Una más, pero distinta, con las tipicidades de este terruño patagónico. Esta ruta podría complementarse con una visita a los viñedos de Humberto Canale, en Río Negro.

Hasta 1999 nunca se había producido vino en la zona; hoy, hay siete bodegas funcionando, y un par más en construcción con muy buen rendimiento de Pinot Noir, Malbec, Merlot y Chardonnay, y mucha tecnologí­a y dinero puestos al servicio de la investigación de cepajes. Aquí­ es preciso aclarar que estas bodegas se construyeron por créditos blandos de varios millones otorgados por el gobierno de Neuquén. Demás está decir que es un tema polémco en la provincia, con el cual muchos neuquinos no están de acuerdo. Pero las bodegas están ahí y los vinos son buenos.

La primera en construirse es la de mayor producción y con nombre que asegura las ventas: Fin del Mundo. Muy cerca, NQN con una arquitectura sólida, impactante, enigmática, industrial. La bodega tiene un muy buen restaurante y como muchas, planea su pequeño hotel del lujo para dentro de algún tiempo. Sus vinos Malma y Picada 15 (muy bueno en relación precio calidad) están teniendo presencia en supermercados y vinotecas. Familia Shroeder tiene por ahora sólo productos Premium. La línea de vinos se llama Saurus, como su restaurante y casi todo en esa bodega. El motivo es enorme: durante la construcción encontraron restos del Aeolosaurus rionegrinus, un dinosaurio que habitó la zona hace 75 millones de años. Familia Schoreder también tiene restaurante. Si vas no te pierdas la sopa de Chardonnay, ideada por Boris Walter, el chef suizo, anclado en Patagonia por los encantos de una dama argentina. Dentro de unos meses se suma Valle Perdido, que ya está vinificando y pronto tendría en funcionamiento su exclusivo hotel con spa.

La ruta ya está trazada, pronto habrá más bodegas y quizás hasta se encuentren nuevos dinosaurios, y a diferencia de las fábricas de condones o tecnología, las bodegas no sólo reciben visitantes, sino que los tienen en cuenta hasta para sus proyectos arquitectónicos, creando pasillos en altura para recorrer las naves y conocer los pasos de elaboración del vino. Un plus: en Neuquén, los visitantes son tratados con la dedicación y entusiasmo del que recién empieza. Otro: San Martín de Los Andes está a 400 kilómetros.

Este es el caso más cercano de nuevo destino turístico que conozco. ¿Sabés de alguno?