Al turismo bizarro, salud

Admito que el título del tema de Coldplay (The hardest part= La parte más difícil) me recuerda el desierto que se siente después de haber quedado afuera del Mundial. Pero, más allá del nombre y la empatía con el sentimiento argentino, lo cierto es que este video de la banda británica también me remite a los maravillosos espectáculos bizarros que nos esperan en el mundo, muchas veces gracias al turismo.

Como esa vez en Pisco Elqui, un pueblito del norte de Chile donde vi el certamen de Las Reinas de Todos los Tiempos, un concurso en el que participaban mujeres que hace veinte o treinta años habían sido reinas de belleza.

Las tomas del video -la banda fue insertada digitalmente- pertenecen al programa Attitude, un talk show que se emitó en Estados Unidos en los 80. En este segmento, Bárabara, la gimnasta de 84 años baila, da vueltas en el aire y se abre de piernas, guiada con dulzura y elegancia por su compañero Spencer, de 25. De fondo un yatch club de Miami y la brisa, que llega hasta acá.


Muñeca brava

Foto tomada hace un rato en el pueblo de San Carlos, en Santa Fe, minutos antes de que la dueña del polirrubro sueñe con lanzarme una piedra en el ojo porque inmortalicé su instalación mundialista.


Supercholitas ¡al ataque!

“Llegó la hora de Yolanda La Amorosa. La luchadora, de menos de treinta años, camina hacia el ring con la elegancia de una actriz que llega al Festival de Cannes.

Levanta la mano para saludar a su público, que la aplaude, le grita, la alienta, le chifla, le exige. Ella camina lento, con estirpe real. Bambolea su faldón rosa, inflado como un merengue.

No parece una luchadora ruda sino más bien una princesa inca. Tiene los ojos achinados, la nariz fina –a pesar del puñetazo que más tarde supe que le pegó su padre–, los labios grandes y el pelo azabache. Lleva una mantilla tejida a crochet y aretes que parecen de oro, y que se quitará antes de luchar. Yolanda La Amorosa sube al ring y le muestra a sus seguidores lo que ellos quieren ver: puños cerrados y cara de mala. [...]

Escribí esta nota para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile. Se puede leer completa acá.


Tu Refugio Petit Hotel

swan

Cuando los chicos se fueron, yo le dije a mi marido: ¿Y si nos ponemos una posada? No me vas creer, pero lo más difícil fue el nombre. Entonces pensé: hostería es más para la cordillera y acá estamos en la ciudad, así que esto debe ser una posada urbana, del concepto te hablo, ¿me entendés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?

Tengo tres cuartos con su baño, todos bien decoraditos, los decoré yo, eh? Los podés ver, si querés. Uno tiene un deck, como le llaman ahora, y le puse unas plantas para que no sea la terraza y nada más, porque es eso el deck, la terraza ¿no?

 Abajo, mirá, hice hacer un desayunador, ahí les doy un desayuno bien completito y a veces me siento con ellos a charlar. Me preguntan, quieren saber qué hay para hacer y yo me conseguí toda la folletería de la ciudad. Tengo de lo quieras, lleváte si necesitás.

petalEl cuarto que era de mi nena lo uso para cuando viene alguna novia. ¿Te conté que ya tuve noches de boda? Yo les lleno el cuarto con pétalos de rosas, por todas partes les pongo, y les dejo una botella de champán de regalo, no sabés cómo les gusta, se vuelven locos.

Y sí, nos está yendo bien, ya tenemos clientes que vuelven, ¿viste?

Mi marido me ayuda, a él siempre le gustó la cocina, así que prepara panes caseros o va a comprar medialunas bien tempranito. La pasamos bien, digo yo, los dos solos y jubilados, sin esto nos aburriríamos ¿no?

petalLa nena se fue a vivir con una amiga pero todavía no estudia nada, yo no sé qué voy a hacer. El otro día se lo dije: Patricia, ¿Por qué no te hacés la tecnicatura en turismo? Hacéte la carrerita esa, nena. ¿No te das cuenta que ya tenemos la posada? Pero los chicos son así, hay que esperarlos.

Yo mientras tanto algo estoy aprendiendo, la otra vez compré esos libros que ves ahí, “La Gobernanta” y “Todo huésped es VIP”, y algunas cosas saco, no te voy a decir que no. Por ejemplo, lo de las toallas. Les hago cisnes y se los dejo en la cama, como una escultura de toalla. Me contaron que es algo común en los cruceros, ¿sabías? Vieras vos cómo les encanta el detalle. Cuando se acuerdan me dicen, ¡qué hermoso! ¿dónde aprendió a hacer eso, Mirta? Me salen lindos, será que tengo mano, qué se yo.

Y sí, la verdad es que no me puedo quejar, con lo de la crisis y todo, nos va bien, ¿viste?

petalEl tema del nombre, bueno, lo que te contaba, fue lo más difícil. Al final le quedó Tu Refugio Petit Hotel. Yo lo quería inscribir como Bed & Breakfast, por lo del inglés, y claro, como damos desayuno era justo el caso. Pero no me dejaron y eso me quedó acá, no me lo puedo sacar, ¿sabés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?


Guanajuato: de paseo por la muerte

Después de ver la portada de uno de los últimos números de la revista Proceso, donde aparece una pila de cadáveres decapitados por la guerra narca en Michoacán, paso por delante de las famosas momias de Guanajuato sin escalofríos.

La romántica ciudad de Guanajuato, sede del Festival Internacional Cervantino y de muchas historias de amor que tarde o temprano atraviesan el estrecho Callejón del Beso, tiene una extraña relación con la muerte.

México entero tiene una relación particular con la muerte. La celebra, se la come en pan y le rinde pleitesía a la Santa Muerte. Pero en Guanajuato, además, la exhiben como un trofeo.

En el Museo de las Momias hasta se siente olor a muerte. Los turistas acatan la propuesta con diferentes comportamientos. Los extranjeros, en general, recorren el museo con cara de espanto, paso rápidos y actitud nauseosa. Los mexicanos, que son los visitantes más numerosos, intentan tocar las momias a través de los cristales, ponen a sus hijos pequeños delante y les sacan una foto, hacen bromas y avanzan tan despacio que suele acercarse un guardia para invitarlos a seguir el recorrido.

La historia de las momias viene de lejos. En 1865 se exhumaron del nicho 214 del Panteón de Santa Paula los restos del médico francés Remigio Leroy. Para asombro de los presentes, su cuerpo estaba momificado.

Nadie lo había vendado ni embalsamado, la momificación en Guanajuato es natural y misteriosa. Hay varias teorías al respecto, al parecer sería por la falta de humedad y el exceso de calor en las criptas, que evita que larvas e insectos ataquen el cuerpo. Así los tejidos se deshidratan. Esto sin entrar en el terreno de las leyendas.  

¿Por qué lo exhumaron? Porque en el cementerio de Guanajuato hay problemas de espacio y quien no pague el impuesto al ”derecho de perpetuidad” será exhumado para dejar lugar a los nuevos muertos.

Las momias estuvieron en el cine. Las Momias de Guanajuato (1972) fue una de sus películas más famosas de El Santo, que debe luchar contra los muertos vivos. Hasta Wener Herzog las utilizó para comenzar su film Nosferatu, el vampiro de la noche (1979).

Hay varios hits en este museo, pero podría decir que La Chinala enterrada viva, El feto de 19 cm, el ahogado y el apuñalado son las más vistas. Pero ni todas las momias juntas, con sus bocas abiertas, dientes sueltos y expresiones de angustia se acercan al horror que produce ver en un kiosco del DF una portada de Proceso o de La Prensa, con cabezas sueltas, susangrientas y abandonadas en un descampado.

A partir de Leroy, todos los cadáveres en buen estado de conservación se exhibieron. Primero, secretamente, después en un museo precario donde las momias estaban al alcance de la mano, y desde 2007 en el museo actual, que es todo un éxito y por la cantidad de turistas presumo que será la atracción que más dinero recauda de toda la ciudad.

Quizás por eso, casi 40 momias andan de gira nada menos que en ¡Estados Unidos! En vida, esos hombres y mujeres nunca salieron de Guanajuato, muchos apenas conseguían mantener a sus familias. Como momias no sólo salen de paseo, sino que regresarán millonarios. Será una gira de tres años, mucho más larga que una de los Rolling Stones.


Our casa is your casa

Él es un gringo viejo. Lleva sombrero de explorador, bermudas cargo y una bolsa de compras parecida a la que usan las señoras de barrio, sólo que ésta tiene la cara de Frida Kalho bordada con lentejuelas brillantes.

El gringo está en la terminal de ómnibus de San Miguel de Allende, a los arrumacos con una mexicana también vieja, ojos de obsidiana, sobredosis de rimmel y Nike Air.

Se toman fotos, ella le tira besos carnosos mientras posa sexy y él la mira como enamorado.

- My love, vete. Tienes que ir a la escuela. Vamos, go.

- I have time. Primerou pasou por casa y dehou la coumpra. Get the útiles y luegou voy al school.

Que sí, que no, algunos besos más de despedida y un fervor adolescente. Resulta curiosa la escena entre dos adultos que rondan los sesenta años.  Pero en San Miguel de Allende, una ciudad colonial, romántica, Patrimonio Cultural de la Humanidad, no lo es tanto.

El pueblito, muy conservado, con seguridad y precios altos, se ha convertido en un destino preferido por estadounidenses retirados que vienen en busca de calor y color. Una señora con la cabeza llena de canas y una blusa made in Oaxaca cruza la calle adoquinada con su french puddle recién bañado, un hombre con sombrero mexicano y cuerpo texano pinta retratos a la salida de la Parroquia de San Miguel Arcángel y una mujer riega sus helechos en una ventana colonial.

Cada dos cuadras se promocionan clases de español. Hay bares de jazz, hoteles boutique, galerías de arte con precios en dólares y por lo menos un restaurante con el tradicional proverbio mexicano del que ya se habló en Viajes Libres, “tu casa es mi casa” pero en inglés: Our casa is your casa.

El ómnibus se va y el gringo viejo saluda a su mexicana a lo lejos. Después de la partida, se va cabizbajo, con la bolsa de los mandados. A dejar la compra y luego a la escuela. En la tarde, seguro que hace un after school en el bar, con una chela helada y otros gringos viejos.


La triste historia del último árbol de Ténéré

tenere1La historia del pobre árbol de Ténéré, en Níger, es triste pero me gusta.

Resulta que esta acacia que se ve en la foto era el único árbol en 400 kilómetros a la redonda. Sus raíces habían logrado atravesar 40 metros de arena para seguir viviendo. 

Tan extraño era el árbol de Ténéré que cuando en 1939 Michel Lesourd, un funcionario del Servicio Central de los Asuntos del Sahara, exploró la zona escribió lo siguiente: “Uno debe ver el árbol para creer que existe. ¿Cuál es el secreto? ¿Cómo puede seguir viviendo a pesar de las multitudes de camellos que lo pisotean? ¿Cómo en cada azalai -nombre de la caravana semianual de sal de los tuaregs- un camello no se come sus hojas y espinas? ¿Por qué los numerosos tuaregs que pasan por aquí guiando las caravanas de sal no usan sus ramas para encender fuegos y preparar el área? La única respuesta es que el árbol es tabú y así está considerado por los hombres del desierto. Hay una especie de superstición, una orden tribal que siempre es respetada. Cada año los azalai se reúnen alrededor del árbol antes de encarar el cruce del desierto de Ténéré. El árbol de acacia se convirtió en un faro viviente; es el primer signo visible para los azalai que parten de Agadez hacia Bilma, o regresan“.

Así fue durante muchos, muchísimos años. Hasta que en 1973 llegó un camionero borracho y se tragó el árbol. Con tal mala suerte que lo noqueó y cayó instantáneamente. En su lugar, una fría placa de metal lo recuerda. Lo que quedó del árbol que alguna vez fue un faro viviente está en el Museo Nacional de Níger, en Niamey, la capital. Las caravanas, dicen, ya no paran ahí.

La triste historia del árbol de Ténéré la encontré en una página que me mandó un amigo hace un par de días. Se llama Atlas Obscura y se presenta como un compendio de maravillas, curiosidades y esoterismo del mundo. Hay pueblos fantasmas, laberintos, ruinas increíbles y un árbol que ya no está.


El bar de Rose Mary

Me gustaron las luces de neón de la vidriera. Decían Rose Mary’s en fucsia y verde, y estaban rodeadas de flores, también de neón. Por eso entré en ese pub de Williamsburg, una zona de Brooklyn que se ha puesto de moda y hoy tiene hoteles y restaurantes y eventos y cafés y negocios de ropa vintage recomendados en las guías de Nueva York.

Williamsburg es un barrio donde es más común moverse en skate que en auto. Pero hoy no voy a contar de Williambsburg. Este post es para Rose Mary.

No había mucha gente en el bar. Algunas mesas de hombres solos, una pareja en el fondo, flores de plástico colgando del techo y un hombre que tomaba. Eddy, escuché que lo llamaban. Tenía una gorra de béisbol negra, una campera motoquera con un fuego bordado en la espalda, cerca de setenta años y una mano que durante un rato largo repitió tres movimientos: acercar el vaso a la boca, empinarlo y apoyarlo otra vez en la barra.
Eddy llevaba la mirada del oeste lejano en los ojos. Parecía que miraba el desierto, aunque estuviera viendo el último video de U2. Podría haber sido camionero, pero seguramente es de Brooklyn y después de trabajar toda su vida en una fábrica, se retiró y no tiene mucho que hacer salvo tomar. Durante todo el tiempo que pasé en el bar de Rose Mary, Eddy nunca dejo de tomar. Una dos, tres, siete cervezas. Sin apuro, casi sin moverse. Ni bien terminaba, apoyaba el chop en la barra y al mismo tiempo siete dólares, dos más del precio de la cerveza. Eran para Janet, la bartender que pasó los sesenta y estaba atenta a poner la próxima cerveza bajo las narices de Eddy. Pero hoy no voy a contar de Eddy. Este post es sobre Rose Mary.

En una punta de la barra, una señora con un pelo enorme, alto y rubio sobre la cabeza se reía con un grupo de gente que la rodeaba. Llevaba un traje celeste, aros dorados y aspecto de abuela. Cuando nos invitó una ronda de cerveza a todos, me enteré que era la dueña de Rose Mary, el bar que llevaba su nombre. El nombre que le puso su padre, que abrió el bar en 1954. Cuando ella tuvo edad suficiente empezó a trabajar en el negocio familiar, el bar, claro. “Teníamos muchos clientes, mi padre trabajaba en una punta de la barra y yo en la otra, cada uno con una caja registradora”, me contó después Rose Mary.
Cuando el padre murió le dejó el bar a ella, que nunca dejo de trabajar.
“Durante años, muchos, más de cuarenta, estuve detrás de la barra, he visto muchas cosas, han pasado tantas historias por delante de mis ojos”. En la mirada de Rose Mary no había desierto. Se veían millones de lucecitas, como si tuviera un cielo estrellado adentro de los ojos. No cualquier cielo: el cielo de Miami.
Ahora, a los 76 años, ya no trabaja detrás de la barra, pero vive arriba del bar y no puede evitar bajar un rato cada noche. “Ya no es como antes. Antes eran todos clientes, ahora no conozco a nadie. Bueno, a casi nadie”, me dijo y lo miró a Eddy que seguía inmóvil, en su desierto privado.

Rose Mary’s – Everybody’s Bar Everyday


A propósito del Día Mundial del Sida

Hace tres años hice un viaje en camión por el sur de Africa. Uno de esos safaris donde se cruzan varios países durmiendo en carpa y visitando reservas de animales salvajes. El viaje terminaba en Vic Falls, Zimbawe. Los alemanes, ingleses y noruegos que venían en el camión siguieron sus recorridos hacia Zambia o Tanzania. A mí me tocó regresar con otros tres periodistas argentinos. El mismo camión con el que habíamos hecho el tour volvía a Sudáfrica vacío y el chofer tenía indicaciones de llevarnos de vuelta.

En la frontera entre Zimbawe y Botswana no había gente y hacía mucho calor. Nos hicieron bajar del camión y cruzar caminando. Antes de ingresar a Botswana había que pasar las suelas de los zapatos por una especie de desinfectante baboso. Del otro lado, nos informaron que la visa que teníamos no era multiple entry y que ya estaba “usada” cuando pasamos hacia Vic Falls el día anterior. Conclusión: tocaba pagar algo así como 120 dólares. Recuerdo que dimos varias vueltas, que protestamos, que hablamos con varios sujetos y les explicamos que sólo atravesaríamos el país en unas horas. Pero no hubo caso.

Un rato después, mientras completaba los formularios de la aduana, me llamó la atención una cajita naranja que estaba llena de algo que daba la impresión de ser gratis. Lo que fuera, estaba en el mostrador de Inmigraciones, frente a todos los funcionarios de la aduana. No se veía bien desde mi ubicación. Me parecía extraño que fueran lapiceras o caramelos. Entonces me acerqué. Y encontré pilas de sobres plásticos como el de la foto. Eran condones femeninos, probablemente obsequiados por alguna ONG. Aunque todo parte de una actitud noble y al parecer es uno de los métodos más eficaces de protección contra el HIV para las mujeres africanas, después de viajar un rato por el continente negro me costó imaginarme a una mujer tomando un condón de esa caja y guardándolo en el bolsillo, atravesada por las miradas de funcionarios y turistas. Quizás por eso la caja naranja estaba llena. Y faltaba poco para el final del día.


Polonia, Günter Grass y “Ewita”

Günter Grass en la feria del libro de Leipzig

No es la primera vez que el periodista, escritor y músico Leandro Uría escribe en Viajes Libres. Hace unos meses participó del Especial Cuba, desde Miami y esta vez cuenta una anécdota que empieza en Alemania, sigue en Polonia y termina en el país de los recuerdos.

Diciembre de 2006. Estaba en Alemania después de muchos años (había ido en el 89), pero en realidad en un lugar especial: Francfort Oder, o sea la frontera germano-polaca, con mi guía, Heiko Fröhlich (el apellido es algo así como Feliz, o sea con Heiko Feliz), un alemán grandote, simpático, especialista en la Unión Europea, que nos había invitado a mí y a otros periodistas argentinos a su graduación, con entrega de diplomas incluida, en esa ciudad alemana. “Traigan pasaportes –nos había dicho- porque cenamos en Polonia”. Gran personaje Heiko, un alemán que había aprendido su español en Extremadura, lo que le dio un encantador acento andaluz, que no condice para nada con su aspecto. En Navidad, con un grupo de amigos, Heiko se disfrazaba de Papá Noel y llevaba a la casa de los chicos los regalos, previo acuerdo con los padres. Pero esa es otra historia…

Yo sabía que volvería a Alemania: me había ganado una beca para volver a Berlín para realizar una práctica como redactor invitado en el diario berlinés TAZ, o sea que iba a regresar en febrero de 2007. Como era de esperarse, trataba de mejorar mi alemán todo lo posible. Le pregunté a Heiko, cuando estábamos por cruzar la frontera, cómo se dice Polonia en alemán, porque no lo sabía o no lo recordaba. “Polen”, me contestó. “Polen ist nicht verloren (Polonia no está perdida)”, agregó, no sé por qué. “¡Eso es Günter Grass, El Tambor de Hojalata!”, le contesté, sorprendido de haber entendido la frase, que pertenece a la única parte que me acuerdo (más o menos) de memoria de la novela del gran escritor alemán. Heiko se sorprendió también cuando se lo dije y me preguntó cómo era en castellano esa parte de la novela.

Heiko Fröhlich en un bar de Slubice, Polonia

Cité de memoria (cito de memoria, tengo el libro prestado) y le dije algo más o menos así: “Sentado o acostado en la cama del hospital, Oscar evoca la juguetería de Markus, su canto desde las torres de Danzig [...], y evoca al mismo tiempo la tierra de Polonia. Polonia siempre perdida, vuelta a perder. Mientras algunos evocan la tierra de Polonia tomándose un avión de Air France hacia Varsovia, discutiendo sus sucesivas particiones, o dejando una corona de flores en el gueto, yo la evoco en mi tambor y toco. Polonia perdida, siempre perdida, vuelta a perder. Polonia no está perdida, todavía”. Esos párrafos de Grass… cuando cambia de primera a tercera persona, porque él es y no es Oscar Mazerath, el protagonista, y cuando su escritura adquiere la musicalidad y el ritmo de un tambor tocado. No pude evitar acordarme de mi tío Juan, de ascendencia gallega, como toda la rama de mi familia materna, que me había apodado “polaco” (todavía se le escapa a veces decirme “polaco”) porque era rubio de chico, como los polacos de Villa Castellino, el lugar de Avellaneda donde él había nacido.

Nieva copiosamente en Leipzig


Vuelta a Alemania. Marzo de 2007. Intento entrevistar a Grass, muy enojado con la prensa en general, que lo había criticado mucho por su confesión de que estuvo enrolado en las SS del nazismo. Luego de sucesivos fracasos (no iba a dar entrevistas en ese momento), no sé por qué, la jefa de prensa de su editorial, Steidl, se conmueve y me dice: “Günter va a reaparecer en público (se había ido a vivir a Dinamarca por el escándalo) en la feria del libro de Leipzig, en unos días. ¿Por qué no viene?”.

Viajé a Leipzig la noche indicada, mientras nevaba copiosamente, en la única noche que vi una nevada semejante en Alemania. La cita era la alcaldía de Leipzig, donde críticos británicos, alemanes y… polacos, hicieron una cerrada defensa de Günter Grass ante las acusaciones “sensacionalistas” de la prensa. Nota al pie: Grass, de ascendencia polaca por parte de madre, es el escritor que más hizo por la reconciliación de Polonia y Alemania tras la guerra, y el que, obviamente, más escandalizó a los polacos y alemanes con su confesión. Al final del encuentro, tuve tiempo de presentarme y de estrecharle la mano, aunque, no, no me dio ninguna entrevista, como era de esperar.

Unos días más tarde viajé a Varsovia, donde me gustó que una turista francesa me preguntara por qué las iglesias estaban tan llenas y se hacían procesiones, confundiéndome con un polaco. Le dije que era argentino, lo que le causó mucha gracia, pero igual traté de explicarle lo que sucedía acordándome de las procesiones de Lomas de Zamora, donde nací. Me divertí al darme cuenta de que en Polonia andén se dice Peron: hay muchos carteles en Varsovia con el apellido del “primer trabajador” por la ciudad. Según me dijeron, hasta hay una marca de agua mineral “Ewita”. En general, disfruté paseando por la capital polaca, una ciudad desconocida que, sorprendentemente, me remitía a mi niñez.

(Las fotos son del autor)




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