Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.


El Palio II


Hoy se jugó el segundo -y último- Palio de 2013. Ganó la Onda (Ola). Gianluca debe estar llorando en alguna esquina de Siena. Posiblemente con amigos porque es un tipo popular. Ellos y él, todos llorando. Así me los imagino.

El día que Gianluca Nannini me acompañó al Palio la plaza estaba repleta. Entramos caminando por el barrio de la Onda, que tiene un delfín y olas en su bandera celeste y blanca.

La Plaza del Campo es el espacio público más importante de Siena. Durante siglos se usó para ferias y mercados. Cuando no hay Palio, se cubre con las sillas y mesas de los bares, cervecerías, restaurantes donde los turistas comen con vista al Palacio Público y a la Torre del Mangia, una torre gótica de ladrillo que tengo enfrente.

Los vecinos que viven frente a la plaza alquilan su balcón por 200, 300, 800 euros según la ubicación. También los bares alquilan balcones. El día que fui no había espacios libres. En los balcones la gente está elegante como si fuera a una velada de gala en el teatro. Llevan binoculares y les sirven Proseco (espumante). Hay turistas, sí, pero en la plaza se ven más italianos. Hablan en voz baja, secretean sobre posibles ganadores. También se hacen apuestas ilegales, pero eso no se ve.

–El Palio es complejo, muy complejo –dijo Gianluca en medio de sus propias explicaciones.

La pista por donde corren los caballos se llama Anelo de Tufo (anillo de polvo). Tiene una curva muy peligrosa, la Curva de San Martín, donde los caballos suelen caerse. La Sociedad Protectora de Animales elevó informes y quejas. Los organizadores del Palio no se preocuparon demasiado, pero pusieron unos colchones para evitar que se lastimaran. Una curiosidad del Palio, entre muchas: si el jinete se cae y el caballo sigue corriendo y llega a la meta gana el caballo y la contrada. Todo vale en el Palio.

Los caballos se sortean el día anterior a la carrera y solo ahí se sabe qué jinete los correrá. Y un dato insólito del Palio: antes de la carrera los caballos son bendecidos por el cura en la iglesia de su contrada. No, no en la entrada. Cruzan la puerta, ingresan como si fueran un fiel más y cerca del altar el cura los bendice y les apoya una estampita en la frente.

Los días previos al Palio y el día después la ciudad late distinto. Está envuelta en banderas medievales y se nota que hay gente de otras partes de Italia y del mundo. Las contrade desfilan por las calles angostas, entre vidrieras de marcas de lujo, gelaterias y el Duomo. Durante la semana del Palio Siena brilla.

Cuando termina el desfile llega el momento de mayor tensión. En ese momento, la plaza con 60.000 personas parece una iglesia vacía. No vuela una mosca y si dos turistas hablan fuerte los seneses los miran torcido. Quieren que se respete su tensión.
Se está sorteando cómo será la formación de los diez caballos para la largada. El último jinete sorteado, que entra desde atrás y al galope, y da comienzo al Palio. Pero para que eso suceda los caballos tienen que estar perfectamente alineados de lo contrario la carrera no empieza. Y no se alinean porque están negociando. Es la parte más loca del Palio. Los jinetes se venden a la vista de todos. Si creen que tienen una posición poco ventajosa para la carrera, entorpecen la llegada de otros, se cambian de bando, negocian. Y esas negociaciones pueden durar mucho, más de una hora.

–Si no se ponen de acuerdo y esto se estira mucho, me dice Gianluca, se correrá mañana.

De repente, se pusieron de acuerdo y arrancó el Palio. Diez guerreros montan a pelo diez caballos árabes, largos, feroces. La carrera dura un minuto y medio. O quizás menos. Al lado mío dos chicas de la Loba que gritaban desquiciadas. Alentaban al jinete con rabia, le pedían explicaciones en cada grito. Pero como todo es tan corto, enseguida se apagó el grito. Lo miré a Gianluca, no entiendo qué pasó. Iba ganando la Lupa pero en un momento la Oca lo pasó. Y en el medio la Pantera se cayó sobre los colchones.

–Momento, por favor, momento.

Gianluca no podía hablar, se llevó la mano a la frente, respiró profundo. Ganar la Oca, su segundo rival y esto lo desencajó completamente. No se lo esperaba. Parecía que tendría un ataque de nervios o rompería a llorar como niño. Unos metros más allá una nena rubia llora sobre los hombros de su padre y hacia el otro lado, dos simpatizantes de la Oca ríen y celebran el triunfo. Una metáfora de la vida.
Después se le pasó y a la salida nos encontramos con su amigo de la Oca, que no entra a la plaza por miedo al infarto. A pesar de ser de bandos contrarios hablaron lo más bien, discutieron y Gianluca lo felicitó a pesar de tener un nudo en el pecho.

A la salida de la plaza hubo estampidos, gritos y peleas que la policía enseguida separó. Los ristorantes y las osterías (tabernas) sacaron las mesas a la calle y daba la impresión de que la ciudad entera era un solo barrio de fiesta. La ciudad estaba iluminada a giorno y hubo fiesta hasta tarde. Antes de entrar a la Plaza del Campo Gianluca me había prometido llevarme al barrio de la contrada ganadora porque exhiben el Palio y festejan. Pero mientras caminábamos en la ciudad amurallada se puso serio, medio pálido y dijo:

–No puedo ir al barrio de la Oca, de verdad no me haría bien. Si quieres te puedo llevar y dejarte en la entrada, pero no me pidas que vaya.

***

Me perdí los festejos en la Oca, pero comimos y nos reímos en una ostería pequeña, familiar, con los platos de la nona. En el fondo de del salón la pintura del rostro de un alazán recortado sobre el cielo celeste, con las banderas de cada contrada. En la mitad de la cena llegó un amigo de Gianluca para hablar de la carrera, lamentar el resultado, preguntarse ma per che? Come? (pero ¿por qué? ¿cómo?). Los días posteriores y durante meses el Palio, como el clima, salpica la mayoría de las conversaciones.

Así fue el útlimo 2 de julio. Así de inquieto estaba Gianluca sin que jugara su contrada. Por eso pienso que hoy estará llorando. Le voy a escribir.


El Palio de Siena

Me imagino cómo estará Gianluca en este minuto: moviendo los ojos saltones de un lado a otro, caminando tenso por su casa en Siena, transpirado, loco. Mañana compite en el Palio su contrada: il Bruco (la oruga).

El 2 de julio y 16 de agosto (cada fecha, en honor a una virgen) se celebra en la Plaza del Campo en Siena una de las fiestas más tradicionales de Italia. Visto de afuera, el Palio es una carrera de caballos que se practica, salvo contadas interrupciones (las dos guerras mundiales), desde la Edad Media. Visto de adentro, el Palio es confrontación, fanatismo, camaradería, furia y también un poco de locura.
En la carrera se enfrentan diez caballos de los distintos barrios de la ciudad medieval. Cada barrio es una contrada (contrade, en plural).

Hoy la palabra se usa como sinónimo de barrio, pero una contrada es mucho más. “Primero estaba la familia y después la contrada. Lo que necesitaras, desde trabajo hasta dinero, podías pedírselo. Era una contención, una segunda familia”, me dice una mujer con su pañuelo al cuello mientras caminamos. Ella pertenece a la contrada de la Oca (sí, la misma del juego de niños), de color verde, rojo y blanco.

Actualmente existen 17 contrade (llegó a haber 42) y cada una tiene un emblema y colores que la identifican: Áquila (águila), Bruco (oruga), Chiocciola (caracol), Istrice (puercoespín), Giraffa (jirafa), Onda (una ola de mar con un delfín), Lupa (loba), Civetta (lechuza), Drago (dragón), Lecorno (unicornio), Valdimontone (carnero), Nicchio (concha rodeada de corales), Pantera, Selva (con rinoceronte), Oca, Tartuca (tortuga) y Torre (un elefante que carga sobre su lomo una enorme torre).

Los jinetes o fantinos son famosos como las modelos, salen en las revistas y ganan buen dinero. Según su performance, pueden ser odiados y amados. Usan sobrenombre y casi siempre tienen menos de treinta años.
En el Palio no se gana dinero, se gana prestigio. El premio es un estandarte pintado a mano que se llama Palio, y la contrada ganadora lo exhibirá en su iglesia con orgullo, como un trofeo de guerra.

Sí, ahora Gianluca debe estar loco. Hace dos días me escribió diciendo que ojalá ganaran. El último 2 de julio me acompañó a la plaza. “Solo voy porque no juega mi contrada, si no no podría estar aquí contigo. Si compitiera il Bruco estaría con mis amigos, sufriendo”, me aclaró.

Ese día, el último 2 de julio en la plaza de Siena, temí que se cayera de un infarto a mi lado. Mucho más nervioso que un hincha de fútbol. Y los nervios eran por una contrada rival. No quiero pensar cómo estará hoy.

En estos días subiré algunos apuntes de esa tarde en la Plaza del Campo, entre 60.000 personas, la mayoría vecinos fanáticos de su contrada.


El Zoo de Durazno

No me simpatizan los zoológicos, pero voy al de Durazno porque antes de viajar me contaron que varios departamentos tienen su propio Zoo y que suelen existir rivalidades, a ver quién consiguió el hipopótamo y cuál el león. Esa pica me motiva a conocerlo.

Me presentan al subdirector, Enrique Arrúa, frente a la jaula de los leones. Es un hombre de espalda grande y eso me tranquiliza porque estamos muy cerca de los leones, en un pasillo finito y oscuro como los que se ven en las películas de las cárceles. Ahí los meten cuando comen, como ahora que despedazan un trozo de potranca.
En el Zoo de Durazno hay nueve felinos. Quisieron canjearlos a otros zoológicos, pero nadie los acepta porque consumen mucha carne. Mientras Arrúa habla el tigre da vueltas en círculo y pasa pegadito al alambrado, como midiendo quién lo mira y qué pasa.

Los felinos son su animal preferido. Hace unos años él mismo crió un tigre. Lo llevó para las casa porque el intendente de ese entonces le pidió que se lo amansara para poder llevarlo a pasear, sí, como a un perro. Parece que era buenísimo, andaba adentro, hasta dormía en la cama con su gurisa (hija chica).

–¿Qué?
– Sí, era mansito como un gato, aunque los peluches se los destrozaba todos. El intendente lo venía a buscar, lo paseaba con correa y me lo devolvía.
–¿Y tenés fotos?
–¡Pa! Es que cambié de patrona y esas quedaron en la otra casa.

A Arrúa tampoco le gustan los zoos, pero cree que es la única forma de que las nuevas generaciones conozcan los animales. Da un vistazo a las jaulas y dice, como si hablara de su hija, de su hijo, de su familia: “Doy mi vida por ellos”.


Día Internacional del Turismo

A veces la experiencia real le pasa al turista por al lado y no la registra. ¿O preferirá la experiencia monumental?


La cerradura misteriosa

Era de noche, tarde, pero el romano insistió en ir. No podés dejar Roma sin verlo. Hablaba así, en porteño porque había vivido en Buenos Aires. Vino a estudiar y se fue, dice, cuando una argentina le rompió el corazón.

El centro de Trastevere no estaba lejos, pero todo parecía lejos a esa hora, cuando los turistas ya dormían y Roma olía a flor de azahar. Es que por acá está el Jardín de los naranjos, comentó mi guía, un amigo de una amiga, esa gente que uno no conoce y probablemente no vuelva a ver pero durante un viaje se transforma en mejor amigo.

A pesar del calor que había hecho durante el día, la noche estaba fresca. Caminábamos despacio hacia una puerta cerrada. Adónde me llevará, pensé al ver que esa puerta no tenía pinta de abrirse fácilmente. Al acercarnos, Stefano me contó que estábamos en el Monte Aventino, frente a la sede de la antigua Orden de Malta, formada por caballeros hospitalarios que atendían a los peregrinos que viajaban a Jerusalén.

Cuando estuvimos frente a la cerradura, me animó a espiar. Y se reía. Le hice caso, metí el ojo con desconfianza y me encontré con la cúpula iluminada de San Pedro. Se veía perfecta. Después supe que por esa cerradura se ven tres Estados: El Vaticano, Italia y Malta, que aquí es un Estado soberano sin territorio.

Cuando saqué el ojo, Stefano me miraba satisfecho. Sabía que era un anfitrión de lujo. Antes de irme, volví a mirar una vez más y otra. Traté de ver si no era una lámina o una proyección. Quería cerciorarme de que no era magia.

Al pensar en esa noche todavía siento el perfume intenso de los naranjos, que le da al recuerdo un tono onírico.


Jeju Loveland, erótico y kitsch

Me imagino que Jeju Loveland, el parque temático del sexo de Corea del Sur, hoy estará que arde.

Jeju es una isla volcánica al sudoeste de la Península de Corea. También se la conoce como La isla de los mieleros porque durante años -cuando los coreanos no podían viajar al exterior- era un destino popular para la noche de bodas. Con bosques, cerros y clima cálido.

El parque abrió en 2004 y tiene 140 esculturas creadas por 20 artistas graduados de la Universidad Hongik de Seúl. Además, hay exposiciones temporarias. Es un lugar pensado para apreciar la belleza de la sexualidad.

Los recién casados todavía van a la isla, con ánimo de aprender. Y de amar (A propósito: Con ánimo de amar, qué buena peli). Más fotos para inspirarse y jugar, acá.

Bizarro. En la misma isla hay ocho parques, incluido uno de peluches y otro de miniaturas. Igual, después de ver las imágenes uno puede intuir cuál es el más visitado.


Más de JFK en La Pampa

Lo único que se me ocurre para explicar la inmediatez es que Miguel Machesich recibe alertas de Google cada vez que aparece algo nuevo sobre Quemú Quemú en la Web.

Entonces, ni bien escribí el post anterior se comunicó para contarme que tenía más información, que Quemú Quemú es su pueblo de nacimiento, que había escrito algunos artículos sobre el monumento para el diario La Reforma de General Pico.

Rápidamente, lo invité a contar algo para Viajes Libres, y esto es lo que escribe el periodista pampeano, que hoy vive en Chubut.

Siempre me intrigó esa elevación provocadora que apareció hace más de 40 años en medio de la llanura, muy cerca de mi pueblo natal. La búsqueda de las razones y anhelos de sus realizadores, sin embargo, se oscureció también siempre. Las voces críticas, con diferentes fundamentos, que fueron desde lo práctico a lo ideológico, desde el humor a la extravagancia, se impusieron al silencio de los reales protagonistas y no respondieron a lo esencial.

¿ Qué llevó a la construcción de esa mole de cuarenta metros con una simbología extraña, con una inscripción en su cúspide sólo descifrable  desde al aire, muy cerca del ingreso a Quemú Quemú, en La Pampa? ¿Qué dicen hoy aquellos jóvenes, autodefinidos como “entusiastas e irresponsables”, sobre lo que hicieron? ¿Qué significa hoy ese monumento a un joven presidente norteamericano, de origen católico y  víctima mortal de un atentado de raíces oscuras que despertó un generalizado pesar?

Esa búsqueda me llevó a Fernando Demaría, poeta y filósofo, descendiente de las familias ligadas con el origen de ese pueblo pampeano y principal actor de aquellos momentos, vividos en la esplendorosa década del ‘60.

“Uno está inmerso en circunstancias históricas y esa circunstancia histórica nos reveló la pérdida de John F. Kennedy en ese momento. Creo que surgió como una gran nostalgia por una personalidad eminente que había desaparecido, una atmósfera colectiva de pesar por lo que había sucedido. Notar como reaparecían las fuerzas retrógradas y del mal, cortando una vida ilustre y progresista. La inspiración para mí fue de origen colectivo”, me contó una tarde en su departamento en Buenos Aires.

“Para nosotros John Kennedy era una expresión de una nueva conciencia. Hablábamos de una nueva conciencia que, además, es una idea que se remonta hasta San Pablo. En sus Epístolas se habla de que hay que desvestirse del hombre viejo y asumir el hombre nuevo. A veces uno percibe en la evolución humana la necesidad de que surja una nueva conciencia, algo depurador. Y Kennedy representaba eso: la posibilidad de una depuración del espíritu colectivo, de la historia en ese momento”, agregó.

Los pormenores del acto inaugural con un célebre discurso del reconocido crítico y periodista Rafael Squiru, por entonces Director de Asuntos Culturales dela Organizaciónde Estados Americanos (OEA), confirmaron esta visión.

Aquel 29 de mayo de 1967, Squirru había iniciado su provocativo discurso reivindicando a los indios.Hay todavía mentalidades en la Argentina que se enorgullecen de decir que aquí no hay indios. Es para recordarles a esas mentalidades que todavía quedamos algunos”, disparó apenas comenzó a hablar, mientras explicaba las razones de su puesta de un poncho araucano sobre los hombros. Entonces se escucharon los primeros aplausos. Los segundos serían al mencionar a John Kennedy, “un hijo del sol”.

Fernando Demaría dice hoy que “ahí, en la pampa, quedó implantado un ideal, porque el monumento es una obra que hace reflexionar. Creo que los que pasan por ahí se preguntan qué significa. Esas preguntan requieren una respuesta espiritual, movilizan el espíritu”.

“Creo que es un interrogante espiritual plantado en medio de la pampa y todos los interrogantes espirituales para mí son fructíferos y positivos, activan a las mentes, llegan a las conciencias. Y más ahora que está iluminado de noche”.

Enhiesto e enigmático, el monumento a John F. Kennedy sigue allí, despertando interrogantes a los extraños. Con el paso de los años ya forma parte del paisaje pampeano y se ha convertido en símbolo de Quemú Quemú. Pero para quienes somos de allí y de vez en cuando regresamos a la tierra natal es una referencia ineludible y querida. Al tomar la ruta provincial N° 1 en Catriló, lo empezamos a buscar en el horizonte interminable. Distinguirlo entre los árboles de la gran llanura nos tranquiliza. Verlo, acercarse y llegar significa que hemos llegado, que, al fin, ya estamos en casa.


Los pantalones de JFK, en Quemú Quemú

De lejos parecen pantalones de vaquero. Pero es un monumento a JFK, construido en el acceso a Quemú Quemú, un pueblo muy pueblo de La Pampa.

¿Qué hace ahí, entre campos de girasol, cardos rusos y pinos ? ¿A quién se le ocurrió?

Al principio hubo críticas y polémica, pero después de cuarenta años, la gente del pueblo lo incorporó como extensión del pueblo, por las tardes algunos se acercan a tomar mate a la sombra, otros se sacan fotos o miran pasar los autos por la ruta.

El monumento se construyó en 1967, algunos años después de su muerte. Al parecer un escribano quemuquemuense convenció al pueblo de hacerlo en honor al ex presidente. Es de hormigón armado, tiene 40 metros y, según explican por acá, representa el espíritu elevado de JFK y el corte en el medio, su vida interrumpida por la muerte.

Mientras escribo esto, me entero que en otro pueblo argentino, San Francisco, en Córdoba, hay otro monumento a JFK. Al parecer serían los dos que existen en América Latina. Dice en el artículo que está descuidado, así estaba el de Quemú Quemú hace unos años, cuando lo vi por primera vez. Para llegar abajo de la estructura había que atravesar un alambre vencido y caminar entre pastos altos. Ahora, el pasto está cortado y no me extrañaría que en algún tiempo a alguien se le ocurriera cobrar entrada. Quizás podrían pensar, también, en contar cómo llegó ese monumento a ese lugar.


El Club de la barba de Berlín

    

En Berlín hay muchos edificios con patios internos. No un patio, sino varios: uno atrás de otro. Caminando por Hackescher Markt entré en uno porque leí que había un museo de Otto Weidt, un alemán que tuvo una fábrica de cepillos donde antes de la guerra daba trabajo a judíos sordos y ciegos o con visión reducida. Durante la guerra los ayudó a esconderse y a escapar. Los protegió. Fue un mini Schindler menos conocido y sin película de Hollywood.

Entro en el museo para verle la cara a Otto, pero le veo la cara a este otro… que se llama Haim Hoffman. Haim es israelí y después de pasar los tres años de ejército, como muchos, salió a dar una vuelta por el mundo y se quedó en Berlín. Hoy es uno de los cerca de 25.000 judíos que viven en la capital alemana.

Por aquella época tenía bigote y un día hace como treinta años se dejó la barba. Y otro día, hace como once, se la empezó a peinar estilo Káiser.

Me cuenta sobre los clubes de barba y bigotes del mundo y las competencias y las distintas categorías. Me muestra fotos de sus amigos en su celular. Estilo Dalí, chino, inglés, mosqueteros, húngaro, free style -estilo libre, barbas artísticas- son casi 20 categorías. En la categoría Káiser, él ocupa el cuarto puesto en el mundo.

Le pregunto si le lleva mucho tiempo el peinado de la barba. Dice que no, “30 minutos, a la mañana”, usa spray para pelo, como las señoras de antes. Enseguida busca otra foto en el celular y me muestra cómo se cuando se levanta, con la barba llovida.

El Club de la Barba de Berlín tiene doce miembros y Haim es uno de los más antiguos. Ahora se perdió un encuentro de barbistas en Dinamarca y estaba contrariado por eso. Pero irá al próximo. Mientras tanto, trabaja en el Museo Otto Weidt.




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