El desierto florido

Siempre sospeché del desierto. No le creía tanta quietud. Y ahí lo ven, el desierto de Atacama, en el norte de Chile, el más árido del mundo convertido en un jardín de nolanas, añañucas, malvillas, cebollines azules y garras de león.

El desierto florido ocurre sólo si ese año fue llovedor, eso quiere decir si llovió cuatro o cinco veces en todo el año, hablamos de 30 o 40 mm que acá valen oro. O bueno, valen flor. Las mineras, las que sacan oro, cobre y otros minerales contaminan a lo grande, se llevan el agua en sus procesos. Eso también ocurre en el desierto.

Como el vino, el desierto también tiene buenas añadas. Y el de 2011 es uno de los mejores en mucho tiempo. Todo indica que será recordado, como el del 97, que parece que fue de colección. La primavera del desierto.


Yoga en la Capilla Sixtina

Un gran porcentaje del turismo que visita Roma lo hace para vivir una experiencia artística, que más de una vez transita los mismos caminos que la experiencia religiosa.

Antiguamente, los artistas trabajaban para la iglesia: los papas eran mecenas de artistas, los protegían, les pagaban, coleccionaban arte. Las obras están a la vista: los 12 Apóstoles esculpidos en San Giovanni en Laterano, el Moisés de San Pietro en Víncoli, el coro sobrio de Santa María del Popolo, el Baldaquino de Bernini en San Pedro y, sobre todo, El Juicio Final que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hace unos 500 años.

Hacia allá voy para vivir mi experiencia artística romana. Primera meta: resistir la fila de un kilómetro para entrar a los Museos Vaticanos. Calor. No traje paraguas de sol como la señora de adelante. Mal hecho. Segunda meta: pagar los 15 euros de la entrada. Tercera: dosificar la energía porque los museos son inmensos y lo mejor, dicen, está al final. Cuarta meta: lograr un lugar en la masa turística.

Durante todo el recorrido, siempre, hay gente. Adelante y atrás. A un lado y a otro. Gente con cámaras de fotos, mochilas, sombreros; gente que habla en muchos idiomas; gente en grupo –los guías llevan una flor para identificar a los suyos– gente sorprendida, cansada, apurada, lenta; gente en modo “inercia”. En los Museos Vaticanos, la gente tiene tanta presencia como el arte.
La masa me lleva, me empuja suavemente y sin pausa. Parecemos el caudal de un río tranquilo. Las pinturas, los tapices, las esculturas pasan como los títulos al final de las películas. Difícil detenerse sin que las alemanas de atrás no me arañen los talones con sus Birkenstock último modelo. Resisto porque quiero llegar a la Capilla Sixtina, allí donde se reúne el cónclave de cardenales que elige al nuevo pontífice; allí donde Miguel Ángel trabajó durante años en su obra máxima y polémica.
En el camino pasan obras de Botticelli, Rafael, Rosselli. También me pasa el tallo de una rosa –sin espinas, menos mal– a un centímetro del ojo izquierdo. Es que la guía del tour japonés revolea su flor sin precaución ni elegancia. Debería llevar atrás una P de “Principiante”, como los conductores que recién sacan la licencia.

En los Museos Vaticanos, en la Fontana de Trevi, en las escalinatas que llevan a la Piazza di Spagna, posiblemente en todo el casco histórico Roma convive con el cliché turístico. O debería decir: Roma es un cliché turístico. El arte, la pasta, el carácter, la intensidad, todo lo que Julia Roberts en su papel de Elizabeth Gilbert va a buscar en Comer, Rezar, Amar allí está. En envase diseñado para turistas, eso sí.

Finalmente, el recinto esperado: la Capilla Sixtina. Luz de penumbra para no dañar las obras de arte. En este espacio, la gente no circula. Está permitido quedarse, permanecer. Tres hombres de seguridad vigilan que el volumen del murmullo se mantenga bajo, que nadie saque fotos, que la gente no se siente en el piso. Pero no entienden que estamos agotados, que Roma es eterna y hace cinco días que caminamos para comprobarlo. No comprenden que a pesar de haber dosificado la energía no podemos más.

De repente, la capilla más famosa del mundo parece un restaurante sin acústica. El murmullo escala, se eleva por la emoción ante la belleza de la bóveda. Ahora, la masa turística contempla el fresco en el que Jesús separa a justos de pecadores. Las bocas se abren, la mandíbula se cae, el cuello gira hacia el techo, el mentón mira arriba, los hombros sueltos y los brazos en torsión para fotografiar los frescos renacentistas. Si mi profesora de yoga nos viera, nos felicitaría.

Pero los empleados de seguridad de la Capilla Sixtina no comulgan con las prácticas yoguis y perciben la imagen como una estampita del descontrol. Entonces, arranca un coro de chistidos para llamar al silencio. Hacen levantar a los que se sentaron en el piso y retan a los que pescan sacando fotos. Les pegan un grito, como a los hijos de mis vecinos cuando hacen travesuras. Un poco por susto y otro por cansancio volvemos a circular, con El Juicio Final todavía en la mirada y olor a masa turística en la piel.

(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias, del diario La Tercera, de Chile)


Turistas en acción vs. turistas en receso


Nefertiti express

Después de una costosa remodelación, hace un par de años reabrió el Neues Museum, donde está el busto de la famosa reina egipcia Nefertiti. En la cola para sacar el ticket, una pareja de españoles discute sobre si entrar o no.

La mujer insiste, que vamos, Javier, que vamos, pero el tipo está decidido a no ir. Habla fuerte, con acento marcado y la certeza de que los que están al lado no lo entienden:

“Que no quiero seguir pagando museos en Berlín, Marta. Que sí, mujer, que a mí me gusta la Nefertiti, pero que diez euros de aquí y diez de allá, y la audioguía, basta. Estos alemanes se han avivado, ponen el Pérgamo en uno, la Nefertiti en otro y así no hay bolsillo que aguante. Ni piernas. Además, yo no quiero echarme dos horas viendo piedras egipcias, si entro es por la Nefertiti. Pero no voy a entrar, ya lo decidí, ve tú. Yo te esperaré en el bar de enfrente, tomándome una caña.

Marta le responde algo bajito que no llego a escuchar, y él sigue:

“Y sabes qué, a la Nefertiti la veo en foto. Mira, aquí te dejo la cámara, cuando llegues a la sala, apretas este botón y me sacas una foto, ¿vale? Ponle el zoom para que la vea bien, y venga no pongas esa cara que nos vemos un rato.

El tipo se fue y la mujer lo miró caminar hacia la plaza. Quizás ella también estaba cansada de los museos, pero sentía la obligación turística de ver a Nefertiti.

Aunque era imposible no reírse al escucharlo hablar, una vez adentro del museo, parada frente a las piedras egipcias, me acordé de él con un poco de vergüenza. Me di cuenta que pasaba sin ánimo frente a las vitrinas, que tenía ganas de estar en la calle, atenta a la ciudad actual.

Entonces, busqué al guardia del salón y le pregunté en mi alemán de primer grado: Wo ist Nefrototo?  (Dónde está Nefertiti?)

Cuando llegué a la sala, frente a la impactante escultura, volví a pensar en el gallego. Estaba prohibido sacar fotos.


De viaje por Colombia

En el último viaje a Colombia conocí a Juan Diego Santacoloma y a otros integrantes del equipo de Quellevar.travel, un proyecto inedpendiente que filma experiencias de viaje por su país en HD. Es decir, con excelente calidad.

Además de producir videos para empresas, comerciales para TV y fotografía, se les ocurrió aprovechar las posibilidades de Internet y avanzar con un programa de viajes distinto. No sólo por el medio, también porque no van a lo típico, que en Colombia podría ser Cartagena, y se aventuran a otros destinos.

Por ahora, hacen algunos capítulos por viaje en los que muestran el lugar, las posibilidades turísticas y opciones de alojamiento. También dan recomendaciones por Twitter en @quellevar y pronto estará en funcionamiento su Web.

Me gustaron los cinco videos del Amazonas colombiano, donde visitaronPuerto Nariño, Leticia, la ciudad más meridional del país, capital del gran departamento de Amazonas y base para muchas excursiones. Como la Isla de los Monos, el Parque Nacional Natural Amacayacu y la Reserva Natural Marasha.

Los sonidos, el verde, el agua barrienta, los delfines rosados, las hamacas, el jugo de copuazú, el problema de ver estos videos es que enseguida aparecen las ganas de viajar a la selva.

Entre los próximos destinos de estos chicos inquietos figuran Huila (San Agustín y el desierto de la Tatacoa) y uno que poco a poco se pone de moda: el Pacífico chocoano (Nuqui, Utria). Espero una señal de humo o un mail cuando estén listos los videos.


Lecturas de verano

El verano es una estación triste en la que nada crece. Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena; incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante. La canción de verano es siempre la peor canción del año. El amor de verano es un subgénero del amor, del gran amor que nunca podrá tener lugar en verano. Hablan de lecturas de verano, noches de verano, viajes de verano, bebidas de verano y con ello queda implícito un sutil desprecio. Nuestro amor no está hecho para el verano. Nuestro amor no conoce vacaciones.

(De Escrito en servilletas)

Cuatro amigos. David Trueba, Anagrama.


De paso por mi modesto abismo personal

Ahora que los 33 mineros están arriba, sanos y salvos, puedo evocar con menos angustia mi modesta incursión al centro de la Tierra. A tan solo -aunque es mucho- 70 metros de profundidad, el diez por ciento de donde estuvieron atrapados estos hombres valientes.

Fue hace un año, en el sudoeste de Brasil. Estado de Mato Grosso do Sul. Cerca del Pantanal. La geografía es extraña en esa zona del planeta. Hay ríos de agua turquesa, como en el Caribe. Hay cascadas, serranías y buracos, en portugués agujeros, en medio de la Tierra. No uno, sino varios. Más de 500 hoyos y cavernas en la zona. Como si la hubieran bombardeado hace cientos, miles, millones de años.

Una de esas cavernas es tan profunda que se llama abismo: Abismo das Anhumas. Fue descubierta en 1974 y abierta a los visitantes hace 13 años. Para conocerla hay que descender hacia las profundidades en un rappel negativo, es decir sin apoyarse en ninguna pared. Abajo, además de penumbra y humedad hay un lago de agua cristalina donde se puede bucear o hacer snorkel, linterna en mano porque apenas se ve.

No sólo no era una mina, tampoco quedé atrapada. Peor: pagué para bajar y fue necesario firmar un deslinde de responsabilidad. Nada que ver con la historia de los mineros. De todas formas, quizás porque transcurre en un plano subterráneo, en estos días recordé mi abismo. En algún momento, antes de los 33, creí que era un abismote. Hoy, después de los 33, pienso que es un abismito.

Bajé una mañana de octubre a las 8. Estaba nublado y había una leve brisa. Veo la foto ahora. Tengo la cara pálida, mucho más que en el último invierno. Ingresamos -el fotógrafo y yo- al interior de la caverna por una hendidura de la roca. Con casco, guantes y llenos de arneses.

El descenso fue sencillo: al presionar una manija que es parte del equipo, la cuerda se mueve y uno avanza hacia abajo. A medida que me internaba en la caverna, la luz que entraba por la grieta se veía más lejana y era preciso acostumbrarse a la penumbra silenciosa de un hueco inmenso.

Fueron entre cinco y siete minutos. Me recomendaron que bajara rápido, que dejara las vistas de la caverna para la vuelta, donde sería necesario detenerse a descansar. Igual, es difícil pensar en las recomendaciones cuando uno está colgando, a 70 metros del suelo.

El regreso a la superficie es por el mismo lugar, no hay un ascensor oculto ni escaleras mecánicas. En la subida no se aprieta ninguna manija, toca hacer fuerza con los brazos y las piernas. El día anterior a la aventura hicimos un pequeño curso que fue necesario aprobar.

Recuerdo que por fin toqué fondo. Hice pie en un muelle y los técnicos me quitaron el arnés. Era libre, pero me temblaban las piernas y la superficie se veía lejos. Miré a mi alrededor, las paredes de piedra blancuzca, la laguna azul. La luz usaba la ruta del rappel, la única ruta, y llegaba hasta abajo como un resplandor. Dicen que en diciembre entra con mucha fuerza, como una columna brillante que le agrega misticismo a este interior surrealista.

Desde la cabecera del muelle se escuchaban voces en la otra punta. Con el casco en la cabeza caminé hacia donde no llegaba la luz. El otro lado del muelle se parecía una noche de luna nueva: al principio no se ve nada, después uno se acostumbra a la opacidad.

Finalmente, entré en el lago, más frío que el Pacífico en Viña del Mar, un día nublado. El traje de neoprene grueso ayudaba, pero no impedía la sensación de llevar una bolsa de hielo en las manos y en la cara.

El lago del Abismo Anhumas tiene 24.000 metros cúbicos de agua y pertenece al Acuífero Guaraní, una reserva subterránea de agua que comparten Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina.

Hacia abajo, el paisaje podría ser un cuadro de René Magritte, el surrealista provocador. Se veía un valle de conos sumergido en un fondo azul verdoso. Mudo. Sospechoso. Había un cono de 19 metros, con la fama de ser el más alto del mundo. Otros tenían puntas afiladas como la de un misil, y algunos eran bajos y chatos, como un bizcochuelo. Abajo mío había 60 metros más de profundidad helada.

Daban ganas de seguir más allá, por un corredor angosto y después a través de un túnel oscuro hasta cruzar el acantilado que se veía tras una grieta. Sin parar hasta el centro de la Tierra. Por momentos, era posible olvidar el agua fría y los 72 metros que habría que escalar al rato, cuando el paseo, que era bastante parecido a un sueño, hubiera terminado.

Esa vuelta turística por la penumbra subterránea fue lo más cerca que estuve de las -ahora tan mentadas- entrañas de la Tierra. Mi modesto abismo privado. Mi abismito.


Estambul sin un peso

Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!

“Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.

Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.

Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del “Expreso de Medianoche,” que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.

Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.

Foto: www.fotokorth.de

Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.

Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.

Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (“the girls”) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.

Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.

Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.

Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.

Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida”.


La Ruta de la Muerte, en bicicleta

Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros  por el camino más peligroso del mundo, que comienza  en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas.

La Ruta de la Muerte es un viejo camino que conecta La Paz y Coroico. Fue construido por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco, en 1936. Se lo considera el camino más peligroso del mundo por los récords de micros y autos desbarrancados  que hubo antes de la construcción de la nueva ruta, hace tres años.

Desde que se hace esta travesía, unos diez años, hubo más de diez ciclistas muertos, posiblemente menos que en dos o tres meses en Buenos Aires.

Algunos tramos son difíciles y el paisaje se mira de ojito o la historia termina cuerpo a tierra, pero creo que lo peor de la ruta es firmar el deslinde de responsabilidad, un documento que dice que uno corre peligro de “heridas, enfermedades o muerte”.

En la Revista Lugares de este mes, se puede leer el relato que escribí después de haber sobrevivido.


Estuve allí, pero me enteré al día siguiente

Verónica Montero es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable.

Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana.

“Cuando uno viaja a Nueva York espera que algo suceda. No es de esos destinos en los que sólo se visitan museos y se toman fotografías de jardines imperiales. Nueva York es en parte Hollywood. Es decir, o te chocás con George Clooney corriendo en el Central Park o presenciás algo que termina siendo tapa de los diarios; como me pasó el día del atentado fallido del 1 de mayo en Times Square.

No tenía reloj, así que calculo que serían las ocho. Unas cincuenta personas sacaban fotos de las cuadras más iluminadas de Manhattan. Las publicidades digitales se codeaban tratando de imponerse unas a otras. De repente, una explosión se escuchó a lo lejos. Un ruido seco paralizó todo por apenas un segundo. Insisto: sólo fue un segundo. La escena que ahora recuerdo es la del chico que tenía al lado: tiró su lata, gritó “shit!” y salió corriendo. El resto seguimos posando y disparando sin flash a los letreros.

Con el diario del día siguiente me enteré de lo que realmente había sucedido. Los ojos del mundo, otra vez en La Gran Manzana: “El intento de un atentado terrorista sacude Times Square”. El sonido fuerte que escuchamos, fue la implosión provocada por la Policía a tres cuadras de donde estaba. El vendedor de uno de los puestos callejeros, que había alertado sobre el coche bomba abandonado, se convirtió en un ídolo y había fila para sacarse fotos con el héroe.

Desde el atentado del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos dejó de ser un lugar seguro. Y la ciudad lo recuerda constantemente: “Cualquier persona puede ser sospechosa de cometer un acto terrorista”. Si uno mira sin mirar observa carteles del estilo “Si ve algo, avise” o “¿Cuál de estas dos armas cree que es verdadera?”. Pero los mensajes se entremezclan con los de otros avisos y todo termina siendo lo mismo. “Comer un combo en un local de comidas rápidas tiene X cantidad de calorías”, “No te pierdas la temporada final de Lost”, “Sonría, lo estamos filmando”, “Si retira un ejemplar, tiene 20% de descuento para presenciar el musical de Mary Poppins en Broadway”.

Ruido, mucho ruido, por todas partes. The show must go on hace que el sonido de una implosión sea confundido como parte de una performance, como creí esa noche en Times Square. Al igual que cuando después de estar varias horas recorriendo el Madame Tussauds, que queda por esa misma zona, salí a la calle y al ver a un señor quieto, me acerqué creyendo que era de cera”.




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