Una tarde entera

El viaje de prensa rueda como una avalancha. No se fija en el clima ni en las ganas. Rueda y propone actividades que empiezan y terminan y empiezan y terminan. Hasta que se hace de noche y al otro día vuelven a empezar y a terminar. Hay paradas para comer. Comer es muy importante porque significa tener fuerzas para seguir, y probar la comida, que es cultura. Rueda el viaje, rueda como una pelota por la barranca. Hasta que en un momento la mano me crece y se hace inmensa, una súper mano que detiene la avalancha.

Entonces, me bajo y me siento en un banco.

¿Vamos a la isla?, ¿hacemos un paseo en bici?, ¿viste que hay spa?, ¿caminamos al centro?, ¡Allá están los caballos! El día está precioso y sólo nos quedan dos tardes, hay que aprovechar.

Nada. Sigo aquí en el banco. Es mi refugio, una isla.

No se preocupen en venir a ofrecer programas-planes-eventos. Voy a colgar el cartelito de “no molestar” acá en el banco. Me hace falta una tarde, por lo menos esta tarde entera para recobrar el deseo de pasear.


La hamaca sobre el vacío

La que se hamaca y cuenta esta historia es Josefina Genta, productora de Canal 13, viajera con ganas de escribir de viajes y, sin duda, una mujer osada: se está hamacando sobre el vacío, ahí nomás de las nubes. A continuación, su experiencia.

Hamacarse a 2.660 metros de altura frente al imponente volcán Tungurahua debería ser la actividad más promocionada de Baños de Agua Santa.

En el centro de Ecuador, esta ciudad es conocida por el turismo aventura: rafting, excursiones a cascadas, bungee jumping y canopy. Pero son pocos los visitantes que pagan 1 dólar para conocer “La casa del columpio” o “Casa del árbol”, y menos los que pasan algunos minutos balanceándose en el vacío.

En 1999 Carlos Sánchez decidió ser vigía del “gigante negro” y se instaló en este mirador en un cerro vecino. Construyó una casita arriba de un árbol al filo de la montaña. Desde allí vigila la actividad del Tungurahua. En ese mismo lugar, y para entretener a los turistas que llegan hasta ahí, colgó dos hamacas.

Y me animo. Sentada en el rectángulo de madera, a 2.5 km del cráter activo hace 16 años, avanzo hacia al precipicio que me separa del volcán, rodeando apretadamente mis manos a las dos sogas. Piernas estiradas, el envión hacia adelante deja atrás la montaña, abre el cielo y acerca las nubes. La vuelta flexiona las rodillas e inclina el tronco.
Al principio, el ritmo es tímido porque la sensación de acercarse al vacío genera dolor de panza. En dos vaivenes, se torna lúdico y uno se olvida de que atrás hay una fila de cinco personas esperando el empujón a la adrenalina. Relajarse en este columpio del fin del mundo parece ser más sanador que hervirse en los baños termales por los que es popular esta ciudad. Me voy dejando llevar por la hamaca que me traslada a la infancia y, capaz un poquito por eso, pierdo todos los miedos.


Del calor de Dubai

Una imagen puede valer mil palabras y también esconder 48 grados, como en este caso. El tipo que sale de la estación de metro Ibn Battuta, en Dubai, camina por el infierno. Se lo ve así, tan tranquilo, pero debería ir con un matafuegos apagando las llamas, que no se ven pero están ahí. El calor quema las manos, el pelo y los párpados si uno no lleva anteojos.

Te tocó un mes de calor, dijo mi anfitrión con la levedad de quien dice está nublado. ¿Un mes de calor? Me tocaron días de fuego, que en el recuerdo son rojos. Rojo encendido. El día de la foto también caminé como ese hombre desde la estación Ibn Battuta hasta mi cuarto. Fueron cinco cuadras y después de la primera comencé a repetir como un mantra: “Que no me desmaye, por favor, llego y tomo agua, sí, tengo que seguir, allá tomo agua, que no me desmaye, vamos, falta poco”. Mientras lo recitaba imaginé una boltella de agua helada, transpirada por el frío. Con gotas que se derretían y bajaban por el cuello. Soñaba despierta para poder llegar a la casa, al aire acondicionado.

En los meses de calor no hay gente por las calles. Eso lo advertí en la segunda cuadra, cuando los taxis pasaban con gente, que me miraba por la ventanilla con piedad. Quizás alguno también recitó un mantra y por eso llegué.

Después de esas cinco cuadras, procuré no atravesar espacios abiertos. Durante los meses de calor les pasa lo mismo a los habitantes, la mayoría extranjeros (solo el diez por ciento de la población de Dubai es emirati). La vida no contempla espacios no climatizados. Se salta de aire a aire, cada tanto aparece una brecha, como la zanja mínima (el famoso gap) que pasa del andén al tren y recuerda el afuera. La falta de luz solar incide en que muchos padezcan falta de vitamina D, que la da el sol. Lo mismo que en los países nórdicos, pero por otras razones.

La estación de metro podría ser suiza y el tren, uno de lujo. Afuera se ven edificios y shopppings y edificios que tocan el cielo (o el infierno), como el Burj Khalifa, de los más altos del mundo. Si alguien, desde alguna ventana) hubiera mirado a este hombre, habría rogado que se subiera rápido a un taxi o que pasara un auto a rescatarlo de las llamas. Pero seguro que nadie miró: en Dubai todos tienen demasiado trabajo.


El Síndrome de Stendhal

Lo calculé de antemano y compré el libro en Madrid. En el viaje en bus de Siena a Florencia leo El síndrome del viajero (Gadir, Madrid, 2011), de Stendhal, el autor de Rojo y Negro, el escritor francés del siglo XIX. Es un libro finito que contiene un extracto de su obra Roma, Nápoles y Florencia, publicada originalmente en 1817.

El trayecto es por autopista, pero igual se asoma la Toscana verde por la orilla de la ruta. El día está espléndido, dentro de unas horas va a hacer calor. Debo admitir que estoy algo preocupada: tengo varias visitas para hacer en la ciudad y, como suele pasar en esta época, poco tiempo. La Santa Croce, Santa María del Fiore, el Palazzo Vecchio, L’Uffizi, El David.
Stendhal llegó a Florencia un 22 de enero de 1817, haría seguramente más frío que esta mañana de julio.

“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. ‘Aquí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci –me decía–, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre esos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar’. En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama”.
El autor la conocía por fotos, así que caminó sin guía, en dos ocasiones preguntó la dirección a transeúntes y por fin llegó a la Santa Croce y vio las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo. Aprovechó el momento para recordar a otros toscanos célebres: Dante, Boccaccio, Petrarca. Stendhal estaba tan emocionado que dice que hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia que se encontrara. Sus oraciones contienen signos de exclamación y palabras como: intensidad, alma, perfecto, necesidad, corazón, felicidad, emoción, éxtasis.

Continúa en un párrafo famoso:

“[…]Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

La reacción corporal ante la belleza del arte que sintió Stendhal fue descrita mucho tiempo después, en los años setenta, por la psiquiatra italiana Graziella Margherini como el Síndrome Stendhal o Síndrome del Viajero, una especie de enfermedad turística ante la grandeza del arte. La psiquiatra trabajó sobre más de cien casos de visitantes a Florencia que habían sufrido un estrés similar.
Confieso con vergüenza que en mi experiencia florentina, casi doscientos años después, siento nervios y miedo de caerme aunque por otras razones. La masa turística es lo primero que se ve al bajar del ómnibus; lo segundo, las tiendas de lujo. No hay necesidad de preguntar el camino porque la masa te arrastra hacia donde todos van que es donde uno quiere ir. Después de tomar un café en Gilli (¡ existe desde 1733!) llego al Duomo. Con el sombrero de una coreana a un centímetro de mi ojo y las bromas de un grupo de mexicanos cerca de el oído admiro la arquitectura renacentista, la cúpula de Brunelleschi. Me rodean pantallas de celulares en modo red social. Contactos que en este momento ven lo mismo que tengo enfrente. El arte se comparte. El lugar es un griterío, y si esto pasara después el último Oscar, al tupido panorama habría que agregarle las selfies.

Posiblemente en la época de Stendhal también habría distracciones, pero en la actualidad la contemplación de la belleza parece fragmentada como nunca. También, ruidosa y, por eso, fatigada.
Mis visitas programadas se devaluaron casi tanto como la moneda de mi país. Para alcanzar a ver El David hago dos horas y media de fila. Dos horas y media, más que un partido de fútbol. Conozco a una pareja de Australia y le pido a unos españoles que me cuiden el lugar para comprar un sándwich. Entro en La Academia de mal humor, pero cuando estoy frente la presencia desmesurada de ese hombre de mármol me quedo callada. Busco un asiento cerca y lo miro. El hombre que venció a Goliat, que encarna la fuerza y la calma. El hombre de cinco metros de altura. El hombre de mármol y de muslos suaves.

Los asientos que lo rodean están ocupados. Vuelvo a esperar hasta que consigo sentarme. Hay un sonido bajo, cercano al silencio. Se percibe una situación parecida a la de una iglesia, pero el hombre que tenemos enfrente no resucitó y está desnudo.
No se puede sacar fotos, recuerda un empleado de seguridad.

En este tiempo la contemplación está intervenida por una multitud de turistas en desplazamiento, la publicidad y la necesidad de mostrar el viaje inmediatamente. A veces tan fuerte que da la impresión de que se viaja para subirlo al Facebook. Pero hay un momento en que si uno es sensible a la belleza y está dispuesto, todavía es posible experimentar esa conexión artística de la que habla Stendhal. Ahí, sí, cuidado. Mejor tener la tarjeta del seguro médico a mano.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


Las Esperanzas de Teo

Este blog tiene algunos amigos de la casa y Teo Romera es uno de ellos. No es que nos conozcamos demasiado, pero nos conocimos en el camino, y eso es mucho. Fue en un parador de ruta, en la 40, un día de marzo de hace unos años, frío, con viento. Un día áspero, de esos que no dan ganas de bajarse del auto.
Él iba en su moto rutera y yo en una camioneta, en un viaje de trabajo para la revista Lugares. Fueron veinte minutos o quizás menos, ¿no Teo? Pero alcanzó para que me transmitiera sensaciones nítidas de su viaje por la Patagonia. Al llegar a casa, le hice una entrevista por mail.

Ese año, Teo había cambiado una vida de oficina por la vida que quería: viajar en moto. Después, lo leí desde desde Mongolia, Siberia, Kazakhstán, Eslovenia y Vancouver. Tiene un blog con muchísimos seguidores, que se llama Mr. Hicks, como su ídolo y gran comediante estadounidense.

A los meses de conocernos comenzaba uno de mis talleres de periodismo de viajes y Teo se inscribió. Fue un buen alumno, pero por lo que veo en su sitio lo suyo va por los videos. Donde esté monta un trípode y se filma. Hace unos días nos escribimos y me di una vuelta por Mr. Hicks 46, donde encontré este video. Arranca contando que se compró una súper moto, pero lo mejor es cuando aparece su madre, doña Esperanza, que además de recordarme a mi abuela me hizo pensar en las madres de los viajeros crónicos, que llevan pena también crónica por la incertidumbre de un viaje que viven como propio. Por cierto, la nueva moto se llama Esperanza.

Mientras Teo viajaba, a su madre le encontraron un cáncer. Entonces, en Vancouver, él decidió volver y suspender la aventura hasta que la operaran. Eso ya pasó y Esperanza se recuepera bien. Todo indica que pronto estará otra vez en la ruta. La próxima etapa: bajar desde Vancouver hasta Argentina, donde lo esperamos con un asado.
Mientras pasa el invierno en Madrid, sube videos del viaje. Este mes: Erzurum (Turquía), Georgia y las ruinas de Ani, en Armenia.

La otra Esperanza, la moto, ya tiene ganas de partir.


De San Pedro Sula a Copán Ruinas

Viajar de San Pedro Sula a Copán Ruinas, el pueblo desde donde se visita la ciudad maya, lleva unas cuatro horas en auto. Podría ser menos sin estos cráteres de la ruta. No se los puede llamar baches ni pozos, cráter es el término más apropiado y el que usa Quintanilla, mi chofer. Cada tanto frenamos: dos o tres adolescentes con palas en el medio de la ruta llenan los cráteres con tierra de los campos vecinos. Piden unas lempiras a cambio. Lempira, la moneda hondureña tiene el nombre de un capitán de guerra que luchó contra los españoles. Un dólar son unas veinte lempiras. Una baleada, tipo un taco con tortilla de harina, que viene con frijoles, yuca y papa cuesta unas ochenta lempiras.

La ruta está llena de curvas y el paisaje es verde intenso. Verde lluvia. Hay puestos de venta de piña, coco, bananas, un motel que se llama Mi primera ilusión y un hombre que lleva su ganado cebú hacia algún campo del otro lado de la ruta. Hay camiones Mack y buses amarillos como los que en Estados Unidos trasladan los chicos a la escuela, pero éstos llevan pasajeros. Unos y otros se compraron usados en el país del norte. Hay campesinos con sombrero de vaquero que descansan a la sombra de una ceiba sin soltar su machete, y una canchita de fútbol que se llama Camp Nou Copán.

–Ese cráter me dolió hasta el corazón.

Habla Quintanilla, el chofer, que tiene dos hijos, Gerald y Chelsea. Quiso cambiar porque dice que ya se escucha bastante Pedro y Juan.

También suenan Doris Melissa y Geraldina Milagros. Por acá los nombres son exuberantes como el paisaje. Como la naturaleza, como las ferias tropicales donde se consigue comida, ropa, tornillos y café.

Finalmente, Copán Ruinas, donde se puede ver lo que queda de la gran ciudad maya.


¿A usted le gusta esto?

Viajamos en el mismo avión de pocos pasajeros, pero recién la vi en el aeropuerto. Era regordeta, de ojos verdes brillantes. Tenía un pantalón azul y cara de enojada. Unos sesenta y pocos, el pelo recogido, tirante, como una bailarina. Su marido se comportaba como príncipe consorte, ella era la reina.

Íbamos al mismo hotel, lo supe cuando subió a la combi. Hotel Playa Tortuga, un todo incluido en el caribe panameño con buena piscina y un pulpo a la parrilla para recomendar. Temporada baja, poca gente.

La reina resultó ser ecuatoriana. Una ecuatoriana que vivía hace treinta años en loEstadoUnidos y poco le quedaba de la gracia de su país. Ni bien salimos del aeropuerto me saludó y después de intercambiar tres o cuatro palabras dijo:

-¿A usted le gusta esto? Yo no veo nada de bello.

Me pareció un comentario fuera de lugar por eso no me di vuelta para contestar. Seguí mirando por la ventanilla las palmeras, casas rústicas color pastel típicas de una isla del Caribe. En los colores, la música y cierto estilo despreocupado y caluroso las islas del Caribe se parecen bastante.

Esta mujer era de las que no necesitan respuesta para seguir hablando.

-Me dijeron que aquí había mansiones y mire… Nada de eso. Yo estoy buscando un lugar donde pasar los próximos veinte años y vine a ver aquí porque me dijeron era un paraíso. Traigo dólares pero hasta ahora no me gusta.

-A mí me gusta lo que veo -le respondí.

Habíamos hecho dos o tres kilómetros del aeropuerto y la reina tenía cara de asco. Como si hubiera visto un plato que no le provoca comer. Llegamos al hotel, bajé rápido de la camioneta para que no me hablara más. Me dieron la habitación número 23. Desde la terraza se veía el mar verde claro, algo parecido a los ojos de la reina que, como muchos otros gringos que me crucé, buscaba un lugar amable, barato y con sol donde vivir sus años de jubilada.

Prendí el ventilador de techo, puse la memoria nueva en la cámara y salí a andar. En el pasillo me los encontré, reina y consorte: les habían dado la 24. Por qué hacen eso, me pregunté, si el hotel está vacío. Deberían dejar por lo menos una habitación como zona de amortiguación.

Día de playa, de luz intensa, miles de palmeras, licuados de frutas, snorkel con peces amarillos y violetas, azules, naranjas con turquesa. Día de mar, de recorrido por islas desiertas.  Después de tantas playas, uno vuelve bronceado, salado, emocionado.
Hasta la reina que buscaba  refugio para la vejez estaba contenta cuando la crucé el segundo día. Igual se quejaba, siempre se quejó.

-¿Por qué hacen siempre el pescado frito? -le espetó a una camarera- Por qué no lo sancochan, ¿eh? Si quieren yo puedo enseñarles a hacer un sudado de pescado, me ¿oyes? Dícelo a tu jefe.

Cuando se enteró de que era periodista de viajes me pidió el correo para preguntarme dónde podría invertir sus dólares, quería que le escribiera si veía algún buen lugar para pasar los últimos veinte años de su vida.

-¿Y qué me dice de Argentina? ¿Dónde podría ser? ¿Cuánto vale una casa donde están las cataratas?

Por suerte, esa tarde ninguna llevaba birome y lo del correo quedó para otro día. Durante el resto del tiempo que estuve en el Hotel Playa Tortuga tuve dos propósitos: no llevar birome y tratar de esquivar a la reina ancha y a su marido retraído que por las noches roncaba como brontosaurio.


El precio del low cost

No me llevo bien con las aerolíneas de bajo presupuesto. Y no lo digo hoy que vengo de pagar 70 euros por no haber impreso la tarjeta de embarque para presentarla en el Check-in. No. Nuestra relación fue mala desde el principio.

La primera vez fue en Berlín, hace algunos años. Compré el pasaje a Roma, ilusionada porque había pagado menos de 100 euros. Cuando pregunté cómo llegar al aeropuerto me dijeron que Schönfeld quedaba lejos y que no había transporte de noche. Como mi vuelo era de madrugada fue necesario tomar un taxi de una hora que costó casi tan caro como el vuelo.

El camino es más largo pal que va cargao demás. Aunque no creo que los dueños de las low cost hayan escuchado a Zitarrosa, las aerolíneas de bajo costo fueron pensadas para el que carga poco. Cada maleta se paga aparte. Los maravillosos precios no contemplan muchos cambios de ropa. Para aprovechar la oferta, en este viaje decido ir con mi mochila chica: solo un par de mudas para pasar unos días en La Toscana. Aprieto la ropa, la cámara, el cepillo de dientes y el libro a riesgo de convertirlos en astillas.

Llego al aeropuerto antes de las 8. La fila para el Check-in es larguísima y a los costados hay algunos desertores de fila. Están nerviosos, transpirados, con la valija abierta, tratando de hacer entrar todo. Por el altoparlante anuncian que en la cabina va únicamente una pieza que debe pesar diez kilos y entrar en un modelo, una especie de jaula, que tienen en exhibición. Si el empleado lo requiere es preciso calzar la maleta ahí para que se vea que entra en esas medidas. Si no, se paga o se deja.
La cámara de fotos cuenta como una pieza y la cartera también. Nada de cartera y mochila. O de cámara y cartera. Uno es uno.

Y ahí está esa estudiante de medicina sentada arriba de su valija. Cuando escucha lo de una sola pieza abre la valija que se ve llena y decide hacer entrar su cartera, también llena. Tiene los rulos en la cara, se muerde los labios y aprieta las dos tapas de la valija con todas sus fuerzas, como si tuviera que detener una masa de serpientes venenosas que viene a colonizar el mundo. Frunce el ceño, no puede: los dientes del cierre están demasiado separados y así no corre. Una mujer que está al lado se ofrece a ayudarla: una se sienta y la otra intenta cerrar. Tampoco va. Sigue la de rulos sola. Abre la valija, saca la cartera que había puesto llena, la vacía, corre poleras, reacomoda el secador, mete el neceser en un borde, las alpargatas en otro y se vuelve a sentar arriba. Somos varios los que la miramos y nos asomamos a su intimidad. Somos varios los que hacemos fuerza, aunque sea mental, para que le entre todo. El cierre le dejó los dedos colorados. Un empleado de la compañía pasa en Segway y sonríe al ver la escena. Si ella lo veía para mí que le tiraba las alpargatas de flores, que parece que no entran.

La cuestión del peso hace el embarque más lento. El vuelo se atrasa casi una hora y toca esperar en la pista para el despegue. Los asientos no son numerados, por eso la fila es tan larga. Más adelante, más posibilidad de elegir. Más atrás, lo que quede mijo.
Agotada porque es temprano y por los nervios me duermo profundamente unos minutos antes del despegue. Y sueño… como la aerolínea es de bajo presupuesto no puede utilizar el aeropuerto y tenemos que despegar desde una avenida en los alrededores de Madrid. Una avenida llena de camiones que no nos ceden el paso porque están en huelga. Me despierto cuando el avión carretea por la pista (del aeropuerto).

No hay bebes que puedan llorar y con este buzo polar no pasaré frío: es el momento ideal para una siesta después del madrugón. Cierro los ojos, pero arranca la kermese. No, no estoy soñando otra vez. Primero pasan las azafatas vendiendo los típicos productos de Free Shop, después cereales con leche, sándwiches y hasta hamburguesas y papas fritas que alguien alguna vez habrá freído. “Prueben nuestros perritos calientes”, dicen un azafato con sonrisa de publicidad. Cuando creo que terminó el show, llega el plato fuerte: la venta de un juego tipo lotería. “Si quiere ser uno de los millones de pasajeros que ganaron premios, no deje de participar, cuesta 2 euros”. Se anunciaba por altoparlante, primero en inglés, después en español y al final en italiano. Mientras el azafato muestra los billetes como un croupier con las cartas en la mano.
Cuento las filas: unas 30, con 6 pasajeros en cada una. Perfecto, un público cautivo durante dos horas. Me siento en una feria, con pregoneros a los gritos. Ahora promocionan un billete de bus turístico para ver las principales atracciones de Roma y en cinco minutos venderán cigarrillos sin nicotina ni humo para fumar durante el vuelo. En cualquier momento salen a vender merluza.

Como el toilette está al fondo y mi asiento en la mitad recorro medio avión en compañía de las publicidades estampadas en las gavetas superiores. Termino frente al búnker de las azafatas, que cuentan monedas y hacen torres de uno y dos euros. Las miro y pienso cuántas monedas habrá de diferencia entre una low cost y una aerolínea de línea. En ese momento se enciende la luz de regresar al asiento, pronto aterrizaremos.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


El cazador de jabalíes

Andando por la Bajada del Minuano y otros caminos de tierra del Lunarejo, en el interior de Uruguay, da la sensación de estar en la intimidad del paisito. Dónde si no se podría uno encontrar un cazador de jabalíes con cinco cabezas colgadas en la pared de su casita de madera.

Dagoberto Moraes Valiente, Beto Valiente para los amigos, sale ni bien nos ve. Tiene los ojos hundidos, boina de gaucho y la nariz gorda como una empanada. “Dígame si no me parezco al Pepe”, me pregunta y sí, se parece a Mujica. Moraes cumplió 64 y parece veinte más. No puedo dejar de mirar las cabezas de los puercos que tengo a mis espaldas: los colmillos largos como un dedo índice y la lengua seca como charqui.

Enseguida trae la carabina, posa para las fotos con la soltura de un actor en la Isla de Caras y cuenta con detalles y ceño fruncido una cacería nocturna donde su bala mató al chancho de un solo tiro:

–El animal estaba furioso, entonces lo torié, él se empacó y ahí nomá le pegué el tiro que le entró por el pescuezo, le atravesó el corazón y le salió por la paleta. Pesaba 78 kilos. ¡Pá!

Cuando llego a la Posada Lunarejo todavía conmovida por el personaje conozco a un profesor de historia de Tranqueras y cuando le cuento de Beto Valiente suelta una carcajada con ganas.

– Hace años que Valiente se dedica a plantar boniatos (batatas). Los jabalíes los caza el hijo.


En las reservas de África, mejor desde el auto

Un link de Twitter me llevó a la noticia de una turista gravemente herida en una reserva de Sudáfrica por bajarse del auto en un safari. Quería una foto con los rinocerontes y al parecer el dueño de la reserva la incentivó a acercarse. Cuento corto: está en el hospital con una cornada en la espalda.

Enseguida recordé una anécdota de hace unos años en el Parque Nacional Hwange, en Zimbawe. Algunas reservas son tan grandes que uno se puede pasar varios días recorriéndolas. Esa vez, viajábamos con R en un auto alquilado. Ya habíamos dormido en dos refugios, si mal no recuerdo ese era el último día. Habíamos visto una manada de elefantes tan unida que parecía una sola piedra gris, jirafas que se abrían de patas como bailarinas para tomar agua, hienas comiendo carroña, una leona con su cría al atardecer, cebras y cientos de impalas. Él manejaba y yo tenía en la mano una guía con fotos de los animales que podían aparecer y sus características principales. Habíamos salido temprano, no eran más de las 7. Todo indicaba que sería un buen día. Hasta el charco.

Cuando nos encajamos el agua llegaba a la mitad de la rueda. Cruzamos en segunda con ganas, pero el barro no quiso. El auto no se movía. Nosotros tampoco. ¿Qué hacemos? No había celulares. Y no en los parques no está permitido bajarse del auto por el riesgo de los animales salvajes sueltos. ¿Cómo avisamos? ¿Patrullarán el parque? ¿Cuándo? ¿Una vez por día? Ni siquiera estábamos en la ruta principal sino en un desvío donde había más posibilidades de ver animales. ¿Teníamos comida? Un paquete de galletitas y unas bananas.

Esperamos.

Al principio hablamos, recordamos que la noche anterior había llovido, pensamos que en la entrada deberían habernos avisado, puteamos. Casi peleamos.

Después esperamos sin hablar.

Pasó una hora y otra más. En un momento, de repente, como esas lluvias de verano que se forman de un minuto a otro, nos cansamos de esperar. Decidimos caminar hasta el circuito principal y pedir auxilio al primer auto que pasara.

Juntamos lo que consideramos “lo más importante” (pasaporte, plata, cámaras, galletitas), lo metimos en una mochila, nos miramos asustados y bajamos del auto. Después del golpe de las puertas todos los sonidos se volvieron sospechosos. Incluso el silencio daba desconfianza.

Dimos un paso y otro y uno más. Estábamos a unos 50 metros del auto cuando escucho que se quiebra una ramita. Un sonido seco que se detuvo ni bien nos dimos vuelta. Un búfalo, un guepardo agazapado, un león, una jauría de perros salvajes, todos los animales posibles pasaron por mi cabeza y se unieron en uno inmenso y despiadado, que rugía y barritaba y graznaba.

Un segundo más tarde corríamos al auto. El pique de mi vida, los 50 metros más veloces.

Ya en el auto, volvimos a respirar y nos reímos. Por la ventana no se veía ningún animal salvaje, ni siquiera aves. Pero sentíamos que habíamos sobrevivido y no nos moveríamos del Mazda hasta que nos rescataran.

En algún momento, no mucho tiempo después, un safari de lujo tomó ese desvío y nos vio. Manejaba un negro tan elegante que parecia más un actor que un conductor. Se bajó, miró, por supuesto que no tocó nada ni atinó a empujar. Por su handy avisó a los guardaparques y al rato vino un tractor que nos sacó y nos cobró unos 40 dólares la gauchada (con factura).

– ¿Hubiera sido muy peligroso si nos bajábamos del auto? -le pregunté esa tarde a un guardaparques.

– Igual que la ruleta rusa.




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