Ayer recibí un correo de Dalia Zúñiga Berumen, una colega mexicana. Es tapatía, oriunda de Guadalajara, y reportera de Ocio, una revista de cultura urbana.
Me cuenta Dalia en el correo que acaba de salir su primer libro, Casas del Mar, de Amaroma Ediciones. Como muchos periodistas, ella tampoco se conforma con escribir sólo en el trabajo.
De pequeña, Dalia quería ser arquitecta, pero dice que era pésima dibujando. Entonces, estudió periodismo. Curiosamente, como una recompensa piensa ella, su primer libro es de arquitectura.
El año pasado la contrató la editorial Amaroma de Guadalajara, para redactar los textos de este libro, que es de gran formato, de ésos que se dejan en la mesa ratona. «Es un libro de arte, de arquitectura pero visto desde la óptica sensorial, no con términos técnicos. Son 20 casas actuales, ubicadas en Los Cabos, una de las playa más exclusivas de México donde estrellas como Geroge Clooney y Cindy Crowford tienen casas de descanso, otras en Puerto Vallarta, cerquita de Guadalajara en Jalisco y Acapulco, Guerrero, la primera playa mexicana en internacionalisarse, en el estado de Guerrero», escribe Dalia.
La reportera tapatía viajó a todos esos lugares, visitó las casas y se entrevistó con los dueños, que además de contarle sobre decoración y arquitectura, le hablaron de sus historias, mientras la fotógrafa, Rocío Guellén tomaba las fotos que harán soñar al que las vea.
Las casas del libro se construyeron hace poco tiempo. Sólo hay una con 20 años de antigüedad que fue remodelada completamente, en Los Cabos. Esa casa tiene una historia especial.
«Sus dueños son estadunidenses, una pareja que tenía tres hijos cuando levantaron esa casa. En una ocasión, de vacaciones en Acapulco, los padres se lanzaron a la quebrada, una caída de 35 metros de altura, muy famosa porque clavadistas de todo el mundo acuden a echarse desde sus peñascos. Pues bien, uno de los hijos tenía miedo de lanzarse y los padres insistieron hasta convencerlo, pero el muchacho jamás salió y su cuerpo no fue encontrado. La familia se devastó y cerró la casa de Los Cabos por muchos años, hasta que la dueña pudo superar el dolor. Una de sus tareas fue remodelar la casa, pintándola de blanco», escribe Dalia.
Al parecer, el libro de Dalia no es sólo de fotos bonitas. «Hay otra casa en la que una pareja de capitalinos dejaron el DF en busca de paz y se fueron a Los Cabos con sus hijos, pues ya habían sufrido violencia y asaltos. Todas las mañanas caminan tres kilómetros de playa recogiendo basura. Son millonarios, desde luego, de sesenta años de edad, pero les gusta ver su adorado espacio limpio. Una tercera es la historia de un hombre que se mueve en silla de ruedas y vive también en Los Cabos, con su esposa: toda la casa se diseñó para que pueda moverse con su silla, incluso la alberca tiene un asiento móvil. Es una maravilla de mansión».
Hay algunas casas que todavía no están habitadas y los arquitectos buscan venderlas. Otras son de veraneo para familias que tienen una vida maravillosa en su país de origen y sí, como escribe Dalia Zúñiga en su correo, «casi todas las casas son de extranjeros».