Supercholitas ¡al ataque!

“Llegó la hora de Yolanda La Amorosa. La luchadora, de menos de treinta años, camina hacia el ring con la elegancia de una actriz que llega al Festival de Cannes.

Levanta la mano para saludar a su público, que la aplaude, le grita, la alienta, le chifla, le exige. Ella camina lento, con estirpe real. Bambolea su faldón rosa, inflado como un merengue.

No parece una luchadora ruda sino más bien una princesa inca. Tiene los ojos achinados, la nariz fina –a pesar del puñetazo que más tarde supe que le pegó su padre–, los labios grandes y el pelo azabache. Lleva una mantilla tejida a crochet y aretes que parecen de oro, y que se quitará antes de luchar. Yolanda La Amorosa sube al ring y le muestra a sus seguidores lo que ellos quieren ver: puños cerrados y cara de mala. […]

Escribí esta nota para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile. Se puede leer completa acá.


La voz de Colombia

Mientras los colombianos votan hoy a su próximo presidente, va una canción de Marta Gómez, bella voz colombiana que canta ritmos latinoamericanos.

Para leer sobre estos días de efervescencia, la excelente cobertura de las elecciones de Leandro Uría, Enviado Especial del diario La Nación.


¡Bienvenidos a la Argentina!

Salgo del avión, y la fila de migraciones es tan larga que me pregunto si no hubiera sido mejor volver en ónmibus.

Según un pequeño cartel indicador, que en el tumulto podría pasar inadvertido, hay dos filas: una para “argentinos” y otra para “turistas”.

Las dos están recargadas. Para la fila de “argentinos” sólo habilitaron dos ventanillas de las doce que se ven. La espera pesa. Suenan celulares, la gente resopla, mueve los pies, mira para acá y para allá.

Después de media hora, estoy en primera fila, pronto me toca. Ahora pasa un chico de unos treintipico, con una remera que dice Goa, shorts y pelo muy corto. Rubio.

Le entrega el pasaporte y el oficial de Migraciones le señala la otra fila. El chico no habla español y evidentemente no vio el cartel para “turistas”. No entiende. Le vuelve a preguntar y el oficial de Migraciones le repite, en argentino: “La fila es allá, ¿no ves?” y agrega, con tono de reproche, y alto para que escuchemos todos: “Si venís a la Argentina, tenés que hablar español, ¿entendés?”

“¿Quién sigue?”, dice después.

(A veces pienso que el fervor del Bicentenario hace mal)


Estuve allí, pero me enteré al día siguiente

Verónica Montero es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable.

Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana.

“Cuando uno viaja a Nueva York espera que algo suceda. No es de esos destinos en los que sólo se visitan museos y se toman fotografías de jardines imperiales. Nueva York es en parte Hollywood. Es decir, o te chocás con George Clooney corriendo en el Central Park o presenciás algo que termina siendo tapa de los diarios; como me pasó el día del atentado fallido del 1 de mayo en Times Square.

No tenía reloj, así que calculo que serían las ocho. Unas cincuenta personas sacaban fotos de las cuadras más iluminadas de Manhattan. Las publicidades digitales se codeaban tratando de imponerse unas a otras. De repente, una explosión se escuchó a lo lejos. Un ruido seco paralizó todo por apenas un segundo. Insisto: sólo fue un segundo. La escena que ahora recuerdo es la del chico que tenía al lado: tiró su lata, gritó “shit!” y salió corriendo. El resto seguimos posando y disparando sin flash a los letreros.

Con el diario del día siguiente me enteré de lo que realmente había sucedido. Los ojos del mundo, otra vez en La Gran Manzana: “El intento de un atentado terrorista sacude Times Square”. El sonido fuerte que escuchamos, fue la implosión provocada por la Policía a tres cuadras de donde estaba. El vendedor de uno de los puestos callejeros, que había alertado sobre el coche bomba abandonado, se convirtió en un ídolo y había fila para sacarse fotos con el héroe.

Desde el atentado del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos dejó de ser un lugar seguro. Y la ciudad lo recuerda constantemente: “Cualquier persona puede ser sospechosa de cometer un acto terrorista”. Si uno mira sin mirar observa carteles del estilo “Si ve algo, avise” o “¿Cuál de estas dos armas cree que es verdadera?”. Pero los mensajes se entremezclan con los de otros avisos y todo termina siendo lo mismo. “Comer un combo en un local de comidas rápidas tiene X cantidad de calorías”, “No te pierdas la temporada final de Lost”, “Sonría, lo estamos filmando”, “Si retira un ejemplar, tiene 20% de descuento para presenciar el musical de Mary Poppins en Broadway”.

Ruido, mucho ruido, por todas partes. The show must go on hace que el sonido de una implosión sea confundido como parte de una performance, como creí esa noche en Times Square. Al igual que cuando después de estar varias horas recorriendo el Madame Tussauds, que queda por esa misma zona, salí a la calle y al ver a un señor quieto, me acerqué creyendo que era de cera”.


Turismo de bandera


Roy Hargrove, en Berlín

Si esta noche estuviera en Berlín, iría al Jazz Club A- Trane, en Charlottemburg, a escuchar a Roy Hargrove.


La Calle de las Brujas

A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.

Estas brujas son cholitas especializadas en la venta de amuletos, ungüentos y menjunjes aromáticos para pedirle favores a la vida, desarmar maleficios, olvidar algún amor, encontrar un trabajo, curar a un ser querido.

“Los amuletos son para la casa y los talismanes, bien pequeñitos, para la cartera”, me cuenta Lourdes M., una de las brujas. El más vendido es el del amor y segundo el de la Pachamama, que en un primer vistazo puede parecer una figura algo monstruosa. Tiene tres cabezas que representa las tres etapas de la mujer -niña, joven, anciana-; una tortuga (larga vida) de un lado; una vívora (protección) enroscada; un sapo (fortuna); un pescado (salud) y una calavera (muerte).

Los talismanes de piedra son pequeños. Hay búhos (inteligencia); cóndores (¡buen viaje!), parejitas entrelazadas (amor); jaguares (protección para el hogar) y más. El talismán de cartera es una botellita mínima, con piedras de colores adentro y unos hilos de lana alrededor. Como comprar un arco iris.

De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. “Son fetos de llama”, dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.

Los de llama se utilizan en el fundamento de una nueva casa, se mezclan con el cemento y los materiales de construcción. Menos a la vista están los fetos de chancho: son para sacar la maldad; los de oveja: para llamar al ánimo; los de vaca: para los trabajadores de las minas.

“¿Y de dónde sacan tantos fetos?”, le pregunto a Yvet F., la bruja de al lado. Dice que muchas veces cargan a la llama por demás, sin saber que está preñada, entonces se dan estos abortos naturales.

En eso estamos con Lourdes, Yvet y el abanico de fetos. No sé si será la altura o las especificaciones del caso, pero me siento mal. El llanto de un niño rubio de unos cuatro años rompe el silencio de la calle Linares. “¿Qué le pasa al niño?”, pregunta Lourdes sin bajarse de su almohadón enorme. Desde la vereda de enfrente, el padre responde: “Es que quiere ver una bruja y no aparece”.

Lourdes M. sonríe y me da el vuelto por el talismán de cartera que le compré. Quizás es pura sugestión, pero juro que cuando la saludo, antes de salir corriendo de esta calle de miedo, me parece ver una berruga en la punta de la nariz de Lourdes. Ella sigue sonriendo, con dientes de oro y la mirada en otra parte.


La hoja de coca no es droga

Eso dice la inscripción de las poleras que se venden como el último souvenir en La Paz: “La hoja de coca no es droga”.

Y es la idea que transmitió el presidente Evo Morales cuando mascó hojas de coca ante los miembros de la Comisión de Estupefacientes, en una sesión de la ONU, para pedir formalmente que se la retire de la lista de sustancias prohibidas.

“Si esto es una droga, entonces deberían encarcelarme”, dijo, y agregó un dato: cerca de 10 millones de personas consumen hojas de coca en los países andinos.

En Bolivia se consume mayormente en la región del Altiplano. La coca se chaccha o acullica, es decir que se hace un bolo de 10 a 30 gramos de hojas, se remoja con saliva y después de diez o quince minutos se añade una pizca de alcalinizante.

Me contaba un chofer de ómnibus que cuando le tocan las rutas difíciles y con precipicios, muy común en la geografía de Bolivia, no se hace una sino dos “bolas” o acullicos de coca para no tener hambre en el camino y estar atento y lúcido.

En el pequeño y bien documentado Museo de la Coca de La Paz leí la historia de esta planta, considerada sagrada por los pueblos altiplánicos. La coca tiene 4500 años. Se usó como alimento, ungüento y en sentido mágico, para protegerse de brujerías y cambiar la mala suerte.

La luchadora de catch boliviano, Yolanda La Amorosa, me dijo cuando la entrevisté hace algunos días, que machacada con alcohol es buena como analgésico para los tremendos golpes que recibe cada domingo en el Multifuncional de La Ceja.

La hoja de coca tiene una historia milenaria y un estigma: ser la materia prima para la producción de cocaína.

Bolivia es el tercer productor mundial de coca, después de Colombia y Perú. Se supone que la producción está controlada, pero muchos creen que no se cultiva sólo para el consumo. “¿O viste en tu viaje que todos los bolivianos coquean?”, me preguntó un paceño el otro día. Y no, no creo que coqueen todos. Mucho menos en La Paz.

Incluso, hay campos de cocales que se rocían con herbicidas, eso indica que no están destinadas al consumo directo. Como productor y representante de los cocaleros, el presidente defiende la hoja y en 2008 tomó la decisión de expulsar a la DEA del país. Los controles antinarcóticos en la ruta están, pero al parecer no son efectivos.

En mi caso, usé la coca para aliviar el mal de altura, y me traje una bolsita para preparar té. Me llenó la valija de un olor. Todavía se siente. Es un olor amargo, herbáceo, aymara.


Vistas de La Paz

La Paz es una ciudad observada. Basta tomar una calle empinada, como la Sagárnaga, y al llegar al final, darse vuelta y descubrir una panorámica de foto y, seguramente, un enredo de cables tan trabado que es difícil pensar que lleguen a algún lado.

Me gustan las vistas de altura, y en La Paz encontré varios lugares desde donde ver esta ciudad de más de dos millones de habitantes -incluyendo a los de El Alto- que se despararrama a los pies de la Cordillera Real.Cada viajero ubicará sus propias alturas, pero quizás éstas le puedan servir de inspiración.

Mercado de El Alto. Podría decir que el mercado a cielo abierto de Addis Abbeba, en Etiopía, el de los domingos y jueves en El Alto, son los dos más gigantes que conocí. La vista llega lejos porque el día está despejado pero no puede llegar hasta donde el mercado termina. Se vende de todo, desde un alfiler hasta un tractor. Y no es Dios quien custodia las transacciones, sino el Illimani, de más de seis mil metros y cumbres nevadas. La vista de la Cordillera Real es el mapa más perfecto para una profesora de geografía. Consejo: para poder distraerse con la panorámica, mejor no llevar cámaras ni nada de valor.

Hotel Gloria. Hace muchos años que no iba, más de diez, y lo encontré igual, quizás un poco más viejo, pero bien mantenido (sin lifting). En el piso 12, el restaurante Vicuñita de Plata tiene muy buenos platos regionales -como el pique macho (picante y contundente)- a precios económicos y una vista espectacular de los cerros. La noche borra las asperezas y enciende otro paisaje, de miles de brillantes sobre un paño de terciopelo negro.  En frente, el Hotel Presidente, un cinco estrellas de otra época, también tiene una vista para recomendar y un restaurante algo más caro en el último piso. La panorámica es mejor, más limpia y sin nada que la tape, pero me quedo con el Gloria porque le tengo cariño, nada más.

Parque Urbano Central. Con nuevo nombre, el Mirador Laikakota sigue siendo tan bueno como antes. Está en un gran parque, es un buen lugar para observar el caos desde la distancia. Y de paso, respirar profundo antes de volver a bajar al interior de la cacerola urbana. Se está trabajando en nuevas pasarelas y entretenimientos para niños en el parque.

Mirador camino al aeropuerto. Está de camino a la ciudad desde el aeropuerto de El Alto. Ideal para que el taxi pare unos minutos. La vista puede asustar, sobre todo si se piensa que unos minutos más tarde uno formará parte de esa locura, y mucho peor ¡con soroche! Abajo del mirador pasa el antiguo camino,  más panorámico que la autopista.


Cruza por la cebra, no seas burro pues

El caos de tránsito en algunos puntos de La Paz, por ejemplo frente a la Iglesia San Francisco, me recordó al Cairo y Hanoi, donde cruzar la calle es es una misión complicada.

Mientras un policía toca el silbato con ánimo de organizar, la gente se lanza a cruzar una avenida ancha con minibuses que buscan pasajeros, ómnibus amarillos y verdes con inscripciones poéticas en el parabrisas estilo “Más libre que el viento” y 4×4 que apretan el acelerador por más que tengan una persona adelante. Unos días atrás, en ese cruce me frenaron en los talones, literalmente.

Algunas calles más abajo, Kevin y Marcelo vestidos de cebra y burro dan clases de urbanidad express. Forman parte del Proyecto Cebras, que pretende enseñar a los automovilistas a respetar el semáforo y a la población, a cruzar por el paso de cebra.

Me cuenta Marcelo, un burro de lo más inteligente, que muchos conductores no saben que el paso de cebra es para que avancen los peatones. Entonces, él se acerca, les explica y les muestra sus orejotas de burro, así la próxima vez frenan unos metros antes. Los conductores se ríen, los niños les tienen tanto cariño como a Barney y más de una cholita se resiste a que la ayuden a cruzar.

El proyecto arrancó hace algunos años, con cerca de cien adolescentes que vivían en la calle, y hoy trabajan entre cuatro y seis horas por día y son parte del paisaje urbano de La Paz.

Desde la semana última tienen un nuevo desafío: ordenar el tránsito en La Ceja (El Alto). Quizás también sería bueno que se dieran una vuelta por la zona de la iglesia San Francisco. O alguien se quedará sin talones.




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