Apostillas de viaje a la manera de Georges Perec

Me acuerdo que en mi familia no tenía gracia irse de vacaciones a la playa. Explorar sí tenía gracia, entonces hacíamos larguísimos viajes en auto hasta la otra punta del país. Me acuerdo que nunca sabíamos dónde dormiríamos a la noche. Era llegar y buscar. Preguntar dónde había un hotel, ir hasta ahí, bajarse y preguntar si tenían dos habitaciones y cuál era el precio. Me acuerdo de noches en las que preguntamos más de seis veces hasta encontrar el que cumplía las condiciones de la triple B (bonito, barato, bien ubicado).

Me acuerdo que en esos viajes solía venir una abuela. Si era por Argentina venía la paterna, si era más lejos, la materna. Me acuerdo del asiento trasero del Peugeot 504 verde donde íbamos los tres hermanos más mi abuela, todos sin cinturón de seguridad porque en esa época no se usaba.

Me acuerdo de mi primer viaje en avión. Fue a Chile en un Boeing 747, un Jumbo. Nos sacamos una foto al pie de la escalerilla: mi hermana y yo con jardineros iguales, una rojo y la otra azul. Me acuerdo que todavía se fumaba en los aviones. Los fumadores se juntaban al fondo, cerca de los baños. En ese sector, las nubes eran de humo pero no me importaba porque me escabullía hasta acercarme a las ventanas con la mejor vista de la cordillera.

Me acuerdo que en 1978 cuando casi vamos a la guerra con Chile por la cuestión del Beagle mi papá tenía todo planeado para arrancarse a Uruguay. Le parecía una locura ir a la guerra con un país hermano. Al final no hubo guerra así que tampoco fuimos a Uruguay.

Me acuerdo que nos gustaba meternos por caminos polvorientos, hablar con la gente del lugar, descubrir cosas y sacar fotos con una Nikkormat.

Me acuerdo que cada vez que se cansaba de mí o de mis hermanos mi mamá nos decía: “No seas secante, tesorito”.

Me acuerdo de la noche en que mi primo cayó a cenar con su amigo abogado. De chica vivía en una casa donde la geografía y los viajes eran la materia más importante. Sabíamos porque estudiábamos y porque viajábamos. La noche que llegó mi primo con su amigo la conversación abrió con Chile, enseguida trepó a Perú y se detuvo en Machu Picchu y el Camino Inca. El amigo de mi primo participaba poco, creo que la geografía no le interesaba. Hasta que en un momento levantó la voz y afirmó que claro que él había hecho el Camino Inca y que lo que más recordaba eran los puestitos de panchos. ¿Puestitos de panchos? Le dijimos que eso era imposible. Como buen abogado, el amigo de mi primo no dio el brazo a torcer, aún rojo de vergüenza, aún descubierto, contaba lo ricos que eran los panchos en el Camino Inca.

Me acuerdo que en los viajes hacíamos picnics y me acuerdo que el elemento fundamental era una canasta de mimbre del Tigre que mi mamá se encargaba de llenar de contenido delicioso. Me acuerdo de esa canasta con mucho jamón crudo porque mi papá es médico y tenía un paciente que cada tanto le regalaba una pata de jamón que colgaba como un muerto en un cuartito al lado del lavadero.

Me acuerdo que en los viajes no podíamos decidir nada. Ni el horario de salida ni el plan del día. Ni siquiera qué comer. Los grandes decidían y no se podía ni chistar. Me acuerdo que a partir de los trece ya no quería seguir instrucciones. La rebelión era el mejor paisaje.

Me acuerdo que en los viajes necesitaba registrar. Llevaba una libreta y hacía un diario. También anotaba los nombres de los cuadros que más me gustaban de cada museo. Lo hacía con letra muy chica porque no quería que nadie leyera mi inventario.

Me acuerdo que una vez en Italia nos robaron. Fue rápido y bien planeado. Paramos en una estación de servicio y nos bajamos al baño. Mi abuela, que por aquella época tenía 80 años, se quedó esperando en el auto. Una mujer muy bella le tocó la ventanilla. Le señalaba una rueda del auto y gesticulaba como si estuviera pinchada. Mientras mi abuela miraba hacia la rueda dizque pinchada, por el otro lado abrían silenciosamente la puerta del acompañante y se llevaban el bolso de mano de mi mamá con los pasaportes de todos y bastante plata.

Me acuerdo que después del robo nos instalamos en un convento que recibía huéspedes y quedaba –y queda– en la Via Sistina 113. Me acuerdo que fueron diez días hasta que nos hicieron un “pasaporte consular” para poder volver al país.

Me acuerdo de cuando fuimos a Perú con otra familia. Éramos nueve y fue divertido a pesar de contratiempos por inundaciones y trenes que andaban mal. Me acuerdo que mi papá usaba un silbato de guarda de tren para reunirnos. Un día tuvimos que viajar en una camioneta doble cabina para ir de Puno a Juliaca y como no entrábamos, los dos “cabeza de familia” viajaron en la caja de la camioneta con chullos de lana de alpaca porque hacía frío. Iban parados, se sostenían de un barral. Me acuerdo que se reían a carcajadas. Tanto que parecía que iban a estallar de risa. Nunca supe de qué se reían y pocas veces volví a ver a mi papá reírse así.


Mi tía cheta

Tengo una tía que se parece a la cheta de Nordelta. Me acuerdo cuando una vez, hace años, le contamos a qué playa habíamos ido y ella respondió espantada: ”¡Pero ahí hay mucho mate!”. Mi tía es rubia de peluquería y siempre que la veo parece que recién llegó de unas vacaciones en la playa y sin protector. Está negra, pero ojo: es blanca.
Me imagino que mi tía cheta nunca tomó mate. No lo sé a ciencia cierta porque la veo poco. Hoy pensaba en ella y en la gente que se siente a salvo en la uniformidad. Como si las situaciones “visual y moralmente acordes” fueran un traje de neopren contra el mundo real.


Pensé en ella por el mate y porque se acercan las fiestas y es probable que nos veamos. Más allá del saludo de bienvenida y un par de frases hechas, no solemos hablar. Tampoco nos hacemos regalo, pero creo que este año va a ser excepcional. Se puede considerar una tipa suertuda. Quiero regalarle un equipo de mate: termo, bombilla y calabaza (porongo no, sería demasiado). Después de entregárselo, en algún momento entre el vitel toné y el turrón de Jijona, le voy a contar sobre la Ruta de la Yerba Mate, en Corrientes y Misiones. Le voy a hablar de esa tierra roja y ardiente donde se da tan bien la planta de yerba, que hoy es arbusto pero en tiempos de la colonia era un árbol, y llegaba a medir entre veinte y treinta metros de altura. Crecía en lo profundo del monte y cuando los guaraníes se internaban a buscarla los peligros eran tan inmensos que a veces no regresaban. Se los tragaba la selva. Los jesuitas, ordenados y previsores, la domesticaron y podaron hasta convertirla en cultivo. Caa se dice en guaraní. Según la leyenda, es un regalo de la luna al hombre porque una vez, convertida en una mujer hermosa, la luna bajó a pasear por los bosques y un yaguareté se la quiso comer. En ese momento, el animal cayó atravesado por la flecha de un cazador guaraní. En agradecimiento por haberla salvado, la luna le mandó la planta de yerba mate.

Recuerdo el viaje que hice unos años atrás y me vienen lugares y personas y monumentos y pastelitos y, sobre todo, mates. Una tarde a la hora de la siesta en la estancia Santa Cecilia hacía mucho calor, de ese calor misionero húmedo. Se acercó una mujer a la galería y me trajo un mate –ese sí que era un porongo, tía– con dos hielos sobre la yerba y en lugar de una pava caliente, una jarra con pomelada natural. Algo parecido al tereré paraguayo. Pasaron varios años de aquella siesta y todavía recuerdo la sensación de frescura.
Me pregunto si mi tía no debería ir a conocer el Museo Juan Szychowski de Apóstoles. Ahí le contarían la historia del mate, que forma parte de nuestra cultura y tradición histórica. De esa patria que, como dijo Borges, no es nadie y somos todos.
Hoy a la mañana recibí un correo del Instituto Nacional de Yerba Mate. Decía que el mate está presente en el 90% de los hogares argentinos sin importar el nivel socioeconómico. Se consumen 110 litros de mate por persona. Se toma más que el té o el café. Hasta existe un Día Nacional del Mate, el 30 de noviembre, mañana.
Ya hay yerbas orgánicas, estacionadas, saborizadas con hierbas serranas o cascaritas de naranja. El mate es bueno para la salud, para soltar las charlas con desconocidos y suavizar las tardes. Es energizante y antioxidante. Tía, ¿sabías que existen tratamientos de belleza a base de yerba mate? Aceites corporales, cremas hidratantes, jabones para exfoliar y champús que te dejan el pelo brilloso.
Guardo la última carta para el final. Si veo que mi tía cheta no se encariña con el mate le voy a contar que se exporta. Que en Siria y otros países árabes es un producto caro y muy apreciado. Como lo extranjero y lo caro le gusta, le encanta en realidad, me imagino que vamos a terminar la Navidad tomando mate. Aunque haya pasado medianoche y queden botellas de champán sin abrir.


Euforia y riesgos de las primeras fronteras

Ellas en la playa. Ellas con una cholita en una calle de Cuzco. Ellas en Machu Picchu. Ellas hamacándose. Ellas haciendo caras payasas para una selfie. Ellas sonriendo sonrisas abiertas, despreocupadas, jóvenes.
Cada una de las fotos que circulan de Marina Menegazzi y María José Coni, las mochileras mendocinas asesinadas, muestra la alegría del primer gran viaje.
Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veintipocos años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Salir como metáfora de la constitución personal.
Esos viajes no son viajes de vacaciones ni todo incluido ni en tour. Son viajes esforzados porque parte de la gesta es poder pagárselo uno mismo y no papá o mamá. Son viajes que se hacen una sola vez en la vida, en el caso de ellas porque están muertas. En el caso del resto, porque no volveremos a tener esa edad. Son viajes que se planifican y se ahorran; viajes de hostel y couchsurfing; viajes de mercados; de mucho sándwich y poco restaurante gourmet; viajes de colchones hundidos y habitaciones donde no siempre está prohibido fumar; viajes de regateo y de nuevos amigos; viajes de explorar, de interactuar, de aprender, de medirse con otras personas todo el tiempo. Viajes que implican riesgos probablemente varios escalones más alto del riesgo que implica vivir.
Ellas saltando como Power Rangers. Ellas haciendo un diario en Instagram para mostrar atardeceres de fuego que también mostraban lo bien que la pasaban. Ellas con una llama. Ellas con un vaso henchido de frutas tropicales. Las sonrisas todavía encendidas de ellas, que ya se apagaron.
Es más que viajar sola o viajar solo. Esos viajes manejan un ímpetu que puede superar el nivel de experiencia de la edad en la que se hacen. Situaciones concretas a las que toca enfrentarse y que algunas veces, como ésta, pueden llevar a un callejón sin salida. Son viajes que se hacen a una edad en la que uno se siente poderoso y eterno. Y los ronda cierta intensidad que puede nublar el equilibrio entre la confianza en el universo y el sentido de alerta contra el machismo asesino de este continente. Contra la atrocidad. Esos viajes, los de esa edad, atraviesan fronteras de transición, fronteras que chocan con otras menos literales y que, a veces, no se pueden atravesar. Una delgada línea, que no siempre es roja, que no siempre es clara, que puede ser invisible y ocultar una trampa mortal.
A la misma edad que las chicas muertas hice un viaje bastante parecido. También iba con una amiga. Hace más de veinte años, hacer dedo era más común y así cruzamos Chile, Paraguay y buena parte de Perú. Una vez, en la región de Atacama, cerca de Copiapó, nos levantó un hombre solo de unos 45 años. Era un tramo corto, el tipo hablaba poco. En un momento dijo que quería mostrarnos un lugar increíble, “la raja”, “el descueve” y torció el volante hacia la nada. Nos miramos y le dijimos sin mucha fuerza que ojalá que no tardáramos mucho porque queríamos llegar a Iquique temprano. Él no respondió y guió el auto –lo supe después– hacia una salitrera abandonada. No era Humberstone, obvio. Ahí no se pagaba entrada porque no había nadie. Si hoy pienso en ese momento aparece un paisaje que podría estar en la película Profundo carmesí, de Arturo Ripstein. Todavía puedo escuchar el chirrido de las puertas de metal abiertas al viento, al olvido, a la sal. Era un día de sol como son la mayoría en el desierto más seco del mundo. El tipo frenó y antes de bajarse desenroscó el volante, sacó de un hueco el final de un pito y se lo fumó. “Vengan –dijo señalando la vastedad del lugar– esto quería mostrarles”. Y dio un giro de 360 grados para enfatizar la sensación de estar caminando solos en un pueblo fantasma donde alguna vez vivieron más de mil personas que extraían salitre.
Después de la frase supimos que el tipo no nos haría nada y disfrutamos del privilegio de estar ahí, pero antes tuvimos miedo. Miedo como un cuchillo helado apoyado en la espalda. De no saber cómo termina. De morir y quedar ahí como el Empampado Riquelme, pero no porque perdí el tren sino porque me mataron a golpes.
Guardo esa y otras sensaciones de miedo de otros viajes en los que, vistos a la distancia, siempre los ronda una buena estrella. Porque viajar en general y en el Tercer Mundo en particular, lleva impresa una incertidumbre intrínseca, indeleble.
También guardo instantes de potencia, aventura, risas, tenacidad, amigos, enseñanzas, paisajes, felicidad, rutas y atardeceres porque esas primeras fronteras son camino propio. Las primeras huellas.

Publicado en el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile.


Helados y alfajores de yerba mate

La próxima vez que vaya a las Cataratas, me haré una escapada a La Aripuca para probar el helado de yerba mate, si es verano, o los alfajores, si viajo en invierno.

Hace unos días les pregunté a la gente de la Ruta de la Yerba Mate (RYM) dónde podía probar productos de yerba mate. Alejandro F. Gruber, el presidente, respondió enseguida con diez lugares para tener en cuenta. Aquí van:

1) Exquisitos helados y deliciosos alfajores de yerba mate en “La Aripuca”.

2) Podes probar un licor de yerba mate en el Hotel Amerian Portal del Iguazú, en La Aldea Lodge o en el Hotel Temático El Pueblito.

3) Encontrar una mesa de desayuno con mate cocido o pedir mate en el Amerian, La Aldea Lodge o El Pueblito.

4) Postres o platos salados con yerba mate en los hoteles señalados y en varios más..

5) Ricos pescados de río con salsa de yerba y postres como mousse de yerba mate y rapadura, cupcakes de yerba mate, tartas y otros increíbles postres en base a yerba con gran dosis en el restaurante Aqva de Puerto Iguazú.

6) Cruceros Iguazú ofrece navegaciones por los ríos Paraná e Iguazú en barco degustando mate, tereré, bebidas y tragos en base a yerba mate.

7) Los operadores Cuenca del Plata, Aguas Grandes, Caracol, Carolota Stockar y Hunt and Fish ofrecen paseos temáticos con yerba mate a bordo de las unidades de transportación turísticas, incluso se visitan aldeas guaraníes donde se enseña a tomar mate como lo hacían los guaraníes, el ceremonial religioso y los cánticos sobre la base de la yerba mate, que es el árbol que bendijo Tupá (Dios) como el fruto más importante de la creación de Dios para la Tierra Sin Mal.

8) En la mayoría de los hoteles de Iguazú encontrarás plantines de yerba mate en las mesas de los desayunadores, en lobby, restaurantes, así como todo el merchandising de la RYM en las áreas comerciales de los emprendimientos.

9) La Aldea Lodge, El Pueblito y el Amerian utilizan exclusivamente jabones y shampúes en base a yerba mate, hasta tiene un SPA DE YERBA MATE, siguiendo la tradición guaraní, corroborada científicamente que con la yerba se logran excelentes cremas hidratantes, tonificantes, exfoliantes, etc. Hasta bombitas fizz para los yacuzzi. Splash!


Mediodía de descubrimientos

Es raro pensar que en Bariloche, una de las principales ciudades turísticas de Argentina todavía haya lugares de fácil acceso, gratuitos y donde se pueda apreciar el bosque andino patagónico en toda su dimensión.

Después de varios días de lluvia, las cañas colihue, los radales y las retamas brillan más. Los quintrales están repletos de flores rojas y de las lengas culegan esos curiosos parásitos redondos llamados farolitos chinos.

El Sendero de los Arrayanes es una de las caminatas posibles dentro del Parque Municipal Llao Llao, un área protegida de poco más de mil hectáreas muy cerca del famoso hotel Llao Llao y rodeada por los lagos Nahuel Huapi y Moreno.

El sendero se desvía de la ruta del Circuito Chico. Una casa de informes anuncia el ingreso: son unos tres kilómetros de ida hasta el Lago Escondido, por un camino plano y con sorpresas, entre otras, un antiguo bosquecito de arrayanes de troncos gruesos, retorcidos, fríos y de color canela. Cada tanto es bueno levantar la cabeza para comprobar la altura de los coihues, que llegan a medir 45 metros y conforman el techo del bosque.

Suena el chucao, revolotea el comesebo celeste y, si es un día de suerte, se puede ver un pájaro carpintero gigante, de cresta roja, que picotea el tronco de un ciprés cordillerano. También habitan en esta zona protegida los huillines o lobitos de río patagónico, en peligro de extinción; monitos del monte y gatos huiña. Pero no verlos es buena noticia: mejor si no se acostumbran a la presencia humana. El sendero llega a una playita y finalmente, al Lago Escondido.

Otra caminata espectacular, algo más exigente sólo por lo empinada, es el ascenso al cerro Llao Llao, de 1.038 metros, el punto más elevado del parque. Se atraviesa el bosque que pronto queda abajo, atrás. Al subir entra más luz en el terreno y cambia la vegetación: aparecen los helechos y hay más colores.

Uno sabe que llegó a la cumbre por dos carteles. El primero es literal y dice: “Fin del sendero”. El segundo, algo exagerado, advierte: “cuidado, precipicio” y muestra una talla en madera de una gran roca en el filo y un hombre que cae en picada por el aire. A falta de los miradores que corresponden, el cartel es contundente.

Desde arriba, la naturaleza está abierta de par en par. Las vistas empiezan en el bosque, cruzan el cerro Campanario y terminan en el fondo del Brazo Blest del Nahuel Huapi, hacia un lado, y en las aguas calmas y azules del Brazo Tristeza, hacia el otro.

Dicen que dentro de poco el parque tendrá un centro de interpretación y nueva cartelería que atraerá más visitantes. Por ahora, es un paseo íntimo.


Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.


Trayectos y memoria

Natalia Montaldo escribe de viajes en Página 12 y otros medios. Conoce Cabo La Vela, en Colombia, y vivió en San Martín de los Andes. Aquí cuenta un trayecto del trabajo a su casa en una noche de oscuridad, cielo vasto y frío cerca del Lago Lácar.

A un año de haberme ido de San Martin de los Andes, la imagen más recurrente no es ninguna de las postales típicas, sino las cuadras que separaban mi casa del colectivo.

Había dos recorridos de transporte posibles y mi casa estaba equidistante de ambas paradas, a 5 cuadras. Tenía un trayecto que utilizaba para hablar sola, procurando no ser descubierta (el de la ruta) y otro donde la sensación era tan introspectiva que hasta mis propios pensamientos sobraban (el del callejón).

Siempre me pareció más largo el camino de regreso a la casa desde la ruta, que al revés.

Bajaba del colectivo en la ruta y tomaba la calle Núñez. La Cascada es un barrio de casas con jardines y calles de ripio. No hay comercios, salvo por pequeños almacenes de esos que improvisan los vecinos en sus ex garajes. Tampoco hay veredas. Todos caminamos en medio o al costadito de la calle, sin que eso suponga un riesgo mayor que mojarse con los charcos.

La primera casa que asomaba tenía un jardín enorme y ni una flor. Salvo en Octubre, donde estos devotos de los bulbos llenaban todo con tulipanes, que duran poco.

Al cabo de un tiempo uno identifica las casas alquiladas de las que siempre vive la misma gente. Venía la casa rosada donde había vivido mi tía. Enfrente, la del periodista Belloli. El vecino Tachenco, lavando su camión de fletes o regando sus rosales. Hola, buen día. Dos pasos más adelante, el sauce que oficiaba de techo, cruzando toda la calle. El sonido de las ramas de los árboles. Faltando una cuadra entera para mi casa, divisaba a Truco, el perro de mi vecino, sentado en medio de la calle. Esperaba a su dueño, pero cuando me reconocía, igual se alegraba y me recibía. Si llevaba bolsas del super, las husmeaba.

Llegando por el otro lado, el colectivo me dejaba en la intersección del Callejón de Bello y el de Gingin. Era campo abierto, ya que el barrio comenzaba dos cuadras más adelante. Había vacas y caballos de ambos lados.
Desde ahí podía ver el cielo más vasto. Era como si la línea del horizonte fuera casi subterránea. Todo, casi todo, era cielo. Y verde, pasto muy verde, por lo que es mallín.
Pero lo mejor de este trayecto sucedía de noche. Al no haber construcciones, tampoco había luces. Ni de casas, ni de alumbrado público. Era la oscuridad misma. Oscuridad y silencio de campo.

Reconozco que la primera vez que lo hice me dio algo de miedo. Estirar la mano y no ver la palma. Así de oscuro. Mi temor, no radicaba en que saliera un ladrón (dudaba mucho que pudiera aparecer ni un ser humano, de cualquier índole moral). Pensaba más bien en caballos sueltos, o perros, o pozos. Tres cuadras enteras de trayecto escuchando solamente el sonido de mis zapatos en el ripio.
En algunos días de mucho frio, fantaseaba con tener auto. Me alegra no haberlo tenido.


Camas de hotel

Desde hace años viajo por trabajo y duermo en hoteles. Una mañana que todavía recuerdo entró al cuarto una luz de primavera. Suave, poética. Se coló por una hendija para expresarse en un pliegue de la sábana.

Desde ese día desarrollé un ritual íntimo: registrar las camas donde duermo. Camas de hotel.
A veces me tocan habitaciones de princesa con sábanas de siete mil hilos de algodón egipcio y también pueden ser cuartos oscuros, con colchones duros como un tablón.

En este libro repaso mis camas de hotel en un intento de explorar la noche. El sueño y el deseo, la anécdota, la pesadilla y el insomnio.

De Río de Janeiro a Dakar y de Cracovia a Iguazú, cambia el lugar, pero el tránsito por la noche es universal. Desesperada o calma, indiferente, corta, larga, cobarde o audaz, la noche de noche se llena y cría.

Entre los próximos 7 y 17 de este mes el libro se mostrará en el marco de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en Central Newbery (Jorge Newbery 3599, esquina Charlone), de 14 a 20. Habrá más de doscientos libros para ver. ¡Los espero!


La cola redonda

Ezeiza, siete de la mañana.

Llegaron cuatro vuelos al mismo tiempo, de Europa y Estados Unidos. Vuelos largos, de toda la noche. Uno solo quiere tomar la valija y volver a casa. Eso que podría ser simple no es fácil en Ezeiza. Las valijas no llegan. Cuarenta minutos y la mitad del avión espera parada a un costado de la cinta. Muchos pasajeros esperan sus valijas que no llegan. Seremos unos seiscientos.

Finalmente, ahí está la valija. La saco de un tirón de la cinta y pretendo caminar a la salida. La cola para pasar por el scaneo de equipaje es tan larga que no tengo que moverme. Da vueltas por todas las cintas y tiene altibajos, sube y baja como el dibujo de una ola. Da vueltas y no tiene ningún orden. Después de un rato de avanzar paso a paso entiendo que soy parte de una cola redonda, una subcola que salió de la principal y no va a ningún lado.

La abandono, indignada, y me cuelo en otra. Varios hacen lo mismo y vuelan insultos de la cola principal a la subcola. En un momento, empezamos a aplaudir para que alguien se haga cargo del caos. Nada. Nadie.

Decido hablar con un jefe. Me señalan al jefe de Aduana. Le pido si podría organizar la cola, le digo que hay gente mayor que viajó muchas horas, que estamos cansados y se están armando discusiones sin sentido entre los damnificados. Responde:

-Sí, yo te entiendo, pero no tengo nada que ver. Tenés que hablar con los de Aeropuertos 2000. Yo ya se los dije muchas veces, pero no escuchan. Tendrían que venir a las cinco de la mañana y llegan a las siete. Esto pasa todo el tiempo.

-¿Les podrías avisar?

-Ahora justo voy para ese lado, si los veo les digo.

Esa mañana más de viajero tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar la ira. Mis valijas pasaron por el escáner victoriosas y cuando le conté lo que pasaba adentro del aeropuerto, el taxista se rio y me dijo Bienvenida a la Argentina.


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!




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