Evita en los muros de Barracas


Turismo sostenible en La Boca y Barracas

Para ampliar la imagen de La Boca y Barracas, para ver algo más que el Puente Transbordador, Caminito, conventillos para turistas, la Cancha de Boca y la Estación Buenos Aires, la Red de Turismo Sostenible de la Boca y Barracas es una alternativa a explorar.

La integran organizaciones sociales, artistas, comerciantes, vecinos dispuestos a mostrar otro aspecto de su barrio. Por ahora hay cinco circuitos (entre 1,5 y 4 km) que se pueden hacer por cuenta propia. Recomiendo conseguir el mapa gratuito que editó la Red, que informa sobre colectivos y ciclovías.

Hace unos días me invitaron a un Blog Day Trip en la zona y conocí el taller de Daniel Slafer (Irala 325), un escultor que un día, cuando todavía era barato, compró un taller de 200 mts2 donde se reparaban ómnibus y lo adaptó como casa. Con cita previa, se puede visitar. Igual que la Casa Museo Taller de Celia Chevalier y otros tantos refugios de artistas. O la fábrica de Alfajores Porteñitos (Del Valle Ibarlucea 938), el Bar Los Laureles (Iriarte 2290) y el restaurante y bar La Flor de Barracas (Suárez 2095), donde me enteré que se preparan ñoquis rellenos de jamón y queso. Me reservaré algún 29 de 2012 para ir a probarlos.

Los circuitos incluyen varios emprendimientos comunitarios, además de la popular Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera (A. del Valle 666), como el Centro Cultural El Conventillo, que trabaja con chicos de la Villa 21 y más organizaciones que aceptarían con gusto turistas con ánimo de cooperar de alguna manera.

También hay plazas con sombras menos famosas que las de Palermo, como la Plaza Colombia, frente a la iglesia Santa Felicitas y la Plaza Matheu, rodeada de casas de chapa en venta, veredas altas y vida en la calle. Al fresco y en ojotas.


Celia Chevalier en… El verano del 52

Celia Chevalier abre la puerta y la seguimos hacia su museo, casa, taller. Antes de ver los cuadros la veo a ella. Camina hacia adelante, los pantalones blancos se mueven y son lo bastante transparentes para que se vea su tanga cola less. Cuando estamos frente a ella y rodeados de sus cuadros ingenuos, lo primero que dice es: “Tengo 67 años”.

La casa está en Irala 1162, ahí nomás de la Plaza Matheu y a dos cuadras de Caminito, en La Boca. Adentro, tres salas exhiben su pintura naïf, que recorre la vida cotidiana y las salidas domingueras de los años cincuenta, particularmente del verano del 52. La Costanera Sur, el balneario, la Vuelta de Rocha, el Puente Transbordador de La Boca, la vieja Cervecería Munich y ella, en la mayoría de los cuadros está ella con 8 o 9 años y un peinado parecido al de la maniquí de la foto. Resulta extraño asociar la imagen de ella, que por lo menos hoy no tiene nada de naïf, con sus cuadros con mirada de niña.

Celia habla y habla. Entran los visitantes y le da play a un disco interno. Cuenta de su familia, de sus salidas de joven, del viejo auto bordeaux que aparece en tantos cuadros. El relato incluye anécdotas con Benito Quinquela Martín y Juan de Dios Filiberto.

Cuando parece que la visita está por terminar, Celia abre una puerta y entramos a otra dimensión. Pasamos por su casa, vemos a su gato y llegamos al patio, donde además de un gomero hay… un conventillo anterior a 1885. Escondido, rojo, amarillo, de chapa, naranja, celeste, verde, el típico conventillo donde vivían familias genovesas en el medio del patio. Arriba hay salas que habrán sido dormitorio y una ventana que da al ceibo más grande que vi. Me voy a agendar para visitar el conventillo a fines de octubre, así lo veo en flor.

Ya nos vamos, pero Celia sigue. Nos despide y mientras agita la mano mueve su corset blanco bien relleno, como una bailarina del Moulin Rouge.


Más de JFK en La Pampa

Lo único que se me ocurre para explicar la inmediatez es que Miguel Machesich recibe alertas de Google cada vez que aparece algo nuevo sobre Quemú Quemú en la Web.

Entonces, ni bien escribí el post anterior se comunicó para contarme que tenía más información, que Quemú Quemú es su pueblo de nacimiento, que había escrito algunos artículos sobre el monumento para el diario La Reforma de General Pico.

Rápidamente, lo invité a contar algo para Viajes Libres, y esto es lo que escribe el periodista pampeano, que hoy vive en Chubut.

Siempre me intrigó esa elevación provocadora que apareció hace más de 40 años en medio de la llanura, muy cerca de mi pueblo natal. La búsqueda de las razones y anhelos de sus realizadores, sin embargo, se oscureció también siempre. Las voces críticas, con diferentes fundamentos, que fueron desde lo práctico a lo ideológico, desde el humor a la extravagancia, se impusieron al silencio de los reales protagonistas y no respondieron a lo esencial.

¿ Qué llevó a la construcción de esa mole de cuarenta metros con una simbología extraña, con una inscripción en su cúspide sólo descifrable  desde al aire, muy cerca del ingreso a Quemú Quemú, en La Pampa? ¿Qué dicen hoy aquellos jóvenes, autodefinidos como “entusiastas e irresponsables”, sobre lo que hicieron? ¿Qué significa hoy ese monumento a un joven presidente norteamericano, de origen católico y  víctima mortal de un atentado de raíces oscuras que despertó un generalizado pesar?

Esa búsqueda me llevó a Fernando Demaría, poeta y filósofo, descendiente de las familias ligadas con el origen de ese pueblo pampeano y principal actor de aquellos momentos, vividos en la esplendorosa década del ‘60.

“Uno está inmerso en circunstancias históricas y esa circunstancia histórica nos reveló la pérdida de John F. Kennedy en ese momento. Creo que surgió como una gran nostalgia por una personalidad eminente que había desaparecido, una atmósfera colectiva de pesar por lo que había sucedido. Notar como reaparecían las fuerzas retrógradas y del mal, cortando una vida ilustre y progresista. La inspiración para mí fue de origen colectivo”, me contó una tarde en su departamento en Buenos Aires.

“Para nosotros John Kennedy era una expresión de una nueva conciencia. Hablábamos de una nueva conciencia que, además, es una idea que se remonta hasta San Pablo. En sus Epístolas se habla de que hay que desvestirse del hombre viejo y asumir el hombre nuevo. A veces uno percibe en la evolución humana la necesidad de que surja una nueva conciencia, algo depurador. Y Kennedy representaba eso: la posibilidad de una depuración del espíritu colectivo, de la historia en ese momento”, agregó.

Los pormenores del acto inaugural con un célebre discurso del reconocido crítico y periodista Rafael Squiru, por entonces Director de Asuntos Culturales dela Organizaciónde Estados Americanos (OEA), confirmaron esta visión.

Aquel 29 de mayo de 1967, Squirru había iniciado su provocativo discurso reivindicando a los indios.Hay todavía mentalidades en la Argentina que se enorgullecen de decir que aquí no hay indios. Es para recordarles a esas mentalidades que todavía quedamos algunos”, disparó apenas comenzó a hablar, mientras explicaba las razones de su puesta de un poncho araucano sobre los hombros. Entonces se escucharon los primeros aplausos. Los segundos serían al mencionar a John Kennedy, “un hijo del sol”.

Fernando Demaría dice hoy que “ahí, en la pampa, quedó implantado un ideal, porque el monumento es una obra que hace reflexionar. Creo que los que pasan por ahí se preguntan qué significa. Esas preguntan requieren una respuesta espiritual, movilizan el espíritu”.

“Creo que es un interrogante espiritual plantado en medio de la pampa y todos los interrogantes espirituales para mí son fructíferos y positivos, activan a las mentes, llegan a las conciencias. Y más ahora que está iluminado de noche”.

Enhiesto e enigmático, el monumento a John F. Kennedy sigue allí, despertando interrogantes a los extraños. Con el paso de los años ya forma parte del paisaje pampeano y se ha convertido en símbolo de Quemú Quemú. Pero para quienes somos de allí y de vez en cuando regresamos a la tierra natal es una referencia ineludible y querida. Al tomar la ruta provincial N° 1 en Catriló, lo empezamos a buscar en el horizonte interminable. Distinguirlo entre los árboles de la gran llanura nos tranquiliza. Verlo, acercarse y llegar significa que hemos llegado, que, al fin, ya estamos en casa.


Los pantalones de JFK, en Quemú Quemú

De lejos parecen pantalones de vaquero. Pero es un monumento a JFK, construido en el acceso a Quemú Quemú, un pueblo muy pueblo de La Pampa.

¿Qué hace ahí, entre campos de girasol, cardos rusos y pinos ? ¿A quién se le ocurrió?

Al principio hubo críticas y polémica, pero después de cuarenta años, la gente del pueblo lo incorporó como extensión del pueblo, por las tardes algunos se acercan a tomar mate a la sombra, otros se sacan fotos o miran pasar los autos por la ruta.

El monumento se construyó en 1967, algunos años después de su muerte. Al parecer un escribano quemuquemuense convenció al pueblo de hacerlo en honor al ex presidente. Es de hormigón armado, tiene 40 metros y, según explican por acá, representa el espíritu elevado de JFK y el corte en el medio, su vida interrumpida por la muerte.

Mientras escribo esto, me entero que en otro pueblo argentino, San Francisco, en Córdoba, hay otro monumento a JFK. Al parecer serían los dos que existen en América Latina. Dice en el artículo que está descuidado, así estaba el de Quemú Quemú hace unos años, cuando lo vi por primera vez. Para llegar abajo de la estructura había que atravesar un alambre vencido y caminar entre pastos altos. Ahora, el pasto está cortado y no me extrañaría que en algún tiempo a alguien se le ocurriera cobrar entrada. Quizás podrían pensar, también, en contar cómo llegó ese monumento a ese lugar.


Noticias de la trashumancia

Ayer se celebró en España la Fiesta de la Trashumancia. Quizás vieron las fotos, había miles de ovejas, vacas y caballos en el centro de Madrid.

La trashumancia es una actividad que se practica desde hace más de siete siglos en varias partes del mundo. Consiste en mover el ganado dos veces por año hacia donde estén los mejores pastos.

En distintos viajes -en Neuquén, en Botswana, en la India- me crucé con pobladores que hacían este trabajo de arrear animales durante varios días hasta llegar a una zona de buenos forrajes, donde los dejarán cuatro o cinco meses. Recuerdo haber levantado la mano para saludarlos y seguir viaje. Por mi trabajo y mi forma de vida, de viajar y volver a escribir, siempre me sentí cerca de los trashumantes. O de la trashumancia.

Cada vez que se cambia el ganado de lugar es preciso recorrer muchos kilómetros. En general, la trashumancia maneja distancias largas. Toca atravesar campos, rutas, montañas. No son nómades: tienen su base en un pueblo y desde ahí llevan el ganado a los campos de verano y luego los van a buscar y los arrean hasta los campos de invierno, más bajos y con mejor clima.

Varias veces los vi, pero hace unos meses acompañé a un grupo de huasos de la V región chilena a buscar sus vacas a la cordillera. Pasé cinco días con ellos en la montaña, los ayudé en el arreo, comimos juntos, escuché sus anécdotas y me asomé a sus vidas.

Se dividen en cuadrillas para barrer los lejanos rincones donde se pueden haber metido las vacas en cinco meses. Cada vez que encuentran animales prenden un fuego para que las otras cuadrillas sepan que mandan vacas para ese lado. Todavía no llega la señal de celular, por aquí se hacen señales de humo.

Los días arrancaban temprano, andábamos dos o tres horas hasta que aparecía un grupo de vacas flacas, que se arreaban hacia abajo, siempre hacia los valles que conducían al pueblo.

Al mediodía, los huasos paran y sacan una alforja (maleta) de lana donde traen su pollito y su pan. Lo comen con té y siguen. Son cinco días intensos, a dos mil y tres mil metros de altura. Días en que el trabajo campesino pone a prueba su dominio sobre el animal.

Al final, después de separar las vacas en los corrales de pircas, hubo venta de animales y largos festejos con pisco y cerveza. Uno podría imaginar que los trashumantes quedaron tan cansados que dormirán hasta el verano, cuando habrá que volver a llevar las vacas a la cordillera.


Hacia blogtrips conscientes

Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.

No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.

El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.

También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.

El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)

Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.

Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.

A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.

Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.

“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.

Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.


Lugares de agosto: cerca de Los Andes

La semana que viene sale el nuevo número de la revista Lugares, con 4 viajes cerca de Los Andes. Se podrá leer una experiencia gourmet en Mendoza, una nota sobre la Payunia, una cabalgata de lujo y un artículo que escribí sobre lo mejor de Santiago, barrio por barrio. ¡No te la pierdas!


Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


Volver…

Mientras escribo estas líneas, Ignacio M. está en el aire. Vuela a Buenos Aires después de vivir diez años en Barcelona.

Vino con la crisis y se va con la crisis. Tiene 30 años. Se lleva dos valijas pesadas y muchas ganas de volver a vivir en Argentina.

En sus dos viajes formó parte de una tendencia: argentinos que venían a buscar un futuro mejor después de la crisis y argentinos que se vuelven por muchos motivos, pero la crisis española es uno de ellos.

En estos diez años en Barcelona trabajó de muchas cosas y estudió Psicología en la UB. Se hizo amigos, pero extraña a los amigos. Antes de que se subiera al avión nos cruzamos cerca de la Sagrada Familia, su barrio hasta hoy, y conversamos un rato.

¿Por qué volvés?
Vuelvo para estudiar, quiero hacer un postgrado en Terapia Familiar. Vuelvo para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Y vuelvo como parte de una evolución vital, para ver con perspectiva lo que ha cambiado en mí en estos diez años. Tengo un impulso de irme de aquí.

¿Qué expectativas tenés?
Mis expectativas no tienen que ver con Argentina en sí, sino con lo que significa para mí este cambio. Es aventurero volver, como también lo fue venir hace diez años. Pero lo que construí acá es interno. El primer tiempo voy a vivir en la casa de mis padres, es un regreso tanguero, vuelvo a la casita de mis viejos.

Ahí Ignacio, que toca la guitarra y canta, evocó el tango de Cadícamo, y recitó la parte que dice: “… Mis veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo.”

¿Miedos?
Hay muchos, los que no se van, que me dicen “Estás loco, cómo vas a volver”, gente que con sus preguntas te hace dudar y pensar si estás haciendo lo correcto o no. Pero estoy decidido, confío en que me podré adaptar. Hoy sé que mi camino está allá. Quizás a lo que le tengo más miedo es a la cultura violenta que a veces hay en Argentina. Acá se practica el civismo, a veces un tanto excesivo, pero la amabilidad y el respeto están muy bien.

Todavía no tiene trabajo, pero tiene claro que quiere vivir de su profesión. Mientras tanto hará un postgrado en Terapia Familiar. “No quiero ser psicólogo de ricos, me gustaría que mi trabajo tuviera un contenido social”.

Una de las últimas cosas que hizo Ignacio antes de irse fue visitar la Sagrada Familia. Si bien vivía en el barrio y todos los días pasaba por la iglesia interminable nunca había entrado. Le impresionó, le encantó. Imagino que habrá sacado fotos, que la habrá mirado con otros ojos. No tanto como un vecino, más como un turista.




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