El sueño de Dsuang Dszi

Hace dos mil años Dsuang Dszi,
el maestro, me mostró una mariposa.
-En mi sueño- dijo- era esta mariposa
y ahora estoy algo confuso.

-Una mariposa- siguió-, sí, era una mariposa,
la mariposa bailaba alegre al sol,
sin sospechar que era Dsuang Dszi…
Me desperté … y ahora ya no sé,

ahora no sé -continuó pensativo-
cuál es la verdad, cuál puede ser:
si Dsuang Dszi soñó a la mariposa
o la mariposa me soñó a mí-

Yo bién que me reí: -¡No bromees, Dsuan Dszi!
¿Quién puedes ser? Eres tú: Dsuang Dszi. ¡Claro que eres tú!-
Sonrió: -¡La mariposa de mi sueño
veía igual de clara su verdad!-

Sonrió, me encogí de hombros. Luego
algo me hizo estremecer,
llevo dos mil años pensando desde entonces,
pero estoy cada vez más indeciso

ahora ya creo que la verdad no existe,
que todo es imagen y poesía
que Dsuand Dszi sueña a la mariposa,
la mariposa a él y yo a los tres.

Lörinc Szabó (1900-1957)

Conocí a este poeta húngaro por Peter Nemeth, otro húngaro. Me habló de él en el puerto, unos segundos antes de que una mariposa amarilla pasara volando entre nosotros.


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, «verde profundo, como una créma de brócoli». Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


Buenos Aires graffiti V


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. «Mi madre es una diosa», dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Un Carlitos en Mengano

 

Yanin Gulam vive en Rosario. Es periodista, le encanta viajar y adora los tostados de Mengano. En realidad no son tostados, sino Carlitos. Ella lo cuenta en el texto que sigue:

Dice un mito urbano que en Mengano se comen los mejores carlitos de pollo de Rosario. ¿Carlitos? Sí, me refiero a los tostados con kétchup que los rosarinos adoptaron como su menú tradicional.

El fin de esta nota no es verificar ni desmentir el mito, pero sí afirmar que los carlitos de pollo de Mengano son tan abundantes y sabrosos como la mayoría de sus platos de ese local. Pero estos Carlitos se salen de la tradición y se hacen con salsa golf, con tanta salsa golf como comensales en el bar los sábados a la madrugada.

Es que Mengano está de moda. De lunes a lunes durante el mediodía y la tarde el lugar se llena de familias con ganas de comer como en casa, sin protocolo. Eso sí, cuando juega Newells Old Boys los futboleros que detienen su caravana para comer algo rápido antes de seguir por la avenida leprosa en procesión al estadio.
Mengano abre las 24 horas y se convirtió en el último tiempo en el after de los jóvenes a la salida del boliche. Nada mejor que ir a Mengano a desayunar (alrededor de $45 ), unos carlitos. Para compartir, claro, como todas las comidas del lugar.

Los mozos, todos hombres, son de la vieja escuela. De los tiempos donde la ensalada más sofisticada era la mixta y el wok era cosa de chinos. Acá no van a encontrar platos cosmopolitas ni salsas a las finas hierbas, pero sí comidas caseras que desde hace 17 años son elegidas por miles de rosarinos.

Un lomo al champignon cuesta $70, las pastas rondan los $35. Si el día está lindo, es bueno aprovechar la ancha vereda de Pellegrini para comer afuera. Sino, y si tienen la suerte de conseguir lugar, pueden comer adentro.

En este bar las servilletas son de papel y las paneras de mimbre. Los mozos dejan los platos y vasos en el centro de la mesa, todo junto y apilado, y los comensales, a repartir. Carlitos por acá y Carlitos por allá. 


El olor de la tormenta

Este fin de semana estuve en la previa de una tormenta en el medio del campo. El cielo se puso negro y después azul dudoso. El viento golpeaba las ramas y asustaba a los pájaros que buscaban refugio en el monte de eucaliptus. Había olor, olores que se mezclaban y producían un olor único, el olor de la tormenta.

Antes de seguir con posts del Caribe, con Panamá y Honduras, un homenaje al olor de la tormenta a través de una descripción de Selva Almada en El viento que arrasa.

 

«Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.

Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bodas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono,junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo que encuentren.

El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.

Saliendo del monte, ya en la planicie, el olor de los tacurúes.

El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan qeu usan las mujeres para lavar la ropa. El olor a ropa mojada secándose en el tendedero.

El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.

Y más acá el olor del pueblo mas cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, uqe llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.

El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con una pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.

Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en una postal turística.

El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.

Se venía la tormenta».

***

En la novela de Selva Almada y en mi foto, se vino la tormenta.

 


Nenúfares

claude_monet_-_nenufares

De vuelta a casa notó que el pantano vacío, antes cubierto de nieve y de graves sombras de troncos, estaba ahora encendido de nenúfares. Las hojas frescas, de aspecto comestible, eran grandes como bandejas. Las flores se alzaban como llamas de vela y había tantas, y de un amarillo tan puro, que irradiaban luz a aquel día nublado. Fiona le había dicho que también generaban un calor propio. Hurgando en una de sus bolsas de información oculta, había agregado que, supuestamente, si uno metía la mano en la corola podía sentir el calor. Ella había hecho la prueba, pero no estaba segura de si había sentido el calor o lo había imaginado. El calor atraía a los insectos.

 

Ver las orejas al lobo, en Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro


El hombre imaginario, de Nicanor Parra

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

De su libro Hojas de Parra, CESOC Ediciones, Santiago.


El viento que arrasa

«[…] Tapioca tampoco se acuerda bien de su madre. Cuando ella lo dejó, tuvo que acostumbrarse a su nuevo hogar. Lo que más le llamó la atención fue ese montón de autos viejos. El cementerio de coches y los perros fueron un consuelo. Esas primeras semanas hasta que se fue haciendo a la idea. Se pasaba el día entero metido en las carcasas: jugaba a conducir aquellos vehículos y siempre tenía tres o cuatro perros de copilotos. El gringo lo dejaba. Se fue acercando de a poquito como si el niño fuera un animalito de monte que había que amansar. Empezó contándole la historia de cada uno de esos autos que alguna vez habían transitado calles y hasta rutas larguísimas. Muchos no solo habían ido hasta Rosario, como su madre, sino también a Buenos Aires y a la Patagonia. Brauer había buscado una pila de mapas de rutas del Automóvil Club y, por las noches, después de cenar, le mostraba los puntos por los que, según él, habían andado aquellos vehículos. Con su dedo grueso, manchado de grasa y nicotina, iba siguiendo las líneas y le explicaba que el color y grosor de cada trazo daba cuenta de la importancia de la ruta que ilustraba. A veces el dedo de Brauer torcía bruscamente el rumbo, se salía de una carretera principal para tomar un camino apenas insinuado, una línea más fina que una pestaña que terminaba en un puntito. El gringo decía que en ese sitio el conductor había pasado la noche y que ellos debían irse a dormir.

Otras veces la punta del dedo del mecánico pasaba los saltitos por una línea punteada, un puente levantado sobre un río. Tapioca no sabia lo que era un río, ni lo que era un puente así que Brauer se lo explicaba.

Y otras veces el dedo se movía sinuoso por un camino de montaña. En una ocasión el dedo llegó a donde se terminaba el mapa y el Gringo le habó del frío que jamás conocerían en el Chaco, un frío que lo ponía todo blanco. Allí la carretera, en invierno, se cubría de hielo y el hielo propiciaba la patinada de los neumáticos y los accidentes fatales. A tapioca le dio miedo un sitio así y pensó qué suerte que ellos estaban bien arriba en el mapa y no ahí donde se terminaba el mundo.

El viento que arrasa, Selva Almada, Mardulce, 2012, Buenos Aires
Página 49

(La foto es Paysandú, Urugay, en un descampado donde venden cachilas)


La madrugada era otra cosa, por Martina Bastos

 

De eso.
Del verso y la harina, de un grillo exacto, de un tiempo breve.
De eso -tan poca cosa- vengo a hablarte.
De eso vengo a hablarte.
Era la noche quieta. Era el aire caliente y la luz a medias. Eran los grillos buscándose a gritos. Era la luna una mitad. Era un hotel mustio y un patio y sus paredes. Era una tierra ajena, las horas lentas, algún insomnio. Éramos todavía dos extraños. Éramos todavía invulnerables.
Me miras toda, te miro entero: maneras de reconocerse.
Y ése, así, pudo haber sido el principio.
Tú eres panadero y yo junto palabras, y la madrugada -el espacio donde crecen poemas y panes- nos vino a reunir en un patio de hotel.
El patio es alargado. Las puertas son diez y ocho están cerradas. Adentro, criaturas duermen, sueñan, aman: nada raro. Afuera hay un calor cansado. Y plantas. Y un grillo insistente entre el calor y las plantas. Desafina tanto que nos hace gracia. La risa se derrama y sentimos algo que -tal vez- sea un cosquilleo. Las plantas respiran. Transpiramos. El patio es un horno manso en el que -ambos sabemos- se está cocinando algo.
No es lo mismo la harina de trigo que la de centeno. Su pan es más oscuro, más denso, más amargo -explicas- y el pan de centeno parece de pronto un animal lastimado. Lo trago con cierta compasión; pienso en toda su oscuridad, su densidad, en toda su amargura.
Pienso además -sin que te enteres- que Lihn tenía razón, que no debe ser lo mismo estar sola que estar sola en una habitación de la que acabas de salir. Que seguramente tú no sabes quién es Lihn ni quién salió de su habitación para que él repitiese, como un mantra: no es lo mismo estar solo que estar sin ti. Que tampoco yo sé cuánto tiempo hay que amasar la harina de maíz para transformarla en aquello que cruza de tu mano a la mía: una empanada.
Yo nunca metí las manos en la masa.
Tú nunca leíste a Lihn.
Pero eso, supongo, no tiene ninguna importancia.
La distancia de tu mano a la mía es un trayecto menor: allí donde suelen ocurrir los accidentes.
A veces sucede simple: una mano tropieza en otra y pone la noche quieta en movimiento, vuelve ligeras las horas.
La madrugada puede ser eso: compartir una empanada y entender la ligereza del tiempo, el orden del mundo, el peso de todas las piedras; rendirse al pan y a la poesía como lo que son: placeres primarios; trabajar la masa y las palabras: ablandarlas, molerlas, variar el molde, retorcerlas hasta su forma definitiva, bailar con ellas en la pirueta final.
La madrugada puede ser eso: mezclar agua, harina y levadura como un nombre, un verbo y un adverbio, enfrentar un balance de ingredientes a un revoltijo de versos, deslindar lo intrascendente de lo fundamental, hablar de cosas simples y elementales y dejar que el resto suceda lejos:
-Que ni poco ni demasiado: amasar hasta el punto justo, obtener una textura lisa como plastilina y ven, hagamos el amor así se acorta la noche.
-Que hay que apretar con la parte de la mano que se une a la muñeca y ven, guardemos esta noche para cuando no haya.
-Que la levadura es un hongo, un organismo vivo y también, si quieres, podemos tener hijos.
-Que un exceso de sal endurece la corteza y que no, no volverá nunca al mundo una noche como esta noche.
No vuelven al mundo las noches así.
No cantarán los grillos otra vez.
Y quizás -sólo quizás- sea mejor así. Pero ahora, en un patio largo, entre el calor y las plantas y un grillo terco, el milagro toma esta forma, instala un silencio estricto.
Me dices poco, te digo nada: maneras de decirse todo.
Me miras -panadero- como un aullido.
Y eso, supongo, debe tener algún significado.
Nuestro pan último es una marraqueta que rompes en dos. Para entonces, la madrugada ya es sólo un resto frágil, algo que agoniza demasido rápido. Se va dejando la mañana a nuestros pies, envueltos en migajas.
Te miro -panadero- como un aullido.
Tal vez la madrugada sea eso: la fuerza con la que aúllan los lobos.
La palabra “compañía” proviene del latin panis: se refiere a la acción de comer de un mismo pan. Un compañero es, etimológicamente, “aquél con quien se comparte el pan”.
La mañana llega como una frontera.
Y ahora dime -compañero- qué hacemos con todo esto.
Quiero decir: qué hacemos con la frontera, la línea cruel entre seis horas livianas y la mediocridad del resto de los días. El se acabó la suerte y cada uno se va por donde vino: tú con los panes a otra parte y yo a recitarle a nadie, a caer de tu cuerpo al precipicio, a creer que la ternura es impropia y que sí, que es posible regresar de ti a cualquier parte, como si el amor no fuera una cosa cierta y nosotros hubiéramos nacido en vano.

Este texto de Martina Bastos ganó el XIX Certamen Internacional de Cartas de Amor y Desamor de Almuñécar. Cada vez que la leo me gusta más.




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