Los araras de Bergson Romero Sampaio

Bergson Romero Sampaio trabaja como guía en el Buraco das Araras, una de las atracciones turísticas de Jardim, a 54 km de Bonito, en Mato Grosso do Sul. Su trabajo consiste en llevar turistas a ver araras vermelhos, como se llaman los papagayos de la foto en portugués. Camina con ellos un par de kilómetros y les muestra los mejores puntos para sacar fotos. En ese ir y venir descubrió que le gustaba la fotografía. Desde entonces, además de acompañarlos imaginaba cómo sería tener una máquina fotográfica.
Después de diez años de desearla, Bergson consiguió comprar una Canon Eos 50D, con un lente 70-200, 2.8. En sus ratos libres aprendió a sacar fotos. Solo, porque vive en la reserva, en medio de la naturaleza. Hace unos días me mandó sus últimas capturas, tomadas especialmente para Viajes Libres. Las hizo en un momento en el que el fondo del buraco está en sombra y la luz cae directamente en las aves.

La primera foto la tomó a las 8:26 y la segunda a las 14:58. Cuenta que el horario ideal para este tipo de fotos es entre las 12 y las 15, un momento en el que normalmente los fotógrafos no van porque prefieren las primeras horas de la mañana o el fin de la tarde.
En el correo donde adjuntó las fotos, Bergson decía que tiene mucho que aprender , que quiere hacer un curso pero que además de la técnica conocer el hábito de los animales es un factor muy importante. Me imagino que después de enviarlo se habrá internado una vez más por los senderos tropicales.
El que fue más de una vez a Río de Janeiro y no está desesperado por abrir los ojos en Ipanema o Leblón puede tener en cuenta hospedarse en Santa Teresa, un barrio tranquilo, antiguo, arbolado, bohemio y con buenas panorámicas de la ciudad.
Me contó que se mudó a Santa Teresa en los 90, cuando todos querían irse porque era un lugar inseguro. En esa época Renata se unió con unos vecinos y formaron la agrupación Viva Santa, “para sacar al barrio de los policiales y ubicarlo en la sección cultural”, me dijo fiel a su lenguaje periodístico, en el living, mientras acariciaba a uno de sus gatos.
Actualmente, la maqueta tiene cerca de 400 metros. Los que empezaron el juego ya cumplieron veintipico y junto al Projeto Morrinho recorrieron varios países, se presentaron en bienales de arte, ganaron premios, obtuvieron créditos y salieron en reportajes en Estados Unidos y Europa. Hasta producen videos animados de los juegos en la minifavela, documentales y una película que se estrenó hace unos meses en Holanda.
Este año ya no será, pero quizás el próximo o el otro. O bueno, alguna vez me gustaría pasar fin de año en Río de Janeiro. Confundirme con los que se acercan al mar vestidos de blanco para recibir el año que llega o mirar cómo estallan los fuegos desde lo alto de un morro.
Andreia vivió varios años en Europa y cuando volvió a Brasil quiso tener un emprendimiento propio y construyó una posada en una favela. Muchos trataron de convencerla de lo absurdo del proyecto. Pero ella estaba segura de lo que quería.
En Río de Janeiro hay más de mil favelas donde viven casi dos millones de personas, y si no es por la visita de Madonna o Carla Bruni, la mayoría de las veces aparecen en los medios por muerte, violencia, hambre.
Se quedó un tiempo hasta que le tocó ir a la guerra del Líbano. “Fue tan duro lo que viví que a la vuelta necesitaba un lugar donde pudiera esconderme de la Humanidad. Así encontré esta favela, hace 28 años”, me dijo antes de una sesión de fotos para una revista italiana.
“Si en este instante me diera vuelta vería un abismo que se abre como un ojo negro en el medio de una roca y baja al corazón de la Tierra. Parece ciencia ficción, pero es ecoturismo.
El que quiera saber cómo sigue esta historia tendrá que comprarse el número de diciembre de la revista Lugares, que apareció hoy.


Hoy es un buen día para contar algo sobre los quilombos y sobre el negro Zumbi. Es feriado en Brasil, no hay bancos y el transporte y los comercios tienen un servicio reducido. Hoy se celebra el 314 aniversario de la muerte de Zumbi dos Palmares, el negro que asumió el mando del histórico Quilombo dos Palmares, la primera ciudad de esclavos fugitivos organizada en el siglo XVI en lo que actualmente es el Estado de Pernambuco.







