David Foster Wallace (1962-2008)

“Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo. Hay cierta placidez codiciosa en ellos. En nosotros, mejor dicho. En puerto nos convertimos automáticamente en Peregrinator americanus, Die Lumpenamerikaner. La Gente Fea. Para mí, la boviscopofobia (=el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino) es una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto. Es en puerto donde me siento más implicado y visiblemente cómplice. Casi nunca he salido de Estados Unidos, y nunca como parte de un rebaño con ingresos altos, y en puerto -incluso aquí arriba de todo, en la cubierta 12 y limitándome a mirar- soy nueva y desagradablemente consciente de ser americano, del mismo modo que siempre soy consciente de ser blanco cuando estoy rodeado de gente no blanca. No puedo evitar pensar cómo deben vernos ellos, esos jamaicanos y mexicanos impávidos, o especialmente cómo nos ve la tripulación inferior no aria del crucero Nadir. Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel; insisto mucho en llevarme mi bandeja en la cafetería y doy gracias de forma efusiva incluso por el más pequeño servicio. Como hay tantos de mis compañeros de crucero qeu gritan, yo me enorgullezco especialmente de hablar en tono ultrasilencioso con los tripulantes que hablan mal el inglés.”

La cita es del libro “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, del escritor y periodista estadounidense David Foster Wallace. Para escribirlo, Foster Wallace siguió el encargo de una revista de viajes y se pasó siete días en un crucero por el Caribe.

El autor, uno de los más reconocidos de la nueva generación de su país, se mató hace unos días en su casa de California.


Tormenta tropical en vacaciones

Alerta de tormenta tropical en vacaciones. Me pasó hace un par de años. Viajé a Sint Maarten/Saint Martin, la isla mitad holandesa y mitad francesa, que se hace publicidad con eso de “dos países, dos vacaciones”. 

El primer día amaneció nublado, oscuro como uno imagina una cárcel. Menos mal, pensé, porque ya estaba afónica y con dolor de garganta por el aire acondicionado diseñado para personas con sobrepeso o menopausia. El responsable de la oficina de turismo anunció que la excursión planeada se suspendía por amenaza de tormenta tropical, el escalón previo al huracán.

Había que quedarse en el hotel. Era un buen hotel, un Sonesta de 500 habitaciones, que le daba a la tragedia un ambiente de crucero, donde siempre había turistas de paso, música animada, repetida e indescifrable, turistas en el bar, turistas conversando en el lobby, daiquiris libres, turistas en los pasillos, coca cola y hamburaguesas, turistas que viajaron a la playa sacándose fotos en una esquina oscura, pizza libre, turistas que se reconocían por una pulsera amarilla, turistas haciéndose amigos de otros turistas, turistas mirando el huracán por televisión. Ese fue el primer día.

El segundo día fue igual.

El tercero nos sacaron a Philipsburg, la capital. No se podía ir mucho más lejos. Se supone que teníamos que estar contentos porque Sint Maarten es una isla libre de impuestos y según dicen un buen lugar para comprar electrónica. Me compré una cámara en un negocio indio -la electrónica en St. Maarten está dominada por los inmigrantes indios-, pero después la vi más barata en el freeshop.

El cuarto día llovía. Igual, se decidió que iríamos a conocer una playa. Caminé un rato por la arena, entre ramas caídas, hojas mojadas y pedazos de palmera que no habían aguantado el viento huracanado del día anterior.

El quinto día regresamos. Diez horas de viaje en avión, entre escalas y esperas.

Ni bien llegué me llamó una amiga para preguntarme qué tal el Caribe. Oscuro, le dije. Ella se quedó descolocada. Como si hubiera marcado un número equivocado.

Eso pasa con el Caribe en época de huracanes: no es el lugar soleado -ni soñado- que nos vendieron.


Submarinos personales, el último hit

En el mundo hay 2300 submarinos turísticos, de esos que se toman en Aruba y otras islas del Caribe para ver durante menos de una hora el fondo del mar. De esos no se trata este post. Esos ya son viejos para esta tendencia.

Los más nuevos son los submarinos personales, el nuevo juguete de los jóvenes millonarios con sueños de capitán Nemo. Ya existen varias empresas que los fabrican. Tienen modelos para una y dos personas y curiosamente todas las compañías tienen ¡uno amarillo!

Los últimos que se lanzaron al mercado son los de U Boat Worx, una empresa holandesa. Otra de las compañías, Exomos, tiene base en Dubai, donde estaría localizado Crescent-Hydropolis, un complejo turístico debajo del mar. Del complejo se sabe poco y nada, pero los submarinos ya se venden y tienen autonomía como para un paseo de domingo entre bosques de corales y estrellas de mar.


Mitos y realidades del turismo submarino

Este mes la revista de viajes Travesías cumple 7 años y lo celebra con una edición especial sobre el turismo del futuro. Hay notas sobre los viajes al espacio, las últimas catedrales del vino y más.

Para este número me encargaron una historia sobre el turismo submarino: lo que hay y lo que vendrá. Entonces, me puse el snorkel y las patas de rana y me sumergí en la Web a ver qué me encontraba.

Al principio estaba entusiasmada. Había varias menciones al turismo subacuático y noticias de proyectos millonarios bajo el mar. Leí sobre un mega hotel en Dubai y otro en Turquía y uno más en Fidji. Daba la impresión de que el futuro del turismo pasaba por el fondo del mar. Pero eso fue sólo durante la primera fase.

Después de un rato de navegar más profundamente, veo que la mayoría del turismo subacuático no pasa de un anuncio. Las páginas de Internet de algunos hoteles en el fondo del mar están muy bien diseñadas y se repiten en sitios y blogs, siempre con la misma información. Las páginas muestran renders de los cuartos, con un jardín de corales en la puerta. Hasta es posible que salgan tentadoras burbujas. Pero no hay contactos ni teléfonos ni coordenadas para ver el estado actual de los proyectos. Como si fueran burbujas de ciencia ficción que en cualquier momento se pinchan y no queda nada.

Encontré novedades. La que más me interesó fue el transporte en el fondo del mar, los submarinos personales, que se presentan como el último hit del turismo submarino, que por supuesto es una modalidad sólo para unos pocos. Y sí, el nombre que más se usa para los submarinos es Nautilus, como ese gigante autosufciente que describió Julio Verne en “20.000 leguas de viaje submarino“.

También hay algunos restaurantes donde hoy es posible comer bajo el agua. Tienen paredes acrílicas por donde pasan rayas, como en el restaurante Ithaa del Hilton de Maldivas o jureles plateados e inquietos, como en el Oceanográfico de Valencia.

Lo cierto es que para dormir abajo del agua, la única posibilidad concreta hoy es la misma que hace 20 años: el viejo submarino Jules, que está hundido en Cayo Largo, Florida, y tiene una decoración retrofuturista y recibe a dos parejas por noche. Más sobre el turismo submarino, aquí.


El paraíso, un lugar común

El paraíso es un árbol. Se lo puede ver en muchas veredas de Buenos Aires. Tiene las hojas verde brillante, parecidas a las del perejil, y da un fruto amarillento como el pus. Este paraíso es real e indiscutible y no entorpece una crónica de viajes.

Pero existe otro paraíso que viene del latín paradisu y según el Antiguo Testamento es “el jardín de delicias donde dios colocó a Adán y Eva”. Ahí estuvieron ellos, desnudos y felices, hasta que cayeron en la tentación, desobedecieron y se vino la noche.

A ese paraíso no se llega en taxi ni en avión ni a caballo. Es un lugar mitológico, que a través del tiempo se transformó también en el sustantivo más usado para representar al sitio ideal, donde no hace ni frío ni calor y se supone que todo es bello y no existen los problemas.

Paraíso o edén, del hebreo, delicia. En el periodismo de viajes se usan indistintamente, cuando uno juzga que un lugar, supongamos Saint Martin, es más que hermoso, más que magnífico, más que asombroso. Entonces, no queda otra: ¡Es el paraíso!

Los lectores entienden, claro, y evocan una imagen de playas de arena blanca y mar turquesa. Sin viento ni mosquitos ni tiburones. Con el hiperuso de la palabra, aprendieron que el paraíso puede estar en cualquier parte. Basta con leer y procesar cuándo toca evocar una imagen de playa o de selva o de desierto.

En el periodismo de viajes, el paraíso reemplaza a la descripción. La playa tenía arena blanca como la harina. No, mejor como una hoja en blanco. No tan blanca no era… Va de nuevo: la playa tenía arena blanca como la nieve pero mucho más cálida… No, definitivamente, no. La playa era…. ¡Uy, qué linda que era! Mmm… ¡era un paraíso!

Un ejercicio divertido: buscar paraíso o paradisíaco en revistas de turismo y suplementos de viajes. En los últimos tiempos encontré unos cuantos, entre otros:

Llegar a la Polinesia es como estar en el paraíso
El Amazonas, un paraíso verde
Aruba, el paraíso escondido en el Caribe
Las playas de Brasil son paradisíacas
Sudáfrica es un paraíso para los observadores de aves

En lugar de inventar comparaciones ingeniosas y nuevas formas de decir, la opción es este viejo conocido. Se usa como si fuera un guiño, sin imaginar que en los últimos tiempos y gracias al periodismo de viajes, el paraíso no es más que un lugar común.


¡No te olvides el cepillo de dientes!

Los viajeros olvidadizos ya tienen una solución gratis y utilísima. Basta con registrarse en esta página para acceder a extensos y completos listados que tienen la función de recordarnos todo lo que podríamos olvidar. A medida que lo hace, le pone un tilde.

¿Puso el cepillo de dientes? ¿Cerró la llave del gas? ¿Guardó el traje de baño? ¿Sabe si necesita adaptadores especiales para el país adonde viaja? ¿Le pidió a algún vecino que le riegue las plantas?

Ok, algo obvias las recomendaciones. Pero no son las únicas. Los listados comienzan con una primera planificación (¿se necesitan vacunas? ¿tiene el pasaporte en regla? ¿no se le vence durante el viaje?), luego viene lo que uno debería hacer una semana antes del viaje, como hacer el itinerario, chequear que los candados de las valijas tengan llave, conseguir alguna receta médica en caso de necesitarla. Cada tanto, vienen algunas ideas muy locales, algo ridículas para otros países, por ejemplo, no deje de suspender el delivery de leche antes de viajar.

Si a uno no le convence la lista de prioridades establecidas, fácilmente se arma una lista personalizada con los items que considere oportunos. Y hasta hay una opción para recibir alertas en el correo, del tipo: ¡No te olvides el cepillo de dientes!

El sitio se llama justamente dontforgetyourtoothbrush.com y ya tiene 14.000 visitantes por día, todos turistas con un pie en las vacaciones. Una solución cómoda para el típico stress previo al viaje.


La playa en rosa

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Hay playas de arena blanquísima, como la luna de esta noche. Las de Anguila, las de Cuba, las de Maldivas. Y más.

También hay playas de arena negra, como quedará el cielo cuando esta luna se vaya. En Punaluu (Hawai), en Playa Negra (Costa Rica) y, Balenbouche Bay, en St. Lucia.

Pero leo por ahí, que también existen las playas de arena rosa. Y al parecer, la comunidad gay no tiene nada que ver. El color estaría directamente relacionado con la foraminifera, un tipo de plancton muy abundante en el piso oceánico que tendría conchas coloradas que al romperse dan esta pigmentación . Creo que no seguiré contando o se irá para siempre el romanticismo que supondría una playa rosa.

gauguin12.jpgEn Bahamas, las playas rosas son la última moda, están en la nueva golden list del Caribe de Travel + Leisure. Se venden, claro, para la luna de miel.

Esta excentricidad me recuerda el cuadro de Gauguin Jinetes en la Playa (1899), donde el enamorado de los mares del sur también vio o imaginó playas de arena rosa, donde todo podría ser perfecto. ¿Cuál es la magia del color rosa?

La textura importa. Cuanto más suave, más agradable a la piel. Y el color, ¿importa el color de la playa? ¿O es otro recurso del marketing para crear un deseo turístico?


Especial Cuba: desde Miami

cubaflag1.gif  ¿Cuba termina en Miami? Muchos cubanos así lo creen, no sólo porque hay más de un millón de compatriotas allá, también porque sostienen que Miami es lo que es hoy gracias a los cubanos que la hicieron y la hacen. “Porque de aquí se van con educación”, me dijo una tarde un guía de turismo. Miami está de una forma u otra siempre presente en el discurso de los cubanos. La relación amor-odio las ha vuelto inseparables.

El periodista y escritor Leandro Uríafue enviado especial del diario La Nación a la ciudad del estado de Florida, y desde allá nos envía su mirada sobre Cuba en Miami. Especial para Viajes Libres, sus textos y fotos, que cierran la primera etapa de este Especial Cuba.

yellowcab.JPGUn taxista balsero

Viajar en taxi en Miami puede ser una experiencia extrema, pero no tanto por razones de seguridad. El pasajero no parece correr ningún riesgo aunque los diarios dicen que en esta ciudad del estado de Florida la delincuencia está en alza y algunos, que han visto taxistas, muchos de ellos cubanos, haitianos o dominicanos, pelearse con navajas por un pasajero.

Pero si se sigue la tradición porteña de conversar con el taxista y los que manejan son cubanos, siempre dados a la charla, los temas de conversación suelen ser impactantes.

Víctor, un taxista cincuentón que se escapó de Cuba hace 29 años me contó que llegó a esta ciudad de La Florida como balsero. “Fue un viaje de pinga”, explicó riéndose. Esta expresión cubana puede tener un sentido positivo o negativo. En este caso, el enigma se despejó en seguida. “Vine con una balsa hecha con ruedas de tractor que tenía encima una lona amarrada con sogas. A un compañero mío se lo comieron los tiburones”, contó.

Una vez en Miami, los balseros cubanos pueden permanecer en Estados Unidos legalmente, a diferencia del resto de los latinoamericanos. “Lo difícil es el viaje”, explicó Víctor. Pero el premio para ellos parece ser suficiente, aunque en general pierden los lazos con los familiares que dejaron en la isla. “Yo ya me olvidé de Cuba. Además, esta ciudad es cubanísima. No por nada a los cubanos nos dicen los judíos del Caribe. Es una mezcla de negro y español de mente muy rápida, también para el delito”, reconoció.

“En cualquier organización de aquí, uno de los jefes seguro es cubano y si paseas por South Beach te vas a dar cuenta de que tienen dinero de verdad”, dijo el taxista, que estaba contento porque había conseguido entradas en primera fila para ver aquí a Cachao, el maestro cubano del contrabajo de 80 años de edad al que hoy se lo homenajea en un teatro de Miami.

“Oye, mulato, ¿no me cambias 20 dólares?”, le dijo el taxista al conserje cuando llegó al hotel. Cuando el conserje sacó un rollo de dólares para darle el cambio, Víctor me dijo: “Ves, éstos cobran más que los dentistas”.

 biltmore.JPGLa industria de las palmeras

Una de las cosas más comunes en Miami es ver hileras de palmeras en el frente de grandes mansiones o embelleciendo las avenidas. Lo verdaderamente extraño es que este característico árbol tropical haya dado lugar a una floreciente industria en Miami, que no tiene nada que ver con el aceite de coco.

De hecho, muchos inmigrantes aquí, entre ellos los omnipresentes cubanos, se han enriquecido vendiendo palmeras a quienes las utilizan con motivos puramente estéticos. El impactante frente del Biltmore Hotel, en el lujoso barrio de Coral Gables, tiene una veintena de palmeras que rodean una fuente ubicada en el centro. Uno de los conserjes me contó que una palmera de gran tamaño puede costar hasta 6000 dólares: “Las venden con garantía. Si se enferman, las reemplazan inmediatamente”.

En el caso del Biltmore, las palmeras fueron plantadas cuando no tenían un tamaño tan impactante como el que tienen ahora. “Costaron nada más que 2000 dólares cada una”, me dijo el conserje, sin saber lo que significa esa cifra para los devaluados bolsillos argentinos. Read the rest of this entry »


Especial Cuba: ¿cuánto cuesta?

pesoscubanos.jpgcubaflag1.gifSi no fuera porque odio los manuales, hubiera buscado uno para entender el cambio en Cuba. O bueno, los cambios.

Como en muchos países, cuando uno llega tiene que cambiar dinero. Hasta hace algunos años circulaban los dólares, pero ahora es preciso cambiarlos. Eso no sería nada para el viajero acostumbrado a este trámite. Hay que mal cambiarlos, y eso duele. Desde hace algunos años el dólar está devaluado y por 100 dólares se reciben 80 pesos cubanos convertibles (CUC), un 20 % menos. Lo mejor es llevar euros: un euro equivale a 1,23 CUC.

Los CUC son la moneda local… para los turistas. La vida en CUC no es barata. Un viaje en taxi desde la zona hotelera de Vedado hasta la Habana Vieja cuesta entre 4 y 5 CUC, que serían 6 o7 dólares. Para tener una referencia, comer en los famosos paladares, casas abiertas como restaurantes cuesta entre 8 y 15 CUC por persona. dolaresvolando.jpgLos hoteles, y esto es bueno saberlo, conviene contratarlos en el país de origen por medio de las agencias que el gobierno de Cuba tiene en el exterior, como Havanatur. Si uno llega a pagar la habitación en el mostrador será mucho más caro, el doble tranquilamente. Me refiero a hoteles que si cuestan 60 dólares, llegando a Cuba pueden costar 120. El que vaya en plan mochila siempre podrá conseguir opciones para dormir por 20 dólares -como mínimo- en Cuba.
Las entradas a los museos cuestan entre 3 y 5 CUC y las propinas, el anhelo más grande de muchos cubanos hay que contarlas en el presupuesto.
 

pesomarti.gifLos cubanos viven en pesos nacionales, una moneda que no tiene paralelo con otra. Ellos ganan sueldos en pesos nacionales. Un sueldo oscila entre 250 y 500 pesos nacionales, entre 15 y 30 dólares por mes. Quizás en algún momento les alcanzó para vivir, pero ya no. Por eso la propina es su medio lícito para conseguir una mejora en su salario. Una mucama de un hotel gana 150 pesos nacionales, unos 10 dólares al mes. Pero en propinas saca 50 dólares o más al mes. Por eso, muchos cubanos quieren trabajar en el mundo del turismo. Porque concretamente les cambia la vida. Como también les cambia la vida a los que tienen parientes afuera y les envían remesas del exterior (alrededor del 50% de la población).

monedache.jpgLa vida del turista transcurre en CUC, pero de todas maneras puede acercarse a una Cadeca (casa de cambio) y obtener pesos nacionales. No está prohibido, pero sólo le servirá en algunos pocos paladares. Y -acá va un dato jugoso- para comprar libros. En Cuba existen curiosas ediciones, muchas joyas que pueden llegar a costar 0.20 dólar. Desde clásicos como José Martí y Dostoievsky hasta rarezas como un libro de que usaban los niños en la escuela revoluvionaria de hace algunos años sobre lo interesante que es Vietnam. O un álbum de figuritas con todos los hechos de la Revolución (este último se vende en CUC). Atención con los libros anteriores a 1946, que no se pueden sacar del país. Y ojo, no todas las librerías venden en pesos nacionales. Hay que andar y preguntar. Una de ellas, La Internacional, está en la calle Obispo, frente al edificio de La Moderna Poesía, un monumento al art deco y un buen lugar para encontrar libros (también vende en CUC).

Creo que se supone, pero igual lo aclaro: no hay mercado negro de cambio de dinero. De muchas otras cosas, claro que si.


Especial Cuba: imperdibles de La Habana

p1080841.JPG Miradores. La Habana tiene antiguos edificios para mirar la ciudad desde la altura. El gran Focsa, de 33 pisos, es uno de ellos. En el último piso de esta mole modernista está el restaurante La Roca con espectaculares vistas al Malecón y el Vedado. En la Habana vieja, una joya art deco: el antiguo edificio de la ronera Bacardi, que con la Revolución tuvo que llevarse su marca a otra parte. El edificio es increíble. Y desde el mirador alto se ve gran parte del centro de La Habana: el Capitolio, el Museo de la Revolución y el faro. Consejo: el atardecer es el mejor momento, hace menos calor y el cielo suele estar rosado. Estos son dos, pero hay otros que cada viajero irá descubriendo. Bueno, uno más: el antiguo Hotel Inglaterra tiene un bar en la terraza, que no es muy alta, pero el ambiente es ideal para unos tragos. mojito.jpg

cubaflag1.gifTragos. “Mi daiquiri en el Floridita y mi mojito en la Bodeguita del Medio”, eso dijo Hemingway y eso hacen los turistas más de setenta años después. Como un mandato. Son lugares turísticos, sí, mucho. Y caros, entre 4 y 6 CUC por un daiquiri o mojito. Pero algo tienen estos dos lugares. Siempre hay un grupo de son tocando temas de Buena Vista, y gente bailando pegadita y sonriente. Muchos otros lugares hacen buenos mojitos, con la yerbabuena bien macerada. Uno de los mejores que tomé fue en el bar al aire libre del gran Hotel Nacional, con vista al Malecón.

El Malecón. Del Vedado, un barrio residencial lleno de palacetes rodeados de vegetación espesa se puede bajar al Malecón, mejor si es por la tarde. La mayoría de los paseos es mejor hacerlos por la tarde. Durante el día el calor impide. Y pide dos cosas: sombra y agua. Pero las tardes de Malecón son una delicia: llega la brisa marina y a medida que camina uno atraviesa colectivos habaneros: los pescadores, los enamorados, los hiphoperos y las bricheras, que están en Argentina y en Perú y también aquí. Son chicas que buscan maridos extranjeros y quieren hacer un bridge o puente con otro mundo, supuestamente mejor. No son jineteras, son menos obvias y lo hacen en nombre del amor. Lo que no sabemos es del amor por qué. Lo más probable es que el que salió de tarde llegue de noche a la La Habana Vieja. Cada 50 metros hay una historia y alguien que la cuenta con lujo de detalles. A los cubanos les gusta hablar y lo hacen muy bien.

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Habana Vieja. Aquí hay que caminar y caminar. Por la calle Obispo, una muy turíristica, y por otras, menos conocidas, con balcones llenos de ropa secándose y gente en la calle, siempre con ganas de hablar, de contar. Una día se me hizo de noche. La culpa la tuvo el Museo de la Revolución, que me atrapó. Cuando salí, la ciudad estaba negra. Hay racionamiento de energía y las noches suelen ser oscuras. Pero no es un lugar peligroso, uno se sentirá seguro en La Habana y en Cuba.

¿Fuiste a La Habana? ¿Algún imperdible para recomendar?