Desde Haití: escombros y partidas

Martín González es un camarógrafo argentino que cubre Actualidad para distintos medios de América Latina y España. Hace dos semanas que está trabajando en Haití. Además de registrar lo que quedó de Puerto Príncipe, el otro día le tocó viajar a Leogane, un pueblito cerca de la ciudad que se destruyó en un 80 por ciento. Después de ese viaje, escribió la crónica que sigue (la foto es del autor).
“En mi vida he intentado hacerme el escritor miles de veces y he fracasado sistemáticamente, ahora me encantaría tener un poco más de pluma para contar las cosas que me ha tocado ver y vivir en Haití. Esto que estoy escribiendo es otro intento, pero a veces me pasa que para escribir tengo que pensar demasiado en lo que me tocó ver y acá no tengo la oportunidad de esconderme atrás de la cámara de video, de hacer de cuenta que estoy viendo todo en la pantallita como si estuviera viendo la tele, lejos de lo que está pasando.
No sé qué me hizo pensar que cubrir como camarógrafo la tarea de reparto de agua por parte de la Cruz Roja Española me iba a hacer ver Puerto Príncipe sólo de refilón, para bien y para mal. Pero acá las historias brotan de todos lados, te van pechando, te cachetean, se te cuelgan del pantalón. Te miran con una sonrisa sentadas en un montón de escombros las historias.
Leogane es un pueblito a 35 km de puerto Príncipe, ahí hay un equipo de la Cruz Roja potabilizando agua. Hacia allá fuimos, con Leonel, nuestro chofer que no habla más que creole pero nos entendemos a la perfección. Todos dimos por sentado que el otro sabía dónde se encontraba el campamento de la Croix Rouge Espagnole, media hora más tarde, después de recorrer un pueblo compuesto por ayuda humanitaria, gente en las calles y escombros, llegamos al mentado campamento en el patio de la Ecole Saite-Rose de Lima… y a ahí viene la cachetada!
La escuela primaria dirigida por monjas es un montón de escombros del tamaño de un puño y un poco más. Parados sobre lo que imaginamos habrá sido el aula de 5to grado, José Luis, mi amigo y compañero de trabajo y yo, tratamos de pensar que no estaban en clases cuando ocurrió en sismo, calculamos la hora, hablamos de doble escolaridad. Tratamos de negar el hedor que brota de entre las piedras, no hay mucha más información, ni nosotros ni los del campamento nos atrevemos a preguntar mucho a los lugareños, muy posiblemente, padres.
Ya en una de las carpas del campamento, a escasos 30 metros del montón de escombros que era una escuela, donde un montón de niños tomaban nota hace una semana atrás, nos encontramos con mapas, cajas, radios y una foto: 43 niñas y un monja nos miran, todos sentados en sus pupitres, la mayoría serios, con sus trajecitos impecables. Confirmé lo que ya sabía, el impacto de las imágenes y el valor que tiene el hecho de que quede un registro, un recuerdo. Ahora las historias truncas que se quedaron ahí abajo tienen un rostro y eso pega fuerte.
A la noche en mi tienda de campaña, trato de imaginar cómo fueron los minutos anteriores al terremoto, las risas, los vestidos impecables, la maestra de catequesis o de matemáticas escribiendo en el pizarrón, el calor hasta que en un determinado momento todo se empezó a mover y ahí mejor pará de pensar Na mio rengue kyo, a poner la mente en blanco.
A la mañana siguiente un poquito antes de que emprendiéramos el regreso nos acercamos nuevamente al montón de escombros, la idea era investigar los papeles que quedaron desparramados en un sector. Entre esos papeles estaban las copias de las actas de nacimiento de Dergelie, Brenda, Shanaïca, Djoseline, Mihalel. Ya no son un montón de escombros lo que veo”.


“Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo. Hay cierta placidez codiciosa en ellos. En nosotros, mejor dicho. En puerto nos convertimos automáticamente en Peregrinator americanus, Die Lumpenamerikaner. La Gente Fea. Para mí, la boviscopofobia (=el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino) es una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto. Es en puerto donde me siento más implicado y visiblemente cómplice. Casi nunca he salido de Estados Unidos, y nunca como parte de un rebaño con ingresos altos, y en puerto -incluso aquí arriba de todo, en la cubierta 12 y limitándome a mirar- soy nueva y desagradablemente consciente de ser americano, del mismo modo que siempre soy consciente de ser blanco cuando estoy rodeado de gente no blanca. No puedo evitar pensar cómo deben vernos ellos, esos jamaicanos y mexicanos impávidos, o especialmente cómo nos ve la tripulación inferior no aria del crucero Nadir. Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel; insisto mucho en llevarme mi bandeja en la cafetería y doy gracias de forma efusiva incluso por el más pequeño servicio. Como hay tantos de mis compañeros de crucero qeu gritan, yo me enorgullezco especialmente de hablar en tono ultrasilencioso con los tripulantes que hablan mal el inglés.”
Alerta de tormenta tropical en vacaciones. Me pasó hace un par de años. Viajé a Sint Maarten/Saint Martin, la isla mitad holandesa y mitad francesa, que se hace publicidad con eso de “dos países, dos vacaciones”. 


Este mes la revista de viajes
Después de un rato de navegar más profundamente, veo que la mayoría del turismo subacuático no pasa de un anuncio. Las páginas de Internet de algunos hoteles en el fondo del mar están muy bien diseñadas y se repiten en sitios y blogs, siempre con la misma información. Las páginas muestran renders de los cuartos, con un jardín de corales en la puerta. Hasta es posible que salgan tentadoras burbujas. Pero no hay contactos ni teléfonos ni coordenadas para ver el estado actual de los proyectos. Como si fueran burbujas de ciencia ficción que en cualquier momento se pinchan y no queda nada.
Encontré novedades. La que más me interesó fue el transporte en el fondo del mar, los submarinos personales, que se presentan como el último hit del turismo submarino, que por supuesto es una modalidad sólo para unos pocos. Y sí, el nombre que más se usa para los submarinos es Nautilus, como ese gigante autosufciente que describió Julio Verne en “
Paraíso o edén, del hebreo, delicia. En el periodismo de viajes se usan indistintamente, cuando uno juzga que un lugar, supongamos Saint Martin, es más que hermoso, más que magnífico, más que asombroso. Entonces, no queda otra: ¡Es el paraíso!

En Bahamas, 





