Al final del día

Hace poco estuve en Honduras. Un día me tocó tomar un vuelo tempranísimo, esperar en un aeropuerto, y después viajar cuatro horas por una ruta llena de pozos grandes como cráteres hasta las ruinas de Copán.

Ahí, me recibió la gente de turismo del lugar y, sin parar y todavía mareada por tanto viaje, a recorrer el pueblo, saludar gente, escuchar historias, ver cuartos de hoteles. El día no terminaba nunca, me pregunté cuánto faltaría para llegar a una cama y soñé con un trabajo más rutinario, con hora de entrada y de salida.

En un momento, al caer la noche, me llevaron a una finca cafetera. Estaba rodeada de bananos, helechos, orquídeas y heliconias en flor. Hacía calor, se sentía el trópico. Enseguida, se largó a llover. Era una lluvia constante, decidida, espesa. Llovió durante horas, como podría llover en Macondo, como si fuera a llover toda la vida. Cené con velas en una galería mirando llover mientras una arqueóloga vasca me contaba cómo encontró en Honduras su lugar en el mundo.

Cuando paró el agua, se escucharon millones de grillos, el sonido era más fuerte que las olas cerca del mar. En vez de ventanas mi cuarto tenía mosquitero, apenas un mosquitero me separaba de la selva. Estar ahí me pareció un lujo y antes de irme a dormir creí que tenía el mejor trabajo del mundo.

(La foto es de la mañana siguiente, un día luminoso, con lluvias esporádicas y, como los anteriores, muy húmedo)


De San Pedro Sula a Copán Ruinas

Viajar de San Pedro Sula a Copán Ruinas, el pueblo desde donde se visita la ciudad maya, lleva unas cuatro horas en auto. Podría ser menos sin estos cráteres de la ruta. No se los puede llamar baches ni pozos, cráter es el término más apropiado y el que usa Quintanilla, mi chofer. Cada tanto frenamos: dos o tres adolescentes con palas en el medio de la ruta llenan los cráteres con tierra de los campos vecinos. Piden unas lempiras a cambio. Lempira, la moneda hondureña tiene el nombre de un capitán de guerra que luchó contra los españoles. Un dólar son unas veinte lempiras. Una baleada, tipo un taco con tortilla de harina, que viene con frijoles, yuca y papa cuesta unas ochenta lempiras.

La ruta está llena de curvas y el paisaje es verde intenso. Verde lluvia. Hay puestos de venta de piña, coco, bananas, un motel que se llama Mi primera ilusión y un hombre que lleva su ganado cebú hacia algún campo del otro lado de la ruta. Hay camiones Mack y buses amarillos como los que en Estados Unidos trasladan los chicos a la escuela, pero éstos llevan pasajeros. Unos y otros se compraron usados en el país del norte. Hay campesinos con sombrero de vaquero que descansan a la sombra de una ceiba sin soltar su machete, y una canchita de fútbol que se llama Camp Nou Copán.

–Ese cráter me dolió hasta el corazón.

Habla Quintanilla, el chofer, que tiene dos hijos, Gerald y Chelsea. Quiso cambiar porque dice que ya se escucha bastante Pedro y Juan.

También suenan Doris Melissa y Geraldina Milagros. Por acá los nombres son exuberantes como el paisaje. Como la naturaleza, como las ferias tropicales donde se consigue comida, ropa, tornillos y café.

Finalmente, Copán Ruinas, donde se puede ver lo que queda de la gran ciudad maya.


Otra isla a mediodía

El hombre de bermudas estampadas se acerca a la ventanilla y mira hacia abajo con interés. Estamos en un ATR 42, un avión a hélice para unos veintitantos pasajeros, aunque hoy somos diez. Apoyo la frente en la ventana y hago lo mismo. Entonces veo la isla larga, rodeada de arrecifes, y un mar de zafiros, turquesas y aguamarinas. La playa como una cinta blanca, techos, algunos botes pesqueros y una maraña de selva en el centro ondulado. El paisaje está en silencio, como en un cuadro. El avión sobrevuela Roatán, en Honduras, y no puedo dejar de mirarla.

Recuerdo a Marini, el personaje de La isla a mediodía, el cuento de Cortázar. El tipo era un auxiliar de abordo que en la ruta Roma-Teherán volaba sobre las islas griegas. Él miraba una sola isla, siempre la misma. Supo que se llamaba Xiros y soñaba con estar algún día ahí. Con cambiar su vida, olvidar el pasado y vivir de la pesca y con poca ropa en Xiros. La tripulación lo llamaba el loco de la isla porque cuando hacían esa ruta Marini dejaba todo para sentarse a mirarla. Era siempre el mediodía cuando sobrevolaban Xiros. Como ahora, justo el mediodía y tengo la mirada en la isla, que de repente se cubrió de nubes espesas. En Grecia no llueve tanto como en el Caribe. Me imagino que Marini nunca vio a Xiros entre nubes.

Escribí más sobre Roatán en la edición de diciembre de la Revista Lugares.


El mismo canal, otras manos


Dentro de poco se cumplirán cien años de la construcción del Canal de Panamá. “Desde que tomamos el control del canal todo cambió, ahora nuestro país es verdaderamente independiente”, me dice un empleado de impuestos en el Mercado de Mariscos, donde comí un vaso de ceviche de corvina por dos dólares. Y después me cuenta sobre los estudiantes que en 1964 se aventuraron a la Zona del Canal, que pertenecía a Estados Unidos, e izaron la bandera panameña. Fue un 9 de enero, que terminó con violencia y muertos. Hoy se celebra el Día de los Mártires en el país. Gracias a ese episodio se reabrió un acuerdo internacional de 1903 que cedía a Estados Unidos el control del canal a perpetuidad.

El 31 de diciembre de 1999 –después de veintidós años y por los Tratados Torrijos–Carter de 1977– Estados Unidos le transfirió el control del Canal a Panamá. En 2006 se aprobó el Referendum por la ampliación, y hoy casi todos los panameños con los que me cruzo están pendientes del canal y les gusta hablar de eso. “¿No leyó en el diario que ya llegaron las compuertas, “¿Escuchó que los chinos quieren construir un canal en Nicaragua?”, “¿Sabe que en el Canal trabajan más de diez mil empleados?”. “Cuando visite el Causeway piense que esa carretera se hizo con tierra de la construcción del canal”.

El día que visito las Esclusas de Miraflores el cielo está negro y, cada tanto, los rayos hacen un tajo eléctrico entre las nubes. Las esclusas se usan para subir y bajar los barcos que van de un océano a otro. No es que haya diferencia de altura entre el Atlántico y el Pacífico, es porque el Lago Gatún está a 23 metros de altura.
Allá lejos veo dos gigantes que se acercan, uno carga granos y el otro, combustible. Dos pesos pesados que aunque se ven cerca tardarán unos cuarenta minutos en llegar. Me da tiempo de recorrer los tres pisos del museo, que cuentan la historia de la construcción del Canal.
Llegan los enormes barcos y pasan lento hacia algún puerto del Pacífico.


Cayos Zapatilla

En los Cayos Zapatilla, en Bocas del Toro, Panamá, la arena parece harina cuatro ceros de tan blanca y fina. Es tan chico que en  media hora se le da la vuelta. De un lado del cayo vi las huellas sobre la arena de las tortugas carey, que vuelven al mar después de desovar, y encontré una tortuguita que no podía llegar al agua porque se había quedado atrapada en la arena. Hicimos un meeting con un par de turistas y alguien que cuidaba el parque nacional y la acercamos al mar.

Del otro lado del cayo, a la sombra de una planta de uvas de mar, había una lancha que se llamaba Damián espérame. El dueño descansaba mientras sus turistas se bañaban. Al ver que le tomaba una foto, se incorporó y me contó la historia del nombre de su nave. “Hace unos seis años mi hijito Damián era pequeño y yo me iba a trabajar con turistas a las islas y no regresaba por varios días porque el combustible era caro. Entonces él lloraba y lloraba, y yo le decía: Damián, espérame. Espérame Damián”.

Hoy Damián tiene nueve, ya no llora cuando el padre se va y le gusta que la lancha lleve su nombre y el recuerdo de aquella época.


Hablemos de langostas

Las siguientes escenas transcurren en el archipiélago de San Blas, frente a la costa de Panamá. Lugar de los kunas, territorio indígena autónomo.

Blanco, el guía, se calza las patas de rana y la máscara. Lo sigo. El tipo es morrudo como un boxeador, tiene la piel del color de la corteza del coco maduro y nada rápido como un delfín. Nos alejamos de la costa por el Caribe tibio. La playa se ve cada vez más chica, nadamos más de un kilómetro. Blanco avanza. No voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones.

Pasamos por un banco de arena en el medio del mar y después sí, me dice, llegan los peces de colores. Tiene razón: veo corales abanico que se mecen como si hiciera calor y alguien los moviera. Peces amarillos y azules, un pez loro y otro camuflado en el suelo que se llama escorpión, una banda de peces espada del tamaño de un cuchillo de cocina y un erizo.

Blanco está entretenido en otro tema. No entiendo bien qué hace, parece que busca algo en el fondo del mar. Cada dos por tres se hunde con técnicas de apnea, se acerca a una cueva, mira y después mete el brazo adentro, hasta el codo. Cuando no aguanta más sale a respirar, ahí le pregunto:

–¿Qué buscás?

–Langostas.

Lo sigo. Las turistas italianas que toman sol en la playa se desfiguraron, las veo como puntitos oscuros en la arena. Estamos muy lejos de la costa y buceamos langostas.

–¿Y si hay un erizo en la cueva, ¿no te pinchás?

–Me puedo pinchar, por eso miro antes.

La forma de cazar langostas es con un palo y un aro de alambre en la punta. Pero Blanco no los tiene y no le preocupa: para él cazar langostas es como jugar a la escondida, hace esto desde chico, le gusta y es una fuente de alimento y trabajo. Por una langosta le pagan cinco o seis dólares. Pero no tenemos suerte, es una raza brava y escurridiza: Blanco se queda con las ganas y las antenas de dos que se le escaparon en los recovecos de una cueva.

–Hay que venir de noche, con linterna. Ahí no se escapan.

Volvemos nadando a la playa y en lancha a Yandup, la isla donde están las cabañas. A la tarde, desde mi cama veo una isla no mucho más grande que una calesita, tiene un racimo de palmeras y nada más. Me imagino que quizás la abordaron piratas en otra época y escondieron un tesoro y tengo ganas de ir a buscarlo. A la noche pienso qué libro podría llevarme a esa isla desierta.

Cuesta volver a calzarse después de vivir en ojotas. A la mañana temprano voy en bote hasta la pista de aterrizaje. El tipo de avión se elige según la cantidad de pasajeros. Esta vez venían pocos porque es un Britten-Norman Islander para nueve. Después de que me pesan, me acomodo cerca de una ventanilla. El copiloto se trepa al ala para chequear el combustible. Somos tres pasajeros. Miro hacia la puerta trasera y veo acercarse a un nativo de Playón Chico. Trae una enorme bolsa que se mueve como si la rasguñaran desde adentro. Todas las langostas que Blanco no pudo cazar viajan a los restaurantes de Panamá.
Mientras lo ayuda a acomodarla en la cola del avión, el piloto le dice:

–Dígale al saila (el jefe de los kunas) que el comandante también come langostas.

En la siguiente escena el nativo mira al piloto con gesto amigo, abre la bolsa, saca una langosta viva y extiende el brazo para acomodarla así, suelta, arriba de un bolso. Con una sonrisa enorme –seguramente pensando en cómo comerá el bicho en la cena– el piloto trae con una bolsa, guarda la langosta y se la lleva a la cabina. Enseguida despegamos todos: los tres pasajeros, piloto, copiloto y  langostas.
Desde el aire, las islas de San Blas se ven como lunares en el mar.


¿A usted le gusta esto?

Viajamos en el mismo avión de pocos pasajeros, pero recién la vi en el aeropuerto. Era regordeta, de ojos verdes brillantes. Tenía un pantalón azul y cara de enojada. Unos sesenta y pocos, el pelo recogido, tirante, como una bailarina. Su marido se comportaba como príncipe consorte, ella era la reina.

Íbamos al mismo hotel, lo supe cuando subió a la combi. Hotel Playa Tortuga, un todo incluido en el caribe panameño con buena piscina y un pulpo a la parrilla para recomendar. Temporada baja, poca gente.

La reina resultó ser ecuatoriana. Una ecuatoriana que vivía hace treinta años en loEstadoUnidos y poco le quedaba de la gracia de su país. Ni bien salimos del aeropuerto me saludó y después de intercambiar tres o cuatro palabras dijo:

-¿A usted le gusta esto? Yo no veo nada de bello.

Me pareció un comentario fuera de lugar por eso no me di vuelta para contestar. Seguí mirando por la ventanilla las palmeras, casas rústicas color pastel típicas de una isla del Caribe. En los colores, la música y cierto estilo despreocupado y caluroso las islas del Caribe se parecen bastante.

Esta mujer era de las que no necesitan respuesta para seguir hablando.

-Me dijeron que aquí había mansiones y mire… Nada de eso. Yo estoy buscando un lugar donde pasar los próximos veinte años y vine a ver aquí porque me dijeron era un paraíso. Traigo dólares pero hasta ahora no me gusta.

-A mí me gusta lo que veo -le respondí.

Habíamos hecho dos o tres kilómetros del aeropuerto y la reina tenía cara de asco. Como si hubiera visto un plato que no le provoca comer. Llegamos al hotel, bajé rápido de la camioneta para que no me hablara más. Me dieron la habitación número 23. Desde la terraza se veía el mar verde claro, algo parecido a los ojos de la reina que, como muchos otros gringos que me crucé, buscaba un lugar amable, barato y con sol donde vivir sus años de jubilada.

Prendí el ventilador de techo, puse la memoria nueva en la cámara y salí a andar. En el pasillo me los encontré, reina y consorte: les habían dado la 24. Por qué hacen eso, me pregunté, si el hotel está vacío. Deberían dejar por lo menos una habitación como zona de amortiguación.

Día de playa, de luz intensa, miles de palmeras, licuados de frutas, snorkel con peces amarillos y violetas, azules, naranjas con turquesa. Día de mar, de recorrido por islas desiertas.  Después de tantas playas, uno vuelve bronceado, salado, emocionado.
Hasta la reina que buscaba  refugio para la vejez estaba contenta cuando la crucé el segundo día. Igual se quejaba, siempre se quejó.

-¿Por qué hacen siempre el pescado frito? -le espetó a una camarera- Por qué no lo sancochan, ¿eh? Si quieren yo puedo enseñarles a hacer un sudado de pescado, me ¿oyes? Dícelo a tu jefe.

Cuando se enteró de que era periodista de viajes me pidió el correo para preguntarme dónde podría invertir sus dólares, quería que le escribiera si veía algún buen lugar para pasar los últimos veinte años de su vida.

-¿Y qué me dice de Argentina? ¿Dónde podría ser? ¿Cuánto vale una casa donde están las cataratas?

Por suerte, esa tarde ninguna llevaba birome y lo del correo quedó para otro día. Durante el resto del tiempo que estuve en el Hotel Playa Tortuga tuve dos propósitos: no llevar birome y tratar de esquivar a la reina ancha y a su marido retraído que por las noches roncaba como brontosaurio.


Chicas del Caribe, según Mavado


MUSA, el museo subacuático de Cancún

A pesar del envión de las patas de rana, avanzo lento entre las olas. Es un día ventoso y el Caribe está un poco revuelto. Cuando puedo hago foco en el fondo. En este momento, nado sobre una enorme bomba de tiempo. Redonda y con una mecha en una punta, me recuerda a las de Tom y Jerry. Está a unos cinco o seis metros, sobre el lecho marino. Y me tranquiliza saber que no va a estallar.

La bomba de tiempo es una de las más de 400 esculturas que integran el MUSA, el Museo Subacuático de Arte que hace un par de años se crea en los alrededores de Cancún. El verbo en presente es porque continúa en formación: este verano sumergirán otra tanda de esculturas. Así hasta llegar a mil.

El coleccionista de sueños perdidos, El hombre en llamas, La jardinera de la Esperanza, La Última Cena, las esculturas tienen escala humana, son de cemento y están distribuidas en varias galerías submarinas: el Parque Marino Nacional Costa Occidental de Isla Mujeres, Punta Cancún y Punta Nizuc.
¿Por qué?, ¿para qué?, me pregunto mientras paso sobre un hombre hundido que mira tv echado en un sofá, con una lata de gaseosa en la mano y una ramita de coral en el ojo. Todo menos el coral es de cemento, y el objetivo es ése: que vuelva el coral.

Según estadísticas de las Naciones Unidas, desde décadas pasadas se ha perdido más del 40% de los corales naturales y los científicos predicen una pérdida permanente del 80% para el año de 2050. La sobrepesca, el exceso de visitantes y los efectos del cambio climático y los huracanes provocaron el debilitamiento de los arrecifes de coral. El objetivo de estas esculturas es formar un arrecife artificial, que atraerá esponjas, corales y otros microorganismos. En muchas de obras se han plantado gajos de corales de fuego.

El artista inglés que construyó las esculturas, Jason deCaires Taylor, que ya hizo otro museo submarino en la isla volcánica de Granada, debe ser un tipo sin demasiado ego. A medida que la flora submarina avanza, las obras de arte tienden a desaparecer. Pierden los rasgos, cambian de color, se van cubriendo de corales abanico, estrellas de mar. Las rodean manta rayas, las atraviesan caballitos de mar y cardúmenes de pequeños peces espada. Según ha declarado, DeCaires apunta a una simbiosis entre el hombre, el arte y la naturaleza. Y también busca mostrar la amenaza que enfrenta el océano.

Con la atención concentrada en los nuevos arrecifes artificiales, el Gran Arrecife Mesoamericano, el segundo de mayor tamaño en el mundo, puede descansar y regenerarse sin la presión de los visitantes.
En las distintas galerías del fondo del mar se pueden ver un VW escarabajo o vochito, como le llaman en México, y también a varias personas que viven Cancún y que Taylor tomó como modelos. Como “el Rosario”, su primer profesor de español cuando llegó a Cancún, Joaquín, un pescador local o Lily Chacón, en quien se inspiró para esculpir La Mujer embarazada.

Además del recorrido artístico, durante la excursión de snorkel es fundamental estar atento para descubrir los ojos de una raya camuflada en el fondo del mar, la boca que parece pintada de rojo del pez loro, una langosta agazapada en una roca. Después de un rato, vuelvo al barco, donde sigue la música latina y los marineros me ofrecen algo fresco para tomar.


Islas Caimán: el Caribe británico

El mar está a dos metros de donde aterrizó el helicóptero. Turquesa y calmo. Las aspas del vuelo anterior todavía giran y no se escucha nada. Entiendo que en unos minutos vamos a sobrevolar los hits de Gran Caimán, la mayor de las tres islas de este país caribeño.

A pesar del adjetivo, Gran Caimán mide apenas 35 kilómetros de largo por 12 en la parte más ancha. La más angosta es la que sobrevolamos ahora, Seven Mile Beach, una franja de casi nueve kilómetros de arena clara. Ahí están los hoteles, las mejores playas y, muy cerca, el centro.

En este número de la Revista Lugares escribí -y saqué fotos- sobre las Islas Caimán, exclusivo destino de playas a una hora de Miami, con excelente gastronomía, un jardín botánico de donde será difícil irse y la posibilidad de interactuar con tortugas marinas, iguanas azules, rayas y delfines.

En esta edición, también, notas de la Polinesia, Punta del Este y Caraíva, una aldea al sur de Bahía, con calles de arena y un ritmo pausado. Un lugar para no llevar tacos altos ni notebook. Y una guía de hoteles de la costa argentina, uruguaya y de Florianópolis.




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