El extraordinario viaje de Miguel B.
Ignacia Uribe es una periodista y directora audiovisual chilena. Viajera incansable, intenta cumplir la meta de conocer 50 países a los 25 años, y ya va en el número 45. Me escribió hace unos días para contarme que tenía un texto para Viajes Libres: la tremenda historia de Miguel, que pueden leer debajo de la foto.
A Miguel lo conoció el 16 de julio de 2009, día de la Virgen del Carmen, cuando tomó su servicio “puerta a puerta” desde Barranquilla a Santa Marta. Se volvieron a ver el año pasado, cuando Ignacia lo grabó para hacer un cortometraje documental. Actualmente, él sigue manejando por la costa colombiana mientras ella prepara un viaje al sudeste asiático.

“Miguel se contagió la poliomielitis cuando tenía pocos años de vida. Su padre siempre le tuvo rencor, lo encontraba inútil. Hasta que un día, cuando Miguel tenía 5 años, lo metió dentro de un saco y lo tiró lejos, dejándolo a la suerte de los lobos, en un pueblo del sur de Colombia. Contra todo pronóstico, el niño logró escapar y se puso a caminar. Anduvo largamente, hasta que encontró una casa donde lo recibieron y lo cuidaron. Pero al poco tiempo lo echaron, debido a su enfermedad. Así pasó un par de años, vagando por Colombia de hogar en hogar: al principio todos sentían pena por él y lo acogían, pero luego lo dejaban en la calle otra vez. La poliomielitis avanzaba implacable.
A los 7 años llegó a Barranquilla. Unos marineros se compadecieron de él y lo subieron al barco, pero cuando estaban en Panamá el niño ya era un estorbo y lo dejaron ahí. Miguel vagó un tiempo por el puerto, hasta que conoció a los tripulantes de un crucero inglés. El capitán se encariñó con él, le prometió ayudarlo, y lo llevó a una isla europea donde se recuperaban ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Dijo que volvería a buscarlo dentro de ocho meses.
En la isla lo operaron y le pusieron unos aparatos en las piernas y brazos, los que debió usar y ajustar durante años. Cuando pasaron los meses y el capitán no volvió, los doctores decidieron dar a Miguel en adopción. El problema era que nadie quería a un niño con rasgos indígenas. Entonces, la solución fue la cirugía plástica: le cambiaron la nariz, los pómulos, las orejas. Justo cuando una pareja húngara se interesó en él, el capitán volvió. Habían pasado dos años, Miguel estaba curado y se fue con él.
Ahí empezó a trabajar en la empresa de cruceros inglesa, que más adelante se convertiría en la Royal Caribbean. El capitán fue su segundo padre. Miguel creció en los barcos, donde aprendió todos los oficios imaginables –a cocinar, a utilizar los instrumentos de navegación, etc.-, y también a hablar otros idiomas. Pero nadie le enseñó a leer. En ese mundo vivió cerca de 30 años. Cuando era un veinteañero, tuvo un hijo con una chilena. “Me bajo en el próximo puerto”, le dijo ella al entregarle el bebé. Y Miguel lo cuidó como nadie lo hizo con él.
Después de que sus viajes en barco lo hicieran dar la vuelta al mundo innumerables veces, volvió a Colombia. Enfrentó a su padre y descubrió que su madre se había separado de él por lo que le había hecho. Hoy tiene poco más de cincuenta años, camina lo más bien y vive en Barranquilla junto a su hijo. Ambos manejan un servicio “puerta a puerta” que van desde esa ciudad hasta Santa Marta. Miguel hace el viaje diariamente ida y vuelta, por un camino que bordea el océano. A veces extraña la vida en el mar, pero cree que Colombia es el mejor país del mundo para vivir y que manejar es como navegar a menor a escala. Y aunque se pone triste cuando cuenta su historia, se siente un hombre afortunado. Un hombre afortunado que está aprendiendo a leer“.






Si no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay sol, calor y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.
Rewind. A Charly lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta en un piso 25. Después un par de veces, en el civil y en la fiesta de casamiento de una amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de estar con su novia, me miró. También lo miré, cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.
Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
“Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo. Hay cierta placidez codiciosa en ellos. En nosotros, mejor dicho. En puerto nos convertimos automáticamente en Peregrinator americanus, Die Lumpenamerikaner. La Gente Fea. Para mí, la boviscopofobia (=el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino) es una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto. Es en puerto donde me siento más implicado y visiblemente cómplice. Casi nunca he salido de Estados Unidos, y nunca como parte de un rebaño con ingresos altos, y en puerto -incluso aquí arriba de todo, en la cubierta 12 y limitándome a mirar- soy nueva y desagradablemente consciente de ser americano, del mismo modo que siempre soy consciente de ser blanco cuando estoy rodeado de gente no blanca. No puedo evitar pensar cómo deben vernos ellos, esos jamaicanos y mexicanos impávidos, o especialmente cómo nos ve la tripulación inferior no aria del crucero Nadir. Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel; insisto mucho en llevarme mi bandeja en la cafetería y doy gracias de forma efusiva incluso por el más pequeño servicio. Como hay tantos de mis compañeros de crucero qeu gritan, yo me enorgullezco especialmente de hablar en tono ultrasilencioso con los tripulantes que hablan mal el inglés.”







