A fuego lento

Receta bordada en el taller de Guillermina Baiguera, por V. Godoy.
Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.
No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.
El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.
También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.
El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)
Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.
Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.
A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.
Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.
“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.
Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.

Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla:
- Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años.
- Ah… ¿Y?
- Un par de veces los llamamos y no logramos comunicarnos. Ahora se nos ocurrió que como vos estás con interné y la ré social capaz que los ubicás. ¿Te podrás fijar un minuto? [...] Mirá, la cosa es así: nosotros veníamos de Galicia, habíamos visitado a Moncho, un tío cura que nos regaló una vianda con quesos, jamón, chorizo y frutas como para cuatro días y manejábamos por Asturias hacia la frontera con Francia cuando nos hizo dedo una parejita de unos veinte años. Parecían unos pibes divinos así que paramos, los subimos y seguimos viaje.
- Pa, te llamo más tarde que estoy terminando una nota…
- Perá, perá que te cuento rápido: al principio, no hablaban nada. Mamá practicaba lo que sabía de francés con ella, el pibe no decía ni mu y yo manejaba. Me acuerdo que ahí nomás del puente romano de Cangas de Onís hicimos un picnic con todos los manjares que nos habían llegado de arriba. ¡Hasta teníamos molete!
- ¿Qué es molete?
- Un pan de Galicia, ¡el pan que comía tu abuelo!
- Nos fuimos enterando de que la parejita se había conocido hacía pocos días atrás, haciendo el Camino de Santiago. Recorrimos la costa verde española, pasamos por pueblitos cercanos al mar donde, en aquella época, la gente hablaba asturiano muy cerrado. Me acuerdo cuando llegamos a Cudillero, ¡qué barbaridad ese lugar! Un puertido todo pintado de blanco. Era la primera noche y…
- Pa… te corto y en un rato te llamo, ¿dale?
- Ya termino, che.
- Era la primera noche y teníamos que encontrar lugar para dormir. Las mujeres del pueblo se gritaban de casa a casa: Oye, ¿tienes habitación pa unos argentinos? Así hasta que nos consiguieron una señora que alquilaba dos habitaciones. Estaba limpio y era barato, los francesitos chochos. A la mañana siguiente, la chica se esforzaba en explicarle a mamá que el chico era su amigo, que no pasó nada entre ellos, imagináte ahora…
- Listo, los busco, ¿cómo se llaman?
- Así seguimos viajando cuatro días. Yo no hablaba nada de francés y él ni una palabra de español, y al final nos entendíamos lo más bien. Cuando nos separamos quedamos en vernos en París, donde ellos vivían. Nos invitaron a la casa de los padres de ella, qué casa por Dios. Tomamos un tren, me acuerdo que antes de ir yo me afeité porque tenía barba de diez días, y me compré una camisa… Nos recibieron muy bien, con pastis y una carne tipo pesceto, tan crudo que mugía.
(Si mi viejo vivera en Chile ya lo hubieran medicado para hacer el famoso “cuento corto”)
- Te lo resumo…
- ¡Por favor!
- Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, recibimos una invitación formal a su casamiento. Sería el año 72. ¡La puta, cómo pasa el tiempo!
- Eso digo yo… Entonces, ¿los nombres?
- Sí, te leo del papelito que encontré en el cajón que ordenamos esta mañana. ¿Estás anotando? El pibe se llama Jacques Satre y ella, Mireille Billon. Como un billón de dólares.
(O como una historia en un billón, de amigos que se conocen en el camino y no se vuelven a ver nunca más. Antes y después de interné.)
De los 100 empleados que trabajan en el ferry que cruza el Mediterráneo de Civitavechhia a Barcelona, unos 50 son filipinos. Richard Morales Reguera es camarero, de Manila. Como muchos, porta apellido pero no habla español.
Hace 5 meses que está embarcado. Levantó mi plato en el alumerzo y en la cena, intercambiamos algunas palabras y le saqué esta foto.
Antes de llegar al puerto de Barcelona nos volvimos a cruzar. Esperaba cerca del ascensor, para ayudar a algún pasajero a llevar su valija y ganarse una propina. Todos bajábamos y él se quedaba. Nosotros a tierra firme; él, al mar. En 6 meses casi no baja del barco. Quizás, una tarde o una noche, cada tanto, en algún puerto. A veces, tiene mareo de tierra.
Antes de despedirnos me pidió que le mandara su foto y dijo: “Ahora ustedes se bajan y nosotros preparamos la cena para los pasajeros que suben en un rato, y al día siguiente les damos el almuerzo. Después ellos también se bajan y suben otros, y otra vez la cena y el almuerzo, y así durante seis meses. Da lo mismo el puerto, nosotros estamos embarcados”.
Cuando termina el largo período de vida suspendida vuelve a su casa, en Manila. -¿Conocés Manila?, preguntó mientras cargaba mi valija. Le respondí que no, que me encantaría. Y siguió: “Eso sí que es hermoso. Ahí la arena es blanca y finita y el mar es muy azul”.
Las últimas palabras tuvieron un marco de fondo: el ferry enorme y atrás el mar… muy azul.
Las palabras son las mismas, pero él las pronunció con tanto amor por su tierra que por un segundo el Mediterráneo pareció gris y el Mar del Sur de la China, azul único. El más azul entre los azules.
Sagrada Familia, Barcelona. Subo a un taxi con amiga del alma e hija. El taxista -de unos treinta años, morrudo, barba de dos días, aro brillante en la oreja derecha- acomoda a la bebe en el bebesit y pone el auto en marcha.
Luego de cruzar algunas calles siente la necesidad de contar que en tres meses nacerá su primer hijo. Mi amiga le pregunta el sexo, y cuando él responde que será varón, ella indaga por el nombre. Jorel, dice él, pronunciado yorel. Agrega que es un nombre hebreo y que la mujer preferido Joel, pero finalmente accedió.
No fue fácil. Discutimos. Ella decía Joel y yo Jorel. “Que Joel, hombre; que Jorel,mujer”. Como estábamos atascados, le dije que preguntáramos entre los conocidos más cercanos. El más votado sería el vencedor.
Le pregunto si buscaban nombres judíos. Entonces me mira por el espejo -sólo le veo un ojo, se ve serio- y dice: “No, Jorel es el papá de Superman”. Se escribe con guión Jor-El, pero nosotros se lo pondremos todo junto.
-Ahh.
Cuando nota nuestra ignorancia, explica de Smallville, la serie que cuenta la adolescencia de Superman, dice que además de Jor-El está Kal-El, que es Supermán (según pronunciación).
- ¿Y por qué no le pusiste directamente Kal-El?
-Claro que yo quería, por supuesto -vuelve a mirar por el espejo-, pero no pude convencer a la mujer. ¿Entiendes? Hasta Jor-El accedió. Más no pude lograr.
Después sigue contando de Smallville. Es fanático, vio todos los capítulos. Entonces suelta la frase para el bronce. “He visto hasta la novena temporada. Es lo máximo. La décima ya está, pero todavía no he podido porque está subtitulada y no consigo leer y mirar la imagen al mismo tiempo. He tratado, pero joder, que no puedo. Mi mujer sí que lo consigue, no se cómo lo hace”. (Léase con acento gallego, de Vigo).
Aunque habla muy en serio, no se ofende por nuestras carcajadas, tan fuertes que las podría haber escuchado Messi desde el Camp Nou. Barcelona pasa por la ventanilla. Los edificios modernistas, los turistas acalorados, las estaciones de Bicing, parques, iglesias, museos, La Pedrera. La ciudad pasa, iluminada por el sol de la tarde. Pero el paisaje del interior del taxi es capaz de matar a Gaudí. Hoy, el paisaje está adentro y no afuera. Del Jor-El de Kryptonia no sé nada, del que llega en tres meses me animo a afirmar que se va a divertir.

Fue el sábado a la tarde, cerca del Arco de Triunfo. Más precisamente, después de cruzarlo. Estaba buscando una librería cuando me encontré con estas chicas tan lookeadas. No había sólo cuatro, eran más de treinta medio lolitas medio conejitas medio rococó medio cupcake medio góticas medio manga, medio infantiles, medio sexys. Del todo pop. Después me enteré que se reinauguraba Madame Chocolat, un negocio que vende ropa de este estilo.
Gal, así se llama esta tribu urbana nacida en Japón, fanática del cuidado de la ropa, el pelo, el maquillaje. “Gal viene de gyaru, me dijo una de las chicas, son chicas japonesas que imitan el estilo occidental, googlealo y vas a entender. Y sacó una revista, Egg, para que viera de qué se trataba. Más de cincuenta páginas llenas de chicas como ellas pero asiáticas. Esa noche leí que Egg es la biblia de las de las gal, abreviación de girl, en inglés, y gyaru, en japonés.
De cerca, las chicas tenían una gruesa capa de maquillaje, brushing, extensiones y mirada de muñecas. Durante la semana se visten sin brillos para estudiar y trabajar, pero cuando llega el sábado pasan horas frente al espejo y bajo el aire caliente del secador. Me imagino que si fueran a Tokio, lo primero que harían sería ir a Shibuya 109, un centro comercial dedicado a chicas de veintipico. También me imagino que de las palabras que saben en japonés, la que más les gusta es kawaii.
Mientras escribo estas líneas, Ignacio M. está en el aire. Vuela a Buenos Aires después de vivir diez años en Barcelona.
Vino con la crisis y se va con la crisis. Tiene 30 años. Se lleva dos valijas pesadas y muchas ganas de volver a vivir en Argentina.
En sus dos viajes formó parte de una tendencia: argentinos que venían a buscar un futuro mejor después de la crisis y argentinos que se vuelven por muchos motivos, pero la crisis española es uno de ellos.
En estos diez años en Barcelona trabajó de muchas cosas y estudió Psicología en la UB. Se hizo amigos, pero extraña a los amigos. Antes de que se subiera al avión nos cruzamos cerca de la Sagrada Familia, su barrio hasta hoy, y conversamos un rato.
¿Por qué volvés?
Vuelvo para estudiar, quiero hacer un postgrado en Terapia Familiar. Vuelvo para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Y vuelvo como parte de una evolución vital, para ver con perspectiva lo que ha cambiado en mí en estos diez años. Tengo un impulso de irme de aquí.
¿Qué expectativas tenés?
Mis expectativas no tienen que ver con Argentina en sí, sino con lo que significa para mí este cambio. Es aventurero volver, como también lo fue venir hace diez años. Pero lo que construí acá es interno. El primer tiempo voy a vivir en la casa de mis padres, es un regreso tanguero, vuelvo a la casita de mis viejos.
Ahí Ignacio, que toca la guitarra y canta, evocó el tango de Cadícamo, y recitó la parte que dice: “… Mis veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo.”
¿Miedos?
Hay muchos, los que no se van, que me dicen “Estás loco, cómo vas a volver”, gente que con sus preguntas te hace dudar y pensar si estás haciendo lo correcto o no. Pero estoy decidido, confío en que me podré adaptar. Hoy sé que mi camino está allá. Quizás a lo que le tengo más miedo es a la cultura violenta que a veces hay en Argentina. Acá se practica el civismo, a veces un tanto excesivo, pero la amabilidad y el respeto están muy bien.
Todavía no tiene trabajo, pero tiene claro que quiere vivir de su profesión. Mientras tanto hará un postgrado en Terapia Familiar. “No quiero ser psicólogo de ricos, me gustaría que mi trabajo tuviera un contenido social”.
Una de las últimas cosas que hizo Ignacio antes de irse fue visitar la Sagrada Familia. Si bien vivía en el barrio y todos los días pasaba por la iglesia interminable nunca había entrado. Le impresionó, le encantó. Imagino que habrá sacado fotos, que la habrá mirado con otros ojos. No tanto como un vecino, más como un turista.

Rusky, el director de un sello de música independiente que hace unos días contó sobre las pizzas de Chicago, hoy vuelve con una nueva entrega de excusas para viajar. Infantiles, sí, pero válidas. Después de leerlas, me pregunto por qué no consideró la que me contó una tarde: “Quiero volver a París porque no subí a la Torre Eiffel”.
“Mi editora favorita me pide otra excusa infantil para viajar para postear el Volumen II. No es fácil decidir entre tantas, teniendo en cuenta que mi trabajo en el maravilloso mundo de la música no es más que una vil excusa para viajar, conocer gente, lugares.
Podría nombrar, por ejemplo, varias excusas fútiles para volver a una ciudad o una playa encantada. También están las excusas gastronómicas: los panchos en La Pasiva de Montevideo, las setas de Navarra, en España, y podría seguir: las excusas gastronómicas son las más evidentes, e inocentes.
Las excusas culturales son siempre elegantes: una Bienal en São Paulo o Venecia; una muestra de Bacon en El Prado; el entierro del Diablo de Carnaval de Jujuy; tomar peyote en el desierto mexicano. Grandes excusas para ser tildadas de banales, pero que siempre quedan bien en la mesa.
Están las excusas del corazón: ¿qué mejor razón que viajar a ver al amor de tu vida, aunque aún no estés seguro que lo sea? De certezas se vive: uno debe viajar para cerciorarse de que la persona más allá del océano es el amor imposible encar
nado en la tierra. No se deje engañar, el amor en lejanías no existe: es su amor por el viaje lo que lo motiva. El resto, pura poesía. No es que el amor transoceánico no exista, sí que existe, simplemente no dura para toda la vida. Si uno puede vivir con eso, ésta es su gran excusa.
Después están la excusas familiares. Aproveche que están de moda las redes sociales, busque a sus parientes lejanos y vaya a conocerlos. Busque un pariente perdido en el Este europeo y de paso conozca el castillo de Drácula, reencuéntrese con su tío lejano de Rosario y cómase una boga en el río, vea hasta donde llega su imaginación para extender la parentela y conocer el mundo.
Pero la excusas que me importan son las infantiles. Por ejemplo, tengo que volver a Granada a pesar de que ya estuve dos veces, simplemente porque no fui a la Alhambra. ¿Cómo puede ser que llegue desde tan lejos y no ingrese a conocer uno de los grandes monumentos de la humanidad? Pues es sencillo: me encantan las excusas infantiles para viajar. Podría aducir que sólo me quedé unos días, que trabajé mucho, que estuve con Enrique Morente en su casa o pasando música hasta tarde en la Sala El Tren. Que me quedé tomando té con unos moros en el Albaicin o comiendo un cochinillo en un monte cuyo nombre no recuerdo pero que tenía la panorámica más increíble. O simplemente, que me quedé comiendo unas tapas -las mejores de toda España, señoras y señores- en un bar bizarro a la vuelta de la sala de conciertos Sugarpop con un montón de músicos y desconocidos. Sé que es una excusa infantil, y que la vida es cosa seria”.
El verano es una estación triste en la que nada crece. Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena; incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante. La canción de verano es siempre la peor canción del año. El amor de verano es un subgénero del amor, del gran amor que nunca podrá tener lugar en verano. Hablan de lecturas de verano, noches de verano, viajes de verano, bebidas de verano y con ello queda implícito un sutil desprecio. Nuestro amor no está hecho para el verano. Nuestro amor no conoce vacaciones.
(De Escrito en servilletas)
Cuatro amigos. David Trueba, Anagrama.