¿Malestares?

En las calles y en los mercados de Jujuy y Salta, la medicina casera de Perú se vende tanto como la hoja de coca. La mayoría de las veces está vencida, pero dicen las vendedoras que no hay problema, que hace efecto igual. No pude resistirme al packaging tropical. Adentro de cada cajita hay una lata de aluminio con un ungüento mentolado de color verde o amarillo, según las propiedades. Creo que esta noche probaré la combinación de eucalipto y copaiba, recomendada para roturas de huesos y tortículis.


Cartas de amor zulú

Porque Africa está en primer plano, porque Argentina sigue en carrera mundialista y seguramente porque me quedan muchas cartas de amor por escribir y ojalá por recibir, me acordé de las Zulu Love Letters.

Y revolví el armario hasta que encontré la que traje de Sudáfrica hace algunos años. En zulú se llaman ncwadi y son trabajos en mostacillas. Ahora, forman parte del kit de souvenirs, junto con la talla negra y el Amarula, pero en algún momento se usaron como ofrendas de afecto y amor.

Las bordaban las mujeres. Servían para acercarse a la persona amada, para transmitirle los sentimientos.

Parecen escudos de pertenencia. Escudos de amor con el lenguaje de las mostacillas, las formas geométricas y los colores. El blanco, como siempre, habla de la pureza y el amor verdadero. El rojo, de la pasión, del amor intenso que hace sangrar el corazón.

El azul simboliza la soledad que se siente por estar lejos del ser querido; el amarillo, los celos; el negro, el dolor y la rabia. Si a uno le toca una carta de color azul con una franja blanca, ojo, es una señal de atención. En ese caso, la carta trae un mensaje: “Mejor elegí, parecés una langosta, saltando de arbusto en arbusto”.

En zulú, en ruso o en español. Con mostacillas o tinta china. El soporte puede cambiar, y hasta el continente. Pero las vueltas del amor son más o menos las mismas.


Perspectivas forzadas… y buenísimas

Más fotos, acá.


La hoja de coca no es droga

Eso dice la inscripción de las poleras que se venden como el último souvenir en La Paz: “La hoja de coca no es droga”.

Y es la idea que transmitió el presidente Evo Morales cuando mascó hojas de coca ante los miembros de la Comisión de Estupefacientes, en una sesión de la ONU, para pedir formalmente que se la retire de la lista de sustancias prohibidas.

“Si esto es una droga, entonces deberían encarcelarme”, dijo, y agregó un dato: cerca de 10 millones de personas consumen hojas de coca en los países andinos.

En Bolivia se consume mayormente en la región del Altiplano. La coca se chaccha o acullica, es decir que se hace un bolo de 10 a 30 gramos de hojas, se remoja con saliva y después de diez o quince minutos se añade una pizca de alcalinizante.

Me contaba un chofer de ómnibus que cuando le tocan las rutas difíciles y con precipicios, muy común en la geografía de Bolivia, no se hace una sino dos “bolas” o acullicos de coca para no tener hambre en el camino y estar atento y lúcido.

En el pequeño y bien documentado Museo de la Coca de La Paz leí la historia de esta planta, considerada sagrada por los pueblos altiplánicos. La coca tiene 4500 años. Se usó como alimento, ungüento y en sentido mágico, para protegerse de brujerías y cambiar la mala suerte.

La luchadora de catch boliviano, Yolanda La Amorosa, me dijo cuando la entrevisté hace algunos días, que machacada con alcohol es buena como analgésico para los tremendos golpes que recibe cada domingo en el Multifuncional de La Ceja.

La hoja de coca tiene una historia milenaria y un estigma: ser la materia prima para la producción de cocaína.

Bolivia es el tercer productor mundial de coca, después de Colombia y Perú. Se supone que la producción está controlada, pero muchos creen que no se cultiva sólo para el consumo. “¿O viste en tu viaje que todos los bolivianos coquean?”, me preguntó un paceño el otro día. Y no, no creo que coqueen todos. Mucho menos en La Paz.

Incluso, hay campos de cocales que se rocían con herbicidas, eso indica que no están destinadas al consumo directo. Como productor y representante de los cocaleros, el presidente defiende la hoja y en 2008 tomó la decisión de expulsar a la DEA del país. Los controles antinarcóticos en la ruta están, pero al parecer no son efectivos.

En mi caso, usé la coca para aliviar el mal de altura, y me traje una bolsita para preparar té. Me llenó la valija de un olor. Todavía se siente. Es un olor amargo, herbáceo, aymara.


Vistas de La Paz

La Paz es una ciudad observada. Basta tomar una calle empinada, como la Sagárnaga, y al llegar al final, darse vuelta y descubrir una panorámica de foto y, seguramente, un enredo de cables tan trabado que es difícil pensar que lleguen a algún lado.

Me gustan las vistas de altura, y en La Paz encontré varios lugares desde donde ver esta ciudad de más de dos millones de habitantes -incluyendo a los de El Alto- que se despararrama a los pies de la Cordillera Real.Cada viajero ubicará sus propias alturas, pero quizás éstas le puedan servir de inspiración.

Mercado de El Alto. Podría decir que el mercado a cielo abierto de Addis Abbeba, en Etiopía, el de los domingos y jueves en El Alto, son los dos más gigantes que conocí. La vista llega lejos porque el día está despejado pero no puede llegar hasta donde el mercado termina. Se vende de todo, desde un alfiler hasta un tractor. Y no es Dios quien custodia las transacciones, sino el Illimani, de más de seis mil metros y cumbres nevadas. La vista de la Cordillera Real es el mapa más perfecto para una profesora de geografía. Consejo: para poder distraerse con la panorámica, mejor no llevar cámaras ni nada de valor.

Hotel Gloria. Hace muchos años que no iba, más de diez, y lo encontré igual, quizás un poco más viejo, pero bien mantenido (sin lifting). En el piso 12, el restaurante Vicuñita de Plata tiene muy buenos platos regionales -como el pique macho (picante y contundente)- a precios económicos y una vista espectacular de los cerros. La noche borra las asperezas y enciende otro paisaje, de miles de brillantes sobre un paño de terciopelo negro.  En frente, el Hotel Presidente, un cinco estrellas de otra época, también tiene una vista para recomendar y un restaurante algo más caro en el último piso. La panorámica es mejor, más limpia y sin nada que la tape, pero me quedo con el Gloria porque le tengo cariño, nada más.

Parque Urbano Central. Con nuevo nombre, el Mirador Laikakota sigue siendo tan bueno como antes. Está en un gran parque, es un buen lugar para observar el caos desde la distancia. Y de paso, respirar profundo antes de volver a bajar al interior de la cacerola urbana. Se está trabajando en nuevas pasarelas y entretenimientos para niños en el parque.

Mirador camino al aeropuerto. Está de camino a la ciudad desde el aeropuerto de El Alto. Ideal para que el taxi pare unos minutos. La vista puede asustar, sobre todo si se piensa que unos minutos más tarde uno formará parte de esa locura, y mucho peor ¡con soroche! Abajo del mirador pasa el antiguo camino,  más panorámico que la autopista.


Altiplano: fusión andina

(Gracias Antonio por la recomendación)


Pie izquierdo, la nueva revista de crónicas

Hace tiempo que no veía a alguien tan entusiasmado como Alex Ayala, un periodista vasco que vive hace 9 años en Bolivia, ganó el Premio Nacional de Periodismo en 2008, tiene mujer boliviana y como buen boliviano -aunque sea por adopción- dice ahorita.

Nos encontramos hace un par de días en la Plaza Avaroa, en el barrio de Sopocachi, lugar de moda, con buenos bares y restaurantes, y me contó de su criatura.

El entusiasmo de Aléx se llama Pie izquierdo, la revista de crónicas que él ideó y edita, y que 15 días atrás vio la calle después de tantos meses de planificación, desvelos y esfuerzo. Ya está en los kioscos y por ahora se vende muy bien.

El primer número lleva una bomba en la portada. La historia de Lestat Claudius de Orléans y Montevideo y Ada Ribeiro, él de Estados Unidos y ella, uruguaya. Se conocieron en Fray Bentos y emprendieron un viaje de amor y locura sembrando bombas por el camino.

Más historias del primer número: una de cowboys en la Puna, escrita por el periodista argentino Nicolás Recoaro, que cuenta las andanzas de los forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid en Tupiza, donde los habrían matado. Alberto Salcedo Ramos escribió sobre Guillermo Veásquez, el árbitro colombiano que expulsó a Pelé, y Juan Pablo Meneses, que por estos días presenta en Europa su último libro Hotel España, contó su viaje a la Conchinchina.

“Queremos “leer” las realidades que nos rodean con otros ojos. Derribar muros, tender puentes. Lograr que el lector sienta las historias que le contemos como algo íntimo, cercano, cómplice, que las haga suyas”, eso escribe Alex en su primer editorial. Y puede estar tranquilo: anoche leí la de la pareja dinamita y la sentí tan cerca que dormí con la luz prendida.

A la espera del segundo número, ¡larga vida al Pie izquierdo!


Oxigenoterapia express y chau soroche

No llegué a usarla, pero todavía estoy a tiempo.

A una cuadra del Palacio de Gobierno de La Paz abrió un local con un gran cartel azul que anuncia los beneficios de la oxigenoterapia, que no se reducen a curar el mal de altura.

También sirve para: mejorar la piel, alejar el estrés, tonificar los músculos, mejorar la textura del cabello, reponer el nivel de energía y otorgar lucidez mental. ¿Qué tal?

Tantas bondades juntas me convencieron y entré a ver de qué se trataba el cuento. Adentro, Lady Yánamo, una odontóloga que por las tardes aplica oxígeno me dijo, con todo cariño: “A las personas como usted que vienen de afuera, les afecta la altura. Seguro que sintió fatiga, mareo, cansancio y dolores de cabeza, ¿no?”.

Después explicó cómo funcionaba la oxigenoterapia y añadió que para relajarse se necesitan diez minutos (1,5 dólares) y para curar el soroche, unos 30 minutos (9 dólares).

Uno se sienta en las cómodas reposeras de la foto, Lady le trae la mascarilla como si le trajera un café delicioso y ¡a respirar!


Por amor a… ¡Pomaire!

Pomaire es un pueblo de tradición alfarera a una hora de Santiago de Chile. Se fabrican platos, fuentes, cuencos, ollas y más utensilios de greda. Una loza especial que puede ir al horno y también sobre fuego directo. Para los que no usamos microondas, una herramienta imprescindible en la cocina.

Pomaire tiene un par de cuadras que los turistas caminan de ida y vuelta en busca del cuenco que mejor se adapte a su estilo de vida. No son caros y cuidándolos (jamás sacarlo de la heladera y ponerlo sobre el fuego porque se raja) duran mucho, duran años, duran más de una vida. El recuerdo del pueblo viene a propósito de una separación. Lamento interrumpir el momento culinario. En este cuento, como en los jardines zen, uno atraviesa distintos terrenos.

Cuando soñaban que estarían juntos toda la vida, los ex novios hicieron viajes y compraron souvenirs con el dinero de los dos porque todo era de los dos y ellos eran uno en los años dorados del amor.

Así fue que en Pomaire compraron cinco cuencos y dos fuentes. A último momento se les ocurrió agregar cinco cuencos más pequeños. “¡Podrían servir para postre!”, dijo ella entusiasmada. Con la loza de Pomaire en la cocina vivieron felices… unos años. Hasta que una nube negra como el humo del volcán islandés (o como el monster de Lost, cada uno elija su favorita) los rodeó y no pudieron ver nada más. Ni siquiera su amor.

Entonces se pelearon, gritaron y estallaron de furia. Pero los alaridos no alcanzaban para expresarla. Por eso, ella tomó un cuenco de Pomaire, que casualmente estaba en la pileta porque siempre lo usaban, y lo tiró por el aire. Y el cuenco voló. Siguió con otro y otro y otro. Uno a uno, los bowls de greda volaban y caían… en el sillón.

- ¿Cómo en el sillón? –le pregunté a la separada en cuestión cuando me contó esta historia. Me había imaginado una pelea espectacular, con dimensiones hollywoodenses y cuencos hechos trizas en el suelo.

- Si, en el sillón. Calculé la distancia para que no cayeran el piso. ¿Qué creías? Estaba preparada para separarme pero no para deshacerme de las cerámicas de Pomaire. ¡Eso sí que no!

(Escuché esta historia comiendo unas lentejas en uno de los cuencos de greda que se salvó de aquella pelea -semi- espectacular)


Recomendados del Lower East Side

Atrás del Chinatown, el Lower East Side es un barrio con onda. Vamos a definir “con onda”, pero antes un toque de historia. Es uno de los distritos más antiguos de la ciudad, donde la mayoría de los edificios son esos inconfundibles de Nueva York con ladrillo a la vista y   escaleras de incendio en el frente.

En sus orígenes, allá por 1860, era un barrio de inmigrantes judíos, irlandeses y del este de Europa. El Tenement Museum muestra testimonios y cuenta las historias de algunos de los 7000 inmigrantes que llegaron a vivir en el número 97 de Orchad St, una vecindad recuperada como museo.

Después de 1935, las vecindades fueron desalojadas y las propiedades cayeron en el abandono. La visita se hace únicamente con guía y cuesta 20 dólares. En el museo también se pueden contratar circuitos guiados por el barrio (90 minutos, US$21). En ese distrito decaído y oscuro comenzó una movida de diseñadores y artistas que, como se ve, son los que descubren y colonizan nuevos barrios.

Acá llega la parte de la onda. En los últimos años abrieron tiendas de ropa vintage, donde se puede encontrar una cartera de cuero con mariposas fucsias pintadas que seguro que fue usada en el concierto de Woodstock o una estola de piel que aterrorizaría al movimiento verde, tan presente en Estados Unidos. Hablando de verdes, en L.E.S. hay una sucursal de Babeland, un sex shop ecofriendly, que vende condones veganos, lubricantes orgánicos y juguetes que no dañan al planeta.

También hay negocios multimarca, como TG170 (179 Ludlow St), donde se consiguen prendas de nuevos diseñadores. Entre la selección, una grata sorpresa argentina: las creaciones de Valeria Pesqueira. Pixie Market, un mercado de nuevos talentos, interesante durante la época de sales. En el último tiempo, la población del barrio es más heterogénea y recibió una ola de latinos, especialmente de puertorriqueños, que lo rebautizaron como Loisaida, una versión libre de la pronunciación en inglés. El mundo puede cambiar, pero siempre queda Kat’s Delicatessen, una deliciosa evidencia de antaño. Kat’s abrió en 1888 y es uno de los mejores lugares de Nueva York para comer matzo ball, una típica sopa judía.




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