El sueño

El sueño, Henry Rousseau.


Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.


El deseo de ser piel roja

Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta,
cabalgando sobre un caballo veloz,
a través del viento,
constantemente sacudido sobre la tierra estremecida,
hasta arrojar las espuelas,
porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas,
porque no hacen falta riendas,
y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa,
habrían desaparecido
las crines y la cabeza del caballo.

Contemplación, Franz Kafka.

(Tomado de un papelito pegado en el baño de la casa de unas amigas)


El chofer del Valiant

Hoy yo sería el dueño de todo Bariloche, ¿mentendé? Yo me fui hace cuarenta año con mi novia de ese tiempo que después fue mi mujer. Me llevé en el tren un Valiant que tenía y lo puse a laburar con lo turista, lo llevaba a pasear a los lagos, se sacaban la foto. De a poco iba prendiendo la antorchita y ya queríamo compra otro auto y despué una combi y no teníamo techo, ¿mentendé? Yo sería el dueño de todo.
Pero cuando no e para uno no e para uno.

Me acuerdo cómo me gustaba ir a pescar. Teníamo una caña y le dábamo y le dábamo y trucha y trucha y trucha a do mano. Quépectáculo.

¿Así que te vas a La Rioja para escribir en una revista? Ta bien, te van a llevar a lo mejore lugare para vo saqué una foto y hagá un comentario como la gente, ¿me entendé? Y la verdá que e lindo tene un laburito así.

-¿Y de qué color era el Valiant?
-Dorado con puntitos negros como cabecitas de alfiler.

 

(Del último viaje en taxi a aeroparque. El chofer tenía apellido tano, era canoso era, de unos setenta años, anteojos tipo Ray Ban. Le gustaba darse vuelta para hablar.)


Tesoros y el suelo

La niebla era tan espesa que mirar hacia adelante era como debe ser la ceguera: un mundo de tinieblas. Daba miedo porque no había nada, todo era blanco y vacío.

El jefe de la excursión dijo apenado: “Si el día estuviera lindo veríamos lejos, hasta Catamarca”. Y también: “Si el día estuviera lindo, esos paredones serían rojos y allá atrás verían una cascada y podríamos divisar un cóndor”.

Pero el día no estaba lindo y para donde mejor se veía era para abajo.

Entonces, acaso en un acto zen, no deseé otra cosa y miré para donde mejor se veía y para donde era posible. Encontré tesoros. Líquenes, yuyitos mínimos, musgos, tomillo silvestre, ajenjo, flores más chicas que una moneda de diez centavos, amarillas, rojas, lilas, helechos escondidos, piedritas, guijarros y hasta una yareta en forma de corazón.

A continuación, una galería de mis descubrimientos riojanos a unos tres mil metros sobre el nivel del mar. Sin sol.

 

 

 

 


El Año Cortázar

Este es el Año Cortázar. Se cumplen cien años del nacimiento y treinta de la muerte del gran escritor argentino. El cronopio mayor. Tan porteño para escribir, tan amante de Buenos Aires, a pesar de no haber vivido demasiado en ella.

Cómo vería la ciudad desde su metro noventa y tres de altura. Si hoy paseara por la Plazoleta Cortázar, en Serrano y Honduras, Palermo, seguramente su cabeza pasaría el techo de los puestos de artesanos que la llenan cada fin de semana. Y ya no podría jugar a la rayuela pintada en la inauguración porque se fue borrando con el tiempo.

El escritor nació en Bruselas el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Su padre era agregado de la embajada argentina así que el lugar de nacimiento fue, como él mismo dijo, accidental. Cuando tenía cuatro años su familia se trasladó a Banfield, hoy una localidad en el sur del conurbano, en aquella época, años veinte, un pueblo con calles de tierra por donde todavía pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Banfield, un lugar con apellido de ingeniero inglés de ferrocarril, desde donde Cortázar viajaba todos los días a Buenos Aires para cursar sus estudios en la Escuela Normal Superior Mariano Acosta (Urquiza al 200). Ahí se recibió de maestro y después dio clases en Chivilcoy y Bolívar, dos ciudades bonaerenses donde pasó algunos años en la década del cuarenta.

Salvo durante ciertos períodos, no vivió en Buenos Aires, sí en París, donde fijó su residencia en 1951 y murió en 1984. Sin embargo, volvía Buenos Aires con frecuencia. A ver a sus amigos y a su gran amiga, la ciudad. “Las ciudades son como las mujeres, esas ciudades de las que te enamoras y son el amor de tu vida, y no soy excesivamente monógamo porque pienso que se pueden tener muchas ciudades que se aman al mismo tiempo”. Eso le dijo al periodista Joaquín Soler Serrano en una entrevista para la televisión española en 1976.

París y Buenos Aires fueron sus amores más grandes. Allá tenía el misterio de las galerías cubiertas, los pasajes, la arquitectura monumental, el metro, el Sena. Acá, el puerto, el bajo, Barracas, los cafés, sus largas caminatas por Avenida de Mayo, Plaza San Martín y Plaza de Mayo. Dos ciudades presentes a lo largo de su obra, y tanto en una como en otra hay homenajes durante este año. Mejor estar atentos.


La tarde de Caspar David Friedrich

Fue hace quince días, una tarde de luz irresistible. Más temprano había llovido bastante y seguía la humedad. Salí a caminar, caminé y caminé. No quería dar la vuelta. Volver era darle la espalda a esa luz.

No había nadie en la playa. Hasta que apareció uno. Uno rubio, a simple vista, forastero. Nos pusimos a conversar, y juntos fue menos triste darse vuelta. Volvimos.

Caminamos descalzos por la arena dura. Casi a oscuras, el rubio -que resultó ser húngaro- abrió una ventana a otras luces.

Me preguntó: ¿Conoces a Caspar David Friedrich ? Contó que era un pintor alemán del movimiento romántico, y que muchos de sus cuadros tenían la misma luz que estábamos viendo. ¿Sería un atardecer repetido?

La luz de Friedich es una luz excitada, por momentos parece enferma. En este cuadro se contempla la salida de la luna. Una luna que podría llegar del infierno.

Tenía razón Peter, el húngaro. El atardecer que compartimos se parecía demasiado a los de Friedrich. Con los días llegué a pensar que él estuvo entre nosotros. En luz y espíritu.


El pez que sonreía

¡Jimmy Liao animado!


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.




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