Día Mundial del Turismo


Ciudades personales: el amor incondicional

Hace unos meses escribí un artículo sobre París para la revista Lugares. Antes de viajar decidí hablar con algunos amigos que habían vivido allí o viajado con frecuencia. Les pedí que me contaran sobre sus “parises personales”.

Así supe que la rue Mouftard era una de las preferidas de I. También me enteré que cuando P. vivía allí le gustaba vagar por el cementerio de Passy y sus alrededores. Y supe que E. prefiere viajar solo a París. Siente una especie de loca posesión, de esas que uno siente a veces por la persona amada. Hasta le molesta que le hablen cuando camina por la rue de Buci. Si alguien elogia la ciudad delante suyo íntimamente pensará que esa persona no sabe qué es querer a París.

Así como existen “parises personales”, también hay Buenos Aires y Pragas y Budapest y Bogotás personales. Como los seres amados, las ciudades personales tienen algunos barrios reales y otros construidos. Son ciudades que les pertenecen a una especie de viajeros capaz de quererlas más que los propios habitantes, más que a su ciudad de nacimiento. Más.

El amor entre las personas y las ciudades puede comenzar con un recuerdo, una conversación casual, un edificio, una luz, un momento. Algunas veces es tan radical que comienza incluso antes de conocerse. En general, son relaciones que se cultivan durante toda la vida: uno la visita y la ciudad responde con nuevos recuerdos, amistades, luces, edificios, momentos. En épocas sin viajes, la televisión, Internet, los libros y el cine acortan la distancia. En esta clase de amor, la poligamia está bien vista, no existe el divorcio y la distancia no es un problema. Bueno, a menos que después de treinta años sin París, el corazón se muera de emoción ante una vuelta.  Después de todo, hay amores que matan.


El mayordomo argentino de Anthony Hopkins

Cuando Pablo Coquibus vio la película “Lo que queda del día“, de James Ivory, supo que quería ser como Mr. Stevens, el mayordomo que interpretaba Anthony Hopkins. Lo que aún no sabía cuando vio la película es que unos años más tarde sería el mayordomo de Anthony Hopkins.

Coquibus es argentino, vive en Recoleta, estudió hotelería en Australia y trabaja como profesor de la escuela François Vatel en Argentina. Trabajó en hoteles reconocidos, es consultor y se sabe al pie de la letra la historia de Vatel, el chef y mayordomo del rey Luis XIV, para él el padre de la hotelería después de César Ritz.

La vida de Coquibus transcurría sin sobresaltos, quizás demasiado tranquila. Hasta el día de ese llamado telefónico, unos días antes de Navidad. Era un conocido, le preguntó si podía ir a ver una estancia cerca de Verónica. “Decíme si te parece bien para que vivan tres meses diez ingleses sofisticados”, le dijeron. La estancia era para un grupo de filmación que se instalaría en Argentina. El director de la película “The city of your final destination” era nada menos que James Ivory; el productor, Paul Bradley, el actor principal, Anthony Hopkins.

Después de ver y aprobar la casa, el teléfono de Coquibus volvió a sonar: ¿Y podrías ser el mayordomo de Anthony Hopkins por tres meses? No lo vi, pero supongo que después de esa pregunta, la sonrisa de Coquibus habrá sido como la de la foto que se ve en esta página: inmensa, emocionada. Podría jugar a ser Mr. Stevens con el genial creador del personaje. Dijo que sí. Unos días más tarde estaba preparando el 70° cumpleaños del actor inglés.

Se vestía de traje negro, imprimía el menú para los comensales -Jane Birkin, Charlotte Gainsbourg, James Ivory, Laura Linney- era confidente y se las ingeniaba para satisfacer caprichos de divos. Para James Ivory su Martiny dry y para Hopkins, nada de alcohol. Lo tiene prohibido y su mujer colombiana, Stella, lo vigila de cerca.

El mejor momento del día, para Pablo Coquibus, no era cuando se sacaba los zapatos, exhausto. No. Su instante de gloria era a las 8 en punto, cuando aclaraba la garganta y decía con voz firme: “Dinner is served”.

Me contó Coquibus que él siempre quiso ser mayordomo y hasta esta experiencia nunca había podido. Para él, no es una actividad denigrante. Él cree que un butler debe ser tanto o más sofisticado que su señor. Que debe tener gustos refinados y vocación de servicio. “El verdadero sirviente tiene el don de la anticipación”, me dijo un mediodía hace poco, mientras ponía la mesa. “Eso quiere decir: ofrecer una bebida antes de exista la sed, tener la cena servida antes del hambre y preparar la cama antes de que tenga sueño”.

Del 70° cumpleaños de Hopkins le avisaron dos días antes. Él se puso loco. ¿Cómo me lo vas a avisar hoy? Y mientras lo decía armó un plan de acción que tuvo nombre: “48 horas para los 70 años de Anthony Hopkins”. Se fue en una van a Buenos Aires y consiguió lo necesario para 120 personas exigentes. “Este fue el mejor cumpleaños de mi vida” le dijo Hopkins antes de subirse al Mercedes blindado que había pedido. Coquibus no le creyó, pero igual respiró aliviado y orgulloso de sí mismo.

La película “The city of your final destination” se terminó de filmar el año pasado y hasta hubo un juicio entre Ivory y Hopkins por cuestiones de caché. Esto Pablo Coquibus probablemente no lo sepa. A él no le importa demasiado qué pasó después de esos tres meses en los que fue el mayordomo de Anthony Hopkins.


David Foster Wallace (1962-2008)

“Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo. Hay cierta placidez codiciosa en ellos. En nosotros, mejor dicho. En puerto nos convertimos automáticamente en Peregrinator americanus, Die Lumpenamerikaner. La Gente Fea. Para mí, la boviscopofobia (=el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino) es una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto. Es en puerto donde me siento más implicado y visiblemente cómplice. Casi nunca he salido de Estados Unidos, y nunca como parte de un rebaño con ingresos altos, y en puerto -incluso aquí arriba de todo, en la cubierta 12 y limitándome a mirar- soy nueva y desagradablemente consciente de ser americano, del mismo modo que siempre soy consciente de ser blanco cuando estoy rodeado de gente no blanca. No puedo evitar pensar cómo deben vernos ellos, esos jamaicanos y mexicanos impávidos, o especialmente cómo nos ve la tripulación inferior no aria del crucero Nadir. Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel; insisto mucho en llevarme mi bandeja en la cafetería y doy gracias de forma efusiva incluso por el más pequeño servicio. Como hay tantos de mis compañeros de crucero qeu gritan, yo me enorgullezco especialmente de hablar en tono ultrasilencioso con los tripulantes que hablan mal el inglés.”

La cita es del libro “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, del escritor y periodista estadounidense David Foster Wallace. Para escribirlo, Foster Wallace siguió el encargo de una revista de viajes y se pasó siete días en un crucero por el Caribe.

El autor, uno de los más reconocidos de la nueva generación de su país, se mató hace unos días en su casa de California.


Peor que una piedra en el zapato

Hoy leí un proverbio turco que me gustó: Si tus zapatos son apretados, qué importa que el mundo sea inmenso.

No pude evitar acordarme de las mujeres chinas de pies de loto. Ya no deben quedar muchas. Si es que queda alguna tendrá cerca de cien años.

Pero en algún momento del antiguo imperio chino, las mujeres con pies de muñeca eran parte de la tradición, una costumbre que tenía que ver con una concepción de la belleza femenina y el erotismo originada en el siglo X, cuando un emperador se enamoró de una bailarina que envolvía sus pequeños pies en seda cuando bailaba. 

Algunas mujeres imitaron a la nueva concubina y de repente deformarse los pies hasta volverlos mínimos era una práctica común. Llegó a haber millones de mujeres en China con los pies deformados.

A la temprana edad de cinco o seis años, a muchas niñas comenzaban a vendarles los pies hasta deformarlos. Antes les fracturaban todos los dedos menos el pulgar, y los doblaban hacia adentro. Este proceso era tan cruel y doloroso que según los estudios moría una de cada diez niñas en el intento de tener pies diminutos.

El detalle se transformó en un fetiche sexual para algunos hombres y la costumbre siguió hasta hace no mucho. Hasta había manuales de sexo que explicaban qué movimientos de los pequeños pies causaban más placer.

El sumum del deseo era cuando los pies eran  “loto dorado”, es decir cuando medían apenas siete centímetros, y además eran delgados, puntiagudos, arqueados perfumandos, suaves y simétricos.

Estas mujeres eran casi secretas. Como apenas podían caminar con sus pies de diez o doce centímetros, no se las veía en la calle. Eran muejeres de puertas adentro.

En 1911, el vendaje de pies fue prohibido en China, pero la costumbre continuó a escondidas durante mucho tiempo, sobre todo en áreas rurales.

Mujeres de pies de loto ya casi no quedan, pero Fan Jianchuan se encargó de que no falten zapatos. Desde el año pasado se exponen 5000 pares de zapatos en el flamante Museo de Chengdú, en el sudoeste del país. Se pasó 20 años coleccionándolos y según declaró ha gastado 130.000 dólares en comprarlos.

“Por suerte, la era de los pies vendados ha terminado”, declaró Fan Jianchuan el año pasado cuando inauguró el museo. En la inauguración había tres mujeres con los pies diminutos. Una de ellas, de 103 años, dijo: “Nosotras no queríamos que nos deformaran los pies, pero no teníamos alternativa”.

Volviendo al proverbio turco, en el mundo de los viajes no hay nada mejor que unos zapatos cómodos, ¿no?


Arte express en una favela de Río de Janeiro

Esta vez los muertos no tuvieron nada que ver. Ni la droga ni las persecusiones entre policías y traficantes. Esta vez, Morro da Providencia, una de las favelas más peligrosas de Río de Janeiro fue noticia por el arte. Un fotógrafo francés que firma JR y se define como artivista (artista + activista) empapeló la villa con retratos y miradas de mujeres.

Durante un mes, JR vivió y trabajó en la villa. El resultado se vio hace un par de días, cuando cubrió las paredes de muchas casas precarias con afiches de fotos de mujeres de la misma favela. Una de ellas es Fátima Barbosa, de 48 años, madre de un joven vendido por los militares a una favela vecina y rival, que terminó ejecutándolo.

La lluvia ya ha borrado parte de esta muestra de arte express. Según Mauricio Hora, fotógrafo y habitante de la favela, sirvió para levantar la autoestima de los pobladores, que siempre se sienten observados. 


Mario Vargas Llosa, en Lima

Anoche terminó la XIII Feria del Libro de Lima, con la presentación del libro “Las guerras de este mundo”, de Mario Vargas Llosa.

El autor Juan Pablo Meneses, invitado a la feria, estuvo ahí. Mario Vargas Llosa firmó libros y era asediado por sus fans como una estrella de rock. Abajo, Meneses relata sus impresiones sobre la última noche, especial para Viajes Libres.

Detrás de todos esos celulares que le sacan fotos y de una multitud que lleva libros para que los firme está Mario Vargas Llosa. Es el último día de la edición 13 de la Feria Internacional del Libro de Lima, y un par de policías custodia a uno de los escritores más importantes de toda la historia literaria de Latinoamérica. Trato de acercarme, pero el tumulto es una pared. Como casi todos los días que he venido al Centro de Convenciones Jockey Club, el público es entusiasta y asombrosamente numeroso. Cerca de ahí se presenta el escritor chileno Pedro Lemebel, y otra larga fila espera su turno para ingresar a la sala. Sin embargo, lo de Vargas Llosa supera lo normal. Su entorno parece el de una estrella de rock, o un actor de telenovelas.

De pronto, lo pasan a buscar para llevarlo al auditorio Ricardo Palma, donde lo espera un público de 800 personas. El autor de “Pantaleón y las visitadoras” deja de firmar libros, y rodeado de guardias y cámaras, se va por un pasillo largo hasta ingresar a la zona restringida antes de subir al escenario.

Tengo en el cuello una credencial. Paso a la zona restringida, y en un segundo me cruzo con Vargas Llosa. Para él, darme la mano, es tender una de las miles de mano que dará hoy, y mañana, y todos estos días que pasará en Lima antes de volver a su casa de Madrid. Para mi es darle la mano al autor de “La ciudad y los perros”, el primer libro que recuerdo haber leído con entusiasmo, y la primera novela que quise haber escrito.

Vargas Llosa sube al escenario y todos lo aplauden. Estamos ahí para el lanzamiento del libro “Las guerras de este mundo”, de Editorial Planeta, donde se recogen diversos ensayos sobre su obra, con textos de Alonso Cueto, Jorge Edwards, Enrique Krauze, José Miguel Oviedo, Nélida Piñón, Antonio Tabucchi, entre otros.

Es el comienzo de varios días de celebraciones. Además de cerrar la Feria Internacional del Libro de Lima, Vargas Llosa será el presidente del jurado del Festival de Cine que comienza esta semana en la capital peruana, y estará presente este miércoles en la Universidad Católica de Lima donde se inaugurará la mayor retrospectiva de su obra con objetos y originales que hasta ahora nunca se expusieron públicamente.

Soy uno de los tantos que conoció Lima por los libros de Mario Vargas Llosa. La primera vez que vi Perú –más allá de los mapas del colegio– fue en su literatura. Por eso, al apretarle la mano, no sólo estaba saludando al autor de la novela que me hizo despertar el interés por los libros. También, a alguien que me hizo viajar a un país por la palabra, y al que si bien ya he visitado varias veces, nunca puedo dejar de asociarlo a él.

Al término de la presentación, el aplauso es cerrado y las cámaras otra vez lo envuelven. En esa multitud que lo acosa lo pierdo de vista, terminando así la primera vez que lo veo en persona. Una ocasión que, supongo, tenía que ocurrir aquí. En esta ciudad. En la misma donde está el Leoncio Prado. En esta que siempre tiene el cielo nublado y que se llama Lima.


El cantaor, según Rubén Darío

 

“¿Habéis oído a un cantaor? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal gemido de otro mundo, tal hilo del alma, cosa de armonía enferma, copla llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en los abismos del espacio.”

Tierras Solares, Rubén Darío (1917)


Richard Avedon, una retrospectiva

“Y si pasa algún día sin que haga algo relacionado con la fotografía, es como si hubiera descuidado algo esencial de mi existencia, como si me hubiera olvidado de despertarme. Se que el accidente de ser fotógrafo hizo mi vida posible.” (Richard Avedon, 1970)

El Museo Jeu de Paume, de la Place de la Concorde, en París, inauguró hace unos días la primera retrospectiva del genial fotógrafo estadounidense desde su muerte, en 2004.

Hay 270 fotografías desde 1946 hasta 2004, que incluyen fotos de moda y también retratos de personajes del mundo del espectáculo, el arte y la política. La muestra se puede ver hasta fines de septiembre.

Para quien esté cerca, un lujo. Los demás podemos ver los profundos retratos de Avedon y también leer algo sobre él en esta página.

“Un retrato no es una semejanza. Cuando una emoción o hecho es traducido en foto, deja de ser un hecho para convertirse en una opinión. La inexactitud no existe en fotografía. Todas las fotos son exactas. Ninguna de ellas es la verdad.” (R. Avedon)


Nuevas señales del mundo de hoy

A principios del mes pasado se inauguró en Zheleznovodsk, un balneario del sur de Rusia, un Mounumento al Enema. Es de bronce, está custodiado por tres ángeles y lleva una placa que dice: “Combatamos la constipación con enemas” (el artista dijo que se inspiró en Boticelli).

Ayer, un puñado de mujeres apenas vestidas jugó una carrera de stilettos en Moscú y hoy se disputa en un pueblo de Inglaterra, el Campeonato Mundial de Lucha de Dedos Gordos.

(Esto sin mencionar la última carrera anual y mundial con esposas -léase mujeres- a cuestas, en Finlandia, hace unos días)

Lo freak siempre estuvo, pero ahora ¿se convirtió en tendencia?