Vacaciones en la Patagonia

La última revista Lugares trae un especial de la Patagonia, ideal para los que piensan viajar en las próximas vacaciones. (A continuación, un poco de autobombo).

¿Qué se puede leer? Una nota sobre Villa Pehuenia, que escribí después de un extenso recorrido por la zona.

Cerca del límite con Chile y a orillas del lago Aluminé, el pueblito cumplió 20 años en enero y sigue creciendo. Cada año suma nuevos hoteles y mantiene muy buenos restaurantes, como La Cantina del Pescador, donde Sebastián Mazzuchelli prepara truchas grilladas, con papas y tomates asados, en risotto, en rolls con piñones y milhojas de papas. También, cocina ciervo y cordero relleno de hongos. Los platos rondan los 45 pesos y son una delicia.

El Circuito Pehuenia, con una parada en Moquehue, para comer un alfajor en la Hostería La Bella Durmiente y conocer el camping de montaña Trenel, con parcelas bien separadas y un canopy sobre altos coihues, frente al lago.

También hay un artículo sobre el Parque Nacional Lanín: el Huechulafquen, el Paimún, los nuevos restaurantes de San Martín de los Andes y el rafting en el río Hua Hum. Otro sobre la ventosa Patagonia austral, un viaje desde El Calafate hasta Río Gallegos por la Ruta 40, entre estancias, lagos turquesas y caballos salvajes.

Por último, un recorrido por La ciudad del Fin del Mundo, a orillas del Beagle, con rincones poco explorados en los alrededores. Hasta fin de mes, en los kioscos.


Un mandala de piñones

En algún sentido, los piñones son o, mejor dicho, fueron la base de la cocina mapuche. En una época no tan lejana, los pobladores originarios de estas tierras altas aprovechaban al máximo el fruto de la araucaria o pehuén, el árbol que dominaba la zona y que le dio nombre a Villa Pehuenia y a la IX región chilena, la Araucanía.

Si es un buen año, de cada árbol -sólo las hembras dan piñones- se pueden obtener más de cien kilos de piñones. Como me contó doña Angela Trekaman, una mujer mapuche que conocí en Cinco Lagunas, uno de los mejores paseos de Villa Pehuenia, “el piñón ahora ya no se usa como antes, ahora es más chico y más seco, ha cambiado”. Antes se agregaba en el puchero, como si fueran porotos, y se hacía puré. También usaba la harina  para hornear pan, y se preparaba mudai, una bebida a base de piñón. Si bien se puede tostar, la manera más difundida de comer el piñón es hervirlo. Los primeros pobladores lo usan menos, pero los nuevos cocineros se acostumbraron a mezclarlo en los rellenos de sus pastas y hasta en postres.

Denise Giovaneli, la fotógrafa con la que viajé a Neuquén, me propuso un día que armemos un mandala de piñones. Hay un artista que a Denise le encanta y en él se inspiró. El tipo se llama Andy Goldsworthy y se dedica a construir estructuras a partir de elementos de la naturaleza: flores silvestres, palitos, agua, hojas. Entonces, ese día nos fuimos hasta Bahía de los Coihues, en la punta de la península de Villa Pehuenia y hicimos un mandala de piñones sobre una roca, éste que se ve en la foto.

Cuando lo terminamos, siguiendo la costumbre tibetana, lo desarmamos en un canto a la impermanencia de las cosas y de la vida. Después, nos fuimos a pasear por un bosque de coihues.


El remisero de las montañas

El ónmibus llegó a Villa Pehuenia desde Neuquén capital. Traía pasajeros locales, que compraron allá mercaderías que cuestan mucho menos que en los parajes alejados donde ellos viven.

En la parada, los remises esperaban para trasladar a los paisanos hasta sus casas en las montañas. 

Después de acomodar todo en la caja del Falcon modelo 95, don Almeida se subió al auto, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo negro.

– Adónde vamos, maestro? -le preguntó el remisero, que no era de la zona.

– A mi casa -le dijo el paisano.

El remisero necesitó volver a preguntar porque además de forastero, era nuevo:

– ¿Y dónde vive? -le preguntó el remisero mirándolo por el espejo retrovisor

– Allá arriba -le dijo el paisano mirando hacia la montaña.

El remisero tuvo que volver a preguntar varias veces. A don Almeida y a otros paisanos que llevó durante su etapa de remisero. Así fue conociendo todas las casas y los diferentes matices “allá arriba”, imperceptibles para el recién llegado. Como el blanco para los esquimales, aquí en Villa Pehuenia “allá arriba” puede ser en tantos sitios diferentes.

 Después de un tiempo, el remisero de este post se volvió un conocedor y dejó el remís para convertirse en guía de turismo. Cuándo le preguntan dónde estudió, él responde que en el Falcon modelo 95.


Caldo de Aluminé

Algunas mañanas, a eso de las 7.30, el gran lago Aluminé se cubre de bruma baja y espesa como la que se ve en la foto. Una mañana fría, me desperté temprano y corrí las cortinas de mi habitación en La Balconada

Al encontrarme frente a ese paisaje misterioso no pensé en El Señor de los Anillos. Me imaginé que alguien estaba preparando un caldo enorme y muy caliente. El caldo de Aluminé hervía como loco, pero el cocinero estaría atendiendo otra faena porque no llegó a revolver su sopa. Después de una hora, el caldo dejó de hervir y quedó liso como una gelatina. Con sólo mirarlo, un chef hubiera dicho que estaba listo.

Esa noche, cuando fui a cenar leí todo el menú pero no encontré ningún caldo de Aluminé. “No hay caldo, pero la trucha del lago es muy buena”, me dijo el cocinero. Y tenía razón.


Mujeres solteras, se necesitan

ladiessignalEso dicen  en Villa Pehuenia. Que faltan mujeres, que lo anuncie ¡por favor! en mi página.  “Eso sí, poné que sean lindas y que tengan entre 25 y 35 años“, me dijeron varios hombres que hoy trabajan como guías de montaña y de pesca, como cocineros, recepcionistas y camareros. Hombres buenosmozos, con pinta de leñadores. “Somos muchos más hombres que mujeres en la Villa“, insistieron ellos.

Y entre varios me contaron esta historia. Resulta que hace un tiempo llegó de vacaciones una mujer muy linda. Viajaba con su abuela y se quedaron varios días en una hostería de la Villa. Como Pehuenia sigue siendo un pueblo, la noticia de que había llegado una chica linda ¡y soltera! corrió rápidamente entre los guías y cocineros y recepcionistas que trabajaron durísimo para conquistarla.

El guía llegó puntual a la excursión, hizo más bromas que nunca durante el circuito y fue amoroso con la abuela. El cocinero preparó una trucha grillada tan perfecta que podría haber ganado un premio internacional. El camarero la llevó urgente a la mesa para que no perdiera calor y no se descuidó un instante en su trabajo, siempre sonriente y atento a los deseos de abuela y nieta. El que se encarga de la excursión en lancha les dio la mano al subir y al bajar y siempre veló porque estuvieran bien. Tan esmerada era la atención que la abuela le dijo un día a su nieta: “¡Pero qué caballeros son los hombres en este lugar!”.

El recepcionista, creen algunos, tenía ventaja porque la veía varias veces por día. Por eso o porque fue el mejor en las artes de la conquista, se ganó el amor de esa chica linda, que hoy es su mujer y espera un hijo suyo para dentro de un par de meses.

Los demás, los que me contaron esta historia, hombres buenosmozos con pinta de leñadores, siguen haciendo su trabajo y están atentos a la llegada de chicas solteras a Villa Pehuenia.


El fin de la veranada

Este post tiene vencimiento. Sólo el que viaje en los próximos días por el oeste de Neuquén tendrá clics del fin de la veranada.

Los paisanos que en noviembre subieron sus ovejas, vacas y caballos a los valles altos y con pasto tierno de la cordillera bajan a lugares menos fríos para pasar el invierno. La transhumancia es un ejercicio que se practica dos veces al año en esta provincia y en tantos lugares del mundo desde hace siete mil años. 

Uno de los rosarinos que conocí en Villa Pehuenia se llama Carlos Rovetto. Durante su vida de ciudad tuvo un comercio pleno centro de Rosario. Hace tres años llegó al pueblo y hoy es dueño de un bar, Mandra, en el mínimo centro de Pehuenia. Vino con su mujer y dos hijas que hoy atienden el bar con sus respectivos novios. Una de ellas es Melina, la fotógrafa del pueblo y la novia del sevillano, un andaluz que parece cómodo en la Patagonia. Cuando tiene ganas y hay ambiente en el bar, toca la guitarra y canta flamenco con pasión gitana.

Un día, Carlos me contactó con los Puel, una familia mapuche. Es difícil acceder a conversar con miembros de la comunidad, así que llegué con él. Fue interesante hablar con Doña Angela, pero debo admitir que en el mejor momento de la conversación, entró Carlos en la sala y me dijo que teníamos que partir porque estaba muy apurado. En el auto le pregunté cuál era la urgencia y me la contó: “Tengo que ir a Paso del Arco porque ahí me esperan unos paisanos que me venderán unos corderos antes de bajar hacia Zapala, y se van esta tarde”. Los paisanos a los que se refería Carlos eran los veraneadores. 

Posiblemente los mismos que me crucé en la ruta unos días más tarde. Arriaban extensos rebaños de ovejas por los campos patagónicos. A veces llevan hasta 500 chivos, que se ven como un manto blanco en medio del pasto amarillo. La nieve está por venir y las ovejas deben llegar antes a los campos bajos y áridos donde pasarán el invierno. (El post vence cuando el ganado esté abajo, de aquí al viernes) .


0-810-CORTES

machicheoHace unos días que recorro la provincia de Neuquén y ya me topé con tres cortes de ruta. En la ciudad vi la primera goma quemada. Esta vez los maestros no tuvieron nada que ver. Pero para llegar a la sede neuquina del Museo Nacional de Bellas Artes fue necesario hacer un gran rodeo.

El segundo corte fue camino pasando Cutral Co, camino a Zapala. El humo negro de dos gomas quemadas apenas me dejó verlos, pero igual conté cinco personas, cuatro adultos y un niño en brazos cortaban la Ruta 22.

El corte, según me enteré después era porque están desempleados. Tres policías explicaban el desvío y los camiones de combustible, los turistas, las camionetas de petroleros, los habitantes Zapala y otras localidades seguían un camino que pasa por atrás de la fábrica de ladrillos y después vuelve a la ruta.

El tercer corte no llegué a verlo. Se pasó de boca en boca que antes de llegar a Zapala había que tomar un desvío hacia la izquierda y meterse por un camino vecinal de ripio que atraviesa los campos y corre paralelo a la vía del tren que alguna vez llevaba el cemento de Loma Negra a Buenos Aires. Recorrí el camino al atardecer con vistas del cerro Michacheo y el horizonte hecho un infierno. En lo particular, el corte no me cayó mal, pero llegué tarde y me crucé con gente angustiada porque los insumos no llegaban, ellos no podían viajar y el combustible se había terminado en Zapala.

“En Neuquén cualquiera corta la ruta. Acá uno nunca sabe cuando llega”, me dijo un hombre de campo después de contarme que hay cuatro cortes simultáneos en toda la provincia. Más tarde, cuando llegué al hotel, le conté al recepcionista mi experiencia con los cortes.

– ¿Pero no llamó al 0800? –me preguntó
– ¿Al 0800 CORTES? –le pregunté
– Algo así. Es un teléfono de la gendarmería de Neuquén que informa el estado de las rutas de la provincia.
– ¿Me lo darías, por favor?
0-810-333 7882.


Otoño en Neuquén




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