Camas de viaje IV

Veo fotos de camas
deshechas
en hoteles
donde dormí.

Madrid
Cancún
Bocas del Toro
y una isla con nombre de jabalí.

Estaba sola
Pero cómo,
si
te abrigué.

Eras mi segunda piel,
aliento de besos
mudos
en la noche
larga
del viaje

Dormí en Cracovia,
las
vértebras
del amor
desarropado.


De San Pedro Sula a Copán Ruinas

Viajar de San Pedro Sula a Copán Ruinas, el pueblo desde donde se visita la ciudad maya, lleva unas cuatro horas en auto. Podría ser menos sin estos cráteres de la ruta. No se los puede llamar baches ni pozos, cráter es el término más apropiado y el que usa Quintanilla, mi chofer. Cada tanto frenamos: dos o tres adolescentes con palas en el medio de la ruta llenan los cráteres con tierra de los campos vecinos. Piden unas lempiras a cambio. Lempira, la moneda hondureña tiene el nombre de un capitán de guerra que luchó contra los españoles. Un dólar son unas veinte lempiras. Una baleada, tipo un taco con tortilla de harina, que viene con frijoles, yuca y papa cuesta unas ochenta lempiras.

La ruta está llena de curvas y el paisaje es verde intenso. Verde lluvia. Hay puestos de venta de piña, coco, bananas, un motel que se llama Mi primera ilusión y un hombre que lleva su ganado cebú hacia algún campo del otro lado de la ruta. Hay camiones Mack y buses amarillos como los que en Estados Unidos trasladan los chicos a la escuela, pero éstos llevan pasajeros. Unos y otros se compraron usados en el país del norte. Hay campesinos con sombrero de vaquero que descansan a la sombra de una ceiba sin soltar su machete, y una canchita de fútbol que se llama Camp Nou Copán.

–Ese cráter me dolió hasta el corazón.

Habla Quintanilla, el chofer, que tiene dos hijos, Gerald y Chelsea. Quiso cambiar porque dice que ya se escucha bastante Pedro y Juan.

También suenan Doris Melissa y Geraldina Milagros. Por acá los nombres son exuberantes como el paisaje. Como la naturaleza, como las ferias tropicales donde se consigue comida, ropa, tornillos y café.

Finalmente, Copán Ruinas, donde se puede ver lo que queda de la gran ciudad maya.


Otra isla a mediodía

El hombre de bermudas estampadas se acerca a la ventanilla y mira hacia abajo con interés. Estamos en un ATR 42, un avión a hélice para unos veintitantos pasajeros, aunque hoy somos diez. Apoyo la frente en la ventana y hago lo mismo. Entonces veo la isla larga, rodeada de arrecifes, y un mar de zafiros, turquesas y aguamarinas. La playa como una cinta blanca, techos, algunos botes pesqueros y una maraña de selva en el centro ondulado. El paisaje está en silencio, como en un cuadro. El avión sobrevuela Roatán, en Honduras, y no puedo dejar de mirarla.

Recuerdo a Marini, el personaje de La isla a mediodía, el cuento de Cortázar. El tipo era un auxiliar de abordo que en la ruta Roma-Teherán volaba sobre las islas griegas. Él miraba una sola isla, siempre la misma. Supo que se llamaba Xiros y soñaba con estar algún día ahí. Con cambiar su vida, olvidar el pasado y vivir de la pesca y con poca ropa en Xiros. La tripulación lo llamaba el loco de la isla porque cuando hacían esa ruta Marini dejaba todo para sentarse a mirarla. Era siempre el mediodía cuando sobrevolaban Xiros. Como ahora, justo el mediodía y tengo la mirada en la isla, que de repente se cubrió de nubes espesas. En Grecia no llueve tanto como en el Caribe. Me imagino que Marini nunca vio a Xiros entre nubes.

Escribí más sobre Roatán en la edición de diciembre de la Revista Lugares.


Fronteras

Senegal Fast Food. Amadou et Mariam y Manu Chao.


El olor de la tormenta

Este fin de semana estuve en la previa de una tormenta en el medio del campo. El cielo se puso negro y después azul dudoso. El viento golpeaba las ramas y asustaba a los pájaros que buscaban refugio en el monte de eucaliptus. Había olor, olores que se mezclaban y producían un olor único, el olor de la tormenta.

Antes de seguir con posts del Caribe, con Panamá y Honduras, un homenaje al olor de la tormenta a través de una descripción de Selva Almada en El viento que arrasa.

 

«Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.

Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bodas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono,junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo que encuentren.

El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.

Saliendo del monte, ya en la planicie, el olor de los tacurúes.

El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan qeu usan las mujeres para lavar la ropa. El olor a ropa mojada secándose en el tendedero.

El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.

Y más acá el olor del pueblo mas cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, uqe llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.

El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con una pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.

Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en una postal turística.

El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.

Se venía la tormenta».

***

En la novela de Selva Almada y en mi foto, se vino la tormenta.

 


El mismo canal, otras manos


Dentro de poco se cumplirán cien años de la construcción del Canal de Panamá. “Desde que tomamos el control del canal todo cambió, ahora nuestro país es verdaderamente independiente”, me dice un empleado de impuestos en el Mercado de Mariscos, donde comí un vaso de ceviche de corvina por dos dólares. Y después me cuenta sobre los estudiantes que en 1964 se aventuraron a la Zona del Canal, que pertenecía a Estados Unidos, e izaron la bandera panameña. Fue un 9 de enero, que terminó con violencia y muertos. Hoy se celebra el Día de los Mártires en el país. Gracias a ese episodio se reabrió un acuerdo internacional de 1903 que cedía a Estados Unidos el control del canal a perpetuidad.

El 31 de diciembre de 1999 –después de veintidós años y por los Tratados Torrijos–Carter de 1977– Estados Unidos le transfirió el control del Canal a Panamá. En 2006 se aprobó el Referendum por la ampliación, y hoy casi todos los panameños con los que me cruzo están pendientes del canal y les gusta hablar de eso. “¿No leyó en el diario que ya llegaron las compuertas, “¿Escuchó que los chinos quieren construir un canal en Nicaragua?”, “¿Sabe que en el Canal trabajan más de diez mil empleados?”. “Cuando visite el Causeway piense que esa carretera se hizo con tierra de la construcción del canal”.

El día que visito las Esclusas de Miraflores el cielo está negro y, cada tanto, los rayos hacen un tajo eléctrico entre las nubes. Las esclusas se usan para subir y bajar los barcos que van de un océano a otro. No es que haya diferencia de altura entre el Atlántico y el Pacífico, es porque el Lago Gatún está a 23 metros de altura.
Allá lejos veo dos gigantes que se acercan, uno carga granos y el otro, combustible. Dos pesos pesados que aunque se ven cerca tardarán unos cuarenta minutos en llegar. Me da tiempo de recorrer los tres pisos del museo, que cuentan la historia de la construcción del Canal.
Llegan los enormes barcos y pasan lento hacia algún puerto del Pacífico.


Otros viajes: la noche de la copa

Cuando llamaron de seguridad para avisar que la señora Cortés había llegado al canal, me enredé con los cables del teléfono y estuve a punto de caerme de panza en la alfombra rosada y mugrienta antes de contestar.

La sala tenía tres teléfonos, ninguna ventana, cientos de cables y una mesa larga de directorio con botellas de Coca Cola medio vacías y vasos con restos de café de máquina.

Después de atender el llamado, no supe si ordenar la sala o bajar a buscar a la mujer. Tenía que hacer las dos cosas. Rápido. El tiempo en la televisión vale tanto que no tiene precio.

Vacié la mesa, puse la copa en el centro y salí al encuentro de la señora. Lo mío no fue cortesía. Tenía los minutos contados. El programa ya estaba en el aire y si ella se perdía por los pasillos infinitos de Canal 9, no llegaría a tiempo y Chiche es de los que ponen el grito en el cielo.

Chiche es Chiche Gelblung, un periodista polémico y amarillo que en la época de esta historia, hace más de diez años, conducía un programa que se llamaba Memoria. Salía en vivo, los miércoles de 22 a 23. La promo con los impactantes temas que se tocarían en el programa era simple. El conductor se paraba en el estudio. Llevaba siempre un traje y una corbata chillona que supuestamente combinaba con el pañuelo doblado en el bolsillo del saco. Enumeraba los temas y miraba fijo a la cámara, se apuntaba la sien con el índice y decía “Memoria”.

Chiche no tenía medida. Iba de la eutanasia, con una entrevista exclusiva a un español que pedía la muerte desde su cama de hospital; a las modelos del momento, enfundadas en la última colección de un diseñador en ascenso; a cómo viven los hijos de padres separados. También, mostró la autopsia de un extraterrestre. Su «Memoria» tenía lugar para todo.
A la señora Cortés la encontré en el rellano de la escalera, al lado de un torso de maniquí sin cabeza. La recuerdo alta, cuarentona, con el cabello rojizo y revuelto. Tenía los ojos meticulosamente delineados, por arriba y por abajo. La luz de tubo le profería un tinte verdoso y aspecto asustado. No la juzgo, aún para una mentalista los pasillos del viejo Canal 9 a las diez de la noche daban una impresión más tenebrosa que una casa de espíritus. No podría asegurarlo, pero creo que su nombre era Mirta. O tal vez Marta.

Mientras subimos la escalera de mármol no hablamos. Entramos a la sala de producción. La recorrió con la vista y se sacó el abrigo. Seguíamos sin hablar. Me pidió que apagara la luz y se sentó a mirar fijamente la copa que estaba arriba de la mesa. Me senté enfrente, en papel de jueza.

Esa semana mi trabajo como productora junior había consistido en: llamar a actrices separadas y con hijos a ver si querían contar su experiencia, ir en un remís al Indi Club, donde entrena Boca y convencer a Alphonse Tchami, un africano que comenzaba a jugar en Argentina, para que viniera al programa, y mandar un fax a Alemania tratando de ubicar al hijo de un nazi que había sido encontrado en Bariloche. Este podía ser mi momento de gloria. La señora Cortés había llamado a la producción de Memoria asegurando que podía mover la copa… con la mente.

Cuando se lo conté, Chiche fue claro. Antes de bajar al piso, me miró como miraba al objetivo de la cámara cuando hacía las promo: “Nena, vos quedáte con ella. Si mueve la copa, traéla al piso; si no, decíle que gracias y vení porque abajo hay laburo”, dijo y dio un portazo que dejó temblando a la puerta de utilería.
La luz estaba apagada pero entraban reflejos que le daban a la copa un brillo mágico. Durante unos segundos posé mi mirada en el tallo de la copa, después en el cáliz y en los ojos delineados de Mirta o Marta. En el silencio de la sala retumbaba la máxima de Chiche: “No impidas que la verdad te arruine una buena nota.”

El tiempo en la televisión no tiene precio y, además, es amorfo. La mentalista cortó el silencio espeso. “No sé qué pasa”, dijo. “Hace una hora en casa bailaba como loca, hasta se levantó a la altura de mis ojos”, también dijo.

Volvió a su concentración feroz. Y yo a mi Memoria. De niña una vez jugué al juego de la copa en la oscura casa de campo de las hermanas Troncoso. Hicimos una ronda, y la hermana más grande invocó a los muertos mientras miraba sin parpadear la copa que estaba en el medio. Antes de saber si se movió o no salí corriendo a la luz del día, poseída por el pánico. Esta vez no podía huir. Volví a mirar la copa y por un segundo creí que se movió. Marta o Mirta no dio signos de registrar ese movimiento probablemente porque no existió. Enseguida recordé la otra máxima de Chiche. “La televisión vuelve loca a la gente”.

Miré el reloj y vi que habían pasado 20 minutos de esterilidad telekinética. Me aclaré la garganta y dije como pude: “La copa no se mueve”. La señora Cortés me miró con ojos de fuego. “La copa dijo no, ¿no la escuchaste?”, me preguntó. También dije que no y abrí la puerta para salir de la sala. La copa quedó sola sobre la mesa de directorio, en la noche de canal 9.


Chicas del Caribe, según Mavado


El Palio de Siena

Me imagino cómo estará Gianluca en este minuto: moviendo los ojos saltones de un lado a otro, caminando tenso por su casa en Siena, transpirado, loco. Mañana compite en el Palio su contrada: il Bruco (la oruga).

El 2 de julio y 16 de agosto (cada fecha, en honor a una virgen) se celebra en la Plaza del Campo en Siena una de las fiestas más tradicionales de Italia. Visto de afuera, el Palio es una carrera de caballos que se practica, salvo contadas interrupciones (las dos guerras mundiales), desde la Edad Media. Visto de adentro, el Palio es confrontación, fanatismo, camaradería, furia y también un poco de locura.
En la carrera se enfrentan diez caballos de los distintos barrios de la ciudad medieval. Cada barrio es una contrada (contrade, en plural).

Hoy la palabra se usa como sinónimo de barrio, pero una contrada es mucho más. “Primero estaba la familia y después la contrada. Lo que necesitaras, desde trabajo hasta dinero, podías pedírselo. Era una contención, una segunda familia”, me dice una mujer con su pañuelo al cuello mientras caminamos. Ella pertenece a la contrada de la Oca (sí, la misma del juego de niños), de color verde, rojo y blanco.

Actualmente existen 17 contrade (llegó a haber 42) y cada una tiene un emblema y colores que la identifican: Áquila (águila), Bruco (oruga), Chiocciola (caracol), Istrice (puercoespín), Giraffa (jirafa), Onda (una ola de mar con un delfín), Lupa (loba), Civetta (lechuza), Drago (dragón), Lecorno (unicornio), Valdimontone (carnero), Nicchio (concha rodeada de corales), Pantera, Selva (con rinoceronte), Oca, Tartuca (tortuga) y Torre (un elefante que carga sobre su lomo una enorme torre).

Los jinetes o fantinos son famosos como las modelos, salen en las revistas y ganan buen dinero. Según su performance, pueden ser odiados y amados. Usan sobrenombre y casi siempre tienen menos de treinta años.
En el Palio no se gana dinero, se gana prestigio. El premio es un estandarte pintado a mano que se llama Palio, y la contrada ganadora lo exhibirá en su iglesia con orgullo, como un trofeo de guerra.

Sí, ahora Gianluca debe estar loco. Hace dos días me escribió diciendo que ojalá ganaran. El último 2 de julio me acompañó a la plaza. «Solo voy porque no juega mi contrada, si no no podría estar aquí contigo. Si compitiera il Bruco estaría con mis amigos, sufriendo», me aclaró.

Ese día, el último 2 de julio en la plaza de Siena, temí que se cayera de un infarto a mi lado. Mucho más nervioso que un hincha de fútbol. Y los nervios eran por una contrada rival. No quiero pensar cómo estará hoy.

En estos días subiré algunos apuntes de esa tarde en la Plaza del Campo, entre 60.000 personas, la mayoría vecinos fanáticos de su contrada.


El cuento del tío

Routa Ouarzazate-Zagora, por la mañana. Los viajeros dejaron el Hotel Majestic después de un café avec sucre en la terraza, con las sillas orientadas hacia la calle, a la manera de los marroquíes.
Las cumbres nevadas de la cordillera del Atlas enmarcaban la recta de asfalto y el desierto se anunciaba en los tonos amarronados de las colinas ralas. Pocas palabras. En fin, un día sin sobresaltos, para disfrutar del placer de mirar.
Adormilado por el vaiven del auto, el copiloto estaba a punto de cerrar los ojos, cuando registró una imagen borrosa en el horizonte. Una persona? O dos? Ingresaban en la antesala del Sahara, eso es cierto; pero era demasiado pronto para una alucinación.

A medida que el auto avanzaba, el cuadro se aclaró: había un hombre parado en el medio de la ruta, gesticulando. Un hombre joven, con túnica y turbante, parado junto a un auto, gesticulando hacia el conductor.
“¿Paramos? ¿O mejor no?”, se preguntaban los jóvenes turistas. Pero ya era tarde para dudas: el auto estaba detenido en la banquina y el joven corría en dirección hacia ellos. Eufórico, a juzgar por la imagen que les devolvía el espejo retrovisor.
Cuando estuvieron frente a frente, el árabe los abordó en un francés impecable: “Por favor, tuve un problema con el auto-explicó- ¿Me podrían alcanzar hasta Agdz, el próximo pueblo?” Su aspecto era el de un actor de “Lawrence de Arabia”. Los viajeros se miraron y titubearon, sin responder. Siempre es un riesgo llevar a alguien y su ser extraño no colaboraba. Pero su rostro suplicante desbarató sus cálculos. “Les pago por el lugar”-agregó al borde de la desesperación.

Nunca supieron qué fue lo que los convenció, pero luego de un silencio incómodo, el beduino estaba adentro del auto. Salamalecom,los saludó según la costumbre árabe. Dio las gracias varias veces y desde el asiento de atrás, contó su historia alimentado por la catarata de preguntas de los viajeros:
“Es muy importante lo que ustedes hacen por mí porque hoy es un día de fiesta. Yo formo parte de una caravana que transporta granos hacia Sudán. Sí, con dromedarios y a través del desierto. Llevamos nuestra comida y una reserva de agua. Las noches las pasamos en los oasis. A veces nos encontramos con tribus nómades y si nos piden algo, se los damos. Portan armas, pero en general son buena gente. En total somos 15 personas. No, sin mujeres. Viajamos alrededor de ocho meses y el resto del año preparamos la próxima salida. Volvimos hace 15 días y hoy es un día de fiesta, dijo por segunda vez. Mi abuelo, el jefe de la caravana cumple 90 años. Yo iba camino a lo de unos amigos cuando se rompió la cruceta del auto. Este año fue su última caravana. Ya está viejo. A partir de ahora se va a quedar en la casa, con mi abuela”.
El relato era fascinante y durante los 40 kilómetros hasta Agdz, los pensamientos de los turistas estuvieron en esa caravana, sobre el lomo de un camello.
Al llegar al pueblo, el muchacho les suplicó que tomaran un té a la menta en su casa. “No sé cómo agradecerles lo que hicieron por mí”, dijo.
Miradas cruzadas. Puntos suspensivos. “Es que no tenemos tiempo”, se atajaron. Pero él fue más allá: “Los apurados ya están en el cementerio”, sentenció con una sonrisa.
Bajaron del auto y los condujo a la entrada de una casa que sólo dejaba ver un puñado de escalones. Subieron, cautelosos, detrás de él. Un recibidor cubierto de alfombras y una cortina espesa tapaban el resto. Los invitó a sacarse los zapatos y a pasar. El interior desveló cualquier ingenuidad pero ellos decideron seguir creyendo en las caravanas. Era un gran salón, repleto de alfombras y con un stock de tapices. “La típica maison bereber”, dijo con una simpatía que comenzaba a desvanecerse. El auto estaba abajo, ellos descalzos -lo que suponía una mayor indefensión- sentados en la alfombra de una casa, en los suburbios de un caserío perdido en las montañas.
Trajo el té en la tetera plateada. Bebieron un vaso sin hacer ningún comentario sobre la mercadería. Dispuestos a partir, él insistió en que la ceremonia consta de tres vasos. Bueno, el último. Pero, entre nosotros, ni una palabra sobre la naturaleza del lugar, un vulgar negocio de artesanías.
El té corría por sus gargantas y el embustero no pudo con su ser comerciante: “los tapices son de Sudán, pueden consultarme”.

***
Esa noche, en el pueblo de M´hamid, los viajeros se toparon con una guía de Marruecos que, en la página 145, decía: “Atención en la ruta Ouarzazate-Zagora, suele haber gente que simula la ruptura de su auto y detiene a los turistas con la excusa de que lo auxilien hasta el próximo pueblo. Sin embargo, el único propósito es llevarlos de prepo a una tienda de artesanías”.




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