De curvas y mal de altura

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.

El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.

Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).

El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.

¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien”, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.

Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.

La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.

El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.

De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: “Somos médicos”.

A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.

Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de Saw, más nauseas y vómitos.

“Tomen estas pastillas, pero no abusen”, nos recomendaron.

Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.


Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.


Chicha design: del desierto al circuito de moda

En el último viaje por el norte de Perú crucé regiones áridas donde el color más fuerte era el de los afiches de las bandas de cumbia. La materia prima del chicha design, nuevo estilo cool que se trasladó a la capital, a las galerías de arte, a la decoración de restaurantes con precio europeo.

Después del viaje por el norte arqueológico regresé a Lima, y en una tienda de moda de Barranco también vi estos carteles, ya no anunciando bandas de cumbia sino hechos por artistas que tomaron expresiones populares para resignificarlas.

Hace unos días encontré este video en el que un artesano de esta técnica publicitaria cuenta sobre los orígenes, en la cultura y los colores de las vestimentas de los Andes Centrales de Perú.

Cuando volví de Perú acompañé a una amiga que es crítica gastronómica a Sipán, un nuevo y exclusivo restaurante peruano de Palermo. Cuando entré me impactaron los colores fosforescentes de las paredes: el chicha design había llegado hasta aquí. Y parece que tiene envión y coraje para ir más lejos.


Tributo al mono

Así lo vi cuando sobrevolé las Líneas de Nazca, algunos meses atrás. Nítido, gracioso, con nueve dedos y la cola espiralada, la misma que inspiró a los creativos de Futurebrand para el reciente diseño de la marca país de Perú. Así lo vi, en medio del desierto, lejos de los árboles y cerca de un colibrí gigante.


San Valentín y la vigencia de los clásicos

Colección de cerámica erótica de culturas antiguas en el espectacular Museo Larco Herrera, en Lima, Perú.


Tour por la nostalgia habanera

Me crucé con Alice Wagner en la galería Lucía de la Puente, en Barranco, Lima. Ella iba con una falda leve y llevaba una canasta de picnic. Cuando llegó al mostrador de la recepción, se agachó y buscó algo en su canasta. Seguramente porque había pasado la hora de comer y todavía no había almorzado, me quedé mirando. Quizás imaginé que saldrían sándwiches de jamón del Norte, manzanas, queso, pan casero. Soñé por un instante con una degustación de tiraditos de salmón. Nada de eso.

De la canasta de picnic, la artista sacó catálogos de su obra que la responsable de la galería llevaría a una feria de arte en Miami. Le pedí uno. Había portadas de discos de vinilo de Olga Guillot, Bola de Nieve, Julio Iglesias y otros maestros de la balada romántica.

Su muestra ya había pasado. Durante un rato me ausenté de la moderna galería de arte para tomar un tour nostálgico, con brisas tropicales, por algunos iconos de la latinidad. Personajes, atuendos, colores, estéticas que uno siente como propios a pesar de no haber vivido aquellos años. Fue un tour de catálogo, pero igual lo disfruté.

Si me preguntan quién exponía esa tarde en la galería, probablemente no lo recuerde. En cambio, no olvidaré chequear de tanto en tanto la página de Alice Wagner, a ver en qué anda.


Chocotejas de Ica

De envoltorio cuidadosamente despeinado con flecos de papel, las chocotejas tienen interior dulce y guardan una sorpresa.

Estos dulces tradicionales nacieron en Ica, unos 300 kilómetros al sur de Lima, pero hoy se consiguen en muchas ciudades de Perú.

La cobertura, como lo indica el nombre, es de chocolate. Adentro, manjar y más adentro, en el corazón, pasas o limón o naranja o higo o guindones o nuez pecana.

Al parecer, en un comienzo, fueron tejas, sin el baño de chocolate, que se le habría ocurrido a Doña Elena Soler de Panizo, para hacer feliz a alguno de sus siete hijos.

Quien piensa ir a Perú de vacaciones seguro que se topará con ellas en un mercado, en una vidriera, en la calle. Para todos los demás, aquí está la receta


Lima no es fea

¿Te vas a Lima, la fea?, me preguntaron antes de partir.

Me voy a Lima, una capital con nombre de fruta perfumada, donde se prepara el ceviche más exquisito y existe un Parque del Amor con esta escultura de una pareja que se da un beso apasionado. ¿Cómo me podría parecer fea una ciudad que festeja el amor? No, Lima no es fea.

Me voy a Lima, una ciudad con hombres capaces de llamar panza de burro a su cielo  nublado, causa a una papa rellena y suspiro a un postre tan dulce. Me voy a Lima, una ciudad de poetas y escritores. No me voy a Lima, la horrible.

Me voy a Lima, una ciudad donde el pasado precolombino irrumpe en el centro como una surgente, no muy lejos de las catacumbas, en el Huaca Pucllana y en el Museo Larco Herrera, con una colección de 55.000 piezas que incluyen huacos, textiles, oro, momias y una impactante reserva de cerámica erótica.

Me voy a Lima, la ciudad de los restaurantes de Gastón Acurio, el hombre que le dio una dimensión internacional a la cocina peruana.

Me voy a Lima, la ciudad de la cumbia, los mototaxis, las excavaciones arqueológicas permanentes, los balcones colgantes, el parque de los olivos,  las fuentes de colores, las invasiones o zonas tomadas no lejos del centro y las famlias que veranean en Asia, el balneario de moda.

Me voy a Lima, una ciudad a la que siempre llega gente de la montaña que después de unos años se queja de la gente que llega de la montaña, y dice que ése es el problema de Lima.

Es desordenada, caótica y sucia, me dijeron antes de partir. No vi nada de eso. El Metropolitano -símil Transantiago- corre por una vía rápida con publicidad ecológica. El centro histórico que según me contaron fuentes con gran sentido del olfato, hace unos diez años olía a baño público de estación de tren en rush hour; ahora, nada de eso.

Me voy a Lima, una ciudad con todas las contradicciones latinoamericanas, diversa, llena de historias y personajes. Una ciudad donde una mañana cualquiera uno se puede cruzar con María Luisa, la hija del Cuzco, una cantante de cumbia vestida como un merengue amarillo, filmando un video frente a las puertas de una iglesia colonial, mientras las palomas revolotean y ella baila con stilettos sobre adoquines y canta Pensando en tí a un hombre con “carita de angelito y corazón del demonio”.

¿Fea? No, Lima no tiene nada de fea.


Otras conexiones

Anuncio de pocas pulgas preside la entrada a la Iglesia Catedral de Chiclayo, Capital de la Amistad, Perú.


El cadete de Huanchaco

El resplandor de este amanecer en Huanchaco es tal que a pesar de que estamos a orillas del mar, lo inmenso es la luz.

Ni el militar ni yo usamos anteojos negros, por eso achinamos los ojos para poder mirarnos. Ponemos, incluso, la mano extendida sobre la frente. Como los que gritaban Tierra a la vista. Pero enfrente no hay tierra sino océano: el Pacífico.

El militar es un cadete de pantalones camuflados y borcegos con pasado turbulento. Hace el servicio militar en Huanchaco, la zona costera de la ciudad de Trujillo, norte de Perú. Dieciocho años, diecinueve como mucho.

Durante un rato prestamos atención a los caballitos de totora, esos barcos de junco que se usan para pescar. Se acercan los pescadores con pasamontañas y las redes llenas de lorna y chita. El cadete está solo, las manos en los bolsillos, un cierto aire resignado. Después de un rato, hablamos.

Me cuenta que está haciendo el servicio militar en Huanchaco. Aprendió a manejar armas, detonar granadas, desarmar minas, y se graduó en maltrato. Le enseñaron a pasar hambre y a permanecer despierto por varios días; lo hicieron sentir una basura. En seis meses vuelve a la casa. Otros compañeros, muchos, decidieron a pesar de todo, quedarse y seguir la carrera militar. Él, no.

- ¿De dónde sos?
- De la selva, de Pucallpa.
- Qué paisaje diferente, ¿no? Acá no hay vegetación, esto es un desierto.
- Sí, además aquí hay mar. Y el mar va y viene. En cambio allá hay ríos. El río corre, siempre sigue, nunca vuelve.

Desde hace un tiempo, su puesto en el cuartel es cuidar un motor de agua. Los lunes tiene el día libre y suele bajar a la playa. Mira el mar, como si le fuera a traer algo. A su mamá, quizás, que no la ve hace casi dos años. O una porción de su Amazonas. El cadete no habla mucho. Pronto vuelve a sus sueños de selva y de Patria, que posiblemente no tengan nada que ver con el himno peruano. Me saluda y gira el cuerpo hacia el mar. Su vista se pierde en la espuma de las olas.




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