A propósito del Camino del Inca

Los países, las provincias y hasta los medios se apropian, respectivamente, de “sus” afectados en Machu Picchu. Los diarios argentinos, los chilenos, los costarricenses, los uruguayos, cada uno rescata un universo privado, un viaje en primera persona.

Mientras leo las historias, los rescates, la tragedia me apropio de mis recuerdos. Hice el Camino del Inca el año del cólera, 1991. A fines de enero, princpios de febrero. Llovió tres de las cuatro noches que pasé en la montaña. Antes llovía, pero como me dijo Jerry, uno de los amigos con los que compartí esos días, “ahora el clima está de thriller”.

No sé si ya existían las telas inteligentes, pero a América Latina no llegaban seguro. Caminaba con jeans y un sueter de lana tejido por una tía, y húmedo el 80 por ciento del día. Entre las medias y las zapatillas se ponían bolsas plásticas. Con eso y todo, los pies terminaban hechos sopa.

Hace 19 años hacer el Camino del Inca costaba 13 dólares. Hoy hay que pagar alrededor de 300 por un tour que incluye guía, comidas, entradas. No se puede hacer de otra manera  y no es fácil conseguir cupo: sólo entran  250 personas por día. Fui con Elizabeth, mi amiga del colegio, que a partir del segundo día de caminata tenía tres de los cuatro síntomas del cólera. Recuerdo que llevábamos mochilas de rezagos militares y una “mantita de viaje”. Alquilamos una carpa en Cuzco, era pésima. Y compranos dos plásticos enormes para ponernos arriba de las camperas, que no eran waterproof.

Hace 19 años no había Internet. Sí había guías de viaje, pero no eran populares, y no las compramos. Rebeldía de la edad, negligencia, ganas de hacer sin receta el trekking más famoso del mundo y el primer gran viaje solas, quién sabe, pero no la compramos. En aquella época, la mayor parte de la información de un viajero -latinoamericano, al menos- era el boca a boca. Hago la aclaración porque de repente me acordé de una pareja de australianos que llevaba una guía con tips increíbles. Con la mayoría de los viajeros uno se encontraba en el campamento, por la noche. A los australianos los vimos cuando nos pasaron. No daban pasos, lo suyo eran zancadas.

De tan largo, el segundo día casi no termina. La subida a Warmiwañusca, a 4200 metros de altura. Un sendero finito como los que hacen las vacas. Pero las vacas no llegan tan alto. Si llegaran serían vacas voladoras porque el cielo está ahí. A un par de nubes de distancia.

En las montañas conocimos a Jerry y a Topo, unos chilenos divertidos, mucho mejor equipados que nosotras. Nos hicieron bromas, nos reímos y enseguida fuimos amigos. Seguimos juntos el camino. Juntos comimos la polenta más rica del mundo, con el hambre de un yaguareté. Ahora es obligatorio ir con guía, pero antes uno se cocinaba, a menos que se contratara un porteador que también preparaba la comida al llegar al campamento.

El quinto día, como todos, amaneció nublado y lloviznando. Pero después de cruzar la Puerta del Sol se despejó un rato. Bajamos a las ruinas corriendo, temblando las rodillas, con la brisa en las mejillas, cumpliendo un sueño. El sueño de alejarse un rato de la civilización y transitar por las montañas de los incas . El sueño de descubrir que se puede llegar lejos con las piernas y el espíritu. Un sueño simple y noble, que la turista y el guía que murieron hace unos días, lamentablemente, no llegaron a cumplir.

Mientras leo las historias de las noticias, me apropio de mis recuerdos. La sensación incómoda de la lana mojada, los paisajes de ceja de selva, el Urubamba encajonado entre los valles, la extraña mezcla de cansancio y emoción de alcanzar cada noche la meta, un momento de agotamiento cuando me pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me fui a la playa. Me acuerdo de la piedra gris del Intihuatana y del miedo de una noche entera de lluvia. No voy a olvidar la generosidad de los chilenos, que compartieron lo que tenían con nosotras, ni la última trepada al Huayna Picchu, tomados de una soga gruesa para no perder el equilibrio. Arriba, no había ni un turista. Sólo nosotros, en las nubes.

(Post dedicado a Jerry y a Topo, mis amigos hasta hoy, y a Eli, que se salvó del cólera)


Códigos latinoamericanos

Nunca me gustó la robótica, además estaba contra el tiempo. Por eso suspiré aliviada cuando se acercó un ecuatoriano a la máquina con la que luchaba para obtener el boleto de bart que me llevaría al Aeropuerto de Oakland, desde donde vuelan las compañías low cost. El tipo me explicó cuál tenía que sacar para llegar hasta allá, qué billetes aceptaba la máquina, dónde se tomaba el tren. Sólo cuando tuve mi boleto en la mano, siguió su camino.

***

Otra tarde, cerca del Chinatown subí a un ómnibus y mostré el boleto que ya tenía y que supuestamente todavía servía. El conductor, con cara de latino, lo miró y me respondió en inglés que ya se había pasado la hora y que estaba vencido, pero que suba nomás. Le expliqué que no tenía reloj. Entonces, se rió y me dijo:

-¿Y qué tu hablas chica?
- Español
- ¿Y me puedes decir entonces pa qué hablamos en inglés?

Mientras subía por Broadway hacia Columbus, el cubano me contó que vivía en Estados Unidos hacía quince años y que vino de La Habana y que extraña la salsa y el calor de su isla.

***

Pero el guiño latinoamericano más memorable de mis días en San Francisco fue el del camarero peruano del Rooftop Café del MoMA. Un chico lindo que parecía que había entrado a trabajar ayer, por lo torpe y lento. Adelante mío, dos con pinta de intelectuales pidieron un café de una zona del sur de Etiopía donde la mayoría de los habitantes no tiene qué comer. Cuando me tocó el turno, le dije al peruano que quería un cortado. ¿Como le dicen al cortado acá que nunca me acuerdo? ¿Macchiatto? El chico me respondió que sí y que ya lo preparaba. El día estaba soleado, entonces me acerqué a la terraza, a ver las instalaciones de arte, la ciudad desde la altura. Cuando volví al mostrador, cinco o seis minutos más tarde, el café todavía no estaba hecho. Pensé en Michel Douglas y estuve a punto de tener un acceso de furia. Pero no. Seguí esperando. Finalmente  el café estaba sobre el mostrador de acero, y tenía un corazón dibujado con espuma, como se ve en la foto. Subí la vista y el peruano me miraba con sus ojos verdes emocionados. Fue sólo un segundo, enseguida corrió la vista para atender al próximo en la fila. Me llevé el cortado a las mesitas de la terraza con una sonrisa. No me importó nada que estuviera tibio, casi frío.


Novalima, raíces afroperuanas y beats electrónicos

 

Novalima lanzó su último álbum Coba Coba hace algunos meses.


Los balcones de Cuzco

María Eugenia Aliaga llegó hace poco de Perú. A esta chica cordobesa, estudiante de Letras y viajera, le gusta caminar. Un día puede estar haciendo un trekking en el Parque Nacional El Conodorito y otro, subiendo una calle empinada de Cuzco. Desde esa ciudad andina, hace su retrato -con nostalgias porteñas y fotos propias- de los balcones coloniales.

Desde que Ferrer y Piazolla escribieron que las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo… ¿viste? casi no se me ocurre otra forma para describirlas. Y hoy, otra vez,  me viene esa frase a la memoria. Solo que no pienso en las callecitas de Buenos Aires, sino en los balcones de Cuzco. ¿Me estaré quedando sin palabras?

Por ahora me sale decir que los hay grandes y chicos, barrocos o de trazos simples. Que los hay pintados de vivos colores: rojo, verde o azul añil traído de Centroamérica. También hay balcones austeros, sin pintura. Desde algunos se puede ver la Plaza de Armas tomando un té con torta de limón, comiendo cuy o bailando con un pisco sour en la mano. Desde otros se puede pispiar cómo los turistas se agitan subiendo las empinadas callecitas de la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Una óptica diferente, a metros del suelo.

Ah! ya casi me olvido, quiero confesar algo: los geranios sólo me gustan cuando cuelgan de los balcones de Cuzco. Y algo más: al frente de la Plazoleta de San Blas se encuentra mi predilecto. Pienso que de vivir en Cuzco, ese sería el balcón de mi casa. Es uno azul que está casi en la esquina. Es abierto y tiene una balaustrada de barrotes torneados con simpleza. Da a una puerta ventana también azul, adornada con geranios rosas, que cuelgan en jarrones de barro a cada lado. A la tardecita… no sé si decirlo, pero ese balcón azul tiene un qué sé yo, ¿viste?.


Al Amazonas, con mochila

Cuando conocí a Javier Olaciregui me contó que estaba buscando trabajo, que quizás conseguía uno en una bodega y que le gustaba la idea porque tendría que viajar.

Javier tiene 22 años y vive en Buenos Aires. Le pregunté si ya había viajado y me dijo que si. Inmediatamente se abrieron otras ventanas en la conversación. Y el trabajo y la reunión donde nos conocimos habían quedado atrás. Al frente sólo se veía el paisaje verde y salvaje del Amazonas, su último viaje.

Viajó solo y acompañado, viajó entre plátanos, chanchos y gallinas; viajó en barcos cómodos y con buena comida y en barcos tenebrosos. Durmió en hamacas durante más de un mes y comió arroz y más arroz. Seguramente, en algún momento del viaje se preguntó qué hago aquí y quiso salir corriendo. Pero no se bajó del barco. Siguió hasta Belem, en el estado de Pará, donde desemboca el río más caudaloso del mundo.

 ¿Cómo fue tu viaje?
Comenzó en el norte argentino, provincia de Jujuy, recorriendo Purmamarca, Tilcara, Humauaca, Iruya y La Quiaca. Siguió por Bolivia. De la frontera, un colectivo a La Paz, de ahí a Copacabana y después, a Perú.
Cuzco, Machupichu, Lima, y unas playas al norte del país, en el pueblo de Zorritos, muy cerca de la frontera con Ecuador. De ahí un ómnibus a Guayaquil y otro a Montañitas. A 20 minutos de ahí, en un parador sobre la playa, el Kamala, armamos un grupo de cinco personas, que seguimos al Amazonas.

 ¿Era tu primer viaje de mochilero?
No, ya había viajado antes, al sur de Argentina, a Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia.

¿Cómo decidiste viajar al Amazonas?
Creo que lo que me inspiró a ir al Amazonas fue que no estaba en mis planes. Surgió así de repente. Un día, en Ecuador, empezamos a hablar de que sería una excelente aventura. Una persona contó que lo había hecho y empezó a hablar del camino y las experiencias que había vivido y a todos nos entusiasmó y decidimos hacerlo también.

¿Viajaste solo?
Empecé el viaje solo por decisión, quería tener la experiencia en algún momento, antes de viajar, iba a tener compañía de dos amigos pero despúes se bajaron, y arranqué solo.
Los primeros días fueron bastante duros ya que no había muchos con quien hablar o yo no estaba bien predispuesto a hacerlo, después cambiaron un poco las cosas, yo me solté un poco más y conocí gente con la que seguí todo el viaje, incluso en el Amazonas. Gomes, Chela, Gema y Jorge, por siempre gracias. (Fueron sus compañeros de viaje, los encontró en el camino y se los ve en esta foto).

 ¿Cuál fue el recorrido en el Amazonas?
A la selva partí desde Ecuador, desde Coca, en una embarcación pequeña. Fueron doce horas hasta la frontera con Perú, ahí estuvimos en el pueblo de Pantoja, donde después de seis días llegó otro barco para seguir avanzando por el río. Cuatro días en un barco que no era turístico sino de carga de animales: chanchos, gallos, gallinas, tortugas, una vaca, un toro, un búfalo, y nosotros durmiendo en las hamacas, comiendo yuca, platano, arroz, y más platano, con alguna fruta que recogíamos de los árboles. Una experiencia Increíble.

¿Cuánto duró el viaje por el río?
En recorrer todo el río tardamos alrededor de un mes y medio.

¿Pararon en algún momento? ¿Entraron en la selva?
Paramos en Pantoja, en Iquitos, en Piura, desde donde fuimos a conocer a la comunidad Bora y el Señor Manuel y su familia nos hospedaron en su casa, luego fuimos a Tabatinga, Manaos, y desde ahí a Belem. La experiencia más profunda de ingresar a la selva fue camino a la comunidad Bora, a seis horas en canoa por un pequeño brazo del río Amazonas. Manuel nos recibió con un plato de comida caliente en la Maloca (casa del lugar), comenzamos a dialogar, en español -la lengua Bora era bastante complicada para nosotros- y pasamos el día allí conviviendo con Manuel y su familia, participando de sus actividades y viviendo lo que para nosotros eran rituales increíbles. Cazaban, recolectaban, compartían todo con nosotros. Les dimos a probar mate, que les gustó mucho y comimos carne con yuca. Luego, compartimos un pequeño fogón donde probamos coca molida preparada ahí. Y charlamos y nos reímos hasta bastante entrada la noche.


A los amigos de los viajes, salud

Tengo algunos buenos amigos que conocí viajando, hace ya muchos años. Oscar Núñez, Jerry para todos, es uno de ellos. Vive en Viña del Mar, está casado y tiene dos hijos. Nos conocimos haciendo el Camino del Inca, en Perú. El tenía 21 y yo 19. En ese viaje compartimos durante cuatro días la polenta, el arroz, la lluvia que mojaba nuestras carpas todas las noches –tuvimos la mala idea de hacerlo en enero-, el abrigo, las historias, los amigos. Subimos al Huayna Pichu y nos bañamos en Aguas Calientes. Después, cada uno se volvió a su país. De vez en cuando nos mandábamos cartas, fotos de la hazaña. (Aclaro que mientras los turistas suecos y australianos nos pasaban a los saltos con sus porteadores coyas, nosotros caminábamos cada vez más despacio entre el cansancio, el peso de la mochila y la altura).

Si bien hubo lapsos largos de no saber nada uno del otro -especialmente en la transición del correo al email- al final supimos, y cuando alguno de los dos cruzó la cordillera, nos encontramos un rato. Siempre hablamos con una confianza familiar.

Hace poco pasé unos días en Chile y nos volvimos a ver después de algún tiempo. Los dos teníamos que trabajar así que nos fuimos a un café Internet y tomamos un capuchino, mientras él miraba planos de instalación de señales viales y yo escribía.

Pronto llegó la hora del almuerzo y pensé que comeríamos un sándwich por ahí. Pero me invitó a su casa, que queda en Miraflores, en lo alto de un cerro. El terreno es una pendiente. Se entra por una calle y el fondo de la casa sube hasta la calle de más arriba. Está en Viña, pero me hizo acordar a las casas de Valparaíso.
Primero pasamos a buscar a su hijo Tomás por el colegio y después subimos la cuesta hasta la casa, donde la mujer nos había dejado comida preparada. Charlamos, jugamos con Tomás, me mostró su oficina y me trajo por lo menos cuatro álbumes de fotos, donde se veían los partos de los hijos, la familia, una síntesis del tiempo. También me contó los arreglos que quería hacer en la casa y tomamos un café. Desde el jardín vimos los cerros y más allá el Pacífico azul.

Esa tarde no visité lugares turísticos ni fui al mar ni a la casa de Pablo Neruda. Fue una tarde de cuentos:  le conté, me contó. Y nos sacamos fotos para guardar el momento en una memoria extra. Fue una tarde de amigos, aún sin mate.


La nueva página de Etiqueta Negra

Los hombres han terminado de trabajar. Desde hace unas horas la revista peruana que se jugó por la crónica periodística tiene nueva página en Internet.

Etiqueta Negra se edita en Lima, pero llega a muchos editores y periodistas de Iberoamérica. Sus autores suelen ganar premios de periodismo o son mencionados en El País de España. Después de seis años de buenas crónicas, Etiqueta Negra se ha hecho un lugar en el mundo periodístico latinoamericano.

Y llegó el momento de una página que acompañe el éxito. ¡Por fin, se puede bajar la revista completa en PDF!  Y también es posible bajarse el primer capítulo de un buen libro. Como La Revelación, de Graciela Mochkofsky. En la nueva Web hay blogs: Juan Pablo Meneses, desde Buenos Aires; Renée Kantor, desde Francia y Daniel Alarcón desde Estados Unidos, entre otros. Se pueden leer números anteriores, claro, dossiers y crónicas hasta decir basta.  

Colaboro con Etiqueta Negra hace varios años. En esta nueva página se puede leer mi última nota ahí: el viaje a una ciudad a la que nunca volveré.


Lima: ¿el nuevo boom latinoamericano?

La economía peruana sigue creciendo y Lima se puso de moda.

Subió el precio del metro cuadrado, hay un sorprendente auge editorial con escritores jóvenes entrevistados en medios internacionales, y tantas editoriales independientes como en Buenos Aires.

La cocina, ya se sabe, da que hablar en todo el mundo. Hasta dicen que se bate con la mexicana por ser la mejor del continente.

Este fin de semana salieron dos notas con datos imperdibles sobre la capital de Perú. Quien esté por viajar no se pierda el artículo de La Revista del Domingo, en el diario chileno El Mercurio, que cuenta sobre estos pequeños boom que construyen la nueva Lima, el boom latinoamericano.

En la revista Qué Pasa, también de Chile, una nota para los que están apurados: 48 horas en Lima.

Mucho tiempo tildada de “Lima La horrible”, ahora se puso de pie y parece que da revancha.


Mario Vargas Llosa, en Lima

Anoche terminó la XIII Feria del Libro de Lima, con la presentación del libro “Las guerras de este mundo”, de Mario Vargas Llosa.

El autor Juan Pablo Meneses, invitado a la feria, estuvo ahí. Mario Vargas Llosa firmó libros y era asediado por sus fans como una estrella de rock. Abajo, Meneses relata sus impresiones sobre la última noche, especial para Viajes Libres.

Detrás de todos esos celulares que le sacan fotos y de una multitud que lleva libros para que los firme está Mario Vargas Llosa. Es el último día de la edición 13 de la Feria Internacional del Libro de Lima, y un par de policías custodia a uno de los escritores más importantes de toda la historia literaria de Latinoamérica. Trato de acercarme, pero el tumulto es una pared. Como casi todos los días que he venido al Centro de Convenciones Jockey Club, el público es entusiasta y asombrosamente numeroso. Cerca de ahí se presenta el escritor chileno Pedro Lemebel, y otra larga fila espera su turno para ingresar a la sala. Sin embargo, lo de Vargas Llosa supera lo normal. Su entorno parece el de una estrella de rock, o un actor de telenovelas.

De pronto, lo pasan a buscar para llevarlo al auditorio Ricardo Palma, donde lo espera un público de 800 personas. El autor de “Pantaleón y las visitadoras” deja de firmar libros, y rodeado de guardias y cámaras, se va por un pasillo largo hasta ingresar a la zona restringida antes de subir al escenario.

Tengo en el cuello una credencial. Paso a la zona restringida, y en un segundo me cruzo con Vargas Llosa. Para él, darme la mano, es tender una de las miles de mano que dará hoy, y mañana, y todos estos días que pasará en Lima antes de volver a su casa de Madrid. Para mi es darle la mano al autor de “La ciudad y los perros”, el primer libro que recuerdo haber leído con entusiasmo, y la primera novela que quise haber escrito.

Vargas Llosa sube al escenario y todos lo aplauden. Estamos ahí para el lanzamiento del libro “Las guerras de este mundo”, de Editorial Planeta, donde se recogen diversos ensayos sobre su obra, con textos de Alonso Cueto, Jorge Edwards, Enrique Krauze, José Miguel Oviedo, Nélida Piñón, Antonio Tabucchi, entre otros.

Es el comienzo de varios días de celebraciones. Además de cerrar la Feria Internacional del Libro de Lima, Vargas Llosa será el presidente del jurado del Festival de Cine que comienza esta semana en la capital peruana, y estará presente este miércoles en la Universidad Católica de Lima donde se inaugurará la mayor retrospectiva de su obra con objetos y originales que hasta ahora nunca se expusieron públicamente.

Soy uno de los tantos que conoció Lima por los libros de Mario Vargas Llosa. La primera vez que vi Perú –más allá de los mapas del colegio– fue en su literatura. Por eso, al apretarle la mano, no sólo estaba saludando al autor de la novela que me hizo despertar el interés por los libros. También, a alguien que me hizo viajar a un país por la palabra, y al que si bien ya he visitado varias veces, nunca puedo dejar de asociarlo a él.

Al término de la presentación, el aplauso es cerrado y las cámaras otra vez lo envuelven. En esa multitud que lo acosa lo pierdo de vista, terminando así la primera vez que lo veo en persona. Una ocasión que, supongo, tenía que ocurrir aquí. En esta ciudad. En la misma donde está el Leoncio Prado. En esta que siempre tiene el cielo nublado y que se llama Lima.


Al rescate de Latinoamérica bizarra

Con el libro Buenos Aires bizarro, que acaba de lanzar Aguilar y que escribió el periodista y escritor Daniel Riera, ya son cuatro las ciudades revisadas bajo una mirada distinta, rara, fuera de lo común, bizarra.

En el prólogo de su libro, Riera escribe: “Lo que más me preocupaba al comienzo de esta investigación -luego, cuando me dejé llevar por los lugares, las historias y los personajes, dejó de preocuparme- era establecer de qué hablaba cuando hablaba de “bizarro”. Las connotaciones actuales de la palabra tienen bastante poco que ver con la definición de la Real Academia Española, según la cual “bizarro” quiere decir “valiente” en la primera acepción y “generoso, lúcido, espléndido” en la segunda. Solemos castellanizar el término bizarro, cuyo uso en inglés remite a “rarísimo/a, extraño/a, estrambótico/a”. En este libro, lo bizarro es lo que está fuera de la norma. Lo que carga las tintas en relación con una medianía estándar.”

La guía tiene 270 páginas y está divida en varias secciones, que básicamente rescatan lugares, desde museos (el de Quique, dedicado a un barrabrava) y estatuas (la de Caperucita Roja, en Los Bosques de Palermo; la del Dedo Gordo, en el Paseo de la Recova, o la de Mostaza Merlo ¡con foto!) hasta apuntes criminales que siguen la ruta del Petiso Orejudo. En el capítulo Nocturno y sexy hay una historia de una gorda stripper que actúa con un enano stripper, otra sobre El Club de los Osos de Buenos Aires, que reúne a gays barbudos y peludos y morrudos y más. En Comer y Beber, hay un restaurante donde se come todo crudo, están los panqueques de Carlitos, cada uno con nombre y apellido, un restaurante para comer a ciegas y Angelín, el inventor de la pizza canchera. Lugares, experiencias y muchísimos datos porque todo, hasta lo más bizarro trae dirección, teléfono y página Web. Riera pone foco en lo bizarro y lo redescubre, para el habitante de la ciudad y para el turista. Las buenas fotos de Diego Sandstede ayudan a la imaginación.

La primera guía de turismo bizarro en América Latina apareció allá por 2003, también por Aguilar, y fue Santiago Bizarro, del periodista chileno Sergio Paz, que escribe con frecuencia en la Revista del Domingo, del diario El Mercurio. Cuentan los que lo conocen que se andaba por los pasillos del diario con una guía de teléfonos, siempre a la pesca de actividades o paseos bizarros. Dice Alberto Fuguet, quien escribió el prólogo: Uno veía a Paz y la pregunta lógica era: ¿Cómo va “Bizarro”?, a lo que él respondía “Puta, muy bizarro”.

Sergio Paz se inspiró en L. A. Bizarro, una guía de Anthony Lovett y Matt Maranian, que reunía sitios bizarros de Los Angeles. En la suya, Paz propone un recorrido diferente por la capital chilena, que incluye comer charqui de cóndor y dar una vuelta por bares, como El Quitapenas o Los Canallas, que nunca saldrían en una guía.

Cuenta, además, sobre mitos urbanos. Bizarros, claro. Como ese que reza que en el cerro Manquehue vive un viejo que es el único que sabría el secreto para llegar a una mina de plata. Pero en realidad, lo que verdaderamente conocería el viejo es un túnel que atraviesa la ciudad de punta a punta en apenas unos segundos.

Lima también tiene su antiguía de datos freaks del centro de la capital recopilados por el escritor y periodista Rafo León. En su recorrido entran huariques, calles viejas, edificios olvidados y decadentes -como la quinta Heeren o el Hotel Crillón- y noches de discotecas strip tease en la barra. El tipo busca otra orden de las cosas en la misma Lima de siempre.

Dijo Rafo León en una entrevista en el diario La República: “La cosa más interesante de este proyecto que lejos de caer en el cliché muerto del pasado virreinal lo que pretende es rescatar la mirada de lo que está incesantemente moviéndose en esta ciudad. Hay que aprender a zambullirse en ella.”

Y claro, además de lugares, en Lima y en todas las ciudades latinoamericanas hay personajes bizarros, freaks que las pueblan y les dan vida. El cronista Juan Manuel Robles retrata en Lima Freak, editado el año pasado por Planeta, ocho historias reales de freaks. Los personajes son por ejemplo, Genaro Delgado Parker, el magnate de la televisión peruana; Frieda Holler, una ex reina de belleza que enseña buenos modales; Rafael Osterling, un chef peruano con pinta de estrella de rock, y Laura Bozzo, animadora de los reality shows en América Latina que pasó su arresto domiciliario en un estudio de televisión. A través de sus perfiles y de otros excéntricos a tiempo completo, como él los llama, Robles cuenta otra Lima.

Bogotá, una ciudad de siete millones de habitantes, un museo del oro y un cerro visitado por miles de turistas, también tiene su lado B, una guía bizarra para perderse entre enanos mariachis -pequeño pero infalible, el enano le regala contenido a toda guía freak- falsas bandas de rock, como Los Rimembers, que sólo saben cantar bajo la ducha, piercings extremos, purgas colectivas y lugares donde rumbear con Elvis y Superman.
Andrés Sanín, Sebastián Chalela y Juan David Sánchez la repasaron de la A a la Z por los caminos no tomados, a ver con qué se encontraban.

Estas guías están hechas por héroes urbanos que caminan y preguntan y se meten mundos subterráneos o en la superficie pero desconocidos, y anotan datos insólitos durante años para escribir nuevos recorridos que seguramente alguna vez sean turísticos y creen un nuevo orden de las cosas.

“Me muero de ganas de leer algún día Montevideo bizarra, Caracas bizarra, Quito bizarra, La Paz bizarra o Asunción bizarra”, afirmó Daniel Riera al periodista de Ansa que lo entrevistó para el lanzamiento. Por mi parte, me muero de ganas de leer DF bizarro.




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