Guachimán
Guachimán: peruanismo que deriva del vocablo inglés watchman. Se usa para llamar a los vigilantes y empleados de seguridad. En Perú, en Argentina y en el mundo hay cada vez más guachimanes.
Guachimán: peruanismo que deriva del vocablo inglés watchman. Se usa para llamar a los vigilantes y empleados de seguridad. En Perú, en Argentina y en el mundo hay cada vez más guachimanes.
Mientras en Estocolmo, Mario Vargas Llosa tomará pastillas de miel para aliviar su afonía, en Lima lo recuerdan con muestras especiales, afiches en la calle y hasta collages hechos por niños de colegio.
Unos días atrás visité la antigua Estación Central Desamparados, en el centro histórico de Lima, donde desde el año pasado funciona la Casa de la Literatura Peruana.
En 16 salas se rinde homenaje a los grandes escritores y poetas peruanos, desde el Inca Garcilazo de la Vega hasta César Vallejo y, por supuesto, MVLL.
La biblioteca de la Casa lleva su nombre, está en el centro de la vieja estación, debajo de una claraboya de vitraux. Allí se pueden consultar todas las obras del autor en varios idiomas, y en la página, hacer un recorrido virtual.
Suele haber charlas, seminarios y conferencias, siempre gratis.
De no ser por Castañeda, el dueño de una dulcería tradicional, este post no existiría. Gracias a él conocí el shámbar, el plato de la foto, que se come todos los lunes en Trujillo, una ciudad colonial y en crecimiento del norte de Perú.
A Castañeda no le importaba vendernos sus alfajores, coquitos, king kones, él quería hablar de su tierra, de la comida, de lo mucho que le gusta cocinar. Contó que le enseñó a cocinar a sus tres esposas y afirmó que esto de cortar el ceviche en cuadrados es una vulgaridad de esta época. “Hay que filetearlo con elegancia, así se hace el buen ceviche”.
Nos hizo pasar atrás del mostrador sólo para que probáramos su guiso de carnero. Él hubiera seguido hablando, seguro, pero no había tiempo. Antes de partir señaló, muy seguro: “No se vayan de Trujillo sin comer shámbar. Caminen hasta El Rincón de Vallejo, ahí hacen el mejor”.
El Rincón de Vallejo está a una cuadra de la Plaza de Armas. Es un bolichito de diez mesas como mucho, forma parte de un solar de dos pisos, que antiguamente fue un hotel. Arriba, en la habitación N°7 vivió el poeta César Vallejo mientras era maestro en Trujillo.
En el centro del local hay una pintura de Vallejo, con la mano apoyada en la pera, el ceño fruncido, las cejas espesas, la mirada intensa. Desde su lugar, el poeta tiene una vista privilegiada del movimient
o, de los platos de shámbar que van y vienen.
El shámbar o chambar llegó de las sierras. Es una sopa campesina de menestras -garbanzos, garbancillos, habas, trigo-, piel de chancho andino, ají panca. Se sirve como en la foto y uno le agrega a gusto el maíz tostado (chamba), la yuca hervida, la cebolla morada, el tomate y el cerdo. También lleva un toque de cilantro o culantro como le dicen en Perú.
No se sabe el origen del nombre pero podría ser que derivara de “shamba”, que en el vocabulario de los incas se usaba en referencia a la cosecha de lo que se había sembrado.
Tanto se impuso como comida criolla que hasta le han compuesto versos. De los que leí, éste es el que más me gustó: “En Chiclayo, el espesado, en Saña la fritanguita, el adobo en Arequipa, en Tacna, guatia he probado. En Trujillo, lo indicado, los lunes por la resaca, como estimulo, destaca, Un buen shámbar bien servido. Después de haberlo ingerido, al serrano ya no ataca”.
Algunos creen que se come los lunes por el valor energético que aporta, para comenzar la semana. Otros porque es bueno para la resaca. Le preguntaría a Castañeda qué opina, pero sé que si lo hago la respuesta será lo suficientemente larga como para perder el avión.
Los países, las provincias y hasta los medios se apropian, respectivamente, de “sus” afectados en Machu Picchu. Los diarios argentinos, los chilenos, los costarricenses, los uruguayos, cada uno rescata un universo privado, un viaje en primera persona.
Mientras leo las historias, los rescates, la tragedia me apropio de mis recuerdos. Hice el Camino del Inca el año del cólera, 1991. A fines de enero, princpios de febrero. Llovió tres de las cuatro noches que pasé en la montaña. Antes llovía, pero como me dijo Jerry, uno de los amigos con los que compartí esos días, “ahora el clima está de thriller”.
No sé si ya existían las telas inteligentes, pero a América Latina no llegaban seguro. Caminaba con jeans y un sueter de lana tejido por una tía, y húmedo el 80 por ciento del día. Entre las medias y las zapatillas se ponían bolsas plásticas. Con eso y todo, los pies terminaban hechos sopa.

Hace 19 años hacer el Camino del Inca costaba 13 dólares. Hoy hay que pagar alrededor de 300 por un tour que incluye guía, comidas, entradas. No se puede hacer de otra manera y no es fácil conseguir cupo: sólo entran 250 personas por día. Fui con Elizabeth, mi amiga del colegio, que a partir del segundo día de caminata tenía tres de los cuatro síntomas del cólera. Recuerdo que llevábamos mochilas de rezagos militares y una “mantita de viaje”. Alquilamos una carpa en Cuzco, era pésima. Y compranos dos plásticos enormes para ponernos arriba de las camperas, que no eran waterproof.
Hace 19 años no había Internet. Sí había guías de viaje, pero no eran populares, y no las compramos. Rebeldía de la edad, negligencia, ganas de hacer sin receta el trekking más famoso del mundo y el primer gran viaje solas, quién sabe, pero no la compramos. En aquella época, la mayor parte de la información de un viajero -latinoamericano, al menos- era el boca a boca. Hago la aclaración porque de repente me acordé de una pareja de australianos que llevaba una guía con tips increíbles. Con la mayoría de los viajeros uno se encontraba en el campamento, por la noche. A los australianos los vimos cuando nos pasaron. No daban pasos, lo suyo eran zancadas.
De tan largo, el segundo día casi no termina. La subida a Warmiwañusca, a 4200 metros de altura. Un sendero finito como los que hacen las vacas. Pero las vacas no llegan tan alto. Si llegaran serían vacas voladoras porque el cielo está ahí. A un par de nubes de distancia.
En las montañas conocimos a Jerry y a Topo, unos chilenos divertidos, mucho mejor equipados que nosotras. Nos hicieron bromas, nos reímos y enseguida fuimos amigos. Seguimos juntos el camino. Juntos comimos la polenta más rica del mundo, con el hambre de un yaguareté. Ahora es obligatorio ir con guía, pero antes uno se cocinaba, a menos que se contratara un porteador que también preparaba la comida al llegar al campamento.
El quinto día, como todos, amaneció nublado y lloviznando. Pero después de cruzar la Puerta del Sol se despejó un rato. Bajamos a las ruinas corriendo, temblando las rodillas, con la brisa en las mejillas, cumpliendo un sueño. El sueño de alejarse un rato de la civilización y transitar por las montañas de los incas . El sueño de descubrir que se puede llegar lejos con las piernas y el espíritu. Un sueño simple y noble, que la turista y el guía que murieron hace unos días, lamentablemente, no llegaron a cumplir.
Mientras leo las historias de las noticias, me apropio de mis recuerdos. La sensación incómoda de la lana mojada, los paisajes de ceja de selva, el Urubamba encajonado entre los valles, la extraña mezcla de cansancio y emoción de alcanzar cada noche la meta, un momento de agotamiento cuando me pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me fui a la playa. Me acuerdo de la piedra gris del Intihuatana y del miedo de una noche entera de lluvia. No voy a olvidar la generosidad de los chilenos, que compartieron lo que tenían con nosotras, ni la última trepada al Huayna Picchu, tomados de una soga gruesa para no perder el equilibrio. Arriba, no había ni un turista. Sólo nosotros, en las nubes.
(Post dedicado a Jerry y a Topo, mis amigos hasta hoy, y a Eli, que se salvó del cólera)
Nunca me gustó la robótica, además estaba contra el tiempo. Por eso suspiré aliviada cuando se acercó un ecuatoriano a la máquina con la que luchaba para obtener el boleto de bart que me llevaría al Aeropuerto de Oakland, desde donde vuelan las compañías low cost. El tipo me explicó cuál tenía que sacar para llegar hasta allá, qué billetes aceptaba la máquina, dónde se tomaba el tren. Sólo cuando tuve mi boleto en la mano, siguió su camino.
***
Otra tarde, cerca del Chinatown subí a un ómnibus y mostré el boleto que ya tenía y que supuestamente todavía servía. El conductor, con cara de latino, lo miró y me respondió en inglés que ya se había pasado la hora y que estaba vencido, pero que suba nomás. Le expliqué que no tenía reloj. Entonces, se rió y me dijo:
-¿Y qué tu hablas chica?
- Español
- ¿Y me puedes decir entonces pa qué hablamos en inglés?
Mientras subía por Broadway hacia Columbus, el cubano me contó que vivía en Estados Unidos hacía quince años y que vino de La Habana y que extraña la salsa y el calor de su isla.
***
Pero el guiño latinoamericano más memorable de mis días en San Francisco fue el del camarero peruano del Rooftop Café del MoMA. Un chico lindo que parecía que había entrado a trabajar ayer, por lo torpe y lento. Adelante mío, dos con pinta de intelectuales pidieron un café de una zona del sur de Etiopía donde la mayoría de los habitantes no tiene qué comer. Cuando me tocó el turno, le dije al peruano que quería un cortado. ¿Como le dicen al cortado acá que nunca me acuerdo? ¿Macchiatto? El chico me respondió que sí y que ya lo preparaba. El día estaba soleado, entonces me acerqué a la terraza, a ver las instalaciones de arte, la ciudad desde la altura. Cuando volví al mostrador, cinco o seis minutos más tarde, el café todavía no estaba hecho. Pensé en Michel Douglas y estuve a punto de tener un acceso de furia. Pero no. Seguí esperando. Finalmente el café estaba sobre el mostrador de acero, y tenía un corazón dibujado con espuma, como se ve en la foto. Subí la vista y el peruano me miraba con sus ojos verdes emocionados. Fue sólo un segundo, enseguida corrió la vista para atender al próximo en la fila. Me llevé el cortado a las mesitas de la terraza con una sonrisa. No me importó nada que estuviera tibio, casi frío.

María Eugenia Aliaga llegó hace poco de Perú. A esta chica cordobesa, estudiante de Letras y viajera, le gusta caminar. Un día puede estar haciendo un trekking en el Parque Nacional El Conodorito y otro, subiendo una calle empinada de Cuzco. Desde esa ciudad andina, hace su retrato -con nostalgias porteñas y fotos propias- de los balcones coloniales.
Desde que Ferrer y Piazolla escribieron que las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo… ¿viste? casi no se me ocurre otra forma para describirlas. Y hoy, otra vez, me viene esa frase a la memoria. Solo que no pienso en las callecitas de Buenos Aires, sino en los balcones de Cuzco. ¿Me estaré quedando sin palabras?

Por ahora me sale decir que los hay grandes y chicos, barrocos o de trazos simples. Que los hay pintados de vivos colores: rojo, verde o azul añil traído de Centroamérica. También hay balcones austeros, sin pintura. Desde algunos se puede ver la Plaza de Armas tomando un té con torta de limón, comiendo cuy o bailando con un pisco sour en la mano. Desde otros se puede pispiar cómo los turistas se agitan subiendo las empinadas callecitas de la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Una óptica diferente, a metros del suelo.


Ah! ya casi me olvido, quiero confesar algo: los geranios sólo me gustan cuando cuelgan de los balcones de Cuzco. Y algo más: al frente de la Plazoleta de San Blas se encuentra mi predilecto. Pienso que de vivir en Cuzco, ese sería el balcón de mi casa. Es uno azul que está casi en la esquina. Es abierto y tiene una balaustrada de barrotes torneados con simpleza. Da a una puerta ventana también azul, adornada con geranios rosas, que cuelgan en jarrones de barro a cada lado. A la tardecita… no sé si decirlo, pero ese balcón azul tiene un qué sé yo, ¿viste?.


Cuando conocí a Javier Olaciregui me contó que estaba buscando trabajo, que quizás conseguía uno en una bodega y que le gustaba la idea porque tendría que viajar.
Javier tiene 22 años y vive en Buenos Aires. Le pregunté si ya había viajado y me dijo que si. Inmediatamente se abrieron otras ventanas en la conversación. Y el trabajo y la reunión donde nos conocimos habían quedado atrás. Al frente sólo se veía el paisaje verde y salvaje del Amazonas, su último viaje.
Viajó solo y acompañado, viajó entre plátanos, chanchos y gallinas; viajó en barcos cómodos y con buena comida y en barcos tenebrosos. Durmió en hamacas durante más de un mes y comió arroz y más arroz. Seguramente, en algún momento del viaje se preguntó qué hago aquí y quiso salir corriendo. Pero no se bajó del barco. Siguió hasta Belem, en el estado de Pará, donde desemboca el río más caudaloso del mundo.

¿Cómo fue tu viaje?
Comenzó en el norte argentino, provincia de Jujuy, recorriendo Purmamarca, Tilcara, Humauaca, Iruya y La Quiaca. Siguió por Bolivia. De la frontera, un colectivo a La Paz, de ahí a Copacabana y después, a Perú.
Cuzco, Machupichu, Lima, y unas playas al norte del país, en el pueblo de Zorritos, muy cerca de la frontera con Ecuador. De ahí un ómnibus a Guayaquil y otro a Montañitas. A 20 minutos de ahí, en un parador sobre la playa, el Kamala, armamos un grupo de cinco personas, que seguimos al Amazonas.
¿Era tu primer viaje de mochilero?
No, ya había viajado antes, al sur de Argentina, a Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia.
¿Cómo decidiste viajar al Amazonas?
Creo que lo que me inspiró a ir al Amazonas fue que no estaba en mis planes. Surgió así de repente. Un día, en Ecuador, empezamos a hablar de que sería una excelente aventura. Una persona contó que lo había hecho y empezó a hablar del camino y las experiencias que había vivido y a todos nos entusiasmó y decidimos hacerlo también.
¿Viajaste solo?
Empecé el viaje solo por decisión, quería tener la experiencia en algún momento, antes de viajar, iba a tener compañía de dos amigos pero despúes se bajaron, y arranqué solo.
Los primeros días fueron bastante duros ya que no había muchos con quien hablar o yo no estaba bien predispuesto a hacerlo, después cambiaron un poco las cosas, yo me solté un poco más y conocí gente con la que seguí todo el viaje, incluso en el Amazonas. Gomes, Chela, Gema y Jorge, por siempre gracias. (Fueron sus compañeros de viaje, los encontró en el camino y se los ve en esta foto).
¿Cuál fue el recorrido en el Amazonas?
A la selva partí desde Ecuador, desde Coca, en una embarcación pequeña. Fueron doce horas hasta la frontera con Perú, ahí estuvimos en el pueblo de Pantoja, donde después de seis días llegó otro barco para seguir avanzando por el río. Cuatro días en un barco que no era turístico sino de carga de animales: chanchos, gallos, gallinas, tortugas, una vaca, un toro, un búfalo, y nosotros durmiendo en las hamacas, comiendo yuca, platano, arroz, y más platano, con alguna fruta que recogíamos de los árboles. Una experiencia Increíble.
¿Cuánto duró el viaje por el río?
En recorrer todo el río tardamos alrededor de un mes y medio.

¿Pararon en algún momento? ¿Entraron en la selva?
Paramos en Pantoja, en Iquitos, en Piura, desde donde fuimos a conocer a la comunidad Bora y el Señor Manuel y su familia nos hospedaron en su casa, luego fuimos a Tabatinga, Manaos, y desde ahí a Belem. La experiencia más profunda de ingresar a la selva fue camino a la comunidad Bora, a seis horas en canoa por un pequeño brazo del río Amazonas. Manuel nos recibió con un plato de comida caliente en la Maloca (casa del lugar), comenzamos a dialogar, en español -la lengua Bora era bastante complicada para nosotros- y pasamos el día allí conviviendo con Manuel y su familia, participando de sus actividades y viviendo lo que para nosotros eran rituales increíbles. Cazaban, recolectaban, compartían todo con nosotros. Les dimos a probar mate, que les gustó mucho y comimos carne con yuca. Luego, compartimos un pequeño fogón donde probamos coca molida preparada ahí. Y charlamos y nos reímos hasta bastante entrada la noche.

Tengo algunos buenos amigos que conocí viajando, hace ya muchos años. Oscar Núñez, Jerry para todos, es uno de ellos. Vive en Viña del Mar, está casado y tiene dos hijos. Nos conocimos haciendo el Camino del Inca, en Perú. El tenía 21 y yo 19. En ese viaje compartimos durante cuatro días la polenta, el arroz, la lluvia que mojaba nuestras carpas todas las noches –tuvimos la mala idea de hacerlo en enero-, el abrigo, las historias, los amigos. Subimos al Huayna Pichu y nos bañamos en Aguas Calientes. Después, cada uno se volvió a su país. De vez en cuando nos mandábamos cartas, fotos de la hazaña. (Aclaro que mientras los turistas suecos y australianos nos pasaban a los saltos con sus porteadores coyas, nosotros caminábamos cada vez más despacio entre el cansancio, el peso de la mochila y la altura).
Si bien hubo lapsos largos de no saber nada uno del otro -especialmente en la transición del correo al email- al final supimos, y cuando alguno de los dos cruzó la cordillera, nos encontramos un rato. Siempre hablamos con una confianza familiar.
Hace poco pasé unos días en Chile y nos volvimos a ver después de algún tiempo. Los dos teníamos que trabajar así que nos fuimos a un café Internet y tomamos un capuchino, mientras él miraba planos de instalación de señales viales y yo escribía.
Pronto llegó la hora del almuerzo y pensé que comeríamos un sándwich por ahí. Pero me invitó a su casa, que queda en Miraflores, en lo alto de un cerro. El terreno es una pendiente. Se entra por una calle y el fondo de la casa sube hasta la calle de más arriba. Está en Viña, pero me hizo acordar a las casas de Valparaíso.
Primero pasamos a buscar a su hijo Tomás por el colegio y después subimos la cuesta hasta la casa, donde la mujer nos había dejado comida preparada. Charlamos, jugamos con Tomás, me mostró su oficina y me trajo por lo menos cuatro álbumes de fotos, donde se veían los partos de los hijos, la familia, una síntesis del tiempo. También me contó los arreglos que quería hacer en la casa y tomamos un café. Desde el jardín vimos los cerros y más allá el Pacífico azul.
Esa tarde no visité lugares turísticos ni fui al mar ni a la casa de Pablo Neruda. Fue una tarde de cuentos: le conté, me contó. Y nos sacamos fotos para guardar el momento en una memoria extra. Fue una tarde de amigos, aún sin mate.