El lujo de soñar la lluvia
Hay órdenes que no me molesta escuchar. “Te vas a un safari de lujo en Africa”, por ejemplo. Enseguida me imaginé durmiendo en lodges de pocas habitaciones y muchas estrellas, rodeada de millonarios excéntricos, que pagan mil euros por día (y veinte mil más si quieren matar un elefante) y empleados que se inclinan apenas uno pestañea.
Fantaseé con una selva cercana, con leones y leopardos y esos animales de zoológico o película de Disney. Decidí poner en la mochila una muda elegante para alguna cena de gala. Hasta llevé sandalias. Fui bien preparada… para otro viaje.
El primer hotel, en Windhoek, capital de Namibia, alcanzaba raspando las dos estrellas. El lujo empezará mañana, pensé. Al día siguiente, en vez del lujo vino un camión con mochileros europeos, bastante tierra y ventanas amplias. Tampoco llegaron los leopardos ni los leones, pero los escuché rugir, una noche de luna llena. Tan cerca que tuve que darme vuelta para ver si no estaban en el colchón de al lado.
Durante diez días, pasaron Namibia, Botswana y una esquina de Zimbawe por las ventanas amplias del camión. Chozas redondas y con techos de paja; jirafas, elefantes y avestruces; negros grandes y negros chicos, siempre flacos y con dientes blancos caminando a los lados de las rutas. En el interior de Africa casi no hay autos y la gente vive caminando.
Pasaron planicies inmensas y secas. No era un desierto de arena, pero aquellas tierras no conocen la lluvia. Pasó, también la angustia de Louis Motlaleselo, un chico de 24 años parecido a Samuel Jackson. Louis es de la tribu bayei del delta del Okavango. Un día me contó que debía comprar seis vacas para pagarle la dote a la familia de la mujer que amaba. “Seis vacas es mucho dinero. Quizás no las pueda comprar en toda la vida”, dijo y bajó la cabeza.
Pasaron baobabs, tours de jubilados que sí iban a lodges de muchas estrellas y pocas habitaciones, atardeceres sin brisa y un par de motoqueros solitarios. Pasaron tres mujeres con tres bidones vacíos sobre sus cabezas. Después de un rato volvieron a pasar con una mano en la cintura para equilibrar los cinco litros de agua que llevaban sobre sus cabezas. En Africa el agua es un deseo que a veces se cumple y otras no.
Y pasó la mirada humillada de Lovemore Sibindi, cuando me contó sobre la vez que no lo dejaron entrar a un restaurante de Sudáfrica porque era negro. Hace un año.
Durante diez noches –todas en carpa- hubo horas de insomnio, de risas y de comida de campamento. Hubo cuentos de fútbol, linternas sin pilas, historias de vidas europeas y africanas, dos mundos separados por un oceáno profundo. Nunca la geografía fue tan literal.
El calor no pasó nunca. Se instaló, como un pasajero aplicado. Ocupó un asiento en este safari sin cena de gala, pero con el lujo de soñar la lluvia.
Hace tres años hice un viaje en camión por el sur de Africa. Uno de esos safaris donde se cruzan varios países durmiendo en carpa y visitando reservas de animales salvajes. El viaje terminaba en Vic Falls, Zimbawe. Los alemanes, ingleses y noruegos que venían en el camión siguieron sus recorridos hacia Zambia o Tanzania. A mí me tocó regresar con otros tres periodistas argentinos. El mismo camión con el que habíamos hecho el tour volvía a Sudáfrica vacío y el chofer tenía indicaciones de llevarnos de vuelta.
Leyendo
Zimbawe atraviesa una grave crisis política y económica, que si bien comenzó hace tiempo –
Leo que la situación en Zimbawe empeora cada día y me acuerdo de Lovemore, el chofer del camión en el que crucé algo del sur de Africa durante dos semanas. Lovemore Sibindi, así se llamaba. Era un negro alto y flaco, que siempre estaba de buen humor. Aunque hubiera manejado diez horas.






