En las reservas de África, mejor desde el auto

Un link de Twitter me llevó a la noticia de una turista gravemente herida en una reserva de Sudáfrica por bajarse del auto en un safari. Quería una foto con los rinocerontes y al parecer el dueño de la reserva la incentivó a acercarse. Cuento corto: está en el hospital con una cornada en la espalda.
Enseguida recordé una anécdota de hace unos años en el Parque Nacional Hwange, en Zimbawe. Algunas reservas son tan grandes que uno se puede pasar varios días recorriéndolas. Esa vez, viajábamos con R en un auto alquilado. Ya habíamos dormido en dos refugios, si mal no recuerdo ese era el último día. Habíamos visto una manada de elefantes tan unida que parecía una sola piedra gris, jirafas que se abrían de patas como bailarinas para tomar agua, hienas comiendo carroña, una leona con su cría al atardecer, cebras y cientos de impalas. Él manejaba y yo tenía en la mano una guía con fotos de los animales que podían aparecer y sus características principales. Habíamos salido temprano, no eran más de las 7. Todo indicaba que sería un buen día. Hasta el charco.
Cuando nos encajamos el agua llegaba a la mitad de la rueda. Cruzamos en segunda con ganas, pero el barro no quiso. El auto no se movía. Nosotros tampoco. ¿Qué hacemos? No había celulares. Y no en los parques no está permitido bajarse del auto por el riesgo de los animales salvajes sueltos. ¿Cómo avisamos? ¿Patrullarán el parque? ¿Cuándo? ¿Una vez por día? Ni siquiera estábamos en la ruta principal sino en un desvío donde había más posibilidades de ver animales. ¿Teníamos comida? Un paquete de galletitas y unas bananas.
Esperamos.
Al principio hablamos, recordamos que la noche anterior había llovido, pensamos que en la entrada deberían habernos avisado, puteamos. Casi peleamos.
Después esperamos sin hablar.
Pasó una hora y otra más. En un momento, de repente, como esas lluvias de verano que se forman de un minuto a otro, nos cansamos de esperar. Decidimos caminar hasta el circuito principal y pedir auxilio al primer auto que pasara.
Juntamos lo que consideramos “lo más importante” (pasaporte, plata, cámaras, galletitas), lo metimos en una mochila, nos miramos asustados y bajamos del auto. Después del golpe de las puertas todos los sonidos se volvieron sospechosos. Incluso el silencio daba desconfianza.

Dimos un paso y otro y uno más. Estábamos a unos 50 metros del auto cuando escucho que se quiebra una ramita. Un sonido seco que se detuvo ni bien nos dimos vuelta. Un búfalo, un guepardo agazapado, un león, una jauría de perros salvajes, todos los animales posibles pasaron por mi cabeza y se unieron en uno inmenso y despiadado, que rugía y barritaba y graznaba.
Un segundo más tarde corríamos al auto. El pique de mi vida, los 50 metros más veloces.
Ya en el auto, volvimos a respirar y nos reímos. Por la ventana no se veía ningún animal salvaje, ni siquiera aves. Pero sentíamos que habíamos sobrevivido y no nos moveríamos del Mazda hasta que nos rescataran.
En algún momento, no mucho tiempo después, un safari de lujo tomó ese desvío y nos vio. Manejaba un negro tan elegante que parecia más un actor que un conductor. Se bajó, miró, por supuesto que no tocó nada ni atinó a empujar. Por su handy avisó a los guardaparques y al rato vino un tractor que nos sacó y nos cobró unos 40 dólares la gauchada (con factura).
- ¿Hubiera sido muy peligroso si nos bajábamos del auto? -le pregunté esa tarde a un guardaparques.
- Igual que la ruleta rusa.

l amor intenso que hace sangrar el corazón.
En la última Patagonia, en la Patagonia lejana, solitaria y de rutas de tierra, las estaciones de servicio son más que un lugar para cargar combustible.
Un dólar de Zimbawe, el país con más inflación del mundo, gobernado hace casi 40 años por Robert Mugabe, un hombre que convirtió a los habitantes en millonarios con hambre. Mientras él es millonario en Suiza. Me recordó a cuando viajé por allá, con mucho calor y cortes de energía todos los días. Recuerdo la vez que cambié 100 dólares, me dieron tantos billetes que no sabía dónde guardarlos. No entraban en la billera ni en la riñonera. Uno se sentía que había robado un banco.
Hay órdenes que no me molesta escuchar. “Te vas a un safari de lujo en Africa”, por ejemplo. Enseguida me imaginé durmiendo en lodges de pocas habitaciones y muchas estrellas, rodeada de millonarios excéntricos, que pagan mil euros por día (y veinte mil más si quieren matar un elefante) y empleados que se inclinan apenas uno pestañea.
El primer hotel, en Windhoek, capital de Namibia, alcanzaba raspando las dos estrellas. El lujo empezará mañana, pensé. Al día siguiente, en vez del lujo vino un camión con mochileros europeos, bastante tierra y ventanas amplias. Tampoco llegaron los leopardos ni los leones, pero los escuché rugir, una noche de luna llena. Tan cerca que tuve que darme vuelta para ver si no estaban en el colchón de al lado.
Pasaron baobabs, tours de jubilados que sí iban a lodges de muchas estrellas y pocas habitaciones, atardeceres sin brisa y un par de motoqueros solitarios. Pasaron tres mujeres con tres bidones vacíos sobre sus cabezas. Después de un rato volvieron a pasar con una mano en la cintura para equilibrar los cinco litros de agua que llevaban sobre sus cabezas. En Africa el agua es un deseo que a veces se cumple y otras no.
Hace tres años hice un viaje en camión por el sur de Africa. Uno de esos safaris donde se cruzan varios países durmiendo en carpa y visitando reservas de animales salvajes. El viaje terminaba en Vic Falls, Zimbawe. Los alemanes, ingleses y noruegos que venían en el camión siguieron sus recorridos hacia Zambia o Tanzania. A mí me tocó regresar con otros tres periodistas argentinos. El mismo camión con el que habíamos hecho el tour volvía a Sudáfrica vacío y el chofer tenía indicaciones de llevarnos de vuelta.
Leyendo
Zimbawe atraviesa una grave crisis política y económica, que si bien comenzó hace tiempo –
Leo que la situación en Zimbawe empeora cada día y me acuerdo de Lovemore, el chofer del camión en el que crucé algo del sur de Africa durante dos semanas. Lovemore Sibindi, así se llamaba. Era un negro alto y flaco, que siempre estaba de buen humor. Aunque hubiera manejado diez horas.










