Los caminos de Bob Dylan

Mientras Dylan gira por Europa con 68 años, su último disco suena en Nueva York y se vende en todos los Starbucks. «A capuccino and Together through life, please».


John Berger y Nueva York

«Como idea moral, como abstracción, Manhattan tiene un lugar en la mente de todos. Manhattan representa: oportunidades, el poder del capital, el imperialismo blanco, el glamour, la pobreza; todo depende de la visión del mundo de la persona que piense en ello. Manhattan es un concepto. También existe. Al andar por sus calles, el visitante queda asombrado al principio por la fuerza y la debilidad de sus fantasías previas. Y de este asombro surge una paradoja. Son al mismo tiempo calles soñadas y las calles más reales que haya visto en su vida (no ofrecen nada detrás de lo que hay).

[…] Aquí no hay detalles simbólicos. Lo que ves es lo que ves; nada más. El significado es el lugar donde te encuentras. No hay significación oculta, no hay un sentido interno.

[…] Las calles se usan, se manchan de la misma forma que los interiores. Las escaleras, las barandillas, las bombas de inendios, los bordillos, no han envejecido por el uso constante durante un largo período de tiempo. Más bien han sido rotos, estropeados, en momentos de violencia sucesivos, como el lavabo de los urinarios públicos, la puerta de una celda, la cama de una pensión.

[…] Lo que separa a la gente (o la encierra) son los cerrojos y, en el caso de los vencidos, la desesperación. Entre el Bowery y Wall Street o el Bowery y Madison Avenue, el viajero avanza entre unas sogas invisibles, tendidas a la altura de la cintura en los espacios abiertos. Estas sogas mantienen separados a los indigentes; están hechas con su propia desesperación. Esta no constituye un secreto; está a la vista, en los ladrillos inyectados y encerados con porquería,los cristales rotos , las tiendas tapiadas con tablas, las esquinas desportilladas en los umbrales, sus propias ropas de vagabundos sin edad, sin sexo.
Hay muchos lugares en el mundo, ciudades y pueblos, en donde los desvalidos son más numerosos que en Manhattan. Pero aquí, los indigentes no tienen siquiera con lo que hacer una súplica muda. No son nada más que lo que parecen. No son nada más que su indigencia.

[…] Sería incorrecto decir que Manhattan es el escenario más puro del capitalismo moderno. Menos de un quinto de la población trabajadora está empleada en la manufactura. Pero sí que es el escenario más puro de los reflejos, modos de pensar, compulsiones e inversiones psicológicas del capitalismo. Se pueden encontrar aquí todos los modos de su incansable energía, crueldad y desesperación.

[…] Manhattan está habitada por unas gentes resignadas a verse diariamente traicionadas por sus propias esperanzas. De aquí procede su incomparable ingenio, su cinismo y lo que se ha dado en tomar como su realismo.
Y, sin embargo, el realismo no resulta confirmado por el lugar en sí mismo. La neutralidad u «objetividad» del entorno físico ha desaparecido. Se ha proyectado en él demasiado. Las esperanzas o la desilusión han creado prejuicios a favor o en contra de todas y cada una de las partes de la isla, por muy geométricas que sean, por muy gastadas que estén. Es como si la isla fuera un sueño o una pesadilla vista simultáneamente por cada uno de sus habitantes

 

El sentido de la vista, John Berger, Alianza Editorial.


DUMBO, sin trompa pero con vistas

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DUMBO (Down under the Manhattan Bridge Overpass) es uno de los lugares con mejor vista de Nueva York. No es una vista de altura, como las clásicas desde el Empire State o el edificio Rockefeller. Pero es una gran panoramica, gratis y más local.

El que se ve en la foto es el puente de Manhattan y caminando hacia el sur se llega hasta el histórico Puente de Brooklyn. A la zona se trasladaron artistas y profesionales jóvenes que viven en lofts reciclados. Hay cafés, algunos restaurantes y depósitos donde los fines de semana funcionan ferias de diseño, exposiciones y venta de ropa. Se nota que la zona fue recuperada hace poco: es posible caminar por los parques sin chocarse los codos con otros turistas, como pasa un fin de semana en el SoHo.

Todavía más allá -aún con la tarjeta de viajes ilimitados en metro, uno siempre camina y camina y camina en Nueva York- la Brooklyn Promenade, un paseo con vistas del puente. Para almorzar o cenar, Brooklyn Heights, un barrio donde dan ganas de quedarse a vivir un tiempo.

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El bar de Rose Mary

Me gustaron las luces de neón de la vidriera. Decían Rose Mary’s en fucsia y verde, y estaban rodeadas de flores, también de neón. Por eso entré en ese pub de Williamsburg, una zona de Brooklyn que se ha puesto de moda y hoy tiene hoteles y restaurantes y eventos y cafés y negocios de ropa vintage recomendados en las guías de Nueva York.

Williamsburg es un barrio donde es más común moverse en skate que en auto. Pero hoy no voy a contar de Williambsburg. Este post es para Rose Mary.

No había mucha gente en el bar. Algunas mesas de hombres solos, una pareja en el fondo, flores de plástico colgando del techo y un hombre que tomaba. Eddy, escuché que lo llamaban. Tenía una gorra de béisbol negra, una campera motoquera con un fuego bordado en la espalda, cerca de setenta años y una mano que durante un rato largo repitió tres movimientos: acercar el vaso a la boca, empinarlo y apoyarlo otra vez en la barra.
Eddy llevaba la mirada del oeste lejano en los ojos. Parecía que miraba el desierto, aunque estuviera viendo el último video de U2. Podría haber sido camionero, pero seguramente es de Brooklyn y después de trabajar toda su vida en una fábrica, se retiró y no tiene mucho que hacer salvo tomar. Durante todo el tiempo que pasé en el bar de Rose Mary, Eddy nunca dejo de tomar. Una dos, tres, siete cervezas. Sin apuro, casi sin moverse. Ni bien terminaba, apoyaba el chop en la barra y al mismo tiempo siete dólares, dos más del precio de la cerveza. Eran para Janet, la bartender que pasó los sesenta y estaba atenta a poner la próxima cerveza bajo las narices de Eddy. Pero hoy no voy a contar de Eddy. Este post es sobre Rose Mary.

En una punta de la barra, una señora con un pelo enorme, alto y rubio sobre la cabeza se reía con un grupo de gente que la rodeaba. Llevaba un traje celeste, aros dorados y aspecto de abuela. Cuando nos invitó una ronda de cerveza a todos, me enteré que era la dueña de Rose Mary, el bar que llevaba su nombre. El nombre que le puso su padre, que abrió el bar en 1954. Cuando ella tuvo edad suficiente empezó a trabajar en el negocio familiar, el bar, claro. “Teníamos muchos clientes, mi padre trabajaba en una punta de la barra y yo en la otra, cada uno con una caja registradora”, me contó después Rose Mary.
Cuando el padre murió le dejó el bar a ella, que nunca dejo de trabajar.
“Durante años, muchos, más de cuarenta, estuve detrás de la barra, he visto muchas cosas, han pasado tantas historias por delante de mis ojos”. En la mirada de Rose Mary no había desierto. Se veían millones de lucecitas, como si tuviera un cielo estrellado adentro de los ojos. No cualquier cielo: el cielo de Miami.
Ahora, a los 76 años, ya no trabaja detrás de la barra, pero vive arriba del bar y no puede evitar bajar un rato cada noche. “Ya no es como antes. Antes eran todos clientes, ahora no conozco a nadie. Bueno, a casi nadie”, me dijo y lo miró a Eddy que seguía inmóvil, en su desierto privado.

Rose Mary’s – Everybody’s Bar Everyday


James Carter en Blue Note

 

Esta noche, en Blue Note, el tradicional club de jazz de Nueva York se presenta James Carter con John Medeski en el organo, Adam Rogers en la guitarra, Christian Mc Bride en el bajo y Joey Baron en la bateria. Un lujo para quien este cerca. A las 20 y a las 22.30.


Té de Obama, en L.E.S.

Uno de los barrios con más onda de Nueva York es el Lower East Side o L.E.S., al este del barrio chino.

Hasta hace unos diez años, era una zona de inmigrantes judíos, donde se vendía ropa barata, insumos para restaurantes y cosas chinas. Pero el avance desaforado de cool, que conquistó y recicló los lofts de Tribeca, también llegó hasta aquí.

Pero con el tiempo, el Lower East Side ha mutado. Ademas de judíos, chinos y latinos, hoy viven y trabajan profesionales jóvenes, y es un punto de diseño, con cada vez más galerías de arte. Todavia no es el Soho ni el East Village, pero sigue ese camino. Hay negocios vintage donde se consiguen vestidos y carteras y zapatos de los anos 70 (entre 50 y 80 dólares), una tienda de juguetes eroticos (un consolador de Hello Kitty cuesta 40 dólares), peluquerías chic, el Tenement Museum sobre la inmigración, bares con café expreso y varios restaurantes con precios aceptables (en general más baratos que en el Midtowon).

En Noodle Bar, un buen restaurante de cocina del sudeste asiático, tienen un menu de tés. El más popular, me cuenta el camarero, es el Obama 44, que tiene té negro de Kenia, manzana, mango y canela. Lo tienen como se puede sospechar por el nombre, desde la asunción del 44 presidente de Estados Unidos. No fue idea de ellos, se los propuso la compañía que les vende el té. Al dueño le parecio bien y hoy es el té que más venden. La taza cuesta 2,50 dólares y la tetera, 4,5. Es frutado, especiado y con buen color.


Strand, casi 30 kilómetros de libros

En la primavera de Nueva York florecen los tulipanes y los cerezos, la gente se saca por fin las bufandas y los pesados sacones que lleva en invierno. Todo parece maravilloso hasta que comienza la lluvia. Varios días de cielos grises, agua y más niebla que de costumbre.

Para los turistas, nada de Central Park ni planes outdoors. Es el momento justo para meterse en una librería grande, como Strand. El problema de Strand, la antigua libería del Greenwich Village es cómo salir.

Su logo es «18 miles of books» que traducido son 28,9 kilómetros de libros. También tiene el título de ser la librería de rarezas más grande del mundo. Eso se nota antes de entrar: hay varias repisas con ofertas de un dólar, donde se pueden encontrar catálogos de remates de Christie’s y novelas hasta un curioso libro de fotos y textos breves con el título: Bodas de los 90. Un fotógrafo de sociales se dedicó a sacar casamientos, todos los fines de semana  durante un año. El libro comenta las bodas, todas con los nombres de los involucrados, y muestra fotos en blanco y negro. Ya es difícil salir de los estantes de un dólar y pasar a la librería. Pero una vez adentro, salir es casi imposible. Aunque duelan los pies.

 En 2007 , Strand cumplió 80 años. Antiguamente estaba a la vuelta de la ubicación actual, en una calle conocida como la cuadra de los libros porque tenía varias librerías. Con el tiempo fueron reemplazadas por bancos y seguramente por alguna sucursal de la popular cadena de farmacias Duane Reade. Hoy, la única que queda es Strand, un negocio familiar atendido desde el comienzo por sus dueños, la familia Bass.

Hace poco le hicieron una entrevista a Nancy, la hija de Fred Bass, que ahora maneja la libreria. Ahí contó que una de las piezas más valiosas -40.000 dólares- es una copia del «Ulises», firmada por Joyce y Matisse, que la ilustró.

Tres pisos y un subsuelo, para browsear, como dicen los latinos, libros y más libros: de arte, de fotografía, de historia, de cocina, ciencia ficción, de matemáticas, de todo. Hay mesas de bestsellers, de ofertas, de buenas ideas para hacer regalos, de menos de 10 dólares, de ficción y de no ficción. Todas tienen cartelitos con los libros recomendados por el personal, más de 200 empleados con cara de lectores voraces. En el subsuelo hay discos y películas, también con buenas ofertas.

Cuando salí despues de varias horas de internación, sentí que me faltaban los pies. Por unos segundos, la sensación fue placentera. Pensé que quizás los kilómetros de libros me habían hecho volar. Pero en el primer semáforo, el de Union Square, me di cuenta que no los sentía por el dolor. (En Strand se lee de pie).

Igual quiero volver. Y hoy puede ser un buen día: a las 18.30 entrevistan a Chuck Palahniuk.


Malverde, el santo de los narcos

malverdePara muchos mexicanos ayer fue San Jesús Malverde. Este personaje, desconocido por la iglesia católica, cuenta con la fe de miles de aztecas, especialmente de sinaloenses, que cada 3 de mayo festejan en aniversario de su muerte. La de ayer fue una fecha importante: el patrono de los narcos cumplió un siglo de muerto.

Se trata del único santo con capillas en distintos estados, hay varias en Sinaloa, la capital del narcotráfico, y otras lugares de la república. Su influencia también ha llegado hasta Cali, en Colombia y Los Ángeles, también en Cali… pero California.

Según la leyenda más extendida, Malverde nació en los años 70, cuando el capo Julio Escalante ordenó matar a su hijo por realizar negocios sin su conocimiento. Según esto, herido de una bala de plata y arrojado al mar, el joven suplicó a Malverde su ayuda y fue entonces salvado por un pescador.

Se corrió la voz del milagro y en ese momento, famosos narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Amado Carrillo Fuentes comenzaron a acudir a la capilla de Malverde. Increíble, pero todos estos hombres hoy en día están presos o muertos. A los que siguen sus pasos no les importa, para ellos “más vale vivir un año como rey, que diez como güey”.

Hoy, las capillas de Malverde son visitadas por peregrinos y también por grupos musicales que interpretan los conocidos «narco corridos» sin ningún motivo aparente, pero la verdad es que están agradeciendo a Malverde porque se ha pasado, exitosamente, algo de droga al otro lado de la frontera. En la entrada venden estampitas, velas, colgantes y hasta olorosos jabones de San Malverde.


Sakura Matsuri, el festival de los cerezos

El viernes llovió todo el día en Nueva York, y la japonesa del restaurante donde almorcé me dijo que no fuera al festival del sábado. Que seguro que el viento y el agua tiraban todas las flores de los árboles, que haría frío, que estaría el jardín lleno de barro. Me dijo tantas veces que no fuera, que al final fui.

Llegué por la tarde, después de las nubes de la mañana y la garúa del mediodía. A la japonesa del restaurante le falto decirme que la fila para entrar era de una cuadra. Pero avanzaba rápido y enseguida estuve dentro de la nube rosa que es el Festival Matsuri Sakura, en el Brooklyn Botanical Garden.

En síntesis, este festival es un homenaje a los cerezos, una fiesta para celebrar el cambio de estación, una especie de canto a la primavera. Hanami es la palabra que describe la tradición de ver cada momento del florecimiento de los cerezos. Las primeras flores, las flores de la mañana, la de la tarde, la de la noche, cada una recibe un nombre. Hasta el acto de acercarse a ver el florecimiento de los cerezos tiene un nombre. Se llama hana-gari o sakura -gari.

Gari sinifica perseguir. Perseguir la emoción de ver las delicadas y frágiles flores de los cerezos. Perseguir la primavera. Porque los cerezos anuncian la primavera. Y tienen que ver con lo efímero: sus flores duran apenas dos semanas. El año pasado publiqué algo del Matsuri Sakura en Viajes Libres. Se puede leer aquí y ver un video espectacular hecho a partir de tres mil fotos digitales tomadas durante una semana en el jardín.

El Jardín Botánico de Brooklyn tiene 220 cerezos, parte de los dos mil que donó Japón a Estados Unidos a principios de siglo pasado.

Ayer en el festival estaban todos en flor: los de la explanada de los cerezos y los de la caminata de los cerezos  y los que rodean al lago.

En medio de esa nube rosa y del ambiente kawaii hubo performances, workshops de origami, tambores taiko, DJs ultra pop, exhibiciones de azaleas bonsai, tours guiados por el jardín y miles de japoneses lookeados para la ocasión, con pelucas rosas a tono con las flores de los cerezos, con kimonos y algunos también en versión punk, con un martillo de goma negra que les atravesaba la cabeza o con gotas de sangre dibujadas en las mejillas.

Hubo quienes durmieron siestas perfumadas de glicinas acostados sobre el césped acolchado como una alfombra, otros se dieron besos entre las flores -el evento era el marco perfecto para una cita romántica- y todos se sacaron fotos digitales. Muchos, incluso, aplicaron el truco de la lluvia de pétalos moviendo las ramas de los cerezos. Papel picado natural.

No se cuántos japoneses viven en Nueva York, pero ayer en el Matsuri Sakura había miles. Si no fuera por el aroma a hot dog que llegaba desde el gacebo de comida hubiera sentido que estaba en Japón. Por suerte los panchos se terminaron enseguida y la voz dulce de la J-pop star Ai Kawashima me llevó otra vez a Tokio.

Uno de estos días voy a volver al restaurante de la japonesa para contarle que el panorama negro al final fue rosa.


Wifi gratis en Nueva York

Encontrar café Internet en Nueva York es complicado. Por lo menos en Midtown.

Primero entré a Starbucks y le pregunté al empleado de la caja si había wifi pensando, claro, que era gratis.»Por supuesto, me dijo». Entré me pedí algo y enchufé la máquina. No encontraba la señal, después salió una página de AT&T diciendo que la conexión cuesta 4 dólares por dos horas y 20, el mes. Me pareció caro y me fui.

Caminé y caminé. La máquina en la mochilacomenzaba a molestarme. Cuando veía un café preguntaba, pero la respuesta era siempre igual: no tenían wifi o era más caro: 10 dólares por el día. También es paga la red que ofrece el gobierno de Nueva York y permite conectarse en varios espacios públicos de la ciudad, que incluye áreas comerciales y parques.

Harta y dispuesta a pagar lo que fuera descubrí, escondida en una bajada de metro cerca de Lexington Ave., una sede de la Biblioteca Pública de Nueva York. Entré enseguida y había wifi gratis. En una mesa larga, un grupo de gente trabajaba con sus computadoras, en un silencio divino. Cada tanto, el carro de bomberos me recordaba que estábamos en la ciudad.

En muchas de las sedes de la Public Library se puede obtener el servicio.En la principal, la de la Quinta Avenida, también. Además de las charlas gratuitas y las visitas guiadas por el bello edificio inaugurado en 1911, sin duda uno de los hits de arquitectura antigua de la ciudad.

Ni bien llegué a la biblioteca, hace un par de horas, tenía apenas dos compañeros de mesa. Ahora ya no hay lugar. Al lado tengo un indio, que por tez bien oscura, podría arriesgar que es de Tamil Nadu. En frente, hay un chico con aspecto de vender comics en un garage sale de Chelsea. Quizás vino a hacer un trámite al Midtown. Más allá, hay un viejo tan blanco que parece descendiente de albinos canadienses y en la mesa de enfrente, tengo un africano con una camisa con leones dorados sobre una trama verde. Le preguntaría dónde se la compró, pero seguro que se la trajo algún pariente de Ghana. Al lado del negro hay un hombre rubio con una bandera de Estados Unidos en la parca. Lleva una cruz de oro en el pecho, el cabello muy corto y la mirada inconfundible de un natural born killer.

Es el primer lugar de Nueva York donde no veo latinos. Aunque esa chica de la punta podría ser hija de colombianos. Sí, seguramente escucha a Shakira en su Ipod.




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