Chile, Tierra del Encanto

Este corto, realizado por James FitzPatrick para la Metro Goldwyn Mayer, pertenece a la serie Traveltalks, The voice of the globe que promocionaba ciudades y países a fines de los años 30.

Cuenta un viaje desde Nueva York hasta el puerto de Valparaíso en un transatlántico de lujo, con «doctores, abogados, diplomáticos, escritores, ingenieros, actrices y numerosos otros en todos los campos de la actividad humana» […] «Todos reunidos como una gran familia, compartiendo una vida, las ventajas y los placeres de un todo y representando lo más cercano a una utopía, siempre creciendo en los anales de la experiencia humana». […] «Los pasajeros que conocimos a bordo representan tantas visiones de la vida y vienen de tantos y tan diferentes países que le dan a esta tripulación ambiente internacional».

De la misma serie y de la misma época, documentales de Río de Janeiro, Lima y Ciudad de México. Un lujo, en technicolor.

Vía Conexiones


Diversión retro

Montevideo tiene algo de foto en blanco y negro, de olor a libro viejo, de espíritu retro. Igual que el río –el mar, con perdón– cierta nostalgia atemporal acompaña una visita a la capital uruguaya.

Con poco menos de un millón y medio de habitantes, la ciudad crece y se moderniza sin perder el concierto apacible de localidad del interior.

Borges, que tuvo abuelo uruguayo y pasó largos veranos en la Banda Oriental, escribió en su poema Montevideo: “Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente. […] Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve./ Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias./ Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas./ Ciudad que se oye como un verso./ Calles con luz de patio.”

Las atracciones del Parque Rodó son un ejemplo de este sentimiento retro. En el barrio donde está el amplio espacio verde, el monumento a Confucio, la Facultad de Ingeniería y la sede del Mercosur, hay un parque de diversiones con viejos juegos mecánicos que si los vieran en Disney harían un museo homenaje.

El Gusano Loco, el Samba, el barco pirata, los Helicópteros voladores y una montaña rusa que de lejos parece construida por el Vietcong, con cañas de bambú. En los kioscos venden churros recién hechos y hay un bar donde los camareros llevan las bandejas al auto y las enganchan en la ventanilla. Sin salir del auto, el conductor mira a la gente pasar, da un trago a su bebida, está más cerca de su infancia.


Desayuno retro en la Puna

En el comedor del Residencial Cesarito, en Abra Pampa, Jujuy, el perfil de Nueva York no cambió en 2001 y posiblemente no cambie nunca. La ciudad quedó congelada una tarde rosa. Más allá del terrorismo, más acá del Photoshop. En medio de la Puna, a 3600 metros de altura.


La ley de la vergüenza (SB1070)

«La hija de Hitler. Ella clasifica a la gente según donde nació. La historia se repite. Si no sos rubio de ojos celestes, cuidate.»

Esto se lee en el montaje que circula en Internet en contra de la gobernadora de Arizona, Jan Brewer que promulgó la Ley SB 1070, en contra de los inmigrantes, que entrará en vigor dentro de tres meses.

Para leer más sobre esta ley, que autoriza a la policía a detener a cualquier sospechoso de estar en el país en forma ilegal, ha inspirado a otros siete estados, la nota de Pablo Ordaz en El País de hoy.

Obama la condenó y el secretario de justicia de Estados Unidos Eric Holder expresó su preoucpación. Mientras tanto, en Facebook ya hay un grupo en su contra con más de un millón de miembros, y se planea un boicot a Arizona para el próximo 23 de mayo.


Domingo en Súper 8


Ritos americanos, según Diane Arbus

Chica emergiendo del océano en ruleros, Coney Island, NY

El otro día fui a la casa de una amiga fotógrafa. De su extensa y variada biblioteca me llamó especialmente la atención Revelations, el libraco de otra fotógrafa, la estadounidense Diane Arbus (1923-1971).

Dentro del extraño mundo que abre ese libro, editado postmortem por su hija y su editor, reparé en una carta mecanografiada en 1963 que Arbus mandó como proyecto personal para aplicar a la beca Guggenheim, que luego ganó.

Esta es la traducción de esa carta de presentación.

 Ritos americanos, modales y trajes

«Quiero fotografiar las ceremonias importantes de nuestro presente porque viviendo aquí y ahora tendemos a percibir sólo lo que es azaroso, estéril, sin forma. Mientras lamentamos que el presente no es como el pasado y abandonamos la esperanza de que se convierta en algún futuro, sus hábitos innumerables, inescrutables yacen en espera de su significado. Los quiero recolectar como la abuela de alguien que guarda conservas porque van a haber sido tan hermosos.

Hay ceremonias de celebración (Los Shows, los Festivales, las Fiestas, las Convenciones) y las ceremonias de competencia (Concursos, Juegos deportivos), las ceremonias de comprar y vender, de apostar, de la ley y el show; las ceremonias de fama en las que los ganadores ganan y los suertudos son elegidos o las ceremonias de familia o encuentros (las Escuelas, los Clubs, los Encuentros).

Después están los Lugares Ceremoniales (el salón de la peluquería, el salón de la funeraria o simpelemente, el salón) y los trajes ceremoniales (lo que usa una camarera, o los luchadores), ceremonias de los ricos, como un show de perros y de la clase media, como el juego de bridge. O por ejemplo: la lección de baile, la graduación, la cena de compromiso, la sesión de espiritismo, el gimnasio, el picnic. Y quizás, la sala de espera, la fábrica, el baile de máscaras, el ensayo, la iniciación, el lobby del hotel y la fiesta de cumpleaños. Etcétera.

Escribiré lo que sea necesario para una mayor descripción y dilucidación de estos ritos, iré hasta donde pueda para encontrarlos. Estos son nuestros síntomas y nuestros monumentos. Quiero simplemente guardarlos, porque lo que es ceremonioso y curioso y lugar común será legendario.»

Diane Arbus

Este año el SFMOMA cumple 75 años y lo celebra con distintas muestras, entre ellas, una de fotografía que focaliza en los artistas contemporáneos, a partir de 1960. Diane Arbus, la mujer que mostró a los invisibles y a los marginados, integra la muestra, que se podrá ver hasta fin de mayo.


El icónico mapa del «tube» de Londres, ¿en peligro?

Tengo un colega que cada vez que viajo a una ciudad con subterráneo, me pide que le traiga un mapa.

No le interesa tanto usar el transporte como coleccionar los mapas con la información, el color y el diseño de las líneas de tren y sus recorridos. Dando un repaso a los diarios del domingo, encontré una noticia que le interesaría. Lo voy a llamar.

Es una columna en la que el periodista Jonathan Glancey, del periódico The Guardian, se pregunta con preocupación sentimental, qué pasará con el icónico mapa del tube de Londres en enero próximo, cuando la Oyster Card, una tarjeta electrónica prepaga, integre finalmente todos los servicios de trasnporte de la ciudad: desde los subtes céntricos hasta los trenes suburbanos, el Docklands Light Railway y los barcos del Támesis. Todo.

Conscientes de la pérdida, los diseñadores han trabajado para que la nueva información entrara en el mapa, pero es demasiado, y no sería legible. El mapa orginal fue diseñado por el ingeniero Harry Beck en 1931 y forma parte de la vida diaria de los londineses -¡y de los turistas!- pero con los cambios que vienen será insuficiente. Al parecer, habrá que barajar nuevas propuestas.

Los mapas actuales, que combinan la información del transporte terrestre con el subterráneo y las distintas zonas tarifarias son cada vez más difíciles de leer. ¿Qué hubiera hecho Beck? se pregunta Glancey y enseguida se responde que tal vez el ingeniero hubiera tomado una decisión drástica, hasta romper su propio diseño y volver a empezar.

Los nostálgicos, mi colega incluido, no pierdan tiempo y asómense a la edición online de The Guardian, donde se puede ver una galería de fotos de los mapas del underground según pasan los años.

(Post dedicado a E.R.)


Postales de Berlín

Además de ser amigo de la casa, Leandro Uría es periodista del diario La Nación de Argentina, músico, escritor, viajero y…¡fanático de Berlín!

A continuación, un texto suyo, entre recuerdos, postales y envíos por correo en tiempos de Muro.

Justo en estos días, cuando Berlín empieza los festejos por el 20º aniversario de la caída del Muro, recibí varias postales de regalo enviadas desde la capital alemana. Me las mandó una amiga: Nina Apin, periodista del TAZ, el diario en el que fui redactor invitado durante una beca en 2007, y forman parte de la hermosa colección de Pony Pedro, la empresa berlinesa en la que trabaja su pareja, Sebastian. En una de las cuatro que recibí, Nina, que hace poco fue mamá de Charlotte, me cuenta, entre otras cosas, que pronto vuelve a trabajar al diario y me da sus impresiones sobre el nuevo gobierno alemán.
No es la primera vez que recibo una postal de Berlín. En agosto de 2007 me había enviado otra Barbara Bollwahn, periodista y escritora, nacida en Alemania del Este durante el régimen comunista, a quien también conocí durante mi beca en el TAZ. La postal venía acompañada de un regalo: su libro para jóvenes Der Klassenfeind  + ich (El enemigo de la clase + yo), en el que Bollwahn cuenta una historia de amor entre una chica alemana del este y un alemán del oeste que se conocieron en Budapest, Hungría, en los 80. Su libro muestra también cómo el Muro podía separar no sólo dos sistemas políticos sino también convertirse en una barrera para que el amor y el deseo se realizaran. El libro empieza así: “¡Mi querido diario! No tengo idea por dónde empezar. Han pasado tantas cosas fantásticas en los últimos días.

Todo empezó el viernes, cuando llegó el primer paquete del oeste. Como siempre de Elisabeth, la amiga de la abuela Elfriede […]. Esta vez ella me ha enviado un fantástico traje de baño, una lapicera Pelikan y un borratintas. Y también dos números de la revista Bravo. Obviamente yo conocía ya esta revista. Algunas chicas de mi curso tienen colgados pósteres de cantantes y bandas de Bravo en sus cuartos”. 

Hoy en día, la protagonista del libro de Barbara podría enviar hermosas postales de Berlín a amigos de todo el mundo, en vez de esperar ansiosamente paquetes del oeste como lo hacía antaño. Pero ella sólo existe en un libro de ficción. ¿No existe en la realidad? Tal vez no, pero quienes participen de los festejos callejeros de Berlín por la caída del Muro sólo deberán aguzar un poco la mirada para encontrarla.


Río de Janeiro, gosto de voce

Río de Janeiro, del disco «Vivo Feliz», de Elza Soares.


Homenaje al Poste Restante

cartasLa anécdota de Portimão me recordó los viajes con intercambio epistolar y Poste Restante.

Sevilla, Katmandú, Tánger o Nueva Delhi, no importaba dónde fuera, si había planificado pasar por allí sabía que en el Poste Restante tendría una carta con noticias de mi familia.

Cuando el mundo quedaba más lejos y las llamadas daban ocupado o equivocado y salían carísimas, y no había Internet ni Blackberry, el Poste Restante era una solución lenta, gratis, eficaz.

El Poste Restante es un servicio del correo, de todos los correos del mundo, por el que se conserva una carta hasta que la persona a quien está dirigida va a retirarla. En algunos países sólo se guarda un mes y después se devuelve al remitente. Es un servicio pensado para la gente que está en tránsito, sin una dirección postal. Me imagino que ahora se usará mucho menos, pero en un momento, no hace tanto, era fundamental para los viajeros.

La anécdota de Portimão ocurrió en tiempos de Poste Restante, 1986, año más año menos. Me la contó Fernando Luna en un asado, una de estas noches porteñas y calurosas del invierno.

El viajaba con un amigo por Europa y por medio de cartas al Poste Restante de Madrid combinó un encuentro con dos amigos más en Portimão, una playa del sur de Portugal. Desde ahí, los cuatro tenían planeado ir a la isla de Madeira, su meta. Pero se quedaron en una playa de Portimão. Hicieron un pozo amplio en la arena, lo rodearon de cañas, extendieron unos pareos y lo llamaron Guamerú, como el campamento de Daktari.

Vivieron en Guamerú más de diez días. Una tarde conocieron a una señora amable y generosa, doña Zulmira se llamaba. Fernando dice que nunca se olvidará de ese nombre. «Fue nuestra abuela portuguesa. La señora nos daba sandías que nosotros trozábamos y vendíamos en la playa. La plata que ganábamos nos alcanzaba para unas sardinas asadas con papas. Cada tanto incorporámbamos algunas turistas al campamento Guamerú. Me acuerdo de unas alemanas de Berlín. Nos entendimos lo más bien sin hablar una palabra», recuerda con la voz, con la mirada.

A la isla de Madeira nunca llegaron. Una noche, en Guamerú, hicieron una canción. El estribillo decía algo así: Ibamos a Madeira y ficamos en Portimão, lara lala.

Cuando Fernando y sus amigos dejaron Portimão no miraron para atrás porque si no quizás no se hubieran ido. Su viaje por Europa duró varios meses más. Cuando llegaban a una ciudad, lo primero que hacían era ir al Poste Restante. Para buscar noticias, para estar conectados. (También, para ver si algún amigo o amiga les había escrito ofreciéndoles su casa.)




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