Hace unos días entrevisté al artista de joyas únicas Celedonio Lohidoy. Me contó sobre sofisticados collares con cristales Swaroski y perlas y turquesas. Y me contó, en tono de confesión, que el collar que más le gustó crear fue uno con cuentas de hielo, que al poco tiempo se deshizo. Enseguida me acordé de los mandalas de arena que hacen los monjes tibetanos. Trabajan entre tres y cinco días en ese círculo sagrado, una obra fantástica y efímera. Cuando el mandala está listo, se contempla por un tiempo breve y después se desmantela suavemente en un canto a la impermanencia de las cosas y de la vida.
Cuando hoy veía los muñecos de nieve que hacía la gente al costado de la Autopista Ezeiza Cañuelas pensé en los paisajes efímeros. Como la nieve de hoy en Buenos Aires, después de 89 años sin más copos que los de maíz que se venden en el supermercado. De repente, en medio de un feriado no muy distinto a otros feriados, se instaló un día de turismo espontáneo, de turismo gratis. A la puerta, al parque más cercano, adonde fuera que se hubiera acumulado nieve suficiente para una foto, para un muñeco blanco y probablemente deforme.

En la tele pasaban el hipódromo con nieve, el Obelisco bañado en copos de nieve, los countries con nieve, las villas con nieve. En todos lados había gente afuera, jugando a pesar del frío. Gente festejando como se festeja en un mundial. Después de mucho tiempo, el turismo había venido a ellos y no al revés, como en cada vacación planificada. Hoy el turismo estuvo para los porteños en la puerta de casa.
Mientras tanto, del otro lado del mundo, con calor y días más largos, 75 escultores construyen capítulos de la historia del tiempo. Fueron invitados una playa del norte de Alemania, donde se celebra el Festival de Arena de Travemünde. El show comenzó hace unos días y termina en septiembre, después de haber usado 9000 toneladas de arena. Se esperan castillos y personajes históricos de hasta doce metros de altura. Seguramente las esculturas permanecerán algo más que la nieve de Buenos Aires, pero después, como los mandalas del Tíbet y el collar de Celedonio, arena y agua volverán a fluir en la naturaleza.

Dentro de algunas horas sonará el chupinazo, un cohete que anuncia el comienzo de una de las fiestas salvajes -y turísticas- que tiene España, los Sanfermines que sigue hasta el próximo 14 en un desmadre continuado.
«Un bombazo anuncia que han soltado a los toros, que ya vienen hacia nosotros, entonces todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin importar si pisamos a alguien en el camino. A salvarse quien pueda. Por momentos, esto parece una metáfora de la vida que nos quieren hacer vivir: sálvate sin importar cuántas cabezas aplastes en el camino.»
Los Sanfermines son salvajes en muchos sentidos. Entre 1980 y 2005 se hicieron 207 encierros, y hubo 190 corneados con heridas, y más de 6000 atendidos. Igual, si llegás a tiempo a Pamplona y todavía tenés ganas de correr, no dejes de leer
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