A propósito del Camino del Inca

Los países, las provincias y hasta los medios se apropian, respectivamente, de “sus” afectados en Machu Picchu. Los diarios argentinos, los chilenos, los costarricenses, los uruguayos, cada uno rescata un universo privado, un viaje en primera persona.

Mientras leo las historias, los rescates, la tragedia me apropio de mis recuerdos. Hice el Camino del Inca el año del cólera, 1991. A fines de enero, princpios de febrero. Llovió tres de las cuatro noches que pasé en la montaña. Antes llovía, pero como me dijo Jerry, uno de los amigos con los que compartí esos días, “ahora el clima está de thriller”.

No sé si ya existían las telas inteligentes, pero a América Latina no llegaban seguro. Caminaba con jeans y un sueter de lana tejido por una tía, y húmedo el 80 por ciento del día. Entre las medias y las zapatillas se ponían bolsas plásticas. Con eso y todo, los pies terminaban hechos sopa.

Hace 19 años hacer el Camino del Inca costaba 13 dólares. Hoy hay que pagar alrededor de 300 por un tour que incluye guía, comidas, entradas. No se puede hacer de otra manera  y no es fácil conseguir cupo: sólo entran  250 personas por día. Fui con Elizabeth, mi amiga del colegio, que a partir del segundo día de caminata tenía tres de los cuatro síntomas del cólera. Recuerdo que llevábamos mochilas de rezagos militares y una “mantita de viaje”. Alquilamos una carpa en Cuzco, era pésima. Y compranos dos plásticos enormes para ponernos arriba de las camperas, que no eran waterproof.

Hace 19 años no había Internet. Sí había guías de viaje, pero no eran populares, y no las compramos. Rebeldía de la edad, negligencia, ganas de hacer sin receta el trekking más famoso del mundo y el primer gran viaje solas, quién sabe, pero no la compramos. En aquella época, la mayor parte de la información de un viajero -latinoamericano, al menos- era el boca a boca. Hago la aclaración porque de repente me acordé de una pareja de australianos que llevaba una guía con tips increíbles. Con la mayoría de los viajeros uno se encontraba en el campamento, por la noche. A los australianos los vimos cuando nos pasaron. No daban pasos, lo suyo eran zancadas.

De tan largo, el segundo día casi no termina. La subida a Warmiwañusca, a 4200 metros de altura. Un sendero finito como los que hacen las vacas. Pero las vacas no llegan tan alto. Si llegaran serían vacas voladoras porque el cielo está ahí. A un par de nubes de distancia.

En las montañas conocimos a Jerry y a Topo, unos chilenos divertidos, mucho mejor equipados que nosotras. Nos hicieron bromas, nos reímos y enseguida fuimos amigos. Seguimos juntos el camino. Juntos comimos la polenta más rica del mundo, con el hambre de un yaguareté. Ahora es obligatorio ir con guía, pero antes uno se cocinaba, a menos que se contratara un porteador que también preparaba la comida al llegar al campamento.

El quinto día, como todos, amaneció nublado y lloviznando. Pero después de cruzar la Puerta del Sol se despejó un rato. Bajamos a las ruinas corriendo, temblando las rodillas, con la brisa en las mejillas, cumpliendo un sueño. El sueño de alejarse un rato de la civilización y transitar por las montañas de los incas . El sueño de descubrir que se puede llegar lejos con las piernas y el espíritu. Un sueño simple y noble, que la turista y el guía que murieron hace unos días, lamentablemente, no llegaron a cumplir.

Mientras leo las historias de las noticias, me apropio de mis recuerdos. La sensación incómoda de la lana mojada, los paisajes de ceja de selva, el Urubamba encajonado entre los valles, la extraña mezcla de cansancio y emoción de alcanzar cada noche la meta, un momento de agotamiento cuando me pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me fui a la playa. Me acuerdo de la piedra gris del Intihuatana y del miedo de una noche entera de lluvia. No voy a olvidar la generosidad de los chilenos, que compartieron lo que tenían con nosotras, ni la última trepada al Huayna Picchu, tomados de una soga gruesa para no perder el equilibrio. Arriba, no había ni un turista. Sólo nosotros, en las nubes.

(Post dedicado a Jerry y a Topo, mis amigos hasta hoy, y a Eli, que se salvó del cólera)


Refugios íntimos, fantásticos, salvajes

Were the wild things are, la última película de Spike Jones cuenta un viaje fantástico por mundos interiores. Se estrena en marzo.


Desde Haití: escombros y partidas

Martín González es un camarógrafo argentino que cubre Actualidad para distintos medios de América Latina y España. Hace dos semanas que está trabajando en Haití. Además de registrar lo que quedó de Puerto Príncipe, el otro día le tocó viajar a Leogane, un pueblito cerca de la ciudad que se destruyó en un 80 por ciento. Después de ese viaje, escribió la crónica que sigue (la foto es del autor).

“En mi vida he intentado hacerme el escritor miles de veces y he fracasado sistemáticamente, ahora me encantaría tener un poco más de pluma para contar las cosas que me ha tocado ver y vivir en Haití. Esto que estoy escribiendo es otro intento, pero a veces me pasa que para escribir tengo que pensar demasiado en lo que me tocó ver y acá no tengo la oportunidad de esconderme atrás de la cámara de video, de hacer de cuenta que estoy viendo todo en la pantallita como si estuviera viendo la tele, lejos de lo que está pasando.

No sé qué me hizo pensar que cubrir como camarógrafo la tarea de reparto de agua por parte de la Cruz Roja Española me iba a hacer ver Puerto Príncipe sólo de refilón, para bien y para mal. Pero acá las historias brotan de todos lados, te van pechando, te cachetean, se te cuelgan del pantalón. Te miran con una sonrisa sentadas en un montón de escombros las historias.

Leogane es un pueblito a 35 km de puerto Príncipe, ahí hay un equipo de la Cruz Roja potabilizando agua. Hacia allá fuimos, con Leonel, nuestro chofer que no habla más que creole pero nos entendemos a la perfección. Todos dimos por sentado que el otro sabía dónde se encontraba el campamento de la Croix Rouge Espagnole, media hora más tarde, después de recorrer un pueblo compuesto por ayuda humanitaria, gente en las calles y escombros, llegamos al mentado campamento en el patio de la Ecole Saite-Rose de Lima… y a ahí viene la cachetada!

La escuela primaria dirigida por monjas es un montón de escombros del tamaño de un puño y un poco más. Parados sobre lo que imaginamos habrá sido el aula de 5to grado, José Luis, mi amigo y compañero de trabajo y yo, tratamos de pensar que no estaban en clases cuando ocurrió en sismo, calculamos la hora, hablamos de doble escolaridad. Tratamos de negar el hedor que brota de entre las piedras, no hay mucha más información, ni nosotros ni los del campamento nos atrevemos a preguntar mucho a los lugareños, muy posiblemente, padres.

Ya en una de las carpas del campamento, a escasos 30 metros del montón de escombros que era una escuela, donde un montón de niños tomaban nota hace una semana atrás, nos encontramos con mapas, cajas, radios y una foto: 43 niñas y un monja nos miran, todos sentados en sus pupitres, la mayoría serios, con sus trajecitos impecables. Confirmé lo que ya sabía, el impacto de las imágenes y el valor que tiene el hecho de que quede un registro, un recuerdo. Ahora las historias truncas que se quedaron ahí abajo tienen un rostro y eso pega fuerte.

A la noche en mi tienda de campaña, trato de imaginar cómo fueron los minutos anteriores al terremoto, las risas, los vestidos impecables, la maestra de catequesis o de matemáticas escribiendo en el pizarrón, el calor hasta que en un determinado momento todo se empezó a mover y ahí mejor pará de pensar Na mio rengue kyo, a poner la mente en blanco.

A la mañana siguiente un poquito antes de que emprendiéramos el regreso nos acercamos nuevamente al montón de escombros, la idea era investigar los papeles que quedaron desparramados en un sector. Entre esos papeles estaban las copias de las actas de nacimiento de Dergelie, Brenda, Shanaïca, Djoseline, Mihalel. Ya no son un montón de escombros lo que veo”.


Botiquín de viaje: Dr. Selby

Dr. Selby es una crema restauradora de la piel, de industria uruguaya y notable performance. Para paspaduras, dermatitis, quemaduras de sol, piel irritada, cutis seco, manos paspadas y más. Imprescindible en el botiquín de viaje. (Esto no es una publicidad paga, sólo una recomendación por experiencia reciente)


Pasaporte integral

En síntesis: mi hermano, cuñada y sobrinos partieron, hace algunos meses, en un viaje integral.

Todavía no se fueron a ningún lado, pero adoptaron nuevas costumbres, como el uso de azúcar mascavo, sal rosa, harina de centeno, miel, quínoa, sésamo, manzana sin cáscara, fibra, fibra, fibra, rúcucla orgánica, semillas de girasol y más.

Compartimos mucho tiempo juntos y el otro día, después de una tarde de de sol y piscina, preparé unas milanesas al horno. Cuando estaban casi listas, se me ocurrió un plan. Agregarles un pedacito de queso para que se parecieran a unas milanesas a la napolitana, wow, qué delicia.
Quise compartir la idea y pregunté, al tiempo que abría la heladera, para buscar el Port Salut: Ale, ¿le pongo queso a la tuya?

Entonces, se escuchó en la cocina un NO rotundo, grave, mayúsculo. Me di vuelta para ver si la bebita se había mandado alguna travesura. Pero no, ella no tenía nada que ver, ¡era el queso!

– Carol, ¿sabías que si mezclas el hierro con los lácteos no absorbes el hierro?

Ay, qué susto. Mi mano que tenía el queso agarrado, lo soltó ante la sentencia que sonó como una amenaza de bomba. Después, absorbí, doy fe, una explicación de varios minutos sobre la alimentación sana.

Mientras borraba de mis pensamientos la bellísima imagen del quesito derretido y doradito chorreando por los costados, abrí la heladera para buscar un limón, porque ¿sabén qué?
¡El limón se potencia con el hierro!

El nuevo pasaporte integral de mi hermano y su familia me inyectó energía, nuevas fuerzas, ánimo y muchísimas ganas… de conseguir un pasaje urgente a la Isla de la Mayonesa. Prometo escribir un post desde allá.


Ilustraciones para escuchar el color

Anoche estuve en la inauguración de la muestra “Temporada alta”, de Augusto Costanzo en la nueva sede de la galería Elsi del Río, con música de Javier Malosetti, que tocó inspirado por los colores de su amigo.

“Temporada Alta” es una cruza entre un iPod y una caja de lápices de colores, siempre listos para “escuchar el color”.

iPencil es el nombre de uno de los trabajos del ilustrador (foto), con clima de la West Coast, sueños de guitarras y colores de atardecer. Los que se perdieron la muestra de hace algunos meses en el Recoleta, una excelente oportunidad para conocer al artista. Hasta el 27 de febrero.


El largo viaje de Gustavo Javier

La noche está quieta como una planta de consultorio médico. Es verano, la gente se fue de vacaciones y la ciudad se ha vuelto amable y silenciosa. Hace unos minutos pasó la medianoche.

Estoy en Valparaíso, un restaurante nuevo de Buenos Aires, uno de los pocos de comida chilena. Vine con una amiga que no veía hace tiempo, nos sentamos en unas sillas en la vereda, esta noche, una vereda tropical.

No pasan autos por la calle Nicaragua. Sólo algunos mosquitos de patas largas y un niño que va y viene con su bicicleta roja. De una punta a la otra, una y cien veces. Su familia lo mira y festeja cada vez que lo logra.

Comemos palta reina y ceviche. Comemos despacio, contagiadas por el andar de siesta de esta noche, y atontadas por el calor. El camarero chequeó que todo estuviera bien y regresó adentro con una paila en la mano y su canto chileno (de Ñuñoa).

De repente, se escucha un suspiro cercano. Del otro lado de la calle  estacionó el carro de un cartonero. Está a cinco pasos de nosotras y es casi tan alto como el techo de una casa. Es el carro de cartonero más grande que vi en mi vida.

De atrás de la mole aparece un hombre flaco, musculoso, oscuro, joven, de piernas fuertes, ojos negros, mirada esquiva.

– No podés más -le digo desde mi silla cómoda.

– Es que vengo arribeando desde allá -y señala a lo lejos.

– ¿Arribeando?

– Sí, cuesta arriba, porque la calle sube, ¿no ves? -dice y cruza hacia donde estamos sentadas.

Se hace un lugar en la vereda, debajo de un plátano. Cerca, pero no tanto, como los perros vagabundos, que buscan cariño pero tienen miedo porque saben de golpes y maltrato.

Desde ese lugar, cerca y abajo, el cartonero que más tarde me dirá que se llama Gustavo Javier, cuenta algunos pasajes de su viaje:

– Yo vengo de Misiones, allá es todo verde. ¿Viste todos los edificios que hay acá? Hacé de cuenta que allá son campos de girasoles. (Y con las manos muestra cómo son de grandes las cabezas de los girasoles)

Vino a Buenos Aires porque quiere ahorrar para arreglarle la casa a la madre. Llegó hace seis meses y ya consiguió este trabajo, que le da entre cien y doscientos pesos por día. Ocupa una casa en Chacarita; le regalaron cama, muebles, televisor. Le pregunto si conoce a Ricardo Fort y responde que no mira mucha tele (creo que eso signfica que conoce a Fort). Todos los días, aunque llueva o truene, sale a las ocho de la noche sale hacia Constitución y desde ahí empieza a volver buscando, juntando, construyendo los cimientos de esa mole que tiene como carro y que arrastra por más de 10 kilómetros. Trabaja solo porque si tuviera que repartirlo con alguien, la plata no le rendiría.

– Ahora el carro pesa 2.500 kilos.

Las palabras rebotan en la noche oscura. Cuando vuelvo a mirarlo, veo el carro como un edificio en construcción. Los cimientos metálicos se los ceden los talleres mecánicos y es lo más caro que carga. Sobre ese colchón que no se ve pero pesa, reposan un ropero desarmado, maderas, cartones blancos, un canasto de mimbre, cartones marrones, papeles y más cartones.

– Hoy me saqué la remera, pero nunca me la saco -aclara, mientras sus pies juegan con el agua de la alcantarilla. No le importa mojarse las zapatillas, es una noche calurosa.

Hace seis meses que no llama a su familia, allá en Misiones. No saben si está vivo o muerto. No saben nada de él y él no sabe nada de ellos. No quiere llamar porque le dirán que vuelva y no quiere volver sin tener el dinero para arreglarle la casa a la madre.

– El otro día llamé y corté. No quería hablar con mi hermana, quería hablar con mi mamá.

Le preparamos un sanguchito improvisado de ceviche y palta reina. Estira la mano, negra como si trabajara en una mina. Se lo devora. Le faltan dos horas para la última parada de su viaje diario, donde descargará el carro. Después, me imagino que tendrá el hambre de un gorila.

– ¿Cuántos años tenés?

– ¿Vos cuántos me das?

– mmm…

– Mirá que soy más chico que vos.

– Eso, obvio…

– ¿25?

– 23.

El camarero chileno ha comenzado a entrar las sillas de la vereda. Desde que hablamos con el cartonero está algo inquieto. Entra  y sale aunque no tenga nada que llevar ni traer. Creo que se alivia cuando pedimos la cuenta y pagamos (la mitad de lo que Gustavo Javier juntará hoy). Lo saludamos, le deseamos buen viaje, le pido que llame a la madre.

– Chau, chicas, cuídense. Descanso un ratito más y sigo. Calculo que en dos horas llego a Chacarita, a eso de las tres.

Cuando me doy vuelta lo veo encorvado, cansado con el cansancio de alguien que viene viajando hace muchos años. Me mira por debajo de su gorra de beisbolista y en sus ojos negros veo reflejos de los campos de girasoles del Litoral.


Hai(de)tí


10 imperdibles de La Condesa

El barrio de moda en el DF se llama La Condesa, pero los chilangos le dicen Condechi.

Es una zona arbolada, custodiada y de trazado irregular, por momentos elíptico, porque hace cien años fue un hipódromo. La calle Ámsterdam, una de las principales, era parte de la pista. En la actualidad, se ha convertido en un barrio caro al que se mudaron extranjeros, pero hasta hace poco La Condesa era un lugar bohemio, donde vivían músicos, periodistas, pintores y escritores que en esta época fashion se las ingenian para sobrevivir entre bares, restaurantes y alquileres cada vez más caros.

Los fines de semana, los restaurantes tienen fila de gente en la puerta y es tan complicado encontrar estacionamiento que se ha instalado el servicio de valet parking en cualquier esquina. La familia de la Condesa de Miravalle, Doña María Magdalena Dávalos de Bracamonte y Orozco, fue la primera propietaria de las tierras, que duraron poco como hipódromo, hasta la Revolución de 1910. El nombre quedó, y también muchas de las elegantes y costosas residencias que hubo antaño. Más tarde llegaron el art déco y las construcciones modernistas, que también se quedaron. Un buen ejemplo es la Casa Nike 1902, una bella mansión de los años 20 convertida en un negocio de ediciones limitadas de zapatillas y ropa deportiva. En el predio hay un jardín vertical y un bar con jugos de frutas.
Restaurantes, hoteles boutique como el famoso Condesa DF, bares, negocios de ropa vintage, peluquerías trendy y librerías donde sentarse a leer y escuchar música, un barrio para volver más de una vez.

Librería Rosario Castellanos. Av. Tamaulipas 202. El antiguo cine Lido se ha transformado en una de las mejores librerías del Distrito Federal, del Fondo de Cultura Económica. El exterior del edificio conserva las líneas originales del art déco y la torre, que hoy es el faro del barrio. En el interior, el espacio es amplio y abierto, y además de encontrar novedades, rarezas y clásicos, se puede tomar café, hay ciclos de cine y presentaciones de libros.

Ámsterdam. Esta calle es un óvalo perfecto. No responde al capricho de un arquitecto, la razón de su forma es que en algún momento fue la pista del hipódromo. Por allí corrían los caballos a toda velocidad. Hoy, tiene un boulevard con vegetación tropical y fuentes. La rodean bares y edificios de los años 30. Es una de las pocas calles de La Condesa que no lleva el nombre de una ciudad o estado mexicano. Antes o después de caminar por Ámsterdam, una lectura recomendada. La reciente novela de Juan Villoro que trasncurre ahí, a la intemperie: Llamadas desde Amsterdam (Ed. Almadía). Read the rest of this entry »


Jennifer Furches, desde un parque en L.A.

Más música de Furches, aquí.




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (5)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)