Estrujados en Tokio

Tokyo Compression, el nuevo libro de Michel Wolf, un fotógrafo alemán con base en Tokio. Espeluznante.


Excusas infantiles para viajar, Volumen II

Rusky, el director de un sello de música independiente que hace unos días contó sobre las pizzas de Chicago, hoy vuelve con una nueva entrega de excusas para viajar. Infantiles, sí, pero válidas. Después de leerlas, me pregunto por qué no consideró la que me contó una tarde: “Quiero volver a París porque no subí a la Torre Eiffel”.

“Mi editora favorita me pide otra excusa infantil para viajar para postear el Volumen II. No es fácil decidir entre tantas, teniendo en cuenta que mi trabajo en el maravilloso mundo de la música no es más que una vil excusa para viajar, conocer gente, lugares.

Podría nombrar, por ejemplo, varias excusas fútiles para volver a una ciudad o una playa encantada. También están las excusas gastronómicas: los panchos en La Pasiva de Montevideo, las setas de Navarra, en España, y podría seguir: las excusas gastronómicas son las más evidentes, e inocentes.

Las excusas culturales son siempre elegantes: una Bienal en São Paulo o Venecia; una muestra de Bacon en El Prado; el entierro del Diablo de Carnaval de Jujuy; tomar peyote en el desierto mexicano. Grandes excusas para ser tildadas de banales, pero que siempre quedan bien en la mesa.

Están las excusas del corazón: ¿qué mejor razón que viajar a ver al amor de tu vida, aunque aún no estés seguro que lo sea? De certezas se vive: uno debe viajar para cerciorarse de que la persona más allá del océano es el amor imposible encarnado en la tierra. No se deje engañar, el amor en lejanías no existe: es su amor por el viaje lo que lo motiva. El resto, pura poesía. No es que el amor transoceánico no exista, sí que existe, simplemente no dura para toda la vida. Si uno puede vivir con eso, ésta es su gran excusa.

Después están la excusas familiares. Aproveche que están de moda las redes sociales, busque a sus parientes lejanos y vaya a conocerlos. Busque un pariente perdido en el Este europeo y de paso conozca el castillo de Drácula, reencuéntrese con su tío lejano de Rosario y cómase una boga en el río, vea hasta donde llega su imaginación para extender la parentela y conocer el mundo.

Pero la excusas que me importan son las infantiles. Por ejemplo, tengo que volver a Granada a pesar de que ya estuve dos veces, simplemente porque no fui a la Alhambra. ¿Cómo puede ser que llegue desde tan lejos y no ingrese a conocer uno de los grandes monumentos de la humanidad? Pues es sencillo: me encantan las excusas infantiles para viajar. Podría aducir que sólo me quedé unos días, que trabajé mucho, que estuve con Enrique Morente en su casa o pasando música hasta tarde en la Sala El Tren. Que me quedé tomando té con unos moros en el Albaicin o comiendo un cochinillo en un monte cuyo nombre no recuerdo pero que tenía la panorámica más increíble. O simplemente, que me quedé comiendo unas tapas -las mejores de toda España, señoras y señores- en un bar bizarro a la vuelta de la sala de conciertos Sugarpop con un montón de músicos y desconocidos. Sé que es una excusa infantil, y que la vida es cosa seria”.


Lecturas de verano

El verano es una estación triste en la que nada crece. Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena; incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante. La canción de verano es siempre la peor canción del año. El amor de verano es un subgénero del amor, del gran amor que nunca podrá tener lugar en verano. Hablan de lecturas de verano, noches de verano, viajes de verano, bebidas de verano y con ello queda implícito un sutil desprecio. Nuestro amor no está hecho para el verano. Nuestro amor no conoce vacaciones.

(De Escrito en servilletas)

Cuatro amigos. David Trueba, Anagrama.


El barrio chino de La Habana

Quizás fue a propósito del último Año Nuevo Chino. O será porque ayer me crucé con una chica que llevaba un conejo en brazos. Era menuda, morena, ojos grandes. Parecía perdida, recién llegada de un pueblo lejano donde se crían conejos. Se la notaba apurada, como si trajera un encargo: entregarle el animal al mago antes de la próxima función. Me recordó a esa adolescente dulce y salvaje de la película El Ilusionista.

¿A qué iba? Ah, sí, a que por una cosa, por otra o porque sí, hoy pensé en el barrio chino de La Habana. Es pequeño, austero, con pocos farolitos rojos, poco brillo y pocos chinos. Encontré una mujer que vendía “animales afectivos” con licencia para viajar. Loros, cotorras y otras aves autóctonas por unos 8 dólares. Le compré fósforos al “fosforero del barrio chino” de la calle San Nicolás. Revolví cajones de libros en la librería Confucio, conversé con los únicos chinos que me crucé, unos tipos de unos setenta años que tomaban fresco en la puerta del edificio del Diario Popular Chino. Y comí un chop suey en un boliche que se llamaba Sabor y magia, en El Callejón de los Cuchillos.

En Cuba quedan unos 400 chinos nacidos en China y alrededor de mil descendientes. Los primeros llegaron a fines del siglo XIX, creyendo que venían a una tierra de oportunidades. Pero al poco tiempo se encontraron cortando caña de azúcar al rayo del sol y con las manos llenas de sangre. Los últimos llegaron a mediados de 1900. Venían con ánimo comercial, pero enseguida quedaron atrapados en una Revolución ajena. Algunos se volvieron, otros habían formado su familia, se quedaron y abrieron restaurantes conocidos más por la pizza que por el chop suey o el chao fan. En su honor, los cubanos acuñaron un dicho que todavía se escucha en La Habana: “Te engañaron como a un chino”.


San Valentín y la vigencia de los clásicos

Colección de cerámica erótica de culturas antiguas en el espectacular Museo Larco Herrera, en Lima, Perú.


Tenés cara de argento…

Unas noches atrás, en la vereda del bar de Julio, en el barrio de Colegiales, cantó Tomi Lebrero. Noche de verano, brisa suave, los plátanos llenos de hojas, una mesa larga compartida por gente que nunca antes se había visto. Con una gata que se llama Malena. Y sonido de bandoneón.

Desde afuera, el bar de Julio parece uno de esos bazares de antigüedades, más que antigüedades, cachivaches. Pero ahí no se vende nada. Nada más que tartas, pollo a la portuguesa, cerveza y fernet. Por la calle empedrada pasaba un auto, uno o dos.

En ese paisaje tan, tan porteño, Tomi tocó sus hits, el que habla de los chicos del cine independiente y otros, y también canciones nuevas que compuso en las vacaciones. Tenía una camisa hawainana amarilla y estaba bronceado, parecía que recién llegaba de Trancoso o de Itacaré. Uno de los temas nuevos, muy divertido, hablaba de lo fácil que es reconocer a algunos argentinos en el exterior. Tenés cara de argento… decía el estribillo.

Esta semana recordé varios argentinos reconocidos en viaje. Con algunos hablé y de otros me escondí. Hace unos años hubiera huído de alguien como N., hoy creo que no. Sólo porque me divertiría escucharlo.

N. es un periodista que viajó en viaje de prensa con una editora amiga a Hong Kong. Resulta que estaban en un restaurante popular de de ciudad, perfecto para probar platos exóticos. Podían elegir entre dim sum, pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón, huevo de pato y más. Emocionada ante el exuberante paisaje gastronómico, lleno de brillos, texturas, colores, ella analizaba cuál sería la entrada de su banquete. Tenía el plato en la mano cuando se le acercó N., que miraba el mismo paisaje pero con rostro aterrorizado.

Como un niño de nueve años en el tramo más oscuro del tren fantasma, N. se pegó al oído de mi amiga y le preguntó, despacito a ver si todavía un chino lo escuchaba y le partía por la cabeza un jarrón de la dinastía Ming: “¿No te comerías un choripán?”

Nunca vi a N. pero estoy segura de que tiene cara de argento. Posiblemente, Tomi tampoco lo haya visto. No es necesario. Hay tantos viajeros modelo N. en Argentina y en todos los países del mundo que podrían formar una raza aparte.

(Foto: Ñ)


El olvido y el recuerdo

“El olvido es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que no se olvida. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo, simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.

Un pensamiento de Marc Augé en esta entrevista, donde también habló del ciclismo, el “tiempo puro” y su hit ochentoso: los no lugares.


Hawaii vintage

Bob Marley – Waiting In Vain from @ndresito on Vimeo.


Haití: el terremoto en el arte

Un año después del terremoto, en Haití hay miles de metros cúbicos de escombros. Y cuadrillas de hombres dedicados a demoler casas semidestruidas. Terminan de echar abajo sus propias casas.

Bajo el sol tropical, con rayos calientes como llamaradas, se pasan el día dando mazazos. Cuando ya no haya escombros, ocuparán el terreno para volver a tener una casa y dejar los campamentos. Pero, como se ve en la pintura, para ese día falta mucho. Si es que alguna vez llega.

Esto me lo cuenta Martín González, que durante 2010 viajó cuatro veces a Haití. La primera, dos días después del terremoto. La última, once meses más tarde. Como es camarógrafo, su mirada no descansó. Producto de esos viajes y de la cantidad de imágenes intensas que había registrado hizo un documental, que se estrenó la semana pasada en Córdoba y ya se puede ver online.

¿Qué cambió entre la primera vez que fuiste y la última?, le pregunté hace unos días. No dudó en responder: “Las pinturas que retratan a Puerto Príncipe destruido”. Con la ironía hacía referencia a que, para él, en Haití no cambió nada. Pese a la ayuda internacional, que tanta publicidad tuvo, más de un millón de personas viven hacinadas en campamentos. En Haití no cambió nada, esa es también la conclusión de su documental.

Tradicionalmente, la pintura haitiana, conocida por sus trazos naif, mostraba la vida en el campo, las casitas de colores de la ciudad, el día a día de los habitantes. El acervo más importante se guardaba en el Museo Galería Nader, que tenía 35 salas de arte. Después del terremoto, sólo 2 quedaron en pie. Se perdieron más de 15.000 obras, y  las que se salvaron necesitarán restauración.

En Pétionville, un suburbio cercano a Puerto Príncipe donde vivía la clase acomodada de la capital, hay una feria en la que se venden pinturas y alguna artesanía. Si bien muchos artistas siguen la huella del naif haitiano, otros han comenzado a retratar el horror del terremoto, el mareo de ese minuto en el que la tierra se sacudió, la realidad dada vuelta y la reconstrucción, que se adivina si no imposible por lo menos distante.




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