De viaje por Colombia

En el último viaje a Colombia conocí a Juan Diego Santacoloma y a otros integrantes del equipo de Quellevar.travel, un proyecto inedpendiente que filma experiencias de viaje por su país en HD. Es decir, con excelente calidad.

Además de producir videos para empresas, comerciales para TV y fotografía, se les ocurrió aprovechar las posibilidades de Internet y avanzar con un programa de viajes distinto. No sólo por el medio, también porque no van a lo típico, que en Colombia podría ser Cartagena, y se aventuran a otros destinos.

Por ahora, hacen algunos capítulos por viaje en los que muestran el lugar, las posibilidades turísticas y opciones de alojamiento. También dan recomendaciones por Twitter en @quellevar y pronto estará en funcionamiento su Web.

Me gustaron los cinco videos del Amazonas colombiano, donde visitaronPuerto Nariño, Leticia, la ciudad más meridional del país, capital del gran departamento de Amazonas y base para muchas excursiones. Como la Isla de los Monos, el Parque Nacional Natural Amacayacu y la Reserva Natural Marasha.

Los sonidos, el verde, el agua barrienta, los delfines rosados, las hamacas, el jugo de copuazú, el problema de ver estos videos es que enseguida aparecen las ganas de viajar a la selva.

Entre los próximos destinos de estos chicos inquietos figuran Huila (San Agustín y el desierto de la Tatacoa) y uno que poco a poco se pone de moda: el Pacífico chocoano (Nuqui, Utria). Espero una señal de humo o un mail cuando estén listos los videos.


Cuatro carnes y un pensamiento

Abierto por un argentino en 1961, el Café Versalles es un mítico punto de encuentro en la peatonal Junín, en el centro de Medellín. Primero fue pastelería y cafetería, ahora también sirven muy ricos almuerzos y siempre ha sido un lugar para ver fútbol. Una reflexión acompaña en la pizarra la oferta del día.


Por amor al vallenato

Cuenta la leyenda que Francisco El hombre derrotó con su acordeón al diablo.

Fue una noche al volver de una parranda, y si no hubiera sido por las notas de vallenato que salían de su acordeón casi se acaba el mundo. El diablo llegó a apagar la luna y las estrellas, pero Francisco El Hombre siguió tocando. Y tocó y tocó hasta que volvió la luz y el demonio, vencido y humillado, huyó hacia las montañas.

El vallenato forma parte de la guajiridad, de la identidad de La Guajira, una región al noroeste de Colombia, donde viven los wayúus, la etnia más numerosa de Colombia. La Guajira tiene una posición estratégica para el comercio con América Central y las Antillas. No la conozco, pero tengo ganas de ir en el próximo viaje a Colombia. Los viajeros que me crucé en el camino me hablaron tanto del Cabo de La Vela, el arroz de camarón, los compositores Leandro Díaz y Rafael Escalona.

En Riohacha, cabecera del departamento de La Guajira, concluyó el domingo el Festival Francisco El Hombre, un encuentro nacional de vallenato con duelos musicales como ese que tuvo Francisco el Hombre con el diablo, y concursos de Mejor Cantante, Mejor Acordeonero, Mejor Grupo, Mejor Canción Inédita y Mejor Video del Año. El gran ganador de este año es Carlos Mario Zabaleta y su acordeonero Julián Mojica, que representaban a Bogotá. Uno de los temas que más gustó fue La Candelosa.

El espíritu de Francisco El hombre, el juglar andariego que pasó por Macondo, acompaña el festival, y probablemente muchos de sus nietos y bisnietos y tataranietos también. Al parecer, Francisco el hombre no fue sólo un personaje de García Márquez, sino un hombre de carne y hueso que nació en Machobayo, Guajira.

Según se cree, quien peleó esa noche contra el diablo se llamó Francisco Antonio Moscote y le contó a sus hijos la experiencia, ocurrida en algún camino entre Riohacha y el pueblo de Barbacoas, a principios del siglo pasado.

Mito y realidad en el festival de un solo hombre: Don Pacho, así le llaman en Colombia a los Franciscos.


La muerte de Pablo Escobar, según Botero

El nombre de esta obra, realizada en 2006, es Pablo Escobar Muerto. Es la segunda interpretación de la muerte del poderoso narco hecha por Fernando Botero, y que desde hace unos pocos meses fue donada por el mismo artista al Museo de Antioquia.

Hay más de cien cuadros de Botero en el museo, un recorrido por su carrera y las distintas etapas del maestro que a los 8 años fue apuntado para torero y resultó artista. Hace poco estuvo en el museo. Cuentan los chicos que cuidan las salas que es amable y que se lo ve muy bien, pese a sus 78 años.

Con el título La Muerte de Pablo Escobar, el otro cuadro también está en el museo, en una sala con una iluminación especial, y representa al ex capo atravesado por un a nube de balas.  A diferencia de la última obra, que es de gran formato, éste es un óleo pequeño (35×55), realizado en 1999. 

La mayoría de los extranjeros que visita el museo, pasa de largo el resto del interesantísimo acervo de pintura colombiana y va directo a Botero, directo a Pablo Escobar. La fuerza del icono.


Sancocho trifásico

El nombre me suena a un antibiótico sanador. Como si en el menú dijera Trifacilina sancochix. Y según muchos paisas, como se les dice a los antioqueños, algo de eso hay.

Este plato poderoso se suele comer después de una noche de rumba, para curar la resaca. O en idioma colombiano, para tumbar el guayabo.

El trifásico es un cocido con tres tipos de carne (vaca, cerdo y pollo), por eso lo de trifásico. Además lleva choclo, yuca, zanahoria, un plátano pequeño y un toque de cilantro.

Me llama la atención el tamaño de los platos en esta región, cómo comen los paisas, por favor. Además del plato de la foto, si uno pide el sancocho le traen otro plato con arroz, aguacate, repollo morado y banana. Imposible terminar el combo. O uno se curaría para volver a enfermarse.

Hay más de diez sancochos diferentes en Colombia, cada uno con los ingredientes y particularidades de la región. El trifásico se prepara así.


Plegaria a San Antonio

– San Antonio, dame un novio.

– San Benito, bien bonito.

– San Andrés, dámelo pues.

– San Hilario, que tenga un buen salario.

– Santa Marta, que mida más de una cuarta (el salario).

– Santa Teresita, que me compre una casita.

– San Rafael, que me sea fiel.

– San Pacho, que no salga un borracho.

– San Angulo, que tenga un buen… corazón.

 

Sabiduría popular paisa, que aporta desde Medellín y con sonrisa pícara, Juri Marcela S.


El viaje

Cuando pienso en el viaje, me imagino el viaje de vacaciones de verano, el viaje de luna de miel, el primer viaje, el viaje de aniversario, el viaje de los 15 y el crucero de reconciliación. El viaje exótico, el viaje de solos y solas, la semana de esquí, el viaje de divorcio, el viaje de San Valentín y el viaje de embarazados a Miami para comprar ropa de bebe.

El viaje como medicina. Hace tiempo que Tómese unas vacaciones forma parte del discurso de un médico clínico. El viaje a Europa. El viaje a Nueva York. El viaje de aposentados, la escapada de fin de semana, el viaje con niños, el viaje sin niños, el viaje de aventuras y el viaje religioso. El viaje en carpa y el viaje en hotel cinco estrellas. El viaje cultural y el viaje a Disney.

El viaje para tirarse debajo de una palmera y no hacer nada y el viaje de trekking. El viaje con mascota, el viaje para encontrarle sentido a la vida y el eco-viaje. El viaje de trabajo y el viaje para trabajar. El viaje espacial, el viaje al all inclusive y el viaje gastronómico. El viaje de buceo, el viaje en busca de las raíces y el viaje de compras en NYC siguiendo las huellas de Carry Bradshaw.

El viaje con mochila y el viaje con maleta Louis Vuitton. El safari y el viaje a un spa. El viaje gay y el viaje straight. El viaje de rehabilitación, como habrán escuchado que está haciendo Charlie Sheen alrededor del mundo. Y el viaje para sacar fotos. Cuando hablo del viaje pienso en algo popular, que atrae a un público diverso. Como la Coca Cola.


La mirada de 25 mujeres extranjeras

Como se lee en la portada del libro, ellas son 25 mujeres de 16 países tan diversos y distantes como Bolivia, Rusia, Bélgica, Australia, Egipto, Italia, Lituania, Grecia, Holanda, Turquía, Francia, Japón y Estados Unidos.

Todas viven en Argentina. Algunas llegaron con sus familias hace mucho tiempo, otras vinieron hace menos y están solas. Algunas se irán y otras planean quedarse a vivir.

Ellas saben que ya existen muchos libros de fotos sobre Argentina y no les interesa competir con los que se dejan en la mesa ratona. La idea de este libro fue mostrar su mirada que se ve que pasó por distintos estados, desde la sorpresa hasta la ternura pasando quizás por la indignación, la tristeza y alguna carcajada. Sin duda, un país que las estimula. Eso cuentan las fotos y también ellas en breves textos.

Las imágenes no sólo son de Buenos Aires, el libro abre una ventana al Norte y al Sur: los viñedos de Yacochuya, en Salta; el Glaciar Upsala, en Santa Cruz, el Faro Les Éclaireurs, en Ushuaia y otros rincones del país. No faltan las tradiciones, como el tango, el mate, asado y santos populares, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, paneos por las extensas planicies del campo argentino y personajes hermosos, bizarros, coloridos, antiguos, modernos, gente que no sería extraño ver en el teatro o en la televisión, pero están en la calle, sin actuar. Son así y forman parte del paisaje humano de esta ciudad.

El libro fue realizado con fines benéficos, para dos fundaciones que ayudan a mujeres y niños en riesgo.


Nuevas tribus turísticas: los Lohas

Los ecoturistas quedaron atrás, ahora los que la llevan son los Lohas, una suerte de versión integral y reloaded de los anteriores. Lohas responde a Lifestyles of health and sustenability (Estilos de vida de salud y sustentabilidad) y es una tribu urbana en crecimiento.

Estos chicos, los Lohas son gente consciente: de su salud, del medio ambiente y de la justicia social. Se trata de personas bien educadas y con dinero. Por supuesto, son muy informados, usuario de las redes sociales y nuevas tecnologías. Se los reconce como el nuevo segmento de consumidores premium del turismo.

Según estadísticas que encontré por ahí, en Estados Unidos el 19% de la población adulta pertenece a ese grupo, y en Alemania, sí, sólo en Alemania, alrededor del 20 %. Ahora bien, es raro ver un Loha en América del Sur. Más que raro es difícil, quizás tanto como ver un huemul en la Patagonia. Pero poco a poco van a llegar. No los huemules, ésos lo dudo, me refiero a los Lohas.

Mientras leía las características de esta nueva tribu, se me aparecía la imagen de ese austríaco flaco, largo y con modales de príncipe que conocí en un restaurante de Coroico el año pasado. Ahora que lo pienso, era un LOHA, seguro. Hasta podría haber sido el presidente de los Lohas United.  Se pasó media hora dando cátedra sobre el comercio justo y explicando por qué era importante que fuera comprar a ese lugar donde, claro, las artesanías costaban el triple que en la calle. Después del fair trade pasó al cambio climático y casi sin pausa, a la ecología. “No, gracias, no como carne”, me dijo cuando le recomendé una chuleta deliciosa. Antes de irse, mientras miraba de reojo mi plátano frito comentó algo sobre la importancia de los productos orgánicos y frescos.

No hay caso. Siempre me pasa lo mismo cuando me cruzo con un consumidor excesivamente consciente. Me siento pecadora, mal alimentada, poco involucrada con los problemas del mundo, anticool, definitivamente mal.  Quiero ir corriendo a confesarme, aunque no sea creyente. Por suerte esa sensación dura sólo unos instantes, enseguida recuerdo unas mollejas con mucho limón. Y sonrío.




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