Simone Carlotti: anfitrión de La Toscana

 

Mi amigo italiano Simone Carlotti vive en Monticiano, un pueblo de seiscientos habitantes en La Toscana, noroeste de Italia. Es una de la regiones más turísticas de ese país, sin embargo a su pueblo no llegan los turistas. Monticiano tiene una puerta medieval (Porta Maremmana) que Simone cruza casi todos los días cuando vuelve a la casa. Hay un pub, el único pub del pueblo, y dos bares. Uno al que van los viejos a tomar café y a jugar a las cartas. El otro, el bar de Mircko, adonde fuimos nosotros a tomar un Spritz.

Monticiano queda cerca de Siena. A la salida del pueblo hay una pista hípica con la misma inclinación de la que se usa en el Palio. Ahí van a entrenar los jinetes, rodeados por un antiguo bosque de robles y más allá, San Galgano, una abadía medieval.

Simone es músico y, desde hace un tiempo, encargado de la enoteca Laticastelli, un pequeño hotel con encanto en las afueras de Siena. Todos los días durante la temporada va a trabajar al hotel y maneja por paisajes con vistas como la de esta foto. En La Toscana la tierra forma suaves ondulaciones y está muy dividida y cultivada con vides, olivares y plantaciones de trigo. Hay antiguos castillos y pueblos con señoras que van a comprar a la feria y hombres que cultivan su parcela.

Simone había trabajado como manager de una agencia de viajes, y desde hace un par de años estudia para convertirse en sommelier. Hoy descubre el vino y sus misterios con los huéspedes de Laticastelli. En el hotel, organiza degustaciones guiadas con los productos locales, desde el Brunello de Montalcino hasta el delicioso queso Peccorino de Pienza.

Para él, el vino es una forma de conocer más profundamente un lugar. Su propuesta de degustación tiene dos opciones. La primera incluye: Chianti Classico, Nobile de Montepulciano y Brunello di Montalcino. La segunda, Chianti Classico, Noblile de Montepulciano Brunello y Supertuscan. La degustación dura alrededor de una hora y los precios varían entre 16€ y 30€ por persona. Además de probar los vinos se charla sobre la historia y el terruño. A veces también llegan productores locales a contar su experiencia.

Cuando los huéspedes le preguntan qué visitar desde “Lati”, Simone enumera sus imperdibles: Val d’Orcia, Pienza y Montepulciano. También: el magnífico jardín de La Foce, Siena, Monteriggioni y San Giminiano. Hay más, hay mucho y siempre va a faltar tiempo.

Cuando termina de trabajar maneja otra vez hasta su pueblo, donde organiza un festival de jazz. Porque cuando no trabaja, Simone toca la guitarra, da clases, canta bossa nova y cuida los olivos, el romero, la salvia y las demás plantas de la entrada de su casa.


El caso de las sandalias azules

¿Y? ¿Cómo les fue en viaje? ¿Se cansaron los chicos? ¿Pararon a comer? Eso pregunté cuando supe que mi hermano había llegado a destino (la casa de mi hermana). Todo tranquilo, respondió. Habían salido temprano, según lo planeado. Pararon una vez para que los chicos fueran al baño y otra para hacer un picnic en una casa abandonada que encontraron al costado de la ruta, rodeada de pasto y un bosquecito de eucaliptus y pinos perfecto para guarecerse del mediodía caluroso.

Ahí comieron los sándwiches, el huevo duro y el tomate con sal. Los chicos corrieron hasta que tocó volver al auto y seguir el viaje. Unas tres horas más tarde llegaron. Recién ahí se dieron cuenta de que Felipe se había olvidado las sandalias en el lugar del picnic. Se metió descalzo en el auto y nadie lo vio. Eran unas crocs azules nuevas que yo le había traído de un viaje. De esta historia hace algunos años y acá no se conseguían esas sandalias.

Perder algo en un viaje, suele pasar, da un poco de malhumor pero no es grave. Se terminó el tema. Pronto Felipe tendría otras sandalias.

Sin embargo.

Días después fue mi turno de visitar a mi hermana. Antes de partir, pensé en las crocs azules y se me ocurrió una idea. Llamé a mi hermano y le pedí que describiera el lugar donde Felipe se las había olvidado. No sé, dijo, era una casa abandonada al costado de la ruta, ¿qué más te puedo decir?

Las preguntas activaron la memoria y de repente, el lugar se veía más claro. A ver, dejame pensar… Hicimos el picnic después de pasar Bolivar y Pirovano y antes de llegar a Daireaux, sí, sí, entre las dos ciudades. Y bueno, el lugar estaba a mano derecha, en el bosque a unos veinte metros de la ruta. De la casa quedaba solo la estructura de cemento medio roto, con algún graffiti político. Por las ventanas sin vidrios se veía el campo extenso y plano de la provincia de Buenos Aires. El pasto estaba largo, dijo, nos llegaba a las rodillas. Yo creo que las sandalias tendrían que estar ahí nomás porque no anduvo descalzo, seguro que se las sacó antes de subir. A los chicos les encantó el lugar porque corrían y se escondían. ¿Vos pensás que en diez días nadie más pasó por ahí?, me dijo y después se rió. Pero, alguna esperanza tendría porque recordó varios detalles vitales para la reconstrucción del caso.

Llegó el día del viaje. Estaba despejado y corría una brisa. Salimos temprano, manejaba mi novio. Después de pasar Pirovano torcí la vista hacia la derecha. Campos de girasoles, cada tanto un monte y no mucho más porque en esa ruta los pueblos y las ciudades estaban sobre la mano izquierda. En un momento la vi y supe que era esa casa y ninguna otra. Nos detuvimos y cuando se pudo cruzamos la ruta y seguimos una huella hacia la casa embrujada, digo abandonada. El pasto estaba muy alto porque había llovido en la semana. Lo que sigue fue extraño, parecía que alguien me guiaba desde algún lado. Me bajé del auto, caminé como si supiera y ahí las vi, acurrucadas entre los pastos. Las guardé en el auto y seguimos viaje: la parada no duró más de cinco minutos.

Cuando volví a ver a Felipe le di las sandalias, que esta vez venían con una historia.


Buenos Aires graffiti V


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Las Esperanzas de Teo

Este blog tiene algunos amigos de la casa y Teo Romera es uno de ellos. No es que nos conozcamos demasiado, pero nos conocimos en el camino, y eso es mucho. Fue en un parador de ruta, en la 40, un día de marzo de hace unos años, frío, con viento. Un día áspero, de esos que no dan ganas de bajarse del auto.
Él iba en su moto rutera y yo en una camioneta, en un viaje de trabajo para la revista Lugares. Fueron veinte minutos o quizás menos, ¿no Teo? Pero alcanzó para que me transmitiera sensaciones nítidas de su viaje por la Patagonia. Al llegar a casa, le hice una entrevista por mail.

Ese año, Teo había cambiado una vida de oficina por la vida que quería: viajar en moto. Después, lo leí desde desde Mongolia, Siberia, Kazakhstán, Eslovenia y Vancouver. Tiene un blog con muchísimos seguidores, que se llama Mr. Hicks, como su ídolo y gran comediante estadounidense.

A los meses de conocernos comenzaba uno de mis talleres de periodismo de viajes y Teo se inscribió. Fue un buen alumno, pero por lo que veo en su sitio lo suyo va por los videos. Donde esté monta un trípode y se filma. Hace unos días nos escribimos y me di una vuelta por Mr. Hicks 46, donde encontré este video. Arranca contando que se compró una súper moto, pero lo mejor es cuando aparece su madre, doña Esperanza, que además de recordarme a mi abuela me hizo pensar en las madres de los viajeros crónicos, que llevan pena también crónica por la incertidumbre de un viaje que viven como propio. Por cierto, la nueva moto se llama Esperanza.

Mientras Teo viajaba, a su madre le encontraron un cáncer. Entonces, en Vancouver, él decidió volver y suspender la aventura hasta que la operaran. Eso ya pasó y Esperanza se recuepera bien. Todo indica que pronto estará otra vez en la ruta. La próxima etapa: bajar desde Vancouver hasta Argentina, donde lo esperamos con un asado.
Mientras pasa el invierno en Madrid, sube videos del viaje. Este mes: Erzurum (Turquía), Georgia y las ruinas de Ani, en Armenia.

La otra Esperanza, la moto, ya tiene ganas de partir.


Al final del día

Hace poco estuve en Honduras. Un día me tocó tomar un vuelo tempranísimo, esperar en un aeropuerto, y después viajar cuatro horas por una ruta llena de pozos grandes como cráteres hasta las ruinas de Copán.

Ahí, me recibió la gente de turismo del lugar y, sin parar y todavía mareada por tanto viaje, a recorrer el pueblo, saludar gente, escuchar historias, ver cuartos de hoteles. El día no terminaba nunca, me pregunté cuánto faltaría para llegar a una cama y soñé con un trabajo más rutinario, con hora de entrada y de salida.

En un momento, al caer la noche, me llevaron a una finca cafetera. Estaba rodeada de bananos, helechos, orquídeas y heliconias en flor. Hacía calor, se sentía el trópico. Enseguida, se largó a llover. Era una lluvia constante, decidida, espesa. Llovió durante horas, como podría llover en Macondo, como si fuera a llover toda la vida. Cené con velas en una galería mirando llover mientras una arqueóloga vasca me contaba cómo encontró en Honduras su lugar en el mundo.

Cuando paró el agua, se escucharon millones de grillos, el sonido era más fuerte que las olas cerca del mar. En vez de ventanas mi cuarto tenía mosquitero, apenas un mosquitero me separaba de la selva. Estar ahí me pareció un lujo y antes de irme a dormir creí que tenía el mejor trabajo del mundo.

(La foto es de la mañana siguiente, un día luminoso, con lluvias esporádicas y, como los anteriores, muy húmedo)


Platos bandera

Para anunciar el principal festival gastronómico de Australia (Sydney International Food Festival) una agencia de publicidad local tuvo la idea de recrear las banderas de los diecisiete países que participan según frutas, verduras y platos tradicionales de cada uno. A continuación, una selección de los que más me gustaron. El resto, acá.

Hoja de plátano, limón sutil, ananá y fruta de la pasión para Brasil.

 

Un delicado niguiri para Japón.

 

Pasta con albaca fresca y tomates cherry para Italia.

 

Curry de pollo con mucha pinta para la India.

 

Aceitunas y queso feta para Grecia.

 

Chorizo y arroz con azafrán para España.

 

Jamón crudo y queso Emmental para Suiza.

 

Y tristes hot dogs con mostaza y ketchup para Estados Unidos.

 




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