Camas de hotel

Desde hace años viajo por trabajo y duermo en hoteles. Una mañana que todavía recuerdo entró al cuarto una luz de primavera. Suave, poética. Se coló por una hendija para expresarse en un pliegue de la sábana.

Desde ese día desarrollé un ritual íntimo: registrar las camas donde duermo. Camas de hotel.
A veces me tocan habitaciones de princesa con sábanas de siete mil hilos de algodón egipcio y también pueden ser cuartos oscuros, con colchones duros como un tablón.

En este libro repaso mis camas de hotel en un intento de explorar la noche. El sueño y el deseo, la anécdota, la pesadilla y el insomnio.

De Río de Janeiro a Dakar y de Cracovia a Iguazú, cambia el lugar, pero el tránsito por la noche es universal. Desesperada o calma, indiferente, corta, larga, cobarde o audaz, la noche de noche se llena y cría.

Entre los próximos 7 y 17 de este mes el libro se mostrará en el marco de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en Central Newbery (Jorge Newbery 3599, esquina Charlone), de 14 a 20. Habrá más de doscientos libros para ver. ¡Los espero!


Con alma


El otro día charlé un rato con un astrofísico y, aunque hablamos de galaxias y soles, cuando me fui a dormir el mundo me pareció más chico. No había homeopatía ni astrología ni medicina ancestral ni mística. Pero lo peor fue que para él no existía el alma. Lo volví a recordar hoy cuando me enteré de que se encontraron unos poemas póstumos de la gran Wislawa Szymborska. Bastó que leyera un verso para encontrar el alma. Menos mal.

Alma era una palabra-acertijo. Soy, su mayor problema. ¿Y los mapas?, los mapas le encantaban por su don de mentir al desplegar un mundo “no de este mundo».


La cola redonda

Ezeiza, siete de la mañana.

Llegaron cuatro vuelos al mismo tiempo, de Europa y Estados Unidos. Vuelos largos, de toda la noche. Uno solo quiere tomar la valija y volver a casa. Eso que podría ser simple no es fácil en Ezeiza. Las valijas no llegan. Cuarenta minutos y la mitad del avión espera parada a un costado de la cinta. Muchos pasajeros esperan sus valijas que no llegan. Seremos unos seiscientos.

Finalmente, ahí está la valija. La saco de un tirón de la cinta y pretendo caminar a la salida. La cola para pasar por el scaneo de equipaje es tan larga que no tengo que moverme. Da vueltas por todas las cintas y tiene altibajos, sube y baja como el dibujo de una ola. Da vueltas y no tiene ningún orden. Después de un rato de avanzar paso a paso entiendo que soy parte de una cola redonda, una subcola que salió de la principal y no va a ningún lado.

La abandono, indignada, y me cuelo en otra. Varios hacen lo mismo y vuelan insultos de la cola principal a la subcola. En un momento, empezamos a aplaudir para que alguien se haga cargo del caos. Nada. Nadie.

Decido hablar con un jefe. Me señalan al jefe de Aduana. Le pido si podría organizar la cola, le digo que hay gente mayor que viajó muchas horas, que estamos cansados y se están armando discusiones sin sentido entre los damnificados. Responde:

-Sí, yo te entiendo, pero no tengo nada que ver. Tenés que hablar con los de Aeropuertos 2000. Yo ya se los dije muchas veces, pero no escuchan. Tendrían que venir a las cinco de la mañana y llegan a las siete. Esto pasa todo el tiempo.

-¿Les podrías avisar?

-Ahora justo voy para ese lado, si los veo les digo.

Esa mañana más de viajero tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar la ira. Mis valijas pasaron por el escáner victoriosas y cuando le conté lo que pasaba adentro del aeropuerto, el taxista se rio y me dijo Bienvenida a la Argentina.


El Síndrome de Stendhal

Lo calculé de antemano y compré el libro en Madrid. En el viaje en bus de Siena a Florencia leo El síndrome del viajero (Gadir, Madrid, 2011), de Stendhal, el autor de Rojo y Negro, el escritor francés del siglo XIX. Es un libro finito que contiene un extracto de su obra Roma, Nápoles y Florencia, publicada originalmente en 1817.

El trayecto es por autopista, pero igual se asoma la Toscana verde por la orilla de la ruta. El día está espléndido, dentro de unas horas va a hacer calor. Debo admitir que estoy algo preocupada: tengo varias visitas para hacer en la ciudad y, como suele pasar en esta época, poco tiempo. La Santa Croce, Santa María del Fiore, el Palazzo Vecchio, L’Uffizi, El David.
Stendhal llegó a Florencia un 22 de enero de 1817, haría seguramente más frío que esta mañana de julio.

“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. ‘Aquí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci –me decía–, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre esos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar’. En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama”.
El autor la conocía por fotos, así que caminó sin guía, en dos ocasiones preguntó la dirección a transeúntes y por fin llegó a la Santa Croce y vio las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo. Aprovechó el momento para recordar a otros toscanos célebres: Dante, Boccaccio, Petrarca. Stendhal estaba tan emocionado que dice que hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia que se encontrara. Sus oraciones contienen signos de exclamación y palabras como: intensidad, alma, perfecto, necesidad, corazón, felicidad, emoción, éxtasis.

Continúa en un párrafo famoso:

“[…]Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

La reacción corporal ante la belleza del arte que sintió Stendhal fue descrita mucho tiempo después, en los años setenta, por la psiquiatra italiana Graziella Margherini como el Síndrome Stendhal o Síndrome del Viajero, una especie de enfermedad turística ante la grandeza del arte. La psiquiatra trabajó sobre más de cien casos de visitantes a Florencia que habían sufrido un estrés similar.
Confieso con vergüenza que en mi experiencia florentina, casi doscientos años después, siento nervios y miedo de caerme aunque por otras razones. La masa turística es lo primero que se ve al bajar del ómnibus; lo segundo, las tiendas de lujo. No hay necesidad de preguntar el camino porque la masa te arrastra hacia donde todos van que es donde uno quiere ir. Después de tomar un café en Gilli (¡ existe desde 1733!) llego al Duomo. Con el sombrero de una coreana a un centímetro de mi ojo y las bromas de un grupo de mexicanos cerca de el oído admiro la arquitectura renacentista, la cúpula de Brunelleschi. Me rodean pantallas de celulares en modo red social. Contactos que en este momento ven lo mismo que tengo enfrente. El arte se comparte. El lugar es un griterío, y si esto pasara después el último Oscar, al tupido panorama habría que agregarle las selfies.

Posiblemente en la época de Stendhal también habría distracciones, pero en la actualidad la contemplación de la belleza parece fragmentada como nunca. También, ruidosa y, por eso, fatigada.
Mis visitas programadas se devaluaron casi tanto como la moneda de mi país. Para alcanzar a ver El David hago dos horas y media de fila. Dos horas y media, más que un partido de fútbol. Conozco a una pareja de Australia y le pido a unos españoles que me cuiden el lugar para comprar un sándwich. Entro en La Academia de mal humor, pero cuando estoy frente la presencia desmesurada de ese hombre de mármol me quedo callada. Busco un asiento cerca y lo miro. El hombre que venció a Goliat, que encarna la fuerza y la calma. El hombre de cinco metros de altura. El hombre de mármol y de muslos suaves.

Los asientos que lo rodean están ocupados. Vuelvo a esperar hasta que consigo sentarme. Hay un sonido bajo, cercano al silencio. Se percibe una situación parecida a la de una iglesia, pero el hombre que tenemos enfrente no resucitó y está desnudo.
No se puede sacar fotos, recuerda un empleado de seguridad.

En este tiempo la contemplación está intervenida por una multitud de turistas en desplazamiento, la publicidad y la necesidad de mostrar el viaje inmediatamente. A veces tan fuerte que da la impresión de que se viaja para subirlo al Facebook. Pero hay un momento en que si uno es sensible a la belleza y está dispuesto, todavía es posible experimentar esa conexión artística de la que habla Stendhal. Ahí, sí, cuidado. Mejor tener la tarjeta del seguro médico a mano.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


El chofer del Valiant

Hoy yo sería el dueño de todo Bariloche, ¿mentendé? Yo me fui hace cuarenta año con mi novia de ese tiempo que después fue mi mujer. Me llevé en el tren un Valiant que tenía y lo puse a laburar con lo turista, lo llevaba a pasear a los lagos, se sacaban la foto. De a poco iba prendiendo la antorchita y ya queríamo compra otro auto y despué una combi y no teníamo techo, ¿mentendé? Yo sería el dueño de todo.
Pero cuando no e para uno no e para uno.

Me acuerdo cómo me gustaba ir a pescar. Teníamo una caña y le dábamo y le dábamo y trucha y trucha y trucha a do mano. Quépectáculo.

¿Así que te vas a La Rioja para escribir en una revista? Ta bien, te van a llevar a lo mejore lugare para vo saqué una foto y hagá un comentario como la gente, ¿me entendé? Y la verdá que e lindo tene un laburito así.

-¿Y de qué color era el Valiant?
-Dorado con puntitos negros como cabecitas de alfiler.

 

(Del último viaje en taxi a aeroparque. El chofer tenía apellido tano, era canoso era, de unos setenta años, anteojos tipo Ray Ban. Le gustaba darse vuelta para hablar.)


Tesoros y el suelo

La niebla era tan espesa que mirar hacia adelante era como debe ser la ceguera: un mundo de tinieblas. Daba miedo porque no había nada, todo era blanco y vacío.

El jefe de la excursión dijo apenado: «Si el día estuviera lindo veríamos lejos, hasta Catamarca». Y también: «Si el día estuviera lindo, esos paredones serían rojos y allá atrás verían una cascada y podríamos divisar un cóndor».

Pero el día no estaba lindo y para donde mejor se veía era para abajo.

Entonces, acaso en un acto zen, no deseé otra cosa y miré para donde mejor se veía y para donde era posible. Encontré tesoros. Líquenes, yuyitos mínimos, musgos, tomillo silvestre, ajenjo, flores más chicas que una moneda de diez centavos, amarillas, rojas, lilas, helechos escondidos, piedritas, guijarros y hasta una yareta en forma de corazón.

A continuación, una galería de mis descubrimientos riojanos a unos tres mil metros sobre el nivel del mar. Sin sol.

 

 

 

 


Encuentro bajo la lluvia

El texto que sigue fue escrito por Nélida Barbeito, licenciada en Turismo y viajera. Nélida tiene una discapacidad motriz, usa bastón para caminar y silla de ruedas o scooter para recorrer grandes extensiones. Está dedicada a la difusión del turismo accesible. Hace poco viajó a Disney y un día, en medio de una tormenta, conoció a Liz y a Travis, dos militares estadounidenses que le contaron su historia.

Las posibilidades de conocer a Liz y a Travis en ese hotel tan grande eran mínimas. Pero sucedió lo improbable y nos encontramos. Ya no podré olvidar esa lluvia, esa charla, esa historia.

Era uno de nuestros últimos días el Saratoga Springs, un el hotel construido alrededor de una cancha de golf en Disney. Era tan grande que adentro había cinco paradas de colectivo. Una, Paddock, me había llamado la atención porque tenía piscina con un tobogán y un restaurante informal, el grill, que también llevaba el nombre de la parada.

Llegamos y se desató un tormenta. Casi todos huyeron de la piscina, el jacuzzi y el restaurante. Qudamos mi madre y yo, y una joven pareja que se resguardaba bajo un techo pequeño. Charlaban en voz alta y en un tono quejoso que me impedía escuchar el sonido del agua y los pájaros. Con mis prejuicios en acción pensé que se trataba de un chico rico despotricando sobre su vida luego de una sufrida carrera en Harvard.

En un momento, ellos se acercaron con admiración para felicitarme por mi coraje de andar montada en un scooter a pesar de mi discapacidad. Entonces, Travis me contó que había estado dos años sin caminar, y casi por gentileza le pregunté si había tenido un accidente de moto. Una palabra condujo a la otra y terminamos en una profunda charla sobre valores, desafíos físicos, pasiones, trabajo y decepción. La vida.

Eran los dos militares, de 29 y 43 años, jubilados desde hacía menos de dos meses. Habían ido a Disney para relajarse un poco y delinear los próximos pasos en su vida. Su país y la fuerza armada los dejaron solos, fuera del sistema, fuera de la fuerza con un retiro forzoso por no servir físicamente. Todo esto luego de haber defendido con cuerpo y alma a su nación en países lejanos como Irán o Turquía.

A Travis le explotó una bomba muy cerca y le afectó la mitad derecha de su cuerpo. Pasó de estar postrado a una silla de ruedas a caminar con muletas y cuando parecía que ya las dejaría le hicieron un ofrecimiento.

Su pie derecho aún no respondía para caminar, no servía. Le propusieron amputárselo, ponerle una prótesis y reincorporarse. Como su respuesta fue negativa vino la elección. La operación y el pie biónico o la baja y jubilación. Travis confiando en su capacidad de recuperación eligió la segunda opción. La voluntad, la plasticidad neuronal o todo combinado hizo el resto. Camina sin dificultad y sin ayudas técnicas como bastón o andador. Tiene una discapacidad, pero no es visible, tiene poca autonomía de caminata y fuertes dolores en su pie a veces, pero lo mira con orgullo y dice: Es el mío. Yo pude.

Como si entre la lluvia y la historia de Travis no hubiera tenido suficiente miré a Liz y le pregunté si ella también tenía algo. Liz, que mientras hablábamos con Travis había llorado casi tanto como el cielo dijo:

-Yo tengo 43, somos novios, nos conocimos mientras estábamos en servicio, a mí me operaron mi pie y luego se señaló la cabeza.
-¿Secuela de esquirlas?, pregunté como sacando la idea de una de los cientos de películas que ví.
-No, secuelas psicológicas.
A esa altura, quería huir un poco del tema y les pregunté dónde vivían. Se miraron, y contestaron a coro:
-No tenemos casa ni dónde ir a vivir.

Como a todo norteamericano, Hollywood los convenció de que cuando no queda más opción, Latinoamérica es la respuesta, así que estaban dando vuelta el mapa para ver a qué país irían.

Traté desde mi óptica de sudamericana que vivió en América del Norte de hacerles entender que tal vez había sido el sistema militar que los había desilusionado, pero no su país. Traté de decirles que en otro país serían extranjeros siempre. Se miraron, y otra vez dijeron, armando la frase entre los dos.

-Hemos sido extranjeros muchos años defendiendo la patria, ahora seremos extranjeros viviendo una nueva vida y cuidándonos como pareja. Vamos a estar bien.

Antes de despedirnos, nos sacamos fotos, intercambiamos correos y nos dimos un abrazo. Estábamos en el mismo hotel pero nos separaban dos paradas de bus y tres kilómetros. La lluvia nos unió y voy a guardar esa charla como algo preciado.


La tarde de Caspar David Friedrich

Fue hace quince días, una tarde de luz irresistible. Más temprano había llovido bastante y seguía la humedad. Salí a caminar, caminé y caminé. No quería dar la vuelta. Volver era darle la espalda a esa luz.

No había nadie en la playa. Hasta que apareció uno. Uno rubio, a simple vista, forastero. Nos pusimos a conversar, y juntos fue menos triste darse vuelta. Volvimos.

Caminamos descalzos por la arena dura. Casi a oscuras, el rubio -que resultó ser húngaro- abrió una ventana a otras luces.

Me preguntó: ¿Conoces a Caspar David Friedrich ? Contó que era un pintor alemán del movimiento romántico, y que muchos de sus cuadros tenían la misma luz que estábamos viendo. ¿Sería un atardecer repetido?

La luz de Friedich es una luz excitada, por momentos parece enferma. En este cuadro se contempla la salida de la luna. Una luna que podría llegar del infierno.

Tenía razón Peter, el húngaro. El atardecer que compartimos se parecía demasiado a los de Friedrich. Con los días llegué a pensar que él estuvo entre nosotros. En luz y espíritu.


Peleas en viaje

Las vacaciones en pareja podrían ser una modalidad más del turismo aventura, o incluso, de riesgo. En esta época en que se comparte más tiempo –con la pareja o los amigos– surgen momentos inolvidables, por bellos o por infernales . Lo avalan especialistas y los medios dan consejos sobre cómo sobrevivir en nuevos contextos y rutinas. A continuación, algunas anécdotas. De otros, claro.
Recuerdo el cuento del Cif. Almorzaba con una pareja de amigos que había viajado por varios lugares de la Patagonia, entre ellos Villa Pehuenia. Como estaba preparando una nota sobre ese lugar les pregunté cómo lo recordaban, qué les había llamado la atención del pueblito neuquino a orillas del lago Aluminé. Me imaginé que me contarían de los bosques de pehuenes, de los mapuches, del volcán Batea Mahuida. Pero no. Se miraron y después de soltar una carcajada, respondieron a coro: “el Cif”.

–¿El Cif?

Sí, se referían a un producto de limpieza para baños. Lo que más recordaban de Villa Pehuenia era una pelea, que con el tiempo tuvo nombre propio: el Cif.
Entonces el lugar, sea Villa Pehuenia, París o las Islas Caimán, corre el riesgo de opacarse por el velo de un mal recuerdo que no está producido por un robo, un accidente o un clima hostil sino por una pelea.
Una pelea en viaje logra que la mirada se malhumore y vacíe de sentido de lo que tiene ante sus ojos. No importa si es un lago increíble que por las mañanas se cubre de una bruma mística. No interesa si es playa o selva o una ciudad o un pueblo o un desierto o un volcán. El lugar puede ocupar el primer puesto en la lista de las Siete Maravillas, pero una pelea es capaz de destrozarlo en segundos. Con la fuerza de un huracán. Después, el recuerdo es un mal recuerdo.
Podría desaconsejar las peleas en viaje, pero sería una actitud descarada. Tal vez, recomendar una revancha. No de la pelea, claro, de la visita. Aunque quizás lo mejor sea abandonar la autoayuda y contar qué pasó con el Cif.
Resulta que después de pasar unos días en casa de unos amigos en San Martín de Los Andes, antes de partir, ella le pidió a él que por favor limpiara la bañadera con Cif porque después de ellos llegaban otros invitados a la casa. Mientras tanto, ella cambiaría a los chicos, haría los bolsos, prepararía el picnic. Pero él se quedó charlando y se olvidó completamente de la bañadera y del Cif. Ya estaban en la ruta hacia Villa Pehuenia cuando ella le preguntó si había pasado el Cif a la bañadera.

–¡Cómo que no la limpiaste!
–¿Y por qué no la limpiaste vos?

Entraron a Villa Pehuenia peleados. La discusión, como muchas, fue tonta pero una vez armada rodó descontrolada por las calles de tierra del pueblo andino. Y no hubo trucha a la manteca ni trekking ni balcón con vista al lago que pudiera detenerla.
Hoy, cuando mis amigos quieren ver en su cabeza la diapositiva de Villa Pehuenia no pueden enfocar. Intentan recordar pero enseguida aparece el Cif, parado entre los pehuenes y el Lago Aluminé como un gnomo maldito.
Los viajes pueden servir para descansar y tomar sol, pero también para separarse definitivamente. Mi prima suele recordar que ella decidió terminar con su novio en el Musée d’ Orsay, frente a un cuadro de Toulouse Lautrec que se llama Le lit (La cama) que muestra a una pareja que duerme amorosamente. “Puede sonar glamoroso, pero no lo fue: en esos momentos la mejor ciudad o el paraíso natural más bello pueden convertirse en el peor lugar del mundo”, dijo.

A veces, las peleas se superan, como en el caso del Cif. Otras, son irreconciliables. Unos años atrás mi amigo Enrico, su novia de ese momento, Leticia, y otro amigo decidieron recorrer Grecia. Antes de partir, el otro amigo anunció que se sumaría una amiga alemana. Y se fueron los cuatro en un auto alquilado. Enseguida, comenzaron los roces con la amiga alemana. Pero cuáles eran los problemas, le pregunté. Entonces contó que era ese tipo de persona que se queja de todo, que nada le viene bien. Lo peor, comentó, era cuando había que dividir las cuentas. Ella quería pagar solo lo que había comido, no colaboraba con la propina, medía todo. “Me acuerdo que los vendedores griegos eran insistentes y ella, en lugar de tomarlos con humor o paciencia, se enojaba y transformaba todo en una discusión”.
Habían pasado menos de diez días de viaje cuando los tres viajeros originales le comunicaron que no querían seguir viajando con ella. Ella lo aceptó sin problemas básicamente porque tampoco quería seguir viajando con ellos. Bajó sus valijas del auto y siguió sola su recorrido por Grecia. Ellos también.

Días más tarde, los tres amigos avanzaban por una ruta de montaña del norte del país que une los monasterios de Meteora cuando advirtieron que alguien hacía dedo.
Como tenían un lugar bajaron la velocidad. Estaban a punto de detenerse cuando advirtieron que la persona que estaba a la vera de la ruta era nada menos que ¡la alemana! “Entonces, en lugar de frenar, pisamos el acelerador sin mirar atrás y sin culpa”. Ella los insultó a la distancia.

A todo esto, el paisaje mitológico de bosques, monasterios y peñascos altísimos, se desplegaba con fuerza sagrada. Pero seguramente ellos no lo vieron.

Esta columna fue publicada en el diario La Tercera, de Chile.


El caso de las sandalias azules

¿Y? ¿Cómo les fue en viaje? ¿Se cansaron los chicos? ¿Pararon a comer? Eso pregunté cuando supe que mi hermano había llegado a destino (la casa de mi hermana). Todo tranquilo, respondió. Habían salido temprano, según lo planeado. Pararon una vez para que los chicos fueran al baño y otra para hacer un picnic en una casa abandonada que encontraron al costado de la ruta, rodeada de pasto y un bosquecito de eucaliptus y pinos perfecto para guarecerse del mediodía caluroso.

Ahí comieron los sándwiches, el huevo duro y el tomate con sal. Los chicos corrieron hasta que tocó volver al auto y seguir el viaje. Unas tres horas más tarde llegaron. Recién ahí se dieron cuenta de que Felipe se había olvidado las sandalias en el lugar del picnic. Se metió descalzo en el auto y nadie lo vio. Eran unas crocs azules nuevas que yo le había traído de un viaje. De esta historia hace algunos años y acá no se conseguían esas sandalias.

Perder algo en un viaje, suele pasar, da un poco de malhumor pero no es grave. Se terminó el tema. Pronto Felipe tendría otras sandalias.

Sin embargo.

Días después fue mi turno de visitar a mi hermana. Antes de partir, pensé en las crocs azules y se me ocurrió una idea. Llamé a mi hermano y le pedí que describiera el lugar donde Felipe se las había olvidado. No sé, dijo, era una casa abandonada al costado de la ruta, ¿qué más te puedo decir?

Las preguntas activaron la memoria y de repente, el lugar se veía más claro. A ver, dejame pensar… Hicimos el picnic después de pasar Bolivar y Pirovano y antes de llegar a Daireaux, sí, sí, entre las dos ciudades. Y bueno, el lugar estaba a mano derecha, en el bosque a unos veinte metros de la ruta. De la casa quedaba solo la estructura de cemento medio roto, con algún graffiti político. Por las ventanas sin vidrios se veía el campo extenso y plano de la provincia de Buenos Aires. El pasto estaba largo, dijo, nos llegaba a las rodillas. Yo creo que las sandalias tendrían que estar ahí nomás porque no anduvo descalzo, seguro que se las sacó antes de subir. A los chicos les encantó el lugar porque corrían y se escondían. ¿Vos pensás que en diez días nadie más pasó por ahí?, me dijo y después se rió. Pero, alguna esperanza tendría porque recordó varios detalles vitales para la reconstrucción del caso.

Llegó el día del viaje. Estaba despejado y corría una brisa. Salimos temprano, manejaba mi novio. Después de pasar Pirovano torcí la vista hacia la derecha. Campos de girasoles, cada tanto un monte y no mucho más porque en esa ruta los pueblos y las ciudades estaban sobre la mano izquierda. En un momento la vi y supe que era esa casa y ninguna otra. Nos detuvimos y cuando se pudo cruzamos la ruta y seguimos una huella hacia la casa embrujada, digo abandonada. El pasto estaba muy alto porque había llovido en la semana. Lo que sigue fue extraño, parecía que alguien me guiaba desde algún lado. Me bajé del auto, caminé como si supiera y ahí las vi, acurrucadas entre los pastos. Las guardé en el auto y seguimos viaje: la parada no duró más de cinco minutos.

Cuando volví a ver a Felipe le di las sandalias, que esta vez venían con una historia.




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