El libro

En El mejor trabajo del mundo cuento la búsqueda de un cassette con una entrevista al escritor Paul Bowles. Necesito encontrarlo para seguir escribiendo. Lo busco como se busca una llave que te hará libre. Y también cuento viajes, muchos de mis mejores y peores viajes. Los que lo lean van a encontrar un recorrido por el desierto chileno con una banda de naturalistas estadounidenses, groupies de las flores, y un viaje a La Prairie, una clínica suiza donde algunos van a inyectarse una pócima que se cree que estira la vida. Hay una cabalgata por la Cordillera de los Andes para buscar unas vacas antes de la llegada del invierno, un pantallazo del México millonario de Carlos Slim y un recuerdo chancho de la India.

El libro ya está disponible. Por ahora se puede conseguir en las siguientes librerías:

Eterna Cadencia – Honduras 5574.
El Libro de la Arena – Aráoz 594.
Alberto Casares Libros – Suipacha 521.
Librería del Avila – Adolfo Alsina 500.
Libros La Cueva – Av. De Mayo 1127.
Librería Lorraine – Av. Corrientes 1513.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1436.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1311.
La Comarca Libros – Av. Cnel Díaz 1492.
Del Sol Libros – Superí 1413.
R y R Libros – Freire 1536.
La Barca Libros – Av. S. Ortiz 3048.
Capítulo 2 SA. – Cabello 3615.
Librería Antigona – Av. Corrientes 1555. Bodega Liberarte.
Librería Antigona – Cerrito 1128.
Libreria Antigona – Av. Corrientes 1543 – C.C. Cooperación.
Librería Antígona – Av. Las Heras 2597.
Librería Norte SA. Av. Las Heras 2255.
Paradigma Libros – Maure 1786.
Libros de Viaje – Paraguay 2457.
Librería Rodriguez SA. – Av. Cabildo 1849 – Loc. 4 y 6.
Tiempos Modernos – Cuba 1921.
Equis Libros – Av. Diagonal Norte 1122.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Autoria Bs. As. – Suipacha 1025.
Librería Juncal – Talcahuano 1288.
La Porteña Libros – Juramento 1705
El Aleph – Av. Rivadavia 3972.
Librería Patria Grande. Av. Rivadavia 6369.
Librería Macondo –Jerónimo Salguero 1833.
Penelope Libros – Av. Santa Fe 3673 – Loc. 10.
Vuelvo al Sur Libros – La Rioja 2127.
Rincón 9 Srl. – Rincón 9.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Librería Beca – Av. Saenz 1040.
Librería Yenny – Suc. Caballito.
Librería Yenny – Suc. Villa del Parque.
Librería Yenny – Suc. Palermo Portal.
Librería Yenny – Suc. Florida 629.
Librería Yenny – Suc. Flores.

Gran Buenos Aires

Boutique del Libro – Suc. Unicenter.
Boutique del lIbro – Arenales 2048 – Martinez.
Bohemia Libros – Mitre 212 – Dolores.
Lugar del Libro – Showcenter – Haedo.
Librería Guardia SRL. Alsina 61 – Ramos Mejía.
Librería La Cueva – Av. I. Arias 2354 – Castelar.
Librería La Recova – Martín Yrigoyen 430 – Castelar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte. Perón 1308 – San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte Perón 1540 -San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. 25 de mayo 1326 Escobar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. H. Yrigoyen 15 – Martinez.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Ituzaingó 633 – Pilar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Pacífico Rodriguez 4617 – Villa Ballester.
Librería Rodriguez – Av. A. Jauretche 1441 – Hurlingham.
Librería Rodriguez – Av. De los Jacarandaes 6144 – El Palomar.
Librería del Norte – Roque S. Peña 1519 – Olivos.
Pehuen Libros – Ricardo Gutierrez 1418 – Olivos.
Librería Trampolín – Bvad. San Martín 3130 – El Palomar.
Librería Betania SA. – Obispo Terrero 3072 – San Isidro.
El Río Libros – Acassuso 215 – San Isidro.
La Huella Libros – Obispo Terrero 3057 – San Isidro.
El Enebro Libros – Juan S. Fernandez 1247/51 – San Isidro.
Hermano William tienda de Libros – Av. La Plata 3875 – Stos. Lugares.
Librería La Cueva – Av. San Martín 2771 – Caseros.
Librería Libros – J. Hernandez 2411 – Villa Ballester.
Garabombo Libros de Sherke Srl. – Ayacucho 2136 – San Martín.
Librería Dante Alighieri – San Martín 1972 – Galería Plaza Loc. 4 – San Martín.
Boutique del Libro de San Isidro – Chacabuco 459 – San Isidro.
Babilonia Libros – Rivadavia 889 – Luján.
Librería García SA. – Joly 2874 – Moreno.
Oscar Libros – Av. Gaona 2448/50 – Ramos Mejía.
La U de Morón – Cabildo 181 – Morón.


El hombre imaginario, de Nicanor Parra

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

De su libro Hojas de Parra, CESOC Ediciones, Santiago.


Tejuelas, la piel de Chiloé

Las tejuelas son tablitas de madera –antiguamente de alerce, por suerte ya no– que se usaban como revestimiento final de las casas. Ciertas casonas, del tiempo en que el ciprés no se protegía sino que se talaba y exportaba, son muy elegantes. Hay tejuelas onduladas, como si fueran olas, otras parecen escamas y algunas son hexagonales como un panal de abejas.

Ancud, Quemchi, Chonchi, Achao, Curaco de Vélez, Dalcahue, Cucao cada lugar tiene casas de madera con tejuelas blancas, rosadas, amarillas, y ventanas con cortinas de encaje.

Me gusta imaginar que atrás de esas ventanas y de esas tejuelas se esparcían los mitos de la isla. Como dijo un profesor de filosofía que encontré en Ancud, una respuesta falsa a problemas verdaderos.
Las tejuelas sirven de aislante para la lluvia casi diaria. Hoy, por ejemplo, amaneció nublado, de nubes gris oscuro. Todo indica que en algún momento lloverá. Por eso me sorprende el camarero en el desayuno:

– Le ha tocado un lindo día.
– Pero está nublado…
– Eso aquí es un lindo día.


El mito de la Pincoya

Todavía hay pescadores chilotes que en las noches de luna llena o en las madrugadas de verano ven a bailando a la Pincoya sobre las rocas.

Desnuda, envuelta en sus cabellos larguísimos. Es una mujer de extraordinaria belleza, princesa de los mares que simboliza la fertilidad de las costas de la isla.  Baila frente su hombre, el Pincoy, que no puede dejar de mirarla y le canta para que ella nunca termine de bailar.

Según el mito, si la Pincoya baila vuelta hacia la costa será un tiempo de escasez y falta. En cambio, si mira hacia el mar habrá abundancia de peces y mariscos.


Que haya merkén

 

 

Me gusta el merkén porque pica. No tanto como el chile habanero ni tan poco como la pimienta. Me gusta porque es ahumado y me recuerda a las noches a la intemperie, noches de brasas y abrazos. Noches de vacaciones. Noches largas que dejan el buzo y los pantalones oliendo a humo. Me gusta el merkén porque es probarlo y sentirme adentro de una cocina con estufa a leña, en una casa de adobe.

No entiendo cómo todavía no escribí de esta especia fundamental en mi cocina. Pueden faltar muchas, pero que haya merkén. Y no es asunto sencillo porque el merkén es chileno. Menos mal que hay buenos amigos del otro lado de la cordillera.

Es uno de los productos más antiguos de Chile, parece que se inventó de carambola porque el ají se secaba en una choza donde cocinaba con leña y así se impregnaba de humo.

El ají del merkén es cacho de cabra, un ají picante medio enrolladito, con forma de cacho (cuerno) de cabra. Se seca primero al sol y después al humo, en una parrilla dentro de un galpón. El mejor es del Valle de Lonquimay.

Ahora que lo recuerdo, el último amigo que me trajo fue Francis H. Un golpe de suerte para mi estante de especias. Había olvidado pedírselo, cuando me acordé estaba a punto de salir para el aeropuerto. Entonces hizo lo mejor: tomó su propio frasco de la cocina -la etiqueta dice merkén con la letra de su mujer- lo metió en la valija y listo el pollo (al merkén!)

Lo de Francis fue hace un tiempo. Ya rellené el frasco varias veces. El que tengo ahora es del bueno. Se lo compré en Chiloé a este hombre de la foto, don Juan Morales.

El tipo no solo lo vendía, también lo hacía. Porque el merkén, sépanlo, no es puro ají. Tiene toda una preparación que para algunos es secreta. Pero Juan Morales la comparte. Se le nota en el brillo de los ojos y en la forma de hablar: no es de los que se guardan, es de los que da.

Cuando está bien ahumado y seco el ají se le saca el cabito, se muele en mortero y se le agregan semillas de cilantro tostadas y molidas (entre un 10 y un 20 por ciento) y un poco de sal.

– Pruébelo, señora.

En el puerto de Dalcahue, entre bolsas de ají y hormas de queso casero, Juan Morales me contó que durante mucho tiempo el merkén fue descartado de la cocina chilena porque el olor a humo era olor a “indio”. Uno y otros eran discriminados. Después se recuperó, me dijo, y empezaron a caminar para atrás y le sacaron el estigma. Hoy es un producto de exportación. A Juan Morales le gustaba hablar, pero salía la barcaza para la isla de Quinchao y nos despedimos. Pero antes, una foto.

– ¿En serio me quiere sacar una foto? Entonces no soy nada tan pior.

Quiso decir algo así como ojo que todavía estoy bueno. Y soltó una carcajada desde las entrañas, con tanta fuerza que casi se le vuela todo el merkén de la cuchara.


Amarillos de Atacama

Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes.
El correo quedó archivado en elementos enviados y pasaron los días y las tareas. Me pidieron una nota de la selva y unos días después, el desierto estaba lejos.

Pero una tarde llegó la respuesta de Pau J. Me hablaba de paisajes surrealistas, inmensos, sagrados. Paisajes en mutación, escribió. También dijo que recibió la poesía de Watanabe una noche estrellada en la que casualmente escribía en verso.

Y adjuntó estas fotos de un amanecer en Atacama, en un viaje de vuelta de Bolivia a Chile. De un amarillo tan potente que no parece un amanecer más, sino el único amanecer, el amanecer de los amaneceres.

El mail era corto, pero bastó para abrir una ventana en la tarde nublada. Pensé en cuánto me gusta recibir -y enviar- correos durante un viaje.


Chiloé, la isla grande

Los podría llamar continentes. No los del mapa, otros. Más íntimos, de una geografía personal. Son lugares a los que llego y ya quiero volver. Aún sin haberme ido.

Eso me pasó en Chiloé, la isla grande de Chile. La del curanto, los mitos, las supersticiones, los campos verdes y las iglesias de madera.

En este número de la revista Lugares escribo y saco fotos de la isla. Esta de la tapa es de los palafitos de Castro.

Los palfitos son casas edificadas sobre pilares, altas y con dos entradas: una que da al mar y otra a una calle. Hasta hace algunos años fueron viviendas sociales para pescadores. Había más de mil en la isla, pero el terremoto del 60 destruyó varios.

Con la llegada de las salmoneras, a mediados de los noventa, se produjo un cambio cultural fuerte. Ya no hay tantos pescadores artesanales y sí muchos empleados en los criaderos de salmón y mariscos, y en la extracción de algas.
Cambiaron los trabajos, el paisaje, las costumbres. Los pescadores dejaron los palafitos, que enseguida entraron en la mira de artesanos, chefs y hoteleros con ánimo de rescatar el patrimonio chilote y mostrarlo al turismo.

En la foto se ven también las tejuelas, la piel de las casas de Chiloé. Todo esto y mucho más en la revista de mayo.


Turismo zen en pueblos mínimos

Vengo de un viaje por pueblos chicos. Donde la siesta es sagrada, no hay café expresso y el único museo puede pasar varios días cerrado porque a la mujer que lo atiende le duele la garganta y solo ella tiene la llave. Pueblos a los que se llega por caminos de ripio, y donde los habitantes pueden no tener agua pero ven el noticiero de las ocho y saben cómo está el tráfico en los accesos principales a la Capital Federal. Aunque les quede a más de mil kilómetros, aunque no hayan ido nunca.

Los pueblos de los que vengo quedan en el oeste de San Juan, en Argentina. Pero se repiten en muchas partes. Con otro marco natural y otras gentes vi lugares así en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, la India. Los pueblos mínimos no tienen un atractivo contundente. No hay cataratas ni playas increíbles ni un parque nacional. Apenas aparecen en las guías y nunca llegan al 99% de ocupación. Como las fotos que saca un amigo, son lugares de belleza difícil.

Me acuerdo de la tarde que llegué a Huaco. De no haber sido por una mosca que revoloteaba insistente en el parabrisas hubiera pensado que avanzaba sobre un pueblo embalsamado. Cuatro de la tarde y en Huaco todo estaba quieto. Las persianas bajas y el perro dormido a la sombra de un molle. No había brisa ni gente en la calle. Los timbres sonaban pero nadie salía a ver quién llegaba. Mal pronóstico para encontrar un lugar donde comer. Ni restaurante, ni comedor ni despensa abierta, solo un kiosco con una heladera sin helados y dos computadoras donde un par de adolescentes jugaban a la guerra. Terminé comiendo unas galletas de animales parecidas a las que se venden en los zoológicos, y un yogur.

No, a los pueblitos alejados no hay que pedirles nada. En el menú se lee pasta, pero no llegaron a amasarla y hasta el jueves no habrá; el centro de artesanías no abre los sábados; el hotel cerró porque los dueños son suizos y no vuelven hasta octubre y el último temporal rompió un tramo de ruta y hay que tomar el desvío largo.
En un viaje por los pueblos mínimos lo más sano es aceptar. Las faltas, lo diferente, la lentitud. Aceptar, como dicen que hay que hacer en la pareja y en la vida en general. Nada de recurrir a la queja, de poner el grito en el cielo y enojarse porque la comida tardó casi una hora en llegar. Y mucho menos pedir que cambien. Aceptar lo que hay y lo que no.
Y recibir. El verde vivo de los oasis, las maravillosas vistas de la Cuesta de Huaco, con el río Jáchal que serpentea junto a la ruta 40, los cerros oxidados camino al Paso Internacional Agua Negra, inmensos cielos estrellados, los encuentros con gente que tiene ganas de conversar, y tiempo.

Aceptar y recibir, recuperar lo simple, rescatar el valor de una sonrisa, disfrutar de la naturaleza, se podría hablar de turismo zen.

En Iglesia, uno de los pueblos chicos, encontré a una pareja de viejos que caminaba por la vereda. Las únicas personas a la vista y ya eran más de las cinco de la tarde. La siesta implica cinco horas de limbo y ausencia. Luis Messina era grande, estaba arrugado y tenía los ojos brillantes. En la mano llevaba una honda que no era para matar pájaros, sino para darle unos tiros cortos a su perro cuando se acercaba a la calle.

Le pregunté para dónde iban. Entonces, me contó la historia del reloj.
Una vez hace muchos años acompañó en una cabalgata a la cordillera a alguien muy importante de la embajada de Alemania. Y él se comportó bien y fue un guía notable, eso dijo. Al final de la cabalgata el hombre muy importante se sacó el reloj de la muñeca y se lo regaló. “Viera ese reloj, tenía la hora, el día, la fecha, el año, todo tenía!”. Ayer, trabajando en el campo con el maíz se me perdió. “Culpa mía fue no le ajusté una perillita que andaba floja”. Y ahora vamos con mi señora y si Dios quiere lo encontramos.

Por el pasado, la geografía y el clima estos pueblos son lugares de soledades, vegetación espinosa, historias mínimas y días luminosos. Donde son comunes la fe, las tapias, las imágenes de nostalgia y esfuerzo. Una mañana, en un camino de tierra, vi que se acercaban una mujer, un niño y un hombre que llevaba una bici. Cuando llegaron a la ruta se subieron los tres: él manejaba, ella en el caño con el nene a upa. Seguro que iban a la próxima ciudad, a unos 15 kilómetros.

Vengo de un viaje por pueblos chicos, donde una bici es un tesoro para compartir. Donde las casas son de adobe y las cebollas deliciosas. Donde lo más sano es viajar sin expectativas, abierto a lo que se encuentre en el camino. Pueblos chicos, donde en cualquier momento se abre una agencia de turismo zen. Omm.

(Esta columna se publicó en el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile)


Camas de viaje (III)

El verde es mi color preferido, así que en este cuarto de Cracovia me sentí muy a gusto. En las paredes había posters de palmeras y edificios art deco de Miami; era luminoso y gracias al wifi en las noches encontraba los correos que por esos días tanto esperaba. Al lugar lo descubrí de casualidad. Queda afuera de la muralla, en la ciudad nueva. Disfruté cada día de ese trayecto, donde se pasaba desde la Edad Media hasta hoy en apenas unos minutos. Indalo Rooms.

Ay. Cómo me molesta el recuerdo de esta habitación con olor a cenicero. Era en Copiapó, norte de Chile, tierra de mineros donde los hoteles son malos y cuestan carísimos. El lugar estaba casi vacío porque era 18 de septiembre, fiesta patria, y lógicamente la gente se va a la playa. Tanto que esa noche Copiapó era una ciudad fantasma; hasta fue difícil conseguir algo para comer. Volví temprano al cuarto, me acostumbré al olor a pucho y leí un rato largo del libro que está en la mesita de luz: Memorias del desierto, de Ariel Dorfman. Hostería Las Pircas.

Casablanca, este hotel con nombre de película queda en Victoria, Entre Ríos. Llegué con una amiga que tenía otra amiga que trabaja en cine y casualmente había filmado una película ahí. Lo más lindo fue esa luz de la mañana que entró por el ventanal. Y el parque, con piscina, palmeras y plantas tropicales. Hotel Casablanca.

Qué noche. Las almohadas en el piso son un testimonio de la furia. Nada de amor, qué va. Noche de Puna, de soroche. Este muy buen hostal de La Paz no tuvo nada que ver con mi decisión de salir a caminar ni bien llegué a la ciudad, después de aterrizar en el aeropuerto del Alto, a 4000 metros sobre el nivel del mar. Las soroche pills pueden ayudar y mascar coca también, pero una vez que te toma la cabeza solo dan ganas de arrancársela. El personal del hostal fue tan gentil. Hostal Naira.

No dormí en este cuarto de Berlín, aunque me hubiera encantado. Cada habitación es distinta y todas están intervenidas por artistas. Arte Luise Kunst Hotel.


Bellavista, barrio de artistas

Bellavista, Santiago de Chile. El barrio tiene dos límites naturales: el río y el cerro San Cristóbal. Del otro lado del Mapocho baja el promedio de edad -hay por lo menos tres universidades- y también baja el ritmo. La gente parece más tranquila en Bellavista, como de provincia. Y circula una brisa bohemia. Será el espíritu de Pablo Neruda que pasó largas temporadas en La Chascona, una de sus casas, vecina del barrio desde los años 50, cuando el poeta y Premio Nobel de Literatura la construyó para Matilde Urrutia, primero su amante y luego su esposa. Como Isla Negra y La Sebastiana, esta casa de Neruda también se puede visitar y está llena desniveles, recovecos fantásticos y objetos con nostalgia del mar.

Hoy, como hace sesenta años, Bellavista es un barrio de artistas. Pero antes, hace mucho, quedaba lejos del centro de Santiago. Estaba en las afueras y era un lugar marginal, la chimba, que en quechua significa “en la otra orilla”. En el siglo XIX, la construcción del puente Cal y Canto lo acercó y las familias de la aristocracia hicieron palacetes y casas de campo para descansar en un entorno natural. Porque en Bellavista, el cerro San Cristóbal está ahí nomás.

Después del Golpe del 73, el barrio, como el país, pasó años negros. La Chascona fue atacada y la bohemia, silenciada. Con la vuelta de la democracia, el Bellavista renació. Poco a poco se instalaron teatros (hay más de diez), centros culturales (El Mori, de Benjamín Vicuña y Gonzalo Valenzuela es el más famoso), tiendas de autor (Vaga, Bautista Santiago), restaurantes (en Ciudad Vieja, 22 variedades de sándwiches gourmet), galerías de arte (Cian, Bomb, La Galería), negocios para comprar lapislázuli, la piedra nacional chilena, el Patio Bellavista, un centro comercial al aire libre con restaurantes y tiendas de souvenirs (por las noches, Le Fournil, con jazz en vivo), y hoteles boutique. Bellavista también es barrio para el carrete, como le llaman los chilenos a la diversión nocturna. Hay muchos bares, muchísimos, pero hay que pasar por el Constitución.

La calle Constitución lleva al San Cristóbal. Se puede subir en teleférico o en un funicular como los de Valparaíso. Si escucha un grito, seguro que es algún mono. El Zoo de Santiago está ahí. Desde arriba, si no hay smog, excelentes vistas de la ciudad. En general, vienen días claros como el de la foto después de una buena lluvia.




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