Hotel España, en Argentina

Este fin de semana, Hotel España, el nuevo libro de Juan Pablo Meneses, sale a la venta en Argentina.

En sus páginas, el autor recorre distintos hoteles España del continente y en el camino se cruza con controles policiales, fiestas inolvidables, un pueblo andino con wifi, contrabandistas ballenas y la pista de hielo más grande del mundo. Un libro que redescubre la América Latina del Bicentenario.

Hotel España tiene una particularidad: se presenta en giras. JPM ya dio vueltas por media Latinoamérica y en estos días, cuando logre salir de Chile, llega a Buenos Aires para nuevas presentaciones. Durante abril, el tour sigue en Córdoba, Rosario y La Plata.

A continuación, un adelanto exclusivo del libro.

Podemos intentar escribir el mejor libro de viajes. Contar nuestras experiencias, relatar aventuras, mostrar nuevos paisajes y relatar tierras nuevas. O podemos querer contar todo un continente, la tierra de Los España a doscientos años de su independencia, sin embargo, sigo creyendo que el más noble de los libros de viajes es el pasaporte.

Aunque la Real Academia Española lo defina burocráticamente como la licencia o despacho por escrito que se da para poder pasar libre y seguramente de un pueblo o país a otro, el pasaporte sigue siendo, de lejos, el más sencillo y efectivo diario de viaje. Un libro de tapas gruesas que lleva tu foto y tu nombre, dándole a la publicación la importancia que te mereces. Una bitácora íntima e intransferible que va resumiendo, certeramente, el rumbo que ha corrido tu vida en los últimos años.

La paranoia de los escritores frente a la hoja en blanco, los viajeros la viven con el pasaporte vacío. Pocos, salvo a los que les gusta andar de un lado a otro, pueden entender el encanto que produce el timbre aduanero de un país exótico. Intercambiar pasaporte con alguien, mientras se espera la conexión retrasada, pesa más que compartir toneladas de novelas de aeropuerto.

Aplicando la moral de Augusto Monterroso, defensor de la literatura breve y autor del cuento más corto de la historia, el pasaporte es el libro de viajes perfecto: apenas el nombre de un país, timbrado en tinta lila, te lanza a recorrer largos arrozales asiáticos; una visa en un alfabeto indescifrable es suficiente para que, al tocarla, casi huelas otra cultura; una simple fecha en rojo sirve, y basta, para recordar interminables caminatas por un viejo continente. Literatura directa. Concisa. Al grano, como para ridiculizar a los novelistas debutantes.

Ir llenando el pasaporte es ir escribiendo tu propio Moby Dick. Una novela donde la aventura viajera va atravesando todo el relato. Y en la que, por cierto, cada uno se encariña con distintos capítulos. En mi caso, suelo preferir dos. Uno por lo extraño, como cuando salí de Chile en barco y en el pasaporte quedó registrado un timbre con la palabra Valparaíso. Y otro, por lo ausente, cuando estuve en la Triple Frontera: quedó el timbre de salida de Argentina y, dos días más tarde, el de ingreso a Paraguay. Pasé dos días en Brasil sin ningún tipo de registro, lo que algún crítico podría traducir en un salto de tiempo que puede llegar a ser interesante.

Pero, claro, en el mundo de los pasaportes, como en el de los libros, la apariencia de las portadas influye mucho. Más de lo que un autor quisiera. Una tapa que diga United States y adentro lleve tu foto puede abrirte las puertas de nuestro mundo, pero llenarte de sospechas si visitas al enemigo. He visto ecuatorianos y peruanos teniendo que desnudarse en España por la tapa de sus pasaportes, y no quiero ni pensar lo que debe ser llenar un libro de viajes personal cuya cubierta tiene escrita las palabras Irak o Palestina. Aunque ahora el pasaporte chileno esté en alza, nadie parece recordar que por años fue un lastre que pesaba más que un piano, y que te negaran la visa era tan común como un estornudo.

La importancia de las portadas lleva a casos increíbles. Conozco santiaguinos de toda la vida, que crecieron yendo a las reuniones dobles en el Estadio Nacional, que se pasean por Sudamérica con pasaporte italiano. Una amiga recorre el mundo con documento austriaco, aunque nunca estuvo allí. Y he visto latinoamericanos malgastar cinco años de su vida en España sólo para conseguir una cubierta europea para su libro. ¿Vale la pena tanto sacrificio?

Seguramente, vale la pena. Eso lo sabe cada uno. Tal como cada uno sabe lo que significan los diferentes timbres que van llenando el pasaporte. Hace poco, hablando con un viejo periodista deportivo argentino, me dijo que en todos sus años de carrera nunca escribió un libro: sólo llenó pasaportes.

Y me lo dijo sereno, con la tranquilidad de un autor que se sabe respaldado por una gran obra.


El largo viaje de Gustavo Javier

La noche está quieta como una planta de consultorio médico. Es verano, la gente se fue de vacaciones y la ciudad se ha vuelto amable y silenciosa. Hace unos minutos pasó la medianoche.

Estoy en Valparaíso, un restaurante nuevo de Buenos Aires, uno de los pocos de comida chilena. Vine con una amiga que no veía hace tiempo, nos sentamos en unas sillas en la vereda, esta noche, una vereda tropical.

No pasan autos por la calle Nicaragua. Sólo algunos mosquitos de patas largas y un niño que va y viene con su bicicleta roja. De una punta a la otra, una y cien veces. Su familia lo mira y festeja cada vez que lo logra.

Comemos palta reina y ceviche. Comemos despacio, contagiadas por el andar de siesta de esta noche, y atontadas por el calor. El camarero chequeó que todo estuviera bien y regresó adentro con una paila en la mano y su canto chileno (de Ñuñoa).

De repente, se escucha un suspiro cercano. Del otro lado de la calle  estacionó el carro de un cartonero. Está a cinco pasos de nosotras y es casi tan alto como el techo de una casa. Es el carro de cartonero más grande que vi en mi vida.

De atrás de la mole aparece un hombre flaco, musculoso, oscuro, joven, de piernas fuertes, ojos negros, mirada esquiva.

- No podés más -le digo desde mi silla cómoda.

- Es que vengo arribeando desde allá -y señala a lo lejos.

- ¿Arribeando?

- Sí, cuesta arriba, porque la calle sube, ¿no ves? -dice y cruza hacia donde estamos sentadas.

Se hace un lugar en la vereda, debajo de un plátano. Cerca, pero no tanto, como los perros vagabundos, que buscan cariño pero tienen miedo porque saben de golpes y maltrato.

Desde ese lugar, cerca y abajo, el cartonero que más tarde me dirá que se llama Gustavo Javier, cuenta algunos pasajes de su viaje:

- Yo vengo de Misiones, allá es todo verde. ¿Viste todos los edificios que hay acá? Hacé de cuenta que allá son campos de girasoles. (Y con las manos muestra cómo son de grandes las cabezas de los girasoles)

Vino a Buenos Aires porque quiere ahorrar para arreglarle la casa a la madre. Llegó hace seis meses y ya consiguió este trabajo, que le da entre cien y doscientos pesos por día. Ocupa una casa en Chacarita; le regalaron cama, muebles, televisor. Le pregunto si conoce a Ricardo Fort y responde que no mira mucha tele (creo que eso signfica que conoce a Fort). Todos los días, aunque llueva o truene, sale a las ocho de la noche sale hacia Constitución y desde ahí empieza a volver buscando, juntando, construyendo los cimientos de esa mole que tiene como carro y que arrastra por más de 10 kilómetros. Trabaja solo porque si tuviera que repartirlo con alguien, la plata no le rendiría.

- Ahora el carro pesa 2.500 kilos.

Las palabras rebotan en la noche oscura. Cuando vuelvo a mirarlo, veo el carro como un edificio en construcción. Los cimientos metálicos se los ceden los talleres mecánicos y es lo más caro que carga. Sobre ese colchón que no se ve pero pesa, reposan un ropero desarmado, maderas, cartones blancos, un canasto de mimbre, cartones marrones, papeles y más cartones.

- Hoy me saqué la remera, pero nunca me la saco -aclara, mientras sus pies juegan con el agua de la alcantarilla. No le importa mojarse las zapatillas, es una noche calurosa.

Hace seis meses que no llama a su familia, allá en Misiones. No saben si está vivo o muerto. No saben nada de él y él no sabe nada de ellos. No quiere llamar porque le dirán que vuelva y no quiere volver sin tener el dinero para arreglarle la casa a la madre.

- El otro día llamé y corté. No quería hablar con mi hermana, quería hablar con mi mamá.

Le preparamos un sanguchito improvisado de ceviche y palta reina. Estira la mano, negra como si trabajara en una mina. Se lo devora. Le faltan dos horas para la última parada de su viaje diario, donde descargará el carro. Después, me imagino que tendrá el hambre de un gorila.

- ¿Cuántos años tenés?

- ¿Vos cuántos me das?

- mmm…

- Mirá que soy más chico que vos.

- Eso, obvio…

- ¿25?

- 23.

El camarero chileno ha comenzado a entrar las sillas de la vereda. Desde que hablamos con el cartonero está algo inquieto. Entra  y sale aunque no tenga nada que llevar ni traer. Creo que se alivia cuando pedimos la cuenta y pagamos (la mitad de lo que Gustavo Javier juntará hoy). Lo saludamos, le deseamos buen viaje, le pido que llame a la madre.

- Chau, chicas, cuídense. Descanso un ratito más y sigo. Calculo que en dos horas llego a Chacarita, a eso de las tres.

Cuando me doy vuelta lo veo encorvado, cansado con el cansancio de alguien que viene viajando hace muchos años. Me mira por debajo de su gorra de beisbolista y en sus ojos negros veo reflejos de los campos de girasoles del Litoral.


AC/DC mueve fronteras

“Fiestas en las que sólo bailábamos rock. Así era en mi cerro Recreo de Viña del Mar, frente al Pacífico, en América del Sur, cuando pasábamos la adolescencia en época de Pinochet. AC/DC era el motor y alma de ese espíritu que buscaba otros aires, alejados de la política y los cantitos de Rasguñan las piedras o las canciones gringas del billboard.

Hoy, represento en Buenos Aires a todos aquellos que no pudieron o quisieron venir por lo que sea, pero que llevan consigo el riff inmortal de los Young en el inconsciente, que palpitan en sus manos cada vez que se pronuncia la palabra rock. Hoy estoy en Buenos Aires después de más de 24 horas de viajar por la cordillera; hoy cantaré por todos Its a long way to the top if you wanna rock and roll”.

Topla


Villa Pehuenia, un pueblo escondido

Rodeada por los lagos Aluminé y Moquehue, aislada por cincuenta kilómetros de ripio y 1200 metros de altura, y cerca de los volcanes y el límite con Chile, Villa Pehuenia es todavía un pueblo escondido en la Patagonia. Un lugar donde la naturaleza manda. En verano manda calor; en invierno, nieve y de tanto en tanto, también manda cenizas. Como el año pasado, las del volcán chileno Llaima.

En Villa Pehuenia viven alrededor de mil personas. Muchos llegaron de otros lugares. Hay neuquinos, porteños, cordobeses pero sobre todo hay rosarinos. Tanto que ya bautizaron una bahía del lago Aluminé. Todavía no figura en los mapas pero todos la conocen como Bahía Rosario.

La mayoría de los recién llegados ronda los treinta años y vino escapando de la ciudad, en  busca de una vida más tranquila. Algunos pusieron un restaurante o una hostería; otros trabajan de camareros, guías o recepcionistas y cocineros que se tuvieron que acostumbrar a crear con lo que hay. En verano los productos llegan, pero en invierno es difícil conseguir algo tan simple como una planta de albahaca.  Igual, hace cuatro años que se celebra el Festival del Chef. Este año será el 1 y 2 de mayo, con la presencia de Dolly Irigoyen.

Los nuevos habitantes conviven con los naturales de por aquí, que pertenecen a la comunidad mapuche y son los dueños de la mayoría de las tierras. Aunque, como me dijo doña Angela Puel, una mapuche de 72 años, ya se perdió la mayoría de las tradiciones, incluso la lengua. Sus hijos la entienden pero no hablan y sus nietos apenas saben unas pocas palabras.

 En verano, Villa Pehuenia es un buen punto de partida para recorrer la zona: el circuito Pehuenia, Moquehue, el volcán Batea Mahuida, Paso del Arco, el Parque Nacional Conguillío, en Chile, la pesca con mosca en ríos y lagos. En invierno, los caminos se complican y es necesario transitarlos con cadenas. Igual llegan turistas para aprender a esquiar en el Parque Invernal Batea Mahuida, donde está el único centro del país gerenciado por la comunidad mapuche. Hay sólo dos medios de elevación -un poma y un T-bar- y es ideal para principiantes.

Este año, Villa Pehuenia cumplió 20 años. Todavía no hay banco ni peluquería, pero la villa está creciendo y cada vez llega más gente que hizo realidad su sueño de cambiar de vida y mudarse al Sur.


Lugares: Valparaíso

Valparaíso esta a 120 kilómetros de Santiago, es sede del Congreso Nacional de Chile, Patrimonio de la Humanidad desde 2003 y uno –el, dicen sus habitantes– de los puertos más importantes del país. Y además de todo es, como lo llamó Neruda en su Oda a Valparaíso, un “puerto loco”.

Los que tengan pensado viajar a Valpo -y vivan en Argentina- pueden leer un artículo mío en este número de la revista Lugares. Los que vivan afuera, ¡pronto subo el PDF!


Si vas para Chile…

 

Deberías saber algunas noticias y tips:

(continuará…)


La noche de Valparaíso

Ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso vive su minuto de gloria.

Los restaurantes de los cerros están reservados y los hoteles llenos, con las mejores tarifas de su vida. Los cocineros hierven caldillos de congrio y limpian camarones; los perros sin dueño no se imaginan el susto que se llevarán dentro de algunas horas y los ascensores suben y bajan con mayor frecuencia que nunca.

Por las calles van y vienen extranjeros que llegaron de lejos para ver cuál es esa magia de Valpo en Año Nuevo. Posiblemente ya sientan la efervescencia de los porteños, la taquicardia de la ciudad cuando se acerca esta fecha.

En los barcos de la bahía, algunos hombres alistan la carga de fuegos artificiales y en las laderas de los cerros Alegre, Bellavista, Cárcel y otros con nombres menos conocidos, la gente cuida su lugar y espera para ver cómo por unos minutos la noche se hace de día. Se ven sillas, mesas, carpas, botellas de champán. En un rato se encenderán las luces de los cerros. Como me dijo un poeta porteño, por las noches, la ciudad se cubre de estrellas. No importa si es Año Vejo o Año Nuevo.

En un rato la gente estará bailando y celebrando por las calles, pero ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso disfruta su minuto de gloria.


A los amigos de los viajes, salud

Tengo algunos buenos amigos que conocí viajando, hace ya muchos años. Oscar Núñez, Jerry para todos, es uno de ellos. Vive en Viña del Mar, está casado y tiene dos hijos. Nos conocimos haciendo el Camino del Inca, en Perú. El tenía 21 y yo 19. En ese viaje compartimos durante cuatro días la polenta, el arroz, la lluvia que mojaba nuestras carpas todas las noches –tuvimos la mala idea de hacerlo en enero-, el abrigo, las historias, los amigos. Subimos al Huayna Pichu y nos bañamos en Aguas Calientes. Después, cada uno se volvió a su país. De vez en cuando nos mandábamos cartas, fotos de la hazaña. (Aclaro que mientras los turistas suecos y australianos nos pasaban a los saltos con sus porteadores coyas, nosotros caminábamos cada vez más despacio entre el cansancio, el peso de la mochila y la altura).

Si bien hubo lapsos largos de no saber nada uno del otro -especialmente en la transición del correo al email- al final supimos, y cuando alguno de los dos cruzó la cordillera, nos encontramos un rato. Siempre hablamos con una confianza familiar.

Hace poco pasé unos días en Chile y nos volvimos a ver después de algún tiempo. Los dos teníamos que trabajar así que nos fuimos a un café Internet y tomamos un capuchino, mientras él miraba planos de instalación de señales viales y yo escribía.

Pronto llegó la hora del almuerzo y pensé que comeríamos un sándwich por ahí. Pero me invitó a su casa, que queda en Miraflores, en lo alto de un cerro. El terreno es una pendiente. Se entra por una calle y el fondo de la casa sube hasta la calle de más arriba. Está en Viña, pero me hizo acordar a las casas de Valparaíso.
Primero pasamos a buscar a su hijo Tomás por el colegio y después subimos la cuesta hasta la casa, donde la mujer nos había dejado comida preparada. Charlamos, jugamos con Tomás, me mostró su oficina y me trajo por lo menos cuatro álbumes de fotos, donde se veían los partos de los hijos, la familia, una síntesis del tiempo. También me contó los arreglos que quería hacer en la casa y tomamos un café. Desde el jardín vimos los cerros y más allá el Pacífico azul.

Esa tarde no visité lugares turísticos ni fui al mar ni a la casa de Pablo Neruda. Fue una tarde de cuentos:  le conté, me contó. Y nos sacamos fotos para guardar el momento en una memoria extra. Fue una tarde de amigos, aún sin mate.


Algunos precios de comidas marinas en Chile

El otro día, cuando caminaba por la costanera de Reñaca, vi algunos mendocinos en plan de alquilar casa para el verano. Y después leí en La Nación un artículo que pronostica una invasión argentina” en las playas chilenas, particularmente en las dos preferidas: Viña del Mar y La Serena. Después de varios años de cambio desfavorable, en este último viaje los precios me parecieron similares a los de Argentina. En algunos casos, incluso más bajos.

Para los que se entusiasmaron con Valparaíso o con unas vacaciones en el Pacífico -que es más helado, sí, pero tiene caletas de pescadores y mariscos deliciosos- van algunos precios de comidas de mar.

Uno de los pescados más nobles que se consiguen en las playas de Chile es el congrio, que es bastante esquivo para pescar porque se esconde entre las rocas. Las amas de casa no lo usan tanto porque es caro, pero en los restaurante es preferido. Se prepara de varias maneras. El caldillo de congrio, que hizo conocer el cielo a Neruda, es una de las más difiundidas. Dónde comerlo: en muchas partes, pero en el restaurante Pezcadores, de la caleta Quintay lo preparan más que bien. Cuesta desde 7 dólares y se sirve en cuenco de greda. En el nuevo Radisson de Concon lo preparan envuelto en masa filo y acompañado con puré de habas. Una opción más elegante y támbién más cara, pero para tener en cuenta.

El de la foto es un pastel de jaiba con inspiración tailandesa. por eso se ve el tofu y el sésamo. El picante no se ve pero doy fe que ahí estaba y dio su violento golpe de sabor. Lo comí en El gato tuerto, en Valparaíso. Parece que los dueños del restaurante del cerro Bellavista -una chilena casada con un gringo- son fanáticos de la cocina asiática. Hay varias opciones thai y también indias. Los platos cuestan desde 8 dólares.

El pescado más difundido en la costa es la reineta, es el que más se saca en la zona. Y se cocina a la lata y después al horno. La reineta a la plancha cuesta desde 6 dólares en el restaurante Los Porteños, en el puerto de Valparaíso.

Atención: el sushi en Chile es original. Además de los clásicos niguris, sashimis y rolls de salmón, hay opciones con atún rojo, calamares tallados y erizos.

Los que se enloquecen por los mariscos tendrán que controlarse: Chile es una tierra de mariscos, siempre frescos y ahora no muy caros. Sería una buena idea hacer un diccionario con los nombres coloquiales: locos, choros, choritos, picorocos, ostiones, machas, piure -¡es muy fuerte!- almejas, lapas, cholgas.

El mariscal: para conocer las diferencias, los puntos exactos y los códigos de ese sofisticado surtido de mariscos crudos y  revueltos con limón y cilantro que se llama mariscal -y cuesta unos 12 dólares-, lo mejor es sacarse un pasaje a Chile.


La vida es cueca

A Francisco Pardo Urrejola le gusta el pie de limón, escribir de viajes y Valparaíso.

Pancho, como le dicen los amigos, es periodista de la Universidad de Chile y trabaja en la revista Viajes del diario La Tercera.

Hace unos días me mandó este relato, que cuenta sobre los bares porteños que no salen en las guías, la cueca, la primera vez que le tocó una teta a una ex polola y también sobre sus vagabundeos por Valpo. Es una versión corta de un texto que hasta ahora forma parte de su tesis de grado, pero en algún momento no muy lejano será parte de un libro de crónicas urbanas.

“Y ahí estaba otra vez. Sentado, solo, con un vaso de vino en una mano y un cigarro en la otra. Ana Flores cantaba boleros en el bar “Mi Casa” de la subida Cumming y me sentía una puta postal de Valparaíso, un lugar común hecho persona. Don Miguel me miraba desde la cajetilla y ocho gringos entraron al bar disfrazados de estudiantes de filosofía de los ’80 buscando lo mismo que yo, pero sin conectar, sin intervenir, trasladando su país y sus dinámicas encerradas entre esas ocho personas. Sacan sus cámaras, comienzan a disparar y me resisto a ser parte del paisaje, un trozo de sus recuerdos por Sudamérica que recorren con ánimo de Ché Guevaras deslavados. Me largo. Salgo de “Mi Casa” en dirección al “Moneda de Oro”, un bar próximo a la plaza Aníbal Pinto. Bajo por Cumming a la una de la mañana de un miércoles con la esperanza de encontrar algo, alguna casualidad, un hoyo negro que me traslade a otro sitio automáticamente ¿Cuántas cacas de perro tendré que pisar en esta ciudad para tropezarme con una buena historia?

Bar “Moneda de Oro”. Pido un vaso de vino de $700. Junto a mí hay un anciano de pie en la barra. Pienso en el puerto, en “Valparaíso” de Joaquín Edwards Bello que cargo en mi mochila, en el vino, el viejo, pero su olor a meado me impide verle la poesía al asunto. El hombre le pasa $200 al barman para que le rellene la cañita. Come pan a escondidas. Se da vuelta y da pequeñas masticadas a una marraqueta. Se fija en la partida de dominó de la mesa a nuestras espaldas y el cantante de boleros con guitarra en mano entra al bar justo cuando en la mesa ponen el chancho seis, como si hubiese sido la señal que lo llamaba al escenario. Entona, era que no, “La joya del Pacífico”, ese himno que el “negro” Farías inmortalizó en “Valparaíso, mi amor” de Aldo Francia y que cantaba por el puerto hasta que murió un 21 de abril. Luego sale a escena Gardel y la frase de que “el mundo fue y será una porquería” hipnotiza al anciano que clava sus ojos en la guitarra, con esa mirada de los viejos en la plaza de la que hablaba Sábato, una mirada hacia adentro, arqueológica. Le ofrezco cigarrillos (recordando las palabras de Bello: “en Chile es inevitable; la ley secreta manda a atender a los borrachos. Son sagrados”) y me dice “no joven, que duerma bien” y sale del bar con su vaivén de bote pesquero.

Era mayo y por esos días caminaba Valparaíso con ánimo de flaneur, con lo que los situacionistas llamaban dérive, “una investigación espacial y conceptual de la ciudad a través del vagabundeo (…) centrada en los efectos del entorno urbano sobre los sentimientos y las emociones individuales”. Lo que en la práctica era simplemente aplanar la ciudad perdiendo el tiempo deliberadamente con los ojos y oídos bien abiertos. En todo el puerto se escuchaban las bandas escolares que se preparaban para el 21 de mayo y yo me quedaba dormido en los buses Puerta del Sol, subía cerros, tomaba en bares de todo tipo, sacaba fotos con palabras y recorría el plano como un acto de fe buscando algo intangible, algo que no sabía si podía o quería ser encontrado.

Mañanas de boca seca. Sólo después de las noticias del almuerzo mi cuerpo reaccionaba y podía obligarlo a recorrer las calles, a tomar una micro que pasaba frente a Caleta Portales, donde recordaba ese verano cuando por primera vez le toqué una teta a una ex polola, el calor, la Escudo, mi calentura, el helado de piña que froté en uno de sus pechos que se arrancaba del traje de baño, la forma en que el hielo se derritió al contacto con su piel. Ahora en ese lugar existe un horrendo edificio, con un mirador al revés, donde los pescadores agarran pulmonías porque el arquitecto que diseñó la nueva caleta no pensó en el necesario desnivel para evacuar las aguas, porque nadie les preguntó tampoco sobre la dirección del viento que golpea desde el mar y se cuela por sus pequeños “boxers” donde guardan sus implementos, y que basta raspar con un lápiz Bic para notar el ahorro de material.

A veces me bajaba en el puerto y subía por el ascensor El Peral. Ahí percaté que la estatua que representa la Justicia afuera de los tribunales junto al ascensor no estaba vendada. Y que en una mano tenía la balanza y la otra la apoyaba en la cadera, como si un invisible fotógrafo de tres metros le dijera así, así con la mano en la cadera, displicente, eso, como si te importara tres carajos la justicia. Y luego subía en el ascensor y caminaba sin rumbo por el cerro y me sentaba en las plazas y jugaba a desaparecer, como en los bancos junto a una iglesia en la calle Almirante Montt cuando me agarraba la poesía y con el sol en la cara adivinaba cinturas en la sonrisa de la tarde. En uno de los asientos vecinos dos ancianas de cejas dibujadas conversaban sin olvidar el croché que sus manos modelaban de forma mecánica, y en el piso algunas palomas acostumbradas esperaban cualquier limosna. “De nuevo vienen a molestar. El otro día les tuve que remojar las migas, es que estaban muy duras. Y cómo te decía, a las seis de la mañana me golpea, que se siente mal, y yo le digo para qué hace tanto teatro. No sé, la verdad es que no entiendo ¿Por qué me llora tanto este ojo? Y también me han dado unas puntadas en el corazón, es que lo tengo muy grande y me aplasta el estómago, parece que voy a tener que ir al médico”. Y dos escolares de jumper aparecen en el encuadre, se miran cómplices y no saben si soltarse de las manos cuando nos ven sentados a pleno sol, y un camión de gas cierra la foto con su cumbia de balón y su pregón de “abastible, gasco, abastible y gasco”, y presiono un clic en mi cabeza para guardar el momento.

Bajo al plano y me voy al Muelle Barón. Escenario de parejas, perros, ratones, lobos marinos y el denso vuelo de los pelícanos. El sol de otoño se escondía y los cerros se llenaban de lucecitas de navidad. Hilos de bombillas amarillas y anaranjadas que de vez en cuando eran interrumpidas por una roja sirena encaramada por allá arriba. Recuerdo a Bello: “Millares de techos de lata hacen pensar que a estas casas entrarán con abridores de conserva”.

Viernes. Repito la rutina. Todo se convierte en rutina. Ayer llovió durante la noche y hoy el cielo se llena de pequeñas nubes esponjosas. El aire está tan limpio que parece una maquinación del Sernatur para agradar a los turistas. Esquina de Urriola con Errazuriz. Un tipo de vestón vintage y mocasines duerme una siesta de alcohol en una banca frente a la Shell. De vez en cuando abre los ojos, dependiendo de los decibles del chirriar de las micros que pasan a cuatro metros de su cabeza. Por qué caminos andarán sus sueños de tinto. De seguro si despertara en estos momentos, no entendería nada al ver la veintena de tipos vestidos de fluorescente naranjo, como marcianos recién aterrizados, que caminan de vuelta a las faenas de una obra del puerto.

El sol luego de la lluvia tiene la propiedad de congregar a toda la fauna al igual que los charcos de agua en las sabanas africanas. Secretarias, obreros, oficinistas que miran los relojes confirmando que restan cinco minutos, de vuelta al trabajo y recuerdo a Amanda. Somos lagartijas. Nada más que lagartijas.

Tomo una micro y me voy a Playa Ancha. Me bajo frente a las canchas de tierra vecinas al estadio de Wanderers que hoy sirven de explanada para decenas de bandas escolares que ensayan para el 21 de mayo. El día anterior en estas mismas canchas unos guanacos intentaban dispersar a los estudiantes de la UPLA que protestaban con piedras, bolsas de pinturas y mólotovs. Hoy sólo hay fútbol, botellas rotas y redobles.

Cruzo la avenida y me refugio en el bar Roma. Pido una cerveza. Miro una pared de radios viejas y posters de Bob Marley, el Ché y los Beatles. Aquí todos caben. En el wurlitzer del fondo suena, como si me persiguiera, la voz del “negro” Farías secundada por pastosas gargantas. A cierta hora en Valparaíso todos se creen cantantes. Me arrancó a un bar vecino, “La Nueva Sirena”, donde el Wanderers juega de local. Juanjo, el barman, conversa con un parroquiano sobre la antigua bohemia, esa que en los ’50 y ’60 se disfrutaba en el Barrio Puerto, en el “Roland Bar”, en las quintas de “San Roque”, en el “Nunca se supo”, en cabarets y en lupanares como “Los Siete Espejos”. Hablan de las cuecas en “El Rincón de las Guitarras” de la calle Freire, entre Chacabuco y Pedro Montt. Dicen que los viernes en la noche se pone bueno. Supongo que hay sólo una manera de comprobarlo.

Dos de la mañana del sábado. Me bajo de la micro en Freire con Errázuriz y el chofer me dice que tenga cuidado, que el barrio es bravo. Camino con la misma actitud de las madrugadas en el centro de Santiago, como si uno fuese el que obliga al otro a cambiarse de vereda. Algunos travestis me piropean y me siento extrañamente halagado. Llego a la dirección anotada en mi mano, Freire 431, un añejo edificio sin letreros. Sólo una puerta y un timbre. Lo presiono. Según Juanjo, ahí solamente dejan entrar a los conocidos. Abre un tipo joven que me mira de pies a cabeza. Y luego de cinco eternos segundos y sin decirme palabra, se hace a un lado y me deja pasar.

Adentro, comida y fiesta. Me siento en una mesa de un rincón de esta casona de viejas paredes, aceptando mi condición de invitado. La mayoría de los concurrentes son veteranos de terno y alguno que otro veinteañero. Veo algunas guitarras. En una mesa agarran una de ellas y se lanzan con un bolero que es premiado con aplausos y vasos alzados. Lucy Briceño, mito viviente de la bohemia porteña y dueña de una voz que domina a la perfección el repertorio de valses, boleros, tonadas y cuecas de Valparaíso, se pasea por el local y todos la miran como a una estrella de rock. Y lo es. Nunca supe si los que me abrieron los oídos esa noche fueron algunos de los integrantes de la legendaria agrupación cuequera “La Isla de la Fantasía”, de la que también es integrante Briceño, pero el punto es que dos tipos con guitarra y pandero se lanzaron con una cueca gritada, y en la “cancha” las parejas comenzaron a moverse de una manera que jamás pensé que se podía bailar la cueca. Así no danzaban en la parada militar. Así no cantaban “Los Huasos Quincheros”.

Salí del lugar con la sensación de haber descubierto América. Sentí que durante años alguien me había escondido un país entero.




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