¿A Finlandia?

Además de ser periodista, Melanie Senestrari es melómana. Desde chica, su curiosidad por el mundo empezaba en el país de origen de su cantante favorito. Por ejemplo, el fanatismo por Gran Bretaña lo vinculaba con Queen y Robbie Williams. Y el de Finlandia con The Rasmus, la banda de rock gótico que la llevó a tener una colección de libros de Escandinavia, hacer un curso de finés online y viajar a Finlandia. En la columna que sigue cuenta por qué.

Mi fascinación por Finlandia empezó cuando cumplí once años y escuché The Rasmus, una banda de rock gótico considerada una de las más importantes de la historia musical del país. Me llamaba la atención que en cada entrevista que les hacían, los integrantes nombraban con mucho orgullo su origen y fue ahí cuando no dudé en investigar sobre Escandinavia hasta que formé mi propia colección de libros, revistas y folletos finlandeses.

Muchos sólo la conocen por ser la tierra natal de Santa Claus o porque allí se creó el sauna o porque saben que de ahí viene su teléfono Nokia. Pero hay mucho más para explorar en este país escandinavo, un tercio ubicado dentro del Círculo Polar Ártico.

Elegí Finlandia porque el clima y las estaciones no son parecidos a ningún otro lugar. En invierno el sol no sale durante 50 días y en verano brilla durante dos meses, celebrándose la llegada de esta etapa con una tradicional fiesta en la que los finlandeses, caracterizados por su simpatía y amabilidad, bailan y beben vodka sin límites.

No es un país frío y deshabitado como muchos suponen. Bueno, frío sí. Existen intensas heladas donde los lagos congelados, enormes rompehielos y montañas de nieve ocupan las ciudades, pero los veranos son templados, alcanzando máximas de 30 grados, y ahí es cuando los finlandeses disfrutan de un chapuzón en los lagos, aunque también lo hacen bajo cero luego de unos minutos en el sauna, gran tradición.

Finlandia es el país más lacustre del mundo: tiene 190 mil lagos y un 70 por ciento de bosques repletos de abedules y osos. ¿En qué otro lugar podría dar un paseo en trineo con renos, considerados un medio de vida? Como el esquí, utilizado como medio de transporte, además de ser uno de los deportes más comunes.

Antes de viajar conocí la aurora boreal a través de las composiciones de The Rasmus. Es un fenómeno natural que se observa con claridad sólo en el hemisferio norte, y Finlandia es el país más visitado para poder apreciar ese show de luces de colores y rayos solares en elcielo nocturno. Existen iglúes climatizados y con ventanales para poder contemplar esto, pero alquilarlos es muy costoso.

Elegí Finlandia porque, a pesar de ser un Estado con una modernidad avanzada, carece de rascacielos y predominan las estructuras antiguas, como la Catedral de Helsinki y la Catedral ortodoxa Uspenski, la más grande de Europa Occidental, caracterizada por su estilo ruso bizantino, con más de diez cúpulas doradas y ladrillos rojos en el exterior.

“¿Se sale de noche en Finlandia?”, me preguntaron también. Sí, claro que hay vida nocturna. Los pubs se llenan de finlandeses y turistas fanáticos del vodka y la cerveza y, curiosamente, el tango y folclore es uno de sus géneros favoritos a la hora de bailar. Por supuesto, además del rock y heavy metal.

Suomi –así se dice en finés-, único por ser el país más democrático y menos corrupto, por tener la palabra más larga del mundo (lentokonesuihku-turbiinimoottoriapumekaanikkoaliupseerioppilas, que significa una graduación en las fuerzas aéreas finlandesas) y por festejar el día del dormilón el 27 de julio (cuando la última persona de la familia en despertar es lanzada al río).

En mi viaje no vi a The Rasmus en vivo, pero entendí por qué su país está tan presente en su música.


Venecia, 1960

En una tarde de orden de cajones mi mamá encontró esta foto hecha postal, donde está ella con sus padres en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Fue su primer viaje a Europa, en 1960.

Me contó que para el avión la madre le mandó a hacer un vestido con saco al tono. Llevaba ramito de flores en la solapa, tacos altos, medias largas y cartera. Parece que en la nave de Swiss Air había una sala de estar donde se iba a conversar y a fumar y a “conocer gente”. Ahora entiendo por qué hoy, más de cincuenta años después, todavía le parece raro verme subir a un avión en jeans y zapatillas.


Vermeer en el Rijksmuseum

Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

Wislawa Szymborska


Excursiones que duelen


Hace un año estaba en Cracovia. Tres días me alcanzaron para caminar por el casco histórico, disfrutar de la arquitectura gótica y medieval, tomar café en el bar que frecuentaba la poeta Wislawa Szymborska, probar los pieroguis, comprar un dije de ámbar.
El tercer día pensé si visitaría Auschwitz, que está a cuarenta minutos en auto. Por esas semanas leía Maus, la escalofriante novela gráfica, ganadora de un premio Pulitzer, donde el dibujante Art Spiegelman cuenta la historia de su padre, Vladek, un sobreviviente del campo de exterminio.
Las agencias de viaje ofrecían el tour a Auschwitz. Te pasaban a buscar a la mañana por el hotel y te devolvían a la tarde; era barato. En la recepción, el folleto estaba al lado de otros que promocionaban Wieliczka, la antigua mina de sal, y un mercado de artesanías. Auschwitz era otra atracción turística, con precio, duración y tienda de souvenirs.

Me acordé de algunos ejemplos de turismo que duele. La Casa de los Esclavos en la isla de Gorée, en Senegal, donde miles de hombres y mujeres fueron pesados como ganado, castigados con látigo, vendidos, separados de sus familias y embarcados a América; los Campos de la Muerte, en Camboya, que guardan restos de muchos de los dos millones de camboyanos ejecutados por el régimen de Pol Pot a mediados de los 70; el Museo de la Memoria en la Esma en Buenos Aires y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago; el de Montevideo y tantos otros, ¿conocerlos o descartarlos por el malestar que provocan?
Tuve en mi cartera el papel con la oferta del tour a Auschwitz sin decidirme. Cambiar un rato más de la romántica Cracovia por un viaje al horror. Pasar de la experiencia turística placentera a volver a hotel con los ojos hinchados. Anna Baranek, mi guía en la ciudad, me contó que uno de los turistas que llevó hace poco le dijo que hubiera sido mejor no haber ido, que ese lugar es un Disney de la muerte. Conozco judíos que no fueron ni irían porque sus abuelos murieron ahí y la pena es demasiado grande.
Decidí ir. Creo que los museos de la memoria educan, crean conciencia, llaman a la reflexión y son parte de la historia de la ciudad y del país y del mundo. Fui sola, sin tour. Me levanté temprano, atravesé el casco antiguo, salí de la muralla y caminé hasta la estación de ómnibus. O?wi?cim está a menos de una hora de Cracovia. Así se llama el pueblo que los nazis renombraron en alemán Auschwitz y donde situaron una fábrica de muerte. Subí a un bus y enseguida apareció la campiña ondulada y sembrada de trigo. Llegué a eso de las 9 de la mañana. Mientras caminaba hasta el edificio principal sentía frío aunque hacía mucho calor. En el estacionamiento conté 17 micros. El complejo Auschwitz – Birkenau recibe más de un millón de turistas por año. Éramos cinco personas que hablábamos español y fuimos sin tour. Nos asignaron una guía que estuvo con nosotros unas tres horas, eso duró el recorrido por los 28 pabellones de Auschwitz y el vecino campo de 140 hectáreas construido por los prisioneros: Birkenau.

El sitio donde exterminaron más de un millón de personas, incluidos los 65.000 judíos que vivían en Cracovia, se visita desde 1947. Los primeros guías y el primer director fueron prisioneros que se salvaron.Los prisioneros llegaban engañados, en tren. Les hacían creer que trabajarían en el campo. Llegaban, dejaban sus cosas, los desinfectaban, les tatuaban un número en el brazo y les sacaban una foto: de perfil, de frente y con gorro de preso. Hay largos pasillos de fotos. Se ve cómo era la vida en el campo, las sopas inmundas que comían, los castigos y las técnicas de exterminio. Las cámaras de gas, donde en 20 minutos morían dos mil personas. Los hornos, donde los prisioneros tenían que quemar el cuerpo de sus propios compañeros. Hay vitrinas con lentes, maletas, muñecas –en Auschwitz murieron 200.000 niños–, 40.000 pares de zapatos y dos toneladas de pelo.
Me crucé con un anciano con la mirada inundada y en la escalera del segundo pabellón lloraba una chica de veintipocos.
En Birkenau, la vieja estación de tren, las torres de vigilancia, los alambres de púa. Llegaban y eran distribuidos: los enfermos, a morir, y los fuertes, a trabajar. Allí estuvo Anja, la madre de Art Spiegelman, el autor de Maus. Y Vladek se las arreglaba para mandarle comida desde Auschwitz. En enero de 1945 los soviéticos liberaron el campo. Los nazis se habían escapado, quedaban 7000 prisioneros en su mayoría enfermos.

Uno vuelve de Auschwitz destrozado, sin ganas de comer ni ánimo. Con una tristeza profunda por lo que el hombre es capaz de hacerle al hombre. Con una pregunta que taladra los sesos: ¿cómo se pudo llegar a eso? Y con un impulso irrefrenable de libertad.
El turismo que duele recuerda el coraje y el sufrimiento de la muerte injusta y promueve la memoria colectiva y el nunca más. Sólo hubiera preferido que hiciera frío, que nevara y tener las manos y los pies helados. Como el espíritu, bajo cero.

Esta columna fue publicada en el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile.


Cracovia mon amour

En este número de la Revista Lugares escribí y saqué fotos de Cracovia, la antigua capital polaca. Una ciudad con los condimentos necesarios para enamorarse. Mejor viajar con la compañía correcta.


La oscuridad de África

Ils ont partagé Africa, sans nous consulter, sans nous aviser  (Se repartieron  África sin consultarnos, sin avisarnos). Tiken Jah Fakoli.

El mal del sueño (tripanosomiasis humana africana) es una enfermedad transmitida por la picadura de la mosca africana tsé tsé. Inflama el cerebro y entre otros síntomas da mucho, muchísimo sueño. Si no se trata puede ser fatal. Se registra en el África subsahariana o África negra: República Democrática de Congo, Sudán del Sur, Angola y donde transcurre esta película: Camerún.

La enfermedad le sirve de excusa al director Ulrich Köhler para meterse en lo que quedó de África. Adentrarse en un continente que visto desde afuera parece herido de muerte.

En esta película hay una selva densa sin turistas vestidos con pantalones y sombreros de explorador. No es el África de lodges cinco estrellas arriba de un baobab ni la de los safaris donde el que ve a los Big Five se gana un aplauso.

A través de las contradicciones internas de un médico alemán que administra un plan de erradicación del mal del sueño en una aldea donde esta enfermedad ya no representa una amenaza, queda claro lo inútil que puede ser a veces la ayuda humanitaria.

Pero sobre todo, El mal del sueño muestra la voracidad africana que se devora al europeo, sea blanco o negro. La naturaleza salvaje toma una dimensión más que inquietante, monstruosa, imposible de dominar.

El otro día en una reunión mencioné tres países del este africano (Eritrea, Djibuti y Etiopía) y me miraron como si supiera algo. ¡Tres! De los 54 que existen en el continente. Qué poco se sabe de África. Salí del cine con ganas de releer Ébano.

En la película hay oscuridad, metafórica y literal. Estuve dos veces en Zimbawe; la segunda, a fines de 2005 el país atravesaba un caos político y había constantes cortes de luz. Acampé en Vic Falls, donde están las famosas cataratas. Comprar, comer o ir al baño, todo sin luz eléctrica. Y la noche se parecía a una cueva oscura. Dakar tampoco tiene demasiada luz por la noche y después de cierta hora, Adis Abeba es como Blindekuh, el restaurante donde comí a oscuras.

Días antes de ver la peli, me contaron de la nueva guerra de África, que se suma guerras tribales, el hambre y las epidemias. Una guerra más o menos silenciosa por el tantalio, un metal duro (se extrae del coltán) que se usa en medicina (implantes, marcapasos, prótesis) y para capacitores de baterías de celulares, netbooks. También, en la industria aeroespacial. Lo llaman el oro azul porque es carísismo y existen grupos armados que esclavizan a aldeas enteras para extraerlo.

Me acuerdo de esto porque la reserva más grande del mundo de tantalio está en la República Democrática de Congo, donde también existe el mal del sueño. Y porque pensé en la pesadilla que vive África desde hace varios siglos. África, donde empezó todo. Donde empezamos todos.


El fémur que no fue trompeta

Esta mañana nublada recuerdo a un hombre que nunca fotografié. Lo único que me queda es la imagen que guardó mi memoria y que se modifica cada vez que la veo.

Lo encontré en Nepal, en un trekking de quince días en el macizo Annapurna, en el Himalaya.

El tipo tendría unos cuarenta y cinco años. El pelo por los hombros, con canas y una vincha para que no se le resbalara por la cara. Y muletas.

Lo vi el primer día, a 900 metros de altura, luego una tarde a 2500 y cerca del final, a 4900. Trepó cuatro mil metros con muletas y una sola pierna. Lo acompañaba un porteador que le cargaba la mochila.

La primera vez lo saludé y la segunda también. La tercera nos encontramos en una casa que funcionaba como alojamiento donde los huéspedes comíamos juntos alrededor de una mesa redonda con una estufa abajo.

Era noviembre y hacía mucho frío, cuatro o cinco grados bajo cero. Nos sentamos al lado y conversamos mientras devorábamos –las jornadas de ocho horas de caminata dan hambre– probablemente un plato de arroz. En esta zona del oeste de Nepal, los senderos atraviesan terrazas cultivadas de arroz. Igual que cuando se busca, al caminar los pensamientos también circulan rápido.

Varias veces, mientras subía una cuesta interminable me pregunté por el hombre cojo: ¿estaría cumpliendo una promesa? ¿qué le habría pasado? En un momento de esa cena se lo pregunté. Y me contó. Era hippie en los setenta y, como otros viajeros, quería unir tres destinos míticos que empezaban con K: Karachi (Pakistán), Katmandú (Nepal) y Kuta (Bali, Indonesia). Las tres K.

Cuando se fue de Londres ya se drogaba, pero al llegar a Katmandú estaba perdido. Se inyectaba heroína en las venas de los brazos y cuando dejó de encontrarlas pasó a las piernas. Hasta que tuvieron que cortarle una. Me dijo que salvarse la vida le costó una pierna. Y se rió. Estaba haciendo en ese momento lo que no pudo hacer cuando tenía veinte años y era drogadicto.

Las veces que lo crucé en la caminata se lo veía de buen humor, nunca se quejó de las cuestas larguísimas ni del frío.

Cuando la noche del arroz estaba por terminar, antes de que cada uno se levantara para ir a dormir, me dijo que en voz baja que lo que más le molestó de haber perdido la pierna fue que los médicos no le entregaran su fémur. Le hubiera gustado hacer una trompeta.


Habitación nublada

Después de pasar poco más de nueve horas en el aire, me parece tan fuera de contexto una nube encerrada. Como ver salir una bandeja de avión de una canasta de picnic.

La obra es parte de la instalación Nimbus II del artista holandés Berndnaut Smilde y se pudo ver en un hotel de Amsterdam hace unos días. Fue fugaz, como las nubes cuando hay viento y pasan en un abrir y cerrar de ojos.


Por Warschauer Strasse

Berlín tiene alrededor de 1650 puentes. Sí, más que Venecia. El Oberbaumbrücke cruza al distrito de Friedrichschain. De estilo gótico, con ladrillos y dos torres, se construyó a fines de 1800, y durante los años de muro funcionó como paso fronterizo entre dos distritos que estaban separados: Kreuzberg, en el Oeste, y Friedrichshain, en el Este. El puente presenta el nivel de los autos y, un poco más elevada, la línea de U-Bahn corta el ladrillo con el amarillo intenso de sus trenes.
Del otro lado, East Side Gallery es una galería a cielo abierto de casi un kilómetro y medio de Muro de Berlín pintado después de 1989 por 118 artistas de 21 países. En 2009, cuando se cumplieron los 20° años de la caída del muro se restauraron las obras dañadas por el tiempo.

En sus comienzos fue un barrio obrero, pero hoy Friedrischshain es otro sitio trendy de Berlín. Con cafés, restaurantes, tiendas de diseño, bares, clubes, peluquerías cool y galerías de arte. Siempre hay vernissages que llegan a la calle porque los locales son pequeños. Se puede entrar sin pedir permiso ni tener invitación. En la Boxhagener Platz, los domingos funciona un mercado de pulgas y de comida. En los alrededores, negocios de ropa vintage. El día que caminé por el barrio entré en Kankangou: en las ventanas había carteles que promocionaban todo, desde un jeans hasta una campera de plumas, a dos euros (¡6 pesos!). Me mostré sorprendida y un artista berlinés que revolvía un cajón de telas africanas, me contó que era común: “Lo hacen cada tanto, para que podamos sobrevivir al capitalismo alemán”.

En este barrio bohemio está el departamento donde vivía la señora de la película Good Bye Lenin!, esa madre a la que nadie se animaba a contarle que mientras ella estuvo en coma las cosas habían cambiado bastante en Berlín. En la zona, Kaufbar es un bar pequeño, acogedor, con música suave, tortas y tés para la tarde, y cervezas y tartas para la noche, y un detalle: todo lo que está en el lugar, desde los cuadros hasta los sillones y la vajilla, se vende. Y se compra. Por eso, el bar cambia todo el tiempo. Como Berlín.

Por Warschauer Strasse se llega a Frankfurter Tor, dos torres gemelas a manera de puerta presentan la Karl Marx Allee, el monumental boulevard stalinista por donde durante años desfilaron las marchas del Día del Trabajador. El conjunto de arquitectura socialista se construyó en los años 50, en tiempos de la RDA. Hasta 1961, la avenida se llamó Stalinallee, y luego, Karl Marx. En el número 33, el Kino International, inaugurado en 1963, vale una parada para ver la arquitectura exterior y el foyer. En frente, en el Café Moskau, fiestas para bailar. En la entrada, un gran mural de mosaicos muestra la vida cotidiana en un pueblo de la ex URSS. Al final de la avenida, otra símbolo: la torre de Alexander Platz.


Aquí

Antes de salir de viaje

Se llama: espacio.
Es fácil definirlo con esa sola palabra,
mucho más difícil con varias.

¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,
ya que
nada puede escapar de él?
¿Dilatado hasta el infinito?
¿Por que si es finito,
con qué diablos limita?

Vale, vale. Pero ahora duérmete.
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:
tocar objetos que se encuentran cerca,
poner la mirada a la distancia deseada,
escuchar voces al alcance del oído.

Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.
Salida a las 12.40 hora de aquí,
sobrevolando esta madeja de nubes locales
a través de una franja de cielo tenue,
una entre las infinitas.

Wislawa Szymborska

Del libro Aquí, Bartleby Editores.




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