La leyenda del pianista en el océano

“Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos porbres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros.

Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, quer si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.

Con la que Dios bailaría si fuera negro”.

Novecento. La leyenda del pianista en el océano. Alessandro Baricco.


Bregovic, Sábato y la música de los balcanes

En homenaje al maestro, una crónica del emocionante encuentro entre Goran Bregovic y Ernesto Sábato ocurrido hace algunos años en el Teatro Gran Rex, y escrito por la periodista mexicana y amiga de la casa, Cecilia González.

En noviembre de 2004, Goran Bregovic vino a presentar su versión de la ópera Carmen al Gran Rex. Yo fui a verlo con un amigo que quería mucho y con el que compartía el disfrute de las películas de Kusturica, así que ahí estábamos, con toda la ilusión de escuchar en vivo esos acordes tan contradictoriamente alegres y melancólicos que tiene la música de los Balcanes.

En algún momento del concierto, Bregovic hizo una pausa y preguntó si entre el público había alguien que pudiera ser por un rato su traductor del inglés al español porque quería decir algo, y quería que todo mundo lo entendiera. Subió una muchacha, entre tímida y animada. El músico, en medio del respetuoso silencioso del público, empezó a contar que siempre tuvo una conexión especial con Argentina porque cuando hizo el servicio militar en la ex Yugoslavia, en las durísimas condiciones que imponía el régimen comunista, pudo calmar su espíritu leyendo Sobre héroes y tumbas, uno de los pocos libros de literatura que pudo encontrar en la biblioteca del centro especial donde miles de jovencitos se preparaban para futuras guerras. Se lo robó. Fue su único recuerdo de esa época y se convirtió en uno de sus libros favoritos entre los miles que, años después, formaban la biblioteca que pudo armar en su casa de Sarajevo.

Cuando estalló la guerra, a fines de los 90, su casa desapareció bajo los bombardeos, perdió todos sus libros y entró en un fuerte estado de depresión.

La historia era larga. Bregovic abundaba en detalles, pero los que habíamos colmado el Gran Rex escuchábamos atentos y expectantes. El músico bosnio siguió recordando que continuaba muy triste por la guerra, su biblioteca y la vida cuando, en 2001, vino por primera vez a tocar en Buenos Aires. En una de sus idas y venidas del hotel, la recepcionista le dio un sobre cerrado que le habían dejado y que abrió ahí mismo. Era una edición especial de Sobre héroes y tumbas enviada, con dedicatoria personal, por el propio Sábato. Sin conocerlo personalmente ni saber mucho más de su vida, el escritor le agradecía su música porque lo había sacado varias veces de las depresiones que solían aquejarlo, en particular por la muerte de uno de sus hijos.

Mi amigo y yo, y todos, calculo, estábamos muy emocionados. Se había formado un clima muy especial en el teatro. Bregovic decía que esa coincidencia, que sabemos que nunca es tal, le ayudó a superar su propia tristeza. Lo entendió como una señal y dejó de sufrir por su biblioteca; total, siempre podría reconstruirla, pero era más importante reconstruir su propia vida. Todo, gracias al libro de Sábato, al encuentro no programado por ellos. Por primera vez durante su relato, comenzaron a escucharse voces para interrumpirlo. En principio no entendíamos, pero de a poco los gritos comenzaron a hacerse más nítidos.

“He is here”, “he is here”, decían las voces en la oscuridad. Una sombra ahí por la fila 20 comenzó a levantarse, lenta, temblorosa. Era Sábato. Las luces se encendieron de a poco y, cuando finalmente se dio cuenta de lo que pasaba, Bregovic se puso las manos en el corazón e hizo una reverencia. No sabía que, con sus 93 años encima, el escritor había ido a verlo y se mantenía en pie apoyado en Elvira, su novia o secretaria, o las dos cosas. El público los aplaudió durante un largo rato, mientras músico y autor, admiradores mutuos, se encontraban, personalmente, por primera vez, después de haberse acompañado y consolado con sus respectivas obras, en tiempos y espacios lejanos, diferentes.

Fue un momento mágico, muy conmovedor. Para mí fue inevitable pensar, con gratitud, en todas las veces que algún libro, una película o una canción me han acompañado y consolado. Era más que suficiente. Había ido a un concierto y volvía con todo esto. Pero la historia tuvo todavía un apéndice.

Dos semanas después de ver la ópera, fui a cubrir el Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario, ése en el que Fontanarrosa hizo su famosa, graciosa y ya legendaria defensa de las malas palabras. La segunda noche, estaba cenando sola en mi hotel cuando me dí cuenta de que, unas mesas más allá, estaban Sábato y Elvira. Como no quería molestar, arranqué una hoja de mi agenda de Mafalda y le escribí unas palabras, algo así como “Gracias, don Ernesto, por su encuentro con Bregovic”. Me acerqué a la mesa, dejé el papel y les aclaré que no quería interrumpir, que sólo iba a dejarles ese mensaje. “¿Quién sos?”, me preguntó Sábato. “Soy periodista, pero no quiero molestarlo, sólo quería decirle que fui al concierto de Bregovic y que fue muy lindo que usted estuviera y todo lo que pasó”, le dije de corrido.

Elvira, muy amable, me invitó a sentarme con ellos, pero me dio vergüenza y me quedé de pie.

“Me gusta mucho la música balcánica, me pone alegre”, me dijo Sábato con una voz bajita, y luego me preguntó con quién había ido al concierto. “Con un amigo”, sonreí; pícaro, también sonriendo y tomándome la mano, Sábato me preguntó: “¿te gusta?, ¿va a ser tu novio?”. Los tres nos reímos. Al despedirme, Elvira me dio su teléfono para que la llamara por si algún día quería ir a Santos Lugares.

En los años siguientes llamé algunas veces pero nunca pudimos quedar para vernos. A mi amigo lo perdí, por una de esas cosas raras y tristes que pasan en la vida; y no cumplí mi promesa de leer Sobre héroes y tumbas hasta que el año pasado mi amiga Margarita me mandó una crónica sobre Sábato y me acordé de que tenía una cita pendiente con la historia de Alejandra y Martín. La leí, y entonces pude saber, sentir, por qué le había gustado tanto a Bregovic.”


Gonzalo Rojas (1917-2011)

Los Cómplices

Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso no necesita escribirse.


La mirada de 25 mujeres extranjeras

Como se lee en la portada del libro, ellas son 25 mujeres de 16 países tan diversos y distantes como Bolivia, Rusia, Bélgica, Australia, Egipto, Italia, Lituania, Grecia, Holanda, Turquía, Francia, Japón y Estados Unidos.

Todas viven en Argentina. Algunas llegaron con sus familias hace mucho tiempo, otras vinieron hace menos y están solas. Algunas se irán y otras planean quedarse a vivir.

Ellas saben que ya existen muchos libros de fotos sobre Argentina y no les interesa competir con los que se dejan en la mesa ratona. La idea de este libro fue mostrar su mirada que se ve que pasó por distintos estados, desde la sorpresa hasta la ternura pasando quizás por la indignación, la tristeza y alguna carcajada. Sin duda, un país que las estimula. Eso cuentan las fotos y también ellas en breves textos.

Las imágenes no sólo son de Buenos Aires, el libro abre una ventana al Norte y al Sur: los viñedos de Yacochuya, en Salta; el Glaciar Upsala, en Santa Cruz, el Faro Les Éclaireurs, en Ushuaia y otros rincones del país. No faltan las tradiciones, como el tango, el mate, asado y santos populares, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, paneos por las extensas planicies del campo argentino y personajes hermosos, bizarros, coloridos, antiguos, modernos, gente que no sería extraño ver en el teatro o en la televisión, pero están en la calle, sin actuar. Son así y forman parte del paisaje humano de esta ciudad.

El libro fue realizado con fines benéficos, para dos fundaciones que ayudan a mujeres y niños en riesgo.


Lecturas de verano

El verano es una estación triste en la que nada crece. Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena; incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante. La canción de verano es siempre la peor canción del año. El amor de verano es un subgénero del amor, del gran amor que nunca podrá tener lugar en verano. Hablan de lecturas de verano, noches de verano, viajes de verano, bebidas de verano y con ello queda implícito un sutil desprecio. Nuestro amor no está hecho para el verano. Nuestro amor no conoce vacaciones.

(De Escrito en servilletas)

Cuatro amigos. David Trueba, Anagrama.


El mismo idioma

“Continué navegando en aquel barco. El tiempo ya no importaba. Creo que estuve tumbada en el bote durante tres días y tres noches, y sólo remé hacia la orilla algunas veces cuando pasaba por aldeas pequeñas para comprar comida con el dineo que me quedaba. En una de las aldeas había un hombre sentado en una silla de palo en la tienda que parecía vender los alimentos  más baratos, esa tienda que siempre buscaba, con la fachada sucia y el letrero roto. Me miró muy serio,  pero cuando le sonreí me devolvió la sonrisa. Me dijo algo que no entendí. Pero cuando le contesté en mi idioma, en el que ya había empezado a sentirme extraña, se levantó de un salto y me contestó con un grito en el mismo idioma.

- ¡Mi niña! Eres del mismo país que yo, ¿Qué haces aquí, quién eres, adónde vas? [...]”

Tea-Bag, de Henning Mankell, Tusquets.

(En el último post rescaté un recuerdo sobre la confusión que produce no entender. Casualmente, hace un rato me topé con este párrafo que relata la emoción del encuentro entre dos personas que hablan el mismo idioma.)


La mano de Bowles

Tarde de verano, lecturas en voz alta de libros preferidos, una luna sutil que llegó cuando casi era de noche, aplausos, encuentros y la infaltable copa rota, síntesis imperfecta de la presentación del último número de la revista La mujer de mi vida en la terraza de la librería Eterna Cadencia. En la sección Composición Tema escribí este pequeño texto sobre cómo recuerdo la mano de Paul Bowles.

En aquellos años en Tánger, Paul Bowles era un personaje popular. Hacía poco que El cielo protector se había llevado al cine y el escritor gozaba de fama extra. Todo el mundo hablaba de él como si fuera su vecino. Pero como dice un amigo, todo el mundo nunca es todo el mundo. Y la mañana que me propuse encontrar su casa casi no llego.

Es cerca de la embajada de Estados Unidos, me había dicho un librero. Caminé por avenidas anchas, de casonas coloniales y palmeras flacas. En esa zona, Tánger sólo se parecía a Marruecos en el calor.

Vive en un edificio viejo, al lado de un almacén, me había dicho un lustrabotas. Pero en cuatro horas no crucé ni uno. De repente apareció un negocio, entrada diminuta, interior sombrío. Era un almacén. Le pregunté al árabe si por ahí vivía un tal Paul Bowles. “Acá arriba”, respondió aburrido y dio un sorbo a su thé à la menthe sin mirarme dos veces.

Toqué el timbre, si no recuerdo mal, el 4 “C”. Abrió un hombre joven, fuerte, de pestañas enruladas. Le dije: “No tengo cita, quiero conocerlo, soy argentina”. Sonrió –juraría que estuvo a punto de nombrar a Maradona, quizás hasta pensó en La mano de Dios– y me cerró la puerta en la cara. Volvió a los cinco minutos. Que sí, que pasara.

Bowles salió en bata de toalla. Con 86 años y un pañuelo en el cuello de color salmón. Me tendió la mano. De piel fina como si estuviera hecha de masa filo. Dedos largos. Temperatura, tibia. Al tacto, frágil. Me imaginé que debajo de las montañas de la palma había una capa de Sahara, otra de fiestas internacionales, una de tinta, otra de música. Sentí que apretaba la mano de un beduino, aunque la suya fuera blanca y tuviese pasaporte gringo. De ser gitana, se la hubiera leído gratis.

Recuerdo poco de las dos horas que hablamos. La mano de Bowles, sin embargo, aparece en mi memoria más que la de mi abuela.


Alexia, princesa viajera

Del libro Todas somos princesas, Editorial Kumquat.


El turista y el impresionista

El Turista. Es un visitante apresurado que prefiere los monumentos a los seres humanos. Anda apresurado, no sólo porque el hombre moderno así anda, en general,sino también porque la visita forma parte de sus vacaciones, y no de su vida profesional. Sus desplazamientos al exterior están encerrados en sus asuetos pagados. La rapidez del viajees ya una razón de su preferencia por lo inanimado con respecto a lo animado: el conocimiento de las costumbres humanas, decía Chateubriand, requiere de tiempo.

El impresionista. Es un turista perfeccionado: para empezar, tiene muchísimo más tiempo que el vacacionista. Luego, extiende su horizonte hasta los seres humanos; y finalmente, se leva a su casa ya no simples clichés fotográficos o verbales, sino digamos esbozos, pintados o escritos. No obstante, tiene en común con el turista el permanecer únicamente como sujeto de la experiencia. ¿Por qué se va? Tal vez, como Pierre Loti, porque ya no logra sentir la vida en su tierra, y el cuadro extranjero le permite volver a encontrar el gusto por ella: “Es preciso sazonar siempre, lo mejor que se pueda, la comida tan sosa de la vida”.

Algunas de las categorías definidas por Tzvetan Todorov en el libro Nosotros y los otros, Siglo XXI.


Elogio de la sombra, por Junichiro Tanizaki

“Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han
experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras que los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal.

Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo.

En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.

En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.”

Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki.

Foto: Yumi Kori, House of shadows.




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