El camino de los sueños
Me gusta observar aves. No tanto por espiar sus costumbres y dibujarlas con lápiz en libretas de campo, como seguramente hacen muchos de los 48 millones de observadores de aves que existen en el mundo.
Lo que más me motiva es la sorpresa del descubrimiento. El instante en el que la veo inmóvil en una rama o en vuelo hacia la copa de un árbol.
Hace un par de semanas regresé de Bonito, una región en el estado brasileño de Mato Grosso do Sul que vive del ecoturismo.
Hay tantos paseos y excursiones que es difícil decidir cuál hacer. En eso estaba, preguntando, marcando y tachando paseos cuando una guía, hija de guía y prima de guía y amiga de guía, me dijo: “No dejes de ir al Buraco das Araras”. Tomando en cuenta su linaje, seguí la indicación.
El Buraco das Araras es primero que nada eso, un buraco, agujero en portugués, donde hay papagayos (araras). En este caso son araras vermelhos, como los de la foto.
El buraco es un pozo enorme de cien metros de profundidad, que se abre en medio de la vegetación. Hace menos de treinta años varias familias de papagayos que vivían entre las paredes rojizas. Pero después, poco a poco, el buraco se fue convirtiendo en un basural. Se tiraban fierros, algún auto que no servía. Como era un sitio bastante retirado del pueblo más cercano, hasta se usó para guardar cadáveres resultantes de peleas y duelos. Merodeaban los cazadores, al parecer no sólo de aves. Por las dudas, los papagayos huyeron. Y el buraco quedó abandonado por más de diez años.
Con el envión del ecoturismo, el lugar se revalorizó y transformó 29 de sus 100 hectáreas en una Reserva Privada del Patrimonio Natural. Los nuevos propietarios de la fazenda, con la colaboración del Ejército y los Bomberos, limpiaron el basural, la vegetación volvió a crecer y, lentamente, las aves recuperaron la confianza y regresaron. Desde hace un tiempo el Buraco das Araras forma parte de un nuevo circuito por seis campos para observar aves en el área de Serra da Bodoquena, donde hay más de 450 especies.
Las estrellas de este lugar son las 40 parejas de araras vermelhas que tienen sus nidos en los acantilados rojizos de piedra arenisca. Pero también vale estar atento a otras aves, en el lugar hay 127 especies.
Bergson Sampaio, el que mira por el visor en la foto, es uno de los guías que acompaña a los turistas por la senda de un kilómetro que lleva a los miradores. El tipo es el que abre la tranquera de la fazenda, todos los días a las 5 de la mañana. En sus caminatas tempranas ha visto no sólo araras y otras aves, también cobras y un hermoso lobo guará, que no puede olvidar. Es un fanático de los animales y especialmente de las familias de araras que viven en la fazenda, como él.
Mientras regresábamos por el sendero, justo antes de ver una pareja de tucanes y dos colibríes, Bergson me contó que hace unos meses empezó a trabajar en una suerte de documento de identidad para cada papagayo, sacándole una foto de la cara, donde el ave tiene la marca que las distingue.
En el camino de vuelta, además de pájaros, nos cruzamos con varios turistas que llegaban desde lejos a ver las aves en su hábitat natural. Como varias estancias o fazendas de la región de Bonito, hasta hace no mucho tiempo ésta vivía del ganado. Hoy vive del ecoturismo, particularmente del birding, como suele llamar a la observación de aves. La entrada que incluye una caminata con guía a dos miradores cuesta 13 dólares; el día completo, 35.
Octubre es el mes mundial de las aves y una buena época para iniciarse en esta actividad, que suma esta nueva ruta donde se pueden observar cardenales, búhos, varias especies de garzas, cuervos rey, distintas especies de martín pescador y carpinteros y el elegantísimo gavilán real, entre otras coloridas, pequeñas, escurridizas, cantoras.
Descubrirlas se parece a encontrar un íntimo botín, creo que por eso me gusta. Cada ecosistema tiena sus propias aves y en el cerrado, el que predomina en la Serra da Bodoquena se ven ejemplares azules, rojos, anaranjados como una papaya, de inspiración tropical.
Pero para empezar no hace falta irse tan lejos. Basta caminar hasta la plaza más cercana, sentarse en un banco, hacer silencio y esperar.

Alcatraz, el Golden Gate, el SFMOMA, los tranvías, la Marina, algunos barrios como Mission o Castro, los parques y… la niebla. Aunque no esté dentro de las visitas planificadas, en San Francisco la niebla o fog, en inglés, siempre aparece a saludar. Se lleva por delante lo que tenga enfrente. Incluso el Golden Gate, que está detrás de la nieba en la primera foto. A mí no me pasó, pero dicen algunos que en una época la niebla se vendía en frasquitos. Y después de leer que vendían las cenizas del volcán Chaitén como el último souvenir podría creerlo.

Julio, agosto y septiembre son meses de fog. Pero también se descuelga en otros meses. Suele aparecer a media tarde, no importa si es un día soleado y diáfano, la niebla entra desde el Pacífico y se avanza como un brazo largo hacia la ciudad. Al llegar baja, se escurre por los parques y por las calles empinadas y da vuelta las esquinas y desparrama humedad. Algunas noches la ciudad se parece a las noches preferidas de Jack El Destripador en Londres.

Me contaron que durante muchos años, en las noches de niebla sonaban las sirenas (fog horns) y ayudaban a los barcos a encontrar su rumbo para entrar en la bahía. Después, con los modernos instrumentos de navegación ya no fueron necesarias las siernas y un día las quitaron. Pero los habitantes las extrañaban. Se habían acostumbrado a quedarse dormidos con ese sonido, parecido al de un tren lejano. Entonces, se organizaron, hicieron un un pedido y al poco tiempo volvieron dormir con el rugido de las sirenas. Nunca confirmé esta versión, pero me gustó el cuento.
Luis Ini es un periodista argentino que vive hace algunos años en Madrid.
Antes vivió en Las Palmas de Gran Canaria y antes de eso en Buenos Aires, pero el 11 de septiembre de 2001 estaba en Miami, y una semana después en Nueva York.
A continuación, dos recuerdos suyos sobre aquellos días turbulentos, días en los que todos recordamos dónde estábamos y qué hacíamos.
“El martes 11, por la mañana, estaba en Miami, visitando a un amigo que no veía hacía mucho. Nos subimos a su coche y fuimos para una tienda que él tenía en las afueras. “Pero antes -me dice-, tenemos que pasar a buscar a mi empleada”. Resultó ser la hermana de un famosísimo, e insuperable ex futbolista que hoy dirige una selección que antes, en algún momento, estuvo entre las mejores del mundo.
La chica, callada, se subió al asiento de atrás del coche. Callada estuvo durante el trayecto, unos veinte minutos en el que mi amigo y yo nos pusimos al día con nuestras respectivas vidas. Callada entró junto con nosotros al local, en el mismo instante en que sonaba el teléfono.
Era uno de los hermanos de mi amigo que llamaba desde Buenos Aires. “¿Qué? –oigo que le dice- ¿que un avión chocó contra una de las Torres Gemelas? ¿Y que después otro chocó contra la otra?”
A medida que lo escuchaba, mi sorpresa y consternación iban en aumento, pero de un modo incomparable cuando la silenciosa empleada suelta: “Ah, sí, antes de salir de mi casa lo estaba viendo por la tele”.
***
Llegué a Nueva York justo una semana después
del 11-S. Mientras el avión se aproximaba a Manhattan, los pasajeros llenamos nuestra memoria con una imagen que apretaba el corazón. Allí, donde alguna vez hubo dos edificios considerados en su momento los más altos del mundo, estaba la fragua de una maciza, inmensa nube de humo.
Ese mismo día, después de dejar las valijas, fui con dos amigas al ground zero. El gentío era considerable; la congoja, un secreto compartido.
Había algunos que portaban barbijo, recuerdo de la tromba de polvillo no se iba de los barrios cercanos. Bastaba mirar los alfeizares de vidrieras y ventanas, para ver los restos, y, aunque parezca morboso, era inevitable pensar que no eran sólo del edificio, de su estructura o del mobiliario, volatilizados por el derrumbe.
En algunas esquinas de las inmediaciones había zapatos apilados, que algunas manos, al verlos desperdigados, espontáneamente habían ido acumulando en un mismo lugar. También espontáneos eran unos pequeños altares alzados en distintos puntos de la ciudad, con mensajes de solidaridad con víctimas y familias, velas, y fotos. La gente se paraba a mirar, a leer esos mensajes, a escribir los suyos, o simplemente se quedaba en silencio, como una muestra de respeto.
El año anterior había estado en la ciudad por primera vez, y me había fascinado la vitalidad. Otro era el ambiente ahora, claro, sin embargo, también se respiraba orgullo. Eso era fácil de descubrir por la gran cantidad de banderas nacionales, de todos los tamaños, que flameaban en cada esquina.
Tal vez el mejor símbolo de ese orgullo fueran las luces rojas, azules y blancas que coronaban el Empire State Building, edificio que otra vez, pero seguramente sin la misma jactancia, volvía a ser el más alto de la ciudad.
Desde que conocí a Gustavo G. en el vuelo de San Francisco al DF, el árbol de toronjas cobró un nuevo sentido para mí. Ya no será solamente un árbol que da toronjas o pomelos rosados como les decimos en Argentina, sino un escondite frondoso que le cambió la vida a él a los otros tres que se hicieron los muertos en el desierto profundo de Arizona.
Hasta creo que no podré volver a escuchar la palabra toronja sin que se me aparezca la imagen de su cuerpo casi sin respirar y los perros de la migra abajo, registrando, oliendo y mostrando los colmillos. Cuando un camarero me pregunte en algún desayuno de hotel, “¿jugo de naranja o de toronja?” no podré evitar el recuerdo de Gustavo G.
Parece más grande, pero Gustavo G. tiene 24 años, cuerpo de luchador, aretes en las dos orejas, cabeza rapada, lentes de contacto azules y nervios. Se lo ve nervioso y todavía no sé por qué. Va sentado del lado de la ventanilla. Enseguida nos ponemos a conversar. Es simpático, cuenta chistes, como un precalentamiento para contar lo que viene después, que no tiene nada de broma y tiene todo de drama y suspenso.
Antes de que la azafata de Volaris pase convidando un snack con chile y limón, ya había escuchado su historia. Hace seis años Gustavo G. se fue de su pueblo Ixtapan de la Sal rumbo al Norte, ese Norte que todavía genera fantasías de una vida mejor entre muchos mexicanos.
Cruzó caminando, con otras treinta personas. Descansaron alrededor del árbol de toronjas cuando de repente se apareció la migra, con helicópteros, agentes armados y perros. Gustavo G. y otros tres se treparon al árbol de toronjas. El se movía en su rama y pronto iba a hacer caer algunas hojas. Entonces, un migrante más viejo le dijo desde la rama de al lado: “Cálmate y duérmete”. Hoy, seis años más tarde, no sabe si se durmió pero cree que sí, porque cuando bajó ya era de noche y tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. La migra ya no estaba, tampoco el resto de los migrantes. Quedaban sólo ellos cuatro y el desierto inmenso y oscuro. “Hacía tanto frío que nos abrazábamos entre los cuatro para producir calor”, me dijo Gustavo G, que por aquella época tenía 18 años.
Estuvieron perdidos cuatro días y tres noches. “Caminábamos de fil en fil, tratábamos de ubicarnos por el sol pero era muy difícil“. Gustavo G. habla con términos en spanglish y al rato entiendo que fil es field o campo. Cruzaron los campos y comieron toronjas durante tres días hasta que un hombre que vivía por ahí los metió en su ven (van) y después los llevó en su casa, a riesgo de ser deportado. No fue por generoso. Cuando los cuatro migrantes llegaran a sus destinos, alguien le pagaría al coyote. Y el nuevo coyote fue este hombre que vivía en el fil y que tenía una ven.
El lo raiteó (le dio un raid) hasta Manteca, donde se encontró con su tío y donde empezó una nueva vida. Gustavo G. siente que después del árbol de toronjas volvió a nacer. Por eso esta noche viaja con una polera con un águila. Me cuenta que vio un video que cuenta una historia con la que él se siente identificado. Es la historia del águila que en un momento de su vida tiene que tomar una decisión: renovarse para seguir viviendo. Entonces, sube a lo más alto de una montaña y se arranca las uñas, el pico y las plumas que lleva desde su nacimiento y ya no le sirven. Después de ese proceso espera cinco meses y sale en su vuelo de renovación.
Gustavo G. no tiene tatuajes pero si se hiciera uno sería un águila con cinco corazones, que son los integrantes de su familia. Es la primera vez en su vida que viaja en avión. Aunque después de su viaje extremo por el desierto, esto le parecerá una babosada, como le dicen en México a las tonterías. Se extraña en el despegue, no entiende que el avión tarde tanto en enderezarse: “Está padrote esto, pero ¿no me habré subido a un cohete?, ¿cuándo deja de subir? ¿hasta dónde vamos a llegar?” Cuando vuelve del baño me dice, sorprendido: “No entiendo cómo alguien puede tener fantasías sexuales en el baño de un avión, ¡yo apenas entro!”
Al bajar del avión Gustavo G. se encuentra con sus padres y hermanos que lo esperan ansiosos en la madrugada nublada del DF. Primero lo abraza la madre, la mujer que se ve radiante en la foto. No puede soltarlo ni dejar de mirarlo. Sigue el padre y luego, uno a uno, cada hermano. Se miran, se reconocen, se huelen. Es un encuentro animal.
El hijo que un día, hace mucho, se fue al Norte vuelve exitoso, con regalos para todos y dinero para montar un negocio. “Soy el junior, si a mi padre le pasa algo yo ocuparé su lugar”, declara orgulloso. El DF apenas se despierta y la familia reunida sube al auto y se aleja por la carretera hacia Ixtapan de la Sal. Llevan a bordo a un sobreviviente. No estuvo en un campo de concentración, pero a los 18 años se fue a Estados Unidos. Caminando.
Y en el desierto, donde otros migrantes encuentran la muerte, Gustavo G. encontró un árbol de toronjas que le dio una vida nueva.



Se llama Fernando. Lleva alrededor de 200 globos y pelotas. Los vende entre 2 y 5 dólares en el Jardín de Querétaro. El sábado de vacaciones “por la tarde” es su mejor día.
Cada vez parece más fácil encontrar a alguien que hable español, después del chino mandarín, el segundo idioma más hablado del mundo. Eso prueba esta anécdota de Julio Antonio Mancinelli, un alumno de mi curso de Periodismo Turístico que desde hace un tiempo se dedica a vender publicidad para un programa de turismo en la televisión de Río Cuarto, Córdoba, donde vive. Julio también viaja y disfruta de contar anécdotas. Esta es su historia.
El motivo de mi viaje era encontrarme con mi prima Mary, que vive en Frankfurt am Main. Antes de mi partida me avisó que no podría ir a buscarme al aeropuerto. Por eso, esta tarde estoy solo en este enorme aeropuerto alemán. Según me dijo, me esperaría en la estación de metro de su barrio.
Llegue vía Lufthansa a Frankfurt, donde estoy ahora. Tengo mi pasaporte en la mano y un bolso en la otra. Así me presento a la sonriente funcionaria, saludando en español. Ella me responde que no habla spanish y me pregunta si yo hablo inglés. Más o menos, le hago señas con la mano. Y le pregunto en un correcto italiano si podemos comunicarnos en esa lengua. Me hace señas con la cabeza: no habla italiano. ¿Ingles, francés o alemán? Me dice con una sonrisa bellísima y grandes ojos azules. Me animo al ingles y la verdad es que me sale pésimo. Pero la amabilidad de la funcionaria me tranquiliza y nos entendemos. Me habla pronunciando lentamente las palabras y hasta me cuenta que se llama Alina. Recuerdo ese nombre por dos motivos: porque ella fue mi primer contacto con una alemana y también porque asocié su nombre al ala de un avión.
El aeropuerto es enorme. Está muy bien señalizado, muy bien iluminado y es muy limpio. Ese aeropuerto es una de las mas importantes plataformas de las comunicaciones aéreas internacionales en Europa. Uno se podría pasar un día mirando sus instalaciones. Una vez que tengo mi equipaje, cambio dinero en una casa de cambio. Veo tiendas de ropa, souvenirs, kioscos de libros y diarios, golosinas, y unos barcitos para tomar un café. Ahí me siento y pido un café mientras miro el mapa del aeropuerto, me ubico y me siento en condiciones de lanzarme a la aventura de llegar a la ciudad.
Cuando termino, viajo en un trencito robot que anda solo entre las terminales hasta llegar a la puerta de salida. Ahora tengo tres opciones: taxi (muy caro), bus o tren. Como mi prima me espera en la estación de metro, decido tomarme el tren. Pero no es un tren, sino dos. El primero desde el aeropuerto hasta la estación central en Frankfurt. Desde allí otro que me llevaría a la estación Hauptwache.
Mi prima Mary me había dicho que tuviera en cuenta el horario de los trenes porque son muy puntuales. Entonces me apuro. Bajo por la escalera mecánica y espero el tren. Cuando me subo no lo puedo creer, posiblemente porque vengo de Argentina. Aquí los trenes tienen calefacción y los asientos limpios y sin roturas.
Llego a la estación central, la Bahnhof, y allí a paso rápido porque se me hizo muy tarde. Veo varios andenes, muchos andenes. Por lo que me describió Mary, debía estar cerca del que yo tenía que hacer la combinación con el otro tren. Miro la hora en el reloj enorme que está en columna. Y de repente, me pongo nervioso. No me puse nervioso con las turbulencias del viaje, pero ahora me siento muy nervioso. No me da tiempo para la próxima salida, no sé qué tren debo tomar. Trato de preguntar a otros pasajeros pero mi inglés tartamudea y nadie me entiende. Mi maldito equipaje pesa y no puedo dejarlo solo para ir a la oficina de informes que no sé dónde queda. Y todo el tiempo la frase de Mary retumba en mi cabeza: “Mirá que los trenes son muy puntuales”.
Miro nuevamente la hora y veo la realidad: estoy perdido. Perdido entre gente que no me entiende ni yo la entiendo. Hablo con uno, con otro y nada. Maldito sea, nada. El taxi me costará un montón de euros, pienso. Yo traigo suficientes euros para estar aquí unas semanas hasta que encuentre trabajo, porque a eso voy a Frankfurt am Main. Por eso no me los puedo gastar en un taxi. Entonces, en medio de la desesperación se me ocurre una idea. Y sin meditarlo, comienzo a caminar y mientras camino digo en voz alta, casi gritando: ¿Alguien habla español? Y lo repito: ¿Alguien habla español?
Enseguida se levanta un muchacho. ¡Yo hablo español!, me dice. Era un alemán hijo de inmigrantes españoles. Me acompaña al anden justo a tiempo para tomar el tren hacia la estación donde me esperaba Mary. El alemán de corazón español se llama Hans. Con el tiempo lo volví a encontrar porque volví muchas veces al aeropuerto, ya no para viajar sino para trabajar ahí.
Cada tanto, tiro todo. Pero mientras tanto, cuando viajo me gusta guardar la entrada al museo, el ticket de metro, la boleta del restaurante, una hoja amarilla si es otoño, algún folleto, mapas, tarjetas o papelitos con direcciones de gente que voy conociendo en el camino y, claro, el boarding pass.
Me temo que esto último ya no será posible. El Web check-in da tiempo, pero quita recuerdos. Y eso del tiempo, ejem, ya no es tan notorio. Hace seis meses, el Web check-in no tenía fila. Hace dos días, cuando me embarqué a Santiago de Chile, tenía la misma cantidad de pasajeros que el check-in tradicional. Presenté una impresión del check-in electrónico, pero se la quedaron en el último control, antes de subir al avión.
Algunos dirán que los recuerdos no necesitan el cartón del boarding ni ese papelito viejo y doblado que uno encuentra cuando hace orden, de vez en cuando. Yo creo que si. Creo que ese papelito viejo y doblado y encontrado al azar, dispara recuerdos de viaje, los trae un rato a la superficie, inaugura una corriente de aire lejano y conocido.
Lo mismo pasaba con las cajas de fotos viejas. Mirarlas cada tanto era una fiesta. Desde hace un tiempo, las fotos son digitales y rara vez se imprimen. Entonces, uno siempre mira las mismas cajas viejas. Y parece que llegara siempre a la misma fiesta.
La nueva levedad de los recuerdos me resulta insorpotable. Por eso decidí que desde hoy voy a guardar el ticket del equipaje. Aunque se destiña con el tiempo, aunque ocupe lugar. No quiero perder mi archivo caprichoso de los viajes.
En los últimos viajes en avión usé medias viejas, pero en los próximos probaré con unas rotas. Los aviones se parecen cada vez más a un ómnibus lleno y los baños no llegan a destino en las mejores condiciones.
Hace un par de días aterricé en París y como tenía un vuelo en conexión me topé nuevamente con controles estrictos y malhumorados. Esta vez me tocó sacarme el cinturón, las zapatillas y caminar por un pasillo que será del primer mundo, si, pero se parecía bastante al baño del avión.
Entonces, desde mañana, voy a separar las medias con agujero a la vista en una bolsita que diga: medias espantacontroles o medias para volar, algo así. Después del viaje, claro, chau medias.
Ultimamente, me ha tocado volar en aviones con cámara que muestra el despegue y el aterrizaje ¡en vivo! Si bien no me da miedo volar, todo lo contrario, me gusta, hace poco me tocó sentarme frente a la pantalla que mostraba el descenso y la llegada y… uff creo que hubiera preferido sentarme más atrás. La pista de aterrizaje cada vez más cerca, más cerca. Hasta casi la tuve en la nariz. Más o menos como se ve en este video casero.