Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.


Los hipopótamos de Pablo Escobar

Adentro de de esa jaula que el helicóptero de la fuerza aérea colombiana depositó en la tierra hay un hipopótamo dormido que se llama Napolitano. Aclaro el nombre porque tiene que ver con la historia. Y la historia tiene que ver con Pablo Escobar, el capo narco muerto en el 93 en Medellín.

Se sabe: don Pablo tenía gustos excéntricos. Como a otros narcos y millonarios coleccionaba animales exóticos en la Hacienda Nápoles, (por si alguien no lo pescó, de ahí el nombre del hipopótamo) su finca a 165 kilómetros de Medellín, del interior de Antioquia, un lugar de clima caliente y vegetación tropical.

A pesar de ser asesino, el tipo tenía una veta generosa y, además de repartir montañas de dinero entre los pobres, dejaba que los colombianos recorrieran gratis su Zoo privado que llegó a tener 1500 animales.

Dicen que una vez la policía obligó a un avión de Escobar a aterrizar pensando que estaba lleno de droga. Cuando se abrieron las puertas, la nave estaba llena… de animales. La ley los mandó a un zoológico, pero don Pablo sobornó al cuidador pagándole el sueldo de ¡cinco años! y así recuperó los animales.

Cuando la policía mató al capo, mucha gente saqueó la finca en busca de dinero y armas escondidas. Destruyeron la mansión que en algún momento fue lujosa y tuvo 20 habitaciones. No encontraron nada y la Hacienda Nápoles entró en un largo período de abandono. Los animales fueron a parar a diferentes zoológicos, pero de los hipopotámos nadie se acordó.

Olvidados en lagos interiores, se reprodujeron. Ya no hay una pareja como en los primeros años, hoy son alrededor de treinta. Muchos se escaparon de la finca y comenzaron a cruzar los campos antioqueños: arrasaron cultivos y amedrentaron a pescadores y campesinos. El enorme mamífero africano, pariente lejano de las ballenas, es uno de los animales más pesados y agresivos del mundo. Puede ser muy peligroso si está suelto.

Hace dos años, Pepe, mascota de Escobar, y su pareja Matilda huyeron del parque. Al parecer se fueron con la cola entre las patas porque Pepe resultó el macho derrotado en una lucha territorial. En la huída nació Hip. Los tres hipopótamos vivieron en la clandestinidad hasta que el ejército los atrapó y mató a Pepe de cuatro balazos. El hecho de violencia contra el animal provocó la furia de los ecologistas, animó la formación de un grupo de defensa de los hipopótamos colombianos con página en Facebook y desató una polémica en el país.

¿Qué se debería hacer con los hipopótamos de Pablo? Hasta se pensó en devolverlos a África. Entonces, vinieron expertos a recorrer el lugar y llegaron a la conclusión de que el hábitat es perfecto, incluso tienen más agua en Antioquia que en muchos países africanos.

La polémica fue larga, pero la decisión se hizo efectiva hoy. La trajo el helicóptero. Después de buscarlo durante 15 días los veterinarios del parque lo encontraron y durmieron con un dardo tranquilizante. Mañana por la mañana, Napolitano estará otra vez chapoteando en el lago, castrado eso sí.

La historia es fantástica, y ya tiene su documental, Pablos Hippos, estrenado este año en el Festival de Cartagena. Y la antigua finca abandonada se ha convertido en un parque temático inspirado en los de Miami. Hay dinosaurios de latón, cebras, flamencos, juegos de agua. Y muchos hipopótamos que más temprano que tarde serán castrados. No quise preguntarlo, pero al final lo hice, y sí, los veterinarios y el equipo que trabajó en la captura del hipopótamo probó las criadillas asadas. (Más sobre esta historia, en la revista Lugares de este mes).


Tributo al mono

Así lo vi cuando sobrevolé las Líneas de Nazca, algunos meses atrás. Nítido, gracioso, con nueve dedos y la cola espiralada, la misma que inspiró a los creativos de Futurebrand para el reciente diseño de la marca país de Perú. Así lo vi, en medio del desierto, lejos de los árboles y cerca de un colibrí gigante.


El Metrocable de Medellín

El Metrocable es un moderno medio de transporte de Medellín, pero sobre todo es un símbolo de la nueva época de la segunda ciudad más importante de Colombia.

Un tiempo en el que es conocida por la Semana de la Moda, el Festival de Tango, las flores, las novedades arquitectónicas, el café, Botero o el Metrocable. Un tiempo en el que los violentos ochenta y noventa, cuando  era peligroso tan sólo asomarse a la calle, son un mal recuerdo.

El Metrocable es parte de la red de metro y sobrevuela los cerros. Como los medios de elevación que se usan en los centros de esquí. Sólo que sobre estos cerros no hay nieve, sino casas precarias de ladrillo y gente. Además, el Metrocable funciona todos los días, iba a decir no sólo en invierno, pero Medellín no tiene invierno y verano. Como dicen por aquí, siempre es primavera en esta ciudad.

Por ahora tiene tres líneas -J, K y L- que recorren entre tres y cinco kilómetros cada una e integran sectores alejados y pobres de la ciudad. Cerca de algunas estaciones hay bibliotecas, como la del Parque España.

Si bien el Metrocable no nació con un fin turístico, siempre hay viajeros en las góndolas. Cuando viaje conocí a los argentinos que cantaban tango y también a una lituana que ya había visitado las tres líneas y el parque. La línea L llega al Corregimiento de Santa Elena y termina en el Parque Regional Ecoturístico Arví, un área verde de 16.000 hectáreas con varios senderos para recorrer de distinta duración y dificultad. La visita se hace con guía y se pueden ver desde colibríes y escarabajos hasta orquídeas lechuzas, mariposas, gavilanes y más.

Para regresar a la ciudad, el Metrocable es la mejor opción… a menos que en la góndola viaje una señora como doña Gloria, una mujer se subió a pesar de tenerle pánico a las alturas y se pasó media hora gritando palabrotas cada vez que sentía un mínimo movimiento o miraba hacia abajo.

Si se toma con humor puede ser divertido tenerla como compañera, aunque más de uno habrá sentido deseos de bajarse. Todo un escándalo la señora, pero después de las miles de visitas de su video en Youtube, doña Gloria, la llorona del Metrocable, ya encontró trabajo en la radio.


Otras conexiones

Anuncio de pocas pulgas preside la entrada a la Iglesia Catedral de Chiclayo, Capital de la Amistad, Perú.


A propósito de los viajes al espacio

Cada vez que leo una noticia relacionada con los viajes espaciales me acuerdo de una historia mínima que le pasó a una amiga cercana.

En estos días volvió el tema. Virgin Galactic está en su fase de pruebas. Vi un video sobre el despegue exitoso de una nave que a fines de 2011 llevaría los primeros turistas al espacio. Entonces, una vez más, lo recordé.

Resulta que mi amiga tenía un novio que escribía para revistas de viajes de varios países. Un tarde de noviembre, hace unos dos años, ellos caminaban por una playa del Pacífico. Iban de la mano. El sol, naranja como una mandarina, estaba a punto de entrar en el mar. La brisa salada los acompañaba, la playa casi vacía.

Se sentaron un momento en la arena húmeda, entonces él se lo dijo: “Me preguntaron si me puedo ir al espacio”.

Absorta en el atardecer, ella tardó en procesar la frase que todavía rebotaba en el aire. Hasta que reaccionó:

-¿Qué? ¿Adónde? ¿Cómo?
-Eso. Una revista colombiana quiere que empiece a escribir columnas en las que me vaya preparando para el gran momento. Ellos van a conseguir un viaje y quieren que yo vaya… al espacio.
-¿Espacio? Más despacio, por favor
-Es-pa-cio.

No le habían explicado demasiado, ni siquiera los editores que se lo preguntaron sabrían mucho. Pero tenía que dar una respuesta: ¿Podía o no podía ser un candidato para irse al espacio?

Hablaron un rato del tema. Mientras él le contaba lo que sabía de los viajes al espacio, ella se imaginaba a Ménem en esa famosa inauguración de un ciclo lectivo en Salta: “…Esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera..”. Pensó en V Invasión extraterrestre, en George Lucas y en su chico vestido de astronauta, durmiendo en una remota estación espacial. No dijo mucho, pero incluso el atardecer le pareció insignificante comparado con el esapacio.

El día siguió, hablaron de trivialidades, cenaron, pero cada uno, en lo profundo de su ser, pensaba en el espacio. Tarde,  ya en la cama, haciendo cucharita, ella lo abrazó muy fuerte y le susurró al oído: “No te vayas al espacio”. El también la abrazó y le respondió: “Pídemelo otra vez”.

***

Tiempo después, mi amiga se separó de su novio. Los viajes al espacio no tuvieron nada que ver. Finalmente, él no salió de la atmósfera ni remontó la estratósfera. Quizás algún día lo haga. Quizás ese día le mande un mensajito desde su Blackberry. Seguramente se reirán de este recuerdo mínimo.


Los gendarmes perdidos

Otra cortita de Ángel, el chofer patagónico. La escuché también de noche, en viaje por una ruta de ripio, mientras las liebres encandiladas por la luz de la camioneta cruzaban desesperadas a uno y otro lado del camino. La mayoría se salvó la vida, algunas, las más pequeñas, no.

Quizás porque me ve angustiada por las liebres, Ángel me pregunta si conozco la historia de los gendarmes. Le respondo que no y empieza el cuento. Dice que en una ruta del sur de Santa Cruz hay unos gendarmes que una vez, hace muchos años, ponéle treinta, salieron a recorrer y se perdieron en la estepa. Nunca regresaron al sitio donde estaban destinados.

Desde esa época están perdidos y hacen dedo en las rutas de la provincia. Lo escuchaba atenta, mientras pensaba ya llega el remate. Pero no. Ya era de noche, una noche sin luna.

Así como hoy estaba la noche, oscura, muy oscura, yo manejaba y veo que adelante hay dos gendarmes haciendo dedo, dice Ángel. Paró. Se subieron atrás, y hablaban entre ellos. Eran jóvenes, tenían la edad de cuando se perdieron. Ángel iba concentrado en la ruta y no conversaba con ellos. En un momento, se dio vuelta para pedirles que le indicaran dónde se bajaban. Y qué creen. Los gendarmes no estaban. Habían desaparecido. O se habían vuelto a perder.

- Ángel, ¿no lo soñaste?
- Te lo juro que los llevé en la camioneta, dice. Y lo jura con el índice, dibujando una cruz sobre sus labios.


Va mi corazón en esta botella

Bottle from Kirsten Lepore on Vimeo.


Médium de las Vacacionum

Por hache o por be, me tocó llevarle una revista Lugares al sobrino de uno de mis entrevistados de la nota de Montevideo. Él se la haría llegar a su tío, que tiene más de 80 años y vive en Carrasco. Por hache o por be no pude ver al sobrino, que trabaja en una financiera.

Lo imagino ocupado, rodeado de números, papeles de bancos, sonido de la Bolsa y llamados, algo estresado quizás. Imagino el momento en que la revista aterrizó en ese contexto de oficina del microcentro, como si le pusieran una maceta con una plantita en el medio del escritorio. Le llamó la atención, la abrió y de repente se puso a viajar. Sin reservar, sin sacar pasaje, sin ajustarse el cinturón, incluso sin pagar. Sólo con pasar algunas páginas.

Por hache por be, después de un rato el sobrino me llamó para agradecerme el gesto de llevarle la revista. Eso dijo, pero en realidad creo que su llamado fue porque quería hablar de viajes. Así cómo viajó a través de las páginas de la revista, salir de la oficina a través mío. Contarme que le encanta viajar, que le gustaría ir a Etiopía y que tiene un lugar preferido en Corrientes, unas barrancas al Paraná sobre las que prometió escribir. No es la primera vez que me pasa. A veces creo que tengo algo de médium. Médium de las Vacacionum.


Lectura de avión

No me pasa seguido, pero esta vez no traje nada para leer en el vuelo. Por eso, cuando veo que mi compañera de fila tiene una Vanidades en sus manos respiro aliviada. El único problema es que la tiene demasiado agarrada.

Lo sé. La Vanidades es tuya. Nadie quiere robártela, así que no es necesario que la sujetes como si fuera el último iPhone.

No importa que sea del año pasado. Dentro de un rato se la pediré para saciar mi necesidad de leer. Ya despegamos. Todos a mi alrededor se durmieron menos ella, que ahora pasa las páginas a un ritmo que me gusta. Si sigue así, en 5 minutos la termina y será mía.

Dale, que vas bien. No, no dice nada importante, seguí nomás. Da vuelta la paginita.

Mis cálculos se arruinan cuando ella se pone a conversar con su vecina del otro lado apoyando sus manos con las uñas cortadas en forma de prolijos cuadrados con una línea blanca al final sobre las hojas de papel que tanto necesito. Mientras tanto miro sus anillos. Tiene dos: uno de casada y el otro de aburrida.

Conversa sobre una conocida de ambas que está enferma. Las manos continúan apoyadas sobre la Biografía no autorizada de la Reina Elizabeth. Ahora traen la bandeja de avión. Prefiero leer a comer este sándwich con pinta de bala de plomo. Es mi oportunidad, se la pediré mientras come.

Tarde. La azafata vestida de lila con los párpados pintados de turquesa le entrega la cajita con el sándwich y ella la apoya sobre la Vanidades.

Carajo. ¿Para qué necesitás doble apoyo?

Las ganas de leer se agudizan y las posibilidades decrecen. Levantan la bandeja y ella retoma la lectura.

Ahora sí. Te queda poco. Vamos. Me gusta que pases las páginas con velocidad.

Príncipe Federico de Dinamarca con novia desconocida . El nuevo look de Jenifer López. Mejore el ánimo comiendo cebolla. Famosos infraganti. El poder del No.

Esos títulos maravillosos pasan delante de mis ojos como frutilla a punto. Siento que la felicidad está cerca. Tengo ganas de cantar. Pero al dar vuelta la página siguiente aparece un cuadernillo con una novela de Corín Tellado para extraer. En un primer momento me emociono. Unas páginas de amor, eso es lo que necesito, ¡sí! Pero no pensé que quizás ella también las necesitaba. Sin extraer el cuadernillo de la revista, mi vecina se hunde en la lectura de “Hola Preciosa” con la concentración de un alumno de medicina estudiando Anatomía I.

Voy al baño. Vuelvo.

Leo por cuarta vez la pésima revista de abordo. Miro por tercera vez la revista del Duty Free. Falta menos para llegar. Quizás, cuando termine su cuento alcanzo a leer los títulos, el sumario, a hojearla una vez de principio a fin. Ella está terminando su cuento, falta poco, sí verdaderamente poco. Renuevo mis esperanzas. Sonrío. Muero por ir a buscar un vaso de agua, pero me contengo. Quiero estar ahí cuando ella termine.

Por ahí van mis pensamientos cuando el pasajero del otro lado del pasillo me pregunta la hora. Le contesto que no uso reloj. Me responde que faltará media hora. Si, le digo y me doy cuenta que también está aburrido.

No termino de pronunciar la palabra y escucho una voz que llega de atrás mío y no me habla a mí sino a mi vecina. Le dice: “Disculpe señora, ¿me prestaría la revista un momento?




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